DISCLAIMER: La historia no me pertenece, los personajes son de Stephanie Meyer y la trama es de un libro el cual será dicho al final de esta historia, solo me adjudico la adaptación.
Gracias a todos y todas por sus hermosos reviews
Los días de actualización de esta historia son los JUEVES
- Capítulo 7 -
El barco zarpo, Bella, demasiado entusiasmada para comer y demasiado curiosa para abandonar el alcázar siquiera un momento, no se percato de la palidez creciente en Michael ni lo vio tragar constantemente. Cuando él se excusó, Bella sonrió y permaneció donde estaba. Por encima de los hombres que izaban las velas, volaban bulliciosas gaviotas. El balanceo del barco le recordó que estaban a punto de emprender un viaje, que con ese movimiento ella iniciaba una nueva vida.
-Pareces feliz- observo Edward a su lado.
Bella no lo había oído subir la escalera.
-Sí, lo estoy. ¿Qué hacen esos hombres? ¿A dónde llevan esa escalera? ¿Dónde están los demás pasajeros? ¿Sus camarotes son como el nuestro o tienen distintos colores?
Edward le sonrió y comenzó a contarle todo lo que podía sobre el barco. Era un bergantín de veinticuatro cañones; estos eran necesarios para mantener alejados a los piratas. Los otros pasajeros iban en la cubierta baja, en medio del buque. No le hablo de la poca ventilación que había en esa sección ni de las estrictas reglas escritas que imponían el escaso movimiento de los pasajeros. Solo ellos dos y a Newton les era permitido andar por el barco a su antojo.
Le explico porque todos los barcos se pintaban en tonos ocres. Antes de la revolución norteamericana, todos los barcos se limpiaban con aceite de linaza, que iba oscureciendo la madera con cada pasada. Cuanto más viejo era el barco, más oscuro estaba. Durante la guerra, los ingleses buscaban atacar a los barcos más oscuros, hasta que alguien decidió pintar todos los barcos del color de uno nuevo.
Edward señalo varias áreas pintadas de rojo y explico que casi todas las partes internas, especialmente aquellas cercanas a los cañones, estaban pintadas de ese color para que la tripulación se habituara a él y no fuera presa del pánico cuando, en una batalla, se viera rodeada por el rojo de la sangre.
-¿Dónde has aprendido todo eso?- pregunto Bella con interés.
-Algún día tendré que hablarte del tiempo que pase de ballenero, pero ahora vayamos a comer algo. A menos, claro, que no quieras comer.
-¿Por qué no habría de querer comer? Ha pasado mucho tiempo desde el desayuno.
-Temía que se te hubiera contagiado la indisposición de tu amigo. Si no me equivoco, todos los demás pasajeros están descompuestos.
-¿De veras? Oh, Edward, debo ver si puedo ayudarlos.
Edward la tomo del brazo antes de que llegara a la escalera.
-Podrás ayudarlos más tarde. Ahora vas a comer y descansar. Has tenido un largo día.
Tal vez Bella si estaba cansada, pero también estaba harta de las órdenes de Edward.
-No tengo apetito, y puedo descansar más tarde. Iré a ayudar a los otros pasajeros.
-Pues yo digo que me obedecerás, de modo que mejor que te decidas.
Bella lo miro, furiosa, sin moverse. Edward se inclinó y le advirtió en voz baja:
-O haces lo que te digo o te llevo abajo por la fuerza delante de toda la tripulación.
Le invadió un sentimiento de impotencia. ¿Cómo podía razonar con aquel hombre? ¿Cómo podía hacerle entender que para ella era importante sentirse útil?
Cuando él dirigió una mano hacia el hombro de Bella, esta giro sobre sus talones y, deprisa, bajo las escaleras y entro al camarote. Se sentó junto a la ventana y se esforzó por no llorar. No era fácil conservar sus sueños de llegar a ser una dama respetada cuando le daban órdenes como si fuera una criatura.
Momentos después, Edward llego con una bandeja cargada de comida. Preparo la mesa en silencio y luego fue a sentarse junto a Bella.
-La cena esta lista.
Trato de tomarla de la mano, pero ella la retiro.
-¡Maldición!- exclamo Edward, al tiempo que se ponía de pie de un salto-. ¿Por qué te quedas ahí como si acabara de golpearte? Lo único que dije fue que no creía que debieras perder la cena y un poco de descanso para ayudar a personas que ni siquiera conoces.
