DISCLAIMER: La historia no me pertenece, los personajes son de Stephanie Meyer y la trama es de un libro el cual será dicho al final de esta historia, solo me adjudico la adaptación.
Gracias a todos y todas por sus hermosos reviews
Los días de actualización de esta historia son los JUEVES
- Capítulo 8 -
Por la mañana, Bella apenas podía mirarlo a los ojos. La forma en la que Edward la miraba, tan arrogante, tan seguro de sí mismo, le daba deseos de arrojarle un cuchillo. Aparentemente, creía saberlo todo sobre ella, creía tenerla en su poder, que le bastaba mover un solo dedo para que ella le perteneciera.
¡Cuánto deseaba borrarle esa expresión de la cara! Aunque fuese una sola vez, deseaba ver que él no consiguiera lo que creía suyo.
Mientras desayunaban, Victoria Sutherland llamo a la puerta antes de entrar.
-Disculpen-dijo-. Por lo general, a esta hora ustedes ya no suelen estar.
-Ven a comer algo, Victoria- la invito Edward, con una sonrisa presumida y mirando a Bella como si entendiera perfectamente porque ella evitaba sus ojos.
Pero Victoria estaba más interesada en un trozo de muselina desgarrada que una vez fue un vestido y que ella acababa de coser. Rio entre dientes, dirigió a Edward su mirada de reproche y dijo:
-Edward, si piensas tratar así todas mis confecciones, no tengo porque seguir cosiendo.
Edward se pasó la mano por el cabello, echo un vistazo a Bella, que miraba hacia otro lado, y rio.
-Tratare de controlarme. Ahora debo ir a ayudar en cubierta. Al capitán le faltan hombres en este viaje. Aunque- agrego, con una sonrisa- tal vez no me queden muchas energías.
Beso a Bella en la mejilla y salió del camarote.
Victoria lanzo un suspiro como un huracán mientras miraba con ansias la puerta cerrada.
-Si hubiera más hombres como el, podría sentir la tentación de casarme.
Si Bella hubiera conocido alguna mala palabra, la habría usado.
-¿No tienes trabajo que hacer?- pregunto en tono cortante.
La actitud de Bella no amilano a Victoria.
-Yo también estaría celosa si fuera mío.
-¡Él no es…!- empezó a protestar con hostilidad, pero se detuvo-. Edward no es de nadie- dijo al fin, y se dispuso a recoger los platos del desayuno y colocarlos en una bandeja.
Victoria decidió cambiar de tema.
-¿Conoce a ese hombre que viaja en el camarote de enfrente?
-¿Michael Newton? Nos conocimos el otro día, pero eso es todo. ¿Le sucede algo?
-No lo sé, pero hace dos días que vengo aquí a coser su ropa y no he oído ningún movimiento en su camarote. Pensé que tal vez estaría ayudando a los hombres descompuestos.
Bella frunció el ceño y decidió investigar; se excusó ante Victoria y salió.
A pesar de estar habituada al trabajo maloliente de los últimos días, el olor que hallo al abrir la puerta del camarote de Michael la abrumo. La densa oscuridad la hizo detenerse un momento en el umbral, buscando con la mirada al señor Newton.
Al fin, en medio de lo que parecía un montón de trapos sucios, lo encontró acurrucado junto a la ventana, temblando. Se acercó a él y de inmediato advirtió que estaba afiebrado; en sus ojos había un brillo enfermizo y, por los desvaríos que articulaba, supo que deliraba.
Se volvió a oír un ruido en la entrada y vio a Victoria, que contemplaba la habitación con horror.
-¿Cómo puede alguien vivir así?
-Hazme el favor de pedir a Edward que me envié agua caliente- dijo Bella con firmeza-. Dile que envié mucha agua. Y necesitare también unos trapos y jabón.
-Por supuesto-respondió Victoria. No envidiaba en absoluto la tarea que tenía Bella por delante.
….
El sol se filtraba por las ventanas del camarote de Michael Newton y relucía sobre el cabello de Bella, haciendo resaltar los mechones dorados en la penumbra. Iluminaba también su suave y perfumado vestido de muselina y destacaba cada uno de los diminutos pimpollos bordados con hilo dorado. La muchacha sostenía un libro y, al leerlo en voz alta, sus palabras eran tan serenas como la imagen que mostraba ella.
Michael estaba recostado sobre cojines limpios, junto a la ventana, con un brazo en cabestrillo y la camisa blanca abierta en el cuello. Había pasado un mes desde que Bella lo encontrara, solo y enfermo, en su camarote. Con el primer balanceo del barco, Michael se había descompuesto y había bajado a su camarote. Horas masa tarde, se cayó de su litera en forma tal que se fracturo el antebrazo. Dolorido, descompuesto, débil e indefenso, no pudo pedir ayuda. En un intento de retornar a su cama, volvió a caer, y el nuevo dolor le hizo perder el conocimiento. Cuando Bella lo encontró, Michael no tenía idea de que le ensamblaron el brazo, nadie creía que sobreviviría.
Durante todo ese tiempo, Bella nunca se había apartado de él. Limpiaba el camarote, lavaba a Michael, se sentaba a su lado, lo convencía de que bebiera un poco de caldo de carne, le levantaba el ánimo. Michael no era un buen paciente. Estaba seguro de que moriría, de que nunca volvería a ver Inglaterra, de que Norteamérica y sus habitantes serían responsables de su muerte. Pasaba horas enteras relatando a Bella que había tenido una premonición de que esos serían sus últimos días en este mundo.
Bella, por su parte, se alegraba infinitamente de tener una excusa para apartarse de la presencia abrumadora de Edward, de que por una vez en su vida alguien la necesitara, de no sentirse una carga.
