DISCLAIMER: la historia no me pertenece, los personajes son de Stephanie Meyer y la trama es de un libro el cual será dicho al final de esta historia, yo solo me adjudico la adaptación

- Capítulo 12 -

A pesar de la primera impresión de Bella acerca de lo difícil que era dirigir una plantación, distaba mucho de la realidad. Edward se levantó antes del amanecer y, en pocos minutos, había mujeres en la habitación que comenzaron a hacer preguntas a Bella. Al ver que ella no tenía idea de las respuestas, comenzaron a mirarse de soslayo. En un momento, una de las criadas murmuro algo acerca de cómo un hombre como Edward había podido casarse con alguien como ella.

Y por todas partes oía el nombre de Tanya.

Una tejedora le mostró diseños que le había dado Tanya. Un jardinero plantaba bulbos de la señorita Tanya. En el cuarto azul hallo vestidos que pertenecían a la señorita Tanya, que a menudo se hospedaba allí.

Durante la cena, pregunto a Edward por esa mujer, pero él se limitó a encogerse de hombros y explico que era una vecina. Después de tanto tiempo lejos de su plantación, estaba atiborrado de trabajo. Aun durante las comidas revisaba papeles con sus dos ayudantes, cifras de bienes recibidos y bienes expendidos. Bella no quería agotarlo más hablándole de sus problemas.

Un día, el mundo de Bella se detuvo en seco. Edward había regresado para cenar deprisa y le hablaba con la boca llena acerca de la llegada de un nuevo barco desde Inglaterra. En ese momento lo sobresalto el sonido de los cascos de un caballo en el camino de ladrillos. Se oyó el chasquido de un látigo seguido por un agudo relincho, y Edward se dirigió a la ventana, deprisa.

-¡Tanya!- rugió-. Si vuelves a golpear a ese caballo, te daré a ti con ese látigo.

Una risa profunda y seductora pareció llenar el comedor.

-Mejores hombres que tú lo han intentado, mi amor…- respondió una voz femenina, y luego se oyó otro chasquido y otro relincho.

La casa entera tembló cuando Edward bajo la escalera.

Bella con los ojos dilatados, dejo la servilleta sobre la mesa y se dirigió a la ventana. Abajo había una rubia bellísima que llevaba un traje de montar verde esmeralda sobre su atractiva figura. Sus pechos grandes y prominentes, su cintura pequeña y sus caderas redondeadas hicieron que Bella mirara sus propias curvas leves.

Pero en un instante volvió a mirar a la mujer que montaba a su semental negro que corcoveaba, furioso, en el patio. La mujer parecía controlar con facilidad a aquel inmenso animal. Miraba hacia el frente de la casa y, al ver aparecer a Edward, volvió a reír y levanto el látigo.

En pocos segundos Edward dio un salto y le arrebato el látigo levantado, pero la mujer clavo sus talones al caballo y lo hizo retroceder. En ningún momento perdió el equilibrio no la confianza cuando el animal levanto las patas delanteras, y cuando volvió a bajarlas ella amenazo con volver a clavarle los talones.

Pero Edward fue más rápido que ella. La tomo del brazo con una mano y, con la otra, las riendas. Por un momento forcejearon; la risa de la mujer llenaba el aire, como si fuera la luz de la luna en pleno día. Era una mujer alta y fuerte, y con la fuerza del caballo era un excelente rival para Edward.

Cuando al fin Edward logro que ella se apeara, lo hizo abrazándose a él y rozando con sus pechos la cara y el pecho de Edward. Luego abrió la boca y lo beso de modo tal que, desde la posición de Bella, parecía querer devorarlo.

Bella no pensó que pudiera bajar de la escalera con tanta rapidez, pero al llegar abajo, el beso apenas terminaba.

-¿Aun piensas darme con el látigo?- pregunto Tanya, en un tono lo suficientemente alto para que Bella alcanzara a oírla-. O tal vez pueda convencerte de usar algo más pequeño… muy poco más pequeño, si mal no recuerdo- agrego, al tiempo que frotaba se cadera significativamente contra la de él.

Edward la tomo por los brazos y la aparto.

-Tanya, antes de que sigas haciendo el ridículo, creo que deberías conocer a alguien-. Se volvió, aparentemente consciente de donde estaba Bella-. Te presento a mi esposa.

