— Debo decir que ver— Debo decir que verte es un gran honor. — Hipatia sonreía al ver a Homero, junto sus manos y las colocó a la altura de su pecho. Luego miró a sus alrededores, dirigiéndose la alta alcurnia civil y militar enosiana —. Creo que hablo por todos, no solo los presentes sino por toda Énosi, que ver al ex hegemón que le dio su segundo aire a nuestra expansión colonial; interesado en trabajar en nuestro… nuevo proyecto. — la hegemon separó sus manos y abrió sus brazos como si le fuera a dar un abrazo al simio —. Solo puedo decir: bienvenido de vuelta. — El resto de los invitados empezaron a aplaudir con emoción.

Tras un rápido vistazo a su mshauri, Nyota se sintió tensa a pesar de estar en un ambiente festivo. Veía a Homero apretar sus labios y cerrar sus puños, respiraba con pesadez mientras veía cómo Hipatia chasqueaba sus dedos, llamando a un camarero, y tomaba una copa con sus delicadas manos. La alzó, pero su mentor no compartía la alegría del momento.

— Quisiera hacer un brindis por nuestro distinguido e ilustre maestro de la diplomacia. Que sus servicios sean beneficiosos para la sagrada república. Homero, por favor, unetenos. — Hipatia le hizo un gesto al camarero para que le diera una copa. Cuando la tomó, Homero la soltó de repente; el vaso roto borró las sonrisas y la alegría de la fiesta, ganándose miradas asustadas. Pero no la hegemón, ella mantenía su sonrisa cálida, a pesar de que la acompañaba con una ceja levantada.

— Creo que perdí ciertas… Virtudes, desde que tomé el primer barco hacia Mansa. — Homero tenía un tono áspero, hablando con pesadez y algo, según lo veía Nyota y Alekandros, molesto —. Por ejemplo, la paciencia necesaria para aguantar a hipócritas ambiciosos. Me encantaría pensar que la copa rota es una metáfora de mi paciencia cuando te ví, hegemón.

— Ah, parece que sigues resentido. — Dijo Hipatia, dejó la copa con el camarero equino, quien se encontraba atónito —. Te aseguro, que hacer que abandonaras el partido y la oficina que ostento, no es personal. Si pudieramos hablar, quizás pudiéramos zanjar ciertas diferencias. — Ella miró rápidamente a los invitados —. A no ser que quieras hacer un escándalo y nos arruines la fiesta.

— Mashauri, quizás sea prudente que hablara con ella en privado. — Se apresuró a decir la princesa cebra. Se alegró al ver que Homero suavizaba su rostro cuando la escuchó. Y también cuando soltó un gruñido, que acompañó a un asentir con su cabeza. Nyota respiró aliviada, por un momento, pensaba que su mentor saltaría sobre la hegemon para intentar matarla. Aún recordaba ciertas maldiciones que él propinaba cuando hablaba dormido, todas a la susodicha simia.

— ¡Perfecto! ¡Exarca Soter! — Llamó la simia. En un instante, una yegua de pelaje color crema y crin rojiza apareció. Sus ojos verdes y agotados estaban detrás de unos lentes redondos, y una cicatriz de corte en su cuello resaltaba ante la vista. La hegemón se dirigió a ella en un tono dulce — ¿Me podría dar su oficina? Por favor.

— Desde luego, hegemón. — le respondió en un tono cansado.

— Gracias, tomaré tus responsabilidades para que puedas descansar por el resto del día. — La yegua dio una leve reverencia al inclinar su cuello ante Hipatia, luego se mezcló con la multitud interesada en Homero y su grupo. Hipatia se dirigió a él — Ahora, si no es mucha molestia.

— Siempre es una molestia tratar contigo, lo que pasa es que debo hacerlo. — Homero replicó con amargura. Los espectadores soltaron otra ronda de comentarios y susurros, alternando su mirada entre el gordo simio y la hegemón, quien aún mantenía su sonrisa.

