DISCLAIMER: la historia no me pertenece, los personajes son de Stephanie Meyer y la trama es de un libro el cual será dicho al final de esta historia, yo solo me adjudico la adaptación

- Capítulo 14 -

3 años después…

Jacob Black bajo de la diligencia en la floreciente pueblo de Forks, Washington, en una fresca mañana de septiembre de 1802. Se sacudió el polvo del camino, acomodo el cuello de terciopelo azul de su chaqueta y tiro de su puño de encaje.

-¿Es aquí donde baja, señor?- le pregunto el cochero desde atrás.

Jacob no se molestó en mirar al cochero; simplemente asintió. Segundos más tarde, dio media vuelta al oír que sus dos grandes baúles eran arrojados al suelo desde el techo de la diligencia. Con una amplia sonrisa, el cochero lo miro con aire inocente.

-¿Quiere que se los lleve a la posada?- pregunto un hombre fornido.

Nuevamente Jacob asintió con frialdad; ignoraba lo mejor que podía a toda la raza americana. Cuando se alejó la diligencia, Jacob vio por primera vez la "Posada del Delfín Plateado". Tenía tres plantas y media, con galerías dobles al frente y altas columnas blancas que llegaban al techo empinado. Jacob arrojo al joven una moneda y decidió dar un paseo por la ciudad.

Aquí hay dinero en alguna parte, pensó al observar los edificios limpios y prolijos. Frente a la posada había una imprenta, un consultorio médico, un abogado y una droguería. Cerca de allí había una herrería, una gran tienda mercantil, una escuela y, al otro extremo del pueblo, una iglesia alta y bien conservada. Todo tenía un aspecto prospero.

Volvió su atención a la posada. Era fácil deducir que ese edificio dominaba al pueblo. Al fondo tenía un ala adicional, en una parte más vieja pero bien conservada del edificio. Todas las ventanas estaban limpísimas; todos los postigos, recién pintados, y mientras Jacob observaba, mucha gente entraba y salía del prospero establecimiento.

Volvió a sacar de su bolsillo un artículo de un periódico.

El artículo afirmaba que una tal señora Isabella Cullen y Alice Brandon, una solterona, eran prácticamente dueñas de todo un pueblo en Washington. Al principio, Jacob había creído imposible que se tratara de la misma Isabella a quien había buscado durante tantos años, pero envió un hombre a ese pueblo y este regreso con una descripción que solo podía corresponder a la Isabella que él conociera.

Nuevamente, pensó en aquella noche, casi cinco años atrás, cuando Aro Vulturi había echado a su sobrina de su propia casa. La pobre e inocente Isabella nunca había comprendido que la casa Swan era suya y que, en lugar de vivir de los ingresos de su tío, como dijera Aro aquella noche, era Vulturi quien vivía de los intereses de la fortuna de Isabella. Jacob sonrió y se preguntó si Vulturi habría imaginado alguna vez quien había puesto sobre aviso a los albaceas de los bienes de Isabella acerca de lo que había hecho su tío. Era una venganza leve pero apropiada por las cosas que dijera Vulturi sobre él la noche en que los albaceas echaron a Aro de la casa Swan sin un solo penique. Seis meses más tarde, hallaron a Aro Vulturi muerto a puñaladas en una taberna portuaria, y al fin se completó la venganza de Jacob.

Con el correr de los meses y los años, Jacob comenzó a pensar más y más en la fortuna de Bella, depositada en un banco, que crecía a diario gracias al hábil manejo de sus albaceas. Comenzó a buscar una esposa, alguien que tuviera dinero suficiente para mantenerlo a él y a su propiedad, pero ninguna joven tenía tanto dinero como Isabella Swan. Las mujeres ricas no querían tener nada que ver con un caballero sin título, sin un penique y con hábitos dudosos.

Después de una infructuosa búsqueda de dos años, Jacob se convenció de que al plantarlo Isabella había arruinado su reputación con las mujeres. Por lo tanto, lo que correspondía era buscarla, casarse con ella y dejar que el dinero reparara su reputación.

Le había llevado un tiempo encontrar a la antigua criada de Bella, que vivía en Escocia con unos familiares. La anciana sufría el dolor permanente de una mandíbula desencajada, pues Aro le había quebrado el hueso cuando ella trato de responder las preguntas de un americano acerca de una muchacha que había encontrado.

