DISCLAIMER: La historia no me pertenece, los personajes son de Stephanie Meyer y la trama es de un libro el cual será dicho al final de esta historia, solo me adjudico la adaptación.

Gracias a todos y todas por sus hermosos reviews

- Capítulo 10 -

-¡Abre esta maldita puerta!- rugió una voz que solo podía ser de Edward. Era obvio que no le preocupaban los demás huéspedes.

Bella sentía la cabeza pesada como un trozo de granito. Trato de incorporarse y miro con los ojos hinchados hacia la puerta que amenazaba con romperse con los golpes de Edward.

-¡Bella!

El grito la hizo volar hasta la puerta. Giro el pestillo y dijo, aturdida:

-Está cerrada con llave.

-La llave esta sobre el tocador- respondió Edward, disgustado.

Apenas había abierto la puerta cuando Edward irrumpió en la habitación… pero Bella casi no pudo verlo, pues estaba detrás de la mayor cantidad de flores que ella había visto en su vida. Como era aficionada a la jardinería, reconoció a muchas de ellas: tulipanes, narcisos, jacintos, lirios, violetas, tres colores de lilas, amapolas, azaleas y unas rosas bellísimas y perfectas. Estaban totalmente desordenadas: algunas colgaban detrás de Edward, delante de él, algunas atadas en ramos, otras sueltas y caídas, algunas cubiertas de lodo; otras ajadas por la lluvia. Aun cuando Edward se detuvo, las flores caían a su alrededor como hermosas gotas de lluvia.

Edward avanzo, con lo cual esparció mas flores y piso algunas, las arrojo sobre la cama y entones Bella vio que estaba cubierto de lodo… y muy mojado.

-¡Malditas cosas!- exclamo, al tiempo que sacaba un ramillete de violetas del cuello de su camisa y lo arrojaba a la cama-. Nunca pensé que podría odiar las flores, pero esta noche quizás he cambiado de parecer.

Al quitarse el sombrero, cayo agua al suelo. Con disgusto, saco tres lirios enanos del sombrero y los arrojo con el resto.

Hasta entones apenas había mirado a Bella, y era tan grande su furia que ni siquiera reparo en la bata ni en el resplandor que provocaba el sol naciente bajo la seda.

Con pesadez, se sentó en una silla y empezó a quitarse las botas, pero antes se levantó y, con una mueca, quito de la silla una rosa con espinas.

-Lo único que pensaba hacer era un simple viaje al norte- explico mientras se quitaba una bota, de la que cayó más agua-. Un amigo mío tiene un invernadero, y vive a unos ocho kilómetros de aquí. Y como una novia debe tener flores, se me ocurrió traerte algunas.

Aun sin mirar a Bella, se quitó la chaqueta empapada y sucia. De ella cayo una cascada de flores aplastadas, a medio deshojarse.

Edward las ignoro con una indiferencia obstinada.

-A mitad de camino empezó a llover- prosiguió-. Pero seguí el viaje, y cuando llegue, mi amigo y su esposa se levantaron de la cama y personalmente me cortaron las flores. Vaciaron todo el jardín y el invernadero.

A continuación se quitó la camisa empapada, y más flores cayeron sobre la pila considerable que tenía a los pies.

-Los problemas empezaron a la vuelta. Al maldito caballo se le salió una herradura, y tuve que caminar por esa tira de lodo que en Virginia llaman camino. No podía buscar quien me lo herrara y perderme mi propia noche de bodas.

Fascinada, Bella no podía sino contemplarlo; con cada palabra de Edward, sus heridas cerraban.

-Entonces empezaron los relámpagos. El caballo se asustó y me arrojo al lodo. Si ese animal vive dos días más, no será porque yo lo permita- amenazo-. Lo habría dejado ir, pero las malditas flores estaban en la montura, de modo que tuve que pasar dos horas en la tormenta buscando a ese animal, y cuando lo encontré ya no tenía la montura.

