DISCLAIMER: la historia no me pertenece, los personajes son de Stephanie Meyer y la trama es de un libro el cual será dicho al final de esta historia, yo solo me adjudico la adaptación
- Capítulo 16 -
Edward se detuvo en la puerta abierta de la cocina, atraído por los aromas que de allí emanaban. Rio entre dientes al recordar como Bella siempre le había hecho perder las comidas. Echo un vistazo a la habitación y supo que la curvilínea morocha que estaba en un rincón era Alice Brandon. Había oído mucho de ella de boca del granuja que había conocido en Richmond.
-Disculpe- dijo en voz alta-. ¿Podría comer algo aquí? No estoy precisamente vestido como para cenar en público.
-Oh, cielos- exclamo Alice por lo bajo, sonriendo mientras observaba abiertamente el pecho desnudo de Edward y sus brazos fuertes. Edward comprendió que lo que le habían dicho de ella era verdad: Alice distaba mucho de ser célibe.
Cuando se recuperó, Alice dijo:
-De modo que usted es el hombre que ha devuelto el color a las mejillas de Bella.
-Bueno, si he puesto color en alguna parte- respondió Edward en voz baja, para que lo oyera solo Alice y no el personal, que los observaba con disimulo.
Alice lanzo una carcajada y lo tomo del brazo.
-Creo que nos llevaremos muy bien. Ahora siéntese, que le traeré algo para comer. Jane- llamo por encima de su hombro-, corre a la tienda y compra un par de camisas para el señor Cullen de las alas más grandes que tenga Willy. Y no te des prisa. Tenemos mucho que hablar.
Alice sirvió a Edward una comida como nunca había probado. Cuanto más comía él, más le agradaba a Alice. Debido a su falta de camisa, a la comida y a las respuestas de Edward para al fin de la cena ya estaba prácticamente enamorada de él.
-Sí, se siente sola- dijo Alice en respuesta a la pregunta de Edward-. Lo único que hace es trabajar. Es como si quisiera probarse algo. Durante años he tratado de convencerla de que trabajara menos, pero no quiere saber nada. Trabaja sin descanso, comprando más y más. Podría haberse retirado hace un año.
-¿No hay hombres?- pregunto Edward, con la boca llena de pastel de frutas.
-Unos cientos lo han intentado, pero ninguno logro nada con ella. Claro que, cuando una ha tenido lo mejor…
Edward le sonrió, tomo la camisa nueva del respaldo de la silla y se puso de pie.
-Bella y Betty dejaran Forks y volverán conmigo. ¿Cómo afectara eso a su sociedad?
-Hay un abogado que acaba de llegar del este, y él podrías encargarse de la venta de propiedades y de invertir el dinero. Con mi parte, me gustaría viajar, tal vez a Europa. Dime, ¿Bella sabe que se irá de aquí?
Edward se limitó a sonreír de tal modo que Alice rio.
-¡Buena suerte!- dijo, mientas Edward mientras salía de la cocina.
…
Durante dos días Bella se las ingenió para evitar a Edward o, al menos, para evitar otra discusión con él. Pero nadie podía evitarlo físicamente. Elizabeth parecía convencida de que su padre era su compañero de juegos exclusivo, y siempre estaban juntos. Edward incluso asumió la tarea de lavar el cabello largo y enmarañado de su hija, y Bella se irrito al ver que Elizabeth no emitía un solo sonido de dolor o de protesta. La llevaba a cabalgar y a trepar árboles, y la niña estaba muy impresionada por la agilidad de Edward. Elizabeth le mostro todo el pueblo, anunciando a todos que él era su padre y que iba a vivir con él y con sus caballos.
Bella se esforzaba por hacer caso omiso de Edward y de su forma de seducir a Elizabeth, además de las innumerables preguntas que le hacia la gente del pueblo.
No había visto a Jacob desde la llegada de Edward y, cuando reapareció, Bella se percató con sorpresa de que no había pensado en él en esos dos días.
-¿Puedo hablarte en privado?- le pregunto Jacob.
Parecía cansado y estaba muy sucio, como si hubiera viajado durante dos días sin dormir.
-Por supuesto. Ven a mi despacho.
