DISCLAIMER: la historia no me pertenece, los personajes son de Stephanie Meyer y la trama es de un libro el cual será dicho al final de esta historia, yo solo me adjudico la adaptación
- Capítulo 18 –
Al día siguiente, Elizabeth despertó a su madre. Traía un ramillete de rosas en la mano.
-¿Selan de papi?- pregunto a su madre.
-Puede ser- respondió Bella, sin mentor en realidad, para dar esperanzas a la niña. Ella había colocado el ramo esa mañana sobre la almohada de su hija.
-No son de papi- dijo Elizabeth con gran desesperación-. Tú las has puesto allí.
Las arrojo sobre la cama y corrió a su cuarto.
Paso un momento hasta que Bella puso consolar a su hija, y ella misma llego al borde de las lágrimas antes de que Elizabeth se calmara. Si tan solo tuviera alguna manera de hacer llegar un mensaje a Edward para hablarle de la angustia de Elizabeth…
Cuando al fin se vistieron distaban mucho de estar alegres. Se tomaron de la mano, y juntas, se prepararon para ir al encuentro de lo que hubiera planeado para ellas ese día… y Edward.
Los salones de recepción estaban llenos de gente del pueblo, pero como no había novedades, a menudo había un solo miembro por familia. Bella evito sus preguntas y mantuvo a Elizabeth a su lado mientras supervisaba los salones y se esforzaba por cumplir una rutina normal. Ya estaba cansada de ser ella misma un espectáculo.
Para el mediodía no había ocurrido nada nuevo y la gente, decepcionada, comenzó a marcharse. El comedor estaba lleno pero no atestado, y Bella noto que Tanya y Jacob estaban comiendo juntos, hablando tan cerca que sus cabezas casi se tocaban. Bella frunció el ceño y se preguntó que tendrían que decirse.
Sin embargo, no tuvo tiempo de pensar en nada mas pues el ruido que provenía del vestíbulo aumentaba cada vez más de tono e intensidad. Levanto los ojos al cielo, con ganas de llorar.
-¿Qué habrá hecho ahora?- murmuro.
-¿Sela papi que vene a casa?
-Seguramente ha hecho algo- respondió, y se encamino a la puerta principal.
Al salir del comedor, oyeron la música que empezaba a llenar el frente del hotel. Más y más fuerte, se oía un sonido de caballos y carretas, y otros sonidos que nunca había oído.
-¿Qué es?- pregunto Elizabeth, con los ojos cada vez más abiertos.
-No tengo ni idea- respondió Bella.
El frente del hotel estaba lleno de gente, todos inmóviles en sus sitios, en las seis ventanas del frente y en la puerta abierta.
-¡Elizabeth!- grito alguien, y de pronto todos se encimaron.
-¡Es un circo!
-¡Y trae animales! Una vez vi uno así en Filadendia.
Repitieron varias veces el nombre de Elizabeth hasta que Bella logro hacer un lugar para ella y para su hija en la galería delantera.
Doblando la esquina de la escuela, venían tres hombres con las caras pintadas, ropa de raso con lunares y rayas de colores brillantes, que hacían todo tipo de cabriolas y saltaban el uno sobre el otro.
Sobre el pecho traían algo que parecían ser letras. Bella tardo un momento en descifrar las palabras debido a las acrobacias de los payasos.
-Elizabeth- dijo-. Dice Elizabeth
Riendo, levanto a su hija en brazos y señalo, entusiasmada.
-¡Es para ti! Son payasos, y en los tajes llevan escrito tu nombre, Elizabeth.
-¿Son para mí?
-¡Si, si, si! Tu papá te ha enviado todo un circo y, si conozco a Edward, no es un circo pequeño. ¡Mira! Allí vienen unos hombres haciendo pruebas sobre caballos.