-Por favor, Bella- pidió Michael con malhumor-. No leas más. Preferiría que conversáramos.
Movió su brazo herido con una mueca de dolor.
-¿De qué te gustaría hablar? Creo que ya hemos agotado todos los temas.
-Todos los temas relativos a mi vida, querrás decir. Yo sigo sin saber nada sobre ti. ¿Quiénes fueron tus padres? ¿En qué zona de Liverpool vivías? ¿Cómo conociste a ese americano?
Bella dejo el libro a un lado y se puso de pie.
-Tal vez deberíamos subir a dar un paseo por la cubierta. Es un día espléndido, y ambos nos hará bien caminar.
Con una leve sonrisa, Michael bajo los pies al suelo y espero con paciencia que Bella lo ayudara a levantarse.
-Mi misteriosa dama- dijo, en un tono que revelo que en realidad, le agradaba no saber mucho sobre ella.
Llegaron a la cubierta, ella tomándolo por la cintura y el, por los hombros, y la primera persona con quien se encontraron fue con Edward. Bella no pudo evitar el comparar al joven rubio y delgado con su ropa inmaculada y la robustez de Edward, con su ropa que olía a sudor masculino y al aire salado del mar.
-¿De paseo?-observo Edward con cortesía, pero al mismo tiempo levanto una ceja y dirigió a Bella una sonrisa burlona.
Michael asintió fríamente; casi con grosería, y luego impulso a Bella a seguir caminando.
-¿Cómo has podido casarte con alguien así?-dijo cuándo quedaron a solas-. Eres la mujer más dulce y tierna, y cuando pienso que tienes que soportar las atenciones de ese colono enorme e insensible, casi basta para que vuelva a enfermarme.
-¡No es insensible!-protesto Bella-. Edward es…
-¿Es que?- pregunto Michael con gran paciencia. La pregunta quedo sin respuesta. Bella se apartó de Michael, se apoyó en el barandal y, contemplando el agua, se preguntó que significaba Edward para ella. Por las noches la hacía gritar de gozo, y el hecho de que siempre le tuviera lista una tina llena de agua caliente le demostraba su bondad. No obstante, Bella siempre tenía presente que era su prisionera.
-Bella- Dijo Michael-, no has respondido mi pregunta. ¿No te sientes bien? Tal vez estas cansada. Sé que atenderme no es lo más fácil del mundo. Quizás prefieras…
-No- respondió con una sonrisa, pues ya conocía esos argumentos-. Sabes que disfruto tu compañía. ¿Nos sentamos aquí un momento?
Pasó el resto de la tarde con Michael, pero no lograba prestar atención a lo que él decía. En cambio, observaba la agilidad con la que Edward trepaba por el cordaje junto al mástil y arrojaba las gruesas y pesadas cuerdas formando una prolija pila. En varias ocasiones Edward se detuvo y le giño un ojo, siempre consiente de que ella lo observaba.
Esa noche, por primera vez en semanas, Bella llego al camarote antes que Edward. Finalmente llego l y, al verla, se le ilumino la cara y sonrió con felicidad.
Parecía haberse vuelto más atractivo en esas últimas semanas, con el rostro bronceado por el sol y los músculos más duros aun que antes.
-Es bueno verte después de un día agotador. ¿Crees que podrías recibirme con un beso? ¿O acaso se los has dado todos al joven Newton?
La alegría de Bella se esfumo.
-¿Debo aceptar ese insulto sin una palabra? El hecho de que me obligues a mantener esta relación indecente no significa que otro hombre también pueda hacerlo, ni que yo lo intente.
Edward se apartó de ella, se quitó la camisa y empezó a lavarse.
-Es bueno saber que ese cachorro no ha tratado de tomar lo que es mío. No es que pudiera hacerlo, claro, pero me gusta estar seguro.
-¡Eres insufrible! ¡Y no soy tuya!
Edward se limitó a sonreír con confianza.
-¿Quieres que demuestre que eres mía?
-No te pertenezco- replico Bella, retrocediendo-. Se cuidarme sola.
-Mmm…- Edward sonrió y se le acerco. Con sensualidad, comenzó a recorrer con un dedo el brazo de Bella y, al ver vacilar la mirada firme de la muchacha, entrecerró los ojos-. ¿Acaso ese chico puede hacerte estremecer con un solo dedo?
Bella se apartó.
-Michael es un caballero. Hablamos de música y de libros, cosas delas que tú no sabes nada. Su familia es una de las más antiguas de Inglaterra y yo disfruto de su compañía.- Enderezo los hombros-. Y no permitiré que tus celos arruinen mi amistad con él.
-¿Celos?- Edward rio-. Si tuviera celos, seria de alguien que tuviera algo más que ese imberbe.- Se puso serio-. Pero creo que el muchacho empieza a mirarte con otros ojos, y pienso que no deberías verlo tanto.
-¿Qué no debería…? ¿Acaso no hay parte de mi vida que no trates de controlar?- Se calmó y prosiguió-: Soy una mujer libre, y cuando llegue a América pienso hacer uso de mi libertad. Estoy segura de que Michael es la clase de hombre que querría casarse y no trataría de… esclavizar a una mujer.
Con calma, Edward apoyo suavemente una mano en el hombro de Bella.
-¿Realmente te gustaría cambiarme por un chico y un anillo de oro?
Se inclinó para besarla, pero ella se apartó.
-Tal vez me gustaría intentarlo- murmuro-. Los hombres no pueden ser tan diferentes. Si Michael me amara, quizá podríamos ser compatibles en la cama matrimonial.
Edward la aferro por los hombros con brutalidad.
-Si ese chico llega a tocarte, le romperé todos los huesos… y en tu presencia.
Le dio un empellón y se marchó de un portazo.
