DISCLAIMER: La historia no me pertenece, los personajes son de Stephanie Meyer y la trama es de un libro el cual será dicho al final de esta historia, solo me adjudico la adaptación.

Gracias a todos y todas por sus hermosos reviews

Los días de actualización de esta historia son los JUEVES

- Capítulo 9-

Bella estaba reclinada sobre los cojines en la angosta litera, débil y temblorosa, mientras Edward le aplicaba compresas frías en la frente. Lo miro con gratitud y sonrió lo mejor que pudo.

-¡Qué momento para descomponerme!-murmuro.

Sin decir nada, Edward continúo auxiliándola.

Bella estaba callada, demasiado débil para moverse.

Personalmente, presentía que aquella indisposición tenía que ver con lo que ocurría en su mente. Claro que no podía mencionárselo a Edward, pero le asustaba mucho la idea de llegar a América, de estar sola en un país extraño con gente que hablaba un idioma que a veces le costaba entender.

Había pasado casi un mes desde la tormenta y, desde entonces, no había hecho mucho, salvo ayudar a Victoria con la costura. Ya no coqueteaba con Michael Newton ni trataba de provocar los celos de Edward. En cambio, había pasado el tiempo con él: comiendo, haciendo el amor y conversando. Descubrió que Edward era un estupendo narrador, y la entretenía con largas historias acerca de sus amigos en Virginia. Le hablo de Emmet y Rosalie MacCarty, de quienes le conto una extraordinaria historia acerca de que Emmet había estado casado con una mujer, una aristocrática francesa, y comprometido con otra. La forma en que Edward lo contaba hizo reír a Bella hasta las lágrimas, especialmente por las travesuras de los sobrinos de Emmet.

Le hablo de su hermano, Jasper, y Bella tardo varios días en comprender que Jaz era un muchacho y no un niño pequeño. En silencio, ofreció una plegaria de apoyo para cualquier persona que tuviera que vivir bajo el dominio de Edward.

Bella lo escuchaba con interés, glosando las historias de Edward con su imaginación. Al imaginar a esa gente, veía casuchas rusticas, mujeres con sencillos vestidos de percal, incluso fumando en pipas de mazorca; a los hombres, los imaginaba como simples granjeros trabajando en los campos. Con una sonrisa de confianza, deseo que aquellas personas no fueran a tratarla como un miembro de la realeza solo por la ropa bella y costosa que llevaba.

Gracias a las historias de Edward y a la fantasía de Bella, que las realzaba, el largo viaje paso volando, y esa semana era la primera en que Bella se preocupaba. No sabía si era esa preocupación lo que le había provocado el vómito o viceversa. Lo único que sabía era que de pronto se hallaba muy indispuesta y débil, tendida en la litera, mirando al techo, con el estómago revuelto.

Edward se había portado de maravillas desde el comienzo de su enfermedad. La había cuidado, le lavaba la cara y se encargaba de que descansara. Incluso había suspendido su trabajo con la tripulación y no la dejaba sola por más de unos minutos.

Bella sabía que todas esas atenciones eran una manera de despedirse de ella. La ropa bonita y esas atenciones de último momento eran la recompensa de Edward por el placer que ella le había dado durante el viaje a América. Ahora podría librarse de ella, volver con su familia y sus amigos, y nunca tendría que volver a verla. Ya no tendría que soportar que coqueteara con otros hombres ni que fuera una persona inútil.

Las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas. ¿Por qué no la había dejado en Inglaterra, donde al menos conocía las costumbres de la gente? ¿Por qué había tenido que obligarla a ir aquel extraño lugar para luego abandonarla como un desecho?

Tenía intenciones de decirle lo que pensaba a él, pero en cuanto Edward regreso al camarote volvió a tener náuseas y olvido su enojo.

-Acabamos de divisar tierra- dijo Edward, mientras la abrazaba y la acunaba contra su pecho cálido y reconfortante-. Mañana a esta hora llegaremos al puerto de Virginia.

-Bien- murmuro Bella-. Tal vez cuando estemos en tierra firme se me pase esta descompostura.

