Capítulo II: el poder de la república.
Ahí se encontraba Alekandros, con las manos en alto y el corazón latiendo como locomotora. Con las máscaras artesanales de las cebras de testigo, veía como su ídolo de la infancia, el constructor de reinos y modernizador de este reino cebra, apuntándole como si fuera un vulgar ladrón. Aquel simio, cuya calva brillaba con la tenue luz y su panza sobresalía de su bata para dormir, tenía intenciones de matarlo. A menos que pusiera a prueba su educación.
O hasta que la cebra viniese, ya oía sus pasos temerosos bajar por las escaleras.
— ¿Entonces? Dame una razón para no abrirte otra vía respiratoria. — El señor Homero Fez tenía, producto de la ira, los ojos saltones y mostraba los colmillos. Hablaba con un tono bajo pero afilado — ¿Por qué los malagradecidos de Ágora me quieren de vuelta?
— Y-yo a-admiro su trabajo, k-kýrie. La razón por la que lo quieren de vuelta, es porque lo necesitan. — Al minotauro le temblaba el labio inferior mientras hablaba. Sudaba frío.
— Basura propagandística. Prefiero que el reino de Mansa unifique toda Zebrica, a que vuelva a pisar Énosi. Estoy cansado de trabajar para un montón de ambiciosos y sedientos por el poder, ¿me oiste? ¡Cansado! Y esto, — levantó su mano izquierda, donde estaba la carta, y la agitó—, es suficiente para condenarlos. Una guerra contra Equestria, ¡esto es absurdo!
— P-pero, kýrie, va a ocurrir de todos modos.
Tan extraño como aterrador, el minotauro vio como el simio anciano cambiaba de templanza. De una expresión fruncida y molesta, Homero pasó a la consternación y a la confusión. Desamartilló su revolver y lo guardó en el bolsillo de su bata, y caminó, rodeando al minotauro, hacia su escritorio.
— ¿Cómo dices?
— La actual hegemón, Hipatia Cirze, ha empezado su hegemonía equilibrando y calibrando a Énosi para una guerra contra Equestria. — explicó Alekandros —. En poco tiempo al iniciar su hegemonía, ha logrado el equilibrio entre Ágora y Lambda, nuestra casi ciudad-estado militar, gracias a la intervención de la princesa de la amistad, Twilight Sparkle. Ha terminado la Tercera Guerra Colonial hace un par de días, ha reformado la administración y la recaudación para los fondos de guerra. A-
— Para tu tren, neófito. — Homero lo detuvo al alzar su mano hacia él, al mismo tiempo que se sentaba en la silla. Tardó lo mismo que un aparato oxidado y sin aceitar —. En primer lúgar, aún no veo el cómo estoy involucrado en esto. Segundo, Hipatia Cirze es una malnacida. Tercero, las cosas parecen que están más que bien, hasta pronosticaba una guerra civil en Énosi. Cuarto, Hipatia Cirze es una malnacida. Quinto, estoy bien en Mansa. Y sexto, ¿quedé claro de que la actual hegemón es una malnacida?
— Eh, completamente… supongo. — Alekandros se rascó por detrás de la cabeza, cerca de la base del cuerno derecho. Se acomodó en su asiento y vio a su anfitrión, su ceja arqueada era la definición del cinismo —. Es el deber de todo enosiano responder al llamado de la Madre patria. Cuando esta llama, debemos responder con honor y deber. Dejar a un lado nuestro egoismo innato, y luchar unidos por Énosi.
El estudio se quedó en silencio por un rato. Alekandros pensaba que, recitar una versión simple de "El llamado de la nación" sería suficiente para convencerlo. Total, él lo había auspiciado en su hegemonía. Trato de sonreír, pero hasta él se sentía incómodo por hacerlo. Con la mirada del simio, se sentía pequeño. La respuesta de Homero no tardó en venir: levantó su revolver hasta tener al minotauro a tiro, y lo amartilló.
— Di otra basura propagandística y te pego un tiro. — Él habló en un tono firme. Cuando alzó la vista, vio que la princesa cebra había entrado. Ella se sobresaltó cuando vió el arma, casi dejando caer la bandeja con la tetera y las tazas de madera con talla tribal.