Bella paso la noche sola. Se resistía a admitir cuanto echaba de menos a Edward, lo sola que se sentía sin sus brazos. Durante toda la noche dio vueltas en la cama, tratando de no llorar, tratando de no tener miedo.
Por la mañana tenia ojeras y, por primera vez, Victoria no le hizo preguntas. Ambas se pusieron a coser en silencio. Cerca de la caída del sol, Michael llamo la puerta y pregunto si Bella desearía caminar con él.
En cubierta, Bella parecía incapaz de ver otra cosa que a Edward, y este nunca la miraba.
Le enfurecía que Edward la ignorara, y en consecuencia volcó toda su atención a Michael, que se quejaba de la duración del viaje y de la comida. Al ver que la mirada de Bella pasaba del desinterés a la adoración, Michael dejo de hablar y la miro.
-Hoy estas más encantadora que nunca- susurro-. El sol arranca a tu cabello un tono dorado rojizo.
Justo en ese momento Edward pasaba cerca de ellos, con un gran trozo de vela sobre el hombro.
-Gracias, Michael- dijo Bella en voz demasiado alta-. Tus cumplidos hacen que una mujer se sienta como una reina. No recuerdo haberme sentido tan halagada.
Si la oyó, Edward no se inmuto; paso a su lado sin siquiera aminorar el paso.
Esa noche volvió a estar sola. Ansiaba demostrar a Edward que no le importaba su abandono. Quería probarle que podía hacer cosas por cuenta propia. Por eso, en el transcurso de los días, comenzó a flirtear con Michael más y más abiertamente, siempre cuando Edward estaba cerca.
Al caer la noche del tercer día, Michael la acompaño a su camarote y, en lugar de la despedida amistosa de siempre, la tomo en sus brazos con ferocidad.
-Bella- le susurro a su oído-, debes saber que te amo. Te amé desde el principio, pero paso todas las noches solo mientras ese… ese animal tiene derecho a tocarte. Bella, mi amor, dime que sientes lo mismo por mí.
Con gran sorpresa, Bella descubrió que el abrazo y los besos de Michael resultaban repulsivos. Lo empujo, tratando de liberarse.
-¡Soy una mujer casada!- protesto.
-Casada con un hombre que no es digno de besar el dobladillo de tu vestido. Mantendremos nuestro amor en secreto hasta que lleguemos, y entonces haremos anular tu matrimonio. No puedes pasar toda tu vida con ese marinero pobre. Ven conmigo, y te construiré una casa como nunca se ha visto en ese atrasado país.
-¡Michael!- insistió, forcejeando-. ¡Suéltame ahora mismo!
-No, mi amor. Si tú no tienes el coraje de decírselo, lo hare yo.
-¡No, por favor, no!
De pronto comprendió que Edward estaba en lo cierto. Ella no quería a Michael, y lo había usado para causarle celos.
Michael la obligo a mirarlo y le cubrió la cara de besos calientes, húmedos y sofocantes, mientras Bella se retorcía tratando de huir.
En un abrir y cerrar de ojos, Michael pareció volar por el aire. Atónita e incrédula, Bella observo como el puño de Edward daba de lleno en la cara de Michael y lo aplastaba contra la pared. Michael cayó al suelo, inconsciente, y Edward volvió a levantar el puño.
-¡No!- grito-. ¡Vas a matarlo!
El rostro de Edward era una distorsión de su semblante habitual. Tenía los ojos enardecidos, negros de furia, y la boca en un rictus de ira. Bella se apartó con temor.
-¿Conseguiste lo que buscabas?- gruño, con el ceño fruncido.
Sin decir más, dio media vuelta y regreso a cubierta.
Temblando, Bella miro a Michael, que empezaba a incorporarse con la nariz sangrante. Su primer impulso fue ayudarlo, pero al ver que trataba de incorporarse comprendió que se hallaba bien, de modo que huyo a su camarote. Una vez adentro, se recostó contra la puerta; su corazón latía con fuerza y las lágrimas empezaron a rodar por sus mejillas. ¡Edward tenía razón! Ella había usado a Michael, había jugado con sus sentimientos, casi había prometido algo que no pensaba dar, y todo por despertar los celos de Edward. Pero a él no podía causarle celos, para él, Bella no era más que una propiedad.
Se arrojó sobre la cama y echo a llorar profunda y sinceramente.
Horas más tarde, sentía la cabeza embotada y le ardían los ojos. Se había dormido llorando, y la había despertado una violenta sacudida del barco. Mientras trataba de entender que sucedía, otra sacudida repentina la expulso de la cama y la hizo caer al suelo, donde se quedó aturdida. La puerta del camarote se abrió y golpeo contra la pared al inclinarse el barco en otra dirección.
En la entrada estaba Edward, vestido con un grueso impermeable con el cabello despeinado y mojado. Se acercó a ella con dificultad por el balanceo del barco y la levanto en brazos.
-¿Te has hecho daño?- grito, y solo entonces Bella se percató del tremendo ruido que había.
-¿Qué ocurre? ¿Naufragamos?- pregunto Bella, y se acurruco contra él, inmensamente feliz de volver a tocarlo.
-Es solo una tormenta- respondió Edward con otro grito-. No hay mucho peligro, porque hace días que nos estamos preparando. Quiero que te quedes aquí, ¿entiendes? Que no se te ocurra subir a cubierta o ir con los otros pasajeros. ¿Está claro?
Bella asintió contra el hombro de Edward y se aferró a él, pensando que tal vez la razón de su ausencia en los últimos días había sido esa preparación para la tormenta.
Edward se inclinó, la dejo sobre la cama, la miro con una expresión que Bella no pudo descifrar y luego la beso, posesivo.
