DISCLAIMER: la historia no me pertenece, los personajes son de Stephanie Meyer y la trama es de un libro el cual será dicho al final de esta historia, yo solo me adjudico la adaptación

- Capítulo 13 -

El primer tramo del viaje fue casi agradable para Bella. No dejaba de imaginar la cara de Edward cuando la encontrara. Claro que negociaría con él antes de regresar a su hogar. Insistiría en que despidiera a la cocinera y contratara a un ama de llaves. ¡No! Ella misma elegiría el ama de llaves, alguien que fuera leal.

El hombre de la carreta la dejo en una posada de diligencias. Allí, Bella se armó de coraje y entró en la pequeña posada, que, más que un establecimiento público, parecía la casa de alguien.

-Era nuestra casa- le explico la dueña-, pero después de que murió mi esposo, vendí las tierras y empecé a aceptar huéspedes. Fue mucho más fácil que cocinar para mis diez hijos.

La dueña de la posada tomó a Bella bajo su ala y le dio un amistoso sermón acerca de viajar sola. Mientras comía sola en una mesa, Bella imaginaba a Edward pidiendo información a esa mujer.

Por la mañana, pregunto a la dueña cuatro veces hacia donde iba la próxima diligencia, y comprendió con cierta culpa que lo hacía para que la mujer grabara en su mente hacia donde iría ella.

Al segundo día de diligencia ya estaba muy fatigada y no dejaba de mirar por la ventanilla. La tormenta había pasado; el aire había quedado muy cargado y el vestido se le adhería al cuerpo. En una oportunidad oyó acercarse un caballo y sonrió, segura de que el jinete seria Edward. Asomo la cabeza por la ventanilla y levanto la mano para saludarlo, pero el jinete siguió de largo. Avergonzada, volvió a acomodarse en su asiento.

Esa n o che no hubo ninguna posadera amigable sino lamenta mente un anciano malhumorado que servía carne dura y patatas frías para la cena. Triste y cansada, Bella subió al dormitorio que, en su condición de mujer sola, compartía con otras diez mujeres.

Antes de amanecer se despertó y se echó a llorar en silencio. A la hora de partir, le dolía la cabeza y tenía los ojos hinchados. Los otros cuatro pasajeros trataban de conversar con ella, pero Bella solo podía asentir a sus preguntas. Todos le preguntaban lo mismo: adonde se dirigía.

Mirando por la ventanilla sin ver en realidad, comenzó a plantearse la misma pregunta. ¿Acaso hubiera huido de Edward solo para demostrarle que podía ser independiente? ¿Realmente creía que él quería a Tanya?

Sin hallar respuestas a sus preguntas, siguió tomando una diligencia tras otra, mirando pasar el paisaje, sin molestarse siquiera por la falta de comida y camas decentes.

Una tarde, aturdida, se apeó de las diligencias en un sitio inhóspito que consistía en poco más que algunas casas.

-Aquí termina el recorrido, señora- le informo en cochero, al tiempo que le ofrecía la mano.

-¿Cómo dijo?

El hombre la miro con paciencia. En los últimos cuatro días la había visto sumida en sus pensamientos, y pensó que tal vez no estuviera en sus cabales.

-Aquí termina el recorrido. Más allá de Forks no hay más que tierra india. Si quiere seguir el viaje, tendrá que alquilar una carreta.

-¿Podría conseguir una habitación aquí?

-Señora, esto ni siquiera es un pueblo, no hay hoteles. Mire, o se queda o vuelve. Aquí no tiene donde alojarse.

¡Volver! ¿Cómo podía volver con Edward y su amante? Desde detrás de la diligencia se oyó una voz de mujer.

-Yo tengo un lugar. Puede quedarse conmigo hasta que decida lo que desea hacer.

Bella se volvió y halló una joven menuda y de baja estatura, de cabello color negro y grandes ojos azules.

-Soy Alice Brandon, y tengo una granja aquí cerca. ¿Quiere quedarse conmigo?

-Sí- respondió Bella-. Puedo pagarle…

-No se preocupe por eso. Ya nos arreglaremos.

Tomo la maleta de Bella y se puso en marcha.

