La música, del despertador, del teléfono sonó a la misma hora de siempre. Metió la mano bajo la almohada, pero no lo encontró; luego, estiro la mano hacia el piso, al lado del colchón, donde lo encontró sonando, al muy desquiciado. Abrió los ojos y la molesta luz le dio en la cara. Tratando de acostumbrarse a la luz solar, parpadeo un par de veces, cuando ya podía ver, se fijó la hora del celular, eran las seis de la mañana, pero como era día de semana, por lo cual debían de ir al colegio. Cuando se incorporó, una fuerte punzada atravesó su cabeza. Maldijo en voz baja, para no despertar a su amiga, quien estaba roncando en la cama.
Considerando que la cabeza le dolía muchísimo, intentó no hacer movimientos bruscos al levantarse. Rebuscó en su armario el uniforme escolar de ambas y a paso lento se encaminó hacia la cocina, para preparar algo de comer. Kyoko preparo unos waffles con crema chantillí, junto con café. Luego busco: un vaso, y lo lleno de agua; y las pastillas para la resaca, que estaban en la heladera. Cuando estuvo todo listo subió las escaleras con el vaso de agua y la pastilla en la mano, para dárselas a Kaede, quien seguramente se despierte con un dolor de cabeza terrible. Entro a la habitación y dejó las pastillas y el vaso sobre la mesita de luz. Luego se acercó a Kaede.
—Moko-san, hora de lavantarse —dijo sacudiendo su hombro. Su amiga simplemente respondió con un bufido. —Moko-san, despiértate, es hora de ir al colegio.
Kaede abrió los ojos e hizo una mueca de disgusto al notar la luz de la habitación. Luego de unos minutos, Kaede hablo. —¿Qué hora es Kyoko?
—Deben ser las seis y media. —dijo mientras le extendía el vaso con las pastillas —en la silla está el uniforme. Cuando estés, podes bajar, hay waffles y café.
—Gracias Kyoko
Kyoko simplemente asintió y bajo a buscar su mochila, y violín. Luego de un par de minutos, Kaede ya estaba con ella desayunando. Cuando terminaron ya eran las siete menos veinte. Antes de irse, ambas amigas se maquillaron las ojeras que tenían, por haberse dormido tan tarde.
En el camino hacia el colegio, ninguna de las dos chicas hablo. Recién cuando llegaron a la entrada del colegio Kyoko dijo: —Hoy me viene a buscar Nii-san, así que no hace falta que me esperes. —Kaede simplemente asintió y siguió caminado junto a su amiga. Hasta que alguien choco contra Kyoko manchando, por segunda vez consecutiva en la semana, su pollera.
—Lo lamento Mogami-san —dijo la castaña. Unas gotas de té calleron sobre la piel de Kyoko, quemándola. Una mueca de disgusto se dibujó en los labios de la pelinaranja. Lentamente, junto a su amiga, empezaron a acercarse cada vez más a la castaña, quien apretaba las correas de su mochila rosada. Los pasillos estaban vacíos, ni un alma en desgracia vagaba por allí luego de la magnifica fiesta de Shotaro, era perfecto para intimidar un poco y marcar posiciones jerárquicas.
—Si tanto odio me tienes, pequeña. —dijo Kyoko mientras la acorralaba en una pared —Me lo dices en la cara, no hace falta tomar medidas desesperadas para lastimarme. —Cada vez estaba más cerca de su oído, cuando estuvo lo suficientemente cerca como para que nadie, excepto Marumi, escuche, susurró: —Ten cuidado con quien te metes en esta escuela. Esta podría ser la última vez en la que quieras venir al colegio por un largo, pero muy largo periodo de tiempo.
–¿Qué pasa aquí señoritas? —dijo una tercera voz. Kyoko se dio la vuelta y le dedicó una gran y falsa sonrisa al chico alto. Sus ojos miel se fundieron con el chocolate del contrario; liberando una batalla campal de superioridad y falsedad. —Señotita Mogami-san, ¿tiene algún percance con Marumi? —amabas sonrisas, iban cargadas de sentimientos de ira y, quien sabe, quizá un poco de odio mutuo.
—Ninguno que sea de su incumbencia, profesor Tsuruga-san, aunque no me molestaría meterme en unos cuantos con usted —contestó Kyoko con una sonrisa coqueta, —por desgracia en estos momento, debo de irme a encargar de un pequeño asunto. —Kyoko esquivó el cuerpo del más alto y agarro del brazo a su amiga. —Vamos Moko-san. Hasta luego Tsuruga-san, Yashiro-san.
—Espero que vallan a la clase de matemática —gritó Yashiro a las dos chicas que se estaban yendo. Ambas respondieron afirmativamente antes de perderse por el pasillo. Cuando ambas chicas se habían ido, Ren empezó a mirar acusadoramente a su amigo. Quien con una gran sonrisa le respondió: —¿Y que quieres que haga? Si no les digo, no vienen.