Muy asombrada, Elizabeth observo a tres caballos hermosos y de largas crines, que se acercaban al galope. Sobre cada uno había un hombre: uno a pie, otro montando y desmontando a los saltos, tocando apenas el suelo con los pies, y el ultimo caballo parecía bailar. Como uno solo, se detuvieron en medio de una polvareda y saludaron a Elizabeth. La niña, con una amplísima sonrisa, miro a su madre.
-El cilco es pala mi- dijo con orgullo, mirando a la gente que estaba cerca de ella-. Mi papi me lo ha enviado un cilco.
Detrás de los payasos y los jinetes, llego un hombre que caminaba sobre zancos, y luego otro que traía a un osito negro con cadena. Todo llevaba escrito el nombre de Elizabeth. La música sonaba cada vez con más intensidad a medida que la banda se acercaba al hotel. El hombre desplego un cartel al costado del animal: "El capitán Erick Yorkie presenta al primer elefante traído a Estados Unidos de Norteamérica. Y a pedido especial del señor Edward Cullen, esta enorme bestia actuara para…"
Bella leyó el cartel para su hija, que se aferraba a ella con fuerza.
-¡Para Elizabeth!- anunciaba otro cartel.
-¿Qué te parece eso?-dijo Bella-. Papá te envió un elefante que actuara solo para ti.
Por un momento Elizabeth no respondió, pero después de una larga pausa se acercó al oído de su madre.
-No tengo que conservarlo, ¿vedad?- susurro.
Bella tuvo ganas de reír, pero cuanto más pensaba en la pregunta de su hija y en el sentido del humor de Edward…
-Sinceramente, espero que no- respondió
Dejaron de pensar en el elefante en cuanto se alejó, pues tras él venía un hermoso poni cubierto por un manto de rosas blancas con el nombre de Elizabeth escrito en rosas rojas.
-¿Qué dice mami?- pregunto la niña, con esperanza-. ¿Ese poni es pala mí?
-Claro que lo es- respondió una hermosa rubia que llevaba un traje muy revelador (escandaloso, en realidad) de algodón elástico-. Tu papá encontró para tu al poni más suave y dulce de todo el estado y, si quieres, puedes montarlo en el desfile.
-¿Puedo? ¡Por favol mami!
-Yo la cuidare- dijo la mujer-. Y Edward está cerca.
Con renuencia, Bella dejo ir a su hija y observo mientras la mujer la colocaba sobre la montura. Del costado del poni, la mujer tomo una chaqueta totalmente cubierta de rosas rosadas y se la coloco a Elizabeth.
¡Losas pala mí!- grito Elizabeth-. ¡Papi me ha enviado Losas a mi tamben!
Bella noto que su hija parecía estar buscando a alguien con la mirada y, con un rápido vistazo, vio que San Uley se escondía tras la falda de su madre. Con un sentimiento de culpa, Bella saco al niño de la vista de Elizabeth, que de inmediato le saco la lengua y le arrojo una rosa. Para aplacar su conciencia, Bella pregunto a Sam si le gustaría caminar junto al poni de Elizabeth en el desfile, y el niño acepto de buena gana.
Saludando con alegría y con cierta majestuosidad, Elizabeth cabalgo por la calle hacia el límite sur de Forks. Atrás venían más hombres y mujeres, algunos a pie, otros a caballo, todos con trajes extraños y alegres, seguidos por una banda de siete integrantes. Al final del desfile venían más payasos que anunciaban que en dos horas más habría una función gratis del circo, cortesía de la señorita Elizabeth Cullen.
Cuando la última persona desapareció en la curva del camino, más allá de la iglesia, la gente permaneció un momento en silencio.
-Creo que será mejor que siga con mi trabajo- dijo al fin un hombre.
-¿Qué ropa se usa para ir a un circo?- le pregunto una mujer.
-Bella- dijo alguien-, cuando te vayas, este pueblo se morirá de aburrimiento.
Una risita rápidamente sofocada que solo podía ser de Alice hizo volverse a Bella.
-¿Qué crees que está paneando Edward ahora?