Esa declaración pareció divertir a Edward, que la abrazo con fuerza y le acaricio el cabello.

-Creo que se te pasara pronto.

Las horas siguientes fueron un furor de actividad. Victoria guardo en el baúl los últimos vestidos de Bella, y Edward pago a ella y a las otras mujeres que había ayudado. Hubo lágrimas, cuando Victoria y Bella se despidieron. Victoria planeaba quedarse en el barco y viajar a New York para ver a su familia. Todas las mujeres a las que Bella había ayudado al comienzo del viaje se reunieron y le obsequiaron una manta como para una criatura tejida con un hermoso diseño.

-Pensamos que pronto la necesitara- dijo una mujer, mirando a Edward con picardía.

-Muchísimas gracias- dijo Bella, mas complacida de lo que las mujeres podían imaginar, pues no había manera de decirles que eran sus primeras amigas.

Esa noche permaneció despierta en brazos de Edward, contemplándolo a la luz de la luna. Deseaba que él no hubiera llegado a significar tanto para ella, deseaba poder odiarlo como al principio, o incluso encontrarlo despreciable, pero ahora todo lo que sentía era una abrumadora soledad por su próxima separación: la de aquel hombre de quien había llegado a depender, y las otras mujeres que la consideraban una amiga y no pensaban que era una inservible.

Por la mañana estaba muy callada. Esforzándose por sonreír, de pie en la cubierta, se despidió de sus amigas, que estaban contentas de desembarcar y entusiasmadas por su llegada a casa o a una nueva tierra.

Edward la había dejado sola mientras ordenaba el desembarco de sus pertenencias. Esa mañana, al despertar muy tarde, Bella vio que el barco ya había atracado y que algunas personas desembarcaban. Con un beso rápido, Edward le dijo que estaría ocupado hasta la tarde y le explico que la tormenta los había acercado a América. Como habían llegado varios días antes de lo planeado, nadie había ido a esperarlos.

¡Esperarlos!, pensó Bella con desagrado, mientras observaba a Edward dando órdenes a algunos marineros que apilaban los baúles.

-¿Señora Cullen?

Bella se volvió hacia la tímida voz y hallo a Michael Newton. Parecía más delgado, y sus ojos miraban un punto ligeramente a la izquierda de la cabeza de Bella.

-Quiero desearles lo mejor de todo a usted y su esposo- dijo.

-Gracias- respondió Bella

El rostro de Michael reflejaba todo el miedo que sentía, y Bella deseo que el suyo no fuera tan evidente.

-Espero que a ambos nos guste América más de lo que pensábamos- agrego.

Michael hizo oídos sordos a aquel comentario, que le recordaba las conversaciones que habían mantenido; estaba demasiado avergonzado.

-Diga a su esposo…

No pudo terminar. Tomo la mano de Bella, la beso y la miro a los ojos un momento.

-Adiós- murmuro, y se marchó deprisa por la pasarela.

Conmovida por los sentimientos de Michael, Bella se inclinó sobre el barandal y vio a Edward, que la miraba con el ceño fruncido. La muchacha lo saludo alegremente con la mano y pensó por primera vez que quizá lograra salir adelante sola en ese nuevo país. Después de todo, había hecho amigos en el barco. Tal vez…

Edward no le dio más tiempo para pensar, pues unos minutos más tarde estaba diciéndole que se diera prisa y comiera, que se pusiera ropa resistente, que guardara la ropa en el baúl… en fin, estaba dirigiendo su vida. Bella pensó que él no veía el momento de librarse de ella, y le obedeció con una lentitud que enloquecía a Edward.

-O terminas en dos minutos o te saco de aquí por la fuerza- le advirtió-. Nos espera una carreta, y quisiera llegar antes del anochecer.

La curiosidad de Bella pudo más que el resentimiento.

-¿Adónde vamos? ¿Me… me has conseguido un empleo?

Edward se detuvo, con el baúl a su espalda, y le sonrió.

-¡Te encontré un empleo estupendo! Algo en lo que eres muy buena. Ahora vámonos.

