Cuando volvió a sí mismo, ya estaba caminando de un lado al otro adentro de su habitación, su corazón latiendo lo suficientemente rápido y fuerte para hacerle preguntarse si había corrido todo el camino desde el hangar hasta los dormitorios. Pero sus latidos no se tranquilizaron, sólo continuaron golpeando sus costillas tan dolorosamente que se apretó el frente de su camisa, una horrible sensación revolviéndole el estómago en nauseas.
Había algo más ahí con la confusión, algo bastante similar a ira, pero torciéndole las entrañas tan fuertemente que tenía problemas para respirar.
¿Estaba celoso?
¿Es en serio?
Soltó un gruñido, dejándose caer en la cama en un tosco rebote, y se golpeó el rostro con las palmas de sus manos, tratando de bajar el dolor de su pecho con otro dolor físico.
No entendía la razón. O quizás lo entendía pero lo negaba tan firmemente que no había pensado en ella detenidamente hasta que una memoria destelló detrás de sus ojos, Keith sonriendo tímidamente a Shiro y haciendo su sangre hervir en furia.
Takashi Shirogane.
Capitán Takashi Shirogane.
Por supuesto.
Si Keith le sonriera a alguien, ese alguien sería Shiro. Después de todo, fue por su recomendación y tutoría que Keith pudo entrar a Garrison. Fue él quien le extendió su mano para ayudarlo y le ofreció un futuro. Fue él su único amigo, y después James se enteró que su única familia, también. Fue él su héroe y a quién siguió en sus días como cadetes. Fue su ausencia la razón detrás de su caída emocional y mental, la razón de que sus contenidos problemas de ira explotaron en rabia, y la razón por la que fue expulsado de la academia.
James todavía recuerda cómo sus ojos se volvieron de un negro tan vacío cuando las impactantes noticias se esparcieron como fuego en pólvora, cómo sus facciones perdieron toda la esperanza y gentileza que tenían cada que Shiro estaba a su lado o sólo era mencionado, cómo el futuro que estaba tan preocupado en mantener al controlar su temperamento y sus emociones impulsivas se rompió en demasiados pedazos como para ser restaurado. Todo cuando Kerberos fue declarado una falla, un error de piloto.
Por supuesto que sería Shiro.
Siempre sería Shiro.
Keith fue a la cuarentena para sacarlo de ahí. Lo siguió al espacio. Se convirtió en su mano derecha como Voltron y como equipo. Lo salvó incontables veces y lo salvaría muchas mas si tuviese que hacerlo, porque James sabía qué tan terco Keith era.
Y ahora estaba celoso de que Shiro fuese siempre el eje de donde giraba la vida entera de Keith.
Pero, ¿quería él ser ese eje? ¿Quería ser el centro de todas sus decisiones? ¿Quería ser objeto y causa de todas sus sonrisas?
Sí, por supuesto que deseaba eso, tan ferviente como deseaba a Keith en su cama, jadeando su nombre.
Sus sentimientos se revolvieron en algo en lo que no quería pensar. Algo a lo que le tenía demasiado miedo. Algo que sabía que no tendría ninguna oportunidad contra alguien tan bueno como Shiro, tan inteligente como Shiro, tan encantador como Shiro.
Y pensó firmemente que podría superarlo. Fue lo suficientemente fuerte para superar que Keith lo odiaba durante sus años como cadetes, fue lo suficientemente fuerte para soportar sus silencios juiciosos y sus miradas de molestia. Fue lo suficientemente fuerte para superar que Keith fue expulsado y no volver a verlo.
Podría superarlo. Tenía que. Y él siempre hacía lo que tenía que hacer.
Oh, era tan ingenuo.
Todo se fue al diablo desde esa noche sin dormir ni descansar. No podía concentrarse para nada en las reuniones, sus ojos fijos cuidadosamente hacia el suelo. Su concentración en las misiones era lo suficientemente eficiente para llevarlas a cabo, pero su esfuerzo de olvidarse de Keith y superarlo era completamente en vano.
La reunión en la que estaba terminó bastante rápido para él al estar yendo y viniendo sobre sus pensamientos para encontrar una manera de deshacerse de esos inútiles sentimientos, y puso los ojos en blanco cuando se percató que la reunión había durado tres horas enteras.
Iba hacia la puerta tras Kinkade, demasiado cansado para ir y soltar tensión en el gimnasio, planeando mejor ir a tomar una siesta que realmente esperaba que no fuese interrumpida por placer.
Pero sus pies se detuvieron automáticamente ante la voz de Keith, murmurando el nombre de Shiro suavemente mientras ambos se quedaban en la mesa, sus cuerpos tan cerca y familiares con el del otro que sólo necesitaban un toque o algún tipo de contacto físico para verse como una pareja real.
Shiro se giró a Keith, la fuerte línea de su barbilla inclinándose hacia abajo para mirarlo a los ojos, y el ardor en su interior hizo erupción otra vez con furia ante la pequeña sonrisa que Keith le dirigió, tan fácil te leer y tan difícil de odiar.
Y a la imagen sólo le hacía falta el enfermizo color rosa a las orillas y los empalagosos brillos alrededor que James no pudo evitar preguntarse a sí mismo si era verdad que no estaban juntos. O si lo estaban pero decidieron mantenerlo como un secreto.
Se preguntó si Keith tomó el primer paso debido a su poca paciencia. O si fue Shiro con toda su madurez y responsabilidad. O si de alguna manera uno de los dos se confesó por accidente, seguramente Shiro, y el otro saltó a ello sin detenerse a pensarlo con más detenimiento, seguramente Keith. Pero supuso que Shiro también podía perder el control.
Jadeó por lo bajo, preguntándose a sí mismo si esa pérdida de control se debió a una caricia que duró más de lo esperado, o un abrazo más fuerte de lo debido, o un beso muy inocente o quizás un beso que no era inocente en absoluto.
Un beso...
¿Ya se habrán besado, en primer lugar?
Quizás eran muy tímidos para besarse. O quizás es por eso que la sonrisa de Keith siempre tenía esa tímida curva en la orilla cada que era dedicada a Shiro.
Se preguntó a sí mismo quién besaría a quién. Se preguntó si fue inesperado o deliberado. Tan casto que surgió de la inocencia o tan apasionado que rozaba lo vulgar. Se preguntó a sí mismo si ya habían pasado horas uno arriba del otro entre besos gentiles o quizás besos desesperados, si se habían tocado y arrancado suspiros y jadeos del otro, o si ya habían pasado de las caricias tímidas y dulces y comenzaron con los fuertes agarres y toques furtivos, gimiendo el nombre del otro sin aliento antes de caer al abismo.
Casi no sintió el golpe que se causó en la cabeza cuando la estrelló contra la pared.
—¡¿J-james?!
—Estoy bien—escupió a Rizavi, pasando a su lado sin mirarla para alcanzar la puerta, sintiendo más el pulsante golpe en su frente que el problema que estaba comenzando a crecer bajo su cinturón.
No necesitaba mirar sobre su hombro para saber que captó la atención de bastante gente, incluyendo a la feliz pareja.
Nunca más iba a poder mirarlos a la cara. Nunca. No cuando él, entre sus húmedos pensamientos, inevitablemente se imaginó a sí mismo entre Keith y Shiro.
