DISCLAIMER: la historia no me pertenece, los personajes son de Stephanie Meyer y la trama es de un libro el cual será dicho al final de esta historia, yo solo me adjudico la adaptación.

- Capítulo 11 –

-¿Quién más vive aquí?- pregunto Bella a Rosalie.

-Bastante gente, en realidad. Hay peones de campo, tejedores, los encargados del corral, jardineros… en fin, toda la gente necesaria para una plantación.

-Plantación…- Bella murmuro aquella extraña palabra. Entraban ahora en una larga hilera de arbustos que ocultaban en parte de los edificios-. Edward dijo que ibas a tener un bebé, y los niños dijeron algo acerca de dos.

Rosalie esbozo una hermosa sonrisa.

-Parece que en la familia de Emmet abundan los mellizos; hace cuatro meses tuve un varón y una niña. Entremos y te los mostrare con gusto.

Delante de ellos apareció una enorme casa de ladrillos, aproximadamente del mismo tamaño que la casa Swan. Bella deseo que su cara no reflejara su estupor. Claro que en América también había gente rica y claro que algunos tendrían mansiones. Era solo que en Inglaterra la gente hablaba de que norteamericana era tan joven que no había tenido tiempo de construir mucho.

En el interior de la casa, las habitaciones eran sorprendentemente encantadoras, amplias, con muebles tapizados en seda, empapelados pintados a mano, retratos en las paredes. Las mesas y los escritorios estaban adornados con flores recién cortadas.

-Pasemos a la sala. Traeré a los niños.

Al quedar sola en aquella habitación, Bella se asombró más aun al apreciar su elegancia. Contra una pared había un escritorio Sheraton con delicadas incrustaciones y, sobre él, un espejo con marco de oro. Enfrente, había un armario alto con libros encuadernados en cuero.

Bella solo había conocido la casa Swan, que, en comparación, resultaba fea y pobre. Allí todo resplandecía, limpio y bien cuidado. No había yeso estropeado, tapizados deshilachados ni superficies gastadas.

Bella aparto su atención de los muebles de la sala cuando entro Rosalie con un bebé en cada brazo. Al principio, Bella no se atrevía a tomar en brazos a ninguno de ellos, pero Rosalie la convenció de que podía hacerlo. En un momento, el niñito le sonreía y le respondía con sonidos, y apenas se percató cuando Edward entro y se sentó a su lado en el sofá. Estaban solos en la habitación.

-¿Crees que nosotros también podríamos tener dos juntos?- le pregunto Edward, mientras tomaba la mano del bebé y dejaba que se aferrara su dedo.

La expresión de Edward al observar al bebé era de pura alegría.

-Realmente deseas un hijo, ¿verdad?- observo Bella.

-Desde hace mucho tiempo- respondía con seriedad, y luego agrego con su brusquedad habitual-: Nunca tuve muchas ganas de casarme, pero si podría rodearme de hijos.

Bella frunció el ceño y pensó preguntarle porque se había cargado con una esposa, pero conocía la respuesta. Edward quería al hijo que ella esperaba. Más adelante, ella le demostraría que servía para algo más que criar hijos. Juntos trabajarían para mejorar su granja. Quizá nunca llegara a ser tan bonita como la plantación McCarty, paro algún día sería muy cómoda.

-¿Qué te parece, Edward?- pregunto Emmet desde la puerta, con evidente orgullo. Kate estaba a su lado, Garret tras él, y un bebé en sus brazos. A Bella le pareció el más feliz de los hombres.

-Emmet- dijo Edward-, ¿Qué resultado te dieron esas vacas nuevas? ¿Se enmoheció el heno del año pasado?

Dado que los dos hombres parecían querer hablar de negocios y ambos estaban contentos con los bebés, Bella entrego a Edward en brazos y se puso de pie, Edward no puso reparos para alzar al niño, a diferencia de Bella, que temía que se le cayera.

-Creo que iré a buscar a Rosalie- dijo, y Emmet le indico dónde estaba la cocina.

Desde afuera, oyó decir a Emmet:

-Es más bonita de lo que pensé que pudieras conseguir.

A lo cual Edward solo respondió con un bufido.

