DISCLAIMER: La historia no me pertenece, los personajes son de Stephanie Meyer y la trama es de un libro el cual será dicho al final de esta historia, solo me adjudico la adaptación.

Gracias a todos y todas por sus hermosos reviews

Los días de actualización de esta historia son los JUEVES pero como en mi país fue día festivo les traigo este de regalo, que lo disfruten...

- Capítulo 4 -

-¿Qué?- exclamo Bella, atónita-. América está llena de salvajes y analfabetos que viven en cabañas de troncos. ¿Qué hay ahí sino indios y animales horribles, por no mencionar el salvajismo de la gente? No, de ninguna manera iré a ese sitio tan primitivo.

Los ojos de Edward perdieron rápidamente el buen humor. Se puso de pie y se dirigió a ella.

-¡Maldita inglesa! Tengo que soportar eso todo el día con tus "caballerosos" compatriotas. Me rechazan porque no les gusta mi forma de hablar o mi ropa, o porque tenían algún pariente que murió en una guerra que ocurrió cuando yo era pequeño. Me estoy hartando de que me miren como si fuera algo sucio, y no pienso tolerarlo en ti.

Bella retrocedió y levanto una mano para protegerse.

-Ya me he contenido bastante contigo. De ahora en adelante, harás lo que te diga. Si dejara a una niña como tu sola aquí, cuando es obvio que no tienes un solo amigo en el mundo, no podrías volver a dormir en paz. No pienso aburrirte hablando de como es Norteamérica, dado que tienes ideas claras al respecto, pro al menos en mi país no expulsamos a las niñas solo porque sean desobedientes. Cuando lleguemos a Virginia podrás elegir que hacer… algo más adecuado para una "dama" inglesa que convertirte en callejera, pues esa seria tu única posibilidad si te quedaras aquí.-La miro con furia-. ¿Está claro?

Sin darle tiempo a responder, se marchó con un portazo y echo llave a la puerta

-Sí, Edward- susurro Bella en la habitación vacía.

Se alegró de que Edward se hubiese marchado, pues le resultaba imposible pensar en su presencia. Al menos, si lograba enfurecerlo lo suficiente, tal vez no la obligaría a hacer esas cosas horribles en la cama y, si lo provocaba, quizá la dejaría ir. Sonriendo, se sentó y comenzó a imaginar su fuga, lo estupendo que sería escapar de aquel americano rustico. [¡Que idea!], pensó. ¡Llevarla a América!

Se acomodó en la silla, se cubrió con una manta y empezó a fantasear sobre el lugar horrible que debía ser América. Recordó lo que le había contado una criada cuyo hermano había viajado allí y regresado con historias espeluznantes, todas las cuales le habían sido relatadas a ella con todo lujo de detalles.

A medida que la vela se consumía y la habitación se sumía en la oscuridad, comenzó a mirar hacia la puerta, preguntándose cuando volvería Edward. En un momento, ya avanzada la noche, dejo su silla, se acostó en la cama grande y fría, y acomodo las almohadas para recostarse contra ellas. No era lo mismo que recostarse contra su cuerpo grande y tibio, pero al menos ayudaba.

Por la mañana tenia jaqueca y estaba de mal humor. La enfurecía el hecho de que el americano la hubiese dejado sola y desprotegida toda la noche, a merced de cualquiera que pudiera conseguir la llave de su habitación. En un momento él hablaba de lo mucho que iba a cuidarla, y luego la abandonaba a su suerte.

Sus cavilaciones se interrumpieron cuando alguien llamo a la puerta y luego se abrió. Bella cruzo los brazos sobre su pecho y levanto la frente, preparándose para hacer saber a Edward que su abandono no la había afectado. Pero en lugar de la voz de Edward oyó risas de mujeres. Bella se volvió y quedo boquiabierta al ver a tres mujeres que entraban cargando grandes libros y varios cestos.

-¿Es usted madeimoselle Bella?- pregunto una mujer morena, bonita y menuda-. Yo soy madame Ángela, y ellas son mis ayudantes. Hemos venido para ocuparnos de su guardarropa para su viaje a América.

Bella tardo varios minutos en comprender de qué se trataba todo aquello. Aparentemente, Edward había contratado a madame Ángela, una inmigrante francesa y ex modista de una de las damas de la reina María Antonieta, para que creara todo un guardarropa para su cautiva. Al principio Bella se puso furiosa por la presunción de Edward y simplemente se sentó en la cama con una mirada vacía. Pero al ver la expresión perpleja de las mujeres comprendió que no podía descargar su ira con ellas. Su disgusto era con Edward Cullen, no con esas mujeres que simplemente hacían su trabajo.