-¡Conozco a Victoria!- replico Bella-. Y no solo dijiste que me convenía descansar, dijiste que tenía que descansar. Tú jamás sugieras nada, siempre lo exiges todo. ¿Nunca se te ocurrió que tengo mente propia? Me tuviste prisionera en Inglaterra, ni siquiera me dejabas asomarme a la puerta, y ahora me tienes prisionera en este camarote. ¿Por qué no me atas a la cama o me encadenas a la mesa? ¿Por qué no admites lo que soy para ti?
Distintas emociones pasaron por el atractivo rostro de Edward, pero la que predominaba era la confusión.
-Te explique porque no podías quedarte en Inglaterra. Incluso pregunte a ese muchacho que estaba contigo si te conocía. El barco todavía no había zarpado y, si él me hubiera dicho, habría podido llevarte con tu familia.
Mas lagrimas acudieron a los ojos de Bella. Pensar que ella había creído que Edward estaba celoso, cuando lo único que quería era otra oportunidad de deshacerse de ella…
-Disculpa que sea una carga tan pesada para ti- replico con altivez—quizá deberías arrojarme por la borda para evitarte tantas molestias.
Atónito, Edward no pudo sino mirarla.
-Aunque llegue a vivir mil años, creo que nunca entenderé tu modo de razonar. ¿Por qué no comes algo? Después, si quieres, te llevare abajo y podrás pasar toda la noche sosteniendo cabezas mareadas.
Parecía tan tierno, sus grandes ojos tan transparentes, rogándole, esforzándose por complacerla… ¿Cómo podía explicarle que lo que ella quería era la libertad de elegir, el derecho a tomar sus propias decisiones? Quería demostrarse a sí misma y a su tío que ella valía algo.
Acepto la mano de Edward y permitió que la condujera a la mesa, pero parecía incapaz de mejorar su ánimo. Jugo con la comida en el plato y apenas la probo. Trataba de prestar atención a lo que decía Edward pero no lograba concentrarse. No podía dejar de pensar en que durante toda su vida había sido prisionera de alguien, en que nunca le habían permitido tomar una sola decisión.
-Bebe tu vino- sugirió Edward suavemente.
Bella, obediente, bebió toda la copa y sintió que empezaba a relajarse. Luego le pareció natural que Edward la tomara en sus brazos y la llevara a la cama. Mientras la desvestía, ella ya estaba semidormida. Aun cuando ya estaba desnuda y Edward empezó a besarle el cuello, la muchacha sonrió y cayó en un sueño profundo.
Al ver que Bella necesitaba dormir, Edward la arropo, tomo un cigarro y subió a fumarlo a la cubierta.
-¿Todo bien?
Edward se volvió y hallo al capitán tras él.
-Creo que lo lograremos.
El capitán observo a Edward, apoyado en un barandal, con un largo cigarro en la boca.
-¿Qué pasa muchacho?- le pregunto con seriedad. Edward sonrió. El capitán había sido amigo de su padre durante años, hasta que esta muriera de cólera.
-¿Qué sabes sobre las mujeres?
-Ningún hombre sabe mucho- respondió el capitán, tratando de no sonreír; se alegraba de que el problema no fuese grave-. Lamento no haber llegado a conocer a tu esposa. Me han dicho que es una belleza.
Edward observo su cigarro y tardo un momento en responder.
-Mi esposa, sí. Es solo que me cuesta entenderla.
Edward no era hombre de hacer confidencias, y eso era todo lo que diría. Se irguió y cambio de tema.
-¿Crees que los muebles estarán bien en la bodega?
-Deberían estarlo- respondió el capitán-. Pero ¿para que necesitas más muebles? No abras agregado otra ala a esa mansión que tienes, ¿o sí?
Edward rio entre dientes.
-No. Al menos, no lo hare hasta que tenga unos cincuenta hijos para ocupar todos los cuartos que tengo. Los muebles son para un amigo. Aunque si compre tierras. Este año sembrare más algodón.
-¡Más!-exclamo el capitán, y luego señalo la cubierta que tenían ante ellos-. Esto es todo el espacio que yo necesito. No sabría qué hacer con… ¿Cuántas hectáreas de tierra tienes ahora?
-Ciento sesenta, más o menos.