-Quédate aquí- repitió, y acaricio la comisura de uno de los ojos enrojecidos e hinchados de la muchacha.
Con eso se marchó, y Bella quedo sola en el camarote. La soledad se intensificaba su percepción del balanceo del barco. Para no caerse de la cama, se aferró a los costados lo mejor que pudo. El agua empezó a filtrarse por debajo de la puerta y a cubrir el suelo del camarote.
Mientras luchaba por conservar el equilibrio, comenzó a imaginar lo que estaría sucediendo en la cubierta. Si el agua llegaba al camarote, debía de haber otros ya inundados. Su imaginación, siempre activa, empezó a idear un cuadro horrendo. Una vez, cuando Bella era poco más que una criatura, una criada de su tío había recibido una carta que le informaba que su esposo había caído por la borda durante una tormenta, y más tarde un amigo de este había ido a contarle toda la triste historia. Todo el personal de servicio, y también Bella, se había reunido en torno al marinero para escuchar todos los detalles espeluznantes.
Esa historia ya no le parecía tan irreal, pues por encima de su cabeza había olas altas como una casa, olas de una fuerza tal que podían arrastrar consigo a una docena de hombres.
¡Y Edward estaba allí arriba!
La idea la sobresalto. Edward, desde luego, nunca creería que pudiera sucederle algo terrible. Sin duda, estaba seguro de que hasta el mar mismo le obedecería. Por otra parte, él no era un verdadero marino. Era apenas un granjero que, de niño, había estado en un ballenero, y ahora tenía que trabajar a cambio de pasaje.
Una sacudida de especial violencia volvió a echar a Bella de la cama. ¡Edward!, pensó, luchando por levantarse. Tal vez esa ola lo había echado por la borda.
Bella levanto la vista al oír un fuerte crujido de madera. ¡El barco se estaba quebrando! Se aferró con ambas manos al borde de la cama y logro ponerse de pie. Se dirigió a su baúl, que, por fortuna, estaba atornillado al suelo. Tenía que encontrar un abrigo, y después, de alguna manera, llegar a la cubierta. Alguien tenía que salvar a Edward de sí mismo, convencerlo de que regresara a la relativa seguridad del camarote y, si se negaba, alguien tenía que cuidarlo. Si caía por la borda, Bella le arrojaría una cuerda.
….
Ninguna historia que le hubieran contado habría podido preparar a Bella para la intensa ráfaga de viento y aire salado que le calo el cuerpo al abrir la puerta que daba a la cubierta. Necesito todas las fuerzas para abrirla lo suficiente como para poder salir, y luego se cerró de un golpe tras ella. Una ráfaga de roció salado la empapo de inmediato, con lo cual su capa de lana se adhirió con pesadez a su cuerpo.
Aferrada al barandal de la escalera y esforzándose por mantenerse erguida, parpadeo por el agua fría que parecía atravesarla y trato de divisar a Edward. Al principio no lograba distinguir a los hombres de las partes del barco, pero su interés en la seguridad de Edward era más fuerte que el dolor que le causaba la violencia de la tempestad.
Poco a poco sus ojos se adaptaron y, parpadeando deprisa para despejar el agua, distinguió las figuras borrosas de los hombres en medio de la enorme cubierta. Antes de que pudiera decidir cómo llegaría a esa parte del barco, una subidita sacudida la derribo y la hizo rodar por la cubierta. Se golpeó con fuerza contra una madera del barco y se aferró a lo que tenía más cerca; la base de madera de un cañón.
Se alegró al ver que todos los hombres, incluido Edward, estaban sujetos al barco y miraban el mástil que peligraba.
-¡He dicho que suban!- rugió el capitán, con voz más alta aunque la furia del mar.
Bella se enjuago los ojos con el dorso de la mano y vio que los marineros daban un paso atrás. Tardo un momento en comprender que el capitán estaba ordenando que alguien trepara con el cordaje. Pensó decirle cuál era su opinión de esa orden, pero sabía que debía guardar silencio para que Edward no la descubriera allí arriba.
Sin embargo, cuando echo un vistazo a Edward, vio que él ya la había visto y se dirigía hacia ella. La expresión de furia que había en su rostro superaba la furia del mar y, sin pensarlo, Bella se encamino de regreso a la puerta; de pronto su coraje se había esfumado.
Antes de que llegara a dar dos pasos, la enorme mano de Edward la tomo del hombro. No dijo una sola palabra, ni era necesario que lo hiciera, puesto que su cara lo decía todo.
Cuando el barco volvió a sacudirse y otra ola amenazo con volcarlo, Edward la cubrió con su cuerpo y la sostuvo contra el barandal.
-Tal vez te golpee por esto- le grito al oído una vez que el barco volvió a enderezarse.
Entonces los distrajo otro grito, más alto todavía, del capitán:
-¿Es que no hay un hombre entre ustedes?
En ese momento, mientras Edward la aferraba del brazo con una fuerza dolorosa, Bella vio a Michael y supo de inmediato que la había seguido a cubierta. Aun a la tenue luz, a través del roció del mar, vio que tenía la cara mallugada por el puñetazo de Edward. Se miraron un momento y Bella se sintió culpable al ver que Michael sabía que lo había usado, que había hecho el papel de tonto.
Una ola más pequeña golpeo la cubierta e interrumpió el contacto visual entre ambos. Cuando disipo, Bella vio que Michael se había adelantado… pero no la miraba. Caminando lo más erguido que podía dadas las circunstancias, se dirigía hacia el capitán.
Se detuvo frente a Edward y grito:
-¡Yo soy un hombre! ¡Yo subiré por el cordaje!
-¡No!- grito Bella, aferrada del brazo de Edward-. ¡Deténganlo!