-Veré lo que han traído- dijo al fin con fatiga, pensando en todas las otras veces que le habían permitido elegir su ropa. Su tío le permitía usar solamente vestidos rosados, azules o blancos, y sus únicos adornos eran los bordados que realizaban ella y las criadas.

Con una sonrisa de alegría, la diseñadora y sus ayudantes comenzaron a desplegar muestras de géneros sobre la cama. Parecía haber una infinita variedad de colores y texturas, la mayoría de los cuales Bella no había visto nunca. Había una docena de colores de terciopelo, más de raso, lino, por lo menos seis tipos de sedas, con docenas de colores para cada una. Los géneros de lana ocupaban una esquina de la cama, y Bella se maravilló ante su variedad: casimires, tartanes, una tela suave y de hebras largas que, según le informaron era mohair. ¡Y las muselinas! Parecía haber cientos de colores, rayados, pintados, estampados, bordados, plisados.

Con los ojos dilatados por el asombro, Bella miro a madame Ángela.

-Además, desde luego, están las guarniciones- dijo la mujer, e indico a sus ayudantes que acercaran sus muestras.

Había plumas, cintas de raso y terciopelo, encajes realizados a mano mezclados con sartas de diminutivas perlas de cultivo, cordones plateados, cuentas de azabache, flores de seda, tules dorados e intrincados alamares.

Azorada, Bella estaba inmóvil, sin poder dejar de mirar todo aquel colorido.

-Quizás es demasiado temprano para madeimoselle- sugirió madame Ángela-. Monsieur Edward dijo que debíamos organizarlo toso en un día para poder cortar todos los modelos antes de su partida. He contratado a una mujer que viajara con ustedes y se encargara de la costura, de modo que todo estará listo cuando lleguen a América.

Cuando su mente empezó a despejarse, Bella se preguntó si Edward sabría lo que estaba haciendo. Dudaba que un norteamericano tuviera idea del costo de la ropa femenina. Su tío Aro se había encargado de hacerle conocer los honorarios exorbitantes que cobraban las modistas.

-¿Edward pregunto cuál sería el coto de la ropa?

-No, señorita- respondió madame Ángela, sorprendida-. Anoche vino a mi casa muy tarde. Dijo que, según le habían informado, yo era la mejor modista de Liverpool y que deseaba un guardarropa completo para una joven. No menciono el precio, pero me dio la impresión de que Monsieur Edward no necesitaba preguntarlo.

Bella abrió la boca, volvió a cerrarla y sonrió. ¡De modo que aquel colono robusto y pendenciero pensaba que aún estaba en las selvas de América! Podría ser divertido jugar por un día con géneros y adornos, fingir ordenar un extenso guardarropa, y luego verle la cara a Edward cuando recibiera una cuenta más alta que cualquier suma que hubiese imaginado. Claro que ella pediría a las mujeres que le presentaran la cuenta antes de empezar a cortar la ropa. No quería que salieran perdiendo cuando Edward no pudiera pagarles.

-¿Por dónde empezamos?-pregunto Bella con dulzura, divertida por la idea de vencer a aquel jactancioso.

-Tal vez por los vestidos de día- sugirió madame Ángela, al tiempo que levantaba las muestras de muselina.

Horas más tarde, Bella estaba muy entusiasmada con todo el proyecto. Era una pena que no fuera a tener esos vestidos, pues había planeado un guardarropa que sería la envidia de la princesa. Había vestidos de muselina de todos los colores y diseños, vestidos de baile de raso y terciopelo, vestidos de calle, un traje de montar que causo gracia a Bella pues jamás había cabalgado y no tenía idea de cómo se hacía, pañoletas, capas, abrigos largos y chaquetas cortas, además de numerosos camisones, camisolas y enaguas con encaje. Cuando termino, no quedaba una sola tela sin usar, y muy pocos colores.

Les llevaron el almuerzo y Bella se alegró de que terminaran la sesión, pues comenzaba a fatigarla.

-Pero si apenas empezamos- dijo madame Ángela-. Esta tarde vendrá el peletero con el sombrero, el zapatero y el confeccionista de guantes. Y habrá que tomar las medidas madeimoselle para todo.

-Por supuesto-suspiro Bella-. ¿Cómo pude olvidarlo?

