DISCLAIMER: La historia no me pertenece, los personajes son de Stephanie Meyer y la trama es de un libro el cual será dicho al final de esta historia, solo me adjudico la adaptación.
Gracias a todos y todas por sus hermosos reviews
Los días de actualización de esta historia son los JUEVES
- Capítulo 6 -
La sensación lánguida y felina de Bella desapareció con una rapidez asombrosa a la mañana siguiente, cuando Edward la saco de la cama con rudeza y le arrojo un puñado de agua fría en la cara. Bella trato de tomar aliento y al fin logro abrir los ojos justo a tiempo para ver una toalla que Edward le arrojaba.
-Vístete- le ordeno Edward por encima del hombro mientras amontonaba la ropa de ambos en el baúl ya demasiado lleno.
Al ver que estrujaba su vestido de terciopelo ya mutilado, Bella se lanzó sobre él.
-¡Basta! No permitiré que trate así mi hermoso vestido- dijo, al tiempo que se lo quitaba y lo alisaba con amor. Edward la miro con interés.
-Está roto. ¿De qué sirve sino como trapo?
-Se puede arreglar- respondió Bella, mientras doblaba el vestido con cuidado-. Se remendar muy bien mi ropa y, además, el terciopelo disimulara el remiendo.
-¿Desde cuándo las damas inglesas ricas inglesas tienen que remendar su ropa?
-Yo nunca he dicho que fuese rica- replico Bella, con una sonrisa presumida.
-El dinero debe de tener algo que ver; si no, no te habrían echado de una oreja.- Con los ojos brillantes, le acaricio las nalgas desnudas-. ¿O debería decir que te echaron de un puntapié en ese bonito trasero?
Antes de que Bella pudiese darle la respuesta furiosa que merecía, le dio una palmada y agrego:
-Ahora vístete antes de que terminemos otra vez en la cama y el barco zarpe sin nosotros.
Pensativa, Bella comenzó a vestirse; luego por impulso, se volvió hacia él.
-¿De veras cree que yo podría tentarlo a… a hacer algo?
Edward no tenía idea de lo que decía Bella, pero al verla así, a medio vestirse, con aquel vestido de seda que daba un brillo a sus ojos chocolates y su piel aun encendida por la pasión de la noche anterior, sintió que ella podía convencerlo de hacer cualquier cosa.
-Deja de tentarme y vístete. Ya tendrás varios meses a bordo para jugar a ser seductora, pero por el momento hay trabajo que hacer.
Bella se ruborizo porque él la había malinterpretado y se concentró en la tarea de vestirse. Tal vez, pensó, tal vez aquel americano podría… Echo un vistazo a Edward, que echaba las botas al baúl sobre las camisas limpias y blancas, y sonrió. Quizá nunca llegara a ser un caballero, pero tenía muchas posibilidades. Los ojos de Bella se dilataron por el asombro al ver a Edward cerraba el baúl, se inclinaba, tomaba la manija de cuero y se ponía de pie con el baúl en la espalda.
-¿Lista?- pregunto, aparentemente sin percatarse de su enorme carga.
Bella asintió y salió delante de él.
Abajo los esperaba un desayuno caliente, más abundante que todos los que ella había conocido.
-Me has hecho perder más comidas que nunca en mi vida- le informo Edward.
Con descaro, Bella miro la enorme estatura de Edward y el grosor de su pecho.
-No creo que le haga mal perder algunas comidas- observo.
Edward rio, pero unos minutos después Bella lo vio observarse de reojo en un espejo, como si se inspeccionara. Esa reacción la hizo sonreír con cierta sensación de triunfo.
La comida estaba deliciosa y Bella, muy hambrienta. Le agrado comprobar los modales de Edward en la mesa eran bastante correctos; tal vez careciera de la delicadeza de Jacob o de otro caballero de su calidad, pero sería aprobado en la sociedad decente.