Michel se sostuvo de la base del mástil y se volvió hacia Edward. Este pareció entender la muda suplica de Michael y asintió una vez; luego tomo las manos de Bella para retenerla.
Bella forcejeo con Edward. Quería ir hacia Michael, detenerlo, pues sabía que ella era culpable de aquel intento suicida.
Al ver que nada podía hacer, se quedó inmóvil, igual que la tripulación. Edward se ubicó entre el barandal y el sostén de un cañón para sujetar mejor a Bella, pero en ningún momento aparto la mirada de la figura menuda de Michael.
El capitán, aliviado por haber encontrado al fin alguien con suficiente coraje para trepar por el cordaje, gritaba instrucciones a Michael al tiempo que le ataba una cuerda a la cintura. A juzgar por los gestos y por las pocas palabras que se oían, era obvio que Michael debía trepar por el cordaje hasta el primero y más largo penol, avanzar casi hasta la mitad de este hasta quedar suspendido sobre el agua turbulenta y asegurar el penol para que no se rompiera.
Bella no pudo sino ahogar una exclamación de incredulidad, demasiado atónita incluso para protestar. Estaba segura de que veía a Michael encaminarse a la muerte. Con temor, hundió la cara en el pecho de Edward, pero este la obligo a mirar a Michael, que se había detenido en la base del mástil, esperando una última mirada de ella.
La joven levanto la mano a moda de despedida y luego la dejo caer con impotencia. Erguida, con la espalda apoyada en el pecho de Edward, lo observo iniciar el arriesgado ascenso.
De inmediato se hizo evidente la ineptitud de Michael, pues sus pies resbalaban y a menudo perdían apoyo, de modo que quedaba colgado de una sola mano. El viento trataba de arrancarlo, haciéndole soltar las manos y arrebatándole las cuerdas bajo los pies.
Bella se llevó la mano a la boca y clavo los dientes en su propia carne mientras observaba.
Lentamente, con gran dificultad a cada paso, Michael llego al fin al penol. Se aferró a él con ambos brazos y pareció detenerse un momento, vacilante, para descansar o quizás a esperar que pasara la siguiente ola. Cuando el agua se despejo y quienes estaban en cubierta vieron que Michael seguía allí, se oyó un suspiro unánime de alivio.
Cuando el barco volvió a enderezarse, Michael comenzó a avanzar centímetro a centímetro por el penol. Poco antes de llegar al punto en que se estaba quebrando, desenrollo parte de la cuerda que llevaba a la cintura y se llevó un extremo a la boca.
-¡Cuidado!- grito alguien cerca de Bella.
Pero Michael no oyó la advertencia: otra gran ola volvió a aislarlo de los demás.
En la cubierta se oyó el golpe de la ola mezclado con otro sonido: un crujido de madera. Bella contuvo el aliento y espero lo que le pareció una eternidad. Cuando al fin el agua se despejo, levanto la vista con temor hacia el penol al que Michael seguía aferrado con tenacidad. Cuando finalmente pudo ver, sonrió porque el penol seguía intacto.
Sin embargo, su sonrisa duro muy poco, pues pronto vio lo que se había roto: por encima de la cabeza de Michael estaba la cofa mayor, una ancha plataforma que se usaba para montar guardia. De esa plataforma se había desprendido un costado, en parte justo por encima de la cabeza de Michael, y a juzgar por la inmovilidad del joven, parecía haberlo golpeado.
Bella aferro a Edward con más fuerza mientras observaba la figura pequeña e inmóvil de Michael. No tenía idea de que Edward la miraba y advertía el terror que reflejaba el rostro de la muchacha. Bella no tuvo conciencia de nada hasta que Edward la aparto de si, la hizo acuclillarse y sujetarse al pesado cañón.
-¡Quédate aquí!- le ordeno. Luego tomo una cuerda que estaba atada al cabillero y se la arrojo a la cintura.
Una nueva clase de terror se apodero de Bella, un terror tan profundo que le impedía hablar, y sus manos se pusieron blancas por la fuerza con que aferraba el cañón.
Atreviéndose apenas a respirar, observo como Edward subía por el cordaje con manos y pies mucho más seguros que los de Michael, con una agilidad notable para alguien tan corpulento, o quizá fuera que necesitaba todas sus fuerzas para resistirse a la tempestad.
Cada vez que una ola le impedía ver a Edward, Bella se sentía morir un poco. Cuando lo vio llegar al penol, el cuerpo de la muchacha estaba tan rígido como el cañón al que se aferraba.
Cuando Michael se incorporó y miro a Edward, varios de los marineros les gritaron palabras de alientos. Pero Bella no sintió alivio alguno.
Edward y Michael hablaron largo rato hasta que Edward empezó a avanzar. Todos se asustaron más al verlo ir más allá de Michael sobre el angosto penol. Con destreza y rapidez, lo aseguro con la cuerda que llevaba. En dos ocasiones tuvo que detenerse y aferrarse al palo para que las olas no lo arrastraran al mar.
Cuando termino, retrocedió hasta Michael. Este le entrego la cuerda que llevaba atada a la cintura y Edward ato el extremo a la suya. Así quedaron unidos para cualquier destino que les aguardara en el largo descenso a la cubierta.
Durante un momento más siguieron hablando, pues aparentemente Edward trataba de convencer a Michael de que abandonara el sitio al que se aferraba con todas sus fuerzas.
El corazón de Bella casi se detuvo a ver que Edward tiraba de la cuerda para que Michael retrocediera hasta el palo mayor. Era como si Edward tuviera todo el tiempo del mundo, por la paciencia con que esperaba que Michael empezara a moverse.