Al avanzar la tarde, ya nada asombrada. El peletero le mostro pieles de marta, armiño, chinchilla, castor, lince, zorro y cabra de angora, y Bella eligió los forros, cuellos y puños para los abrigos que ya había escogido. El zapatero tomo muestras de telas a fin de teñir un par de zapatillas blandas y sin tacón para cada atuendo, y describió las botas de paseo que le haría. El sombrerero y madame Ángela coordinaron sombreros y vestidos, junto con los guantes.

Al anochecer, empezaron a decaer las energías de todos, especialmente las de Bella. Se sentía mal al pensar que tanto trabajo quedaría en nada porque ningún americano podría pagar toda la ropa que ella había ordenado. Dio instrucciones a Ángela que enviaran todas sus cuentas a Edward antes de tomar siquiera un par de tijeras, que antes de empezar debían tener el dinero en sus manos. La modista sonrió con cortesía y afirmo que tendría la cuenta lista a primera hora de la mañana.

Cuando al fin se quedó sola, Bella se desplomo sobre una silla, cansada por el largo día y por su constante sentimiento de culpa. Durante todo el día había tenido conciencia de que se trataba de un juego; pero aquellas personas se enfadarían mucho cuando se enteraran de que no recibirían paga alguna por todo su trabajo.

Cuando oyó los pasos sonoros de Edward en la escalera, ya estaba bastante deprimida… y todo por culpa de él. En cuanto abrió la puerta, Belle le arrojo un zapato que le golpeo el hombro.

-¿Qué es esto?-pregunto Edward, sonriendo-Pensé que esta noche a menos te alegrarías un poco de verme. Siempre te quejas de que no tienes ropa.

-¡Yo no he pedido que me comprara ropa! No tiene ningún derecho sobre mí, menos aún, para llevarme a su país incivilizado. No pienso ir ¿me oye? Soy inglesa, y me quedare en Inglaterra.

-¿Dónde están todos tus familiares y amigos?-dijo Edward con ironía-. Acabo de pasar otro día tratando de averiguar dónde has pasado tu vida, y no he podido hallar nada. ¡Malditos sean!-exclamo, pasándose las manos por el cabello-. ¿Qué clase de gente podría querer deshacerse de una criatura como tú?

Quizá fue el cansancio de no haber dormido bien y por el día agotador, pero los ojos de Bella se llenaron de grandes lágrimas cristalinas. Había estado tan furiosa en los últimos días que no había tenido tiempo de pensar en lo que sentía por el disgusto de Jacob ante la idea de casarse con ella y con el odio manifiesto de su tío. Durante días había vivido en un mundo de ensueño, con la esperanza de que acudieran a rescatarla, pero, sin duda, Edward había hablado con ellos. ¿Acaso Jacob y su tío le habían dicho que no la conocían?

Antes de que pudiera hablar, Edward la tomo en sus brazos. Bella lo empujo y trato de protestar.

-Déjame en paz-murmuro débilmente, pero a pesar de sus esfuerzos por apartarlo, Edward la sostuvo con fuerza hasta que la muchacha hundió la cara en su pecho y los sollozos empezaron a sacudirla.

Sin perder tiempo, Edward la levanto en sus brazos y se sentó en una silla, acunando a Bella como si fuera una pequeña.

-Anda, llora, gatita-susurro-. Creo que si alguien merece hacerlo, eres tú.

Aquella actitud de Edward, ese extraño que le hacia el amor y la cuidaba mientras que las personas que debían hacerlo negaban su existencia, la hizo llorar con más intensidad. Lo peor era el fin de sus sueños de ser rescada por Jacob, de volver a ver a su amado. Ya nunca tendría la oportunidad de demostrarle que podía ser una buena esposa; ahora la llevarían a América contra su voluntad, y ellos ni siquiera se enterarían de su partida.

Cuando al fin los sollozos empezaron a aquietarse, Edward le acaricio el cabello húmedo.

-¿Quieres contarme por qué estás tan triste?

No podía hablarle de Jacob.

-¡Porque me tiene prisionera!-. Respondió con la mayor firmeza que pudo demostrar, y se apartó del hombro de Edward.

El siguió acariciándole el cabello y, cuando volvió a hablar, lo hizo con una voz llena de paciencia y comprensión.

-Creo que estabas prisionera aun antes de conocerme. De no haber sido así, no te habrían dejado en la calle como un montón de basura.

-¡Basura!-exclamo Bella, indignada-. ¿Cómo se atreve a llamarme así?

Edward le sonrió.