— ¡Loas! — Dijo Nyota, casi inentendible por llevar la bandeja. Caminó con cuidado hasta ponerse fuera del alcance del arma, colocó la bandeja sobre el escritorio y luego puso su casco sobre la mano de Homero. Bajaba el arma con lentitud —. Mshauri, baje el arma, por favor. El minotauro vino de muy lejos y ha pasado por mucho para que le apunte con un arma. Ahora, — la cebra empezaba a dirigirse a Alekandros —, caballero, explíquese. Deje a un lado la propaganda enosiana y hable.
— Me sentiría más cómodo sin el revólver apuntándome.
— ¿Te olvidas de quién es el dueño de la casa? Ayudé a construir un reino, con todo lo malo que ello implica, deshacerme de la culpa por matar a alguien no es nada para mi.
— De acuerdo, de acuerdo. El reino de Mansa es amigo de la República, ¿no es así? — el minotauro vió a la cebra, que no tardó en asentirle —. Bien, si vamos a librar la guerra que definirá a una nueva era, es lógico que traigamos a todo aliado que tenga, aparte de usar todo recurso disponible para extraer o comprar.
— El reino de Mansa no dudará en responder el llamado a las armas de nuestros aliados. — La princesa habló en tono firme y regio, se acomodó para estar recta y con una buena postura. Hasta el minotauro se sentía pequeño al lado de ella.
— Pero, kýrie Homero sabe como lucha el ejército enosiano. Sabe el desdén que le tiene a las tropas aliadas o voluntarias, o como les llaman: auxiliares. Siempre usándolos para demostrar su valía solo para evitar gastar efectivos más útiles. — Alekandros veía como el simio hacía un gesto amargo y gruñía levemente, al mismo tiempo que bajaba la mirada —. Tiraran a toda cebra y nunca las considerarán listas para la guerra. Excepto si están bajo mando autónomo o con strátegos de renombre, pero es poco probable que ocurra. Pero no es eso, — el minotauro apoyó sus brazos sobre la mesa y se inclinó hacia sus escuchas—. Es la cantidad de recursos que Mansa y toda Zébrica puedan llegar a tener. Primero, van a comprarlos con el tesoro. Pero, ¿qué pasará cuando estos se acaben? Es entonces cuando pagaran con notas que digan "cuando terminemos, les pagamos", para simplificar. Y a medida que se extienda la guerra, que se vuelva larga, Énosi se cansará de tratarlas y los obligarán a ceder recursos. Imagínese, kyrie, uno o dos ejércitos coloniales, ocupando a Mansa, extrayendo lo que puedan mientras las cebras se resienten. Unos años después de eso, y el reino que usted construyó se desvanecerá.
— Si Énosi recurre a eso, deben estar en mal estado y sus líderes locos de atar. — Homero respondió con rapidez. Una rápida mirada a Nyota le dio a entender a Alekandros que, con ese ceño fruncido, la princesa imaginaba lo que él había dicho con algo de rabia. Pero no contestaba para dejar que la conversación fluyese.
— No es Énosi, quien ha estado mejorando desde hace tiempo, sino Equestria la que ha mejorado su posición. — El minotauro veía como el simio arqueaba una ceja y se recostaba en su sillón.
— ¿Disculpa?
— Equestria no es la misma desde su auto-exilio, kyirie Homero. Cuando usted la dejó, solo la Princesa Celestia la gobernaba, pero ese pequeño intervalo que hay entre el final de su hegemonía y el inicio de Cirze ha sido el más turbulento.
— ¿Pequeño? — Preguntó Nyota antes de que el minotauro continuase.
— Si las cosas son cómo son, Celestia llegó al milenio como gobernante. — Le respondió el simio a la cebra. La princesa Nyota no ocultó su asombro.
— Ustedes no lo notaron, pero en pleno solsticio de verano tuvimos una noche en pleno día. Estuvimos aterrados porque era el augurio de la oscuridad poni. Porque había llegado Nychta.
