DISCLAIMER: la historia no me pertenece, los personajes son de Stephanie Meyer y la trama es de un libro el cual será dicho al final de esta historia, yo solo me adjudico la adaptación
- Capítulo 17 -
A las cinco de la mañana siguiente, Bella se despertó al oír que llamaban a su puerta. Adormilada, se levantó y se puso la bata.
De pie en el pasillo estaba Sam Uley, el hijo de unos de sus inquilinos granjeros. Antes de que Bella pudiera decir una palabra, el muchacho le entrego una rosa roja de tallo largo y se marchó deprisa.
Bella bostezo y miro la flor exquisita y fragante. Sujeto al tallo había un papel, que desenrollo y leyó: "Bella, ¿quieres casarte conmigo? Edward."
Pasó todo un minuto hasta que su mente comprendió lo que veían sus ojos, y entonces lanzó una exclamación de júbilo, estrecho la rosa contra su pecho y dio tres saltos en el aire. ¡Él no la había olvidado!
-Mami-dijo Elizabeth, frotándose los ojos-, ¿ha vuelto mi papi?
-Casi-respondió Bella, riendo. Tomo a su hija en brazos y bailo con ella por la habitación-. Esta rosa, esta hermosa y perfecta rosa, es de tu padre. Quiere que vayamos a vivir con él.
-Idemos-dijo Elizabeth, riendo también y abrazando a su madre, pues empezaba a marearse-. Podlemos montal mi poni.
-¡Todos los días, desde ahora y para siempre! Ahora vistámonos, porque seguramente papá llegara muy pronto.
Antes de ponerse un vestido de terciopelo dorado, Bella arrojo todas sus pertenencias sobre la cama. Estaba en medio de aquel desorden cuando alguien volvió a llamar la puerta. Corrió a abrirla, esperando ver a Edward.
Era Emily Young, la hermana de Jessica, que traía dos rosas rosadas. Confundida, Bella tomo las rosas y observo a Emily marcharse corriendo por el pasillo.
-¿Ela papi?-pregunto Elizabeth.
-No, pero papi nos ha enviado dos rosas más.
Sujeto a cada una había un papelito enrollado, escrito con letra de Edward, que decía: "Bella, ¿quieres casarte conmigo? Edward."
-¿Pasa algo mami? ¿Pol que papi no viene a velnos?
Sin prestar atención a la ropa que estaba sobre la cama, Bella se sentó. Era apenas una recóndita sospecha, pero las nuevas rosas le hicieron preguntarse que estaría tramando Edward. Echo un vistazo al reloj y vio que eran apenas las cinco y media. Habían entregado una rosa a las cinco, dos a las cinco y media. No, pensó. No podía ser.
-No pasa nada mi amor-dijo Bella-. ¿Quieres llevar estas rosas a tu cuarto?
-¿Son de papi?
-Por supuesto.
Elizabeth tomo las rosas como si fueran valiosísimas y las llevo a su cuarto.
A las seis, cuando Elizabeth y Bella estaban vestidas y se dirigían abajo a desayunar, llegaron tres rosas más.
-¡Que hermosas!-exclamo Alice, que ya estaba levantada y cocinando. Antes de que Bella pudiera protestar, tomo las flores, leyó las notas sujetas a ellas y las coloco en un florero-. No pareces muy feliz. Por el ánimo que has tenido en los últimos días, pensé que te alegraría recibir una señal de él. A mí me animarían mucho tres rosas con esas notas.
-Hay seis rosas-respondió Bella con seriedad-. Una llego a las cinco, dos a las cinco y media, tres a las seis.
-No estarás pensando…
-Lo había olvidado, pero Edward y yo discutimos por las maneras de cortejar. Yo hice algunos comentarios despectivos acerca de que los americanos no saben cortejar a una mujer.
-Has estado muy mal-dijo Alice, sintiéndose muy americana-. Seis rosas antes del desayuno te demuestran lo que podemos hacer los americanos-agrego, y reanudo su trabajo.
Pensando que había ofendido a su mejor amiga, Bella se dirigió al comedor para verificar que todo estuviese listo. Mientras salía del comedor, el hijo del impresor le entrego cuatro rosas amarillas, cada una con su respectiva nota.
Con un profundo suspiro, Bella sonrió al ver las rosas y meneo la cabeza. ¿Acaso Edward nunca hacia nada a pequeña escala? Guardo las notas en su bolsillo y fue en busca de un florero.
