DISCLAIMER:La historia no me pertenece, los personajes son de Stephanie Meyer y la trama es de un libro el cual será dicho al final de esta historia, solo me adjudico la adaptación.
Gracias a todos y todas por sus hermosos reviews
-Capítulo 2-
Bella no tenía idea de donde estaba ni de con quien estaba. Lo único que sabía era que se sentía a salvo, como si acabara de despertar de una horrible pesadilla. Al cerrar los ojos y apoyarse contra el hombre que la cargaba con tanta facilidad, sintió que todo saldría bien. Una luz repentina le hizo cerrar los ojos con más fuerza y hundir más la cara en aquel hombro fuerte.
-¿Qué trae ahí, señor Edward?- inquirió una voz de mujer.
Bella sintió que el hombre emitía una risa grave.
-Trae un poco de brandy y agua caliente a mi cuarto. Y un poco de jabón.
Al hombre no parecía costarle subir la escalera con el peso de Bella en sus brazos. Cuando encendió una vela, ella casi estaba dormida.
Con suavidad, la dejo sobre la cama, con la cabeza apoyada en las almohadas.
-Bien, déjame mirarte.
Mientras la inspeccionaba, Bella miro por primera vez a su salvador. Tenía cabello muy espeso, suave y cobrizo, y un rostro atractivo, con profundos ojos verdes y boca fina. Sus ojos brillaban divertidos, y tenían minúsculas arrugas en las comisuras.
-¿Satisfecha?- le pregunto, al tiempo que iba a abrir la puerta.
Era, sin duda, el hombre más corpulento que Bella había visto; una figura totalmente falta de elegancia, por supuesto, pero al mismo tiempo fascinante. La profundidad de su pecho media, tal vez, el doble de cualquier parte del cuerpo de ella. Sin duda, sus brazos eran tan gruesos como la cintura de Bella, y vio que sus pantalones revelaban muslos fuertes y musculosos. Llevaba unas botas que le llegaban a las rodillas, y Bella se maravilló al verlas, puesto que antes sólo había visto hombres con zapatillas pequeñas.
-Toma, quiero que bebas esto. Te hará sentir mejor.
Al ver que el brandy le quemaba la garganta, el hombre le indico que lo sorbiera poco a poco.
-Esta helada, y el brandy te hará entrar en calor.
Efectivamente, el brandy la hizo entrar en calor, la habitación iluminada por las velas y la serena fuerza de aquel hombre aumentaron la sensación de seguridad de Bella. Su tío y Jacob parecían muy lejanos.
-¿Por qué habla usted de forma tan rara?- le pregunto.
Los ojos del hombre rieron.
-Yo podría preguntarte lo mismo. Soy norteamericano.
Los ojos de Bella se dilataron con una mezcla de interés y temor. Había oído muchas historias acerca de los americanos: hombres que habían declarado la guerra a su madre patria, que eran poco más que salvajes.
Como si le hubiese leído la mente, el hombre humedeció un paño con el agua caliente, lo froto con jabón y comenzó a lavarle la cara. De alguna manera, le pareció natural que al hombre, cuya mano era tan grande como la cara de ella, la lavara con suavidad y ternura. Cuando terminó con la cara, empezó con los pies y piernas. Bella contemplo el cabello del hombre: lo llevaba cortado justo encima del cuello de la camisa, donde se rizaba apenas, y no resistió la tentación de tocarlo. Era firme y, estaba limpio, y Bella pensó que hasta el cabello de aquel hombre era fuerte.
El hombre se levantó, tomo la mano de la muchacha y la beso en la punta de sus dedos.
-Ponte esto- dijo, y le arrojo una de sus camisas limpias.- Yo bajare a ver si encuentro algo para comer. Parece que te vendría bien una buena comida.
Cuando se marchó, la habitación empezó a parecer cavernosa. Cuando se puso de pie, Bella se tambaleo un poco y comprendió que el brandy se le había subido a la cabeza. Su tío Aro nunca le había permitido beber alcohol. Al pensar en ese nombre recordó todo lo malo que había ocurrido. Mientras se quitaba los restos del camisón desgarrado y sucio, comenzó a imaginar lo que sentiría Jacob y su tío cuando ella volviera del brazo de un americano corpulento y apuesto. Aquel hombre tenía el tamaño suficiente para obtener cualquier cosa que deseara. Se metió en la cama, envuelta en la camisa cuyos faldones le llegaban más abajo de la rodilla, e imagino su regreso victorioso a la casa Swan. Además, el americano siempre seria su amigo e incluso asistiría a su boda con Jacob. Claro que tendría que aprender modales, pero tal vez Jacob podría enseñárselos.