Hablando con dificultad y bebiendo constantemente para apagar el dolor, la anciana le provoco tanto asco a Jacob que él apenas soportaba estar cerca de ella. Sus recuerdos eran inciertos, y Jacob tardo varias horas en averiguar lo que deseaba saber, pero partió con cierta idea de donde debía buscar.

Siguiendo las respuestas obtenía, pronto averiguo que Isabella se había marchado a América. No fue fácil tomar la decisión de seguirla, pero supuso que después de varios años en ese país incivilizado, la muchacha estaría ansiosa por volver a Inglaterra.

Norteamérica era más grande de lo que había imaginado y había algunos puntos aislados de civilización, pero la gente era repugnante. Nunca se atenían a su nivel social; todos se creían miembros de la realeza.

Estaba a punto de volver a Inglaterra cuando vio el pequeño artículo en un periódico. Cuando regreso el hombre a quien contratara para ir a Forks, describió a una mujer muy parecida a Isabella, aunque no parecía ser la muchacha ingenua que él recordaba.

Atravesó el óvalo de césped que separaba las dos calles principales y entro a la posada.

Había un gran vestíbulo con parees blancas. En ese momento, varios hombres y mujeres entraban a una habitación que estaba sobre la derecha y Jacob los siguió. Se trataba de una sala más grande aun, con cómodos sofás y sillas y, sobre una pared, un gran hogar de piedra. Todos los muebles tenían tapizados nuevos de raso rosa apagado y verde claro, a rayas. Junto a esa sala había un bar que le pareció rustico, con sus mesas y sillas de roble, aunque era obvio que había mucho movimiento allí. Frente a la sala común había un enorme comedor público y dos privados.

Finalmente volvió al frente de la posada, sin llegar a la parte vieja, y se asomó a una acogedora biblioteca que olía a cuero y tabaco. A otro lado del vestíbulo había una sala de recepción, donde un empleado cortes le asigno una habitación privada en la segunda planta.

-¿Cuántas habitaciones tienen?

-Una docena-respondió el empleado-. Más dos con sala y, por supuesto, las habitaciones privadas de las dueñas.

-Claro. Supongo que se refiere a las dos damas.

-Sí, señor: Bella y Alice. Bella vive abajo, al final de la parte vieja, y Alice está arriba, justo encima de ella.

-¿Y ellas son las damas que, según se dice, son dueñas de la mayor parte del pueblo?- pregunto Jacob.

-El predicador dice que el único edificio que no es de ellas es la iglesia, pero todos sabemos que ellas la pagaron. Y tienen hipotecas de todos los demás edificios. Si llegaba un abogado, Bella le daba un dinero para construir una casa y él se quedaba; luego un médico, y así este lugar pronto llego a sur un pueblo.

-¿Dónde puedo encontrar a la señora Cullen?- pregunto Jacob; no le agradaba que aquel hombre la llamara por su nombre de pila.

-En cualquier parte- respondió deprisa. Pues llegaba una pareja a registrarse-. Está en todas partes al mismo tiempo.

Jacob, que no quería causar un escándalo, ignoro la descortesía con que el empleado había dejado de prestarle atención. Más tarde tendría que hablar con el gerente, fuera quien fuese.

Su habitación era limpia y bien amueblada, y el sol entraba por la ventana. Sobre una pared había un pequeño hogar. Se cambió la ropa del viaje y bajo al comedor. Le irritaba comer en el salón público, pero sabía que allí sería más probable ver a Isabella. El menú era extenso: servían tipos de carne, tres pescados, platos fríos, salsas, verduras, carnes de caza y una lista impresionante de pasteles y budines. La comida era servida con celeridad, estaba caliente, bien preparada y deliciosa.

Mientras probaba algo llamado pastel moravo, una mujer entro al salón y todas las miradas, masculinas y femeninas, se volvieron hacia ella. No la miraba solo por su extraordinaria belleza, sino por su presencia, su personalidad. Aquella mujer: menuda, con un exquisito vestido de muselina verde, sabía quién era. Camina con seguridad y conversaba fácilmente con unos y con otros. Parecía una dama elegante recibiendo invitados en su casa. En una mesa se detuvo, observo un plato y lo envió de vuelta a la cocina. En otra mesa, dos mujeres se pusieron de pie y la abrazaron brevemente, y durante un momento se sentó con ellas y rio, feliz.