-Llegar a mí a través de Betty- respondió Bella-. Al menos, espero que eso sea todo lo que planea. Entremos; tenemos que prepararnos. Cerraremos el hotel, pondremos en la puerta el cartel que diga que fuimos al circo, y todos podrán ir.
-Estupenda idea. Preparare comida para nosotras y para medio pueblo, y estaremos listas en el tiempo que nos ha dado Edward.
Las dos horas pasaron deprisa, y después de lo que le parecieron minutos, Bella estaba conduciendo una carreta cargada de comida hacia el circo. Habían armado una gran tienda sujetando la lona a los árboles y postes. Habían colocado largos bancos de madera, los del fondo más altos que los de delante, y la mayoría de estos ya estaban ocupados por la gente del pueblo. En una sección central había un gran espacio separado por cintas rosadas y anaranjadas que se mecían con la brisa.
-¿Estás pensando donde te sentaras?- pregunto Alice, riendo, al ver la expresión dubitativa de
Bella-. Vamos, no puede ser tan malo como lo imaginas.
La joven del ceñido traje rosado condujo a Bella y Alice hasta la sección demarcada por las cintas y las dejo allí. En pocos minutos entraron dos caballos a todo galope. Sobre ellos venia un hombre, con un pie en cada caballo. Al llegar al final de la pista, el hombre salto sobre un caballo, hizo girar a ambos y, nuevamente al galope, comenzó a saltar de uno a otro.
-¡Cielos!- exclamo Alice.
Después de eso, no se tuvieron tiempo para pensar, pues la pista comenzó a llenarse de caballos. Los caballos realizaban pruebas, y los hombres sobre ellos. Había dos hombres de pie sobre dos caballos, y un tercero sobre los hombros de los primeros, mientras los caballos corrían en círculo por la pista.
Cuando se marcharon los jinetes, Elizabeth entro a la pista montada en su poni, que era conducido por la joven vestida de rosa. Elizabeth llevaba puesto un traje idéntico, con cierto brillo dorado aquí y allí. Bella observo con el corazón en la boca como la mujer tomaba la mano de Elizabeth, que se puso de pie sobre la montura y, lentamente, recorría así la pista.
-¡Siéntate!- le ordeno Alice cuando Bella trato de ir hacia su hija-. No puede caer desde muy alto, y la mujer la sostiene.
Entonces la mujer soltó la mano de Elizabeth, que exclamo:
-¡Milame mami!
Bella estuvo a punto de desmayarse, especialmente cuando Elizabeth salto y la mujer la recibió en sus brazos.
Elizabeth hizo varias reverencias como, obviamente, le habían enseñado, y todo Forks aplaudió a mas no poder. La niña corrió hacia su madre, y Bella la abrazo con fuerza.
-¿Cómo estuve? ¿Lo hice bien?
-Has estado esplendida. Casi me matas del susto.
Elizabeth pareció complacida al oír eso.
-Espera hasta que veas a papi.
Bella tardo un momento en calmar su corazón acelerado y cuando pudo volver a hablar, no tuvo tiempo de preguntar por Edward, pues una vez más el elefante comenzó a desfilar ante ellos. Los payasos hicieron más pruebas que hacían reír a todos, y el osito bailo. Pero todo el tiempo Bella buscaba a Edward.
La banda no había dejado de tocar, y ahora iniciaba una extraña música que hizo que todos se callaran.
-Y ahora, damas y caballeros- anuncio un hombre apuesto que llevaba una chaqueta roja y brillantes botas negras-, les presentaremos un acto que desafía a la muerte. Nuestro próximo acróbata caminara por la cuerda floja… son red. Si cae… bueno, ya pueden imaginarlo.
-Creo que esto no me gustara- dijo Bella, levantando la vista hacia la cuerda tendida entre dos postes altos-. Tal vez deba irme y llevar a Elizabeth.
La expresión de Alice cambio.
-Quizá debas quedarte, Bella- dijo, en un tono extraño.
Bella siguió la mirada de Alice y, al principio, no creyó lo que veía.
