DISCLAIMER: La historia no me pertenece, los personajes son de Stephanie Meyer y la trama es de un libro el cual será dicho al final de esta historia, solo me adjudico la adaptación.

-Capítulo I-

La casa Swan se hallaba, serena y silenciosa, en medio de casi una hectárea de jardines. Era una casa pequeña, sin mayores pretensiones, que parecía exactamente lo que era: la vivienda de un caballero inglés en 1797. Sólo un observador muy perspicaz podía percatarse de que dos de las canaletas para la lluvia estaban un poco hundidas, o de que a una de las chimeneas le faltaba una esquina, o incluso de que en algunos bordes la pintura comenzaba a descascararse.

Adentro, la única habitación totalmente iluminada era el comedor, pero allí también se advertían rastros de abandono. En las sombras, el tapizado de las sillas georgianas estaba deshilachado y descolorido. Los adornos de yeso del altísimo cielorraso habían empezado a estropearse, y en una pared había un espacio más claro donde una vez hubo un cuadro.

Pero la muchachita estaba sentada a un lado de la mesa no prestaba atención a todas las imperfecciones de la habitación, pues tenía los ojos fijos en el hombre que se hallaba frente a ella.

Jacob Black curvó su muñeca para que el puño con volados de seda de su camisa no se manchara con el jugo de la carne asada. Se sirvió un solo trozo y sonrió a la muchacha en forma poco convincente.

-Deja de papar moscas y come tu cena- ordenó Aro Vulturi a su sobrina, y de inmediato apartó la vista de ella-. Bien, Jacob, ¿qué decías sobre la caza en tu finca?

Isabella Marie Swan trató de mirar su comida, incluso de probar algunos bocados, pero no lo logró. No entendía cómo podían esperar que se calmara y comiera en un momento así, cuando estaba tan cerca del hombre que amaba. Echó otro vistazo a Jacob a través de sus largas pestañas oscuras. Él tenía un aspecto aristocrático: nariz fina y ojos negros, almendrados. Su chaqueta de terciopelo y su chaleco de brocado dorado sentaban a su físico delgado y elegante. Tenía el cabello negro bien arreglado, y se le ondulaban apenas sobre el borde de su blanquísimo corbatín.

Cuando Bella lanzó un profundo suspiro, su tío volvió a dirigirle una mirada de reprobación. Jacob enjugó con delicadeza las comisuras de sus labios finos.

-Tal vez mi prometida desee dar un paseo a la luz de la luna- sugirió Jacob, pronunciando cada palabra con una claridad.

¡Prometida! , Pensó Bella. En una semana se casarían, y entonces Jacob seria solo para ella, para amarlo y cuidarlo con devoción, para abrazarlo; le pertenecería sólo a ella. Abrumada por la emoción, no pudo hablar; sólo asintió en respuesta. Al arrojar la servilleta sobre la mesa, notó una vez más la mirada reprobatoria de su tío, no se estaba comportando como una dama. De allí en adelante, se recordó por milésima vez, no debería olvidar quien era ella… y quién habría de ser: la esposa de Jacob Black.

Cuando Jacob le ofreció el brazo, Bella trató de no aferrarlo con demasiada fuerza. Quería bailar de gozo, reír de felicidad, abrazar al hombre que amaba. En cambio, lo siguió con sosiego hacia el fresco jardín.

-Tal vez deberías haber traído un chal- observó Jacob una vez que salieron de la casa.

-Oh, no- replicó Bella, casi sin aliento, acercándose más a él-. No quería perder un solo minuto para estar contigo.

Jacob se dispuso a decir algo pero, aparentemente, cambio de parecer y apartó la vista.

-Sopla viento del mar, y es más fresco que anoche.

-Oh, Jacob- suspiró Bella-. En sólo seis días estaremos casados. Soy la mujer más feliz del mundo.

- Bueno, es probable- respondió Jacob deprisa, mientras se desembrazaba del brazo de ella-. Siéntate aquí, Isabella.

Lo ordeno en un tono muy similar al que siempre utilizaba con ella su tío, un tono que reflejaba impaciencia y exasperación.

-Preferiría caminar contigo.

-¿Vas a empezar a desobedecerme aun antes de casarnos?- la reprendió, mirándola a los ojos.