Lentamente, moviendo un musculo por vez, Michael empezó a retroceder y Edward guio los pies del muchacho hasta el cordaje. Como si se tratara de una criatura, Edward lo ayudo; le coloco las manos y los pies en los lugares adecuados y en un momento lo sostuvo con sus brazos contra el inestable cordaje. Cuando paso la ola, reiniciaron el descenso.
Bella empezó a respirar un poco cuando los vio unos seis metros de la cubierta. Vio que Edward gritaba a Michael, que meneaba la cabeza; volvió a gritarle hasta que Michael asintió. El muchacho empezó a descender solo, mientras Edward lo sostenía con la cuerda y ataba un extremo al cordaje.
Bella se puso de pie y comprendió que Edward se cercioraba de que Michael estuviera a salvo, bien sujeto, de modo que si la siguiente ola lo arrastraba, no se llevara también a Michael.
Con lágrimas en los ojos, Bella observo que Edward, al mirar hacia el mar desde aquella altura, parecía haber visto algo que lo demás no alcanzaban a ver. Edward se enrollo la cuerda al antebrazo; luego entrelazo el otro brazo en el cordaje e impulso con el pie a Michael, cuya cabeza estaba ahora al nivel de los pies de Edward. Michael, inseguro y aterrado, perdió apoyo y su cuerpo menudo cayo durante unos instantes hasta que se detuvo gracias a la cuerda que llevaba atada a la cintura y que sostenía a Edward.
Michael lanzo un grito de terror y Edward comenzó a bajarlo lentamente hasta que los marineros lo recibieron y lo bajaron rápidamente a la cubierta.
Pero los ojos de Bella no se apartaban de Edward, que, en cuanto vio que Michael estaba a salvo, soltó la cuerda, se aferró al cordaje y agacho la cabeza como para protegerse. Bella se apartó del cañón con prisa, pero no pudo dar más que un par de pasos, pues en ese momento los golpeo la mayor de las olas. La cubierta se inundó de agua fría y salada y, como si protestara, el barco amenazo con volcarse.
Bella cayó sobre la cubierta, rodo y fue a dar de lleno contra el cabillero. Sin embargo, a pesar del dolor, solo reparo en otro horrible crujido de madera.
A pesar de la inclinación de la cubierta y de la fuerza del agua, se aferró al cabillero y trato de levantarse. El grito de un hombre y la visión fugaz de un cuerpo arrojado por encima de su cabeza y de la borda no la hicieron desistir. Le costaba respirar y, mucho más, ver, y se esforzó por levantarse la vita hacia el cordaje del que pendía Edward. Si no hubiera mirado con tanta atención, no habría divisado la imagen borrosa de Edward, que en ese momento perdía apoyo y empezaba a caer. Se le trabo un pie en el cordaje y eso lo salvo; parecía aturdido y buscaba a ciegas la cuerda que necesitaba para sostenerse.
Las secuelas de la inmensa ola seguían sacudiendo al bergantín como si fuera un trompo de juguete. Bella seguía aferrada y rezaba mientras Edward se esforzaba por sujetarse. Vio que le sucedía algo, que estaba luchando contra algo más que el mar.
Engancho un brazo en el cabillero, tomo de las cabillas una cuerda gruesa como su brazo y comenzó a avanzar lentamente hacia el pie del cordaje.
A su alrededor, los hombres gritaban y el viento y el agua disfrazaban los sonidos, pero Bella solo veía a Edward, que dolorosamente trataba de descender. Sosteniéndose aún lo mejor que podía, Bella trepo por el cordaje hasta alcanzar el pie de Edward.
Estaba asustada pero sabía que no había alternativa, de modo que le sujeto el tobillo al cordaje con la cuerda. Esta era demasiado larga y gruesa para poder anudarla, por lo que simplemente la arrollo, con la esperanza de que le alcanzara el tiempo antes de que llegara la siguiente ola.
Colgada sobre la cubierta con apenas un trozo de cuerda, no estaba preparada para el golpe de una ola. Entrelazo su cuerpo con la cuerda y se aferró con todas sus fuerzas.
Después de esa ola, Bella estaba demasiado asustada para moverse. Con una mano aferraba el extremo de la gruesa cuerda que había sujetado al tobillo de Edward y tenía miedo de abrir los ojos. Había hecho lo que podía para salvarlo, y no se atrevía a mirar para averiguar si él seguía allí o no.
Le pareció que había pasado largo rato allí, medio sentada y medio suspendida, hasta que oyó gritos. Aun temerosa de abrir los ojos, los mantuvo cerrados con fuerza.
-¡Edward!- oyó gritar desde abajo, bastante cerca de ella.
-¡Señora Cullen!- llamo una voz que solo podía ser la del capitán.
Bella abrió los ojos, nerviosa; aun temía mirar hacia donde Edward podía estar o no.
Más tarde, nadie recordaba quien empezó a reír. Quizá no fuera una situación graciosa, pero los marineros estaban aliviados porque al fin habían dejado atrás la tormenta. Las últimas dos olas habían desviado al barco de su curso y el cuadro que tenían allí arriba les resultaba sumamente entretenido.
Bella, a unos tres metros de la cubierta, estaba prácticamente sentada en el cordaje, con su vestido de muselina empapado y las piernas desnudas entrelazadas en las cuerdas anudadas, abrazando su propio cuerpo con brazos y piernas. En una mano tenía una enorme cuerda sujeta a la pierna de Edward, un hombre que la doblaba en tamaño y que ahora pendía del cordaje como si estuviese durmiendo. Realmente parecía una niñita que conducía a un extraño animal.
-¡Basta de risas y bájenlos!- grito el capitán.
Aletada por las risas de los hombres, Bella se atrevió a mirar hacia Edward y vio que le sangraba la sien.
Cuando tres de los marineros llegaron hasta ella y vieron el estado de Edward, dejaron de reír.