Muchas expresiones pasaron por el rostro de Tanya. Las cejas arqueadas se juntaron y sus ojos azules se encendieron. Las aletas de su nariz patricia se inflamaron, y sus labios sensuales asumieron un rictus. Parecía a pinto de decir algo, pero calló. Miro a Edward y le dio una bofetada que resonó contra la inmensa casa. En pocos segundos volvió a montar, tiro con fuerza de las riendas y dirigió el caballo hacia el este, golpeándolo salvajemente con el látigo.

Edward observo un momento, mascullo algo como "No tiene derecho de tratar así a los animales", apretó la mandíbula lastimada y se volvió hacia su esposa.

-Era Tanya Denali, nuestra vecina más próxima.

Con esa serena declaración pareció poner punto final al episodio.

Bella, paralizada y rígida, vio la vivida impresión de la mano de Tanya en la mejilla de Edward cuando él se inclinó para besarla.

-Te veré esta noche. ¿Por qué no te acuestas un rato? Estas algo pálida. Queremos un bebé sano, no lo olvides.

Dicho esto, hizo una señal a su ayudante que estaba detrás de Bella, para que lo siguiera, y se dirigió hacia el ala oeste de la casa, su oficina.

Bella tardo un largo rato en recuperarse lo suficiente para volver a la casa. Durante todo el día la acoso el recuerdo de la altiva y esplendida Tanya. En dos oportunidades se detuvo ante un espejo y se observó: sus ojos grandes, su delgadez y su aire general de dulzura. Tanya Denali no tenía nada de dulzura. Hundió las mejillas y trato de imaginarse más sofisticada, con una belleza superior, pero se dio por vencida con un profundo suspiro.

En los días siguientes comenzó a prestar atención cada vez que se mencionaba el nombre de Tanya y descubrió que durante años se había dado por sentado que Edward se casaría con ella. Durante la ausencia de Edward y Jazz, Tanya manejaba la enorme plantación además de la propia.

Con cada palabra que oía, Bella tenía cada vez menos confianza en sí misma. ¿Acaso había frustrado aquel matrimonio al toparse con Edward aquella noche en el puerto? ¿Por qué Edward se había quedado con ella, sino porque esperaba su bebé? Cuando intento plantear esas dudas a Edward, él solo rió. Estaba demasiado ocupado con la siembra de la primavera para poder hablar mucho y, cuando quedaban a solas, las manos de él sobre su cuerpo le hacían olvidarlo todo.

Una semana después de la visita de Tanya, Bella estaba en el corredor del ala este, aborreciendo la idea de ir a la cocina. Era hora de examinar el menú de la semana siguiente… y de enfrentarse a Irina, la cocinera. La mujer había experimentado una instantánea antipatía hacia Bella, y todo el tiempo mascullaba por lo bajo. Una de las criadas menciono que Irina estaba emparentada con la familia Denali y, desde luego, había pensado, como todos los demás, que Edward se casaría con Tanya. Finalmente, Bella se armó de coraje y se dirigió a la cocina.

-Ahora no tengo tiempo de hacer nada mas- dijo Irina antes de que Bella pudiera hablar-. Acaba de llegar un cargamento de hombres y tengo que darles de comer.

Bella se negó a amilanarse.

-Me parece perfecto. Solo tomare una taza de té y en otro momento podemos ver el menú.

-Nadie tiene tiempo para preparar té- replico la cocinera, con una mirada de advertencia a sus tres jóvenes ayudantes.

Bella enderezo los hombros y se dirigió hacia la olorosa y humeante estufa de hierro que había contra una pared.

-Puedo hacerlo yo misma- dijo, con lo que esperaba fuera un tono de desprecio, disimulando que no tenía idea de cómo se preparaba una taza de té.

Se volvió apenas para mirar a la cocinera con odio y, con una sonrisa desdeñosa en los labios, levanto la tetera.

La sonrisa se esfumo al instante; Bella grito, dejo la tetera caliente y tuvo que retroceder de un salto para no salpicarse con el agua herviente. Detrás de ella se oyó la risa maliciosa de la cocinera, y lo único que pudo hacer Bella fue contemplar con impotencia su mano quemada.

-Tome- dijo una de las criadas con amabilidad mientras aplicaba mantequilla fresca en la mano de Bella-. Déjese esto puesto y vaya a sentarse. Yo le llevare su té.

Dijo la última frase en un susurro, señalando a la cocinera.