Con furia, se quitó los pantalones.

-Paso más de una hora hasta que finalmente encontré la montura y estas… - prosiguió, mientras quitaba de sus pantalones lo que quedaba de una peonia, sonreía con desdén y la estrujaba antes de dejarla caer al suelo-. Los sacos se habían roto y no había forma de cargar las flores, de modo que tuve que ponerlas donde pude.

Por primera vez vio a Bella a los ojos.

-Allí estaba yo, un hombre mayor, en medio de una de las peores tormentas del año, llenándome la ropa con estas flores llenas de espinas y olor. ¿Sabes lo imbécil que me he sentido? ¿Y ahora por qué lloras?- dijo, sin pausa y con el mismo tono.

Bella levanto una rosa ligeramente ajada y muy mojada de la cama y se la llevo a la nariz.

-Una novia debe tener flores- murmuro-. Has hecho esto por mí.

El rostro mojado de Edward reflejo perplejidad y exasperación.

-¿Por qué, si no, habría salido en una noche así, en mi propia noche de bodas, por Dios, si no fuera por mi flamante esposa?

Bella no pudo responder; mantuvo la cabeza gacha, con los ojos llenos de lágrimas.

Edward se mantuvo pensativo un momento. Luego se acercó a ella, la tomo por el mentón, le hizo levantar la cara y la observo.

-Has estado llorando mucho- dijo en voz baja-. Pensaste que no volvería, ¿no es así?

Bella se apartó de él y, se dirigió a la cabecera de la cama.

-No, claro que no. Es solo que…

Se volvió a oír que Edward reía entre dientes. Estaba desnudo, de pie, como un dios mitológico rodeado de flores aromáticas, y ella también sonrió. Había regresado a ella, y se había esforzado mucho para darle lo que quería.

Al verla con aquella bata transparente, los ojos de Edward se encendieron de deseo.

-Creo que merezco una recompensa por todo este trabajo, ¿no?-murmuro, extendiendo los brazos a Bella.

De un salto gigante, Bella se lanzó hacia él y lo abrazo con brazos y piernas. Edward la sostuvo, sorprendido.

-¿Cómo pudiste pensar que te dejaría después de todo lo que me ha costado conseguirte?-murmuro, antes de unir sus labios a los de ella.

El contacto de la piel desnuda de Edward, fresca y húmeda entre sus piernas, la hizo estremecerse de placer y Bella aumento la presión de sus piernas hasta amenazar partirlo en dos. Lo único que los separaba era la delgada seda. Bella se froto contra él, con los pechos casi aplastados por el duro pecho de Edward.

Llevo las manos al cabello mojado y entrelazo los dedos en él mientras sus labios marcaban un sendero ardiente sobre los de Edward. Estaba allí, había regresado a ella y era su esposo, suyo para que lo deseara. Con júbilo y una sensación de poder, Bella le mordió el lóbulo de la oreja con demasiada fuerza.

En un abrir y cerrar de ojos se encontró volando por el aire y aterrizo con una explosión de flores de cientos de colores y aromas y un delicado revoloteo de seda. Se quitó dos narcisos de la cara y sonrió a Edward, que estaba de pie junto a ella con las manos en las caderas, los músculos tensos y la virilidad erguida.

-Así es como debe verse una novia.

-Deja de hablar y ven aquí- dijo Bella, riendo y extendiendo los brazos.

Pero en lugar de ir con ella, Edward se arrodillo y le beso los dedos de los pies, uno por uno, excitándolos con la lengua. Su boca ardiente prosiguió hasta la planta de los pies y, mientras pasaba los dientes por el arco, Bella se estremeció al tensarse un nervio en su interior.

Edward rio, con un sonido profundo que se transmitió al pie de Bella, ascendió por la pierna y reverbero en el centro de su ser.

-¡Edward!- exclamo, incorporándose y tratando de alcanzarlo.

