Disclaimer: nada de esto me pertenece, los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer y la historia a winterhorses, yo solo la traduzco.


BREAK STATEMENT

Capítulo veintinueveRescate

no no no no no

―Bella...

no no no no no

―Solo respira con normalidad, ¿vale? Respira de forma regular, lentamente...

nooooooo

―¿Debería darle más lorazepam?

―¿Estás de broma? No estamos intentando dormir a un caballo. Solo dale tiempo para actuar. Recuerda, una inyección tarda más en actuar que por vía oral.

―¿Qué hay de la mascarilla de hiperventilación?

―Déjala otro minuto. Creo que se está calmando.

Escuchar es lo primero que normalizo cuando el pitido en mis oídos desaparece. Lo siguiente son mis terminaciones nerviosas volviendo a la vida y la sensación de que estoy tumbada sobre un suelo enmoquetado.

―Bella, ¿puedes abrir los ojos?

Me esfuerzo por obedecer, pero siento los párpados pesados e inmóviles. Parece haber dos siluetas en sombra inclinadas sobre mí, pero no puedo ver ninguno de sus rasgos.

―Está bien, cariño, tómate tu tiempo. ¿Te duele algo?

Me apartan la mascarilla de la nariz y la boca. Intento hacer un repaso de mi cuerpo, pero siento que tengo la cabeza llena de barro y todos mis pensamientos deben atravesar una enorme ciénaga para llegar a su destino.

―Yo... creo que estoy bien. ―Mi voz sale baja y ronca, tengo la boca seca―. ¿Qué... ha pasado?

Soy capaz de distinguir la mirada de preocupación que intercambian las dos enfermeras. Sus caras están mucho más claras ya.

―Esperábamos que pudieras decírnoslo tú, ―dice la mujer más joven: Kendra, según el bolsillo de su ropa de enfermera.

―Yo no... no puedo...

La somnolencia pesa sobre mis recuerdos y los colorea de oscuros tonos grises. Hay un zumbido en mi mente, una baja vibración. Me hace creer que estoy olvidando algo, que se me está escapando una información importante -puede que mucha. Pero el efecto del sedante es demasiado fuerte como para superarlo y lo único que puedo hacer es pestañear confusa.

―No te preocupes, cariño. Lo veremos más tarde, ¿vale? ―dice la otra enfermera... Kate, creo―. Aquí tenemos una silla de ruedas, ¿puedes ayudarnos a subirte a ella?

Con su ayuda, soy capaz de ponerme de pie y colocarme en el asiento. La cabeza me pesa sobre el cuello y se mueve de un lado a otro mientras me sacan de la sala. Puedo ver las borrosas siluetas del resto de pacientes que están parados a un lado, curiosos por la alteración de la noche.

―¡Oh Dios mío, Bella! ¿Qué está pasando? ¿Estás bien?

La voz preocupada de Jessica hace eco por el pasillo. Ignora la advertencia que le lanza Kendra de que se quede atrás y se sigue moviendo al ritmo de la silla de ruedas. Me concentro en sus grandes ojos azules e intento organizar mis pensamientos. Por alguna razón, siento la necesidad de pedirle ayuda. Ella me conoce mejor que nadie aquí. A lo mejor ella puede descubrir qué va mal y, aún mejor, como corregirlo.

Si no estuviera tan cansada... tan adormilada... El sonido del latido de mi corazón sube de volumen cada vez más hasta apagar el del resto del mundo.

―...el periódico... Jess... en el periódico... encuéntralo... por favor...

La silla de ruedas es empujada al interior de mi habitación. Una de las enfermeras cierra la puerta y luego me ayudan a pasarme a la cama. Mis ojos se cierran inmediatamente al colapsar contra el colchón. Sea lo que sea que tengo que hacer, tendrá que esperar.

- . - . - . - . -

Corro tan rápido como puedo, dejando hilos de frío aliento por el camino, pero las enormes olas blancas se extienden hacia delante y ahogan mi insignificancia. No se rinden, no están dispuestos a perder a su presa. Me tragan entre ellas, envolviéndome, enterrándome, sofocándome. Mi frenética lucha es inútil contra su fuerza y no tengo más elección que rendirme. Doblada entre las ondas, empiezo a sentir el carácter definitivo en los huesos y, con él, una completa inmovilidad que se extiende hacia el infinito.

Pero entonces aparece una última esperanza: el débil sonido de pasos sobre mi fría tumba una voz triste que llama mi nombre. Intento responder. Grito con todas mis fuerzas. Chillo, lloro y suplico. Pero la pesada nieve cae por mi garganta y mis palabras colapsan bajo su peso. El vacío cae sobre mí una vez más y no hay nada. No soy nada.

¡Edward!

Me incorporo sobresaltada, con el corazón acelerado y la ropa empapada en sudor. El pánico me atenaza el pecho mientras aparto las sábanas enredadas en mis piernas e intento separar la ficción de la realidad.