Hipatia le hizo un gesto elegante para que lo acompañara. Los tres no tardaron en acompañarla, quienes no tardaron mucho en llegar a la oficina. La gran puerta doble del exarca estaba custodiada por dos perros diamanteros, el peto, decorado con grabados de ciervos plateados, hacía juego con el uniforme caqui, y el casco que usaban tenía una cornamenta similar a un ciervo. Abrieron la puerta con rapidez, dejando pasar a los cuatro. Para Nyota, el estudio del exarca hacía ver al de su mentor como una habitación pobre y poco amueblada. Cuatro sillas de ébano, con cojines de seda, rodeaban una mesa de café hecha de granito. A ambos extremos laterales, las paredes estaban divididas por columnas de mármol, con altos relieves de las cinco razas que conforman la república, y estanterías llenas de libros . Y el escritorio, enfrente de un ventanal con vista a la ciudad, al mar y al continente de Zébrica; era de un ébano hecho con una talla fina, con una máquina negra que la cebra nunca había visto, papeles, marcos con fotos, y una orquídea en un florero de porcelana. Lo único anormal, para ella, fue un tubo de latón, al lado del escritorio, que iba del techo al suelo de madera. La hegemón fue al escritorio, abrió un cajón, sacó una cápsula de latón, y puso un papel en aquella máquina.

— ¿Quieren algo? Puedo pedir para comer. — Homero gruñó ante la pregunta de Hipatia, se limitó a sentarse en una de las sillas, y sus dos acompañantes no tardaron en imitarlo. La hegemón se encogió de hombros, guardó el papel y la cápsula —. Cómo quieran. — Hipatia tomó una de las fotos antes de ir con sus invitados — Curioso, no sabía que Helena Soter tenía unos hermanitos.

La simia le pasó la foto a Homero. Ahí estaba ella, sentada en un banco de piedra con el resto de la familia, con las yeguas sentadas junto a ella y los córceles detrás.

— ¿Qué le pasó a Helena? — Homero dejo la foto en la mesita de café. Vió como Hipatia suspiraba y juntaba sus manos.

— Soter sufrió un atentado, antes de la última elección. Su padre, pudo rescatarla antes de morir.

— Supongo que no tienes nada que ver, Cirze. A ambas, junto a un gran grupo, les enseñé bien. — Homero vio como las mejillas de la hegemón se sonrojaba —. Jamás ví el nivel de tu insidia.

— Helena siempre ha sido una yegua recta. Trabajadora, ingeniosa, y llena de talento. Su intento de asesinato fue calamitoso, casi como… su auto-exilio. — La hegemon vio como Homero movía sus labios para decir un bajo "claro" —. Lo primero que hice, como hegemón, fue nombrarla exarca de Mpya.

— Alguien con esas cualidades podría competir por la hegemonía, Hipatia. Pero, desde que tenemos colonias, el cargo de exarcado es… — Homero se inclinó hacia ella, hacía girar su mano mientras chasqueaba sus dedos — ¿Cuál es la expresión que estoy buscando? Un exilio glorificado.

— Me ofendes, mentor. — la princesa cebra sintió una gota de sudor frío por su cuello cuando la hegemón la miró —. Si alguien ha ayudado a Mansa, ha sido Helena. Si todo sale bien, — Hipatia le sonrió a Nyota —, quizás veamos a una Zébrica unida bajo nuestro aliado.

— Ahora que tocas la política internacional, dime — Homero le sonrió con amargura a la hegemon —, ¿qué pasó? ¿Por qué el alto mando está considerando una guerra con Equestria? Al final de mi hegemonía, — el simio empezó a golpear su pulgar contra su pecho repetidas veces —, dejé a Énosi como una casita de oro: buenas relaciones con sus vecinos, una marina y ejército tan fuerte como leal, un comercio fructífero… ¿Qué coño pasó?

— Honda… Phylodemos. — Homero dejó a un lado el odio. Ahora era él quien se recostaba contra el espaldar y ella quien se inclinaba —. Eso fue lo que pasó.