Edward entro a la pista, con un brazo en alto, como si siempre hubiera trabajado en un circo. El traje que llevaba, de algodón negro, ceñido como una segunda piel, hacia resaltar los grandes músculos de sus muslos, sus nalgas pequeñas y duras, y su pecho ancho y fuerte. De sus hombros colgaba una capa negra forrada en raso rojo. Con un gesto ceremonioso, le arrojo a una bella mujer vestida apenas con un diminuto traje de raso verde.
-No es de extrañar que ese hombre te vuelva loca- observo Alice.
-¿Qué diablos hace ahí?- exclamo Bella, atónita-. No será tan tonto como para…
No pudo continuar, pues sonaron las trompetas y Edward, con calma, empezó a subir por la inestable escalerilla de cuerdas hasta la diminuta plataforma.
-¡Ese es mi papi! ¡Ese es mi papi!- gritaba Elizabeth, saltando sobre el duro asiento de madera.
Bella no podía moverse. No parpadeaba, sus pulmones no funcionaban, hasta su corazón dejo de latir mientras observaba a Edward sobre la plataforma.
Cuando la alcanzo, volvió a saludar a la multitud y todos aplaudieron con entusiasmo. Luego se produjo un completo silencio cuando Edward inicio su lenta y cuidadosa caminata por la cuerda, con una larga vara en las manos. Pareció que pasaba una eternidad hasta que llego al otro extremo.
Los aplausos estallaron y Bella hundió la cara entre las manos, con lágrimas de alivio.
-Avísame cuando este abajo- pidió a Alice.
Alice estaba extrañamente callada.
-¿Alice?- dijo Bella, espiando por entre los dedos.
La expresión de su amiga la hizo volver a levantar la vista hacia Edward. Estaba de pie en la plataforma, mirando a Bella con calma, aparentemente esperando algo. Cuando ella lo miro, Edward engancho algo al poste de la plataforma y otra cosa al ancho cinturón de cuero negro que llevaba puesto.
-Va a volver a caminar por la cuerda- susurro Alice-. Pero al menos esta vez usara un cable de seguridad.
Edward ya había avanzado aproximadamente un metro por la cuerda cuando todos se dieron cuenta de lo que era en realidad su "cable de seguridad". Lentamente la bandera comenzó a desplegarse. La primera palabra que vieron fue "Bella" y, después de haber visto aquella frase cientos de veces en los últimos días, no necesitaba que nadie la leyera por ellos.
-¡Bella!- leyeron al unísono.
Después venia "¿Quieres?". Casa palabra sonaba más y más fuerte y, finalmente, cuando Edward llego a la plataforma opuesta, volvieron a leerla todos juntos. No les habría salido mejor si lo hubieran practicado por semanas.
-¡Bella! ¿Quieres casarte conmigo?- leyeron al unísono.
Bella enrojeció de pies a cabeza.
-¿Qué dice, mami?- pregunto Elizabeth cuando todos a su alrededor se echaron a reír.
Bella no respondió por temor a lo que pudiera decir. Se negó terminantemente a mirar a Edward, que estaba bajando por la escalerilla de cuerdas entre vítores, aplausos e hilaridad general.
-Me voy a casa- susurro Bella por fin-. Por favor encárgate de Betty.
Con la frente alta, salió de la sección reservada, paso delante de la multitud y salió de allí. La gente le gritaba, pero ella los ignoro y se dirigió a pie al hotel.
Utilizo su llave para entrar a sus habitaciones y pensó que tal vez nunca más saldría de allí, salvo, quizá para escabullirse del pueblo alguna noche y no volver a ver a nadie de Forks.
No se sorprendió nada al hallar sobre su almohada una nota escrita en grueso papel marfil. Era una invitación grabada, delicada y muy costosa, de parte de Edward Cullen, para cenar esa noche a las nueve. Al pie había un mensaje escrito a mano, que decía que el pasaría a buscarla a las ocho y cuarenta y cinco.
