Disclaimer: nada de esto me pertenece, los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer y la historia a winterhorses, yo solo la traduzco.


BREAK STATEMENT

Capítulo treintaAquí y allí

Un medio metro de espacio me separa del lugar en que está Edward, pero no es suficiente. Cierro los ojos y doy un paso atrás, usando la pared como apoyo para mi tembloroso cuerpo.

Debo de estar alucinando -es la única explicación que tiene sentido para mí. No hay forma de que él pueda estar realmente aquí. No, Edward está en Afganistán; sus mensajes de hace menos de una semana lo demuestran. Está a miles de kilómetros de distancia, puede que desaparecido, seguramente creyendo todavía que no quiero estar con él.

―Bella...

La voz del Dr. Cho es baja y calmante, indicando su presencia justo a mi izquierda. Me estremezco cuando pone una mano sobre mi brazo.

―Por favor, no me de más medicación, ―susurro, con los ojos todavía cerrados con fuerza―. Creo... creo que me está haciendo... ver cosas.

Escucho un grito ahogado al otro lado de la habitación. Dejo caer la cabeza avergonzada.

―¿Qué tipo de cosas estás viendo?

Tengo el nombre en la punta de la lengua, pero parece que no soy capaz de producir ningún sonido. No quiero oír cómo el Dr. Cho confirma mi psicosis -quiero agarrarme a la imposible esperanza mientras pueda. Incluso aunque la presencia de Edward sea solo producto de mi dañada mente, es mejor que no verle.

―Bella, ¿es una persona lo que has visto? ―insta el Dr. Cho.

Asiento y me obligo a hablar.

―Era... Edward. Estaba en el umbral de la puerta.

Lo que sigue es un largo silencio.

―Vale, entonces. Digamos por un momento que realmente era Edward... que realmente está aquí ahora. ¿Qué harías? ¿Serías capaz de estar con él? ¿Estar cerca de él?

Me siento confusa por la línea de interrogatorio, pero le respondo con completa sinceridad.

―¡Por supuesto! Estoy deseando volver a verle. Pero, incluso más que eso, necesito saber que está a salvo. ―Cálidas lágrimas arden tras mis párpados cerrados y caen al suelo―. Dios, hay muchas cosas que quiero, como tocarle otra vez, besarle, suplicarle perdón, decirle lo mucho que le amo... pero lo único que realmente importa es que él esté bien y que vuelva a casa sin haber sufrido daños, incluso aunque no sea conmigo con quien vuelve.

―Oh, Bella...

Ese susurro angustiado no sale de la voz del Dr. Cho.

Mi cabeza se levanta de golpe y mis ojos se abren, pero las lágrimas me nublan la vista. Me paso una mano por la cara, frenética y desesperada.

―¿Edward?

El Dr. Cho aprieta su agarre en mi brazo y se pone frente a mí, bloqueándome la visión.

―Necesito que me prestes atención un momento, Bella. ―Baja la cabeza para mirarme a los ojos―. Estoy incumpliendo las normas al traerle aquí, sobre todo fuera del horario. Si en algún momento no me siento cómodo con lo que está sucediendo, él tendrá que marcharse. ¿Lo entiendes?

Le miro con incredulidad.

―¿Él...realmente está aquí? ¿Edward?

―Sí, Edward está aquí pero, antes de que esto vaya más lejos, tengo que saber que comprendes las condiciones de su visita.

Mi cabeza se mueve arriba y abajo, incluso aunque ya me he olvidado de lo que ha dicho.

―Está aquí, está aquí.

Repito las palabras una y otra vez, esperando que, si las mantengo en mis labios, no se convertirán en una fantasía. Entonces, apartando abruptamente el brazo del agarre del Dr. Cho, me preparo para la decepción y me aparto de él, moviéndome hacia Edward.

Él está al otro lado de la habitación, justo al otro lado de la puerta, con los brazos colgando inertes a sus costados. La apagada luz de la lámpara de la mesilla lanza suaves sombras por su cara, acentuando sus rasgos y dándole un brillo casi etéreo. Pero todo esto lo noto solo de pasada; mi concentración está en los expresivos ojos que siempre me han servido como una fuente de consuelo, un puerto seguro. Ahora hay mucho más en ellos: una calidez ilimitada, mucho alivio, un poco de preocupación...

Pero no hay juicios.