―Bella, soy la enfermera Kate. ―El crujido de la puerta me hace mirar al otro lado de la habitación, dónde una figura femenina entra desde el pasillo débilmente iluminado―. Voy a encender la lámpara de tu mesilla, ¿vale, cariño?

Ella empieza a tomarme el pulso en cuanto la luz cae sobre la cama, pero no llega muy lejos. La cabeza se me ha aclarado lo suficiente como para que vuelva mi conciencia. Aparto el brazo de su agarre y me bajo de la cama.

―¡Edward... puede estar desaparecido! ―grito―. ¡Necesito mi teléfono! Tengo que llamar a Esme o a Alice o...

―Bella, cálmate, ―dice Kate con firmeza mientras presiona el botón de llamada de las enfermeras―. Si no puedes hacerlo, tendremos que volver a sedarte. ―Da un paso hacia mí, pero yo la detengo con un gesto de mis manos.

―¡No, no! Solo escucha... tengo que descubrir qué ha pasado. Por favor, solo déjame ponerme en contacto con su familia. ¡Por favor!

La puerta se vuelve a abrir y esta vez la cruza un hombre. Es el Dr. Cho, el psiquiatra que me hizo la evaluación inicial el día que llegué. Es joven, pero recuerdo que tenía una postura tranquila y modesta que era calmante. Me alegro de ver que está de guardia esta noche. Él puede ayudarme. Tiene que hacerlo.

―¡Dr. Cho, tengo que saber qué ha pasado con Edward! ―digo de forma ahogada mientras él se acerca―. ¿Recuerda que le hablé de él... el oficial de la Marina que está en Afganistán?

―Sí, Bella, me acuerdo. ¿Qué te parece si nos sentamos y hablamos de él? ―Acerca una silla a la cama y me hace un gesto para que me siente.

―¡No! No puedo sentarme ahora. Tampoco puedo hablar. No puedo... hacer nada hasta que sepa si está bien o no.

Su aparente falta de preocupación me enfurece. Todo el estrés, frustración y ansiedad que llevan semanas acumulándose en mí están alcanzando su punto álgido -mi piel no va a poder seguir conteniéndolo durante mucho más tiempo. El poco control que tengo sobre mis emociones está desapareciendo con rapidez.

El Dr. Cho debe verlo y hace un movimiento con la cabeza.

―Lo entiendo y quiero ayudar, pero será más fácil si te calmas un poco primero. Me gustaría darte una dosis de Ativ-

―¡No, me deja muy atontada! ―¿Por qué no pueden entender qué es lo que necesito? Estoy al borde de arrancarme el pelo o golpear algo... o a alguien―. ¡Si quieres que me calme dame mi maldito teléfono!

Los oscuros ojos del doctor parecen evaluarme cuidadosamente un momento antes de mirar a Kate e inclinar la cabeza hacia la puerta. Ella retuerce los labios en una extraña medio sonrisa mientras sale corriendo de mi habitación.

―La enfermera Thompson volverá en solo unos minutos con tu teléfono y otra... cosa más. Sin embargo, mientras ella se encarga de eso, tengo que decirte algo.

Apenas escucho una palabra después de saber que van a darme mi teléfono. Las manos entumecidas se retuercen a mis costados, desesperadas por tener una ocupación, mientras considero cuál es la mejor forma de actuar. Me arriesgaré y probaré primero con el número de Edward. A lo mejor me había puesto nerviosa por nada. Después de todo, es posible que su misión fuera en una región completamente distinta de la que había sido devastada por el clima. O a lo mejor ya ha vuelto a una base de operaciones principal. Podría estar relajado en la cama o pasando el rato con amigos en este mismo instante. Mi frenético pulso se calma cuando tomo esta esperanza y me agarro a ella con fuerza.

―...para confirmar que la persona a la que quieres ver es Edward Anthony Cullen, nacido el 20 de junio de 1980, ¿correcto?

Escucho la entonación de una pregunta en la voz del Dr. Cho y me obligo a concentrarme en lo que está diciendo.

―¿Qué? ¿Edward? Sí, él es de quien le hablé. Me preocupa que pueda haberle pasado algo en Afganistán y necesito...

Mis ojos se abren como platos y la frase se convierte en un silencio de asombro cuando la puerta de mi habitación se abre lentamente. Me quedo con la boca abierta.

Ahí, parado en el umbral, con la ropa arrugada y una expresión de ansiedad en una cara sin afeitar, está el mismo hombre por el que he estado tan preocupada.

Es Edward.

Está aquí.


¡Hola!

Bueno, estamos en la recta final ya, solo quedan 8 capítulos.

¿Qué os ha parecido este? Estoy deseando leer vuestras opiniones.

¡Hasta el martes!

-Bells :)