Se sentía totalmente derrotada. Sabía que nada podría hacer sino aceptar. Se negaba, ¿acaso Edward haría que su elefante derribara la puerta, o llegaría montado en él? Bella estaba preparada para cualquier cosa que Edward mismo pudiera imaginar.
Nadie la molesto el resto de la tarde, y agradeció a quien se hubiese encargado de disponer tal fenómeno. Ya había tenido bastante en los últimos días.
Exactamente a las ocho y cuarenta y cinco llamaron a la puerta. Al abrirla, hallo a Edward, elegantemente vestido con una chaqueta color verde obscuro y pantalones verdes más claro. Le sonrió y echo un vistazo al bonito vestido de seda color melocotón que llevaba puesto.
-Estas más bonita que nunca- dijo, al tiempo que le ofrecía un brazo.
En cuando Bella lo toco, lo perdono. Tuvo ganas de darse un puntapié por eso, pero toda su frustración y su ira, todos sus deseos de matarlo, la abandonaron al instante.
Algo mareada, se apoyó contra él un momento. Él la tomo del mentón y la miro a los ojos. Sin dejar de mirarla, se inclinó y la beso suavemente.
-Te he echado de menos- susurro.
Luego sonrió y la condujo hacia un bonito coche para dos personas.
-Oh, Edward- fue todo lo que pudo decir Bella mientras él se sentaba a su lado, ante lo cual Edward rio de forma seductora y puso en marcha los caballos.
Era una noche clara, cálida, iluminada por la luna, fragante y serena. Era casi como su Edward hubiera ordenado una noche así.
Después de los últimos días, Bella no tenía idea de lo que esperaba de él, peo no era lo que vio cuando se detuvieron.
Junto al arroyo, sobre el pasto, había una manta de terciopelo con hebras doradas y, sobre esta, muchos cojines de color azul oscuro y dorado. Había copas de cristal, platos de porcelana y comida de aroma delicioso, todo rodeado de velas protegidas por globos de vidrio opaco de un tono rosado. Era una escena irreal, casi celestina.
-Edward…- susurro Bella cuando la ayudo a bajar-. Es hermoso.
Edward la condujo hacia los cojines y la ayudo a acomodarse en una posición cómoda. Luego abrió una botella de champan frio. Cuando Bella tomo su copa, Edward se acomodó con una mueca sobre los cojines que estaban frente a ella.
-Edward, ¿estas lastimado?
-Hasta el último maldito hueso- respondió, casi en un gemido-. Nunca en mi vida trabaje tanto como en estos últimos días. Espero que no necesites que siga cortejándote.
Bella quedo boquiabierta y estaba a punto de responderle, pero en cambio bebió un sorbo de champan, tratando de no atragantarse.
-No, creo que ya me has cortejado bastante- dijo con seriedad-. Es más, creo que nadie más en el pueblo lo necesitara- agrego.
-No sigas con el tema- le advirtió Edward, mientras se acomodaba mejor; asado frio, salsa y un budín de arroz y zanahorias.
-¿Fue difícil aprender a caminar por la cuerda?
-En tres días, sí. Con un par de días más, habría podido hacerlo sin esa vara.
-Podrías haberte tomado otro día- sugirió dulcemente.
-¿Y darte tiempo con ese pomposo inglés? A propósito, ¿Qué ha estado haciendo últimamente?
-Temo que he estado demasiado atareada para fijarme en eso.
Edward sonrió con presunción y se recostó contra los cojines prestando atención a su comida.
-Me alegraré cuando vayas a casa conmigo y pueda comer con regularidad. Últimamente he estado comiendo con una mano y escribiendo con la otra.
-¿Escribiendo? Ah, sí, me preguntaba si habías escrito las notas personalmente.
-¿Quién más te propondría matrimonio? Bueno- dijo, sonriendo, al ver la expresión de Bella-. No quise decir eso, y lo sabes. ¿Crees que a Betty le gusto el circo?