Me pregunto cómo alguna vez he podido pensar que los habría.

Una de sus cejas se levanta en una cautelosa pregunta y sus manos se estiran hacia delante como si me buscasen. Es toda la invitación que necesito. Con un sollozo estrangulado, cierro la distancia entre nosotros, corriendo a sus brazos y chocando contra su pecho. Mis lágrimas empiezan de nuevo, pero ahora son de felicidad.

Él no dice nada, simplemente me funde contra su cuerpo. Su cara está enterrada en mi hombro y puedo sentir una cálida humedad en mi camisa. Rezo porque sus lágrimas también sean de felicidad.

No sé durante cuanto tiempo permanecemos envueltos en los brazos del otro, expresando la profunda emoción por nuestro reencuentro mediante un abrazo, pero al final el Dr. Cho se aclara la garganta.

―Bella, ¿cómo estás ahora?

―Perfecta, ―dijo en voz baja, pero cargada de sentimiento.

―Me alegro de oírlo. ―Sus palabras son serias―. Asegúrate de avisar a alguien del personal si sientes que vas a tener otro ataque de pánico o algún otro síntoma preocupante. Sr. Cullen, puedo permitirle quedarse otra media hora, pero cualquier otra visita deberá tener lugar durante las horas designadas. El resto nos marcharemos ahora, pero la habitación seguirá monitoreada por cámara desde el puesto de enfermeras, como siempre. Antes de irnos, ¿alguno necesita algo o tiene alguna pregunta?

Edward y yo murmuramos una respuesta negativa, y luego escucho los pasos y el crujido de la puerta al cerrarse. A regañadientes, aparto la cabeza del pecho de Edward y miro a mi alrededor. Estamos solos en la habitación.

―Así que, uh... ¿quieres sentarte? Puedes coger la silla... o sentarte en la cama... o lo que quieras. ―Suelto un tembloroso suspiro e intento controlar mis repentinos nervios.

―Sí, vamos, ―murmura, llevándome a la cama. Él se coloca contra el cabecero y me sienta entre sus piernas, con mi espalda apoyada contra su pecho. Sus brazos me rodean por la cintura y su nariz se hunde en mi pelo.

―Te he echado mucho de menos, ―suspira.

―Yo a ti también. ―Cruzo mis brazos sobre mi cuerpo y entrelazo nuestros dedos―. Y me alegro tanto de que estés bien. Cuando leí sobre las tropas estadounidenses desaparecidas...

―Yo también me alegro. Podría haber sido yo fácilmente, ―dice amargamente―. Todavía no sé los nombres de los cinco, pero hay una buena oportunidad de que uno o más sean de mi unidad. Fuimos a la provincia de Panjshir, una de las regiones que se han llevado lo peor. Hubo una seria avalancha en la zona hace unos días.

―Dios, me siento como una mala persona por decir esto, considerando las extremas circunstancias que hay allí, pero me alegro mucho de que te marcharas cuando lo hiciste. ―Giro la cabeza para apoyar la frente contra su mejilla―. ¿Cómo...?

―Bueno, leí el correo que me enviaste la semana pasada, pero no pude descargar el documento adjunto. Cuando nos preparábamos para volar a Kandahar, te llamé y envié mensajes para que lo supieras. ¿Recibiste los mensajes, por cierto?

Mi corazón se acelera mientras bajo la cabeza al asentir. Le diré lo importantes que han sido esos mensajes cuando tengamos más tiempo.

―Vale, así que seguí intentando descargarlo cuando estábamos en el aire y tuve suerte. Sin embargo, no tuve tiempo de leerlo hasta después de montar el campamento en Panjshir. Pero cuando lo hice... Dios, Bella... fue tan... no pude... ―Me abraza más fuerte, con su voz cargándose de emoción.

―Quise marcharme al momento para estar contigo, pero mi comandante dijo que no me lo permitía, no cuando se necesitaba tanta ayuda para las operaciones de rescate. Sabía que tenía razón, pero aun así la decisión me dejó devastado. Pero entonces, al día siguiente mientras ayudaba a las fuerzas afganas a organizar equipos de búsqueda y rescate, apareció un gran número de tropas de la base de Kabul. Los afganos del lugar se empezaron a poner ansiosos con tantos militares extranjeros cerca y se decidió enviar a algunos de nosotros de vuelta. Mi comandante se aseguró de que estuviera en la lista de los que volvían y me aprobó dos semanas de permiso.