-¿Acaso me han salido cuernos, que me miras con tanta insistencia?- bromeo Edward.
Bella ignoro y volvió a concentrarse en su comida, extrañada por su propia falta de ánimo. Quizá fuera por la experiencia terrible del día anterior en el puerto y el rescate por parte de Edward pero, en verdad, empezaba a entusiasmarle la idea de ir a América. Había oído decir que, como en América la gente era libre, podía hacerse rica. Tal vez ella pudiera hacer una fortuna en aquel país primitivo y luego regresar, triunfante, a Inglaterra… y a Jacob.
La mano de Edward bajo su mentón la hizo salir de su ensueño.
-¿Volvías a dejarme?- le pregunto en voz baja- ¿O planeabas matarme mientras durmiera?
-Ninguna de las dos cosas. No perdería el tiempo en eso.
Edward rio entre diente. Se puso de pie, le ofreció la mano y la ayudo a levantarse.
-Creo que te ira muy bien en América. Necesitamos más mujeres con tu carácter.
-Yo creía que, para usted, todas las americanas eran la estampa de la gracia y el coraje.
-Siempre hay lugar para las mejoras- replico Edward, riendo, y la tomo del brazo-. Ahora mantente cerca de mí y nada te ocurrirá- agrego con seriedad, previniéndola con la mirada.
Bella no necesito una segunda advertencia, y en cuanto salieron de la posada se aferró al brazo de Edward. El olor a pescado y los sonidos peculiares del puerto le dieron de lleno y, por un momento, volvió a sentir las manos de aquellos hombres sobre ella.
Edward la observaba, pensativo, consciente del miedo que había en los ojos de la muchacha. Arrojo el pesado baúl sobre el coche que esperaba e indico al cochero a que barco debía llevarlo. Cuando el coche se hubo alejado, se volvió hacia Bella.
-Hay una sola manera de perder el miedo, y es enfrentarlo. Si te caes de tu caballo, tienes que volver a montarlo de inmediato.
Bella apenas presto atención a aquel consejo confuso; en cambio, se acercó más a Edward y le clavo los dedos en el brazo.
-¿El coche llegara pronto?- susurro.
-No iremos en coche- respondió Edward-. Tú y yo caminaremos hasta el barco. Para cuando lleguemos, ya no tendrás miedo. No quiero que te asustes cada vez que estemos cerca de un muelle o que huelas pescado podrido.
Bella tardo un momento en asimilar aquellas palabras. Luego se apartó de él y lo miro, atónita.
-¿Acaso esa es la lógica americana? No quiero caminar por este… este lugar. Le exijo que me consiga un carruaje.
-Con que lo exiges, ¿eh?- Edward sonrió-. Según he aprendido en la vida, no se debe exigir nada a menos que pueda llevarse a cabo. ¿Estas dispuesta caminar sola hasta el barco?
-Usted no haría eso, ¿verdad?- susurro
-No, amor- respondió, tomándola de la mano-. Ni siquiera pienso dejarte sola en este país, mucho menos en este sucio lugar. Ahora, vamos, regálame una sonrisa. Caminaremos hasta el barco, y veras que conmigo estas a salvo.
A pesar de su recelo, Bella pronto empezó a disfrutar la caminata. Edward le enseñaba edificios, depósitos y tabernas, y le contó una anécdota graciosa acerca de una pelea que había visto en una taberna. Poco después, estaba riendo y ya no se aferraba con desesperación al brazo de Edward. Había varios marineros recostados contra la pared; hicieron unos comentarios sobre ella, que Bella no alcanzo a oír, pero entendió en esencia. Son perder la calma, Edward se excusó y fue a decir unas palabras a los hombres. En pocos segundos, estos se quitaron las gorras y se acercaron a dar los buenos días a Bella y a desearle un buen viaje.
Primero perpleja, y luego sintiéndose como un gato ante un plato de crema, Bella miro a Edward y volvió a tomarlo del brazo. Con los ojos brillantes, él se inclinó y la beso en la nariz.