-La vi allí, y me pareció tan pequeña que me dio pena. Sabe, yo estaba igual que usted hace unos tres meses. Mis padres murieron y me dejaron sola, sin más que esta vieja granja y algo más. Bien, hemos llegado.

Hizo pasar a Bella a una casa de dos plantas en muy mal estado.

-Siéntese. Preparare un poco de café. ¿Cómo se llama?

-Bella Cullen- respondió, sin pensarlo; luego se encogió de hombros, pues ¿qué importaba que no se escondiera? Era obvio que a Edward no le interesaba que volviera.

Bella sorbió el café. Aunque no le agrado mucho el sabor, la ayudo a sentirse mejor, a pesar de que las lágrimas comenzaban a crecer detrás de sus ojos.

-Parece que usted también ha tenido su tragedia- observo Alice mientras cortaba un trozo de pastel y se lo entregaba a Bella.

Un hombre que quería casarse con ella a pesar de despreciarla, un tío que la detestaba, un hombre que se había casado con ella solo por el niño que esperaba… No pudo sino asentir a la pregunta de Alice.

Al ver que la muchacha apenas había probado el pastel, Alice la miro con compasión y le pregunto si deseaba acostarse. Una vez sola en el pequeño dormitorio, Bella se echó a llorar con ganas, como nunca antes lo había hecho.

No oyó entrar a Alice; solo sintió que la abrazaba.

-Puedes contármelo si lo deseas- susurro.

-¡Hombres!- exclamo Bella-. Dos veces los he amado, y las dos veces…

-no hace falta que digas más- dijo Alice-. Soy una experta en hombres. Hace dos años me enamore de uno y decidí que valía más que cualquier otra persona en el mundo. Por eso una noche hui por la ventana de mi dormitorio, sin dejar siquiera una nota a mis padres, y me fugue con él. Decía que íbamos a casarnos, pero nunca parecía ser el momento adecuado. Hace seis meses lo encontré en la cama con otra mujer.

Esa confesión hizo llorar más a Bella.

-No sabía adónde ir- prosiguió Bella-. Entonces vine a casa, y mis maravillosos padres me recibieron, sin decir jamás una palabra sobre lo que había hecho. Dos semanas más tarde murieron de escarlatina.

-Yo… lo siento- sollozo Bella-. Entonces, Ti también estas sola.

-Exactamente- dijo Alice-. Soy dueña de una granja que está a punto de derrumbarse sobre mi persona, y todos los hombres que pasan por aquí juran que podrían hacerme la mujer más feliz del mundo.

-¡Espero que no les creas!- exclamo Bella.

Alice rio.

-Empiezas a hablar como yo, pero o me caso con alguno de ellos o me muero de hambre aquí.

-Yo tengo un poco de dinero- dijo Bell, y vacío sobre la cama sus bolsillos. Vio con consternación que solo le quedaban cuatro monedas de plata-. ¡Espera un minuto!- agrego, mientras corría hacia su maleta y sacaba el brazalete de zafiros y los aretes de diamantes.

Alice los levanto hacia la luz.

-Uno de tus dos hombres debió de ser muy bueno contigo.

-Cuando estaba conmigo, sí- respondió Bella, con disgusto. De pronto, su expresión cambio y se aferró el vientre.

-¿Te sientes mal?

-Creo que el bebé acaba de moverse- respondió, asombrada.

Los ojos de Alice se dilataron, y luego se echó a reír.

-¡Bonito par somos! Dos mujeres rechazadas que odian a todo el género masculino- dijo, en un tono que no dejaba dudas de que su opinión fuera a cambiar-, con un par de joyas, cuatro monedas de plata, una granja que se viene abajo y un bebé en camino. ¿Cómo haremos para llevar comida a nuestra mesa este invierno?

La forma en que hablo de ambas y la insinuación de que ese invierno estaría juntas despertó una chispa de interés en Bella. Edward no la quería, pero ella tenía que sobrevivir. Al sentir otro movimiento del bebé, sonrió. En los últimos meses no había pensado mucho en su hijo. Edward no la dejaba pensar más que en él.

-¿Qué te parece si comemos más pastel y conversamos?- sugirió Alice.

Bella no imagina su futuro con mucha alegría, pero tenía que planear algo para ella y su hijo.