— ¿Quién es Honda Phylodemos? — La pregunta de la princesa provocó que los tres enosianos la mirasen como si viniera de otro mundo.

— E-es la mayor mente militar de toda la república. Una leyenda. — Alekandros se apresuró a responderle, con una combinación de admiración y temor —. Desde que es strategós, nunca ha perdido una batalla. Y desde que lidera al Alto Mando Enosiano, no hemos perdido una guerra.

— Ja, otra leyenda militar. Como si nunca hubiéramos tenido una. — Homero habló con despreocupación, pero Nyota sintió una falsa sensación de seguridad, pues vio cómo le temblaba la mano cuando buscó un cigarro —. Cuando me fui, ese ciervo era un coronel. Ahora parece ser el mismísimo dios de la guerra. ¿Y qué? Como si nunca hubiéramos tenido figuras similares.

— Ha tenido una retórica de temor. Mientras más méritos tiene, más popular se vuelve. Y más decidido se vuelve con el pasar de los años. Está viendo a Equestria, no solo como un gran rival para la república, sino como algo… — Donde Homero tenía una despreocupación falsa, Hipatia tenía un creciente miedo — antinatural.

— ¿Antinatural? — Se apresuró a preguntar Nyota — ¿Por qué?

— Como bien sabrás, Equestria altera todo con magia. Su clima, su tierra, el ciclo natural de las cosas… todo. Él, en los discursos evaluativos ante el senado, no deja de repetirnos que Equestria es un elemento antinatural, no dejando que la naturaleza siga su curso; mientras no deja de enviar alabanzas a Everfree, por ser el último baluarte ante una alteración mágica constante. Para Honda, los países fuera de Equestria no son más que un Everfree magnificado.

— Las presas deben convivir con los depredadores, y las cosas deben seguir un orden preestablecido. — Añadió Homero antes de encender un fósforo y luego su cigarro. La hegemon lo veía con asco.

— ¿Vas a fumar ahora?

— Es el mejor momento. — Homero le sonrió con cinismo a la hegemón —. Pero, no es la primera vez que un chiflado agita las masas con propaganda anti-alicornea.

— P-pero, kýrie, es la primera vez que es respaldada. — Alekandros habló, haciendo que el simio lo mirara con interés —. C-cómo bien le dije, estamos rodeados por naciones leales a Equestria. Changelings reformados, la alianza Yak, el Imperio de Cristal, el resurgimiento de Monte Eris junto a su flota…

— No sé si es a propósito o accidental, pero es como si todos los movimientos de Equestria los está haciendo para rodearnos. — Añadió la hegemón. Con el cigarro aún en sus labios, Homero soltó una mueca amarga.

— Retórica de odio, política exterior basada en la desconfianza, un senado y una población que se está llenando de miedo, y un militarista que adora la naturaleza pero odia a la magia de la amistad. — Homero exhaló el humo del tabaco —. Es la receta del desastre.

— ¿Desastre? — Hipatia se levantó y le quitó el cigarro de la boca, luego lo apagó al dejarlo en un cenicero de cristal — ¿Quieres que te diga un desastre? Hace no mucho, un tal Rey Tormenta asaltó Equestria. En un movimiento rápido, conquistó a la nación poni, y adquirió el poder de tres de cuatro alicornios. Cuando obtuvo la cuarta, jugó con el ciclo astral al hacer que pasaran siete días seguidos. Siete. Días. Seguidos. — el semblante de la hegemon empezó a oscurecerse, y su tono tomó tintes más oscuros — Solo porque un intento de villano de película quería el poder.

