DISCLAIMER: la historia no me pertenece, los personajes son de Stephanie Meyer y la trama es de un libro el cual será dicho al final de esta historia, yo solo me adjudico la adaptación
- Capítulo 15 -
Edward estaba apoyado en el mostrador de una casa de modas de Richmond, esperando con paciencia mientras Tanya se probaba otro vestido.
-¿Qué te parece este, cariño?- le pregunto Tanya, al salir del vestidor. El vestido de muselina color herrumbre dejaba muy poco de sus grandes pechos librados a la imaginación-. No es un poco osado, ¿o sí?- prosiguió en voz baja, mientras se acercaba a él y le acariciaba el pecho.
-Es bonito- respondió Edward, impaciente-. ¿No has comprado ya suficientes? Quisiera llegar a casa antes del anochecer.
-¡A casa!- protesto Tanya, frunciendo los labios-. Casi no sales de esa plantación. Antes me llevabas a bailar. Antes… hacías muchas cosas conmigo.
Edward aparto las manos de Tanya de su pecho y la miro con fatiga.
-Entonces no era un hombre casado.
-¡Casado!- exclamo Tanya-. ¡Tu esposa te abandono! Demostró que no te quería. ¿Qué otro hombre sigue fiel a su esposa, este con ella o no?
-¿Desde cuándo soy como los demás?- replico Edward, con una mirada de advertencia. Ya habían discutido eso muchas veces.
El tintineo de las campanillas al abrirse la puerta de la tienda interrumpió las siguientes palabras de Tanya. Ambos se volvieron y vieron entrar a Bree Tanner. Era vecina y amiga de la familia de Edward.
-Me pareció verte, Edward- dijo alegremente-. Tanya…- la saludo con frialdad, sin ocultar su opinión del asedio de Tanya a un hombre casado.
Bree no conocía a Bella, pero tenía referencias de ella por parte de Rosalie, la esposa de Emmet. Dado que conocía a Edward desde hacía muchos años, creía saber por qué había huido Bella.
-Acaba de suceder algo muy curioso- prosiguió Bree-. Yo estaba en la iglesia, entregando flores frescas para el domingo, y un hombre de bastante mal aspecto empezó a hacer preguntas sobre ti.
-Tal vez esté buscando trabajo- supuso Edward, sin darle importancia.
-Yo también pensé eso al principio, y aunque no estaba prestando atención, juraría que le oí mencionar a Bella.
Al instante, Edward se incorporó.
-¿Bella?- susurro.
-Pensé esperar a que el pastor terminara, pero tenía miedo de que te marcharas antes.
Sin una palabra más, Edward salió de la tienda, subió a un carruaje y apuro a los caballos para que se dieran prisa.
-¡Maldición!- exclamo Tanya con vehemencia-. Tenías que venir a arruinarme el día.
-Lo siento mucho- respondió Bree con una radiante sonrisa mientras Tanya regresaba, airada, al vestidor.
Bree se volvió hacia la ventana y rezo en silencio por que Edward lograra averiguar algo sobre su esposa.
…
Antes de que los caballos se detuvieran por completo, Edward salto del carruaje frente a la iglesia. En ese instante salía un hombre que parecía haberse pasado la vida bebiendo. Edward, que nunca había sido muy dado a las formalidades y estaba demasiado alterado para pensar en las consecuencias, aferro al hombre por la camisa y lo arrincono contra la pared de madera.
-¿Quién eres?
-Yo no hice nada señor, y no tengo dinero.
Edward lo empujo más contra la pared.
-¿Eres tú quien anda haciendo preguntas sobre mí?
El hombre hizo una mueca de dolor; se afanaba por respirar con la presión del puño de Edward en su garganta.
-Él me pago. Yo tenía que averiguar si usted estaba vivo o no.
-Sera mejor que empieces a hablar. ¿Quién te pagó?
-Un inglés muy elegante. No sé cómo se llama. Dijo que era amigo suyo pero que le habían dicho que usted estaba muerto, entonces me pago para que averiguara cuando había muerto.
Edward apretó con más fuerza la garganta del hombre.
-Mencionaste a Bella.
El hombre lo miro, confundido.
-Dije que él se alojaba en el hotel de Bella.
Por un momento, Edward disminuyo la presión.