Bella recorrió a todas sus fuerzas para evitar que las palabras de Edward la molestaran. Lo siguió por la pasarela, con la frente alta.

Edward cargo el baúl en el vehículo más feo y desvencijado que ella hubiera visto.

-Lo siento- dijo Edward, riendo, al ver el desagrado de la muchacha-. Te dije que llegamos antes de lo previsto, y eso fue lo único que pude conseguir. Esta noche iremos a casa de un amigo mío, y mañana pediré prestada una chalupa.

Nada de lo que decía Edward tenía sentido para Bella.

Sabía que era un chalupa era una especie de embarcación, pero no tenía idea de para que querría Edward conseguir una. Edward la tomo por la cintura y la sentó en la carreta desvencijada con tanta ceremonia como para el baúl, se ubicó a su lado e hizo ponerse en marcha a los dos caballos de aspecto cansino.

Los campos que atravesaban parecían más agrestes que los de Inglaterra, y el camino era atroz; en realidad, era poco más de una huella. Según, lo comprobaba el castañeo de los dientes de Bella, Edward tropezaba con todos los baches del camino.

Edward la miro y rio entre dientes.

-¿Entiendes ahora porque en general viajamos en barco? Mañana estaremos en una bonita chalupa, sin baches con los que tropezar.

Bella no tenía idea de dónde estaría ella al día siguiente, puesto que aparentemente Edward prefería mantener en secreto la identidad de su futuro patrón. Ella no tenía intenciones de pedirle detalles, pues sabía que solo conseguiría que él la mirara con aquella expresión irritante.

El sol empezaba a ponerse cuando se detuvieron ante la primera casa que vieron: una casita d madera blanqueada, limpia y prolija. A los lados del sendero que llevaba a la casa había flores cuyos pétalos se movían suavemente con la brisa primaveral. La casa era sencilla, pero de mejor calidad que la había esperado Bella.

Edward llamo a la puerta y salió una mujer regordeta y de cabello entrecano que llevaba un delantal de percal sobre su vestido de muselina.

-¡Edward!- exclamo-. Pensamos que sucedía algo. El hombre que enviaste dijo que llegarías mucho antes.

-Hola, Sue- dijo Edward, y la beso en la mejilla-. Si, tardamos más de lo que pensé. ¿El juez ya llego?

Esmeralda rio

-Sigues tan impaciente como siempre. Supongo que esta es la señorita.

Con actitud posesiva, Edward tomo a Bella por los hombros.

-Bella, te presento a Esmeralda.

Bella se sobresaltó por los malos modales de Edward y extendió la mano.

-Encantada de conocerla; señora…

-Solo Sue- respondió la mujer con una sonrisa-. Ahora está usted en Norteamérica. El juez los espera.

Entraron a una habitación agradable, con muebles limpios y bien cuidados tapizados en un tono verde claro, y cortinas al tono. Antes de que pudiera abrir la boca, la presentaron al juez, un hombre alto y casi calvo que no parecía tener mas nombre que el de juez.

Se estrecharon la mano y en un abrir y cerrar de ojos Bella oyó las palabras:

-Queridos hermanos, estamos aquí reunidos en presencia de nuestro Señor…

Confundida, pensando que oía mal, Bella miro a los demás. Sue sonreía a su esposo con aire angelical; él tenía un libro abierto y leía la fórmula de la ceremonia matrimonial. Edward la sostenía de la mano con una expresión asombrosamente solemne.

Bella tardo unos minutos en comprender lo que estaba ocurriendo. ¡Estaban casándola con Edward Cullen, sin siquiera haberle preguntado si estaba de acuerdo! Estaba ante aquellos extraños, vestida con un traje verde oscuro de grueso lino, cansada, con el ceño fruncido de preocupación por su futuro… ¡y la estaban casando! Miro el perfil solemne de Edward y pensó que esta vez había ido demasiado lejos. Cuando fuera a casarse, tendrían que pedírselo antes, y se pondrá su mejor vestido.

De pronto se percató de que todos la miraban. El juez sonrió y repitió:

-Bella, ¿aceptas a este hombre como esposo?