-Usted le salvo la vida- dijo uno de ellos con asombro-. Él ni siquiera sabe que estamos aquí. No habría podido sostenerse si usted no lo hubiera atado.
-¿Estas bien?
-Respira- respondió el marinero, pero no agrego nada más
-No-dijo Bella-. Bajen a Edward primero.
Ahora que comprendían la seriedad de lo que había hecho Bella, los marineros la contemplaron un momento con incredulidad; luego se volvieron respetuosamente, sin mirar las piernas desnudas de la muchacha.
Con cierta dignidad, Bella logro bajar con la ayuda de un marinero. Le sorprendió ver que hasta que altura había llegado por la dificultad que tuvo para descender.
Una vez en la cubierta sólida, siguió a los hombres que llevaban a Edward al camarote. Al pasar frente a la puerta de Michael, uno de los hombres murmuro que el joven caballero estaba durmiendo. Bella solo asintió, pues todos sus pensamientos eran para Edward.
Pronto llego el medico de a bordo y examino la herida de Edward.
-Seguramente lo golpeo la cofa mayor al desprenderse.- El medico miro a Bella con admiración-. Me han dicho que usted lo salvo de caer por la borda.
-¿Se pondrá bien?- pregunto Bella, sin importarle el elogio.
-Nunca se sabe con estas heridas. A veces sobreviven, pero ya no le funciona la mente. Lo único que podemos hacer es darle agua y evitar que se mueva mucho. Lamento no poder ayudarla más.
Bella solo asintió mientras apartaba el cabello húmedo de la frente de Edward. El barco seguía sacudiéndose, pero parecía apacible en comparación con las horas pasadas. Bella se volvió y pidió a uno de los marineros que aún estaban allí que le llevara agua fresca.
Cuando quedo a solas con Edward puso manos a la obra. Primero lo desvistió, lo cual no fue fácil por el peso de su cuerpo inerte. Lo envolvió con mantas secas que saco de un baúl y se detuvo al oír que llamaban a la puerta. Era Victoria.
-Uno de los marineros vino a buscarme. Me conto una loca historia de que usted ato a Edward a la vela. Dijo que Edward estaba herido y que tal vez usted necesitara ayuda. Y le envía esto.
Bella tomo el recipiente con agua.
-No necesitaba ayuda- respondió-. Pero quizá puedas ayudar a los otros pasajeros- agrego, señalando con la cabeza en dirección a la puerta cerrada de Michael.
A Victoria le basto ver el temor que reflejaba el rostro de Bella para comprender que algo andaba muy mal.
-Todos rezamos por el- susurro, y apretó brevemente la mano de Bella.
Otra vez sola con Edward, comenzó a limpiarle la herida. El corte no era largo, pero aparentemente el golpe había sido muy fuerte, pues Edward estaba totalmente inconsciente. Después de limpiarlo y abrigarlo, y al ver que aún no se movía, Bella se tendió a su lado en la cama y lo acuno en sus brazos, con la esperanza de devolverle la vida por pura fuerza de voluntad.
Horas más tarde despertó. Se había dormido de cansancio y sus dientes castañeaban de frio. No había reparado en que aun tenia puesta la ropa mojada. Edward estaba inmóvil, inerte, pálido; su vitalidad habitual había desaparecido.
Bella se levantó con sigilo y se quitó el vestido mojado y frio. Noto, distraída, que en algún momento había perdido su capa de lana y que el vestido de muselina estaba rasgado en varias partes. Pobre Edward, pensó con una sonrisa. Tendría que comprarle un guardarropa nuevo, aun antes de que estuviera listo el primero.
La idea le hizo llevarse la mano a la boca y se le llenaron los ojos de lágrimas. Quizá Edward no llegaría a ver su ropa nueva; quizá nunca despertaría de su sueño. ¡Y todo por culpa de ella! Si no hubiera coqueteado con Michael, este no se habría sentido obligado a demostrar a Edward que era un hombre. Si tan solo… se obligó a pensar en otra cosa.
Se dirigió al baúl y saco un grueso vestido de seda con cordoncillos de color rojo oscuro, con adornos de raso negro en la cintura, el cuello y los puños. Se vistió, regreso junto a Edward y volvió a limpiarle la herida, que aun sangraba un poco.
A medianoche Edward empezó a moverse y agitarse en la cama, y Bella se esforzó por evitar que se lastimara al mover los brazos. Su fuerza no podía competir con la de él, de modo que lo único que podía hacer era subírsele encima, para retenerlo con el peso del cuerpo.
Al amanecer Edward volvió a agitarse y luego pareció mirarse dormido; la mayor parte del tiempo mantenía los ojos cerrados. Cuando la luz del sol empezó a entrar por la ventana, Bella se sentó al borde de la cama, apoyo la cabeza en el hombro de Edward y cayó en un profundo sueño.
Lo que la despertó fue la mano de Edward acariciándole suavemente el cabello. De inmediato se incorporó y lo miro para ver si había lucidez en sus ojos.
-¿Por qué estas vestida?- pregunto Edward con voz ronca, como si eso fuera lo más importante del mundo.
Bella no tenía idea de la rigidez que había mantenido su cuerpo en las últimas horas, pero en ese momento fue tanta la tensión que la abandono que la abandono que de pronto empezó a temblar. Grandes lágrimas acudieron a sus ojos y rodaron por sus mejillas. Edward no solo se pondría bien, sino que además su mente no había sufrido daño alguno.
Edward llevo un dedo a la mejilla de Bella y toco una lágrima.
-Lo último que recuerdo es que oí quebrarse la cofa mayor. ¿Me golpeó la cabeza?
Bella solo pudo asentir, y las lágrimas empezaron a fluir con más intensidad.