Para las diez de la mañana ya no sonreía. Cada media hora llegaban más rosas, y hasta el momento había un total de sesenta y seis rosas. La cantidad misma no era intimidatoria, pero si en el interés de aquellas flores estaban despertando en todo el pueblo. El boticario y su esposa fueron a desayunar al hotel, algo que nunca habían hecho antes, y al marcharse se detuvieron para preguntar a Bella quien era ese Edward que había contratado a sus tres hijos para que entregaran rosas cada media hora. No revelaron donde conseguían los niños esas flores ni quien había hablado con ellos, y se mostraron muy discretos con respecto a las notas que habían leído… pero la curiosidad los carcomía.
Al mediodía llego un ramo de quince rosas, cada una con una nota sujeta al tallo, y fue cuando empezó a tratar de esconderse. Pero todo el pueblo parecía conspirar contra ella. Siempre que faltaban cinco minutos para la hora o la media hora, alguien tenía algo importante que decirle, algo que la mantenía a la vista de todos cuando llegaba el siguiente ramo.
A las cuatro, le entregaron veintitrés rosas.
-Ya son doscientas setenta y seis-dijo el dueño del almacén, y escribió la cantidad con tiza en la pared del bar.
-¿No tiene clientes hoy?-le pregunto Bella, irritada.
-Ni uno solo-respondió el hombre, sonriendo-. Están todos aquí.-Volvió a mirar hacia el atestado salón.- ¿Quién quiere apostar cuando van a dejar de llegar?
Bella dio media vuelta y salió de allí, después de dejar el ramo de rosas en brazos de Alice.
-¿Rosas?-exclamo Alice-. ¡Que maravillosa sorpresa! ¿Quién las habrá enviado?
Bella hizo una mueca y siguió por el corredor. No le habría extrañado que Edward hubiese instigado todo aquel interés en las rosas. Seguramente la gente del pueblo tenia mejores cosas que hacer en lugar de observarla recibir flores. Claro que el motivo por el que Edward había contratado a todos los niños del pueblo era despertar el interés de los padres.
A las siete recibió veintinueve rosas, y a las ocho, treinta y una. Para las nueve ya había recibido quinientas sesenta y un rosas, de todos los colores que podían tener las rosas. Las notas de Edward, que decían los mismo una y otra vez, llenaban sus bolsillos, los cajones de su escritorio, una caja sobre su tocador, una olla de cobre en la cocina. A pesar de todas sus protestas, no podía desechar una sola de las notas.
A las diez comenzó a preguntarse si alguna vez dejarían de llegar las flores. Estaba cansada y no quería más que meterse en la cama y estar tranquila.
Justo cuando llegaba a la puerta de su dormitorio, un niño le puso en los brazos un ramo de treinta y cinco rosas. Una vez adentro, Bella les quito cuidadosamente todas las notas, las leyó y luego las guardo en un cajón, junto con su ropa interior.
-Edward-, suspiro: ya no estaba fatigada. Al menos sola en su cuarto podía disfrutar de las rosas.
Alguien, sin duda Alice, había colocado varios jarrones con agua en un rincón, Bella ocupo uno. Al hacerlo, recordó la última vez que Edward le había regalado flores, en su noche de bodas.
Aún estaba riendo cuando, a las diez y media, llegaron treinta y seis rosas. Llegaron más a las once y a las once y media. A la media noche, Bella fue a abrir la puerta y vio que era el reverendo Jason Jenks, de la iglesia de Forks.
-Pase, por favor- dijo Bella, con cortesía.
-No, debo ir a casa. Ya es muy tarde. Solo he venido a traerle esto.
Le entrego un estuche blanco, largo y angosto. Bella lo abrió y vio que contenía una delicada rosa de cristal fino, delgado y frágil, con un suave tinte rosado. El tallo y las hojas también eran de cristal, de un suave color verde. A su lado había una pequeña placa de plata tallada que decía: "Bella, ¿quieres casarte conmigo? Edward."
Bella se quedó sin habla, temerosa de tocar la belleza de la rosa de cristal.
-Edward estaba muy deseoso de que le gustara- dijo el reverendo Jason.
-¿Dónde la encontró? ¿Y cómo la trajo a Forks?