En silencio y con la cabeza gacha, Bella salió de la cocina, con los dedos extendidos y la mantequilla derritiéndose sobre su calor palpitante. Quería ir directamente a su dormitorio, pero un joven le informo que alguien la esperaba en la sala. Bella estaba preguntándose cómo podría escapar cuando Tanya apareció en la escalera, radiante, con un vestido azul.

-¿Qué te has hecho pequeña?- pregunto, bajando la escalera deprisa-. Seth, trae vendas a la sala, y que Irina nos envía té. ¡Con jerez! Y dile que quiero un poco de su pastel de frutas.

-Sí, señora- respondió el joven, y se alejó deprisa. Tanya tomo a Bella por la muñeca y la ayudo a subir la escalera.

-¿Qué hiciste para quemarte tanto?

Con el orgullo herido como la mano, Bella se alegró de tener la compasión de Tanya.

-Levante la tetera caliente- respondió, avergonzada. Sin inmutarse, Tanya la condujo a un sofá. En un instante apareció una criada que Bella estaba segura de no haber visto jamás, con vendas y paños limpios.

-¿Y dónde has estado tú, Sally?- le pregunto Tanya con severidad-. ¿Siempre tratando de salvarte del trabajo?

-No, señora. Todas las mañanas ayudo al ama, ¿no es cierto, señora?- dijo, mirando a Bella con descaro.

Bella no respondió. Había conocido a demasiada gente en las últimas semanas.

Tanya tomo las vendas.

-¡Sal de aquí, embustera! Y ten cuidado, o haré que Edward me traspase tu contrato.

Con una expresión de terror, la criada se marchó. Tanya se sentó en el sofá, junto a Bella.

-Ahora déjame ver tu mano. Realmente te has quemado mucho. Debiste sostener la tetera bastante tiempo. Espero que hables con Edward sobre los sirvientes. Él les deja hacer lo que quieran, y por eso se creen dueños de esta casa. Es por eso que desde hace tanto tiempo Edward pensaba en casarse. Necesita una mujer fuerte que pueda ocuparse de un establecimiento tan grande.

Mientras hablaba, vendaba con ternura la mano de Bella. Cuando termino, regreso Seth con una enorme bandeja: con un exquisito servicio de té georgiano, una licorera de cristal con jerez y dos copas, y una asombrosa variedad de bocadillos y emparedados.

-Irina no se esmeró mucho- observo Tanya, examinando la bandeja con desdén-. Quizá ya no me considera una visita. Dile-ordeno a Seth- que pasare a hablar con ella antes de marcharme.

-Sí, señora- respondió Seth con una reverencia, y salió de la habitación.

-Ahora bien- prosiguió Tanya con una sonrisa-, yo serviré, pues tú no podrás hacerlo con esa mano.

Con la mayor facilidad, Tanya sirvió el té, le añadió una buena medida de jerez y eligió un bocadillo para Bella.

-En realidad, he venido a disculparme- dijo, al tiempo que se servía jerez y hacia a un lado el té-. No imagino lo que abras pensado de mi imperdonable grosería la semana pasada. Estaba demasiado avergonzada para regresar y pedirte que me recibieras después de lo ocurrido.

A Bella le agrado la humildad de aquella impotente mujer.

-Yo… deberías haber venido- respondió.

Tanya aparto la vista y prosiguió.

-Verás, Edward y yo hemos estado muy unidos desde niños, y todos daban por sentado que algún día nos casaríamos. Por eso me sorprendí mucho cuando te presento como su esposa-. Miro a Bella con ojos suaves y suplicantes-. Lo entiendes, ¿verdad?

-Por supuesto- murmuro Bella.

¡Cuánto se parecían Tanya y Edward, ambos tan seguros de sí mismos! Eran los soberanos del mundo.

-Mi padre murió hace dos años- continuo Tanya, con tanto dolor en la voz que Bella se apiado de ella-. Desde entonces, dirijo sola mi plantación. Claro que es mucho más pequeña que esta, pero ya es bastante.

Bella pensó, consternada, que tenía ante sí a una mujer capaz de dirigir toda una plantación, mientras que ella ni siquiera sabía preparar una taza de té. Al menos había una cosa que sí sabía hacer bien. Sonriendo, bajo la cabeza y dijo:

-Edward espera que nuestros hijos lo ayuden con la plantación. Claro que aún falta mucho tiempo para eso, pero éste ya tiene un buen comienzo.