―Cuando llegué a la base y volví a tener cobertura, era viernes. Intenté llamarte, pero saltó el buzón de voz. ¿No...?

―Um... no he tenido mi teléfono en los últimos días. En realidad, me lo han devuelto hoy o, a estas alturas, supongo que "anoche". Pero todavía no lo he mirado. Iba a hacerlo, pero...

Edward me aprieta de nuevo.

―Lo sé, me han explicado lo que ha pasado. Por supuesto, podría haberse evitado si te hubieran pasado mi mensaje. Llamé ayer para ver cuáles eran los procedimientos de visita y para asegurarme de que supieras que iba a venir, pero dijeron que iba contra las normas coger mensajes de personas que no eran miembros de la familia.

Puedo sentir en su pecho el ligero gruñido que señala su disconformidad.

―¿Qué te han dicho que ha pasado? ―pregunto con curiosidad―. Yo no he podido decírselo antes de, um... desmayarme y que me medicaran.

―Por lo que sé, una amiga tuya lo descubrió y se lo dijo a una enfermera que le pasó la información al Dr. Cho. Afortunadamente, la persona con la que yo había hablado antes escuchó su conversación y les dejó saber que estaba sano y salvo. Aparentemente, tenían planeado dejarte llamarme por la mañana, pero entonces aparecí en hora de visita. El Dr. Cho salió a explicarme la situación y me dijo que, si quería, podía esperar y verte cuando te despertaras. Naturalmente, acepté la oportunidad.

―Y aquí estás, ―murmuro, asombrada por su preocupación y por todo lo que había hecho para estar a mi lado. Es casi imposible para mí creer que todavía esté tan entregado después de la forma tan fría en que le rechacé.

Edward deshace el agarre de sus brazos en mí y me señala que me de la vuelta. Cuando estoy frente a él, con mis muslos descansando sobre los suyos, él toma mi mano y la pone sobre su corazón.

―Y tú estás aquí. Bella, te quiero mucho y eso no ha cambiado para mí. Sí, me sentí herido por la forma en que terminaste nuestra relación y desearía que no hubieras tenido tanto miedo de decirme la verdad, pero me doy cuenta de que yo también cometí errores. Debería haber sido más abierto contigo cuando vi que todo iba cuesta abajo y, en su lugar, me cerré y eso supuso dejarte fuera. Debería haberlo intentado más cuando...

―No, no. No hagas eso. ―Sacudo la cabeza con vehemencia y pongo la otra mano sobre su pecho―. No te culpes. Todo lo que pasó fue culpa mía, no tuya.

―Bella...

―No, Edward, por favor. No seas blando conmigo. Tengo que aceptar mi responsabilidad y mejorar para que, algún día, pueda sentir que merezco tu amor de nuevo.

Él abre rápidamente la boca para replicar, pero al final hace una pausa para medir sus palabras.

―Yo no veo el amor como... algo que uno tiene que merecer. Creo que debería darse libremente y sin condiciones. En lo que se refiere a ti y a mí... bueno, puede que la parte de la relación deba mejorar, pero no hay nada que tengas que hacer o no hacer para que te ame. Es algo que ya está ahí.

La sinceridad que hay en su voz me deja sin aliento y mis ojos empiezan a humedecerse otra vez. Edward quita las gotas con sus pulgares antes de inclinarse lentamente hacia mí. Sus labios se mueven sobre los míos con el más suave de los roces -un beso dulce y reverente que hace que se me encoja el pecho. Es perfecto y puro, lleno de afirmación y promesas. Me dice todo lo que necesito saber.

Edward me ama y nunca se rendirá con nosotros.

De ahora en adelante, tampoco lo haré yo.


¡Hola!

Perdonad, ayer no me dio tiempo a actualizar.

Bueeeno, ya tenemos reunión. Ahora bien, a Bella le queda un gran camino por delante hasta sanar de verdad. Y por los comentarios que hace sobre merecer el amor de Edward, está claro que tiene que sanar de más cosas además del trastorno alimenticio. Menos mal que él no lo ve igual, no cree que ella tenga que hacer nada para merecer su amor, y se lo hace saber.

En fin, ya he dicho mucho. Estoy deseando saber qué pensáis vosotras.

¡Nos vemos el viernes!

-Bells :)