-¿Qué Bella? ¿Y dónde está ese hotel?
-En Forks, Washington, y es Bella Cullen, como usted. Le pregunte al predicador si estaban emparentados.
Al instante, Edward soltó al hombre y tuvo que sostenerse para no desplomarse.
-Sube al carruaje. Iremos a Forks, y por el camino hablaras.
Antes de que el hombre alcanzara a sentarse, Edward hizo arrancar a los caballos. Al pasar a toda velocidad frente a la tienda, donde estaba Tanya, ni siquiera aminoro la marcha. Se detuvo frente a la caballeriza.
-¡Ben!-llamo-. Dame una carreta decente con la que pueda soportar un viaje largo. Y toma esto- agrego al tiempo que arrojaba dinero sobre el asiento-. Devuelve este coche a su dueño.
Ben apenas levanto la vista.
-Si tienes prisa, será mejor que te pongas en marcha; me parece que se aproxima tormenta-dijo, y señalo con la cabeza en dirección en que se acercaba Tanya, muy furiosa. Dejo caer la herradura que estaba limpiando y fue a enganchar una carreta para Edward.
Edward se volvió hacia el hombrecito que seguía en el asiento del coche y le advirtió:
-si te mueves de ahí, será lo último que hagas.
Acababa de decirlo cuando llego Tanya.
-¿Cómo te atreves a seguir de largo y dejarme sola allí?- lo increpo, casi sin aliento por haberlo perseguido.
-ahora no tengo tiempo para discutir. Me marcho en unos minutos.
-¡Te marchas! Bueno, creo que ya he terminado las compras, pero tendrás que pasar a buscarlas por las cuatro tiendas.
-¡Ben!- rugió Edward-. ¿Todavía no tienes lista la carreta?
Se volvió hacia Tanya.
-No voy a casa, de modo que tendrás que buscar a otro para que te lleve. Pídeselo a Bree. Pasa por mi casa y dile a Jaz que estaré ausente por un tiempo.
Se volvió y vio que Ben acercaba la pesada carreta al frente del establo.
-Sube- ordeno al nervioso hombrecito que estaba en el carruaje.
-Edward- insistió Tanya, irritada-. Si no me ayudas…
Se interrumpió cuando Edward subió a la carreta, sin prestarle atención.
-¿Adónde vas?- pregunto, mientras la carreta se ponía en marcha.
-A Forks, Washington, a buscar a Bella- respondió, antes de marcharse con un revuelo de pedregullo y polvareda.
Tosiendo y maldiciendo, Tanya se volvió y miro al caballerizo, que sonreía con satisfacción. Comprendía la gracia de su persecución de Edward, pero cuanto más reía la gente, más furiosa se ponía ella. Sin embargo, a pesar de su furia, empezó a concebir un plan. Con que Forks, ¿no era así? El pobre Edward se había marchado sin una sola camisa limpia. Quizás ella debería empaquetarle algo de ropa y llevársela. Si, cuanto más lo pensaba, más se convencía de que Edward necesitaba ropa limpia.
…
Bella estaba en su despacho, revisando cuentas, cuando entro Alice.
-¿Cómo va todo?- pregunto
-Muy bien- respondió Bella, sin dejar de examinar los libros-. El año próximo podremos construir un par de edificios nuevos. Estaba pensando en una mueblería. ¿No crees que Forks necesita su propia fábrica de muebles?
-Sabes que no me refería a las finanzas. ¿Cómo van las cosas entre tú y Jacob? Anoche volviste a cenar con él, ¿no es cierto?
-Sabes muy bien que sí. Pero en respuesta a tu pregunta, Jacob siempre es una estupenda compañía. Sabe llevar una conversación, sus modales son impecables y sabe cómo hacer que una mujer se sienta como una reina.
-Te aburre muchísimo, ¿verdad?- observo Alice con un suspiro, al tiempo que se sentaba.
-En una palabra, sí. Con Jacob no hay sorpresas. Es tan… No lo sé, supongo que es demasiado perfecto.
-A Elizabeth le agrada.
Bella rio.
-A Elizabeth le gustan los regalos que él le hace. ¡Imagínate, regalar a una niña tan activa como Betty una muñeca de porcelana! Ella quería usarla como blanco para practicar con el juego de arco y flechas que le regalaste tú.