Jacob no podía apartar los ojos de ella. En lo superficial, se parecía a la niña torpe que él había conocido. Los ojos eran del mismo color; el cabello, del mismo tono castaño, pero aquella mujer, con sus firmes curvas y su facilidad de trato con la gente, no se perecía en absoluto a la chiquilla asustadiza con quien había estado comprometido una vez.

Jacob se recostó en la silla y espero con calma que Isabella se acercara a él. Sonrió al verlo, pero no lo reconoció. Un instante después, cuando ella estaba conversando con una pareja cercana a él, levanto la vista y hallo los ojos de Jacob. Lo miro un momento, y Jacob le dirigió su sonrisa más encantadora. Disfruto mucho al verla dar media vuelta y salir de la sala deprisa. Estuvo seguro de que quedaba en ella algún sentimiento, bueno o malo, relacionado con él. Odio o amor, no le importaba cual fuera, con tal de que lo recordara.

-Bella, ¿te sientes bien?- pregunto Alice desde el otro lado de la gran mesa de roble de la cocina, donde supervisaba a tres cocineras.

-Claro- respondió Bella en tono cortante. Luego tomo aliento y sonrió-. Es solo que acabo de ver un fantasma.

Las dos mujeres se miraron y Alice llevo a Bella a un rincón de la gran habitación.

-¿El padre de Betty?

-No- respondió Bella en voz baja.

A veces le parecía que no había un momento de su vida, en que no pensaba en Edward. Cada vez que miraba los grandes ojos verdes de Elizabeth, lo veía a él. A veces, al oír pasos fuertes en la escalera, el corazón le daba un vuelco.

-te acuerdas del hombre con quien estuve comprometida hace años ¿Jacob Black?- no había secretos entre las amigas-. Está en el comedor.

-¡Ese canalla!- exclamo Alice, indignada-. ¿Qué ha pedido? Le pondré veneno.

Bella rio.

-Supongo que yo también debería sentirme así, pero me pregunto si alguien puede olvidar el primer amor: al verlo, volvieron muchos recuerdos. Yo tenía tanto miedo de todo, estaba tan ansiosa por complacer, y tan enamorada de él… Me parecía el hombre más apuesto y elegante que hubiera visto.

-¿Y cómo está ahora?

-Bueno, no está nada mal- respondía Bella, con una sonrisa-. Supongo que debería invitarlo a mi oficina para conversar. Es lo menos que puedo hacer.

-Bella- le advirtió Alice-, ten cuidado. No está aquí por casualidad.

-Estoy segura de eso, y tengo bastante claro que es lo que busca. En menos de un mes cumplirá veintitrés años, y entonces el dinero que me dejaron mis padres será mío.

-No lo olvides ni por un momento- le aconsejo Alice.

Bella se dirigió a su oficina, contigua a la cocina, y se sentó en la silla de cuero, ante el escritorio. No era que Jacob Black la hubiera afectado tanto, sino que con él habían vuelto muchos recuerdos. Como una oleada de agua fría, recordó la horrible noche en que supo la verdad sobre su tío y su prometido. Un recuerdo tras otro: Edward abrazándola, Edward diciéndole que hacer, Edward haciéndole el amor, y Bella constantemente aterrada. En los últimos cuatro años se había sentado a escribirle cientos de veces, para hablarle de su hija y decirle que ambas estaban bien. Pero siempre se acordaba. ¿Y si Edward le respondía que no le importaba, lo cual era lo más probable dado que nunca la había buscado? Con los años, ella había aprendido a valerse sola, pero ¿podría hacerlo con Edward? ¿La convertiría él nuevamente en la niña llorosa y asustadiza que había sido?

Una llamada a la puerta la devolvió al presente. A su respuesta, Jacob abrió la puerta.

-Espero no interrumpir- dijo, sonriendo; sus ojos revelaban lo mucho que se alegraba de verla.

-En absoluto- respondió. Se puso de pie y le tendió la mano-. Justamente iba a enviarte un mensaje para que vinieras.

Jacob bajo la cabeza y le beso la mano con ardor.

-Tal vez no esperabas encontrarme tan pronto…- murmuro-. Después de todo, significamos mucho el uno para el otro hace tiempo.

