El pasar de los días se había vuelto insoportable.
Al principio había sido complicado adaptarse a la falta del entrenamiento con los MFE. Tenía demasiado tiempo libre durante esas horas y no sabía qué hacer con él para distraerse. En algunos días se volvió insoportable el quedarse encerrado en su cuarto sin hacer nada (técnicamente, porque en realidad había hecho un par de cosas en el intento de bajarse un poco de la nube), y terminó refugiándose en el gimnasio algunas veces, el cansancio pudiendo derrotar un poco a su libido, pero a los pocos días se encontró necesitando una ducha fría al final del entrenamiento físico. O un baño innecesariamente largo para aliviarse un poco.
Afortunadamente para él, no fue suspendido de las misiones que tenían que llevar a cabo.
Pero incluso así, cosas simplemente no se hicieron más sencillas.
Si antes era difícil concentrarse en las reuniones, ahora era imposible con Keith siempre siendo uno de los miembros más presentes al ser líder de Voltron. Siempre con una sonrisa determinada, o una expresión seria y firme, hablando con un tono diplomático, que a James todavía le parecía irreconocible, aunque lo escuchara todos los días, sobre planes, alianzas, ataques, enemigos y civilizaciones que tenían gran importancia de conocerse para el bien del futuro.
Por supuesto que James no lograba entender nada por estar más concentrado en el movimiento de su boca, o el brillo de orgullo en sus ojos violetas, o los tics nerviosos de sus manos, o el pequeño mechón de cabello que se salía de lugar a la altura de su oreja cuando llegaba unos minutos tarde.
James no podía concentrarse en el Paladín Rojo, líder de Voltron, hablando sobre todas las cosas de importancia para la humanidad. Sólo podía pensar en Keith Kogane existiendo a un par de metros de él.
Y ahora, en otro de sus intentos de encontrar algo más que hacer para mantenerse ocupado, se encontraba pateando una piedra fuera de lugar en el hangar más lejano. Recién habían salido de una reunión especialmente larga en la que James no podía dejar de prestar atención a los altos y bajos de la voz de Keith mientras explicaba la importancia de Balmera, y su escuadrón tenía entrenamiento después de la reunión, así que terminó vagando en el hangar vacío.
Había caminado hasta ahí con la cabeza revuelta en todo lo que esos estúpidos sueños le causaban y las molestas distracciones que Keith creaba, comenzando a patear la piedra en algún lugar en el camino y logrando distraerse con la simplicidad de la acción.
Pero su mente seguía siendo un desastre.
Era ilógico que después de cuatro años sin tener a Keith cerca, haya llegado, así como así, y se haya apoderado de su mente con una sola mirada. Y, aunque James se avergonzaba de admitirlo, lo había hecho desde que Keith se quejó de haber robado su tiro, viéndose demasiado bien en esa armadura blanca y roja y una cicatriz en su mejilla derecha.
De por sí había sido difícil olvidar a ese idiota después de que fuera expulsado para que volviera como una versión más madura y sexy de sí mismo.
Era injusto.
Pateó con fuerza a la pobre piedra sin pensar, en un intento en vano de liberar frustración, y el horrible ruido metálico que hizo después de rebotar con la pared frente a él y entrar a otro hangar le hizo respingar en su lugar, haciendo una mueca cuando algo pareció caer y esparcirse por el piso con un ruido dramático.
—Mierda—susurró, apresurándose a seguir su pequeño proyectil, asustado de haber roto algo importante y que su castigo se prolongara por su ineptitud.
Se asomó con precaución, esperando que nadie haya sido atraído por el estruendo, y suspiró aliviado al ver una caja de herramientas volcada al pie de una mesa de trabajo, la causante del desastre abandonada junto a una llave inglesa. Sintió la tensión en sus hombros relajarse un poco, y se animó a acercarse a las herramientas esparcidas, tomándose su tiempo en recoger las herramientas y colocarlas en su lugar.
Resopló, cerrando la caja y poniéndola sobre la mesa, congelándose al ver la cabeza del León Negro en el otro lado del hangar. Cruzó el lugar en silencio y se detuvo frente al semicírculo que los cinco leones hacían en el espacio abierto, observándolos vagamente de uno a uno.
El verde era extrañamente compacto, más pequeño que el resto, y tenía un escudo sobre su espalda. Y el rojo tenía un aura que atraía automáticamente a quien lo viese.
Sin embargo, el más majestuoso era el negro.
Casi parecía estar esperando, solemne, en el centro de la media luna formada, y era mucho más grande de lo que James había imaginado en un principio, teniendo en cuenta que en realidad nunca se había parado frente a sus patas hasta ahora.