Con la frente alta, Bella atravesó el vestíbulo adornado con flores, salió por la puerta trasera, giro hacia la izquierda y se encamino a la cocina, que estaba en un edificio separado. En la gran habitación todos estaban atareados, y Rosalie, con los brazos cubiertos de harina, lo dirigía todo. Cuando una muchachita dejo caer sin querer una cesta con huevos, con cascara y todo, en un bol con masa, Rosalie no se enfadó. Dos niños, con ropa sencilla pero limpia, pasaron corriendo, y Rosalie atrapo un cubo de leche justo a tiempo para que no se derramara. Aun mientras lo enderezaba, levanto la vista, vio a Bella y sonrió con calidez.

Se limpió las manos en el delantal y se adelantó.

-Lamento haber tenido que dejarte, pero quería que se preparara una buena cena para vosotros.

-¿Esto siempre es así?- pregunto Bella, un poco horrorizada.

-Casi siempre. Hay muchísima gente que alimentar- Rosalie empezó a quitarse el delantal-. Necesito cortar algunas hierbas, y tal vez te gustaría dar un paseo antes de la cena, si no estás demasiado cansada.

-Dormí la mayor parte del viaje- respondió Bella con una sonrisa-. Y me encantaría ver la plantación.

Más tarde, Bella pensó que nada podría haberla preparado para todo lo que le mostro Rosalie. Un hombre les preparo una carreta de dos ruedas y Rosalie la condujo por la plantación, mientras le señalaba cada una de las dependencias. Bella había estado en lo cierto en su primera impresión. La plantación era una especie de pueblo, solo que tenía un solo dueño. Casi todo lo necesario para vivir se hacía, se cultivaba, se pescaba o se cazaba allí. Rosalie le mostro el corral, el palomar, la tejeduría, los establos, la curtiduría y la carpintería, y alrededor de la cocina había un ahumadero, un matadero y un lavadero. Rosalie le mostro las muchas hectáreas de campos de algodón, lino. Trigo y tabaco. Al otro lado del rio había un molino donde molían los granos. Vacas, ovejas y caballos pastaban en áreas separadas.

-¿Y tú manejas todo esto?- pregunto Bella, asombrada.

-Emmet ayuda un poco- respondió Rosalie riendo-, pero, si, es mucho trabajo. No salimos mucho, pero tampoco necesitamos hacerlo puesto que aquí tenemos todo lo necesario.

-Eres muy feliz, ¿verdad?

-Ahora si- respondió Rosalie-. Pero no siempre fue fácil-. Miro hacia el molino, al otro lado del rio-. Emmet y Edward son amigos desde la infancia, y espero que nosotras también seamos amigas.

-Nunca he tenido una amiga- dijo Bella, mirando a aquella mujer que era tan menuda como ella. No tenían idea de lo llamativas que resultaban, Rosalie con su cabello rubio y Bella con el suyo, Castaño oscuros con reflejos dorados rojizos.

-Yo tampoco- dijo Rosalie-. No una verdadera amiga con quien pudiera hablar-. Con una sonrisa agito las riendas y el caballo se puso en marcha-. Algún día, cuando tengamos mucho tiempo, te contare como conocí a Emmet.

Bella se ruborizo, pensando que ella jamás podría contar a nadie como había conocido a Edward. En primer lugar nadie se lo creería.

-Tengo apetito, ¿y tú?- comento Rosalie-. Y creo que mis bebés deben de tener un hambre atroz.

-Y, sin duda, Edward también- agrego Bella riendo.

-¿Es tan joven como parece?- pregunto Emmet, acunando a su hijo en brazos y mirando por la ventana a Rosalie y Bella, que se alejaban en el coche.

-¿Me creerás si te digo que no sé cuántos años tiene? Y eso es algo que temo preguntarle. Imagínate si resultara tener dieciséis.

-Edward, ¿de qué demonios hablas? ¿Cómo la conociste? ¿No pudiste preguntar su edad a sus padres?

Edward no tenía intenciones de confiar esa historia a nadie. Años atrás, cuando el hermano mayor de Emmet, James, vivía, habría podido confiar en él, pero ahora no podía revelar que había secuestrado a su esposa.

Emmet pareció entenderlo, pues había cosas que él también quería revelar acerca de si mismo… y de lo que había ocurrido entre él y Rosalie.

-¿Siempre es tan callada? No quiero ser entrometido, pero parecen una pareja incongruente.