Al notar que Tanya no respondía, Bella levanto la vista y vio fuego en sus ojos.

-¡Así que por eso Edward se casó contigo!- exclamo, con una voz que provenía de lomas profundo de su ser.

Bella la miro, atónita.

-¡Perdóname otra vez!- pidió Tanya, al tiempo que apoyaba una mano en la muñeca de Bella-. Parece que nunca digo lo correcto. Es solo que me intrigaba el motivo, puesto que estábamos prácticamente comprometidos. Claro que Edward es tan honrado que se habrá sentido obligado a casarse con una mujer que esperaba su hijo. ¿Sabes?- agrego, riendo-, no sé cómo no se me ocurrió. Tal vez si… bueno, si me hubiese dejado encinta, se habría casado conmigo… ¡Oh, cielos! Otra vez lo he hecho. De ninguna manera quise insinuar que estuvieras encinta antes de casarte con Edward. Por supuesto que no.

Se puso de pie y Bella hizo lo propio.

-Ahora debo irme- dijo Tanya-. Parece que hoy no digo nada correctamente-. Palmeo la mano de Bella-. Estoy segura de que Edward se enamoró de ti y por eso te eligió. No estamos en la Edad Media. Los hombres se casan por elección y no porque las mujeres se queden embarazadas. Claro que Edward siempre dijo que quería tener hijos, pero no soportar una esposa autoritaria. Aunque tú, mi dulce niña, nunca podrías ser autoritaria. Ahora si debo marcharme. Espero que seamos muy buenas amigas. Tal vez pueda ayudarte a conocer los gustos de Edward. No olvides que nos conocemos desde siempre.

Beso el aire junto a la mejilla de Bella y dio media vuelta.

-Ordenare que retiren la bandeja- dijo, con una sonrisa-, así tu dulce cabecita no tendrá que preocuparse por eso. Ve a descansar y cuida a ese bebé que Edward desea con tanto ahínco.

Salió de la habitación y Bella se desplomo sobre una silla, sintiéndose como si acabara de salir de una tormenta. Pasaron varios minutos hasta que comenzó a pensar en las palabras de
Tanya. ¿Elección? Edward no la había elegido: ella se había topado con él. La habría liberado con gusto, pero ella se negó a darle el nombre de su tío. ¡Honor! El honor de Edward le había impedido dejarla en la calle y, más tarde, ese mismo honor lo había llevado a casarse con ella. ¿Qué había dicho en la boda? Él se casaba con la madre de sus hijos.

¿Acaso lo había obligado? Era obvio que ese matrimonio no tenía nada que ver con el amor. ¿Cómo podía un hombre como Edward amar a una chiquilla que ni siquiera sabía preparar una taza de té sin quemarse?

Pasaron los días, y Bella se atrasaba cada vez con sus tareas. Los sirvientes parecían divertirse cambiando diariamente de turnos. Cuando Bella les hablaba, respondían con insolencia, y llego un momento en que ella apenas salía de su habitación.

Edward llegaba a la casa, la levantaba en brazos y le hacía cosquillas hasta que la tristeza abandonaba su rostro. Siempre le preguntaba que ocurría. La invitaba a pasear por la plantación y la muchacha iba, avergonzada por lo mucho que necesitaba su protección. Nunca podría admitir lo sola que se sentía en ese país.

Edward jamás se quejaba por su falta de autoridad, y nadie se atrevía a ser insolente con él, pero sí notaba que algunas áreas de la plantación no estaban bien supervisadas. Un día, Bella le oyó gritar a los peones del corral, preguntándoles porque estaban atrasados con su trabajo.

Tanya la visito dos veces, y cada vez hablaba con Bella con amabilidad, pero luego atacaba al personal de servicio por su negligencia. Cuando se marchaba, Bella se sentía agotada y más inútil que nunca.

No hablaba con Edward acerca de sus problemas con el personal ni de lo mucho que lloraba durante el día. Una tarde, mientras Bella estaba en la biblioteca tratando de concentrarse en un libro, entro Edward.

-¡Ah, aquí estas!- exclamo, sonriendo-. Pensé que habías desaparecido.

-¿Sucede algo?

Sobre la ropa, llevaba un impermeable como los de los marineros del barco.

-Se avecina una tormenta. Un rayo ha derribado parte de una cerca, y han escapado unos cien caballos.