La muchacha miro a Edward con su sonrisa más dulce y romántica y respondió:

-No.

Paso un momento antes de que alguien reaccionara.

Sue emitió una risita que demostraba que estaba al tanto del carácter dominante de Edward, y el juez se apresuró a mirar su libro. Con el rostro encendido de furia, Edward la llevo casi a rastras al vestíbulo y cerró la puerta tras ellos.

-¿Qué demonios significa esto?- gruño, mirándolo muy de cerca.

Bella, involuntariamente, retrocedió un paso y trato de no perder coraje. Ella tenía la razón, y eso estaba a su favor.

-Jamás me preguntaste siquiera si quería casarme contigo. Tampoco me preguntaste si quería venir a América. Estoy cansada de que tomes todas las decisiones por mí.

-¡Decisiones!- exclamo Edward-. Ninguno de los dos tiene que tomar una decisión. El destino lo ha hecho por nosotros.

Al ver la mirada de consternación de Bella, el prosiguió:

-Quisiera sacudirte para hacerte entrar en razón, pero temo hacer daño al bebé.

-¿Bebé?- murmuro Bella.

Edward cerró los ojos un momento, como si rezara pidiendo fuerzas.

-No puedes ser tan ingenua como para no saber que lo que hacemos en la cama puede producir bebés.- Al ver que la muchacha seguía callada, continuo en voz baja-. No habrás creído realmente que esa descompostura que tuviste en las últimas semanas fue por el movimiento del barco, ¿o sí?

Con ternura, le acaricio la mejilla.

-Cariño, llevas a mi bebé en ti, y yo me caso con la mamá de mis hijos.

Estupefacta, Bella no lograba pensar con coherencia.

-Pero ¿y el empleo?- murmuro-. Además, no puedo casarme con este vestido, y no tengo flores, y… y… ¡Oh, Edward! ¡Un bebé!

Edward la tomo en sus brazos y la abrazo con fuerza.

-Pensé que lo sabias. Creí que simplemente no querías decírmelo. Yo tampoco me había dado cuenta, solo que una vez la esposa de mi amigo Emmet vomito justo delante de mí. Me dijo que a muchas mujeres les ocurre eso en los primeros meses. Ahora, amor- prosiguió, tomándola por el mentón-, ¿quieres casarte conmigo?

Al ver que vacilaba, insistió:

-En mi casa podrás trabajar cuanto quieras- dijo, sonriendo-, si lo que quieres es ganarte la vida. En cuanto al vestido, me gustas más sin ropa, de modo que cualquier vestido está bien. Además, solo están Sue y el juez. Y puedo recoger algunas flores del jardín de Sue.

-No- murmuro Bella, esforzándose por contener las lágrimas.

Las palabras de Edward eran muy lógicas. Claro que ella esperaba un bebé, y claro que se casaría con él. No tenía otra opción, ya que sabía que no podía escapar de Edward si llevaba algo que le pertenecía. En cuanto a la ropa, ¿qué importaba? Si podía casarse sin amor, podía hacerlo sin un bonito vestido.

-Estoy lista- dijo al fin, en tono sombrío.

-No es una ejecución- dijo Edward, riendo-. Tal vez esta noche podre compensarte.

Bella se adelantó por el corredor. Sabía que Edward nunca lo entendería. La boda era, supuestamente, el acontecimiento más importante en la vida de una mujer, un momento en que siente que todos la quieren y le desean la felicidad. Durante el resto de su vida ella recordaría aquella ceremonia secreta y triste, rodeada de extraños, cuando se casó no por propia voluntad sino por lo que llevaba en el vientre. Mecánicamente, en el momento adecuado, manifestó aceptar a Edward como esposo e ignoro la mirada curiosa que él le dirigió. Cuando llego el momento de colocarle el anillo, Sue ofreció el suyo, pero Bella se encogió de hombros y respondió que no importaba.

Al final la ceremonia nadie sonreía, y cuando Edward se inclinó para besarla, Bella le ofreció la mejilla. Apenas probó el vino que les ofreció el juez y no hizo ningún comentario cuando Edward dijo que debían marcharse.