-Sabe defender lo suyo- respondió Edward, sonriendo, con un brillo en los ojos-. A decir verdad, no sé cómo es. Parece cambiar a cada instante. En un momento es una criatura romántica y luego…- Se interrumpió al recordar esa mañana, cuando hacían el amor-. Sea como sea, me resultaba fascinante.

-¿Y Tanya? No creo que se ponga muy contenta cuando se entere de tu matrimonio.

-Puedo encargarme de ella.

Viejos recuerdos, no del todo curados, ensombrecieron los ojos de Emmet.

-Cuida a tu esposa de ella. Una mujer como Tanya se desayuna con bocadillos dulces como Bella. Yo lo sé- agrego en voz baja.

-Tanya no puede hacer, y se lo hare saber. Estaré allí para proteger a mi esposa, y Bella sabe lo que siento por ella. Me case con ella, ¿no es así?

Emmet no dijo más. En una ocasión le habían dado consejos y él no los había escuchado, y sabia con qué facilidad se podían hacer los votos matrimoniales… y quebrantarlos.

Esa noche, cuando Bella se acostó junto a su esposo en la cama con dosel, le conto algunas de sus impresiones del día.

-No sabía que existiera algo así. Es como si Emmet y Rosalie fueran dueños de todo un pueblo.

Edward la atrajo hacia sí.

-Entonces ¿te gusta nuestro sistema de plantaciones?- murmuro, somnoliento.

-Claro que sí, pero me alegra que no haya muchas. No entiendo como Rosalie puede ocuparse de un lugar así. Gracias al cielo, tú no eres más que un granjero pobre.

Al no recibir respuesta, miro a Edward y vio que estaba dormido, sonrió, se acurruco contra él y se durmió plácidamente.

Al día siguiente, la despedida fue sorprendentemente difícil. Rosalie prometió visitara Bella muy pronto y ayudarla en lo que pudiera. Emmet y Edward comentaron la cosecha de ese año, y subieron al pequeño bote y se dirigieron rio arriba.

Bella estaba entusiasmada por ver donde vivía Edward y se preguntó es el lugar sería tan grande, agreste y rudo como él. Esperaba poder refinar su hogar, como esperaba también refinarlo a él.

Después de navegar lenta y plácidamente por un tiempo, llegaron a otro claro en la arboleda. A la distancia se veía un enorme muelle con más barcos.

-No es otra plantación, ¿o sí?- pregunto Bella, acercándose a Edward. Aquello parecía mucho mayor que el hogar de Emmet, de modo que debía de ser una ciudad.

-¡Claro que lo es!- respondió Edward con una sonrisa.

-¿Conoces a los dueños de este sitio?

Al acercarse, Bella vio que aquella plantación parecía una versión aumentada de la de Emmet. Junto al muelle había un edificio tan grande como la casa de Emmet.

-¿Qué es eso?- pregunto.

-Es el depósito del barco y donde se reparan los mismos. También es el almacén de artículos para ser transportados.

Había tres botes pequeños amarrados al muelle, dos barcazas y cuatro chalupas, según indico Edward. Bella vio con sorpresa que Edward dirigía el bote hacia ese muelle.

-Pensé que íbamos a casa- dijo, consternada-. ¿Quieres ver a algún amigo aquí?

Edward salto a tierra y la ayudo a hacer lo mismo antes de que la muchacha pudiera decir otra palabra. La tomo por el mentón y la hizo mirarlo.

-Esto- dijo suavemente, mirándola a los ojos- es mi plantación.

Por un momento, Bella quedo demasiado atónita para poder hablar.

-¿Todo… todo esto?- murmuro

-Hasta la última brizna de pasto. Ahora ven, te mostrare tu nuevo hogar.

Esas fueron las últimas palabras que pudieron compartir a solas, pues inmediatamente llego hasta ellos una multitud. De un edificio a otro resonaban gritos de "¡Edward!" y "¡Señor Cullen!". En ningún momento Edward soltó la mano de Bella mientras estrechaban las manos de cientos de personas que llegaban corriendo de todos los rincones de la plantación. Y a todos la presentaba, explicándole que este hombre era el jefe de carpinteros, aquel era asistente de jardinería, esa mujer era la tercera criada de la planta alta. La lista era interminable, y lo único que Bella podía hacer era saludarlos con la cabeza mientras su mente no dejaba de repetir: "Todos son empleados. Todos trabajan para Edward… y para mí"

En algún momento de las presentaciones, Edward declaro a ese día festivo, y poco después empezaron a llegar los peones de campo para saludarlo. Hombres robustos, musculosos, llegaban riendo y bromeaban con Edward acerca de que seguramente se había enternecido durante el viaje. Bella noto con orgullo que ninguno de los hombres era más musculoso que su marido.