Una vez allí, Bella cerró la puerta y se volvió hacia él.
-Parece que tienes algo importante que decirme.
Jacob se dejó caer sobre una silla y la miro.
-Fui a Boston y volví en dos días.
-Debe de haber sido un asunto muy urgente- supuso Bella, mientras le servía un trago-. Supongo que tiene que ver conmigo y con el dinero de mi padre.
-Sí, o al menos con el testamento de tu padre. Había una copia archivada en la oficina de un abogado en Boston. Yo la mande hacer y la envié a Norteamérica hace un tiempo, por si te encontraba aquí. Creía estar seguro de un punto del testamento, pero fui a Boston para confirmarlo. Tengo aquí una carta- dijo, al tiempo que sacaba un sobre del bolsillo interior de su chaqueta.
Bella lo tomo y lo sostuvo un momento.
-Tal vez puedas decirme lo que dice.
-Tus padres murieron cuando eras muy pequeña y quizá tú no lo recuerdas, pero en aquel tiempo el hermano de tu padre aún vivía. Él iba a ser tu tutor y, de hecho, pasaste unos meses con él, pero murió poco después que tus padres.
-Yo solo recuerdo al tío Aro.
-sí, era el único familiar que te quedaba, de modo que el albacea del testamento, que es el banco de tus padres, te puso a su cuidado. Claro que no sabían qué clase de hombre era Aro. Cuando se redactó el testamento, tus padres pensaron que estarías a salvo con el hermano de tu padre.
-Jacob, por favor, ve al grano.
-Lo que quiero decirte, mi querida, es que no podías casarte sin el permiso de tu tutor. Tal vez ellos no querían que te casaras con un cazafortunas, o quizá no querían que les pasara lo que a ellos, pues la familia de tu madre los dejo sin un centavo.
-¿Eso es todo? Tiene que haber algo más.
-Bella, no lo entiendes. Te casaste con Edward Cullen sin el permiso escrito de tu tutor, y tenías apenas diecisiete años.
-¿Diecisiete? No, había cumplido los dieciocho hacía varios meses.
-En la carta figura tu verdadera fecha de nacimiento. Tu tío trato de fraguar la fecha para poder casarte antes y obtener el dinero.
Estupefacta, Bella se apoyó en el escritorio.
-¿Dices que mi matrimonio con Edward no es válido?
-Carece totalmente de validez. Eras menor de edad y no tenías el permiso de tu tutor. No estas, ni has estado nunca, casada con nadie, señorita Swan.
-¿Y Elizabeth?
-Lamento que es ilegítima. Claro que, si volvieras a casarte, tu esposo podría adoptarla.
-No creo que a Edward le agradara la idea de que otro adoptara a su hija- murmuro.
-¡Al diablo con Edward!- exclamo Jacob, al tiempo que se levantaba de un salto y se acercaba a ella-. Hace años que quiero casarme contigo y que te amo. No puedes culparme por haber rehuido a una chiquilla de diecisiete años. Supongo que por instinto presentía que no estabas lista, y no puedes culparme por no querer casarme con una criatura. Al menos, yo no te lleve a mi cama por la fuerza, como ese hombre que es el padre de Elizabeth.
Se interrumpió y la tomo de la mano.
-Cásate conmigo, Bella. Seré un esposo bueno y fiel. ¿Acaso no te he amado el tiempo suficiente? Y seré un buen padre para Elizabeth.
-Por favor, Jacob- pidió Bella, apartándose de él-. Debo pensar en esto. Ha sido una gran sorpresa enterarme que durante años he vivido en pecado con un hombre. Y esto podría hacer mucho daño a Elizabeth.
-Por eso mismo…- comenzó a replicar Jacob, pero Bella levanto una mano y lo interrumpió.
-Necesito estar sola y pensar en esto. Y tú- agrego, sonriendo- necesitas un baño y un rato de descanso.
Pasaron varios minutos hasta que Jacob se marchó y Bella se quedó sola al fin de poder leer los documentos. Media hora después, cuando termino, Bella sonreía. Era verdad que nunca había estado casada con Edward. ¡Qué furioso se pondría cuando lo supiera! Por primera vez en años se dejó llevar por una de sus ensoñaciones e imagino la reacción de Edward cuando le dijera que no tenía ningún poder sobre ella y que, legalmente, Elizabeth no era su hija. Por una vez en su vida vencería a Edward Cullen. Sería una experiencia maravillosa.