-Le encanto. Entre el poni y las rosas, creo que la hiciste la niña más feliz del mundo.
Edward parecía extasiado.
-No sabía si podría traer a ese maldito elefante a tiempo. ¡Que animal tan enorme! Apuesto a que dejo suficiente abono para más de dos hectáreas de maíz. Estaba pensando en llevar un poco a casa para ver qué resultado da. Claro que lo mejor es el abono de gallina, pero de eso no se puede sacar mucho. Tal vez este elefante…
Se interrumpió al oír la carcajada de Bella. La miro entrecerrando los ojos y luego aparto la vista, ignorándola por completo.
-Edward ¿habrá habido alguna vez alguien como tú en este mundo?
Edward le giño un ojo y le sonrió.
-Estuve bien en la cuerda, ¿verdad? Ahora dame un trozo de ese pastel. ¿Crees que Alice querrá venir a cocinar para nosotros?
Bella no respondió mientras cortaba el pastel. En los últimos días, Edward le había propuesto matrimonio miles de veces, pero nunca cara a cara, y no se había molestado en esperar una respuesta. Y nunca le había dicho que la amaba.
Le entrego el pastel y dijo:
-Creo que Alice quiere hacer otras cosas, pero yo estoy segura de poder encontrar una cocinera mejor que tu Irina.
Edward no se pudo reprimir y rio entre dientes y probo un bocado de pastel.
-Te hizo pasar un mal rato, ¿verdad? Nuestra vieja cocinera murió hace seis años y Tanya nos trajo a Irina. A mí nunca me causo problemas, pero tuvo ciertos roces con Jaz. Podrías haberte librado de ella, ¿sabes?
-Eso hare- respondió Bella, con un brillo en los ojos-. Estoy ansiosa por hacerlo.
Edward guardo silencio por tanto tiempo que Bella lo miro. A la luz de la luna, seguramente era una ilusión óptica, pero sus ojos parecían húmedos. No podía ser, porque en esencia Bella acababa de decirle que volvería con él.
-Me alegra oír eso- dijo al fin; luego sonrió para sí y volvió a su pastel-. Jaz puede ayudarte con lo que necesites mientras yo esté en el campo.
-Creo que poder arreglármelas. ¿Cómo es Jaz? ¿Pasa mucho tiempo en la casa?
-Es un buen muchacho; a veces un poco terco, y tengo que bajarle un poco los humos, pero en general me ayuda.
Bella trato de no sonreír.
-Quieres decir que expresa su opinión y se atreve a diferir contigo, y tú… ¿llegan a los puñetazos?
-¿Ves esto?- dijo Edward, a la defensiva, señalando una diminuta cicatriz que tenía en el mentón-. Me lo hizo mi hermanito, de modo que no tienes por qué hablar como si él llevara las de perder.
-¿Y a mí me levantarías la mano cuando me atreva a disentir?
-Jamás has estado de acuerdo conmigo, y nunca te golpee. Sigue dándome hijos como Betty, y siempre me complacerás. Ahora volvamos, necesito dormir.
-¿Solo te interesan los hijos que te doy?- pregunto Bella con seriedad.
La única respuesta fue un gemido, aunque Bella no supo si se debía a la pregunta o a los músculos doloridos.
-Déjalo- dijo Edward cuando Bella comenzó a recoger los platos-. Más tarde vendrá alguien a recogerlo todo.
Se encaminaron hacia el coche.
-¿A cuántas personas contrataste en estos días? ¿Y cómo abriste mi caja fuerte?
Sin contemplaciones, Edward la levanto y la deposito sobre el asiento.
-Un hombre debe tener sus secretos. Te lo contare cuando cumplamos cincuenta años de casados. Reuniremos a nuestros doce hijos y les contaremos la historia de la declaración más emprendedora, creativa y romántica del mundo.
¿Y les hablaremos del abono de elefante?, pensó Bella, pero no dijo nada, y se pusieron en marcha hacia el pueblo.
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