-Eso, mi querida, lo sabe solamente el señor Cullen. El simplemente me pidió que le entregara un regalo esta medianoche. Claro, cuando llego el estucho y al ver que estaba abierto, mi esposa y yo… bueno, no resistimos la tentación de espiar que era. Ahora realmente debo irme. Buenas noches.
Bella apenas lo oyó. Cerró la puerta, distraída, y se recostó sobre ella un momento, con la mirada fija en la elegante y esplendida rosa de cristal. Contuvo el aliento, temerosa de que se quebrara, y la coloco en el pequeño florero que había junto a si cama, junto a la primera rosa que le había enviado Edward. Al desvestirse, no aparto los ojos de ninguna de las dos rosas, y cuando se acostó, la luz de la luna parecía destacar cada rosa. Bella se durmió con una sonrisa.
...
Al día siguiente se despertó tarde: ya eran las ocho. Echo un rápido vistazo a sus rosas y les dirigió a todas una radiante sonrisa. Se levantó y tomo su bata. Una de las mangas estaba torcida y, al enderezarla, cayo un papelito azul que decía: "Bella, ¿quieres casarte conmigo? Edward."
Deprisa, lo guardo en su bolsillo, pensando que no había reparado en que las notas del día anterior estuvieran escritas en papel azul. Fue al cuarto de Elizabeth y lo hallo vacío. La niña a menudo se levantaba e iba a la cocina aun antes de que su madre se despertara.
Sin dejar de sonreír, Bella volvió a su habitación para vestirse. Estaba segura de que Edward se presentaría ese día, que se arrodillaría ante ella y le rogaría que se casara con él. Tal vez, solo tal vez, ella aceptaría. Rio en voz alta.
Dejo de reír cuando encontró otra nota azul dentro de su vestido. Vacilo apenas un momento, miro la nota con suspicacia y luego dio media vuelta y comenzó a registrar su guardarropa.
Había notas azules por todas partes: en sus zapatos, en sus vestidos, dentro de los cajones, en sus enaguas y camisolas, ¡incluso debajo de la almohada!
¿Cómo se atrevía?, pensó, poniéndose más furiosa con cada nota que encontraba. ¿Cómo se atrevía a invadir así su intimidad? Si no había sido Edward en persona, había contratado a alguien para que revisara todas sus cosas y colocara notas. Pero ¿cuándo? Seguramente algunas habían sido puestas allí por la noche, porque incluso en el vestido que había usado el día anterior había tres notas.
Furiosa, salió de su habitación y fue directamente a su despacho. A primera vista, esa habitación no había sido tocada. Agradeció al cielo tener la costumbre de cerrarla con llave todas las noches.
Se sentó en su escritorio y al principio no reparo en el hilo delgado que había sobre la secante de cuero. Luego, con suspicacia, lo siguió hasta el pie del escritorio donde desaparecía. Se arrodillo y luego se tendió de espaldas. Sujeto a la parte inferior del escritorio había un cartel con grandes letras que decía: "Bella, ¿quieres casarte conmigo? Edward."
Apretó los dientes, arranco el cartel y estaba rompiéndolo en diminutos pedacitos cuando entro Alice con las manos llenas de papelitos azules.
-Veo que también ha andado por aquí-dijo Bella alegremente.
-Esta vez ha llego demasiado lejos. Esta es mi oficina privada y no tiene derecho a venir aquí sin invitación.
-No quiero ponerte más nerviosa, pero ¿has mirado en tu caja fuerte?
-¡En mi…!-comenzó a exclamar, pero se detuvo.
Bella era la única que tenía un juego de las tres llaves que se necesitaban para abrir la caja fuerte. El otro juego estaba guardado en la bóveda de un banco, a más de cien kilómetros de allí. Ni siquiera Alice abría jamás la caja fuerte del hotel, ni sabía cómo ni en qué orden se usaban las llaves: dejaba eso a cargo de Bella.
Deprisa, Bella se dirigió a la caja fuerte e inicio el largo proceso de apertura. Al abrir la última puerta, cayó una ancha cinta azul. Bella tiro de ella, furiosa y vio de inmediato lo que tenía escrito. No se molestó en leerla; simplemente metió la mano en la caja, saco un puñado de cinta azul y la arrojo hacia el cesto de los papeles.
-¿Cómo lo supiste?-pregunto a Alice, mientras se ponía de pie.