En cuanto a la proposición de Jacob, la descarto. Aquel tonto pensaba que Bella realmente creía en sus declaraciones de amor. Quería casarse con ella antes de que cumpliera los veintitrés años, pues entonces ella heredaría la fortuna de sus padres. Pronto le haría entender que ella estaba decidida a hacer su propia vida.
Con una sonrisa, se dispuso a escribir una nota para Edward, en la cual lo invitaba a acompañarla a una cena íntima esa noche.
…
El comedor privado estaba preparado con altos y fragantes candelabros, cristalería vienesa, servicio de mesa francés y cubitera inglesa. El vino era alemán y la comida, americana.
-Me alegra que hayas vuelto a tus cabales- dijo Edward, mientras untaba un bizcocho con mantequilla-. Betty estará mucho mejor si tiene amigos en lugar de todos estos extraños. ¿Siempre le permitiste andar a su antojo por aquí? No me parece correcto que una criatura juegue en los pasillos del hotel.
-Y tú tienes tanta experiencia con los niños que, por supuesto, sabes muy bien lo que es bueno para ellos- replico Bella.
Edward se encogió de hombros.
-Sé lo suficiente para estar seguro de que hay mejores sitios que este para una criatura. En mi casa podríamos pasar más tiempo con Betty y… -sonrió- con nuestros otros hijos.
-Edward- comenzó Bella, pero él la interrumpió.
-No puedo decirte cuanto me alivia que al fin hayas vuelto a tus cabales. Aunque, en realidad, supuse que pelearías mas. Has crecido más de lo que pensé.
-¿Qué?- exclamo Bella, atragantándose con el vino-. ¿Qué al fin volví a mis cabales? ¿Qué he crecido? ¿De qué hablas?
Edward la tomo de la mano, le acaricio los dedos y hablo con voz profunda, grave.
-Esta cena no es una gran sorpresa para mí, porque sabía lo que querías decirme-le beso los dedos-. Quiero que sepas que comprendo lo difícil que ha sido para ti tomar esta decisión, y nunca lo usare en tu contra. Has sido muy valiente y generosa al aceptar volver conmigo. Tal vez desees quedarte en tu pueblito un tiempo más, pero Elizabeth necesita algo más que estar rodeada de extraños. Necesita un hogar, lo cual yo, por supuesto, puedo darle.- Volvió a besarle los dedos-. Has tomado una decisión muy sensata.
Bella aspiro profundamente para calmarse, bebió un poco de vino y le sonrió.
-¡Eres un granjero vanidosa!-dijo, en tono amistoso-. No tengo intensiones de regresar a tu casa, y mi "pueblito", como lo llamas tú, es un hogar para mi hija.
A pesar de sus buenas intenciones, comenzó a levantar la voz.
-No te he invitado aquí para decirte que volvería contigo, como supusiste con tu típica arrogancia, sino para informarte de que no estoy casada contigo, ni nunca lo he estado.
Esta vez fue Edward quien se atraganto. Bella, por primera vez en la cena, empezó a comer. ¡Que estupendo era derrotar a Edward!
Él la tomo por la muñeca y trato de levantarla.
-¿Qué haces?
-Supongo que en este pueblo habrá un predicador. Él puede casarnos ahora.
-¡Pero no lo hará! Y si no te sientas, puedo volver a llevarme a Elizabeth.
Edward vacilo pero, como no quería arriesgarse a sufrir ese castigo, se sentó.
-Cuéntamelo todo- dijo, abatido.
Bella perdió parte de su regocijo al ver la expresión de Edward y, cuando le dijo que Elizabeth no era legalmente su hija, estuvo a punto de aceptar casarse con él en ese mismo instante. Pero la expresión de Edward cambio al oír el nombre de Jacob.
-¿Fue ese inservible quien te lo dijo?-pregunto-. Se ha tomado muchas molestias. ¿Qué hay en esto para él?