-Si sigues mirándome así, cariño, nunca llegaremos al barco. Tendremos que detenernos en una de estas posadas.
Bella aparto la vista, pero ahora llevaba los hombros erguidos, la frente alta, y caminaba como si apenas tocara el suelo. Y lo mejor de todo era que ya no tenía miedo. Aun iba del brazo de Edward, sabía que ese contacto leve bastaba para mantenerla a salvo. Tal vez no fuera malo estar con aquel americano corpulento y que aquellos hombres la saludaran con respeto.
Antes de lo que ella hubiese deseado, llegaron al barco. Bella se asombró por su tamaño. La casa Swan habría cabido en la cubierta.
-¿Cómo te sientes?- le pregunto Edward-. Supongo que no tienes miedo, ¿verdad?
-No- respondió con sinceridad, aspirando profundamente el aire marino.
-Eso pensé- dijo Edward con orgullo, y la condujo por la pasarela de embarque.
Bella no tuvo oportunidad de ver mucho, pues Edward la llevo enseguida hacia la proa* del barco. Allí había una maraña de cuerdas tan gruesas como su pierna y, arriba, una telaraña de cables.
-Las jarcias*- explico Edward, mientras la conducía por entre marineros y cajones de provisiones.
Con rapidez, la llevo por una escalerilla empinada hasta un camarote pequeño que estaba muy limpio y ordenado. Las paredes eran paneles pintados en dos tonos de azul. Contra una pared había una cama grande; en el medio había una mesa sujeta al suelo y, contra la pared opuesta, dos baúles. Una claraboya* y una ventanilla daban a la habitación suficiente luz.
-¿No dices nada?- pregunto Edward.
Bella se sorprendió por la voz casi ansiosa de Edward.
-Es muy bonito- respondió, sonriendo, y se sentó frente a la ventana-. ¿Su habitación también es así?
-Yo diría que es exactamente como esta. Ahora quiero que te quedes aquí mientras yo me ocupo de que carguen mis cosas.- Se detuvo en la puerta y se volvió-. Y buscare entre los pasajeros a esa costurera que contrate y te la enviare. Tal vez quieras revisar esos baúles y decidir qué quieres que realice primero.- Sus ojos brillaron-. Y le dije que olvidara los camisones, que yo tengo mi manera de mantenerte en calor.
Con eso se marchó, y Bella quedo mirando, boquiabierta, la puerta cerrada. ¡Pasajeros! ¿Acaso Edward había dicho a los pasajeros que ella dormiría con él? ¿Esos pasajeros serian amigos suyos americanos, gente que ella esperaba que la respetaran algún día?
Antes de que pudiera siquiera imaginar esa situación horrible, la puerta se abrió y entro una mujer alta y delgada.
-Llame, pero nadie respondió- dijo, mirando a Bella con interés-. Si lo prefiere, volveré más tarde. Es solo que Edward dijo que había tanto trabajo para hacer que tardaría todo el viaje. Hay otra mujer que, creo, podrá ayudar. No sé si sabe hacer trabajos finos, pero al menos sabrá hacer las costuras derechas.
La mujer callo un momento y contemplo a Bella.
-¿Se siente bien, señora Cullen? ¿Esta mareada, o ya empieza a echar de menos su hogar?
-¿Qué?- dijo Bella-. ¿Cómo me ha llamado?
La mujer rio y fue a sentarse junto a Bella. Tenía hermosos ojos y su boca era carnosa, pero en medio había una nariz larga y puntiaguda.
-Parece que ni usted ni Edward se han acostumbrado al matrimonio. Cuando le pregunte si llevaba mucho tiempo de casados, me miro como si no creyera que le hablara a él. ¡Así son los hombres! Tardan diez años en admitir que han renunciado a su libertad.- Miro a su alrededor, sin dejar de hablar-. Pero, si me lo pregunta, el matrimonio se ha hecho para los hombres; cuando se casan, tienen otra esclava. ¡Bien!- exclamo de pronto-. ¿Dónde está su ropa nueva? Creo que será mejor que empecemos.