Alice ahogo una risita.
-Tal vez Jacob espera que las niñas también se comporten como damas.
Bella se puso de pie tras su escritorio.
-¿Tenemos algún huésped nuevo?
-Hace unos minutos llego un hombre en una carreta. Un sujeto muy apuesto. Y muy grande.
-Alice, eres incorregible- dijo Bella, no iré a darle la bienvenida.
Al salir de la oficina, se topó con Jacob.
-Buenos días- la saludo, y le beso la mano-. Estas más bella que el sol naciente sobre las gotas de roció en un pétalo de rosa.
Bella no supo si reír o gemir.
-Gracias por tan hermoso cumplido, pero ahora debo irme.
-Bella, querida, trabajas demasiado. Ven a pasar el día conmigo. Llevaremos a Elizabeth e iremos a almorzar al campo, como si fuéramos una familia.
-Es una invitación muy tentadora, pero realmente debo irme.
-No puedes huir de mi con tanta facilidad- replico Jacob con una sonrisa. La tomo del brazo y se dirigieron a la recepción.
Bella sintió la presencia de Edward aun antes de verlo.
Estaba en la puerta, y su enorme cuerpo tapaba la luz. El cuerpo de Bella se puso rígido cuando los ojos de ambos se encontraron.
Ninguno de los dos se movió; simplemente se miraban. Una oleada tras otra de emoción atravesó a Bella hasta que le pareció oír un fuerte estallido. Al cabo de unos minutos que le parecieron horas, giro sobre sus talones y con un revoloteo de faltas, huyo a su despacho.
Jacob no estaba seguro de lo que ocurría entre Bella y aquel hombre, pero se lo imaginaba. No le gustaba la reacción de ella. Sin perder tiempo, la siguió de cerca.
-Bella, amor- le dijo, mientras la tomaba por los hombros. La muchacha temblaba tanto que apenas podía tenerse en pie.
Sin embargo, Bella apenas noto su presencia. Lo único que oía eran los latidos de su corazón y los pasos lentos y pesados que se acercaban sin vacilar. Temblorosa y pálida, se aferró al borde del escritorio y se inclinó hacia la fortaleza de Jacob.
La puerta del despacho se abrió con una fuerza brutal y dio de lleno contra la pared.
-¿Por qué me dejaste?- pregunto Edward con un susurro, horadándola con la mirada.
Cuando él se acercó, Bella no pudo hablar; solo lo miraba, pasmada.
-Te he hecho una pregunta.
Jacob se interpuso.
-espera un momento. No sé quién es usted, pero no tiene ningún derecho sobre Bella.
No termino lo que quería decir, pues Edward lo tomo por los hombros y lo arrojo hacia el otro lado de la habitación. Bella apenas lo noto; solo tenía conciencia de que Edward se le acercaba cada vez más.
Cuando estuvo a pocos centímetros de ella, le acaricio suavemente la sien con la punta de los dedos, y Bella sintió que se le aflojaban las rodillas. Antes de que se desplomara, Edward la levanto en brazos y hundió la cara en el cuello de la muchacha. Sin que se dijeran una sola palabra, la llevo hacia la puerta, giro a la derecha y se dirigió al final del pasillo, donde estaban las habitaciones de Bella. Después de dos días de hablar con el hombre al que había contratado Jacob, conocía bien la distribución de la Posada del Delfín Plateado.
Con la mente demasiado ocupada para poder pensar, Bella no considero lo que estaba haciendo. Lo único que sabía era que estaba en brazos de Edward y que, más que la vida misma, quería que le hiciera el amor.
Suavemente, como si ella pudiera romperse, la tendió sobre la cama y luego se sentó a su lado. Sostuvo entre sus manos la cara de Bella y le acaricio las mejillas y las sienes.
-Casi había olvidado lo hermosa que eres-murmuro-. Lo delicada y adorable que eres.
Las manos de Bella subieron por sus brazos. Era magnifico volver a sentir aquella fuerza, aquella cercanía. Una vez más empezó a temblar al invadirla el deseo, que echó a correr con ardor por sus venas.
-Edward- logro susurrar antes de que la boca de él cubriera la suya.