Bella se despidió esforzándose por sonreír y mostrándoles su agradecimiento, mientras Edward la ayudaba a subir a la carreta. La tensión del día y la boda (si se la podía llamar así) la habían dejado exhausta. Se desplomo sobre el asiento y Edward la atrajo hacia sí.

-No ha sido una gran boda, ¿verdad?- observo-. No fue algo que una muchacha pueda contar a sus nietos.

-No- respondió Bella simplemente, sin atreverse a decir más para no llorar.

Lo único que quería hacer era dormir; tal vez al día siguiente podría pensar con más alegría en su bebé y en ser la esposa de Edward.

Cuando la carreta se detuvo, Bella estaba casi dormida, y apenas se despertó cuando Edward la levanto en brazos y la llevo por una escalera.

-¿Llegamos?- murmuro.

-Todavía no- respondió Edward con seriedad-. Estamos en una posada. Por la mañana iremos a casa.

Bella asintió y se acomodó contra él. Al menos esa era su noche de bodas. Edward podría no saber cómo debía celebrarse una boda, pero si sabía hacer la mejor noche de bodas que una mujer pudiera imaginar.

Tendida en la cama donde el la dejo, lo oyó subir los baúles por la escalera. Quizá no fuera tan malo estar casada con Edward; al menos, ya no tendría que preocuparse por que la abandonara.

Sonrió al sentir los labios tibios de Edward en su mejilla.

-Volveré en un momento- murmuro Edward, y ella se estremeció-. Descansa, pues lo necesitas.

Al cerrarse la puerta tras él, Bella se desperezo, coloco las manos bajo la cabeza y miro al techo, sin verlo en realidad. Era su noche de bodas. El año anterior se había casado una de las criadas de su tío, y al día siguiente todos la acosaban con bromas; pero la muchacha estaba tan radiante que nada le molestaba. Ahora Bella entendía porque.

De pronto, se incorporó en la cama. Era verdad que esperaba un bebé y que ya no era virgen, pero se sentía como si lo fuera. Con una mirada de adoración hacia la puerta cerrada, pensó en lo bueno que había sido Edward al permitirle ese momento a solas para prepararse. En el viejo vestidor que había en un rincón de la habitación le esperaba una tina con agua caliente, y supuso que Edward había enviado a alguien por delante para preparar su llegada. Incluso le había dejado sobre el tocador las llaves de los baúles.

Deprisa, porque sabía que Edward estaría impaciente en su noche de bodas y tardaría mucho en llegar, abrió su baúl y busco entre la hermosa ropa que habían cosido Victoria y ella. Casi en el fondo había una bata de fina seda con un ligero brillo plateado. Era translucida, sin revelar demasiado. Había estado guardándola para una ocasión como esa.

Se desabrocho con rapidez el vestido de lino, sin pensar en que había sido su traje de boda. Al menos su noche de bodas si podría lucir algo elegante. Se desnudó y comenzó a lavarse, riendo todo el tiempo. Luego se puso la bata y se estremeció de deleite al sentirla sobre su piel. Era suave, acariciante, y se adhería a sus curvas en los lugares correctos. Se acercó al espejo y se sobresaltó un poco al ver como sus pechos levantaban con impudicia la hermosa tela; los pezones rosados eran apenas visibles, pero, de alguna manera, se destacaban. "Si-pensó-. A Edward le encantara esta bata"

Saco del baúl el cepillo con armazón de plata que le había regalado Edward. Se soltó el cabello y lo dejo caer libremente a su espalda. Se alegró de no habérselo cortado nunca como lo habían hecho tantas mujeres desde la revolución en Francia. Se lo cepillo deprisa y corrió a la cama, pues sabía que ya se había demorado bastante. Se sentía tan impaciente seguramente estaría Edward.

Una vez en la cama, adopto lo que supuso era una pose seductora, medio reclinada sobre las almohadas, con un brazo extendido y apoyando apenas los dedos de la otra mano en su hombro. Con lo que esperaba que fuera una expresión sofisticada, miro lánguidamente hacia la puerta.

