Era difícil verle a los ojos. Principalmente porque lo único que trataba que trataba de encontrar en ellos era la oscuridad del deseo que lo mareaba. O el brillo de esperanza y cariño que le gustaba imaginar en ellos. Era difícil verle a los ojos cuando siempre los veía nublados y desenfocados, mirándolo hacia abajo con jadeos que formaban vagamente su nombre.
Los sueños no habían dejado de atormentarlo. En todo caso, habían empeorado cada vez más, volviéndose más intensos, más reales. Tanto que siempre despertaba temblando en el orgasmo, sus labios murmurando el nombre de Keith como si de un mantra se tratara.
Su perspectiva había cambiado muy drásticamente.
No podía concentrarse en las reuniones cuando estaba en la misma habitación que él. No podía dejar de sentir una extraña atracción hacia el lugar donde estaba sentado. No podía evitar lanzar miradas erradas en su dirección y removerse en su lugar al recordar lo que su mente le había fabricado la noche anterior para entretenerlo.
Era una tortura.
Y lo único que podía para escapar de ella era volar.
Ajustó los controles una vez más, gruñendo ante el jalón en sus dedos, y dejó caer el avión en picada, cerrando los ojos un momento para sentir la adrenalina de la caída; su estómago volcándose, su cabeza mareándose por la velocidad de su sangre, sus oídos ensordeciéndose cada vez más por el constante ruido de la alarma.
Era la única forma en la que podía huir de sus pensamientos, de sus necesidades, de sus deseos.
De Keith.
—James.
Arrugó la nariz y contuvo el insulto que se le formó en automático tras la lengua, abriendo los ojos y estabilizando el avión con un movimiento.
—Kinkade—murmuró, y resintió que sonara más como una advertencia.
—Tus motores no van a resistir las maniobras que estás haciendo—dijo con voz monótona a través de los comunicadores privados, aunque James podía oír su regaño en el fondo—. Estás siendo demasiado descuidado.
James resopló, bajando la revolución de las turbinas y bajando al nivel del avión de Kinkade a unos cuantos metros.
—No hago nada riesgoso—se justificó viendo los datos de la aeronave, alzando la ceja ante un número fuera de lo promedio—. No tienes que preocuparte.
—Te he visto hacer esa caída libre demasiadas veces en las últimas pruebas—mencionó Kinkade girando un poco para acercarse más a su avión—. Tres únicamente este entrenamiento.
James puso los ojos en blanco, y por el suspiro de Kinkade supo que también él estaba exasperado.
—¿Maniobras evasivas?—preguntó dando una mirada ladeada al avión junto al suyo.
—James...—le escuchó reprenderle, pero James escuchaba la sonrisa en su voz.
—Atrápame si puedes, Ryan.
Aceleró abruptamente, dejando su aliento en el aire detrás de él junto con todos sus pensamientos vulgares.
Giró hábilmente entre las nubes, bajando lo suficiente para rozar las alas peligrosamente cerca de los cañones del desierto, y se dejó llevar por el movimiento, concentrándose lo necesario para no estrellarse. Sonrió al ver el avión de Kinkade haciendo como su sombra, siguiéndole de cerca e imitando todos sus movimientos con precisión.
Se propuso a perderlo en una curva, poniendo la velocidad al máximo y desapareciendo en un susurro de aire.
—¡James!
Entrecerró los ojos, bloqueando los regaños de Kinkade de su cabeza y concentrándose en esquivar los montones de roca a su alrededor que amenazaban por destruir su vehículo, disfrutando de la velocidad y la adrenalina que sólo esos aviones especializados podían otorgarle. Rio por lo bajo, enmudeciendo los ruidos de esfuerzo de las turbinas, y giró entre varias grietas del cañón, esquivando y haciendo vueltas cerradas en un quiebre para evitar estrellarse de lleno en la pared de piedra rojiza.
Pero, aunque quisiera ignorar toda la realidad a su alrededor, aun cuando quisiera poder huir de todo lo que pensaba en momentos de soledad por tan sólo unos míseros minutos, la alarma timbrándole en los oídos y la luz roja parpadeando cegadoramente en su cara, le hizo regresar a la tierra de manera prácticamente de cara.
Literalmente.
El avión se giró ligeramente hacia otra dirección que había indicado, y esa mínima rotación en el eje le quitó el control preciso de sus maniobras. Maldijo forzando al avión a salir de los cañones de manera descuidada, y un pequeño golpe en la ala con el borde de la piedra inclinó por completo la cabina, el cristal frente a él dando de lleno contra la arena.
Alcanzó a apagar los motores antes de la colisión y evitó estrellarse mortalmente en la superficie relativamente suave, pero, aunque la luz roja parpadeante dejó de iluminarle la cara, las ruidosas alarmas no se detenían.
Respiró un momento, el corazón ensordeciéndole más que la alarma de la aeronave, y lejanamente escuchó la voz alterada de Kinkade, pidiendo una y otra vez que le contestara o diera una señal de vida.
—Estoy bien, tranquilo—gruñó buscando el botón de la escotilla para que se abriera y le dejara salir del vehículo—. Te dije que te callaras un momento.
Kinkade titubeó un momento, y sus regaños continuaron más altos y duros que antes. James puso los ojos en blanco y saltó fuera de la nave, arrancándose el casco de la cabeza y lanzándolo al suelo sólo para hacer que se callara la maldita boca.
—Joder—maldijo sosteniéndose la cabeza y volviendo la mirada a su MFE para revisar fugazmente los daños al tiempo que sentía la de Kinkade aterrizar a una distancia segura. Escuchó desde su casco la voz de Leifsdottir y Rizavi preguntando lo que había pasado pero no le importó contestar.
Iverson iba a matarlo.
Resistió los regaños duros y firmes del comandante con la cabeza baja y el rostro torcido en decepción a sí mismo, sin ninguna palabra para defenderse. Sentía a muchos de los que estaban en el hangar mirarlo con pena mientras Iverson se desataba con él por cada pequeña estúpida acción que había hecho en cada entrenamiento desde hacía un tiempo. Y justo cuando Iverson regañó a Kinkade por no haber sido más firme con sus órdenes para detenerlo, James se sintió nauseabundo, apretando sus puños y cerrando los ojos en impotencia.
No sólo había afectado su récord perfecto, también había afectado a los de su equipo, y no podía dejar de pensar en la ironía de la situación, porque Keith había hecho exactamente lo mismo en sus días como cadetes. Al menos a él sí le importaba el bien de su equipo.
—¿Quedó claro, Oficial Griffin?
Respiró hondo y trató de que la frustración no se mostrara en su cara.
—Sí, señor.
Algo se movió en la orilla de su vista y olvidó que Iverson seguía regañándole al encontrarse con los ojos púrpuras.
Le miraba desde una distancia prudente, sus pies direccionados hacia donde estaba el hangar de los leones, y James maldijo su terrible suerte al ser regañado justo cuando Keith decidía ir a volar su león. Vio su boca apretarse en algo parecido a pena y se obligó a quitar la mirada de él, nuevamente pegándola en el suelo para concentrarse en las órdenes que Iverson le daba.
Casi se causa un daño en el cuello al respingar la cabeza tan rápido.
—¿Q-qué?
—Me oyó claramente, Oficial—escupió severamente—. Los daños ha su nave no han sido demasiados y serán arreglados en un par de días, pero su incompetencia e inmadurez en el entrenamiento no merece una simple advertencia.
Sintió su cara palidecer de golpe.
—Se le tiene prohibido asistir a los entrenamientos hasta nuevo aviso.
Mierda.