Desesperados, frenéticos, turbulentos, comenzaron a arrancarse la ropa. No deseaban ternura; solo había una violenta necesidad que debían satisfacer. La ropa caía al suelo, los botones volaban por la habitación, un puño de encaje se desgarro y las delicadas medias de seda se hicieron jirones. Cuando se unieron como un trueno que sigue a un brillante relámpago, se aferraron con todas sus fuerzas, más y más profundamente, tratando de saciar se incontrolable sed mutua.
Con violencia, en un estallido cegador, se arquearon con los espasmos que recorrieron sus cuerpos. Siguieron aferrados durante varios minutos hasta que al fin los músculos se relajaron. Entonces se miraron, como si quisieran devorarse.
Fue Bella quien quebró el hechizo al reír, pues Edward, con el pecho y un brazo desnudos, llevaba puesta una sola manga de la camisa. Edward bajo la vista para ver que era tan gracioso, y sonrió con deleite.
-Mira quien se ríe- dijo, y señalo lo que quedaba del atuendo de Bella.
Tenía una enagua enrollada en la cintura, y había otra, desgarrada, debajo de ellos. Su corsé, medio puesto y medio desgarrado, estaba arrugado bajo un brazo, mientas su vestido estaba a poco más de tres metros, colgando del marco de un cuadro. Bella se apoyó sobre los codos y, al mirar hacia sus pies, vio que una de sus medias, con su bonita liga de encaje, estaba intacta, mientras que la otra, agujerada, estaba enredada entre los dedos de sus pies.
Edward conservaba una manga de su camisa y las botas, nada más.
Bella miro aquellos ojos brillantes y aquel delicioso cuerpo ahora tan cercano, y se echó a reír. Lo abrazo y comenzaron a revolcarse en la cama, riendo, mientras Edward le quitaba con pericia lo que le quedaba de ropa. Luego, sin separarse de ella, se quitó las botas y la hilaridad se renovó cuando oyeron un fuerte estallido de porcelana quebrada al aterrizar una de las botas en alguna parte.
Bella dejo de reír al sentir los besos de Edward en su hombro y en sus brazos. La primera pasión ya había pasado, y ahora podían pasar más tiempo volviendo a explorarse y a descubrirse. Mientras la boca de Edward recorría su cuerpo, Bella cerro los ojos y se rindió a sus sentidos. Le acaricio el brazo, lo tomo de la mano, se la llevo a los labios y saboreo aquellos anchos dedos que tanto placer le daban. Mordisqueo suavemente las yemas, paso la lengua por los nudillos. Aquella era, sin duda, la mano de un hombre: con cicatrices, dura, callosa, ancha, y a la vez delicada y sensible. Le mordió la palma con fuerza, como si quisiera devorarlo.
Edward retiro la mano y le acaricio las piernas, la masajeo y la beso, hasta que Bella agito las piernas con impaciencia, pues otra vez lo deseaba. Cuando Edward volvió a subir la cabeza. Bella lo atrajo hacia si para besarlo.
Edward emitió una risa grave y seductora y la atrajo hacia sí, ambos de costado, enfrentados. Hizo que Bella lo abrazara con las piernas y gimió al penetrarla. Bella se aferró a él con fuerza mientras Edward manipulaba su cuerpo y prolongaba el éxtasis durante minutos, días, semanas, años, un siglo, y ella echaba la cabeza hacia atrás, sin conciencia de quien era o donde estaba.
Cuando Bella comenzaba a pensar que se volvería loca, de pronto Edward la hizo tenderse de espaldas y la penetro con fuerzas hasta que al fin sus cuerpos hallaron desahogo.
Sin una palabra, agotados, sudorosos, saciados, se durmieron el uno en brazos del otro.
Bella fue la primera en despertar y se sorprendió al ver por la ventana que el sol se ponía. Se desperezo, se apartó para mirar a Edward repantigado en la cama y se preguntó si alguna vez tendría algo de cordura estando con él. Por primera vez en años había olvidado por completo sus responsabilidades para con su hija, su amiga y su trabajo. Con sigilo, para no despertarlo, se levantó y se vistió. Antes de salir, besó el cabello de Edward y lo cubrió con una manta ligera.
En silencio, salió de la habitación y se dirigió a la cocina. Alice debía de estar preguntándose qué le habría ocurrido.