Se durmió con una sonrisa en los labios.
Edward volvió a la habitación con una bandeja cargada de comida. Al ver que sus intentos por despertar a Bella solo lograba que la muchacha se acurrucara más bajo las mantas, se dispuso a comer solo. Había estado bebiendo con sus amigos americanos desde la tarde, celebrando el feliz término de su viaje y la concertación de los negocios de Edward en Inglaterra. En una semana zarparía de regreso a Virginia.
Los cuatro hombres habían estado comentando que les gustaría tener una muchachita dulce en su cama, cuando aquella niña se había topado con Edward. Era bonita, joven y limpia, a pesar de la suciedad que él le había quitado. Se preguntó que hacia sola a esas horas, corriendo por las calles en su camisón desgarrado. Tal vez la había echado de la casa donde trabajaba, o quizá decidió probar suerte sola y descubrió que la asustaba trabajar en la calle.
Edward consumió la mayor parte de la comida, se puso de pie y se desperezo. Fuera cual fuese el problema de aquella muchacha, al menos por esa noche seria suya. Al día siguiente podría devolverla a la calle.
Se desvistió lentamente, desabrochándose la ropa con torpeza. La manera en que la joven se había aferrado a él lo había excitado, y se preguntó dónde habría aprendido ella ese truco; ninguna de las prostitutas que había conocido utilizaban aquella técnica.
Ya desnudo, se acostó y atrajo a la muchacha hacia sí. Su cuerpo estaba flácido, pero cuando Edward introdujo la mano bajo la camisa empezó a despertar.
Bella sintió aquellas manos calidad y masculinas sobre su cuerpo, y le pareció que eran parte de su delicioso sueño. Nadie le había ofrecido afecto antes. Ni siquiera en su niñez, cuando ansiaba que alguien la abrazara, había alguien que lee ofreciera amor. En el fondo de su mente estaba el recuerdo de un dolor terrible y reciente, y quería tener a alguien a quien aferrarse, alguien que borrara ese dolor.
En un estado de semivigilia, sintió que le quitaban la camisa. Cuando sus senos rozaron el pecho de Edward y sintieron su dureza y el vello que lo cubría, Bella ahogo una exclamación de gozo. Unos labios le besaron en la mejilla, en los ojos, en el cabello y, finalmente, en la boca. Ella nunca había besado a un hombre, pero supo al instante que le gustaba mucho. Los labios firmes pero suaves de Edward se movieron sobre los suyos y los separaron apenas para saborear su dulzura.
Cuando Edward la atrajo más hacia él, Bella lo abrazo, deleitándose con su tamaño, y se acercó más, pues deseaba estar en total contacto con él.
Sin embargo, cuando los movimientos de Edward se hicieron más rápidos, Bella abrió los ojos, sorprendida. Rápidamente empezó a volver en sí, y trato de apartarse de él. Pero la fuerza de Edward era tanta que no se percató de los débiles intentos de la muchacha por apartarse. Él tampoco tenía la mente muy despejada, a causa del whisky que había bebido, y la reacción del entusiasmo inicial de Bella lo había excitado.
Bella empujo con más fuerza, pero los brazos de Edward se cerraron más aun y sus labios se apoderaron de los de ella, evitando cualquier respuesta negativa. A pesar de su creciente conciencia de lo que estaba haciendo estaba mal, Bella no pudo resistir por mucho tiempo, y empezó a reaccionar a él plenamente: se arqueo contra él, sin saber con exactitud qué era lo que deseaba.
La mano de Edward sostenía la cabeza de la muchacha, la acunaba, la acariciaba, y su dedo pulgar la acariciaba detrás de la oreja. Sus dientes le mordisqueaban el lóbulo de la oreja.
-Dulce- susurro-. Dulce como las violetas.
Sonriendo, Bella se movió con languidez cuando el muslo de Edward rozo el suyo. Ladeo la cabeza para permitirle acceso a su cuello y su hombro. Cuando el comenzó a hacerle el amor a su cuello, Bella sintió que podría disolverse como agua. Entrelazo los dedos en el cabello de él y le sostuvo la cabeza, pues no quería que se apartara. La primera vez que la mano de Edward toco su seno, Bella se puso rígida por la sorpresa. Luego, a medida que aquella exquisita sensación fluía por cada poro y cada vaso de su cuerpo, atrajo la cabeza de él hacia la suya. Con ansia, con pasión, sedienta, busco sus labios.