-¿Iras a buscarlos?

-Si, en cuanto llegue Tanya.

-¿Tanya?- cerró el libro-. ¿Qué tiene ella que ver con los caballos?

Edward rió al ver la expresión de Bella.

-Algunos le pertenecen. Además, cabalga más rápido que la mayoría de los hombres del condado. El hecho es, mi pequeña esposa, que la necesito.

Bella se puso de pie y lo miro.

-Pero ¿Qué puedo hacer yo?

Edward la miro con indulgencia y la beso en la nariz.

-En primer lugar, no preocupar tu hermosa cabecita; en segundo lugar, cuidar a mi niño; y por último, pero esto es lo más importante, entibiar mi cama.

Dicho esto, se marchó.

Por un momento, Bella se quedó dónde estaba. Su primer impulso fue llorar, pero estaba harta de hacerlo. No estaba dispuesta a quedarse sentada, sola, y cuidar al hijo de Edward. La vida tenía que ser algo más que el solo hecho de vivir por unos pocos instantes a solas con un hombre al que solo le importaba lo que ella llevaba en su vientre.

Cuando Edward realmente quería algo, buscaba a la mujer quien siempre había recurrido: Tanya. Ella, con su orgullo y su arrogancia: con su seguridad de poder hacer cualquier cosa en el mundo.

Sin pensarlo más, se dirigió al dormitorio y empezó a hacer el equipaje. La idea de hacer algo, cualquier cosa, le hizo darse prisa. En el tocador había un estuche con un brazalete de zafiros y un par de pendientes de diamantes. Habían pertenecido a la madre de Edward, y él se los había obsequiado a Bella. Vacilo solo un m omento y luego los guardo también en la maleta.

Se puso una gruesa capa, se dirigió a la puerta, se cercioro de que nadie la viera y se encamino a la escalera. Antes de bajar, se detuvo para contemplar lo que alguna vez fuera suyo. ¡No! Nunca había sido suyo. Con renovada decisión, regreso corriendo a la biblioteca y escribió deprisa una nota para Edward, en la cual le decía que se marchaba y que él quedaba en libertas para tener a la mujer que amaba. Luego abrió un cajón y vacío en su bolsillo el contenido de una caja de monedas.

Fue fácil salir de la casa sin ser vista. Los sirvientes estaban ocupados asegurando las ventanas y las puertas en preparación para la tormenta que se olía en el aire como lana mojada. La casa daba al rio, pero por detrás de ella había un sendero escabroso que, según Edward, era un camino. La mayoría de los virginianos se trasladaban por agua, y Bella decidió tomar el sendero para evitar que la descubrieran.

Camino durante una hora. El aire estaba pesado por la tormenta y, finalmente, comenzó a llover. El sendero se cubrió de un lodo que se adhería a los zapatos y dificultaba mucho la marcha.

-¿Quiere que la lleve, jovencita?- pregunto alguien. Bella se volvió y hallo una carreta conducida por un anciano.

-No hay mucha protección de la lluvia, pero es mejor que caminar- insistió el hombre.

Bella le tendió la mano, agradecida, y el la ayudo a subir.

Tanya entro a la casa como un huracán, con la ropa empapada y el cabello convertido en una maraña desaliñada. "¡Maldito Edward!- pensó-. ¡Me manda a buscar como si yo fuera un peón para ayudarlo con los caballos, mientras esa inútil de su esposa se queda en casa!". No pasaba un día sin que recordara aquella horrible mañana en que se había encontrado a solas con él.

El día anterior, había ido a saludarlo a su regreso de Inglaterra, esperando que la llevara a su cama, como de costumbre, pero en cambio había presentado a esa niña descolorida como su esposa. A la mañana siguiente Tanya se enfrentó a Edward y exigió saber qué demonios creía él que estaba haciendo. Edward no dijo mucho hasta que ella empezó a enumerar los defectos de Bella… de todos los cuales se había enterado a detalle por Irina, su prima.

Edward levanto la mano para golpearla pero se contuvo a tiempo. Con una voz que nunca se le había oído, le dijo que Bella valía dos veces más que ella y que no le importaba que su esposa no pudiera dominar un ejército de sirvientes. Dijo también que si Tanya quería ser bienvenida a esa casa debería pedir disculpas a Bella.