Cientos de ideas se apiñaban en su mente de Bella, todas confusas. En el torbellino de los últimos días había olvidado por completo de la ropa.
La mujer palmeo la mano de Bella con actitud comprensiva.
-Supongo que es demasiado por usted estar recién casada, con alguien como Edward, y viajando a un nuevo país. Tal vez deba regresar más tarde.
[Recién casada] pensó Bella. En cierto modo, era verdad. Al menos era agradable imaginarlo en lugar de afrontar la realidad de la situación.
La mujer había llegado a la puerta cuando Bella se recuperó.
-¡Espere! No se marche. No sé dónde está la ropa. No, Edward dijo que estaba en los baúles.
La mujer sonrió, complacida, y tendió su mano.
-Soy Victoria Sutherland, y estoy encantada de conocerla, señora Cullen.
-¡Oh, sí!- suspiro Bella. Aquella mujer le agradaba mucho a pesar de su extraña forma de hablar.
Victoria se arrodillo deprisa y abrió el primer baúl. Tal vez el mejor indicio de su admiración fue su total silencio al contemplar la cantidad de colores y géneros suaves y finos.
-Esto debe de haberle costado mucho dinero a Edward- logro murmurar finalmente.
Bella sintió una punzada de culpa al recordar que deliberadamente había elegido mucha más ropa de la que necesitaba solo para avergonzar a Edward cuando no pudiera pagar la cuenta. Sin embargo, era obvio que la había pagado, y se preguntó cuánto le habría costado. ¿Acaso habría tenido que hipotecar o vender lo que tenía?
-Otra vez se la ve descompuesta. ¿Está segura de que no está mareada por el movimiento del barco?
-No, estoy bien.
-Vaya- dijo Victoria, volviendo la mirada al baúl-. Edward no exagero al decir que esto llevaría meses de trabajo. ¿Ese otro baúl esta tan lleno como este?
Bella trago en seco y echo un vistazo al baúl cerrado.
-Temo que sí.
-¡Teme que sí!- exclamo Victoria, riendo mientras sacaba una cartera de cuero del baúl-. ¡Mire esto!- dijo, y la vacío sobre su falda. Cayeron varios papeles gruesos, y en cada uno había cuatro dibujos en acuarela de vestidos femeninos-. ¿Son estos los vestidos que eligió?
Bella los tomo y sonrió. Eran bellísimos, y los bosquejos en si eran obras de arte. Ambas empezaron a revisar lo que había en los baúles, y descubrieron que todos los vestidos y abrigos estaban envueltos los adornos correspondientes.
-Parece que lo tengo listo para empezar- observo Victoria.
Recogió los diseños y las telas, dijo que deseaba poner manos a la obra y se marchó tan abruptamente como había llegado.
Durante un momento, Bella permaneció sentada junto a la ventana, contemplando el camarote y preguntándose qué aventuras le aguardarían. Pensó en Jacob y deseo que supiera que se hallaba en un barco rumbo a América y le estaban confeccionando un guardarropa digno de una princesa.
No tenía idea del tiempo que había pasado inmóvil en ese asiento, pero poco a poco empezó a tomar conciencia de los sonidos que provenían del exterior. Durante toda su vida se había obligado a permanecer en un área muy limitada, y lo único que podía hacer era soñar. Ahora, comprendió, estaba en libertad de ver y hacer cosas; la puerta del camarote no estaba cerrada con llave y lo único que tenía que hacer era subir una escalera para estar en la cubierta de un barco de verdad.
Aspiro profundamente, sintiéndose como un pájaro al que permiten salir de la jaula; abandono el camarote y se detuvo un instante al pie de la escalerilla oscura. Cuando se abrió una puerta cercana, se sobresaltó.