-¿Tu hiciste esto?- pregunto, mientras comía el pastel con voracidad.

Alice sonrió con orgullo.

-Si hay algo que sé hacer, es cocinar. A los diez años ya cocinaba todo para mis padres.

-Al menos tú tienes algún talento- dijo Bella, en tono sombrío-. Yo no sé hacer nada.

Alice se sentó a la viaja mesa.

-Yo podría enseñarte a cocinar. Estaba pensando en preparar comidas y venderlas a la gente que pasa por Forks. Entre las dos podríamos ganar lo suficiente para mantenernos.

-¿Esto es Forks? ¿Así se llama el lugar donde nos encontramos?

Alice la miro con compasión.

-Supongo que simplemente abordaste una diligencia y llegaste hasta el final del recorrido.

Bella solo asintió mientras terminaba el trozo de pastel.

-Si estas dispuesta a intentarlo y a trabajar, me gustaría tener tu compañía.

Se estrecharon las manos para sellar el acuerdo.

Alice tardo una semana en llegar a creer realmente que Bella no sabía cocinar, pero pasaron diez días hasta que se dio por vencida.

-Es inútil- suspiro Alice-. Si no olvidas la levadura, es la harina o el azúcar, o alguna otra cosa-. Puso sobre la mesa una hogaza de pan y trato de clavarle un cuchillo, pero no pudo.

-Lo siento- dijo Bella-. Te aseguro que lo intento.

Alice la miro con ojo crítico y dijo:

-¿Sabes para que eres muy buena? Le gustas a la gente. Tienes cierto aire de dulzura y eres tan bonita que las mujeres te toman simpatía y quieren protegerte, y los hombres también.

Una vez Edward había querido protegerla, pero no había durado mucho.

-No estoy segura de que tengas razón, pero ¿Qué clase de talento es ése?

- puedes vender. Yo cocinare y tú venderás. Muéstrate dulce por fuera, pero negocia bien. No dejes que nadie te convenza de pagar menos de lo que pedimos.

Al día siguiente la diligencia trajo a cuatro personas que iban a encontrarse con otras en Forks para proseguir viaje al oeste. Por impulso, Bella elevo el precio de la comida y nadie se lo cuestiono. Lo vendieron todo.

Esa tarde, gasto todo el dinero que tenían ella y Alice. Tres de los colonos que viajaban hacia el oeste habían sobrecargado sus carretas y se disponían a arrojar al rio el exceso de carga: faroles, cuerdas y alguna ropa. Estaban enfadados y querían asegurarse de que nadie pudiera usar lo que ellos habían pagado. Bella les ofreció comprárselo todo. Corrió a la casa, tomo todo el dinero y se lo dio a los colonos.

Cuando regreso con la mercancía, Alice se puso furiosa. No tenían dinero, les quedaban muy pocas provisiones y tenían una habitación llena de equipos que nadie necesitaba.

Durante tres días se alimentaron de manzanas que robaban de una huerta a seis kilómetros de allí. Bella se sentía muy culpable.

Al cuarto día, llegaron más colonos a Forks, y Bella les vendió todos los artículos por el triple de lo que ella había pagado. Llorando de alivio porque su situación se había solucionado, Bella y Alice se abrazaron y bailaron en la cocina.

Eso fue el comienzo de todo. Con esa primera venta ganaron confianzas en sí mismas y mutuas también. Comenzaron a planear lo que podían hacer en el futuro.

Hicieron un trato con el granjero que tenía el manzanar: ellas le comprarían todas las manzanas caídas a cambio de muy poco dinero y una hogaza de pan por semana. Por las noches, ambas pelaban y cortaban las manzanas, y al día siguiente las ponían a secar al sol. Una vez secas, las vendían a los colonos que viajaban al oeste.

Cada centavo que ganaba, cada trato que hacían, aumentaba el monto de su negocio. Se levantaban antes del amanecer y se acostaban muy tarde. Sin embargo, a veces Bella se sentía más feliz que nunca. Por primera vez en su vida sentía que alguien la necesitaba.