Debajo de ella, las flores crujían y liberaban su fragancia. Pero Edward las ignoro; sus labios ascendieron hasta las rodillas de la muchacha, explorando, besando, acariciando.

Bella, lista para él y ansiosa, pensó que la volvería loca al jugar así con sus sentidos. La boca de Edward torturo primero una pierna, y, como si eso no bastara, su mano, tan fuerte y tan sensible a la vez, le acaricio los músculos de la otra pierna hasta que Bella se sintió débil e indefensa. Sin embargo, al mismo tiempo se sentía como una tigresa; quería arañarlo y morderlo, desgarrar a aquel hombre que amenazaba su cordura.

Cuando Edward llego al centro de la femineidad de Bella con manos y labios, la muchacha estuvo a punto de gritar y giro la cabeza hacia un lado y hacia otro, desesperada por lo que él le hacía.

-Por favor, Edward, por favor- rogo.

En pocos segundos él la beso con ardor, pero no más que ella, que parecía querer devorarlo. Cuando la penetro, Bella se arqueo hasta separarse por completo de la cama; lo necesitaba y usaba sus labios para incitarlo a más.

La pasión de Edward era tan grande como la de ella, y su necesidad, violenta. Después de unos pocos movimientos profundos y poderosos, su cuerpo se sacudió y la abrazo con fuerza mientras los espasmos recorrían ambos cuerpos.

Paso un momento hasta que Bella noto que no podía respirar, que Edward parecía querer absorberla, y ella quería que lo hiciera.

Finalmente, Edward disminuyo la presión de sus brazos pero no la soltó, y mantuvo la cara contra el cuello de la muchacha. Bella abrió los ojos y vio una larga hilera de pétalos aplastados que se adherían a la piel sudorosa de Edward. Volvió la cabeza, aspiro profundamente la dulce fragancia y se hecho a reír, mientras extendía una mano, tomaba algunas flores y las arrojaba al aire.

Con una ceja levantada, Edward se incorporó y la miro.

-¿Qué es tan gracioso?- le pregunto.

-¡Flores para la novia!- exclamo Bella con alegría-. Oh, Edward, yo me refería a un ramo, no a todo un jardín.

Edward se inclinó sobre ella, tomo un puñado de flores en cualquier posición y se lo entrego.

-Estoy seguro de que aquí encontraras lo que querías.

Bella salió de debajo de él, rodo sobre las flores, arrojo varias al aire y luego sobre Edward.

-Ella quiera flores- dijo, riendo y remedando la voz de Edward-. Pues bien, le daré flores. ¡Oh, Edward, todo lo que haces es tan… tan grande!- rio, buscando la palabra adecuada-. Lo haces todo tan desmedido, avasallador…

Se sentó en la cama y lo observo, aquel magnifico cuerpo reclinado con indolencia sobre un lecho de flores, y su corazón pareció dar volteretas.

-Tal vez- prosiguió, con voz felina-, no todo en ti sea avasallador todo el tiempo.

Edward aspiro súbitamente y la aferro por la bata, pero lo detuvo con un grito breve y agudo de Bella.

-No te atrevas a romperla- le advirtió, pero se la quitó deprisa antes de que Edward pudiera hacerlo.

-Órdenes y provocaciones- murmuro Edward, estrechando los ojos, mientras se ponía en cuatro patas y comenzaba a perseguirla como un enorme animal salvaje.

Con un chillido de gozo, Bella se apartó y comenzó a bombardearlo con flores mientras el avanzaba lentamente hacia ella. Cuando quedo acorralada contra la pared, levanto las manos en señal de rendición.

-Gentil señor- dijo, simulando temor-. Haces lo que deseéis de mí, pero no me quitéis la virtud.

Con la piel encendida por la perspectiva de la deliciosa acometida de Edward, se sobresaltó cuando el lanzo un sonoro: -¡Maldición!-. Giro la cabeza y vio que Edward se había sentado y se aferraba la rodilla.