— ¿Nightmare Moon? — Preguntó Nyota, quien mostraba un genuino miedo ante los otros —. Las estrellas la ayudarán en su escape. Y cubrirá al mundo de oscuridad. — era como si recitará una antigua profecía que, aunque falló, invocaba un miedo que la dominaba —. Las estrellas son hijas naturales de la oscuridad, poderosos seres que dominarán este mundo y el plano astral.
— Pero, afortunadamente, Nightmare Moon fue detenida por la estudiante favorita de la princesa Celestia, una tal Twilight Sparkle. Ella, junto a otras cinco habitantes del pueblo de Ponyville, detuvieron a la yegua en la Luna. — La mano del simio, a la altura de su mentón, detuvo al minotauro. El anfitrión negaba con la cabeza mientras mostraba una mueca graciosa.
— Casi todo lo que dices es inverosímil. De auerdo, la hermana pequeña de la princesa del Sol vuelve a asumir funciones. Todos alegres y contentos. — El tono sarcástico de Homero puso pálido al minotauro, y había puesto incómoda a la cebra: no sabía si reír o molestarse. El simio se levantó y miró un globo planetario que estaba en su esquina —. No veo razones para volver de mi "retiro".
— El Imperio de Cristal también volvió. — Homero se volteó a medias para ver a Alekandros —. Y esa región es de suma importancia, no necesito años en el Servicio Diplomático para saberlo.
— Estas abusando de mi confianza. — Alekandros ahora no sabía como reaccionar. La sonrisa picarona del simio casi le saca una risa alegre, pero cuando él lo apuntaba con su dedo; se sentía algo intimidado —. El Imperio de Cristal se desvaneció hace mil años en el reinado de Sombra, cortesía de las Hermanas Nobles.
— Pero, al final del día, la aurora del norte era poni. Colores vivos de la armonía, y un estado sujeto a Canterlot gobernado por la sobrina de sus princesas: Mi Amore Cadenza. O Cadence, si prefieren su nombre común.
— Suena bastante dulce. — Comentó con ligereza la princesa Nyota.
— Casi empalagoso. — Replicó el simio con algo de sequedad — ¿Y luego?
— Tirek. — El minotauro se detuvo porque sintió, de repente, escalofríos —. Yo empezaba mi carrera universitaria, a temprana edad aunque no lo crean. Y cuando nos enteramos de que el centauro se escapó del Tartaro, cundió el pánico en toda la población de Énosi Continental. Los altavoces urgían a una evacuación masiva a los territorios coloniales, mientras que una operación conjunta de la armada y el ejército hacían las preparaciones adecuadas. El primero preparaba los transportes, y el segundo realizaba los procedimientos para la tierra quemada.
— Es raro ver a ambos trabajar juntos. — El comentario de Homero fue casi inaudible. Aclaró su garganta y habló en voz más alta — ¿Qué pasó? Obviamente el mundo no se volvió una bola de fuego.
— Alguna magia extraña y poderosa que realizaron los ponis, sobretodo el grupo de Twilight Sparkle y sus amigas. Ni siquiera la guardia real de las princesas o todos los ponis en Equestria, pudieron contra Tirek. No sé que pasó al otro lado de la frontera, pero los destellos mágicos se podían ver desde Ágora. Cuando el centauro volvió a su celda, empezó una nueva era de paz poni. Era que empezó a preocupar a sus viejos rivales. — Al terminar, Alekandros veía como su anfitrión lo miraba fijamente. Bajó la vista y golpeaba sus uñas, de manera monótona, contra la madera del escritorio. Tanto él como Nyota esperaban una respuesta que él estaba maquinando.
— ¿Y los changelings? Lo último que supe del continente era que los metamorfos había barrido el suelo con Énosi. Dudo mucho que la reina Chrysalis deje a los ponis impunes.