Alice parecía un poco nerviosa y sonrió ligeramente:
-Ojala estés lista para esto. Parece que ayer, mientras todo el pueblo estaba aquí y las tiendas estaban cerradas, alguien, o quizá fue un ejército de personas, coloco todas estas proposiciones azules por todo el pueblo. El medico encontró una en su maletín y cuatro en su consultorio. Willy encontró seis en su almacén…-hizo una pausa y ahogo una risita-… y el herrero encontró una cinta azul en la herradura de un caballo.
Bella se sentó.
-Continua-suspiro.
-Algunos se lo tomaron bien, pero otros están bastante enojados. El abogado encontró una en su caja fuerte, y está hablando de hacer una demanda. Pero, en general, todos ríen y dicen que quieren conocer a ese Edward.
-No quiero volver a verlo en mi vida-dijo Bella con sentimiento.
-No lo dices en serio-replico Alice, sonriendo-. Tal vez tus notas sean todas iguales, pero la mayoría de las otras son muy creativas. Hay poemas, algunas cosas de Shakespeare, y la señora Lauren, que toca el piano, recibió una canción entera que dice que es muy bonita. Está ansiosa por hacértela escuchar.
Bella levanto la cabeza.
-¿Esta allí fuera?
Alice hizo una mueca.
-Ahora todos se sienten involucrados, y la mayoría de ellos está afuera.
-¿Quién no está?-pregunto Bella débilmente.
-La abuela de la señora Lauren, que tuvo un ataque el año pasado, y el señor Uley, que tenía que ordeñar y…-Se detuvo porque no recordaba que faltara alguien más-, la hermana de la señora Brown está de visita; llego ayer y se muere por conocerte. Ha traído también a sus seis hijos.
Bella apoyo los brazos en el escritorio y hundió la cabeza en ellos.
-¿Se puede morir con solo desearlo? ¿Cómo puedo hacer frente a todas esas personas?-Miro a Alice, con gran angustia-. ¿Cómo pudo Edward hacerme esto?
Alice se arrodillo junto a su amiga y le acaricio el cabello.
-Bella, ¿no te das cuenta de que te quiere tanto que está dispuesto a hacer cualquier como con tal de recuperarte? No sabes por todo lo que ha pasado desde que lo dejaste. ¿Sabías que al principio perdió veinte kilos? Fue un amigo suyo llamado Emmet quien lo convenció de que no renunciara a la vida.
-¿Edward te ha dicho todo eso?
-En cierto modo. Yo le pregunte algunas cosas y otras no. Tarde un poco en armar el rompecabezas, pero lo logre. Ahora ese hombre está más allá de todo orgullo. No le importa lo que tenga que hacer para que vuelvas con él. Si puede conseguir la ayuda de todo un pueblo, lo hará. Tal vez sus tácticas ser un poco… bueno, no es precisamente sutil, pero ¿Qué prefieres? ¿Tener una rosa y un hombre como Jacob o setecientas cuarenta y dos rosas y Edward Cullen?
-Pero ¿Por qué tiene que hacer todo esto?
-Me has dicho muchas veces que Edward nunca te pedía nada, sino que solamente te decía lo que tenías que hacer y cómo. Si mal no recuerdo, en la ceremonia le dijiste que no simplemente porque no te había pedido que te casaras con él. No creo que ahora puedas acusarlo de no habértelo pedido, además, dijiste que querías que te cortejara-. Alice se puso de pie, sonriendo-. Esto puede pasar a la historia.
A pesar de sí misma, Bella comenzó a sonreír.
-Lo único que yo quería era un poco de champan y algunas rosas.
Alice abrió mucho los ojos y se llevó un dedo a los labios.
-Por favor, no menciones el champan. Puedes iniciar una inundación.
Bella lanzo una risita.
-¿Es que nunca hará nada a escala normal?
-¿No esperas que no?-dijo Alice con seriedad-. Yo daría mucho por estar en tus zapatos.
-Mis zapatos están llenos de notas- respondió Bella, impasible.
Alice rio y se dirigió a la puerta.
-Sera mejor que te prepares. Todos están ansiosos por verte.
Alice rio al oír el sentido gemido de Bella y salió de la habitación.
Bella se tomó un momento para calmarse y para pensar en las palabras de Alice. Todo en Edward era exagerado, desde su cuerpo hasta su casa y sus tierras; ¿Por qué esperaba que la cortejara de otra manera?