-No dije que fueras basura, sino que te han tratado como si lo fueras. Lo que no entiendo es porque quieres volver con alguien que te trata así.

-Yo… yo… nadie-balbuceo, y volvieron a aflorar las lágrimas. Edward tenía una manera muy cruda de decir las cosas.

-No es tan malo ser huérfano-prosiguió Edward-. Yo lo soy desde hace mucho tiempo. Quizá nuestro destino sea estar juntos.

Bella lo miro, extrañada. Sin duda, a pesar de lo que había dicho, Edward a menudo raptaba muchachitas y las tenía prisioneras.

-Creo que no me agrada lo que estás pensando-le previno-. Si tienes alguna idea rara, te advierto que yo cuido lo que me pertenece.

-¿Dice que yo le pertenezco?-exclamo Bella-. ¡Apenas lo conozco!

Edward sonrió antes de acercar sus labios a los de ella. La beso con tanta ternura, tanto anhelo, que casi sin darse cuenta, Bella lo abrazo.

-Me conoces bastante bien-dijo Edward, con voz ronca-. Y metete en la cabeza que eres mía.

-¡No soy tuya! Yo…

-Se interrumpió cuando Edward comenzó a besarla con diminutos mordiscos; Bella suspiro y ladeo la cabeza.

-Eres una tentación-dijo, riendo- y me estás haciendo perder muchas horas de trabajo.-Con firmeza, la hizo bajarse de sus rodillas-. Me encantaría quedarme contigo, pero tengo asuntos que atender y temo que me ocuparan la mayor parte de la noche. ¿Sabías que zarparemos pasado mañana?

Con la cabeza baja, Bella no le respondió. Se sentía muy tonta por haber reaccionado a sus caricias con tanta rapidez y entrega. [¡Pasado mañana!], pensó. Si quería huir de él, tendría que hacerlo pronto.

-¿No me das un beso de despedida?-bromeo Edward, desde la puerta-. ¿Nada que me ayude a mantenerme en calor allí, solo?

Bella tomo su otro zapato y se lo arrojo, pero esta vez Edward lo esquivo. Riendo, echo la llave a la puerta y bajo la escalera.

Al menos esa noche Bella estaba demasiado fatigada para perder el sueño, pero cada noche la cama le parecía más grande.

Despertó por un sonido atronador que solo podía ser Edward tratando de andar de puntillas por la habitación. Mantuvo los ojos cerrados y fingió dormir, aun cuando él se inclinó y la beso en la mejilla. Cuando le pareció que Edward se había marchado, espero el sonido familiar de la llave al cerrarse la puerta. Al no oírlo, se incorporó en la cama como movida por un resorte. Se frotó los ojos dos veces para cerciorarse de que lo que veía era cierto: la puerta estaba abierta de par en par.

Sin perder un segundo más, se levantó de un brinco, se puso el vestido de terciopelo y tomo sus zapatos. Con sumo sigilo, se aplasto contra la puerta al salir y se dirigió a la escalera. Dado que nunca había visto la posada más que el interior de una sola habitación, le sorprendió comprobar el aislamiento de ese cuarto: solo, al final de una escalera estrecha y empinada al pie de la cual, a juzgar por los aromas, se hallaba la cocina. Estiro el cuello hasta que amenazo romperse y lo que era, sin duda, una pierna de Edward con su bota alta, cerca al pie de la escalera. Cuando ya empezaba a perder las esperanzas, desde afuera se oyó un bullicio de carruajes y caballos y una voz de hombre pidiendo ayuda. Con gran alivio, vio a Edward correr hacia la puerta.

En un instante bajo la escalera, atravesó la cocina casi vacía donde los pocos criados estaban absortos en la actividad que había afuera y, al fin salió al sol brillante de la calle.

No podía perder tiempo para calzarse los zapatos, pues sabía que Edward descubriría su fuga muy pronto. Por el momento, tenía que poner tiempo y distancia entre ambos, si deseaba escapar.

A pesar de sus buenas intenciones, los pies comenzaron a dolerle demasiado para seguir ignorándolos, y la gente empezaba a mirarla. Aminoro el paso y vio un callejón oscuro entre dos edificios. Se dirigió allí y se acurruco entre varios cajones de pescado de los que emanaba un olor nauseabundo. [¡Tengo que pensar!], se ordenó, pues sabía que sin un plan jamás podría ganar su libertad.