El capitán lanzo un bufido de incredulidad.
-Espero que tu esposa sea buena ama de casa. Tu madre necesito todo su talento para manejar ese lugar, y casi lo has duplicado desde la muerte de tu padre.
-Podrá con el trabajo- respondió con confianza- Buenas noches.
De regreso al camarote, se desvistió, pensativo. Luego se acostó y atrajo a Bella hacia sí.
-La cuestión es si yo podre con ella- murmuro antes de dormirse.
….
Bella tardo exactamente veinticuatro horas en descubrir que Edward tenía toda la razón acerca de lo desagradable que era atender a gente descompuesta. Desde muy temprano por la mañana hasta altas horas de la noche hizo poco más que limpiar el vómitode la gente y sus pertenencias. Los pasajeros estaban demasiado indispuestos para sostener la cabeza sobre los cuencos de porcelana que ella les acercaba y para pensar adónde iba a parar el contenido de su estómago. Las madres estaban tendidas en sus angostas literas. A su lado, los niños lloraban, mientras Bella y otras dos mujeres limpiaban, trataban de consolarlos y trabajaban duramente horas interminables.
Como si la descompostura no fuera suficiente, Bella se consterno al ver las condiciones en que viajaba esa gente. Había tres dormitorios: uno para parejas y dos para hombres y mujeres solteros, y la disciplina de mantener separados a estos últimos era muy estricta. A las muchachas no se les permitía hablar con sus hermanos, ni a los padres con sus hijas, y en esos primeros días de indisposición todos se preocupaban por sus familiares.
En cada dormitorio había muchas hileras de camastros pequeños y duros. En los angostos pasillos se apiñaban las pertenencias de los pasajeros: baúles, cajas, paquetes, cestas, que contenían no solo ropa y lo que necesitarían en el Nuevo Mundo sino también la comida para el viaje. Parte de esta comida empezaba a descomponerse, y el olor agravaba las náuseas de los pasajeros.
Bella y las otras mujeres circulaban por el camarote femenino, tratando de pasar por encima de baúles y dando muchos rodeos a cada paso.
Cuando volvió a su propio camarote, que en comparación parecía un palacio, estaba más exhausta de lo que había esperado.
Edward dejo su libro de inmediato y la tomo en brazos.
-¿Fue difícil, amor?- susurro.
Bella solo pudo asentir contra el pecho de Edward, contenta de estar cerca de alguien tan sano y fuerte, de estar lejos de la suciedad y la pobreza que había visto ese día.
Se apoyó contra él, medio dormida, y apenas se percató cuando Edward la dejo en la silla y fue a abrir la puerta. Ni siquiera se molestó en abrir los ojos al oír un chapoteo de agua. Después de todo, era casi lo único que había oído en todo el día mientras lavaba ropa, pañales y cuencos.
Sonrió con deleite y se relajó cuando Edward empezó a desabrocharle el vestido. Era agradable que la atendieran a ella después de haber pasado el día atendiendo a los demás. Cuando Edward la levanto, desnuda, en sus brazos, se alegró de que la llevara a la cama, pero cuando sintió el agua caliente abrió los ojos.
-Necesitas un baño, mi olorosa niña- dijo Edward, riendo, al ver la sorpresa de Bella.
El agua caliente, a pesar de ser agua de mar, estaba deliciosa, y Bella se recostó y dejo que Edward la lavara.
-No te entiendo-dijo Bella, observándolo, sintiendo como sus fuertes manos y enjabonadas recorrían su cuerpo.
-¿Qué hay que entender? Te diré lo que quieras saber
-Hace unas semanas habría pensado que un hombre que secuestra gente debería ir a la cárcel, pero tú…
-Yo ¿qué? ¿Secuestro muchachitas, las violo, pero no las maltrato? En todo caso, no muy a menudo- agrego, con una sonrisa.
-No- insistió Bella con seriedad-. No lo haces, pero creo que eres capaz de cualquier cosa. No entiendo a un hombre como tú.
-¿Y a qué clase de hombre entiendes? ¿A tu amiguito Newton? Dime, ¿Cuántos hombres has llegado a conocer? ¿Cuántas veces te enamoraste?
No estaba preparado para la respuesta de Bella
-Una vez- respondió en voz baja-. Me enamore una vez, y no imagino que vuelva a suceder.