Bella sabía muy bien que Edward no estaba al tanto del dinero que ella heredaría, dinero que para él no significaría nada, pero para Jacob lo era todo. Pero, en verdad, no le agrado la insinuación de que Jacob tenía otro motivo además del amor.
-Jacob quiere casarse conmigo- respondió con altivez-. Dice que me ama y también a Elizabeth, y quiere adoptar a mi hija.
-No serias tan tonta- replico Edward con presunción-. ¿Qué mujer querría a un debilucho como él?
El final implícito de esa pregunta era, cuando podría tener a alguien como yo.
Bella lo miro con mucho odio y respondió, con un fuerte grito:
-Jacob es un caballero. Sabe hacer sentir a una mujer como una dama. Sabe cortejar de una manera… exquisita. Ustedes, los americanos, solo saben exigir.
Edward bufo.
-Cualquier americano puede cortejar mejor que un inglés debilucho.
-Oh, Edward- dijo Bella, con una sonrisa serena-. Tú no sabes nada de eso. Tu idea de seducir a una mujer consiste en arrastrarla por el cabello.
-Pues muchas veces te gusto que te arrastrara-replico. Bella perdió la serenidad.
-Eso es un ejemplo de tu grosería de colono.
-Y tú, mí querida, eres una inglesa presuntuosa. Dijiste que tu cumpleaños es en tres semanas. Pues bien, ese día te casaras conmigo, y lo harás por tu propia voluntad.
Dicho eso, salió de la habitación, y no alcanzo a oír a Bella exclamar: ¡Jamás!
…
Al día siguiente, muy temprano, Bella estaba en su despacho cuando llego Alice con montones de novedades. Primero la acuso porque Edward se había marchado la noche anterior y aún no había regresado. Luego de dejar en claro su opinión (que Bella estaba equivocada), le advirtió que una mujer alta y rubia se había registrado esa mañana y preguntaba por su novio, el señor Edward Cullen.
-Me parece que tienes problemas- concluyo Alice, con un suspiro.
-¡Qué bien!-respondió Bella, en tono fatigado-. Justo lo que necesito. ¿Es que nadie cuenta lo difícil que es dirigir un hotel como este? Tengo trabajo de varios días apilado en mi escritorio y, a propósito, Jacob ya me ha informado de la partida de Edward y antes que él, me lo ha ido mi hija. Estoy segura que Jacob tiene mucho más que decirme, pero es probable que Elizabeth no vuelva a decir una sola palabra en mi presencia. Ahora bien, la rubia no puede ser otra que mi querida Tanya Denali. Dame unos minutos para prepararme y podre encargarme de ella.
Alice asintió y salió de la habitación.
Durante un momento, Bella dejo que su mente volviera al tiempo de las visitas de Tanya a la plantación. En aquel tiempo, Tanya no se enfadaba con ella y la ayudaba con el personal de servicio, y no había visto los insultos de aquella mujer como lo que eran. ¡Esa Irina!-pensó. ¡Cómo le gustaría ahora ponerle las manos encima! ¡Y Tanya! La querida Tanya, que tiranizaba a la pobre e insegura esposa de Edward, fingiendo ayudarla cuando en realidad destruía la poca seguridad que le quedaba.
Con una sonrisa, Bella salió de su oficina, paso por la cocina y pidió a Alice que preparara té para dos mujeres. Ignoro los comentarios de su amiga acerca de que estaba lista para la batalla y luego envió una invitación a Tanya para tomar té en la biblioteca.
Tanya se presentó de inmediato, y Bella vio en ella cosas que antes no había visto: el rostro y el cuerpo de Tanya comenzaban a acusar rastros de tantos años de vida disipada. Trasnochadas, buena comida, excesos de toda clase, se reflejaban en arrugas y ojeras, y en un engrosamiento de su cintura que se advertía a pesar del ceñido corsé.
-Vaya, vaya, si es la florecita inglesa-dijo Tanya al entrar-. Me han dicho que ahora eres dueña de este lugar. ¿Quién te lo compro?
-¿No quieres tomar asiento?-dijo Bella con cortesía-. He ordenado un refrigerio. En efecto, soy la dueña de este hotel-. Con una sonrisa inocente, prosiguió-: Y de la imprenta, la oficina del abogado, el consultorio del médico, la tienda, la herrería, la escuela y la botica, además de cuatro granjas fuera del pueblo y ciento veinte hectáreas de tierra.
