Disclaimer: nada de esto me pertenece, los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer y la historia a winterhorses, yo solo la traduzco.


BREAK STATEMENT

Capítulo veintisieteOpciones

Sería muy fácil. Si Edward no lee esas veinte páginas, podría decirle que eran mis desastrosas experiencias con Jake lo que habían provocado mi miedo al compromiso y una visión fatalista de las relaciones. Podría suplicar perdón por uno de los peores errores que había cometido en mi vida y rogar porque me aceptase otra vez. Podría seguir fingiendo que soy normal y él nunca tendría que enterarse de mis problemas.

Después de todo, mi experiencia cercana a la muerte me ha sacudido hasta el centro. No quiero volver a estar en esa terrorífica situación. A lo mejor, esta nueva comprensión es suficiente para superar mi desorden alimenticio, o al menos para mantener sus efectos al mínimo. Es posible que un lazo más fuerte con Edward me ayude a combatir mi depresión. A lo mejor puedo seguir adelante con mi vida sin tener que dar ningún paso atrás.

A lo mejor.

Me tumbo en la cama y considero mis opciones, ignorando las incesantes llamadas del trabajo que, sin duda, conciernen a mi inexplicable ausencia. Cuando la vejiga llena, el estómago vacío y los músculos agarrotados finalmente me obligan a levantarme, descubro que ya son las tantas de la tarde, pasadas las tres. Me tomo un minuto para masajear las partes más doloridas de mi cuerpo y luego salgo de la habitación para encontrarme con una imagen asombrosa.

Durante el último mes, mi apartamento ha estado sumido en un estado de caos, pero ni lo he notado ni me ha importado. Por primera vez, puedo ver lo dejada que he sido. Archivos y otros materiales del trabajo, ropa arrugada, zapatos tirados y varias cosas más están tiradas sobre cada superficie horizontal de la sala de estar. Una gruesa capa de polvo cubre el resto. Los platos se apilan en el fregadero y alimentos no perecederos esperan en bolsas de la compra sobre la encimera de la cocina a ser guardados en la despensa. Un olor bastante desagradable emana de la bolsa de la basura llena.

Cierro los ojos y sacudo la cabeza con desprecio. La escena es una fiel representación de mi enfermedad: vergonzosa y asquerosa.

Me dejo caer en la silla en la que Rosalie se sentó anoche y miro al desastre. ¿Cómo había caído tan bajo sin siquiera notarlo? Exactamente, ¿cuándo había empezado el descenso? Si no soy capaz de identificar las causas específicas, ¿cómo evitaré que vuelva a pasar?

Hay una cosa que sí sé. No puedo seguir así y arriesgarme a otro camino por la cuerda floja sobre el abismo de la muerte. No puedo. La próxima vez podría ser la última para mí. No quiero eso.

Quiero vivir. Mejorar. Romper el ciclo.

Así que, apretando los dientes en un intento de combatir mi creciente terror, cojo el teléfono y empiezo a hacer llamadas que me cambiarán la vida.

- . - . - . - . -

Es demasiado. Miro mi plato con una expresión mezcla de incredulidad y horror en la cara.

―Como hemos hablado, tu peso actual está bien. Esto significa que vas a estar en el programa de dieta básica. Para cada comida, se te indicará en la hoja del menú el número de cosas que debes seleccionar. Todo debe ser consumido, sin excepciones.

Deb Ryder, una de las nutricionistas, empuja mi bandeja hacia mí y me señala que debo empezar a comer.

―Solo puedes llevar una capa de ropa en el comedor y no se permiten objetos personales. Cuando haya terminado una comida, habrá quince minutos de actividad sentada en las mesas antes de que los pacientes puedan dejar el comedor. El personal revisa bandejas, bolsillos, zapatos y otros lugares de tu persona para asegurarse de que no se esconde comida para deshacerse de ella más tarde. Como recordatorio, solo los miembros del personal tiran de la cisterna en el baño mediante una llave.

Apuñalo la gran pila de brócoli y, lentamente, me llevo un trozo a la boca. Para mí, parece haber una cantidad excesiva de comida en mi plato y no tengo ni idea de cómo se supone que debo meterla toda en mi cuerpo... y luego mantenerla ahí.

Deb lee mi aprensión.

―Como estoy segura de que ya te han informado, romper una de las reglas, como no terminarte una comida entera, puede resultar en la pérdida de privilegios como el uso de teléfonos y aparatos electrónicos, recibir visitas, usar la ducha o incluso dejar tu habitación.

Su serio tono le da más gravedad a la declaración, pero apenas presto atención. Estoy demasiado ocupada combatiendo mi ansiedad mientras obligo a un trozo de manzana a bajar por mi garganta. La imperiosa necesidad de salir corriendo al baño y vomitar aumenta con cada bocado que trago.

Mi primera comida durante mi ingreso voluntario para tratamiento hospitalario en el Centro Sheppard Pratt para Desórdenes Alimenticios no está yendo nada bien.

Es el último viernes de enero, han pasado dos días desde que llamé a mi jefe, Peter Cole, y le dije que dejaba el trabajo de forma inmediata y durante un periodo de tiempo indefinido. Su entendible reacción fue una mezcla de ira y pánico. Había estado trabajando en una asesoría a la Guardia Costera y mi ausencia podría acabar costándole el contrato a mi compañía. Hay una buena oportunidad de que pierda el trabajo debido a ello.

Intento no dejar de recordarme a mí misma que obtener ayuda es más importante que cualquier otra cosa. Solo espero que la abrupta elección de viajar a más de 300 kilómetros de casa e ingresar en este riguroso tratamiento sea correcta.