Edward la observo un momento; vio la forma en que sus ojos se suavizaron con una expresión distante y las comisuras de su boca se curvaron ligeramente.
En un momento Bella pensaba en Jacob, en cómo le había propuesto matrimonio, y al instante se sobresaltó cuando Edward arrojo el jabón al agua delante de sus ojos.
-Termina tu sola, o espera a que venga a hacerlo tu amado- gruño, y se marchó dando un portazo.
Bella sonrió, pensando que al fin lo había puesto celoso. Salió de la tina y empezó a secarse. Pensó que quizá fuera bueno que Edward comprendiera que no era el único en su vida, que existían otras personas en el mundo. Cuando llegaran a América y sus caminos se separaran, tal vez no estaría tan seguro de que ella no podría arreglárselas sola, encontrar un hombre como Jacob, alguien que la amara y no la considerara una criatura ignorante.
Se metió en la cama y de pronto se sintió muy sola. Jacob no la amaba; solo la había querido por su dinero. Su tío tampoco la quería, y Edward, aquel hombre extraño, arrogante y bueno, había dejado claro que solo la quería por el momento. Sola, cansada, hambrienta, desdichada, se echó a llorar.
Cuando Edward la tomo en sus brazos, se aferró a él, temerosa de que el también fuera a dejarla.
-Calma, dulce, tranquilízate. Ahora estas a salvo- susurro Edward, pero cuando los labios de Bella se unieron a los suyos, dejo de pensar en consolarla.
Bella no sabía a qué se debía la enfermedad que la había rodeado todo eldía y a su sensación de soledad, pero estaba hambrienta de Edward. No pensó que la tenía prisionera ni que al menos debería ser reacia como amante. Lo único que pensaba era en que lo necesitaba con desesperación, necesitaba que la abrazara, la amara, la hiciera sentir parte del mundo y no un apéndice inútil.
Con audacia, introdujo los dedos bajo la camisa de Edward e hizo saltar un botón. El vello de su pecho le recordó su masculinidad. Los dedos de Bella exploraron, no con suavidad sino con firmeza, incluso con rudeza, la textura de su piel, que aumentaba la calidez ante su contacto.
Edward la dejo sobre la cama y se apartó para quitarse el resto de ropa. Tenía los ojos encendidos y la boca inflamada. Cuando se volvió se sentó al borde de la cama para quitarse las botas, su espalda ancha y musculosa quedo a merced de Bella. La muchacha le mordisqueo los hombros mientras sus pezones le rozaban la espalda con un toque leve y electrizante. Pronto, sus labios bajaron por la curva profunda de los huesos, besando, acariciando, saboreando su piel. Con los pulgares a los costados y la yema de los dedos sobre las costillas de Edward, Bella le acariciaba la espalda con su cuerpo. Las depresiones profundas de los músculos, la fuerza de Edward, ahora tan aplacado a sus caricias, resultaban embriagadoras y le daban una sensación de poder.
Le beso el lóbulo de la oreja, le dio leves mordiscos y luego emitió una risita grave y seductora. Con un solo movimiento rápido, Edward se volvió, la tomo en sus brazos y estuvo sobre ella. Bella estaba tan ansiosa como él, y más que lista.
Edward estaba cegado por la audacia de la muchacha y, por una vez, no se contuvo por consideración o para no herir la sensibilidad de ella. La trato con todo el ardor y la pasión que sentía, moviéndose con fuerza, masajeándole las nalgas con las manos, abrazándola más y más.
Cuando al fin llego el desahogo como una tempestad de éxtasis, lentamente, poco a poco, quedaron exhaustos, temblorosos y débiles.
-¿Qué me has hecho?- susurro Edward, abrazándola con una fuerza tal que amenazaba con sofocarla.
Bella solo siguió aferrada a él, demasiado cansada para pensar. Pronto cayó en un profundo sueño y no se percató de que Edward seguía inclinado sobre ella, la observaba, le acariciaba el cabello, la cubría mejor con la sabana. Pero aun en su sueño sentía sus brazos que la rodeaban, su cuerpo fuerte a su lado y la dulzura de su aliento junto a su oído. Se movió ligeramente, abrió los ojos, esbozó una sonrisa adormilada, acepto de buen grado el beso suave de Edward y volvió a sonreír cuando él apoyo la cabeza junto a la suya y se durmió a su vez.
….