— Y lo intentó. — La rápida respuesta del minotauro hizo que el simio se recostara, impactado, contra el respaldar de su silla. Arqueó una ceja y dejó que el minotauro continuase —. Primero, antes del asunto del Imperio de Cristal, intentó colarse en la boda de la princesa Cadence con el capitán de la guardia real, Shinning Armor, quien resulta ser el hermano de Twilight Sparkle. Usando su subterfugio innato, mentira, manipulación, magia changeling y coordinación del viejo cuerpo de Jaegers; la reina metamorfa no solo se infiltró junto a la crema y nata de Equestria, metió a un ejército lo suficientemente grande para conquistar Canterlot. Y casi lo logra.
— Déjame adivinar, más magia de esta Twilight Sprinkle. — Dijo Homero en un tono cansado.
— Es Sparkle, kýrie. Y esta vez no fue así. Las ponis fueron capturadas y traidas frente a la reina. Pero le dio suficiente tiempo para que la pareja hiciera magia. La reina y su ejército fueron expulsados a las Tierras Baldías.
— Cien gramos de oro si la reina Chrysalis hizo un monólogo o cantó una canción de malo. — El simio se dirigió a la princesa cebra, quien le respondió asintiendo decididamente. Cuando Alekandros les respondió, Homero alzó sus brazos de manera triunfal. Nyota reía.
— Bueno, — continuó el minotauro sin unirse a la gracia —, resulta ser que la aprendiz de la princesa de la amistad, junto a un metamorfo desertor, el dios del caos y una maga ambulante; se dirigieron al reino changeling para rescatar a todas las princesas y los elementos mágicos. No solo lo lograron, sino que cambiaron hasta la misma forma de ser de los metamorfos. Son tan dulces, ahora, que le dan envidia a la azúcar y a la miel. Están dirigidos por el desertor, creo que tenía nombre de una parte del cuerpo, y están en proceso de reconstrucción.
— En resumidas cuentas, Griffonia y Énosi se están quedando solas, mientras que más pueblos y territorios se vuelven ponis o dependientes de Canterlot. Así que, en secreto, los amargados de la fiesta están viendo cómo arruinarla. Esto amerita un tabaco. — Abriendo un gabeta, Homero sacó un puro y un encendedor. Dio una rápida calada y continuó hablando —. Ven miedo en Equestria, ven que no quieren terminar como los changelings, así que decidieron actuar. Ven que solo hay dos opciones si no actuan: o terminan bajo el ala de Equestria, o desaparecen de la faz de la tierra.
— Muerte o deshonra, según algunos en Ágora. — El minotauro resopló después de hablar.
— A ver, a ver. — La princesa Nyota alzó su voz y juntó los cascos frente a su boca, luego los soltó cuando volvió a hablar —. Sé que el reino de mi padre es como un potro de pecho, comparado con naciones como las que he oído y poco he entendido. Pero si puedo sacar algo que entiendo, es lo siguiente: dices que los ponis de Equestria sobrevivieron a toda dificultad gracias a la magia, ¿correcto? — El minotauro asentía — Y que han vencido a demonios del inframundo, magos tenebrosos, ejércitos que cambian de forma, con magia, ¿no es así? Entonces, ¿cómo Énosi, una nación llena de seres mortales, va a ganar donde seres mágicos y con muchos poderes han fracasado?
Ambos se quedaron callados cuando la cebra terminó. Duraron un rato en silencio, ellos fijos en la cebra y esta devolviéndoles la mirada con orgullo. Fue el simio quien emitió el primer ruido, una risa; empezó leve, casi inaudible, pero culminó con carcajadas a todo pulmón. Incluso, a los ojos de los dos, podían distinguir las lágrima recorrer sus mejillas, ahora rojas como tomates. Pasó un cuarto de hora y, aunque estaba más tranquilo, Homero seguía riendo.
— ¡Mi aprendiz me ha dado las razones para no irme!
— Énosi empezará la guerra, tarde o temprano, quiera venir o no. La hegemón piensa que su participación puede acelerar la victoria con menos pérdidas. — La única respuesta que vino de Homero, fue una ceja arqueada y sus dedos golpeando, en un ritmo impaciente, la mesa. Alekandros resopló antes de volver a hablar —. Hay dos cosas que parecen cambiar el juego enosiano. Primero, es la creación de inhibidores mágicos. Los changelings no conquistaron a la república por los mismos.