» Cuando los exploradores vieron grandes tormentas mágicas, provenientes de Canterlot; la república entró en pánico. No había puerto en Énosi que no tuviera largas filas de ciudadanos listos para evacuar. Los altavoces casi se queman por anunciar, una y otra vez, el estado de emergencia. Teníamos a cada ejército en la frontera. Cada dirigible y barco de guerra listo. Y solo esperábamos la orden para intervenir. De no ser por la princesa de la amistad y sus amigas… No sé qué sería del mundo. — La hegemon suspiró —. Mentor, sé que he ocasionado su caída; y no habrá gesto o acto suficiente para ganarme una disculpa. Pero, por el pueblo que llegó a gobernar, espero que entienda esto: el futuro de Énosi, y puede que del mundo entero — miró a la princesa — será inestable y lleno de miedo, hasta que los ponis limiten su magia.

— ¿Y lo van a hacer a través de una guerra? — Homero arqueó su ceja, vio como Hipatia volvía a suspirar.

— Incluso si eso significa envolver el mundo en llamas. Los ponis, mentor, tienen un poder inmensurable… y malos medios de protegerlo o proyectarlo. No podemos esperar a que venga un villano de lo más profundo del Tártaro, y lo tome. O no podemos esperar que alguna megalomaniaca poni se de cuenta del mismo, y amenace al mundo. No. No podemos.

— Cuidado Hipatia: no querrás ser conocida como la última hegemón, la que despertó al gigante dormido. — Homero se pasó su mano por la calva, gruñía de amargura. Luego, vio a su protegida. Sus ojos celestes lo tranquilizaron —. En que me metí, — el simio le dedicó una sonrisa melancólica a la cebra —, está bien hegemón. Pero estas son mis condiciones. Primero, no llamarás a Mansa a la guerra. Si quieren participar, que lo hagan por voluntad propia. Segundo, vas a implementar un sistema de pago para las futuras víctimas de la guerra. Y tercero, una dotación de tabaco y licor de por vida para mi, y para mis dos socios. Ah, y quiero que Alekandros sea integrado al Servicio; con plenos derechos y honores de los que amerita un aprendiz mío.

— Hecho. — La hegemon extendió su mano hacia él, y ambos las apretaron con cordialidad —. El plan, es sencillo de explicar. Primero, debes formar una coalición para la futura guerra. Haz lo que quieras, tienes todo cheque en blanco que pueda facilitarte, y los efectivos de la SENA y del Servicio Diplomático que requieras. Segundo, en caso de no reunir los suficientes aliados, al menos sabotea las alianzas que Equestria ha realizado. — Al levantarse la hegemon, los demás lo hicieron. Vieron como ella se dirigía al ventanal —. Griffonia debe ser tu primera parada. Está tan bien preocupada por los recientes acontecimientos como nosotros. No será difícil convencerlos, sobretodo porque el pequeño estado de Griffinstone se está acercando a Equestria. Ellos no permitirán que la cuna de la raza grifa tenga un títere de Canterlot.

— ¿Y luego?

— Contactaras cualquier raza y nación que le interese: dragones, hipogrifos, changelings, cebras, Saddle Arabia, Manechuria… Cualquiera que sea un peso en el futuro conflicto. No me importa lo que hagas, quiero que los unas a la futura coalición… O que sean incapaces de responder el llamado de Equestria.

— ¿Vas a ir a Canterlot? ¿Vas a darme tiempo? — Preguntó Homero, ganándose una sonrisa. La primera sincera a lo largo de la tarde —. Todos los hegemones van a Canterlot a tratar con las princesas. Y nunca escasea la pompa. Como nunca anunciaste eso, o me mencionaron que viajaste, — Homero le sonrió a Alekandros —, me preguntaba si vas y me das algo de tiempo…

— Zorro viejo… te estaba esperando. Tan pronto como embarques, iré a Canterlot.

Homero dio media vuelta y caminó a la salida. Tan pronto como llegó a la puerta, se detuvo en seco. Alzó su mano derecha y el índice, y volvió a dirigirse a la hegemón.