El día siguiente fue una repetición del mismo trabajo duro y oloroso de ayudar pasajeros descompuestos. Al caer la tarde, Edward le dijo que fuera al camarote a descansar o no sería ayuda de nadie. El tono de su voz, siempre impartiendo órdenes, hizo que Bella le digiera exactamente lo que pensaba de él.
-Podrías ayudar en vez de estar holgazaneando en la cubierta.
-Holgazaneando, ¿eh?- Edward sonrió, con esa sonrisa burlona que tanto la irritaba.
Por primera vez Bella reparo en la camisa de algodón sucia y mojada de sudor y en los pantalones holgados que le llegaban hasta la rodilla, insertos en una botas de cuero blando. De pronto se le aclararon varias cosas para Bella, como por ejemplo, como se podía permitir Edward pagar un camarote privado. Era obvio que, a cambio del pasaje, tenía que trabajar.
-¿En qué puedo ayudar?- pregunto-. Aunque si esperas que enjuague boas sucias, te advierto que no lo hare.
Si Edward tenía que trabajar a cambio del pasaje, ella también, y resultaba imposible descansar.
-Esta mañana se cayeron dos de las literas superiores. Hable con la tripulación, pero se rieron de mí.
-Seguramente se rieron porque no saben por dónde se toma un martillo. ¿Qué más?
-Necesitamos a alguien que se ocupe de los niños mayores. Pensé que tal vez podrías buscar a Victoria Sutherland. Hace días que no la veo.
-Victoria está ocupada- respondió lacónicamente-, pero quizá yo pueda ayudar con los otros problemas.
Bella sintió que le quitaba un peso de encima, porque sabía que Edward cumpliría su palabra.
-Si sigues mirándome así, soy capaz de construir camarotes privados para cada pasajero aquí en la cubierta.
Bella rio y, sintiéndose mucho mejor, volvió a sus tareas.
Muy poco tiempo después, Edward apareció en la puerta del camarote de mujeres con una caja de herramientas de carpintería. Algunas mujeres chillaron en señal de protesta porque no estaban del todo vestidas, pero Edward no tardó mucho en hacer que se sintieran cómodas. Rio con ellas y les dijo que todos los hombres se morían porque subieran a cubierta, para que la travesía fuera menos tediosa. A pesar de lo que había dicho a Bella, sostuvo la cabeza de una mujer sobre un cuboy le enjuagó la boca con ternura. Cambio los pañales a dos bebes y corrió dos baúles pesados para que hubiese más espacio para poder circular. Además de todo eso, reparo las literas rotas, verifico el estado de las demás y reforzó algunas.
Cuando se marchó, la mayor parte de las mujeres sonreían, y era como si por el dormitorio atestado hubiese pasado una brisa de aire fresco.
-Cielos- suspiro una mujer a cuyo bebe Edward había cambiado-. ¿Quién era ese hombre tan increíble?
-¡Es mío!- exclamo Bella en voz tan alta y con tanto tono de desafío que las mujeres rieron, con lo cual la muchacha se ruborizo.
-No tiene por qué avergonzarse, querida. Solo de gracias al Señor todas las noches por ser tan bueno con usted.
-Tal vez por las noches ella tiene otras cosas en mente- sugirió alguien en voz alta.
Bella se sintió casi agradecía cuando una de la mujeres comenzó a gemir, pues entonces pudo escapar a las bromas. Pero aun mientras ayudaba a esa mujer empezó a ponerse furiosa. ¡Edward flirteaba con todas, y en sus propias narices! Sin duda le encantaba que todas las mujeres suspiraran por él, ser el único hombre al que se le permitía entrar al camarote femenino. ¡Se le permitía! Seguramente Edward nunca haría algo tan ordinario como pedir permiso para cualquier cosa.
Bella deposito con fuerza una jarra de agua; a cada instante se ponía más furiosa. Claro que él no tenía motivos para tratarla como una dama, puesto que todo lo que sabía de ella era lo que hacían en la cama. Aquel americano corpulento y grosero no tenía ni idea de cómo tratar a una mujer, salvo para su propio uso. Para el, todas eran iguales, estuvieran sanas o enfermas, o vestidas con ropa de raso; él pensaba que todas estaban hechas para su placer.