Además de hablar con Peter y pasarle el material de trabajo pertinente a mi aturdido sustituto, tuve sorprendentemente muy pocas cosas de las que encargarme antes de hacer el viaje. Hice la maleta según la lista del Centro, eché la llave al apartamento e informé a mis padres mientras esperaba para embarcar en el avión.

Mi padre no dijo mucho, pero su decepción fue fácil de escuchar en las pocas palabras que pronunció. Antes de terminar la llamada, se ofreció a cogerse unos días en el trabajo para visitarme en el Centro, pero le dije que no era necesario. Todo el esfuerzo y los cientos de dólares no merecían la pena para unas pocas horas de incómoda conversación en persona; podíamos estar incómodos con la misma facilidad por teléfono. Él pareció aliviado cuando insistí en que estaría bien sola.

Mi madre, sin embargo, rompió a llorar y luego procedió a sermonearme sobre las malas decisiones en la vida. Me prometió venir tan pronto como pudiera recolocar sus citas con los clientes a los que les daba masajes. Pero, basándome en lo que sé de ella, adivino que la probabilidad de que lo haga es pequeña. No me sorprendería que apareciera mañana sin avisar durante las horas de visita, pero tampoco me sentiré decepcionada si no la veo. Mi madre suele perder el rumbo de las cosas que no están en el futuro inmediato y, como no puedo darle una respuesta definitiva sobre cuánto tiempo estaré en el Centro -podrían ser dos semanas o unos meses-, seguramente lo irá dejando hasta que sea demasiado tarde.

Aunque las pocas muestras de apoyo de mis padres duelen un poco, tampoco es nada que no me esperase. Estoy acostumbrada a su falta de presencia en mi vida.

Por supuesto, hay una persona con la que me encantaría estar en contacto, pero Edward no ha contactado conmigo desde los mensajes que me mandó hace dos días. No tengo forma de saber si ya conoce mi pasado, aunque pegué el contenido del documento en el cuerpo de un correo y lo envié junto a la información sobre mi nueva situación. Su falta de respuesta seguramente signifique no tiene forma de hacerlo; estoy casi segura de que no se quedaría en silencio a propósito.

Esperar por su reacción ha aumentado mi ya alto nivel de ansiedad durante mis primeras horas en el Centro. Claramente, no me está facilitando tomar mi primera comida completa en días, pero la mirada de halcón de Deb es implacable, así que me resigno a ello bocado tras bocado.

A mi alrededor, el personal está quitando las bandejas de los pacientes después de revisar que no hayan escondido comida. Al final soy la única que todavía está comiendo. Deb me lleva a una esquina del comedor mientras los otros participan en un poco entusiasta juego del ahorcado.

―Tienes cinco minutos más para acabarte el pollo, ―anuncia, mirando al gran reloj de la pared―. Si no puedes hacerlo, perderás los privilegios de teléfono y ordenador para mañana.

Mi estómago se retuerce ante la idea de que se me niegue una posible comunicación con Edward. Una fina capa de sudor se acumula en mi frente mientras corto rápidamente la carne en trozos del tamaño requerido. Cuando esta tarea está completa, vacilo durante un momento horrorizada -parece que la cantidad que tengo que comer se ha multiplicado.

―No es mucho, puedo hacerlo, ―murmuro antes de meterme una pinchada en la boca. El pollo se pega a las paredes de mi garganta cuando trago y el agua hace poco por ayudarlo a bajar. Con un ojo en el tiempo, mastico el siguiente trozo con rapidez y así hasta que el plato está vacío.

―Buen trabajo, Bella. ―Deb asiente y luego mira mi horario del día―. Parece que tienes Terapia Cognitiva del Comportamiento en unos minutos. Yo voy en esa dirección, así que puedo mostrarte dónde es.

Ella se levanta y yo hago lo mismo, intentando ignorar la pesada sensación que tengo en el abdomen. Sin embargo, es un esfuerzo inútil; mi tensión crece rápidamente y, en cuestión de segundos, todo desaparece de mi mente excepto una cosa: el deseo -no, la necesidad- de deshacerme de esa terrible sensación de estar llena. Mi vista se nubla y me empieza a picar la piel bajo la ropa. Apretando y relajando los dedos, miro en blanco a la nada, luchando internamente con un poderoso enemigo que me ha podido durante años.

―Bella, ¿vienes?

Abro la boca para responder y rápidamente levanto una mano para cubrírmela. La comida ha subido, está justo ahí, al fondo de mi garganta, lista y esperando para ser expulsada a la primera señal de debilidad.

―Intenta pensar en otra cosa, ―sugiere Deb, estirando el brazo hacia mí. Ya ha identificado mi problema, probablemente porque es común en este lugar.

Sacudo la cabeza como advertencia y me aparto de su mano. El toque de alguien solo lo empeorará todo.

―Recuerda, vomitar supone una limitación automática, ―advierte―. Y tendrás que tomar un suplemento líquido como reemplazo de las calorías perdidas. No merece la pena, te lo prometo.

La miro asombrada. ¿De verdad cree que estoy intentando vomitar a propósito? ¿No se da cuenta de que no quiero fracasar, que estoy desesperada por mejorar?

―Bella, ¿por qué no vamos a...?

No escucho el resto de lo que dice. A pesar de mis esfuerzos, no puedo evitar que mis hombros se encorven o que mi cuerpo se doble por la mitad, o que mi estómago se contraiga y expulse su contenido en el suelo de cemento.

Arcada tras arcada, me sacudo hasta que lo único que sale de mi boca es un roto sollozo de derrota.


¡Hola!

Bueno, parece que Bella ha tomado la decisión correcta y por fin ha buscado ayuda.

¿Qué pensáis vosotras? Estoy deseando leer vuestros comentarios.

¡Nos vemos el viernes!

-Bells :)