Esos ojos, grandes y confiados, delataban todo lo que la muchacha pensaba y sentía. Estaba bonita con su vestido de muselina de cuello alto, aunque le daba un aspecto infantil, pero a él lo atraía tanto como un cachorrito que suplica afecto.

Jacob se apartó unos pasos antes de hablar.

-¿Está todo listo para la boda?

-El tío Aro lo planeo todo.

-Claro… como siempre- murmuró Jacob-. Entonces volveré la próxima semana para la ceremonia.

-¡La próxima semana!- exclamó Bella, al tiempo que se levantaba de un brinco-. ¿No antes? Pero, Jacob… nosotros… yo…

Jacob no le prestó atención y volvió a ofrecerle el brazo.

-Creo que ahora deberíamos regresar a la casa. Si todo lo que hago te desagrada, tal vez debiera reconsiderar este matrimonio.

Una sola mirada de Jacob bastó para detener las protestas de la joven. Volvió a decirse que no debía olvidar sus modales y sí guardar silencio, que nunca debía dar a su amado motivos para criticarla.

De regreso en el comedor, su tío y Jacob pronto la enviaron a su habitación. Bella no se atrevió a protestar; temía que Jacob volviera a sugerir que cancelaran la boda.

Una vez en su cuarto, pudo desahogarse.

-¿No es maravilloso, Esme?- exclamó, alborozada, a su criada-. ¿Alguna vez viste un brocado como ése? Solamente un perfecto caballero elegiría ese género. ¡Y qué modales! Lo hace todo correctamente, todo a la perfección. ¡Cómo quisiera ser como él, siempre tan segura de mi misma, saber que hasta el mínimo movimiento es correcto!

Esme frunció el ceño.

-A mí me parece que un hombre debe tener más que buenos modales- replicó, con su acento del oeste-. Ahora quédese quiera y quítese ese vestido. Ya es hora de que esté en la cama.

Bella obedeció; siempre obedecía. Algún día, pensó, llegaría a ser una persona importante. Tenía el dinero que le había dejado su padre, y estaba a punto de casarse con el hombre que amaba. Juntos, tendrían una casa elegante en Londres, donde ofrecerían las mejores fiestas, y otra en el campo donde ella pudiera estar a solas con su perfecto esposo.

-Deje ya de soñar- le ordenó Esme- y acuéstese. Algún día, Isabella Marie Swan, va a despertar y verá que el mundo no está hecho de confites y brocados de seda.

-Oh, Esme- rio Bella- No soy tan tonta como crees. Pude atrapar a Jacob, ¿no es así? ¿Qué otra chica podría hacer eso?

-Tal vez cualquiera que tuviera el dinero de su padre- masculló Esme mientras arropaba el delgado cuerpo de su ama-. Ahora duérmase y guarde los sueños para la noche.

Bella, obediente, cerró los ojos hasta que Esme salió de la habitación. ¡El dinero de su padre! Las palabras seguían resonando en su mente. Claro que Esme se equivocaba, razonó. Jacob la amaba por ella misma porque…

Al ver que no recordaba una sola razón que le hubiera dado Jacob para casarse con ella, se incorporó en la cama. La noche en que le había propuesto matrimonio, Jacob la había besado en la frente y le había hablado de su hogar, que pertenecía a su familia desde hacía varias generaciones.

Bella echó a un lado las mantas, se dirigió al espejo y observo su imagen plateada por la luna. Sus grandes ojos chocolates parecían los de una criatura y no los de una mujer que tenía dieciocho años desde hacía toda una semana. Su figura esbelta siempre estaba escondida bajo aquellas ropas que nada revelaban: ropa elegida por su tío. Incluso el camisón que acababa de ponerse tenía mangas largas y cuello alto.

¿Qué me veía Jacob en ella?, se preguntó. ¿Cómo podía saber que era capaz de ser sofisticada y elegante si siempre iba vestida como una niña? Trató de sonreír con aire seductor y dejó su hombro al descubierto. Ah, sí; si Jacob la viera así, tal vez haría algo más que besarla con actitud paternal. Se le escapó una risita muy inmadura al imaginar la reacción de Jacob ante la coquetería de aquella novia serena y gentil.

Deprisa, miro hacia donde dormía Esme, en el pequeño vestidor contiguo, y pensó que valdría la pena afrontar cualquier castigo de su tío con tal de ver cómo reaccionaba su amado al verla en camisón. Se puso unas zapatillas sin tacón y, con mucho sigilo, abrió la puerta y bajo la escalera de puntillas.