-Le ruego me disculpe- dijo una amable voz masculina-. No sabía que había alguien más aquí.- al ver que Bella no respondía, continuo-: Tal vez debería presentarme, ya que parce que seremos vecinos. ¿O acaso soy demasiado presuntuoso? Quizá el capitán podría hacer los honores.
Los modales formales del joven fueron un alivio después de la suspensión, en los últimos días, de todo lo que se pareciera a la cortesía.
-Sí, seremos vecinos- respondió, con una sonrisa-, de modo que tal vez podamos hacer una excepción y suspender las formalidades.
-Entonces permítame que me presente. Soy Michael Newton.
-Yo soy Isabella Sw… Bella Cullen- dijo a su vez; no quería revelar su verdadera identidad ni hacer saber a aquel hombre la verdad de su relación con Edward.
Con gentileza, el estrecho su mano y luego la invito a acompañarlo a cubierta.
-Creo que aún están cargando. Tal vez resulte divertido ver a esos americanos en grupo, aunque debo confesar que a veces me cuesta entender su lenguaje.
Sobre la cubierta brillaba un sol cálido, y a Bella se le contagio el entusiasmo de la gente que pasaba a su alrededor. Emergieron en la base de alcázar, una cubierta parcial agregada en la proa del barco. Pronto comprendieron que estorbaban el paso, de modo que subieron al alcázar. Desde allí tenía una buena vista de las actividades en el resto del barco y en el muelle. Allí también Bella pudo ver mejor a Michael Newton.
Era un hombre menudo, de rostro intrascendente y cabello pajizo. Su ropa era de buena lana; su corbatín, perfectamente blanco, y sus pequeños pies estaban enfundados en zapatillas de cuero blando. Era la clase de caballero que ella siempre había conocido, con manos hechas para las teclas de un piano o para jugar con una copa de brandy. Al mirar sus dedos largos y finos, Bella pensó con disgusto que un hombre tosco como Edward tal vez tocaría dos teclas juntas con uno solo de sus grandes dedos. Sin embargo, tuvo que admitir que aquellos dedos anchos a veces tocaban los acordes correctos.
Sus labios se curvearon en una sonrisa secreta y aparto la vista de Michael, que estaba explicándole por que se dirigía a un lugar tan salvaje como América, y busco con la mirada a Edward.
-No puedo decirle lo mucho que me alegra viajar con genuina dama inglesa- decía Michael-. Cuando mi padre me sugirió que fuera a ocuparme de sus posesiones en aquel país incivilizado, la idea me horrorizo. He oído muchas historias sobre ese lugar y, como si eso no bastara, el solo hecho de conocer a un americano puede poner a uno en contra de ese país. ¡Mire eso!- exclamo-. Es justo a lo que me refería.
Debajo de ellos, dos marineros dejaron caer las cargas que llevaban hacia el centro de la cubierta, donde otro hombre las llevaba abajo, y empezaron a empujarse. En un instante, uno de ellos envió un puñetazo a la mandíbula del otro y erro, pero antes de que pudiera volver a intentarlo el segundo hombre le dio en la nariz. Al instante empezó a sangrar, el hombre herido empezó a lanzar puñetazos al aire.
Como salido de la nada, apareció Edward, que apreso a los dos hombres mucho más pequeños que el por el cuello de sus camisas y los levanto de la cubierta. No les costó oír lo que decía Edward a los marineros acerca de su conducta y lo que prometió hacer si le causaban más problemas. Los sacudió como si fueran cachorros, los hecho a un lado, les dijo que se limpiaran y volvieran a trabajar, y llevo la carga de ambos al marinero que esperaba.
-Eso es un ejemplo de lo que yo decía- prosiguió Edward-. Esos americanos no tienen disciplina. Este barco ingles con un capitán inglés y, sin embargo, ese… ese rustico americano piensa que tiene todo el derecho de imponer su voluntad sobre la tripulación. Además, no habría que dejar ir a esos hombres así como así. Habría que castigarlos por su mala conducta y que sirva de ejemplo. Todo capitán sabe que la única manera de detener la insubordinación es hacerlo al comienzo mismo.