Cuando Edward se subió sobre ella, lo primero que pensó Bella fue que, para un hombre de su tamaño, era extraordinariamente liviano. Al instante sintió dolor y abrió los ojos; su cuerpo perdió aquella sensación de placer y lo empujo con todas sus fuerzas.
Pero Edward ya no la oía. El deseo que sentía por aquella muchachita ardiente era abrumador, y no podía oír sus protestas.
A pesar de la poca cordura por exceso de alcohol, supo que llegaba a la minúscula membrana. En algún lugar de su mente, un resto de sensatez le dijo que estaba cometiendo un error, pero no pudo detenerse. La penetro con rapidez, pero había perdido gran parte de su pasión original.
Cuando termino, se quedó quieto, tendido sobre ella, y sintió como el cuerpo pequeño y delicado de la muchachita empezaba a estremecerse con los sollozos. Las lágrimas tibias de Bella le humedecieron el cuello y se mezclaron con su sudor.
Se apartó de ella, sin mirarla. La luz del sol comenzaba a entrar por la ventana, y Edward nunca se había sentido tan sobrio en toda su vida. Se puso los pantalones y las botas, y luego la camisa, que no se molestó en abrochar. Finalmente se volvió hacia la muchacha; solo su cabeza asomaba debajo de las mantas.
Con toda la suavidad que pudo utilizar, se sentó junto a ella en la cama
-¿Quién eres?- le pregunto.
Toda respuesta que obtuvo fue un meneo de cabeza y un fuerte sollozo. Edward aspiro profundamente y la hizo incorporarse, sin dejar de cubrirle los senos desnudos con la sabana.
-¡No me toque!- exclamo Bella-. ¡Me ha hecho daño!
-Ya lo sé, y lo siento, pero…- Prosiguió en voz más alta -. ¡Maldición! ¿Cómo podía saber que eras virgen? Pensaba que eras… - Edward frunció el ceño.
Se detuvo al ver la inocencia en los ojos de Bella. ¿Cómo había podido confundirla con una prostituta? Tal vez hubiera sido por el lodo o la poca iluminación, o, lo que era más probable, el whisky que había ingerido, pero ahora veía que era imposible confundirla. Aun como estaba ahora, desnuda, sentada en su cama, con el cabello desliñado sobre los hombros, exudaba un aire de refinamiento y gentileza que solo los miembros de la clase alta británica podían mantener en momentos de tensión. Cuando comprendió lo que había hecho –acostarse con la hija virgen de algún lord- comenzó a percatarse de la gravedad de sus actos.
-Creo que no puedo disculparme por lo que ocurrió- dijo-, pero tal vez pueda ofrecer mis explicaciones a tu padre. Estoy seguro que él…
Comprenderá, pensó Edward.
-Mi padre está muerto- respondió Bella.
-Entonces te llevare con tu tutor.
-¡No!- exclamo Bella. ¿Cómo podía volver con su tío en ese estado, para que aquel enorme americano confesara lo que habían hecho juntos?-. Si me hace el favor de conseguirme algo de ropa, lo dejare en paz. No se preocupe por llevarme a ninguna parte.
Edward pareció pensarlo un poco.
-¿Por qué estabas corriendo por los muelles en la mitad de la noche? A menos que me equivoque, una niña como tú… - sonrió al ver la expresión de Bella- perdón, una joven como tú jamás ha visto antes los muelles.
Bella levanto la frente.
-Lo que yo haya visto o no, no es asunto suyo. Lo único que le pido es un vestido, algo sencillo si puede pagarlo, y me marchare enseguida.
Edward volvió a sonreír.
-Creo que puedo conseguir un vestido. Pero no pienso dejarte a merced de las bestias que hay allá afuera. Recuerda lo que ocurrió anoche.
Bella lo miro, entrecerrando los ojos.
-¿Acaso habría podido pasarme algo peor de lo que usted me hizo anoche?- Hundió la cara en las manos-. ¿Quién va a quererme ahora? Usted me ha arruinado.
Edward se sentó a su lado y le aparto las manos.
-Cualquier hombre te querría, querida. Eres la más deliciosa…- Se interrumpió.