-¿Eso fue ayer o anteayer?
-Anteayer- respondió; sentía en la garganta un nudo tan cerrado que apenas podía hablar
Edward esbozó una sonrisa, luego una mueca de dolor, y finalmente otra sonrisa.
-Entonces, ¿esas lágrimas son por mí?
Nuevamente, Bella solo pudo asentir.
Edward volvió a cerrar los ojos, sin dejar de sonreír.
-Valió la pena un golpecito en la cabeza para ver a mi niña llorar por mí- murmuro, antes de dormirse.
Bella volvió a apoyar la cabeza sobre su pecho y dio rienda suelta a las lágrimas. Lloro por todo el miedo que había sentido al ver a Edward subir por Michael, al subir ella después por Edward, y por las horas pasadas sin saber si el viviría o no.
….
Edward era un maravilloso paciente, tanto que Bella quedo exhausta en cuarenta y ocho horas. No tuvo ningún reparo en aficionarse a que Bella lo atendiera y lo cuidara. Quería que ella siempre le diera la comida en la boca, constantemente necesitaba ayuda para vestirse, y pedía que lo lavara con la esponja dos veces por día. Cada vez que Bella le sugería que intentara caminar para recuperar fuerzas, de pronto le aparecía una jaqueca más intensa aún que la que lo aquejaba todo el tiempo y pedía a la muchacha que le aplicara paños fríos en la frente.
Al cuarto día, cuando Bella ya estaba a punto de decirle que mejor se hubiera ido por la borda, alguien llamo a la puerta. Era Michael Newton.
-¿Puedo pasar?
Aún tenía el brazo vendado y un hematoma en la mandíbula.
Con más fuerzas de las que había demostrado en varios días, Edward se incorporó de la cama.
-Claro que puede pasar. Tome asiento.
-No- dijo Michael, sin mirar directamente a Bella-. Vine a darle las gracias por haberme salvado la vida.
Edward observo a Michael por un momento.
-Solo lo hice por vergüenza, porque nos hizo quedar a todos como cobardes.
Los ojos de Michael se dilataron. Recordaba muy bien como se había paralizado sobre el penol y como Edward, paciente aun en medio de la tempestad, lo había puesto a salvo. Pero vio también que Edward no tenía intenciones de contárselo a nadie. Michael enderezo los hombros y esbozó una leve sonrisa.
-Gracias- repitió, pero sus ojos expresaron más que sus palabras. Deprisa, salió del camarote.
-Fuiste muy bueno- dijo Bella, al tiempo que se inclinaba y besaba a Edward en la mejilla.
Edward extendió un brazo con rapidez y la tomo por la cintura.
-Erraste- gruño; la atrajo hacia sí y la beso en la boca.
Bella lo abrazo con deseo. Su cuerpo sabía muy bien cuantos días habían pasado sin más que un contacto fraterno. Se apartó de él y, mientras Edward le mordisqueaba suavemente el labio inferior, emitió una risita grave.
-Hace una hora estabas demasiado débil para dejar la cama.
-Ahora tampoco deseo levantarme, pero no tiene nada que más que ver con la debilidad- respondió, y llevo su mano a la espalda de Bella para quitarle el vestido.
De inmediato, ella se levantó de un salto.
-Edward Cullen, si rompes otro de mis hermosos vestidos, juro que no volveré a dirigirte la palabra.
-No me importa que no me hables- replico Edward, al tiempo que echaba a un lado las mantas y le mostraba que ya estaba más que listo para ella
-Oh, cielos- suspiro Bella, y comenzó a desabrocharse el vestido con más prisa que nunca.
Con júbilo, ya desnuda, se apresuró a meterse en la cama con él. Comenzó a acariciarlo con las piernas y hundió la cara en la suave piel del cuello de Edward. Había esperado mucho tiempo que el regresara a su cama, y estaba tan lista como él. Sin embargo, cuando trato de que Edward se ubicara sobre ella, él se resistió.
-No, mi pequeña enfermera- dijo, riendo entre dientes.
La tomo de la cintura, la levanto como a una muñeca y la coloco sobre su virilidad.
Bella ahogo una exclamación de sorpresa. Tardo un momento en recuperarse, pero cuando Edward la hizo inclinarse y acerco la boca al pecho de la muchacha, la sorpresa se convirtió en gozo. Edward le acariciaba la espalda mientras con la boca excitaba los pechos de Bella. Ella nunca había sentido aquel contacto excitante en tantas áreas al mismo tiempo. Las fuertes manos de Edward volvieron a su cintura y la levantaron, lentamente, antes de volver a bajarla.
Sin pensarlo dos veces, Bella se adaptó al ritmo. Sus fuertes piernas, endurecidas por el constante balanceo del barco, impulsaban su cuerpo hacia arriba y hacia abajo. Pronto descubrió que le agradaba controlar el ritmo, rápido o lento, inclinarse para rozar en pecho de Edward con sus senos, observar como el atractivo rostro de él adquiría una expresión angelical.
Sin embargo, su interés por observarlo se disipo muy pronto y, al aumentar la pasión de Bella, comenzó a moverse más y más rápidamente. Edward la aferro con fuerza y, sin llegar a separarse de ella, la hizo tenderse de espaldas y continúo el movimiento hasta que el delicioso desahogo llego para ambos.
Con debilidad, se desplomo sobre Bella, cubierto de sudor, con todos los músculos relajados. Debajo de él, la muchacha sonrió y lo abrazo con fuerza. Su placer aumentaba al tener control sobre él, al saberse capaz de convertir a alguien tan fuerte como Edward en aquel hombre dócil y sereno.
Sin dejar de sonreír, se durmió.
Nos leemos la próxima semana igual con doble capitulo... Chauuuu