Con cuidado, recupero la cinta que había arrojado a la papelera y la plegó con ternura. Algún día se la mostraría a sus nietos. Con decisión, los hombres derechos, salió de su despacho y se dirigió a los salones públicos.
Nada habría podido prepararla para lo que la esperaba. La primera persona a la que vio fue la abuela de la señora Lauren, sentada en una silla, sonriéndole con la mitad de la cara, pues la otra mitad se le había paralizado con el ataque.
-Me alegra mucho que haya podido venir- le dijo Bella, como si hubiese enviado invitaciones para aquella fiesta.
-¡Setecientas cuarenta y dos!-decía un hombre-. Y la última es de cristal, traída de Europa.
-¿Cómo habrá hecho para traerla sin que se rompiera?
-¿Y cómo habrá llegado a mi desván? La escalera se rompió hace dos días y no tuve tiempo de arreglarla. Pero ahí estaba: una bonita cinta sujeta a un fardo de heno, con una proposición matrimonial para Bella.
Un hombre pintaba un rosal en la pared del bar, y al lado de la pintura había números: 5 h; 1 rosa, 5:30 h; 2 rosas, hasta llegar a treinta y ocho rosas a las once y treinta de la noche y una rosa a medianoche, más el total al pie. Bella no se molestó en preguntar quién era el pintor o quien le había dado permiso para pintar en su pared. Estaba demasiado ocupada recibiendo preguntas.
-Bella, ¿es verdad que ese hombre es el padre de Elizabeth pero no estas casada con él?
-Estábamos casados cuando nació Elizabeth-trataba de explicar-. Pero yo era menor de edad y…
Otra pregunta la interrumpió:
-Dicen que ese hombre es dueño de medio Virginia.
-No tanto; solo un tercio.
El sarcasmo no apagaba el interés de la gente.
-Bella, no me gusta que ese hombre deje notas en mi caja fuerte. Tengo documentos privados allí, y la palabra de un abogado a sus clientes es sagrada.
Así siguieron, hora tras hora, hasta que la sonrisa de Bella parecía pegada a su cara. Solo una vocecita a su lado la hizo reaccionar.
-Mami…
Bella bajo la vista y vio la carita de su hija, visiblemente preocupada por algo.
-Ven-le dijo, al tiempo que la levantaba en brazos y la llevaba a la cocina-. Veamos si Alice pueda prepararnos el almuerzo, y lo comeremos en el campo.
Una hora más tarde, Bella y su hija estaban solas junto a un arroyo al norte de Forks. Habían acabado con una cesta llena de pollo frito y pasteles de fresa.
-¿Po que papi no vuelve?-pregunto Elizabeth-. ¿Y po que no me esclibe caltas como a todos?
Por primera vez, Bella reparo en que su hija había sido excluida de las notas y de las rosas. Recordó que en la habitación de Elizabeth no habían encontrado ninguna nota. Sentó a su hija sobre su regazo.
-Supongo que papá quiere que me case con él, ya sabe que a donde yo vaya iras tú también.
-¿No quiele casalse tamben comigo?
-Quiere que vivas con él; de hecho, creo que al menos la mitad de las rosas son para ti, para que tú también vayas a vivir con él.
-¡Ojala me enviala losas! Sam Uley dice que papi solo te quiele a ti y que, cuando se vayan, yo tendle que quedalme aquí con Alice.
-¡Eso es una maldad! ¡Y no es cierto! Tu papá te quiere mucho. ¿No te hablo del poni que compro para ti y de la casa que construyó en el árbol? Y eso fue antes de conocerte. Imagina lo que hará ahora que sabe quién eres.
-¿Clees que a mi tamben me pedila que me case con él?
Bella no supo responder a eso.
-Cuando me lo pide ami, significa que también te quiere a ti.
Con un suspiro, Elizabeth se recostó contra su madre.
-Ojala papi viniela a casa. Ojala nunca volviela a ilse, y ojala me enviala losas y me esclibiera caltas.
Bella acuno a su hija y le acaricio el cabello, sintiendo su tristeza. ¡Como odiaría Edward saber que había herido a su hija al excluirla! Tal vez al día siguiente ella podría compensar el descuido de Edward. Tal vez pudiera encontrar algunas rosas, si quedaba alguna en el estado después de los envíos de Edward, y dárselas a su hija… de parte de su padre.
Mañana, pensó, y casi se estremeció. ¿Qué tendría Edward en mente para ese día?
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