Tanya parpadeo una sola vez, pero no mostro otro cambio de expresión.
-¿Y con cuántos hombres has dormido para conseguir todo eso? Estoy segura de que a Edward le interesara saberlo.
-¡Que amable eres al pensar que valgo tanto!-exclamo Bella con entusiasmo-. Pero lamento informarte de que yo no tengo tu habilidad para venderme y conseguir lo que quiero. He tenido que recurrir a la inteligencia y al trabajo para tener todo lo que poseo. Cuando me sobraba un poco de dinero, no lo gastaba en un vestido nuevo sino que lo utilizaba para comprar más tierras y más materiales de construcción.
Se detuvo y fue a abrir la puerta a Alice, que, con gran curiosidad, traía una enorme bandeja.
-¿Cómo van las cosas?- susurro Alice.
Bella sonrió con presunción, con lo cual Alice rio y le entrego la bandeja.
Cuando volvieron a quedarse a solas, Bella coloco la bandeja sobre una mesita baja y sirvió el té.
-¿Quieres que volvamos a empezar?-pregunto Bella-. De nada sirve fingir que somos amigas. Supongo que estas aquí porque quieres a mi esposo.
Tanya trato de serenarse. No quería perder aquella batalla.
-Veo que has aprendido a servir el té- observo.
-He aprendido muchas cosas en los últimos años. Veras que no soy tan confiada como antes. Ahora dime lo que quieres.
-Quiero a Edward. Era mío hasta que tú te metiste en su cama, te quedaste embarazada y lo obligaste a casarse contigo.
-ésa es una manera de ver las cosas. Dime ¿acaso Edward te ha dicho que se casaría contigo si se libraba de mí?
-No hace falta que me lo diga-replico Tanya-. Ya estábamos casi comprometidos cuando él te conoció, y el único problema es que esta encaprichado contigo. Ninguna mujer lo había abandonado antes, y eso lo vuelve loco.
-Si ese es el caso, si Edward le gustan las mujeres que lo abandonan, ¿Por qué lo has seguido hasta aquí? ¿No habría sido mejor quedarte y que el volviera a ti?
-¡Maldita seas!-gruño Tanya-. ¡Edward Cullen es mío! Ya era mío mucho antes de que tú dejaras de usar vestidos cortos. ¡Tú lo abandonaste! Robaste las joyas de su madre y lo dejaste. Si no hubiera encontrado aquella nota…-. Se detuvo abruptamente.
Bella la miro a los ojos un momento, concentrada. Todos esos años se había preguntado porque Edward nunca la había encontrado. Ella había dejado un rastro que hasta un niño podría seguir, pero Edward nunca se había molestado en hacerlo. Pero si Tanya había hallado la nota antes que él…
-¿Me busco un tiempo?-pregunto en voz baja.
Tanya se puso de pie y la miro, furiosa.
-No esperaras que te lo diga, ¿verdad? Te lo advierto: Edward es mío. No creo que seas lo suficientemente mujer para pelear conmigo. Yo siempre consigo lo que quiero.
-¿De veras, Tanya?-pregunto Bella con calma-. ¿Tienes acaso un hombre que te abrace por las noches mientras lloras, o a quien puedas confiar tus más profundos secretos? ¿Saber lo que es compartir, amar y ser amada por alguien?-. Volvió la cabeza y miro a Tanya-. ¿O acaso ves a la gente como si fueran dólares y centavos? Dime, si tú fueras la dueña de Forks. ¿Seguirías estando interesada en mi esposo?
Tanya se dispuso a responder pero, aparentemente, cambio de parecer y, en silencio salió de la habitación.
Cuando Bella se llevó la taza de té a los labios, noto con sorpresa que estaba temblando. Las preguntas que había hecho a Tanya eran las mismas que ella se había planteado sin darse cuenta. Al fin y al cabo, ¿qué significaba ser dueña de un pueblo? Allí tenía amigos, personas a quienes había tomado cariño, pero ¿podían reemplazar a una persona especial, alguien que la amara aunque no estuviera en el mejor de los ánimos, alguien que le sostuviera la cabeza cuando se descomponía, una persona especial que conociera todas sus partes feas y aun así la amara?