Lo observó en silencio unos segundos, su cuello comenzando a dolerle por el esfuerzo de mirar hasta la punta de su hocico desde el piso, y continuó avanzando frente a él, admirando cada pequeño detalle en el metal visible.
Era algo increíble, especialmente por su tamaño y la velocidad con la que volaba y estrellaba naves enemigas.
Se preguntó cómo fue que Keith terminó pilotándolo.
Claro que sabía de las habilidades innatas de Keith en los simuladores, pero viendo al resto de los paladines, no parecía ser un requisito el saber volar una nave adecuadamente. Había escuchado en algún momento sobre una profundidad más allá del entendimiento de cómo los pilotos terminaron siendo sus paladines. Algo sobre cómo en realidad los leones eran los que elegían a sus paladines. Algo sobre cómo solamente contestaban a los pilotos adecuados.
Era casi como si aseguraran que estaban vivos.
Suspiró, sacudiendo la cabeza y poniendo los ojos en blanco. No era que fuese escéptico, pero sonaba más a algo de una película o un programa de televisión.
Quizás si pudiera estar ahí cuando algo así pasara, así como con la transformación de Atlas en la última pelea, transformándose en un enorme robot que ayudó a Voltron, todo gracias a algo que Shiro hizo y que nadie podía explicar realmente.
—Veamos...—dijo agachándose junto a una de las patas del León Negro y buscando por algo que podría abrir la escotilla.
Frunció el ceño, no encontrando nada como un interruptor o un botón, o quizás una pantalla que pudiera ayudarlo a entrar al león, y bufó.
—¿Qué? ¿Realmente funcionas con magia?
No hubo respuesta, obviamente.
—Sólo Keith puede pilotarte, ¿eh? —preguntó bajando la mirada a las garras de acero y resoplando— ¿O me estás diciendo que no soy digno de tu poder?
Se quedó quiero al pensar que en serio tendría una respuesta, suspirando ante el silencio y pensando que quizás ésa era la respuesta del león.
—¿Y qué? ¿Kogane sí lo es?—preguntó, girándose un poco a los otros leones pero regresando su atención al negro—¿Es porque es mitad galra o algo así?
Silencio, de nuevo, y James casi se da un golpe en la cabeza al darse cuenta que intentaba razonar con una máquina.
—¿O quizás es solamente para volverme loco? —preguntó exasperado—Porque si Keith no hubiera regresado llamando tanto la atención, estoy bastante seguro que no hubiera perdido mi sanidad tan fácilmente.
Se giró y se recargó en la pata, respirando hondo y esperando un tiempo por una respuesta que realmente quería, pero sabía que sólo escucharía el lejano eco de su propia voz en el hangar vacío.
—No comprendo cómo se volvió tanto—murmuró bajando la cabeza, sus manos colgando de sus piernas y sus talones manteniéndolo contra el metal del león—. Ya sabes: Keith, el que te pilotea. No creí que fuese a lograr tanto.
Lo pensó un momento, procesando las palabras que había dicho al silencio, y luego negó levemente, riendo demasiado débil y amargo.
—En realidad, siempre lo supe—se corrigió antes de morderse la lengua y suspirar—. Siempre supe que lograría demasiado.
El silencio lo reconfortó un momento y se animó a recargarse más cómodamente en la pata, poniendo sus manos hacia atrás y mirando hacia el león.
—Siempre quise convencerme de que no llegaría a nada por su temperamento—continuó golpeteando sus dedos en el metal—. Y creí que todo llegó a su fin cuando fue expulsado gracias a ello.
Abrió los párpados y se reacomodó en su lugar, mirando al suelo.
—Pero siempre tuve la esperanza de que regresaría—dijo encogiéndose en hombros un segundo—, de que sería alguien, de que lograría mucho.
Se mordió el labio inferior y respiró hondo, pensando brevemente en todas las cosas que había soñado desde su pelea mano a mano, en todas las cosas que pensaba en las reuniones y miradas cruzadas a través de la habitación, de todas las cosas que solía pensar de Keith y qué tan diferentes eran de las que pensaba ahora de él.
No había mucha diferencia.
—Pero no creí que fuese tan...
—¿Qué estás haciendo?
Dio un salto demasiado asustado para disimularlo, y se enderezó de inmediato para ver a su derecha, su corazón retumbándole de forma diferente cuando el miedo se volvió pena, reconociendo la voz y la figura parada junto al león rojo.
—Kei-... Kogane—vaciló desviando la mirada de sus ojos y retrocediendo un paso.