Bella no estaba segura de entender a que se refería, pero tenía cierta idea.
-¡Vulgar colono! Ustedes son tan salvajes como se dice. Raptan a las damas en la calle y se las llevan a una habitación donde les hacen… cosas horribles.
-¡Espera un minuto! Si mal no recuerdo, tú viniste corriendo hacia mí y, cuando trate de ayudarte, prácticamente saltaste a mis brazos. Eso no lo hace una dama. Y en cuanto a lo de anoche, no te parecía tan horrible cuando me estirabas el pelo y me acariciabas las piernas con tus piececitos.
Bella quedo boquiabierta, horrorizada, y no pudo responder.
-Oye, lo siento. No quise escandalizarte, pero quiero que entiendas las cosas como son. Si yo hubiera sabido que eras virgen y no una callejera, no te habría tocado. Pero ya no podemos cambiar las cosas. Si te toque, y ahora eres mi responsabilidad.
-Yo… por supuesto que no soy su responsabilidad. Le aseguro que se cuidarme sola.
-¿Cómo lo hiciste anoche?- dijo Edward, levantando una ceja-. Fue una suerte que te toparas conmigo; si no, quien sabe lo que te habría ocurrido.
Paso un momento antes de que Bella pudiera hablar.
-¿Acaso su arrogancia no tiene límites? ¡No fue una suerte toparme con usted, y ahora sé que estaba mejor en las calles que encerrada con un loco, despreciable violador como usted, señor!
Los ojos de Edward se iluminaron con una sonrisa deslumbrante. Se pasó la mano por el cabello y rio entre dientes.
-Vaya, vaya. Creo que me ha insultado una dama inglesa.- Sus ojos recorrieron los hombros desnudos de la muchacha, y le sonrió-. ¿Sabes? Creo que me gustas.
-Pues usted no me gusta a mí- replico Bella, exasperada por la ignorancia y la falta de comprensión de aquel hombre.
-Permítame presentarme. Soy Edward Cullen, de Virginia, y estoy encantado de conocerte- dijo, y le tendió la mano.
Bella cruzo los brazos sobre el pecho y aparto la vista. Tal vez si lo ignoraba y se mostraba grosera con él, la dejaría huir.
-Muy bien- dijo Edward, al tiempo que se ponía de pie-. Como quieras. Pero vamos a aclarar una cosa: no pienso dejarte sola en los muelles de Liverpool. O me dices donde vives y quien es tu tutor, o te quedas encerrada en esta habitación.
-¡No puede hacer eso! ¡No tiene derecho!
Edward la miro con seriedad.
-Anoche gane ese derecho. Los americanos tomamos muy en serio nuestras responsabilidades, y anoche pasaste a estar a mi cargo… al menos, hasta que me digas quien es tu verdadero tutor.
Mientras terminaba de vestirse, la observo en el espejo, tratando de adivinar los motivos por los que ella no quería decirle quien era. Una vez que se puso la chaqueta, se inclinó sobre ella.
-Estoy tratando de hacer lo mejor para ti- dijo suavemente.
-¿Y quién le dio el derecho de decidir lo que es bueno o malo para alguien a quien ni siquiera conoce?
Edward rio entre dientes y respondió:
-Empiezas a hablar como mi hermanito. ¿Qué te parece un beso antes de irme? Si encuentro a tu tutor, este pueda ser nuestro último momento a solas-
-¡Ojalá nunca vuelva a verlo!- le grito Bella-. ¡Ojalá se caiga al mar y nadie vuelva a verlo jamás! ¡Ojalá…!
Edward la interrumpió al levantarla de la cama con un brazo mientras, con el otro, apartaba la sabana que los separaba. Acaricio la piel suave de la cadera y los muslos de Bella, y su boca rozo la de ella. Con suma suavidad, la beso, con cuidado de no asustarla, ni ser demasiado rudo con ella.
Por un instante, Bella trato de apartarlo, pero aquellas grandes manos sobre su cuerpo y la pura fuerza que emanaba de él le resultaban demasiado excitantes. Le sorprendió que un hombre tan arrogante pudiera ser tan tierno.
Lo abrazo y ladeo la cabeza, mientras sus dedos se perdían en el cabello de Edward.
Él fue el primero en apartarse.
-Empiezo a desear no encontrar a tu tutor. Me encanta abrazarte.