— ¿Qué es un inhibidor? — Preguntó la cebra.
— Es un aparato electro-mágico que absorve la magia en el ambiente, y niega el uso a los seres con capacidad mágica. Fue usado en fase de prototipo en la Tercera Guerra Changeling-Enosiana, y evitó la conquista. Tuvimos que pagar tributo, pero los inhibidores causaron tanto asombro que el DIM, el Departamento de Investigación Militar, empezó a recibir más dinero. Están apostando, casi todo, a estos nuevos aparatos.
— ¿Y la segunda? — Replicó con rapidez el simio.
— No lo sé, pero ha habido conversaciones, tratos debajo de la mesa que han volcado el miedo a la magia. Incluso el miedo a las alicornios. Pero, no lo sé con exactitud. — El minotauro seguía con sus ojos el movimiento impaciente de los dedos del simio. Este se detuvo, y entrecruzó los dedos. Al alzar la vista, Homero bajó la suya —. Se que ha sido una vida dura para usted, kýrie. Sufrió la traición en su mismo partido, por sus propios colegas. Siente amargura por ver todo lo que había hecho destrozarse. Usted inició una era de oro que terminó con su hegemonía, dejando una nación confundida y apaleable. Pero, solo por esta vez, puede olvidar el pasado y hacer un servicio que nunca será olvidado.
Otro silencio, mas meditaciones. El simio apagó su puro y se levantó de su silla con lentitud. Miró a la princesa cebra de manera decidida, y habló.
— Que demonios. Nyota, prepara tus cosas. Vas a conocer el mundo conmigo y hablarás por Mansa.
«o»
En sus ratos libres, ella solía ver el mar. Cuando el Sol se ponía, el mar parecía tener un bello reflejo dorado, y en la tranquilidad de la noche, no se sabía donde terminaba el azul infinito y donde empezaba la bóveda estrellada. Pero, como una clara presencia de la realidad, ahí estaba la isla de Mpya. Ella querría saber como la llamaban los enosianos, si seguían con ese nombre o lo habrían cambiado. Pero la colonia estaba ahí, era una realidad, y sus rectángulos grises y brillantes junto al constante humo que salía, contrastaba con la gran montaña verde que había.
Solía ver el mar, pero Nyota siempre lo había desde el balcón de su habitación. Pero ahora, desde la proa de un barco de vapor enosiano, empezaba a notar lo pequeño que solía ser mundo. En las colinas sabaneras de Zébrica, las grandes estructuras de adobe y ladrillo que conformaban la capital eran, a su parecer, pequeñas comparado con la vastidad del mundo. Y entre esas estructuras, colosales para los tiempos de su abuelo, se había despedido de sus padres y hermanos. Grandes reyes y principes, de una nación incipiente, de la cual pocos sabían de su existencia.
Apoyada en el barandal, recostó su cabeza sobre sus cascos delanteros. Con la mirada fija en su hogar que se hacía más pequeño.
— ¿Cómo te sentiste en tu primer viaje en barco? — La cebra se volteó para recibir a Alekandros. El minotauro tardó un rato de recuperarse de la impresión —. Tienes pasos pesados. — le explicó con una sonrisa.
— Pues… vomité. Comí como cerdo antes de zarpar y, como no estaba acostumbrado a la vida en el mar… — Dijo el minotauro, sonrió igual que ella antes de apoyarse en el barandal —. Mi primer destino fue Nueva Elafyón. Esa ciudad y yo tenemos una relación como… ¿Has visto esas películas de comedia donde el marido, en los divorcios, solo se queda con lo que lleva puesto?
— No, para nada. Aunque suena divertido. — Dijo la princesa entre risas.
— No para el marido, y mucho menos para mi. En mi primera vez en esa ciudad, solo la ropa que traía puesta se salvó. Me robaron mi billetera, mi alforja, mi reloj y mis botas. No me preguntes cómo me robaron las botas, aún no lo sé. Es más, tengo tan mala reputación en los documentos de identidad, que el registro civil, en la deigma de Ágora en donde vivo, tiene una taquilla para "recuperación de documentos robados" gracias a mi. — Alekandros hacía énfasis usando sus manos. Nyota no dejaba de reír, a carcajadas.