Cerca del anochecer, subió a cubierta para lavar los cuencos de barro. Allí, rodeados de niños y niñas, estaban Edward y dos marineros, enseñándoles a hacer nudos. Una niña de unos doce años parecía estar haciendo un nudo con un trazo de tela, mientras una criatura de unos dos años estaba sobre las rodillas de Edward, absorta en el entrecruzarse de la cuerda que tenía el. Sonrió y saludo a Bella con la mano antes de volverse una vez más hacia los niños.
Con altivez, Bella levanto la frente y regreso al camarote sofocante, irritada por el hecho de que hasta los niños lo hallaban irresistible. Había dicho a las mujeres que Edward era suyo, pero tenía plena conciencia de que no ejercía poder alguno sobre él, que ella no era más que su juguete cautivo y que, cuando llegaran a América, se desharía de ella y pronto conseguiría otra mujer… alguien que tuviera menos uso que ella. Con ojos suspicaces, miro a todas las mujeres que había en el amplio camarote, preguntándose si alguna de ellas sería su sucesora.
Cuando llego el momento de marcharse al dormitorio, ya estaba totalmente furiosa. Su tío había dicho que era una falsa, lo cual era una vergüenza para él, pero en las últimas semanas habían pasado muchas cosas, y Bella estaba cambiando.
El camarote que compartía con Edward estaba vacío cuando lego, pero mientras Bella contemplaba las estrellas por la ventana se abrió la puerta.
Una jarra de peltre dirigida directamente a la cabeza de Edward lo hizo agacharse rápidamente.
-¿Qué diablos…?-
Bella tomo otra jarra de un armario en la pared.
-Te gusta flirtear, ¿verdad?- lo acuso-. Te encanta tener a todas las mujeres detrás de ti. "¡Oh, qué hombre tan encantados!", suspiraban todas.
La segunda jarra le rozo el hombro.
Mientras Bella sacaba del armario la tercera, Edward cruzo el camarote y le retuvo la mano. Nuevamente tenía aquella sonrisa divertida.
-No te dejes ganar por tu temperamento. Por favor, trata de recordar que una vez fuiste una dama inglesa.
Su actitud condescendiente, además del hecho de que había sido él quien la hiciera dejar de ser una dama, hizo que la sangre de Bella ardiera de ira.
-¡Estoy harta de ti!- exclamo, y le dio un codazo en las costillas.
Le satisfizo oír el gruñido de Edward, pero antes de que pudiera recuperarse le dio un puntapié en el tobillo.
Edward se apartó, frotándose el tobillo, con una expresión de total desconcierto.
-¿No querías hablar de esto? ¿Por qué estás tan enojada?
-¿Enojada?- lo remedo-. Estoy furiosa porque das por sentado que tienes derecho a todas las cosas. ¿Te gusto como te miraban esas mujeres, con tanta adoración? Fue repugnante que utilizaras a los bebes para conquistarlas. ¿Acaso planeas secuestrar a alguna de ellas cuando acabes conmigo?
-Tal vez- respondió Edward, con la mandíbula tiesa y una chispa en los ojos-. Quizá alguna de ella estaría más agradecida por lo que tú tienes. ¿Por qué no preguntas quien querría ocupar tu sitio?
-¡Eres el animal más vanidoso y arrogante de toda la creación! ¿Nunca se te ocurrió que a mi puede no gustarme estar prisionera o que tampoco podría gustarles a otras mujeres? ¿Acaso debo agradecerte que me retengas contra mi voluntad, que me hayas puesto a la fuerza en un barco rumbo a un país que desprecio y que amenaces con revelar a todos nuestra verdadera relación si no me quedo contigo?
-Ya te dije porque no podía liberarte en Inglaterra- dijo Edward en tono grave-. Te he demostrado toda la amabilidad, te he dado todo lo que llevas puesto, pero sigues siendo demasiado romántica para ver la verdad. ¿Acaso no te acuerdas de lo que paso en el puerto con esos hombres?
Eso se parecía demasiado a las cosas que le había dicho su tío. Siempre había alguien que se ocupaba de ella y luego se lo echaba en cara.
-No te estoy agradecida-. Replico en voz baja-. Y no quiero nada más de ti. No tienes que preocuparte de que puedan atacarme en el barco, de modo que ahora te dejare en paz y me instalare con las mujeres solteras.- Miro el sencillo vestido de muselina que Victoria había terminado la noche anterior y agrego-: Cuando llegue a América tratare de ganar dinero suficiente para pagarte este vestido. Tal vez puedas vender los demás.