…
Edward se despertó lentamente. Por primera vez en años había dormido bien. Con una sonrisa en los labios, se volvió para mirar a su esposa, pero en lugar de Bella hallo un par de ojos solemnes que lo observaban con atención.
-Hola- dijo a la niñita-. ¿Cómo te llamas?
-Elizabeth Cullen, pelo todos me dicen Betty. ¿Quen eles tú?
Aun antes de oír la respuesta, Edward supuso quien era aquella criatura. Tenia cierto parecido con su hermano menor, y el arco de las cejas se parecía mucho al de la madre de ambos.
-¿Tu madre se llama Bella?
La niña asintió con seriedad.
Edward se incorporó en la cama y mantuvo el manta sobre si, también serio.
-¿Qué dirías si yo fuera tu padre?
Elizabeth trazaba un dibujo con el dedo en el cobertor.
-Tal vez me gutaria. ¿Eles mi papi?
-Creo que no me equivocaría si dijera que sí.
-¿Vivilas con nosotlas?
-Esperaba que vinieras a vivir conmigo. Si te sientas a mi lado, te contare donde vivo. El año pasado compre cuatro ponis del tamaño justo para mi hija.
-¿Me dejalas montal un poni?
-Seria tuyo para cuidarlo, montarlo y para lo que quisieras.
Elizabeth vacilo apenas un momento y luego subió a la cama, lejos al principio, pero a medida que Edward proseguía con su narración, se fue acercando hasta sentarse en sus rodillas.
Así los encontró Bella, juntos, fascinados en uno por el otro. Era un cuadro encantador.
En cuanto Elizabeth vio a su madre, empezó a dar brincos de alegría sobre la cama.
-¡Él es mi papá, y vamos a vivil con él, y tiene un poni pala mí, y cerdos y pollos y una casa en un álbol y un estanque, y podremos il de pesca y todo!
Bella miro rápidamente a Edward y luego tendió los brazos a su hija.
-Alice tiene la cena lista para ti en la cocina.
-¿Papá puede venir tamben?
-Tenemos que hablar- respondió Bella con firmeza-. Podrás verlo más tarde… si comes lo que te preparo Alice.
-Lo hare- prometió Elizabeth, y saludo a su padre con la mano antes de salir deprisa.
-Es una belleza- dijo Edward-. No podría estar más orgulloso…
Se detuvo cuando Bella se volvió y lo miro, furiosa.
-¿He hecho algo malo?
-¿Si has hecho algo malo?- lo remedo Bella, tratando de contenerse-. ¿Cómo te atreves a decirle a mi hija que vamos a vivir contigo?
-Pues claro que vendrán, ahora que las he encontrado. Tarde un tiempo, es todo.
-¿Nunca se te ocurrió que yo siempre supe dónde estabas? En cualquier momento en que lo hubiera deseado, podría haber vuelto a ti y a esa monstruosidad de plantación que tienes.
-Bella- dijo Edward, con voz grave-, no entiendo por qué te marchaste, pero sí puedo decirte que tú y mi hija vendrán a casa conmigo.
-Es por eso mismo que me marche- replico Bella-. Desde que te conocí me dijiste que hacer y cómo hacerlo. Yo quería quedarme en Inglaterra, pero tú querías que viniera a América, entonces vine a América. Iniciaste una ceremonia de boda sin siquiera preguntarme si quería casarme contigo. ¡Y esa plantación! Me dejaste a cargo de cien personas que hacían todo lo posible por desafiar mi autoridad. Y todo el tiempo tú estabas… afuera, persiguiendo caballos con tu querida Tanya.
Al oír eso último, Edward sonrió.
-¿Celos? ¿Por eso me dejaste?
Bella levanto las manos con exasperación.
-¿Es que no has oído nada de lo que he dicho? No quiero que dirijas mi vida, ni la de Elizabeth. No quiero que le digas que hacer ni cómo. Quiero que aprenda a tomar sus propias decisiones.
-¿Cuándo te impedí tomar una decisión? Te di media plantación para que lo hicieras, y nunca interferí.
-Pero yo no sabía tomar esas decisiones. ¿No lo entiendes? Tenía mucho miedo, en un país extraño, lleno de extraños que me decían constantemente que yo no sabía hacer nada. ¡Tenía miedo!
Los ojos de Edward brillaban.