La puerta de la sala estaba abierta y dentro había varias velas encendidas. En medio de un halo dorado estaba sentado Jacob, y Bella no pudo más que maravillarse al verlo. Pasaron varios minutos hasta que empezó a prestar atención a lo que decían.

-¡Mira este lugar!- exclamó Aro con vehemencia -. Ayer me cayó sobre la cabeza un trozo de yeso. Yo estaba ahí, leyendo el periódico, cuando una maldita flor cayó sobre mí.

Jacob estaba concentrado en su copa de brandy.

-Todo terminará pronto… al menos para ti. Tendrás tu dinero y podrás arreglar la casa o comprar una nueva, si lo deseas. Pero a mí me espera una vida desgraciada.

Aro bufó y se sirvió más brandy.

-Hablas como si fueras a prisión. En realidad, deberías estar agradecido por lo que he hecho por ti.

-¡Agradecido!- se mofó Jacob-. Me has cargado con una chiquilla torpe, mal educada e insensata.

-Vamos, muchos hombres la aceptarían con gusto. Es bonita, y a muchos les gustaría su ingenuidad.

-Yo no soy como los demás- le advirtió Jacob.

A diferencia de muchas personas, Aro no se dejaba intimidar por Jacob Black.

-Es verdad- respondió con calma-. No demasiados hombres harían un trato como el que has hecho tú.

Aro terminó su tercer brandy y se volvió hacia Jacob.

-Pero no discutamos más. Deberíamos estar celebrando nuestra buena suerte, no atacándonos-. Levantó su copa llena para brindar-. Por mi querida hermana, con gratitud por haberse casado con su joven rico.

-¿Y por haber muerto y dejado todo a tu alcance? ¿No es eso el resto del brindis?- Jacob bebió un gran sorbo y se puso serio-. ¿Estás seguro con respecto al testamento de tu cuñado? No quiero casarme con tu sobrina y después enterarme de que todo fue un gran error.

-¡Lo conozco de memoria!- exclamó Aro, enfadado-. Pase los últimos seis años consultando abogados. La niña no puede tocar ese dinero hasta que tenga veintitrés años, a menos que se case antes, cosa que no podía hacer hasta cumplir dieciocho años.

-De no haber sido así, ¿acaso le habrías buscado marido a los doce años?

Aro río entre dientes y dejó su copa en la mesita.

-Tal vez. ¿Quién sabe? Por lo que veo no ha cambiado mucho desde los doce años.

-Si no la hubieras mantenido prisionera en esta casa, quizá no sería tan inmadura y poco interesante. ¡Dios mío! ¡Piensa en la noche de bodas! Sin duda, llorará como un bebé.

-¡Deja de quejarte!- gruño Aro-. Tendrás bastante dinero para reparar esa monstruosa casa que tiene, y lo único que tendré yo por todos los años de cuidarla es una suma exigua.

-¡Cuidarla! ¿Cuándo saliste de tu club el tiempo suficiente para siquiera saber cómo era ella?- Jacob suspiró y luego prosiguió -: La dejaré en mi casa y luego iré a Londres. Al menos ahora tendré dinero para divertirme. Claro que no será agradable no poder invitar a mis amigos a casa. Quizá contrate a alguien que se encargue de las tareas de una esposa. No imagino a tu sobrina manejando una casa del tamaño de la mía.

Al levantar la vista, vio que Aro había palidecido; sus nudillos se habían vuelto blancos por la fuerza con que aferraba la copa.

Jacob se volvió con rapidez y vio a Isabella de pie en la entrada. Como si nada hubiese ocurrido, dejó su copa en la mesita.

-Isabella- dijo, con suavidad-. No deberías estar levantada a estas horas.

Los grandes ojos de la muchacha parecían magnificados por las lágrimas.

-No me toques- murmuró, con los puños cerrados y la espalda rígida. Parecía muy pequeña, con el espeso cabello oscuro suelto sobre la espalda y vestida con un camisón infantil.

-Isabella, debes obedecerme.

-¡No me hables así! ¿Cómo te atreves a darme ordenes después de las cosas que has dicho?- Miró a su tío-. Nunca tendrás mi dinero ¿Me entiendes? ¡Ninguno de los dos tendrá un solo céntimo de mi dinero!