— ¿Siempre eres tan gracioso?
— Solo cuando no doy lástima, o sale por accidente.
— Chicos, — la cebra y el minotauro se voltearon para encontrarse con Homero. Les hizo un gesto con la cabeza para que los acompañara. Y una vez a su lado, los tres caminaron hacia la proa.
Si ella tuviera que describir el cómo se sentía con una palabra, sería pequeñez. De cerca, aquellos cuadros grises empezaban a tomar la forma de edificios altos, con banderas de la corona de olivos ondeando cerca de la paredes. Los grandes humos venían de chimeneas del diametro de una casa y que alzaban al cielo, parecía que hoy no habría trabajos en las factorías. Incluso los edificios de la autoridad portuaria le parecían más grandes que el palacio real, a pesar de ser una estructura simple y alargada, de tres pisos y techo a dos aguas, flanqueado por complejos de almacenes y gruas. Todos los barcos se anclaban en las dársenas, algunos descargaban sus cargas dejando que las mismas gruas cargasen sus compartimientos y los dejasen dentro de los almacenes o en trenes que iban a la ciudad. Con un gran pitido, el maestre de cargas anunciaba la llegada de una nueva embarcación en el muella. Los marineros desplegaron una pasarela y los pasajeros, cebras y enosianos por igual, caminaron hacia el muelle.
Homero dio un resoplo cuando pisó el muelle. Puso las manos en su cadera y alzó la vista. Más que sorprenderle, sentía amargura. Peor que la bilis. Miró a la princes y al aprendiz, se sentían sorprendida y sintiéndose en casa respectivamente. Pero para él, la deshonra se manifestaba en cada gran edificación, estatua o bandera patriótica que había… Y al parecer, justo en el día de hoy y como si fuera un mal chiste, habían muchas. Escupió hacia el mar antes de ponerse a caminar.
No muy lejos de ahí, había un par de equinos en uniforme azul y con botones dorados, invitando a los pasajeros a que entrasen a un tren, estacionado en una pequeña estación ferroviaria. Una máquina pequeña, con la locomotora alargada y cónica como si fuese una bala, que en su momento empezaría a mover seis vagones de pasajeros. No tardaron mucho en ingresar, pues la cola para el transporte no era tan larga, y tuvieron la oportunidad de sentarse cerca de una de las ventanas; igual, el vagón estaba tan desocupado, que habían asientos vacíos. El altavoz se anunció con interferencia antes de aclararse y envíar su mensaje.
— Sean bienvenidos a la colonia de Mpya. Este tren tiene como destino la Deigma Central. La inspección se realizará en el transcurso del viaje, ¡qué tenga un feliz día!
Tras el mensaje, vino el pitido de los oficiales de andén y el silbatazo de la máquina. La inercia los movió un poco hacia adelante, pero en un instante se adaptaron al movimiento del tren. Iba veloz, comparado con los trenes de Mansa, y el panorama pasaba con rapidez, a veces interrumpido por túneles que atravesaban grandes complejos estructurales que se alzaban al cielo. Todo, para Nyota, parecía tan claustrofóbico como gigantezco, como si la gran ciudad de acero y cemento se adaptara a la montaña. Y, como tal, el tren no dejaba de subir con rapidez. Cada edificio estaba hecho con con formas puntiagudas, adornadas con grandes ventanales con marcos de bronce, o altares de gran tamaño en las esquinas que acobijaban esculturas, como soldados, políticos o exploradores, o banderas de la corona de olivo blanca sobre fondo azul marino. O espacios extensos usados como mercados públicos, con un edificio central, hecho de mármol y techo de dos agua.
Pero, ya sea en los mercados, o en los puentes entre estructuras, o en los altares colosales… No había nadie. Su mentor solía bromear con ella de que su pueblo, los enosianos, adoraban a su nación con un fervor semejante a un creyente religioso. Las risas terminaban en un momento donde él quería estar solo. Y, al dar un vistazo rápido, Nyota veía que su mshauri también estaba fijo en la ventana; y tenía a una expresión similar a como si estuviera oliendo excremento.