Tanya había tardado una semana en tragarse su orgullo y acudir a aquella tonta muchacha. ¿Y que había encontrado? A Bella llorando, incapaz de atender siquiera sus dedos quemados. Pero al menos había averiguado porque Edward se había casado con ella. Ahora todo estaba claro. El carácter sumiso de Bella, combinado con la agresividad de Edward, le habían conseguido lo que él deseaba: un hijo. Ahora todo lo que tenía que hacer Tanya era demostrar a Edward que estaba desperdiciando su vida y su dinero con aquella chiquilla inútil.

Con la misma furia que había tenido en las últimas semanas, Tanya subió la escalera. Edward le había pedido que de camino a casa, pasara a ver a su preciosa mujer, pues él tendría que pasar esa noche, y tal vez el día siguiente, en casa de Emmet. Había caído un rayo sobre el corral de Emmet y necesitaba ayuda para reconstruirlo. Tanya tuvo ganas de abofetear a Edward al ver su expresión. ¡Como si fuera una tragedia pasar dos noches lejos de esa pequeña!

Tomo aliento para calmarse, abrió la puerta del dormitorio y se sorprendió al hallarlo vacío… y desordenado. Mientas observaba los cajones abiertos y la ropa esparcida sobre la cama, supo que era demasiado esperar que un ladrón hubiera entrado en la casa y se hubiera llevado a la princesita. Arrebato un vestido de raso de un bello color de melocotón maduro y la invadió la envidia. En todos sus vestidos, si se los miraba con atención, había partes gastadas.

Arrojo el vestido sobre la cama y fue a recorrer la casa que tanto conocía, abriendo las puertas con furia y pensando que todo aquello debería haber sido suyo. En la biblioteca, hallo una sola vela encendida junto a una sencilla nota, sobre el escritorio de Edward. Le repugno la letra, con sus aes y oes abiertas.

Sin embargo, al leerla, todo empezó a aclararse. ¡De modo que la intrusa había dejado a Edward para que tuviera a la "mujer que amaba"! Quizás había llegado el momento de hacer algo con respecto a la infantil infatuación de Edward con esa muchachita.

Guardo la nota de Bella en el bolsillo y escribió otra.

Querido Edward:

Bella y yo hemos decidido conocernos mejor, de modo que nos vamos a Richmond durante unos días.

Saludos

Tanya.

Sonriendo, Tanya deseo que unos días bastaran para borrar el rostro de Bella. Sin duda la muchacha sería tan torpe en su huida como en todo lo que intentaba hacer. Pero Tanya podía encargarse de eso. Con un poco de dinero aquí y allí, podría convencer a la gente que nunca la había visto.

Pasaron cuatro días hasta que Tanya regreso al fin, sola a la plantación Cullen. Sintió asco cuando Edward corrió a recibirla. Subió de un salto al carruaje y le pregunto, con ojos febriles:

-¿Dónde esta Bella?

Más tarde, Tanya se enorgulleció de su propia actuación.

Se había mostrado furiosa porque Bella nunca se había presentado para el viaje.

Se asustó al ver la furia de Edward. Lo conocía desde la infancia, pero jamás lo había visto perder el control. En pocos instantes movilizo toda la plantación para la búsqueda de su esposa. Llegaron amigos de todas partes, pero el segundo día, cuando encontraron un trozo de uno de los vestidos de Bella en la orilla del rio, muchos abandonaron la búsqueda y regresaron a casa.

Pero Edward no se dio por vencido. Cubrió un círculo de trescientos kilómetros alrededor de la plantación y formulo preguntas a todos los que vivían dentro del círculo.

Tanya contenía el aliento y rogaba haber hecho bien su trabajo. Tuvo su recompensa cuando Edward volvió un mes más tarde, cansado, delgado y envejecido. Con una sonrisa, Tanya recordó todo el dinero que le había costado ese engaño. Con la plantación ya endeudada, no podía permitirse muchos errores, de modo que había tomado todo el efectivo que tenía y sobornando hombre y mujeres de toda la región. Algunos decían a Edward que la habían visto, pero le indicaban caminos erróneos. Otros que la habían visto lo negaban. Y algunos pocos insobornables dijeron la verdad, pero más adelante había otros que juraban no haberla visto.

Poco a poco, Edward regreso al trabajo de la plantación, dando cada vez más autoridad a su hermano Jasper. Y Tanya se dispuso a reparar la vida de Edward.

Reviews…?