Aro empezaba a recobrarse.

-¿Y cómo esperas tenerlo tú?-Sonrió- Si no te casas con Jacob, no podrás tocar ese dinero en cinco años. Hasta ahora has estado viviendo de mis ingresos, pero te advierto que si te niegas a casarte con él te arrojaré a la calle, puesto que de nada me servirías.

Bella se llevó las manos al frente e intentó pensar con claridad.

-Se sensata, Isabella- pidió Jacob, apoyando una mano en el hombro de la joven.

Ella se apartó.

-No soy como tú has dicho-murmuró- No soy tonta. Sé hacer cosas. Y no tengo por qué aceptar la caridad de nadie.

-Por supuesto que no- concordó Jacob en tono inequívocamente paternal.

-¡Déjala en paz!-exclamó Aro-. De nada sirve tratar de razonar con ella. Vive en un mundo de ensueños, igual que su madre.- La tomó del brazo y se lo apretó con fuerza-. ¿Sabes lo que han sido para mí estos últimos dieciséis años, desde la muerte de tus padres? Te he visto comer mi comida y usar la ropa que yo pagué y todo ese tiempo tú estabas sentada sobre millones, ¡millones! que yo jamás podría tocar. Aun cuando llegaras a la edad en que podrías heredar, ¿qué motivos tenía yo para pensar que me darías algo?

-Te lo habría dado. ¡Eres mi tío!

-¡Ja, ja!- La empujó hacia la pared-. Te habrías prendido de algún petimetre disfrazado y él lo habría gastado todo en cinco años. Simplemente decidí darte lo que querías y al mismo tiempo asegurarme de obtener lo que yo deseaba.

-¡Espera un momento!- exclamó Jacob-. ¿Acaso me estas llamando…? En ese caso…

Aro lo ignoró y prosiguió.

-¿Qué decides? O te casas con él, o te marchas ahora mismo.

-No puedes…-intervino Jacob

-Por supuesto que puedo, y voy a hacerlo. Estás loco si crees que voy a mantenerla otros cinco años sólo por gusto.

Aturdida, Bella miró a uno y luego a otro. Jacob, gritaba su corazón. ¿Cómo había podido equivocarse tanto con él? No la amaba; sólo quería su dinero. Había hablado de lo horrible que sería casarse con ella.

-¿Cuál es tu respuesta?- insistió Aro

-Haré el equipaje- murmuro Bella

-No te llevarás la ropa que yo pagué- se mofó Aro

A pesar de lo que parecían creer esos dos hombres, Isabella Swan tenía mucho orgullo. Su madre había huido de su casa y se había casado con un empleado pobre; no obstante, trabajó con él, creyó en él, y juntos hicieron una fortuna. Cuando nació Bella, su madre tenía cuarenta años; dos años después, murió junto con su esposo en un accidente de navegación. Bella había quedado a cargo de su único familiar: el hermano de su madre. Con los años, la niña no había tenido motivos para demostrar el espíritu que había heredado de su madre.

-Me marcho- respondió en voz baja.

-Isabella, se razonable- insistió Jacob- ¿Adónde irás? No conoces a nadie.

-¿Acaso debería quedarme y casarme contigo? ¿No será una vergüenza para ti tener una esposa tan ignorante?

-¡Déjala ir! Ya volverá- dijo Aro-. Que vea un poco cómo es el mundo, verás cómo vuelve.

Bella comenzaba a desanimarse con rapidez al ver el odio en los ojos de su tío y desprecio en los de Jacob. Antes de cambiar de parecer, antes de caer de rodillas ante Jacob, dio media vuelta y salió de la casa.

Afuera estaba oscuro, y el viento del más movía las ramas de los árboles. Bella se detuvo en el umbral y levanto la frente. Lo lograría. Por mucho que le costara, les demostraría que ella no era una persona inútil, como ellos parecían creer. Las piedras estaban frías bajo sus pies al alejarse de la casa. Se negó a pensar en el hecho de que estaba en público, por oscuro que estuviese, vestida solo en camisón. Algún día, pensó, volvería a esa casa con un vestido de raso y plumas en el cabello, y Jacob se arrodillaría ante ella y le diría que era la mujer más bella del mundo. Claro que, para entonces, ella ya tendría renombre por sus brillantes fiestas y sería la favorita del rey y la reina; celebrarían su ingenio y su inteligencia, además de su belleza.