Era tarde y la posada estaba en silencio, pero cada vez que oía el más leve crujido de madera sonreía al imaginar la expresión de Edward cuando entrara. Cada vez que pensaba en el arqueaba la espalda un poco más, sacando el pecho. No dejaba de recordar las palabras de Jacob al imaginar su noche de bodas con ella, acerca de seguramente lloraría como una criatura. Esa noche sería una seductora, una mujer que sabía lo que quería… y lo conseguiría. Edward se pondría de rodillas, temblando como gelatina, y ella sería su dueña.

Tal vez fuera la posición incómoda de su espalda lo que primero le causo dolor. Luego comprendió que le dolía un brazo y se le había adormecido la cadera. Se movió un poco, bajo el brazo y empezó a salir de su mundo de ensueño. Era una experta en huir de la realidad durante largos lapsos, y se preguntó cuánto tiempo había estado en esa posición.

Miro a su alrededor y vio que no había reloj, y tampoco había luna afuera. La vela prácticamente nueva, situada junto a la cama, había disminuido varios centímetros.

¿Dónde estaría Edward?, se preguntó, al tiempo que echaba a un lado las mantas y se dirigía a la ventana. No creería que ella necesitaba tanto tiempo para prepararse. Hubo un relámpago que ilumino por un instante el patio vacío de la posada. En pocos minutos empezó a caer una llovizna suave, y Bella se estremeció por el aire frio que se filtraba por la ventana.

Volvió a la tibieza de la cama y miro a su alrededor. Se le ocurrió que esa habitación se parecía mucho a aquella en que Edward la había tenido encerrada en Inglaterra. Entonces era su esclava, y ahora era su esposa. Claro que no tenía anillo, y el juez había firmado el papel solo con Edward, pero ella esperaba un hijo de Edward y estaba segura de que el volvería por eso.

La idea de que no volviera le hizo fruncir el ceño. ¿Por qué se le habría cruzado por la mente una idea tan absurda? Edward era un hombre de palabra, y se había casado con ella.

-Un hombre honrado- murmuro para si-. ¿Acaso los hombres honrados secuestran mujeres y las llevan a América contra su voluntad?- Él le había dado razones por las que obligaba a acompañarlo, pero tal vez lo único que quería era alguien que le entibiara la cama en el largo viaje por mar. ¡Y ella sí que lo había hecho! Casi habían hecho arder la cama, y ahora ella llevaba en su vientre el producto de ese fuego.

Empezó a llover más fuerte, y las gotas golpeaban contra la ventana oscura; con la lluvia se acrecentó la desesperación de Bella.

Edward nunca la había querido. Se lo había dicho cientos de veces, incluso cuando estaban a bordo del barco, él había tratado de averiguar su identidad para poder deshacerse de ella. Era igual que Jacob y su tío Aro: ellos tampoco la querían.

Las lágrimas empezaron a caer por sus mejillas a la par que la lluvia. ¿Por qué se había casado con ella? ¿Acaso Edward se había enterado de su herencia? La había llevado a Norteamérica, de inmediato se había casado con ella, y ahora que tenía ese papel y podía reclamar el dinero, ya no quería verla. La había abandonado en un país extraño sin dinero, sin ayuda y, tal vez, con un bebé al que cuidar.

Se echó a llorar con furia, dando puñetazos a la almohada, sacudiéndose por los sollozos. Luego empezó a aquietarse y las lágrimas se volvieron más lentas, a medida que la furia se convertía en desesperanza, y se preguntó por qué no era digna de que la amaran.

Afuera, la lluvia se convirtió en un denso aguacero y, horas más tarde, ese sonido la arrullo hasta que cayó en un sueño profundo. No oyó los primeros pasos por en la escalera, y lo que finalmente la despertó fueron los golpes en la puerta.

Pooooooooooooor fiiiiiiiiiin seeeeee caaaaaasaaaarooon!

Yo se que me comprometi a subir dos capitulos, pero para hacer todos las preparativos para nochebuena y navidad me han dejado sin tiempo... les quiero desear que pasen una bonita nochebuena y una hrmosa navidad, que la pasen con buenas personas en sus vidas.

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