-Pues, a juzgar por lo que oí decir, aquí te ha ido muy bien. Aquí no tienes miedo de los americanos; ¿Por qué lo tenías allí? Admito que tengo unos jueces bastante duros trabajando para mí, pero si aquí lo lograste, ¿Por qué no allí?
-No lo sé- respondió con sinceridad-. Aquí tuve que hacer algo o moriría de hambre. En tu casa habría podido pasarme la vida entera en mi habitación.
-Que es lo que hacías la mayor parte del tiempo, si mal no recuerdo.
Bella lo miro sorprendida, porque, no tenía ni idea de que Edward supiera lo que ella hacia durante el día. ¿Acaso él tendría idea de lo aterrada que había estado esos meses?
-Si empezaste de la nada y has construido todo un pueblo- prosiguió Edward-, no te costara dirigir mi casa. Tengo una carreta aquí. Podríamos recoger la ropa de Elizabeth y la tuya y partir mañana. O, mejor aún, marchémonos ahora. Tienes ropa en casa, y le comprare de todo a mi hija.
-¡Basta!- grito Bella-. ¡Termina ahora mismo! ¿Me oyes? No dirigirás mi vida otra vez. Me gusta tener poder propio. Me gusta decidir lo que quiero hacer en lugar de que tú o mi tío o incluso Jacob tomen las decisiones por mí.
Edward levanto la cabeza.
-¿Quién es Jacob?
Con expresión disgustada, Bella respondió:
-El hombre al que arrojaste por la habitación esta mañana.
-¿Y que hay entre nosotros?- pregunto, con mirada penetrante.
-Conocí a Jacob en Inglaterra. De hecho, una vez estuve comprometida con él, y ha venido a América a buscarme.
Edward callo un momento.
-Una vez me dijiste que habías estado enamorada. ¿Era de ese Jacob?
Bella se sorprendió de que lo recordara.
-Creo que sí. Yo me sentía sola y él me prestó atención durante un tiempo, y yo creía amarlo. Fue hace mucho tiempo; yo era una persona muy distinta.
-¿Y que sientes por él ahora?
-Ahora no se lo que siento por nada. Durante años me asustaba por todo, de pronto quede totalmente sola y tuve que sobrevivir. En los últimos cuatro años no he hecho más que llevar libros de contabilidad y comprar y vender propiedades. Ahora, de pronto, aparece Jacob y me recuerda a aquella niña rechazada que fui una vez, y ahora tú, como siempre, me provocas un deseo inmenso de tocarte pero me aterra que vuelvas a convertirme en la niña llorosa que fui. ¿No lo entiendes, Edward? No puedo volver a tu plantación para que me anules. La única manera de ser yo misma es estar lejos de ti
A pesar de sus mejores intenciones, se echó a llorar.
-¡Maldito seas!- grito-. ¿Por qué has tenido que venir a alterarme así? ¡Vete, Edward Cullen! ¡Vete y nunca vuelvas a acercarte a mí!- agrego, y salió dando un portazo.
Edward se recostó contra la cabecera de la cama y sonrió. Cuando la conoció, había visto en ella apenas una sugerencia de la mujer que podía llegar a ser, pero no estaba seguro de cómo podía a ayudarla a convertirse en esa mujer. Tal vez Bella tuviera razón y la plantación fuera demasiado para ella. Cuando se enteró de como la trataba el personal, estuvo a punto de azotarlos a todos, pero sabía que ella necesitaba hallar su propia fuerza.
Cerró los ojos y, al pensar en ella, se asombró de la mujer en la que se había convertido: segura de sí misma, sensata, con sus sueños cumplidos. Había tomado algo que era poco más que una parada en el camino y había construido un próspero pueblo. Había criado una hija inteligente y sensata. Nadie tendría que preocuparse de que Elizabeth se retirara a su cuarto a llorar.
Con una fuerte risa de pura felicidad, echo a un lado la manta y comenzó a vestirse; al menos sus pantalones y sus botas estaban enteros. Si bien Bella creía haber madurado lo suficiente para resistirse a él, Edward sabía que no era así. ¿Cómo era aquel viejo proverbio? La edad y la felonía siempre vencen la juventud y al talento. Él pensaba echar mano a todos sus recursos, a todos los medios, para recuperarla. Con decisión, salió de la habitación, solo con sus pantalones oscuros y botas altas.
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