Mientras se alejaban del rio, saludando a más personas por el camino, algunos de los empleados comenzaron a hacer preguntas. Aparentemente, la mitad de la plantación estaba viniéndose abajo.

-¿Dónde está Jazz?- pregunto Edward; caminaba con tanta prisa que Bella tenía que correr para seguirlo.

-Tu tío Thomas ha muerto en Boston, y Jazz tuvo que ir para ocuparse de sus asuntos- respondió un hombre que era supervisor.

-¿Y Tanya?- insistió Edward con el ceño fruncido-. Ella podría haber atendido algunos de esos problemas.

-Perdió unas veinte vacas por una especie de enfermedad- respondió el hombre.

-Edward- dijo otra mujer-, las Backe disponen de nuevos pollos del este. ¿Podrías autorizar el dinero para comprar algunos?

-Edward- dijo un hombre que fumaba una pipa-. Hay que hacer algo con la chalupa más pequeña. Hay que repararla o descartarla.

De pronto, Edward se detuvo y levanto las manos.

-¡Basta! Mañana responderé todas sus preguntas. ¡No!- Sus ojos se iluminaron y tomo la mano de Bella-. Tengo una esposa, y mañana ella se hará cargo las tareas de las mujeres. Carolyn, tu podrás preguntarle por los telares, y tú, Susana, podrás preguntarle por los pollos. Estoy seguro de que ella sabe más de eso que yo.

Bella se alegró de que Edward la tuviera de la mano, pues de no haber sido así, habría dado media vuelta y echado a correr. ¿Qué sabia ella de telares y pollos?

-Ahora- prosiguió Edward- quiero mostrar mi casa a mi esposa, y si me hacen una sola pregunta más, cancelare el asueto- amenazo fingiendo ferocidad.

Si Bella no hubiese estado tan deprimida, habría reído por la prisa con que todos se alejaron, salvo un anciano que estaba de pie en el fondo, muy callado.

-Él es Harry- dijo Edward con orgullo-. Es el mejor jardinero de Virginia.

-Traje algo para la nueva señora- dijo Harry, y le ofreció una flor que Bella no había visto nunca. Tenía una tonalidad purpura que era brillante y suave a la vez. En el centro era una especie de trompa escarolada y, por detrás, tenía grandes pétalos acorazonados.

Bella extendió la mano, casi temerosa de tocarla.

-Es una orquídea, señora- dijo Harry-. La primera señora Cullen se las hacia traer cada vez que los capitanes iban a los mares del sur. Tal vez, cuando tenga tiempo, le gustaría ver los invernaderos.

-Sí- respondió Bella, preguntándose si a ese lugar le faltaría algo.

Agradeció el regalo jardinero y luego siguió a Edward, que seguía caminando en dirección opuesta al rio. Por primera vez diviso ante ellos una enorme casa. Aun desde esa distancia daba la impresión de que la casa Swan y la de Emmet cabrían en una sola ala.

Con visible orgullo por la casa que amaba, Edward le conto que su abuelo la había construido y que todos los Cullen la amaban. Pero cada paso se acrecentaba el temor de Bella. Las responsabilidades de Rosalie le habían parecido abrumadoras, pero ahora deseaba vivir en una casa como la de ella. ¿Cómo haría para manejar aquella casa monstruosa, además de las tareas de Edward esperaba que asumiera? Al llegar a la casa, vio que era más grande de lo que parecía. Tenía una sección central de ladrillos, de cuatro pisos y medio de alto, y dos alas en forma de L a cada lado. Subieron una ancha escalera de piedra y, una vez adentro, Edward empezó a mostrarle la casa.

La llevo a un cuarto azul, uno verde, uno rojo y uno blanco, y le mostro la sala de clases y la habitación del ama de llaves. Los cuartos de depósito eran tan grandes como el dormitorio que tenía ella en la casa Swan.

Con cada habitación (cada una con bellísimos muebles) el miedo de Bella aumentaba cada vez más. ¿Cómo podría ella manejar un lugar de ese tamaño?