Se volvió y, con la frente alta y la espalda erguida, se encamino hacia la puerta.
Edward tardo un momento en comprender que Bella realmente pensaba dejarlo y era lo suficientemente terca como para hacerlo. Sin pensar en lo que hacía, la aferro por la parte trasera del vestido. Con la presión de Bella, que iba en una dirección, y Edward que tiraba en la otra, la delgada muselina se desgarro de arriba abajo y cayó a los pies de la muchacha.
Al instante, la mirada de Edward pasó de ira al deseo. Sus ojos la recorrieron con avidez, deleitándose con los pechos que descubría la ceñida y escotada camisa interior.
-No- murmuro Bella, tratando con todas sus fuerzas de escapar de la mirada paralizante de Edward.
Un brazo fuerte y poderoso le rodeo la cintura y la atrajo hacia el fuerte pecho, haciéndola inclinarse hacia atrás.
Con debilidad, lucho contra él, ansiosa por desafiarlo, por demostrarle que ella era una persona independiente, pero sus caricias y sus besos la hicieron desistir.
-Harás lo que te diga, amor- gruño Edward, levantándola del suelo y besándola en el cuello-. Eres mía por todo el tiempo que yo quiera.
Bella cerró los ojos, y echo la cabeza hacia atrás y se entregó por completo a las caricias de Edward. Ya no pensaba en escapar de aquel hombre que la dominaba con tanta facilidad.
Cuando oyó desgarrarse más tela, volvió a luchar.
-Mía-susurro Edward-. Yo te encontré, y eres mía.
No tuvo tiempo de pensar; Edward la empujo hacia la pared y la acorralo ahí con su tamaño y su fuerza.
Sus besos se volvieron ávidos, como si deseara devorarla. Bella también empezaba a respirar cada vez más rápidamente y sus manos se aferraban a los hombros de Edward; sus dedos se clavaban en su piel a través de la camisa, tratando de atraerlo más hacia sí.
Las manos de Edward se movían de una forma excitante que llevo a Bella aun frenesí total. No se percató cuando los pantalones de Edward cayeron a sus pies. Solo cuando la levanto, tomándola por la cintura, y luego la bajo sobre su virilidad, Bella abrió los ojos, pero solo por un instante.
Estaba completamente en su poder, incapaz de moverse por sí sola, de espaldas a la pared, abrazando con las piernas la cadera de Edward, que comenzó a levantarla, a controlar sus movimientos, a guiarla. La sensación del cuerpo de Edward contra ella, las ondulaciones de su cadera bajo sus muslos, la fuerza que lo impulsaba amenazaba llevarla a la locura. Aferro entre sus dedos el cabello de Edward y lo estiro mientras él penetraba con más fuerza, con una fuerza que amenazaba romperla, fundir su piel con la de ella, consumirla. Con ese poder, Edward la levantaba y la bajaba con facilidad, una y otra vez, más y más deprisa, hasta que Bella grito bajo aquel dulce tormento. La boca de Edward aplasto la suya al tiempo que él se desplomaba contra ella, que seguía rodándolo con las piernas como si fuera una abrazadera de acero. Bella se estremeció, débil e impotente, saciada, exhausta.
Poco a poco, la muchacha comenzó a cobrar conciencia de donde estaba y quien era. Su cuerpo, dócil y flácido, seguía apoyado contra la orgullosa estructura musculosa de Edward. Él le besaba el cuello húmedo, con ternura, mientras la sostenía con los brazos bajo las nalgas. Como si fuera una criatura, la llevo a la cama y la acostó como si se tratara de la sustancia más preciosa y delicada de la creación.
Con fatiga, como si él también hubiera perdido todas las fuerzas, se quitó la camisa y se tendió a su lado.
-Esta noche tampoco hay cena- murmuro, pero no como si lo lamentara.
Con sus últimas fuerzas, atrajo a Bella hacia sí.
-¿Cómo podría dejar que me abandonaras?-susurro y ambos se durmieron.
Se que la semana pasada no se subió el capitulo y como recompensa habrá capitulo doble esta semana y tal vez la próxima semana también porque las hermosisimas fiestas dicembrinas se ponen un poco locas con mi familia así que espero que les haya gustado este capitulo y que lo disfruten al igual que el siguiente... Chauuuu