— Esto, me parece asombroso. Tardaríamos décadas en alcanzarlos. — Comentó la princesa cebra, sonriéndole tanto a Homero como a Alekandros. El gesto le fue correspondido por el minotauro, pero el simio gruñó antes de hablar.
— No se apuren.
— Bueno, — se apresuró a decir Alekandros, continuando con una risa nerviosa —, quizás lo que el señor Homero quiso decir, es que no deben olvidar sus raices. Como dijo su señor abuelo, princesa, "tecnología foránea, espíritu cebra".
— No quise decir eso. — Replicó el simio con amargura, luego apuntó al minotauro con su indice —. Y no te regaño por poner palabras en mi boca por saber usar las palabras; pero que no vuelva a ocurrir. Aparte, si no hay gente en sus días, solo significa que hay una procesión militar. Una falsa demostración del poder de la república. De paso, ¿oyen eso?
No le habían dado importancia, pero el sonido de pasos metálicos, rápidos y ligeros, se les hacía más cercano. Lo confundieron con turbulencias en los carriles, pero la princesa y el simio se sorprendieron cuando vieron al origen de ese sonido. A tal punto de que Nyota pegó un ahogó un grito y Homero casi saca su revólver. Era como una pequeña caja de metal, bronce tal vez, con marcos hechos de hierro. Había una pequeña boquilla en la parte que les "daba la cara" donde podían introducir tickets o documentos. Seis patas metálicas, semejantes a una araña, que eran accionadas por un pequeño motor de vapor que había en sus espaldas. Y una chimenea, junto al motor, que actuaba como tubo de escape pero, en vez de soltar humo, dejaba salir el calor que generaba la máquina. Todo el aparato tendría el tamaño de un perro mediano, llegándole a la rodilla al simio. Alekandros alzó sus manos, en dirección a ambos, tratando de tranquilizarlos pues varios pasajeros se volteron a ver el pequeño escándalo; unos con pequeñas sonrisas en sus bocas.
—Hay muchas cosas que se han innovado, kýrie Homero. — El minotauro bajó sus manos y habló serenidad —. Este es un Autómata de Inspección Ferroviaria de la DANA. Solo entreguen sus pasaportes y salvo conductos. Es sensible al calor corporal. Recuerden los documentos que les dieron en la misión enosiana.
—Identificación, por favor. — la máquina hablaba con un tono monótono y mecánico. Alekandros, haciendo gestos con las manos para que vieran lo que él hacía, sacó su pasaporte y salvoconducto para luego introducirlos en la ranura. Tras vibrar por un instante, la máquina los devolvió y dijo —: muchas gracias, disfrute su viaje. — Antes de buscar al simio.
— ¿Por qué tengo el presentimiento de que saltará para comerse mi cara si me niego? — Replicó Homero, repitiendo lo que había hehco el simio. Al ver a su protegida, esta trataba de protegerse con su cuerpo, pasándole su pasaporte y salvoconducto con las orejas agachadas— ¿Y qué coño es la DANA?
— Directorado para la Automatización Nacional. Crean, diseñan, mantienen e investigan para la creación de autómatas que funcionan con vapor. Una de las tantas medidas que impulsó Cirze, kyrie. — Dijo Alekandros, luego soltó una pequeña sonrisa —. Y si lo hace, más de una vez lo han hecho por tardarme en mis documentos.
— No me gusta esa cosa, ¿Cuánto falta para la estación? — Replicó la princesa, detrás de su mentor. Veía de reojo al aparato y no se apartó del simio hasta que el mismo abandonó el vagón.
Para entrar a la estación, primero tuvieron que entrar a un túnel excavado en la montaña. Se hizo oscuro, hasta que la luz del sol les iluminó el andén. Toda la estructura estaba hecha de cemento, con columnas de hierro pintadas de verde alzándose hasta el techo. Las bancas, los kioskos, las lámparas, y las bases de de las paredes de cristal compartían el mismo color que las columnas. La totalidad del techo era de cristal, dejando pasar la luz del Sol a excepcion de aquellas piezas que servían como marco. Entre la claridad y la caverna, había un contraste de sombras y luz. Incluso el vapor de las máquinas añadía un toque tétrico en el ambiente.