Cuando creía haber visto todas las habitaciones que podía haber en una casa, Edward la llevo casi a rastras por la escalera del ala este. Las habitaciones de esa primera planta, que era la principal, superaban por mucho a las anteriores. Había un comedor con una sala contigua para el té de las damas, otra sala para la familia, una biblioteca para los hombres, dos salas para cualquier otra actividad, y un enorme dormitorio con un cuarto infantil contiguo.

-Es el nuestro- dijo Edward, y sin pausa la llevo al salón de baile.

Allí, Bella quedo atónita. Había dicho muy poco desde que entraron a la casa, pero ahora sentía las piernas ya no la sostenían. Se dejó caer sobre un sofá y contemplo el salón en un silencio de estupefacción.

El solo tamaño ya era abrumador. El cielorraso de cinco metros de altura la hacía sentir pequeña, insignificante. Las paredes tenían paneles pintados de celeste pálido, y los pisos de roble estaban impecablemente lustrados. Parecía haber muchos muebles; seis sofás tapizados en raso rosado, innumerables sillas tapizadas al tono, un arpa, un piano, y numerosas mesas colocadas cerca de las paredes, con lo cual quedaba despejado el centro, cubierto con una inmensa alfombra oriental.

-Claro que, cuando tenemos fiestas, quitamos la alfombra- informo Edward con orgullo-. Tal vez quieras ofrecer una fiesta. Podríamos invitar a unas doscientas personas a pasar la noche aquí, y tu e Irina, la cocinera, podrían planear el menú. Te gustaría, ¿verdad?

Era demasiado. Con lágrimas en los ojos y un dolor en el vientre, Bella echo a correr por el salón de baile en dirección a la puerta opuesta. Ni siquiera tenía idea de cómo salir de la casa. Corrió por un largo pasillo, abrió una puerta y entro en un bonito cuarto azul y blanco. No recordaba los nombres de todas las habitaciones, mucho menos su ubicación.

Se arrojó al suelo, apoyo la cabeza y brazos en un sillón azul y blanco y se echó a llorar. ¿Cómo podía Edward hacerle eso? ¿Por qué no se lo había dicho?

En un instante Edward llego a su lado, la tomo en sus brazos y se sentó en el sillón.

-¿Por qué lloras?- le pregunto con tanta inquietud que Bella comenzó a llorar, con más intensidad.

-¡Eres rico!- exclamo, con un nudo en la garganta.

-¿Lloras porque soy rico?- pregunto, incrédulo. Aunque tratara de explicárselo, Bella sabía que él nunca lo entendería. Edward siempre estaba seguro de hacerlo todo bien; jamás se le ocurría dudar de que pudiera lograr alguna cosa. No sabía lo que era ser inútil. Ahora esperaba que ella manejara la casa, las dependientas, los sirvientes y, ya que estaba, ofreciera una fiesta para unos doscientos invitados.

-No puedo ayudarte si no me dices lo que te ocurre- insistió Edward, mientras le entregaba un pañuelo-. No puedes enfadarte porque no soy un granjero pobre.

-¿Cómo…?- sollozo-. ¿Cómo puedo…? ¡Ni siquiera he visto un telar en toda mi vida!

Edward tardo un momento en entender a que se refería.

-No tendrás que tejer tú, solo ordenar a otro que lo haga. Las mujeres te traerán sus problemas y tú los resolverás- dijo-. Es muy sencillo.

¡Nunca se lo haría entender! Bella se levantó de un salto y echo a correr otra vez. Volvió por el pasillo, pasó por el salón de baile y de allí a otro corredor, hasta que al fin encontró su dormitorio y se echó sobre la cama con un revoloteo de faldas de muselinas y enaguas.

A pesar de sus sollozos oyó los pasos lentos de Edward que se acercaba. Se detuvo en la puerta, la observo un momento y decidió que ella necesitaba estar sola. Al oírlo marcharse, Bella se echó a llorar con más fuerza.

Horas más tarde, una criada llamo suavemente a la puerta y le pregunto que deseaba cenar. Bella estuvo a punto de responder "Yorkshire pudding", pero luego comprendió que ni siquiera sabía que comidas había en América. Finalmente, dijo a la muchacha que no tenía apetito y le pidió que se marchara. Tal vez pudiera quedarse en esa habitación para siempre, sin tener que enfrentarse al mundo exterior.

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