Se sentó en uno de los cajones de madera, se calzo los zapatos y se ató los cordones a los tobillos, mientras tanto, calmo su corazón acelerado y comenzó a pensar en sus posibilidades. Necesitaba ir a alguna parte, hallar un sitio donde esconderse hasta que pudiera conseguir trabajo y, especialmente, un lugar donde ocultarse hasta que aquel americano demente abandonara el país.

Sumida en sus pensamientos, no oyó los gritos en la calle hasta estar prácticamente mirando a Edward, de perfil, con las piernas abiertas y las manos en las caderas. Pasaron varios minutos hasta que comprendió que él no la veía, que solo estaba dando órdenes a otras personas. El hecho de que diera órdenes a extraños renovó la decisión de Bella de huir de él. Se acurruco lo más que pudo entre los cajones, rogando que no la viera.

Aun cuando Edward se volvió y echo a correr calle abajo, Bella no se movió, pues presentía que él nunca se daba por vencido. No, Edward Cullen estaba demasiado seguro de tener razón para pensar en opiniones ajenas. Si era capaz de tener cautivo a alguien, no la dejaría escapar sin pelear.

Inmóvil en aquella posición incomoda, Bella trato de concebir un plan. Primero tendría que alejarse del puerto, y la manera de hacerlo era tener el mar siempre a sus espaldas. Sonrió, pensando que eso no sería difícil, y creyó haber resuelto la mitad del problema. El otro problema era adonde iría una vez que se alejara del puerto. Si lograba volver a la casa Swan, tal vez Esme, su antigua criada, conociera algún sitio adonde pudiera ir.

Le pareció que habían pasado horas enteras, pero el sol seguía brillando y el bullicio del puerto no se había apagado. Recurriendo a toda su capacidad de concentración, trato de ignorar los calambres en las piernas y el dolor en la espalda.

Dos veces vio pasar a Edward, y en la segunda vez estuvo a punto de llamarlo. Quizá fuera por su cuerpo dolorido, pero recordaba muy bien la última vez que había estado sola en los alrededores del puerto. Claro que entonces llevaba solo su camisón y ¿Cómo podía esperar que la trataran como a una dama si estaba vestida como una mujer de la calle? Ahora, con aquel elegante vestido de terciopelo, todos verían en ella a una dama y no se atreverían a tocarla.

Sonrió con algo más de confianza y trato de arreglarse un poco el cabello. El día anterior había notado que la modista francesa y sus ayudantes llevaban el cabello corto, a la griega, y se preguntó si ella también debería cortárselo. Quizás eso le diera un aire de sofisticación en su nueva vida… fuera cual fuese.

Pasó el tiempo con esas cavilaciones y, al ver que el sol bajaba, se sintió a punto de embarcarse en una gran aventura. Había escapado de ese horrible americano y estaba en libertad de ir adonde quisiera.

Lenta y dolorosamente, se incorporó y sacudió las piernas cansadas para que la sangre volviera a ellas. Una vez de pie, se percató de que tenía los pies lastimados y cubiertos de sangre seca, y al dar el primer paso las heridas volvieron a abrirse.

Se armó de coraje y avanzo hacia la calle cada vez más oscura. [Una dama] se recordó. Debía actuar como una dama y no permitir que una pequeñez como los pies lacerados e inflamados la hicieran cojear. Si mantenía los hombros erguidos y la frente alta, nadie la molestaría. Nadie se atrevería a importunar a una dama.

Chan, chan, chaaaaaaaaaaaaaan... y hasta aqui el capitulo de hoy ¿Qué creen que pasara?... Nos leemos el jueves

Reviews..?

Mademoiselle: señorita

Madame: señora

Monsieur: señor

Maria Antonieta: Fue una archiduquesa de Austria y reina consorte de Francia y de Navarra. Se ganó gradualmente la antipatía del pueblo, que la acusaba de derrochadora, presumida y de influir a su marido en pro de los intereses austriacos. Nueve meses después de la ejecución de su marido, María Antonieta fue juzgada, condenada por traición y guillotinada el 16 de octubre de 1793. Tras su muerte, María Antonieta se convirtió en parte de la cultura popular y en una figura histórica importante. Algunos académicos y estudiosos piensan que su comportamiento considerado como frívolo y superficial ayudó a aumentar la agitación durante el inicio de la Revolución francesa; sin embargo, otros historiadores alegan que ha sido injustamente retratada y que las opiniones hacia ella deberían ser más benévolas.

Guarnición: Conjunto de correas y otros objetos que se ponen a las caballerías para montarlas, cargarlas o engancharlas al carro.