—¿Qué estás haciendo, Griffin?—le preguntó acercándose hasta estar ambos bajo la sombra del león, y hasta ese momento James percibió curiosidad real en su voz.
No se escuchaba hostil ni parecía molesto. Sólo curioso.
—Yo... uh...—James formuló elocuentemente, y Keith lo analizó por un momento, su entrecejo relajándose ante algún pensamiento en su cabeza.
— ¿Tiempo libre?
James frunció el ceño, sin comprender.
—¿Qué?
—No sabes qué hacer con tu tiempo libre, ¿no? —dijo con tono casual, como si estuviesen hablando de cómo se había vuelto más caluroso en esos últimos días—. No parece ser que estés en tu mejor momento, Griffin.
James bufó, más divertido por el comentario que molesto.
—Casi pareciera que estás preocupado por mí—comentó secamente, congelándose al ver la mirada fija de Keith sobre él.
No hubo respuesta a eso, pero Keith continuó hablando con más seriedad.
—Has estado actuando muy extraño—dijo como si eso pudiera justificar su comentario anterior, haciendo a James tragar.
—¿Cómo podrías saberlo? —preguntó de mala gana antes de poder detenerse, molestia raspando las orillas de su voz— ¿Un par de meses por aquí y ya crees que me conoces del todo?
El jalón de los labios de Keith, apretándolos en una línea, hizo su corazón saltar, un dolor comenzando a florecer en el fondo de su pecho.
—Sé que no te conozco tanto como Kinkade—Keith contestó con un susurro bajo, los pulmones de James de repente exigiéndole aire ante los ojos de Keith manteniéndose en el suelo en vez de en su rostro—, pero te conozco desde antes de Garrison, y hay cosas que nunca cambian.
Quería preguntar qué clase de cosas nunca cambiaban, quería saber qué clase de cosas Keith notaba cuando eran jóvenes, quería dejar a su corazón latir con más fuerza con la mínima esperanza de que Keith le prestaba atención a él en ese entonces, y que lo hacía todavía hasta la actualidad.
No te hagas ilusiones, James.
—No he podido dormir bien—admitió a medias, una pequeña flama dentro de él proporcionándole calidez a sus sentimientos al punto de no importarle que confiara parte de su problema al problema mismo—. Y echar a perder el entrenamiento fue la consecuencia. Es todo.
Los ojos de Keith, índigos en la sombra más que el hermoso violeta que brillaba en la luz, le hizo saber que no era todo, incluso cuando era él mismo quien lo aseguraba. Abrió la boca y James sintió su sangre helarse, pensando que diría en voz alta todo lo que había empujado al fondo de un hoyo en su mente, como si fuese una simple hoja de papel llena de palabras que Keith podía leer y entender fácilmente.
Pero, en lugar de eso, se mordió el labio inferior, y James se encontró a sí mismo mirándolo fijamente, preguntándose qué tanta fuerza era necesaria para robarle un gemido quebrado desde su garganta.
—Oh, James.
Bajó la mirada de golpe, sintiendo su cara arder mientras los pasos hacían un camino hacia donde ellos estaban frente al León Negro, la voz de Shiro funcionando como un ancla que lo jaló directo al suelo.
—Capitán—saludó con un asentimiento, ni siquiera pudiendo ni siquiera mirarle a los ojos, deteniéndose a la mitad de su cara—. Yo estaba...
— ¿Tomando un paseo?—Shiro completó con una notoria sonrisa en su voz, y James se sintió lo suficientemente aliviado para darle una mirada— Escuché del incidente—continuó con un tono más serio pero oyéndose más preocupado que severo—, ¿estás bien?
No quería responder a eso, sabiendo que su voz iba a delatar su mentira, así que sólo asintió, dando una vista fugaz a Keith que seguía observándolo pero que luego volteó al León Negro, mirándose contrariado.
—Con permiso—pudo soltar volteándose en su eje y trotando a la puerta, quizás demasiado rápido y descuidado para mostrar profesionalismo.
Y casi se detiene al oír a Keith llamarle, dudando antes de decir su nombre, y a Shiro inmediatamente diciéndolo. Pero no podía controlarlo más, la herida justo a través de su corazón porque estaba teniendo esperanza por las palabras de Keith regresándolo a la realidad con un dolor agudo.
Y en realidad sí se detuvo antes de cruzar el portal, escuchando al resto de los paladines de Voltron entrando al hangar en una conversación animada, y se permitió mirar sobre su hombro hacia Keith, la dolorosa herida que so corazón tenía apuñalándolo más adentro en el pecho al tiempo que sus pulmones soltaron todo el aire como si hubiese sido golpeado en el estómago.
Keith estaba sonriendo.
A Shiro.