— Si por algún milagro de la providencia, llegamos a ganar la guerra, hazme un favor: no le entregues Énosi a Honda en bandeja de plata. — Homero chasqueó la lengua y le guiñó a Hipatia. Una vez afuera, el simio resopló con pesadez —. Santa Énosi, ¿en qué me estoy metiendo? ¿Saben? — habló para el minotauro y para la princesa —. La gente, cuando vuelve, siente alivio. Ahora que volví a de mi exilio, no me siento seguro.

— Mashauri, lo logrará. — La cebra se apresuró a animarlo.

— Agh, has visto muchas películas de superación, Nyota. Demasiada positividad no es buena. — su respuesta provocó que la cebra riera, tenía la delicadeza y finura de una flor.

— Nunca me canso de esas películas. Por cierto, ¿tan importante es ese Honda Phylodemos?

— ¡Bromeas! — Alekandros alzó la voz, pero se apenó y dio un paso hacia atrás. Trato de amenizar la pena con una sonrisa —. Si Énosi fuera un palo en un mazo de cartas, él sería el as de ese palo.

— Hay juegos de cartas donde el as no vale nada.

Su respuesta, tan afilada como elegante, tomo a los cuatro presentes por sorpresa. Alekandros dio otro paso hacia atrás, con la mano en el pecho y afligido. Homero, miró a la cebra consternado. Incluso el par de guardias miraban a la princesa con extrañeza. El simio, una vez que se recuperó, empezó a reír a carcajadas mientras sacaba otro cigarro y un encendía un fósforo.

— Te eduque bien.

«o»

El sol empezaba a ponerse en el horizonte, ocultándose sobre las colinas de la campiña equestriana. Su brillo dorado eran desplazado por la tranquilidad de una noche despejada; donde las estrellas serían contempladas con admiración. Desde los balcones del palacio de Canterlot, Celestia dejaba que el astro de hermana brillara con toda su belleza, bajando el suyo. Sentía el calor del astro rey recorrer su cuerpo, junto a la calidez de la mañana y la fuerza del medio día. Pero, cada ocaso se sentía realizada cuando las primeras brisas de la noche rozaba su rostro. Como una pequeña conexión con su hermana.

Ella suspiró aliviada, otro día había pasado. Pero no para ella. Ingresó a su alcoba y se dirigió al peinador de su alcoba, donde empezó a cepillar su melena de múltiples colores. En una ocasión, ahora que se acordaba, un científico de Canterlot dijo que su melena se parecía a un haz de luz que pasaba por un prisma. Eso le sacó una sonrisa, y empezó a tararear una canción.

Luego, sintió que tocaban su puerta. Dos toques suaves que la distrajeron, solo por un instante.

— Adelante. — Replicó con elegancia, continuando su cepillado.

La alicornio azul, y de melena que imitaba al cielo estrellado, entró.

— ¿Vas a disfrutar esta noche, mientras que tu pobre hermana trabaja? — Se apresuró a decir Luna, con gracia. Le sonrió a su hermana mientras se colocaba detrás de ella — tu vas de fiesta, mientras yo me desvelo protegiendo el reino de los sueños.

— Créeme, Luna. — Celestia tenía un tono picarón y divertido —. El reino de los sueños es tan malo como la alta sociedad de Canterlot. Siempre hablando de sus problemas con otras familias, o conseguir algún favor, o lo que sea.

— Puedo ir en tu lugar, 'tia. Te lo cambio por mi postre de mañana. — Luna sonreía con algo de malicia. Vio como Celestia se llevaba el casco a su mentón, y se hacía ver pensativa.

— Tentador, Luna. Tentador… Pero no puedo. Debo asistir y usted, señorita, debe atender sus deberes reales. — Celestia le sonreía de manera triunfal — ¿Qué le pasa a los ponis? Una foto mía, que cayó en malos cascos, y todos hacen chistes de pastel conmigo. Noticia de última hora, esa broma es vieja.

— Bueno, ya que no vas a dejarte sobornar, déjame aburrirte con algunas historias de mis visitas en sueños. Uno en particular.