-¿Cómo se puede gatear sin lastimarse con estas cosas? ¡Mira esto! ¿Alguna vez habías visto una espina tan grande?

Bella se echó a reír con tantas ganas que creyó que se ahogaría. Edward se quitó la espina de la rodilla, la arrojó al suelo y miro a Bella con furia.

-Me alegra servirte de diversión.

-Edward- escalmo-. ¡Eres tan, tan romántico!

Edward se puso serio por el sarcasmo de la muchacha y su boca se convirtió en una línea reta.

-¿Por qué te habría traído todas estas malditas flores si no fuera por el alma del romanticismo?- pregunto con seriedad.

La pregunta, y especialmente la manera en la había formulado, hizo que Bella lanzara otra carcajada. Tardo varios minutos en comprender que estaba lastimando los sentimientos de Edward. Tuvo que admitir que realmente lo había intentado. No era su culpa si no entendía que a menudo un ramillete de violetas es más romántico que una cantidad de flores suficientes para colmar una carreta. Ella había dicho que quería flores, y él se las había procurado. Edward tampoco tenía la culpa es una espina lo obligaba a interrumpir un encantador juego romántico.

Se incorporó, apoyo una mano en el hombro de Edward y ahogo la risa.

-Edward, las flores son bellísimas. De veras, me gustan muchísimo.

Al ver que él no respondía y que tenía los músculos des cuello rígidos, realmente lamento haber reído. Edward había hecho todo aquello por complacerla, y lo único que ella hacia era reír.

-Apuesto a que puedo hacer que se te pase el enojo- susurro, mientras le mordisqueaba la oreja y con la legua le acariciaba el lóbulo-. Tal vez si te beso la rodilla lastimada, dejara de dolerte- murmuro, bajando con los labios por el brazo de Edward.

-Tal vez- respondió Edward, con la voz muy profunda-. Me gustaría probarlo.

Bella, consiente de la manera en que Edward había tratado de complacerla, quería hacer lo propio. Lo empujo suavemente y descubrió que era masilla en sus manos, y le intrigo su expresión de curiosidad y placer. La fuerza de Edward rindiéndose ante ella le causaba sensación de poder.

Comenzó por la rodilla y, de allí, sus labios ascendieron, seguidos por sus manos, masajeándole la pierna y deleitándose con sus músculos. Cuando llego al centro de su masculinidad, Edward gimió y susurro en nombre de la muchacha. Con un solo movimiento, la subió a la cama. Con los ojos oscuros y encendidos la atrajo a su lado y la penetro en un instante. No tenía la calma de siempre; era un hombre llevado al extremo de su tolerancia y cegado por el deseo.

Su violenta necesidad excito a Bella, especialmente porque sabía que ella la había provocado. Levanto su cuerpo bajo el de él y la penetro con fuerza, tirando de ella, empujándola, poseyéndola.

Cuando al fin la furia acabo con una intensa explosión, Bella quedo débil por la furiosa tempestad que desataban al hacer el amor. Agotados, se durmieron el uno en brazos del otro.

-¡Levántate!- ordeno Edward, dándole una palmada en sus hermosas y firmes nalgas-. Si no nos ponemos en camino, nunca llegaremos a casa de Emmet, y si crees que pasare una noche contigo en la chalupa, te equivocas.

Bella no tenía idea de que hablaba, de modo que, sin ningún comentario, se apartó el cabello de los ojos y se quitó un pétalo de tulipán que se le había adherido a la mejilla.

-Dime, ¿Por qué no pasaras la noche conmigo en un barco?- pregunto con pereza, mientras se incorporaba, aturdida y agotada… pero feliz.

-No es un barco- respondió Edward-, sino un bote pequeño, y seguramente naufragaríamos con tus acrobacias.