Bella estaba de acuerdo con él, por supuesto. Su tío había dicho lo mismo muchas veces, pero la forma en que Edward había manejado a los dos hombres le parecía eficaz y sensata. Frunció el ceño, confundida por sus pensamientos, preguntándose quien estaría en lo cierto.
Con la mente ocupada en otras cosas, al principio no vio a Edward, que le hacía señas.
-Creo que ese hombre trata de llamar su atención- observo Michael, entre disgustado e incrédulo.
Tratando de mostrarse sofisticada, Bella respondió a Edward con una amable seña antes de apartar la vista. No tenía deseos de ofrecer un espectáculo como el que acababa de hacer el.
-Parece que no quedo satisfecho- dijo Michael, con curiosidad-. Viene hacia aquí. Tal vez deba llamar al capitán.
-¡No!- exclamo Bella, al tiempo que volvía la mirada hacia Edward y sonreía a pesar de sí misma.
-¿Me has echado de menos?- le pregunto Edward, riendo; la levanto en sus brazos y le hizo dar una vuelta en el aire.
-¡Bájame!- exclamo Bella, enojada, pero su voz no alcanzo a borrar el placer de su cara-. Hueles como un jardinero.
-¿Y cómo huele un jardinero?- bromeo.
Desde atrás, Michael se aclaró la garganta ruidosamente.
Bella se ruborizo y logro apartarse de Edward.
-Señor Newton le presento a Edward Cullen.- Miro a Edward con expresión de súplica-. Mi… esposo- agrego en un susurro.
Los ojos de Edward no se alteraron en lo absoluto. De hecho, su sonrisa pareció mas cálida al extender la mano y estrechar la de Michael.
-Encantado de conocerlo, señor Newton. ¿Cómo conoció a mi esposa en Inglaterra?
¡Con que facilidad mentía!, pensó Bella. Pero había sido muy bueno al proteger el honor de ella. Había pensado que Edward se echaría a reír, como en tantas otras veces.
-No, acabamos de conocernos- respondió Michael, mirándolos, viendo el brazo posesivo de Edward sobre los hombros pequeños de Bella, viendo a una refinada y elegante dama inglesa en las garras de un trabajador medio salvaje y sin modales. Tenía muchos deseos de limpiarse la mano que había estrechado la de Edward.
Si este advirtió el leve rictus en el labio superior de Michael, lo disimulo muy bien, y Bella estaba demasiado ocupada tratando de recobrar cierta dignidad al apartar la mano de Edward.
-Tenía la esperanza de que la hubiera conocido antes- dijo Edward, e ignoro la mirada de Bella ante lo extraño de aquellas palabras, casi como si no fueran ciertas-. Tengo que volver al trabajo, amor- prosiguió, con una sonrisa-. Quédate aquí arriba y no te acerques a la cubierta baja, ¿entiendes?
Sin respuesta se volvió hacia Newton.
-Confió en que puedo dejarla con usted- agrego, en tono cortes y formal, pero al mismo tiempo daba la impresión de estar riendo.
Bella sintió muchas ganas de darle un puntapié.
Deprisa, se volvió bajo la escalera, y Bella se preguntó si estaría celoso. Tal vez a Edward le preocupaba no poder competir con un caballero como el señor Newton.
-Proa: parte delantera de una embarcación
-Jarcias:Nombre que se da en general a los aparejos, los cabos o cuerdas, los cables empleados en la cabuyería de una embarcación a vela
-Claraboya: Ventana abierta en el techo o en la parte alta de las paredes, por donde entra la luz
-Base del alcázar: es la parte de la cubierta superior comprendida entre el palo mayor y la entrada de la cámara alta