El frio era tan intenso que empezaba a vencer a sus sueños. Se detuvo junto a una cerca de hierro y se frotó los brazos. ¿Dónde estaba? Recordó que Jacob había dicho que había estado prisionera, y era verdad. Desde los dos años de edad, rara vez había salido de la casa Swan. Su única compañía había sido una serie de criados e institutrices asustadas, y su único lugar de recreo había sido el jardín. A pesar de estar sola, rara vez lo sentía. Empezó a sentirse sola cuando conoció a Jacob.

Se apoyó contra el frio hierro de la cerca y hundió la cara en las manos. ¿A quién trataba de engañar? ¿Qué podía hacer, sola en la noche, y en camisón?

Levanto la cabeza al oír pasos que se acercaban. Una sonrisa brillante le ilumino la cara: ¡Jacob venía a buscarla! Al apartarse de la cerca, la manga de su camisón se enganchó en el hierro y se le desgarró en el hombro. Bella no hizo caso y echó a correr en la dirección desde la cual provenían los pasos.

-Hola, niñita- dijo un joven de vestimenta pobre-. ¿Has venido a saludarme, lista para acostarte?

Bella se apartó de él y tropezó con el dobladillo de su camisón.

-No debes tener miedo de Marcus-dijo el hombre- No quiero nada que tu no quieras.

Bella echó a correr. Su corazón latía a más no poder, y la manga desgarraba un poco más con cada movimiento. No tenía idea de donde iba, si corría hacia algo o para alejarse de algo. Aun cuando cayó la primera vez, no disminuyo la velocidad.

Tuvo la impresión de que pasaron horas enteras hasta que llegó a un callejón y permitió que su corazón se calmara lo suficiente para ver si oía los pasos del hombre. Todo parecía estar en silencio, de modo que apoyo la cabeza contra la húmeda pared de ladrillos y aspiro el olor salado del mar. Oyó risas a su derecha, un portazo, un entrechocar de metal, y los chillidos de las gaviotas.

Miro su camisón y vio que estaba desgarrado y lleno de lodo; tenia barro también en el cabello y, supuso, en la mejilla. Trato de no pensar en su aspecto, pues deseaba dominar el miedo. Tenía que huir de ese lugar pestilente y hallar refugio antes de la mañana; un sitio donde pudiera descansar y estar a salvo.

Se arregló el cabello, como mejor puedo, recogió los trozos desgarrados de su camisón, salió del callejón y se encamino hacia donde había oído las risas. Tal vez allí encontraría la ayuda que necesitaba.

Minutos después, un hombre trato de tomarla del brazo. Cuando se apartó de él, otros dos aferraron su falda; el camisón se desgarro en tres lugares.

-No- murmuró, apartándose de ellos.

El olor a pescado era cada vez más intenso, y la oscuridad era densa como el terciopelo. Nuevamente echó a correr, seguida de cerca por los hombres.

Al mirar atrás, vio que la seguían varios hombres; solo la seguían, sin darse prisa, como para fastidiarla.

En un momento estaba corriendo y, al siguiente, sintió como si se hubiera topado con un muro de piedra. Cayó al suelo como si la hubieran arrojado por una ventana.

-Edward-dijo un hombre-, parece que la has dejado sin aliento.

Una enorme sombra se inclinó sobre Bella, y una voz profunda le pregunto:

-¿Te has hecho daño?

Antes de que Bella pudiera pensar, unos brazos fuertes y seguros la levantaron del suelo. Estaba demasiado exhausta, demasiado aterrada para pensar en los modales. En cambio, hundió la cara en el hombro de quien la sostenía.

-Creo que acabas de obtener lo que querías para esta noche- observo otro hombre, riendo entre dientes-. ¿Te veremos por la mañana?

-Tal vez- respondió la voz profunda contra la mejilla de Bella-. Pero quizá no vuelva hasta la partida del barco.

Los hombres volvieron a reír y siguieron su camino.

Petimetre: es un personaje que aparece de vez en cuando en obras de ficción. Es una persona que suele, fastidiosamente, vestir excesivamente elegante y darse aires aspirando que lo vean como un aristócrata.

Reviews…?