Confundiéndose entre los pasajeros, los tres se dirigieron a la salida. Desde ahí, sentían el clamor de la gente vitoreando, celebrando. Miles de individuos convertidos en una sola voz. Cuando sus ojos se adaptaron a la luz, parecía que estaban en otro mundo. De una quietud y tranquilidad en el puerto y en el viaje en tren, fueron recibidos por una plaza en plena fiesta. Simios se columpiaban y escalaban estatuas, cornisas, o ventanas para ondear la bandera de la república. Minotauros y perros diamanteros, llenos y embriagados, cantaban como podían las canciones que un altavoz cercano emitían. Ciervos y equinos se abrazaban sin parar, e iban al extremo izquierdo de la plaza. Ahí, apoyándose como podían en un barandal, veían desde la calle en el desnivel a tropas de la república marchar por la calle. Docenas de perros diamanteros, manipulando grandes timbales para que resonaran con júbilo, anunciaban la entrada de compañías de perros. Tanto Homero como Alekandros los reconocían por el estandarte que llevaban: era una parodia del sol hecha con una rueda dentada, símbolo de los ingenieros de combate de la república.
Aunque la cebra se intimidó más por la máquina que acompañaba a los ingenieros: era más pequeña que una locomotora, aunque se asemejaba a una, y tenía puntas afiladas en sus juntas metálicas. De frente inclinado, podía reconocer el cañón que salía del interior de la máquina, por encima del tumbaburros afilado. Y cuando aquella máquina de metal, que no necesitaba rieles para ser moverse, soltó un gran silbido metálico; Nyota fue la única de la multitud que gritó llena de miedo. Sentía que el corazón le saldría por la garganta.
— Ni los salvajes que habitan en los alrededores de nuestras colonias, ni los secesionistas que intentan minar nuestra unidad; podrán detener el camino del progreso. — Vino de uno de los altavoces. Al terminar, la multitud gritaba exaltada y parecía que los perros ingenieros marchaban con mayor orgullos.
— Vamonos, no quiero estar en este circo. — Dijo Homero, haciéndole un gesto al minotauro y guiando a la cebra con su mano.
Atravesaron a un montón de gente que seguían celebrando. A veces se confundían con los abrazos y recibían gestos afectuosos de los festejantes, hasta que la mirada relajada de los guardias les indicó que, más adelante, había un ambiente más ordenado. Incluso en la recepción del exarcado habían rastros de fiesta, con confetti en el suelo y banderas colgadas en las cuatro paredes. Como nadie les atendió, decidieron atravesar las puertas dobles de la sala. Ahí, los festejos habían adquirido un tono más "civilizado", pues sus participantes mantenían cierto decoro. Burócratas y magnates, con sus trajes más finos de seda y corbatas que hacían juego con sus sombreros de copa, compartían copas de vino entre risas. Oficiales del ejército y la marina, quienes tenían rivalidad por favores políticos, compartían bromas y conversaban como viejos amigos, apenas distinguibles por el tono de azul de sus uniformes. Damas de alta alcurnia tenían una presencia y admiración comparables a un pavo real con su plumaje desplegado. Y la música, un solo de cello tranquilo y suave para la ocasión.
Uno a uno, cada uno de los invitados a la fiesta diría su mirada al trío de recien llegados. Primero las damas, que señalaban con discreción a los nuevos, hasta que todos estuvieron fijos en ellos. Más que incomodidad, mostraban asombro, incluso unos ápices de alegría. Los pasos de una simia llegaron a escucharse más alto que el solo. Y los tres, cuando la vieron con la toga púrpura encima de su vestido, empezaron a mirar su cara. No por su encantador pelaje café claro, ni por sus ojos verdes; sino por la corona de olivo dorada que destacaba sobre su peinado. Alzando los brazos hacia ellos, en gesto de buena voluntad, la hegemón los invitó a que se acercaran.
— Bienvenidos. Sabía que vendrían.
