Nuevamente, no sabía cómo había llegado a esa posición.
Pero estaba otra vez entre una superficie dura y el cuerpo de Keith, ambos respirando pesado en el rostro del otro, el aliento sobre su boca estremeciéndole de maneras demasiado buenas.
Se preguntó si peleaban de nuevo, si estaban en un combate limpio mano a mano, pero no percibía a la multitud a su alrededor mirando la pelea. No podía escuchar sus ánimos y ni gritos de emoción. No podía ver sus siluetas borrosas entre la distancia. No podía sentir el calor de la habitación debido al número de gente.
Ah, pero el calor de Keith pegado a su cuerpo era bastante, el sudor pegando la ropa a sus pieles y sus pechos rozándose cada que Keith y él respiraban al mismo tiempo. Todo era demasiado íntimo.
Pronto notó que en realidad ambos estaban solos en la oscuridad, la única fuente de luz iluminando majestuosamente la figura de Keith sobre la suya.
No podía concentrarse en otra cosa que no fuese Keith: en su peso restringiendo los movimientos de su cuerpo con precisión, el poderoso latido de corazón contra sus costillas e ignoraba a quién le pertenecía, los largos suspiros que a veces caían a sus labios y acariciaban sus propios jadeos entrecortados, el calor encima de todo su cuerpo, el fuerte olor almizclado y sudor.
Era demasiado.
Intentó moverse, sólo causando que sus muñecas volvieran a lo duro del piso con más fuerza de la necesaria, y sintió un escalofrío abrirse paso por su columna vertebral ante el gruñido grave y rasposo proveniente de Keith. Se tensó instintivamente al sentirlo inclinarse más sobre él, la punta de su nariz rozando levemente su pómulo y su aliento rebotándole en la boca.
—¿Q-qué estás...?
Algo húmedo y caliente en la curva de su mandíbula le hizo forzarse a sí mismo contra el frío suelo, asustado de la repentina necesidad de mover su cadera hacia arriba para más contacto. Se quedó quieto, expectante de otro movimiento de, y saltó levemente ante el resoplido corto directo contra su piel humedecida.
—Griffin...—le murmuró contra la garganta, sus labios rozándole provocativamente en su pulso y subiendo hacia su oreja—. Quieto.
Apretó los dientes, inconscientemente arqueando su cuello para dejarlo más a disposición, y contuvo un lamento en el fondo de su garganta cuando varios besos fueron regados a lo largo de su piel expuesta, demasiado dulces y cuidadosos a pesar del tono severo de la orden. Tuvo que morderse la lengua al sentir una de las piernas de Keith deslizarse entre las suyas, y no pudo evitar moverse contra los movimientos insistentes pero gentiles presionándole la entrepierna.
—Ah, mierda—soltó en un jadeo, los ojos cerrándosele mientras sus caderas embestían hacia arriba para seguir teniendo contacto.
—He dicho 'Quieto'—Keith le murmuró en el oído, un roce de dientes causándole un estremecimiento, y su espalda se arqueó dolorosamente lejos del piso.
—K-keith...
Casi se odió por oírse tan necesitado, pero la sonrisa estirándose en su piel y el suspiro sin aliento en su oído le causó un brillo de orgullo sobre sí mismo en el pecho y una tensión cada vez más difícil de contener en el fondo de su vientre.
—Griffin— Keith repitió soltando sus muñecas con lentitud y deslizando los dedos todo el camino de sus brazos hasta su cuello y hombros, sus besos bajando lentamente hasta su clavícula—, te ves...
El rugido que tembló en su pecho hizo un camino hasta su piel como un ronroneo, haciéndole aferrarse a sus hombros y sintiendo los dedos ajenos curiosear por sobre su pecho y apretar sus músculos con la perfecta cantidad de fuerza. Atrapó su cabello, húmedo y suave, en un puño en un intento de aferrarse a algo en la realidad y empujándolo más hacia el hueco de su cuello.
—Y-yo... ah...—intentó cuando los besos continuaron cayendo en su cuello y las manos bajaron hasta su abdomen, la insistente presión entre sus piernas deslizándose con demasiada más tranquilidad— K-keith, necesito...
Un pequeño ajuste de sus caderas y James se encontró perdiendo el aire en un gemido, la erección ajena caliente contra la suya aún a través de la ropa haciendo que se removiera. Terminó embistiendo hacia ella sin siquiera dejar a la vergüenza llegar a su cabeza, los pequeños jadeos pegando en su clavícula en besos abiertos y torpes le hacían olvidar completamente la lógica de la maldita situación en la que estaba.
Keith estaba en sus brazos, su cabello enredado atrapado en su puño y su boca húmeda besando cada centímetro de su cuello. Estaba arremetiendo contra él con la misma necesidad y desesperación que él, con demasiada ropa de por medio y con sus músculos abdominales contrayéndose bajo la ropa.
Se encontró a sí mismo buscando una manera de contestar los besos con caricias suyas, rasguñando su espalda sin pensar cuando se sentía demasiado bien y jalando su cabello para obligarlo a verle a los ojos. Sus alientos volvieron a entremezclarse, y mientras los fuertes movimientos se volvieron más erráticos y los ojos de Keith lucharon por mantenerse abiertos y no irse hacia atrás para mirarle, supo que también estaba tan, pero tan cerca del orgasmo que podía saborearlo en la pesadez de su lengua.
Quería ver su rostro torcerse cuando se corriera contra su erección. Quería escuchar el sonido que su voz haría cuando su cadera titubeara. Quería sentir su aliento entrecortado contra su propio gemido cuando temblara al desbordarse de placer.
Pero nunca creyó que querría tanto aquello que no pensó.
—¡J-james...!
Su boca abierta en algo casi silencioso que estaba seguro que se arrepentiría de no haber sido capaz de oír, justo después de que su nombre fuese lloriqueado demasiado alto, y sus labios acariciando los suyos en algo parecido a un beso, le empujaron agresivamente al abismo del orgasmo más agresivo que había sentido en su vida.
Y el temblor de su propio cuerpo contra nada en absoluto le hicieron abrir los ojos a la oscuridad de su habitación, la piel partiéndosele en escalofríos y su cadera embistiendo torpemente bajo sus sábanas, un líquido caliente atravesando y apoderándose de su ropa interior.
La nube del orgasmo se despejó con mucha lentitud, pero la realización de lo que había sucedido le hizo incorporarse de golpe, toda satisfacción que pudo dejarlo embelesado por horas olvidada de inmediato ante la pesada y profunda vergüenza de lo sucedido.
Acababa de tener un sueño húmedo con Keith Kogane.