Al recordar la plantación de Edward y la casa Cullen, comprendió que Elizabeth debía crecer allí. En las paredes estaban los retratos de cientos de antepasados de Edward, que también eran los ancestros de Elizabeth. La niña merecía esa clase de continuidad, un lugar que implicara seguridad y paz, no la vida siempre cambiante de un hotel.
Sonriendo, se recostó en la silla. Claro que no sería fácil decir a Edward que había ganado. Sin duda, él se regodearía y respondería que siempre había sabido que ganaría. Pero ¿qué importaba eso? Para ella significaba más pasar la vida con el hombre que amaba que renunciar a todo por su tonto orgullo. Además, habría maneras de pagárselo. Sí, pensó. Le haría lamentar su jactancia.
-Te ves muy complacida contigo misma-observo Alice.
Bella no había oído entrar a su amiga.
-Estaba pensando en Edward.
-Eso me haría sonreír a mí también. Entonces ¿cuándo te vas con él?
-¿Y qué te hace pensar…?-empezó a preguntar Bella, pero se detuvo cuando Alice se echó a reír-. Ya sé lo que estás pensando, y es verdad. ¿Sabes?, durante años tuve miedo de Edward, miedo de que su personalidad me devorara y yo dejara de existir.
-Pero ahora sabes que puedes defender lo tuyo-dijo Alice.
-Sí, y comprendo que él tiene razón: que su plantación es un sitio mejor para Betty. Pero ¿qué hay de ti? ¿Cómo te afectara que yo me marche de Forks? ¿Quieres que busque a otra persona para que te ayude con el hotel?
-No, no te preocupes por eso- respondió Alice, levantando una mano-. Edward y yo lo hemos arreglado todo. No habrá ningún problema.
-¿Edward y tú? ¿Quieres decir que tú… y mi esposo…? ¡A mis espaldas!
-Por lo último que supe, él ya no era tu esposo. Y por supuesto que sabía que te marcharías. Edward no es un hombre al que una mujer pueda resistirse por mucho tiempo. ¿Sabías el infierno por el que paso tratando de encontrarte cuando lo dejaste? ¿Y que se ha mantenido célibe desde entonces?
-¿Qué?-exclamo Bella, mientras volvía a invadirla el amor por Edward-. ¿Cómo lo sabes?
-Mientras tú trabajabas, yo pase un tiempo con Edward y Betty, y si tú no tenías curiosidad, yo sí. ¿Quieres saber por lo que ha pasado ese pobre hombre en los últimos años?
Sin esperar respuesta de Bella, Alice empezó a relatarle la historia larga y detallada de los sufrimientos de Edward. La mayoría de sus amigos creían que Bella se había ahogado, pero él seguía buscándola aunque todos le aconsejaban que se diera por vencido. Un predicador llego a insistir en que hiciera un funeral para su querida esposa desaparecida, pensando que tal vez eso libraría a Edward de su obsesión.
Una hora más tarde, Bella salió de la biblioteca con la cabeza en las nubes. Ignoro a Jacob, que la vio y la llamo, y busco a Edward por todas partes, ansiosa por decirle que lo amaba, que quería casarse con él y que volvería a casa con él.
Al anochecer, al ver que Edward aun no aparecía, comenzó a perder parte de su entusiasmo. Distraída, rechazo la invitación de Jacob para cenar y paso la noche con su hija. Al cabo de la segunda noche sin noticias de Edward, su euforia se aplaco. Elizabeth estaba de más humor y dirigía miradas enfadadas a su madre; Jacob insistía con sus invitaciones, y Tanya preguntaba constantemente donde estaba Edward.
Al tercer día, Bella empezó a desear que nunca hubiera conocido a Edward Cullen. ¡No podía haberla abandonado después de todo lo que había hecho para encontrarla! ¿O sí? Oh, Dios, por favor, rezo en silencio esa noche, al arrojarse sobre la cama. Por favor, que no me haya abandonado. Por primera vez en años, se echó a llorar. ¡Maldito seas Edward!, pensó. ¿Cuántas lágrimas le había hecho derramar aquel hombre?
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