Durante el otoño empezaron a aceptar huéspedes y servir comidas. La gente llegaba a Forks demasiado tarde para continuar el viaje al oeste y pernoctaban allí. Un hombre les explico que en su pueblo natal le habían ofrecido una fiesta de despedida, y no quería regresar y decir que había perdido a las carretas. Bella y Alice se miraron, sonrieron y dijeron al hombre que ellas se encargarían. Para noviembre ya podían recibir seis huéspedes, y apenas quedaba lugar.

-El año próximo plantare pepinillos y coles- dijo Alice, mirando con asco una comida que consistía en poco más que carne de caza.

Miro a Bella y dejo de quejarse. La muchacha estaba de pie, vacilante, con el vientre muy abultado.

-Si me disculpas- dijo, en la voz más baja posible-, creo que subiré a tener un bebé.

Alice, furiosa, tomo el brazo de su amiga y la ayudo a subir al dormitorio que compartían.

-Sin duda, has tenido dolores todo el día. ¿Cuándo vas a dejar que considerarte una carga y pedir ayuda?-. Con torpeza, Bella se sentó en la cama y se recostó en las almohadas que coloco Alice.

-¿Podrías sermonearme más tarde?- dijo, con la cara contorsionada.

A pesar de la contextura pequeña de Bella, el suyo fue un parto fácil. Llego al mundo una niña grande y perfecta. Frunció la carita, cerró los puños y comenzó a berrear.

-Igual que Edward- murmuro Bella, y tendió los brazos para tomar a su hija-. Elizabeth, ¿Te gusta ese nombre?

-Sí- respondió Alice, mientras aseaba a Bella y la habitación.

Estaba demasiado exhausta para pensar en el nombre del bebé. Observo a Bella, que acunaba en brazos a su hija, y sintió que había llevado la peor parte.

Un mes después, ambas mujeres se habían adaptado a la nueva rutina de dirigir la casa de huéspedes y atender al bebé. Cuando llego la primavera, llegaron también cientos de colonos. Un hombre, cuya esposa había muerto en el viaje a Forks, decidió quedarse a con su dos hijos pequeños en el pueblito y comenzó a construir una casa grande y cómoda.

-Este pueblo crecerá- murmuro Bella, con la niña en brazos. Contemplo la viaja granja y la imagino con una nueva mano de pintura. Dio rienda suelta a su imaginación y vio también una ampliación en el frente, algo como una larga galería.

-Tienes una expresión muy extraña- observo Alice-. ¿Quieres decirme a que se debe?

Aun no, pensó Bella. Había tenido demasiados sueños en su vida, y todos habían fracasado. En adelante se concentraría en un solo objetivo, y trabajaría mucho para lograrlo.

Semanas más tarde, Bella decidió al fin revelar a Alice sus ideas de remodelar y agrandar la casa para convertirla en un verdadero hotel. Alice se sorprendió mucho.

-Es… una idea estupenda- respondió, vacilante-. Pero ¿crees que nosotras… quiero decir, dos mujeres… podamos hacer algo así? ¿Qué sabemos de hotelería?

-Nada- admitió Bella con seriedad-. Y no me dejes comparar lo que sé hacer con lo que quiero hacer, o jamás lo intentare.

Alice rio, sin saber cómo tomar esa declaración.

-Estoy contigo- dijo al fin-. Tú decide lo que hay que hacer y yo te seguiré.

Eso era otra cosa en la que Bella no quería pensar. En realidad, quería mantenerse tan ocupada que no pudiera pensar. Dos días más tarde encontró un ama de leche para Elizabeth, saco las joyas de su escondite y abordo una diligencia hacia el norte. Paso por tres pueblos hasta encontrar a alguien dispuesto a pagar un precio decente por el brazalete y los pendientes. Y en todas partes visito las posadas locales. Descubrió que una posada no era solamente un alojamiento para viajeros sino también un lugar de reuniones sociales y políticas. Trazo bosquejos e hizo preguntas, y su seriedad y juventud le ganaron muchas horas de conversación y respuestas.

Cuando regreso a casa, cansada pero alborozada y más que ansiosa por ver a su hija y a su amiga, tenía una gran maleta de cuero llena de notas, dibujos y recetas para Alice. Cosidos a la ropa, traía giros bancarios por las joyas. Desde ese momento en adelante jamás hubo duda alguna de quien era el líder en esa sociedad.

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