Cuando Bella levanto la mano para golpearlo, Edward rio, la detuvo, y le beso los nudillos uno por uno.
-Fuer solo un deseo. Ahora quédate aquí y pórtate bien, que cuando vuelva traeré un bonito vestido.
Edward salió de la habitación, y rio al oír el golpe de la almohada contra la puerta ya cerrada. El sonido de la llave al girar en la cerradura dio a Bella la impresión de que le hubieran colocado cadenas en los tobillos.
El horrible silencio era casi ensordecedor para Bella, que contemplaba, sentada y aturdida, la gran habitación sin verla en realidad. Por un momento no pudo creer que no estuviera en casa, en su dormitorio. En cambio, en las últimas horas su mundo se había derrumbado a su alrededor. Había oído a su amado decir que no quería casarse con ella, y a su único familiar admitir que ella no le importaba. Y ahora, lo peor de todo: ya no tenía su virtud y era prisionera de un salvaje americano. Prisionera, pensó. Sin saberlo, había estado prisionera toda su vida, en una jaula dorada con un bonito jardín.
Mientras esos pensamientos pasaban por su mente, comenzó a mirar a su alrededor. Había una gran ventana en una pared, y se le ocurrió que esta vez quizá pudiera hacer algo respecto de su confinamiento. Si podía escapar, seguramente hallaría ayuda, tal vez alguien que la aceptara o le diera un trabajo. Al pensar eso, se detuvo. ¿Qué sabía hacer? ¿Cómo podría ganarse la vida durante cinco años hasta que pudiera heredar? Lo único que realmente sabía hacer bien era cultivar flores, tal vez…
[No, Bella- se previno-, No es el momento de irse por la tangente]. Primero debía escapar y demostrar a aquel arrogante que no podía secuestrar una inglesa y mantenerla, dócil, en su custodia.
Se levantó y comprendió que su primer problema era la ropa. En un rincón de la habitación había un baúl, pero después de una rápida inspección vio que estaba cerrado con llave.
Cuando llamaron a la puerta, se sobresaltó y apenas tuvo tiempo para ponerse la camisa de Edward antes de que entrara una muchacha regordeta y de mejillas sonrosadas, cargando una bandeja de comida.
-El señor Edward me dijo que le trajera comida y agua para bañarse si la desea- dijo la muchacha, nerviosa, mirando a su alrededor y sin apartarse de la puerta cerrada a sus espaldas.
-¿Puede conseguirme algo de ropa?- le pregunto Bella-. Por favor. Puedo devolvérsela más tarde, pero necesito algo más que la camisa de ese hombre.
-Lo siento, señorita, pero el señor Edward me ordeno que no le diera ropa ni nada más que comida y agua caliente, y que le dijera que contrato a un hombre para que vigile la ventana todo el día, por si usted trataba de escapar por ahí.
Bella corrió la ventana, y vio que lo que decía la mujer era verdad.
-Tiene que ayudarme- suplico-. Este hombre me tiene prisionera. Por favor, ayúdeme a escapar.
La muchacha dejo la bandeja deprisa, con los ojos dilatados por el temor.
-El señor Edward me amenazó de muerte si la dejo ir. Lo siento, señorita, pero tengo que pensar en mí.
Sin una palabra más, la muchacha se marchó y volvió a cerrar la puerta con llave.
Al principio, Bella no estaba segura del sentimiento que la recorría. Toda su vida había sido agradable, despreocupada, con pocos problemas que enfrentar y menos personas que conocer, pero ahora todo empezaba a acumularse sobre ella y comenzaba a abrumarla. No había sido su intención abandonar la casa de su tío, pero tampoco quería seguir prisionera de un hombre horrible.
Levanto la bandeja con ambas manos, la arrojo contra la pared y luego observo los huevos y el jamón se deslizaban por la suave superficie de yeso. Aquella reacción, en lugar de mejorar su ánimo, lo empeoro. Se arrojó sobre la cama, grito con la cara hundida en la almohada, pataleo y la emprendió a puñetazos contra el colchón de plumas.
A pesar de la furia y de la total frustración que sentía por su desamparo, el cansancio pudo más. A medida que sus músculos empezaron a relajarse, cayó en un sueño profundo, como sin vida. Ni siquiera despertó cuando la criada limpió la comida de la pared, ni cuando Edward entro, cargado de cajas coloridas, se inclinó sobre ella y sonrió al ver su rostro dulce e inocente.
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