— ¿Fue un sueño "delicioso"? — Celestia se volteó para mirar a su hermana, se lamió los labios y alzaba, en repetidas ocasiones, ambas cejas. Rio a carcajadas cuando se hermana se sonrojó.

— N-no. No fue esa clase de sueños. — Por un momento, se dejó llevar por la alegría de su hermana. Sonará cursi, pero para ella, Celestia era tan radiante como el Sol —. Ayer por la noche, y sin darme cuenta, me metí en los sueños del agregado militar enosiano.

— Luna… — el semblante de Celestia cambió. Donde había alegría, ahora era ocupado por la preocupación. La mayor de las alicornios dejó el cepillo en el mueble, y se volteó para tener de frente a su hermana pequeña —. Entrar a los sueños del personal diplomático extranjero, es considerado espionaje.

— L-lo sé, Celestia. Lo sé. Pero, no pude evitarlo. El panorama era distinto al que conozco. Era-

— ¿Entraste? — Celestia se llevó un casco a su frente, y empezó a negar con la cabeza. Hizo un gesto con su casco y lo acompañó con un —: continua.

— Seguí al agregado por un pasillo, donde cruzó la puerta principal. Abrí lo suficiente para ver la sala de conferencias. El corcel que tenemos como agregado hablaba con un ciervo, mientras que distintos generales enosianos observaban y tomaban nota. Desde una especie de pizarra mecánica, vi el mapa de Equestria, con varias flechas que surgían de Énosi y se dirigían al corazón de nuestro reino. Y otras, que iban por el mar y atacaban por el sur. Lo poco que vi, no sería más que un borrador o un delineado, porque los «strategos» discutían con energía. Pero el ciervo, estaba impasible, tranquilo. Dijo: "el plan de guerra arcoíris necesita una planificación unificada, no podemos dejar que la marina y el ejército luchen por separado". — Luna vio como su hermana pensaba, y no estaba fingiendo o exagerando; meditaba con cuidado lo que ella le había narrado — ¿Qué crees que sea?

— No lo sé, Luna. Es un sueño, no sé si puedo interpretarlo con exactitud. Pero, solo para que sepas, el ciervo que viste es Honda Phylodemos. Twilight resolvió una crisis entre él, cuando era dictador, y la facción de Hipatia Cyrce. Tengo que meditarlo bien. — Celestia cambió su semblante, le pidió a su hermana que se acercara y le dio un abrazo — Gracias Luna. Pero, no vuelvas a meterte en los sueños extranjeros.

Con una sonrisa, la princesa de la noche se despidió de su hermana y abandonó su alcoba. Celestia continuó cepillándose la melena, pero empezó a hacerlo más lento. Hasta que se detuvo por completo. Movió el cepillo a la altura de su mentón y, de vez en cuando, daba unos ligeros golpecitos sobre este; mientras pensaba y murmuraba.

— Plan de guerra arcoíris. — decía, una y otra vez, en cada ocasión mas bajo que el anterior. Cerró sus ojos y se quedó en silencio. Luego, se levantó con rapidez. Con un paso decidido, se dirigió a la puerta y la abrió. — Guardia.

— ¿Llamó usted, su majestad? — Uno de sus guardias pegasos apareció.

— Quiero que convoque a los comandantes de la guardia real, al jefe de la SMILE y al ministro de relaciones exteriores; para una reunión mañana por la tarde. Pero, primero, envía una carta a Cadence, a Shining Armor, y a Twilight.

— A su orden, majestad.

Tan pronto como lo había llamado, el guardia partió para cumplir sus órdenes. Podía ser un sueño, pero si la experiencia no le fallaba, los enosianos siempre designaban un color para sus planes militares. Esmeralda para los ahuitzotles, naranja para los grifos, blanco y negro para las cebras, café para los yaks, verde para los changelings… ¿Arcoíris para los suyos?

— No los culpo, esos amargados no tienen imaginación. ¿Qué nuevos colores tendrán para las razas nuevas? — Se dijo para sí misma con una sonrisa.