-¿Con mis…?- empezó a protestar Bella, tratando de mostrarse ofendida, pero como estaba allí, sentada desnuda en medio de todas aquellas flores aplastadas, con la mejillas encendidas y los ojos adormilados, no podía parecer más que una tentadora.

Edward la miro en el espejo. Su mirada la hizo sonreír y amenazar reclinarse nuevamente en la cama.

-No, no te atrevas- le advirtió Edward, con una expresión amenazadora-. Si no te levantas ahora mismo, me encargare de que en mi casa tengamos dormitorios separados.

La absurda amenaza la hizo reír, pero igualmente se levantó y empezó a lavarse. Se sentía tan bien que no podía hacer nada deprisa. Sin embargo, Edward, en lugar de ayudarle a vestirse, se mantenía a un lado, esperándola con impaciencia.

Cuando al fin estuvo lista, la llevo casi a rastras a la planta baja y a una mesa donde les esperaba un abundante desayuno. Edward ataco la comida como si estuviera a punto de morir de hambre, rezongando por lo bajo porque ya no comía con regularidad y porque ella estaba consumiéndolo en la flor de la vida, pero sus ojos brillaban con diversión.

En un momento, se cargaron los baúles al bote y se pusieron en marcha por el rio James hacia el hogar de Edward, y Bella empezó a acosarlo con preguntas. Antes, se había resistido a ese viaje que no lo había pensado mucho en donde vivía Edward.

-¿Tu granja es muy grande? ¿Tú mismo aras el campo, o tienes empleados? ¿Tu casa es tan bonita como la del juez?

Edward la miro un momento, perplejo, y sonrió.

-Mi… eh… granja es bastante extensa, y tengo algunos empleados, pero a veces aro los campos yo mismo. Yo creo que mi casa es… bonita, pero tal vez me lo parezca porque es mía.

-Y la construiste con tus propias manos- agrego Bella, con aire soñador y una mano colgando al ras del agua.

Tal vez en un país sencillo como aquel, su falta de experiencia en el manejo de una casa no resultara tan desastrosa. Jacob había dicho que sabía que ella no podría manejar su propiedad, y Bella estaba segura de que no se equivocaba. Pero con una casa pequeña como la de Edward, tal vez una o dos habitaciones, podría arreglárselas.

La creciente tibieza del sol y sus pensamientos agradables pronto la adormecieron.

Bastante más tarde, despertó sobresaltada al oír un disparo por encima de su cabeza. Estuvo a punto de caer al agua por el susto; al levantar la vista, vio a Edward con una pistola humeante levantada hacia el cielo.

-¿Te desperté?- pregunto.

Por el entusiasmo que había en su rostro, Bella supo que algo estaba por suceder y no respondió aquella pregunta tonta. Se desperezo y miro a su alrededor mientras Edward volvía a cargar la pistola, pero no vio más que rio y el abundante follaje a ambos lados.

-Estamos cerca de casa de Emmet- explico Edward, y volvió a disparar al aire.

Bella hecho un vistazo a la densa arboleda que los rodeaba y se preguntó cómo alguien podía construir una casa allí, pro en ese instante vio que los arboles desaparecían abruptamente a la izquierda. Había un largo muelle de madera con dos botes, ambos más grandes que aquel en que ellos iban, y al acercarse, se divisaron muchos edificios. Había casas grandes y pequeñas, jardines, campos prolijamente arados, peones por todas partes, caballos, carretas y, en general, mucha actividad.

-¿Tu casa también está en este pueblo?- pregunto Bella mientras Edward maniobraba el bote hacia el muelle. Edward emitió una risita grave que la muchacha no entendió.

-Esto no es un pueblo, es la plantación de Emmet.

Bella no recordaba haber oído esa palabra. Abrió la boca para hacer más preguntas, pero la interrumpieron unas risas infantiles que atrajeron la atención de Edward. Con rapidez, el salto del bote y luego ayudo a Bella a desembarcar, justo a tiempo para levantar en brazos a dos de los niños más hermosos que ella hubiera visto.