Fue una suerte que Jacob no pudiera ver la cara de Bella en ese momento. La expresión que adquirió fue de absoluto estupor. Que patán engreído, pensó. ¿Realmente creía que ella no recordaba aquella espantosa noche, que no recordaba la razón por la que quería casarse con ella?

Cuando Jacob volvió a levantar la cabeza, Bella sonreía. No había llegado a ser rica mostrando sus sentimientos.

-Si- dijo dulcemente-. Ha pasado mucho tiempo. Siéntate, por favor. ¿Puedo ofrecerte algo para beber?

-Whisky, si tienes.

Bella le sirvió un vaso de whisky irlandés y sonrió con aire inocente al ver la sorpresa de Jacob. Se acomodó frente a él en una silla y pregunto:

-¿Cómo está mi tío?

-Temo que falleció.

Bella no respondió, insegura de sus sentimientos. A pesar de todo lo que le había hecho, era parte de su familia.

-¿Por qué has venido, Jacob?

Jacob tardo un poco en responder.

-Por un sentimiento de culpa- dijo al fin-. Si bien no tuve verdadera participación en lo que te hizo tu tío aquella noche, me sentía algo responsable. A pesar de lo que hayas creído oír, yo si te quería. Me preocupaba que fueras tan joven, y me disgustaba que tu tío te mantuviera en tanta ignorancia- rio como si se tratara de un chiste privado-. Debes admitir que no estabas muy inspirada como acompañante en la cena. Nunca me agrado la idea de casarme con una criatura. Tal vez a otro si les guste.

-¿Y ahora?- pregunto Bella, con una sonrisa seductora.

-Has cambiado. Tú… ya no eres una niña.

Antes de que Bella pudiera responder, se abrió la puerta y Elizabeth entro corriendo, con un ramillete de flores son tallo en su mano sucia. Era una hermosa niña de tres años, menuda como Bella y con los ojos y el cabello de Edward. Había heredado también la seguridad de su padre; no era asustadiza como Bella a su edad.

-Te tlaje flores, mami- dijo, sonriendo.

-¡Muchas gracias! Mi niña hermosa- respondió Bella, al tiempo que abrazaba con fuerza a su hija.

Elizabeth, sin amilanarse, observa abiertamente a Jacob.

-¿Quen es él?- pregunto con un susurro muy audible.

-Jacob, te presento a mi hija Elizabeth o Betty. Él es un viejo amigo mío, el señor Black.

Elizabeth logro decir mucho gusto antes de salir con la misma prisa que había llegado.

Bella miro con adoración la puerta que su hija acababa de cerrar de un golpe, y luego volvió a mirar a Jacob.

-Temo que has visto a mi hija tanto tiempo como cualquiera de nosotros. Puede andar libremente por la posada y aprovecha cada momento.

-¿Quién es su padre?- pregunto Jacob, sin perder tiempo.

Bella respondió con la mentira de siempre: que era viuda, pero, tal vez ese día había pensado tanto en Edward, sus ojos la delataron. Advirtió la mirada de Jacob, pero no dijo nada para no debilitar el engaño.

-Debo dejar que sigas trabajando- dijo Jacob-. ¿Querrías cenar conmigo esta noche?

Aun turbada porque él había descubierto su mentira, Bella acepto de inmediato.

Jacob se dirigió a la cocina para ordenar una cena muy especial. Cuando le presentaron a Alice y vio la hostilidad en sus ojos, supo que Bella se lo había contado todo. Al instante, asumió sus modales más encantadores y le pidió que le mostrara el pueblo. Alice acepto, incapaz de negarse, y paso una de las tardes más agradables de su vida. Si había una cosa que Jacob había aprendido a hacer en los últimos años, en su búsqueda de una esposa adinerada, era cautivar a las mujeres. Para el atardecer ya había convencido a Alice de que él había sido una víctima inocente de la codicia de Aro Vulturi. Le conto una historia larga y complicada de todo lo que había hecho para encontrar a Isabella, de sus remordimientos en todos esos años. Al volver al hotel, Alice estaba encantada con él. Pero Jacob había conseguido de ella más que eso: el nombre y el paradero del esposo de Isabella. Para la hora de la cena, ya había despachado a un hombre hacia Virginia, para que averiguara la verdad sobre Edward Cullen

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