-¡Tío Edward!-exclamaron, riendo, mientras él los hacia girar en sus brazos-. ¿Nos has traído algo? El tío Emmet estaba preocupado por ti. ¿Cómo es Inglaterra? Mamá tuvo dos bebés en vez de uno, y tenemos más cachorros.

-Conque mamá, ¿eh?- dijo Edward riendo.

El niño miro a su hermana con desdén.

-Se refiere a Rosalie. A veces cuesta recordar que no es nuestra madre.

Siguiendo de cerca a los niños llego un hombre alto y delgado, de cabello y ojos oscuros, pómulos salientes y una expresión de inmensa alegría.

-¿Dónde demonios estabas?- pregunto, al tiempo que tendía la mano a Edward y luego la abrazaba con gran efusividad.

-¡Me adelante varias semanas, y tú lo sabes muy bien!- respondió Edward-. Nadie fue a recibirme, y tuve que dejar mi equipaje en depósito y alquilar este miserable bote.

Edward señalo hacia el bote con un gesto exagerado, con lo cual Emmet vio a Bella, que estaba en silencio en el extremo del muelle. Pero antes de que el hombre pudiera hacer cualquier pregunta, Edward lanzo un suspiro.

-Aquí esta quien quería ver- fue el comentario de Edward.

Se adelantó deprisa, tomo en sus brazos a una joven muy bonita y la beso efusivamente. Al instante, el otro hombre dejo de mirar a Bella y se volvió hacia los dos. Parecía tratar de dominar alguna emoción.

De inmediato, Edward condujo a la mujer hacia el muelle.

-Quiero presentarte a alguien- decía.

De cerca, la mujer era más hermosa aunque a lo lejos: tenía el rostro en forma de corazón, grandes ojos castaños y boca sensual. Con una rápida mirada de evaluación, Bella vio que tenía un vestido de muselina purpura, con minúsculas cintas verdes bajo el talle. ¡Y ella pensaba enseñar a las americanas cual era la última moda! El vestido de aquella mujer podía lucirse en la corte real.

-Te presento a mi esposa, Bella- dijo Edward, mirándola con orgullo-. Él es Emmet McCarthy y ella, su esposa Rosalie. Y estos bribones son los sobrinos de Emmet, Kate y Garrett.

-Mucho gusto-dijo Bella, perpleja aun por aquellas personas. Distaban mucho de su idea respecto a los norteamericanos.

-¿No quieres pasar a la casa?- la invito Rosalie-. Debes estar fatigada; dudo que Edward te haya dejado descansar demasiado.

Al oír eso, Edward bufo y Bella contuvo el aliento, esperando que no respondiera con una grosería.

Bella se limitó a seguir a Rosalie con docilidad, mientras esta sonreía.

-Es un poco agobiante, ¿verdad?

Bella miraba a su alrededor, tratando de entender en qué clase de lugar se hallaba.

Una mujer robusta y rubia se acercó a ellas a la carrera, con la falda levantada por encima de los tobillos.

-¿Es Edward quien acaba de llegar?- grito antes de estar junto al grupo.

-Sí, y ella es su esposa, Bella. Bella, te presento a Carmen Denali.

-¿Su esposa?- repitió Carmen, sorprendida-. ¡Lo hizo! Ese Edward es una maravilla. Dijo que iba a Inglaterra a buscar una esposa. Querida- dijo, apoyando la mano en el brazo de Bella-, te espera mucho trabajo siendo la esposa de Edward Cullen. Espero que tengas el coraje suficiente para hacerle frente.

Dicho eso, echó a correr hacia el muelle.

Por fin pude terminar y subir este capítulo… ¡Feliz año 2019 atrasado! Este inicio de año ha sido un poco (bastante) caótico en mi vida, pero ya regresamos con todo para terminar esta historia… y próximamente empezar otra.

Dejen su review…