Capítulo II: Conociendo a la bestia
— ¿Te imaginaste nuestra vida así cuando tenías ocho años?
Había pasado un día, desde que los gemelos habían visitado la Deigma. Habian tomado todos los muebles, los escaparates y objetos pesados, incluso el esqueleto del antiguo morador, para bloquear la puerta. Entre la adrenalina y la desesperación, no se dieron cuenta que habían subido al tercer piso del apartamento. Era demasiado alto para salir por la ventana, y no había algo con que escalar. La fortuna, eso si, los habia sonreido al despistar a los bandidos que los venían persiguiendo.
Los gemelos incluso fungen como barricada, sentándose y presionando con sus lomos el montón de obstáculos que había en la puerta. No había tiempo ni era prudente hacer una fogata, así que ambos temblaban como perros en ese lugar. Solo buscaron cuando no sentían a los bandidos caminar por el pasillo. No era una casa muy grande, y había sido saqueada con anterioridad, pues solo pudieron encontrar unas velas y una botella abierta de hidromiel.
Al menos no había perdido su dulzura, y les proporcionaba algo de calor en la garganta mientras esperaban. Ambos se veían obligados a hablar a nivel de susurro. Para ese momento, con la botella casi acabada, Nika rompió el silencio con su pregunta.
— No, no me la imaginaba así. — Dijo Nikator, tratando de esbozar una sonrisa mientras la cabeza le tambaleaba —. A esta edad, pensaba que me uniría al ejército y esperar a la próxima campaña de la república. Me imaginaba con mi uniforme azulado, uniéndome a los cuerpos de húsares. La brisa en mi melena y mi arma cortando la carne. Así estaba en mi mente, ¿y tu? ¿Cómo te veías a ti misma?
— Una vida apacible y tranquila, en mi carrera universitaria como… — Nika empezaba a girar su casco en el aire, buscando la carrera correcta —… No sé, botánica o farmaceuta. Algo que tenga que ver con el manejo de plantas.
— Como mamá.
Aunque su hermano era el que tenía la mala fama por sus gestos, NIka era quien, al hablar de recuerdos, apretó sus labios y frunció el ceño mientras miraba a su hermano. La quema del diario no era algo que se olvidara con unos tragos. Pero se contuvo, después de todo, era ella quien sacó el tema a relucir.
— Si, como mamá. Bueno, no tanto. Mamá se dedico a hacer arreglos florales y vender té importado.
— Ahora míranos, un par de desolados sobrevivendo. Debimos ser más cuidadosos.
— El diario me mostró que, fuera de nuestros cascos, no entendíamos. Todo se derrumbaba a nuestro alrededor y nosotros preocupados por la merienda. Mierda, incluso con darnos cuenta, ¿que podíamos hacer? Llegamos a los diez años y la ciudad estaba sumida en protestas y luchas callejeras.
— Tienes toda la razón.
Los gemelos se quedaron en silencio un largo rato. Movían sus orejas, y es que detrás de la puerta sentían pasos. Una caminata lenta y pesada, quizás un equino, el mismo que casi los agarra en la reja ayer. Oyeron que se detuvo frente a la puerta, obligándolos a tensarse y estar atentos. Sintieron como alguien tocaba la puerta, sintiendo, esperando. Los gemelos se quedaron petrificados, sentía que si respiraban serían descubiertos.
Esos segundos parecían una eternidad. Imaginaban las peores consecuencias si los descubren: morir por hipotermia cuando les robaran todo; ser usados como entretenimiento para esa banda, entre otras atrocidades que solo pasaban por sus mentes. Pero nada pasó, sintieron que esos pasos se alejaban de donde estaban. Ambos suspiraron
— Creo que me toca preguntar algo.
— Hazlo, amargado. — Dijo Nika. Le provocó una ligera risa a su hermano.
— ¿Cómo saldremos de esta?
— Rayos, yo iba a hacer la misma pregunta en mi turno. — Dijo Nika con una sonrisa, antes de empinarse un trago de hidromiel —. Yo pienso que si nos quedamos, la Fortuna nos sonreirá y saldremos de esta. Hasta puedes que mates a uno o a dos antes de desaparecer.
— Que optimista. Hasta irreal. Deja de soñar, hermanita.
— Suficiente, creo me toca preguntar. — DIjo NIka, llevando uno de sus cascos al mentón. — A ver, a ver. Ya lo tengo, ¿te gusta alguien del asentamiento? ¿Alguna yegua en especial? ¿Alguien a quien debo empezar a llamar "cuñada"?
— Te estabas reservando esa pregunta, ¿eh? — Dijo Nikator, tenía la cara algo enrojecida y dio un gran gesto de asco —. En primer lugar, son varias preguntas en una y eso es trampa. — Cuando fue a verla, Nika le saco la lengua —. En segundo lugar, no he tenido el tiempo para buscar a alguien especial.
— ¿Te creo? — Le pregunto su hermana, terminando su acto de malicia al sonreírle de manera picarona. Estaba enterada de que unas yeguas estaban interesadas en él, pero se hacía el duro. Le recordaba una historia de amor barata que terminó quemando para encender el fogón.
— Ese es tu problema. Tenemos que revisar.
Con sumo cuidado, colocando sus cascos en el suelo y levantándose con lentitud, Nikator se movió hasta la ventana. Su hermana, por otro lado, se recostó en el suelo y acercó su oreja a la cerámica.
EL amanecer se asomaba con timidez en las calles, la breve y momentánea luz de la madrugada solo dejaba ver a la bruma matutina, dominante en el ambiente por la falta de viento, dejaba ver las pálidas sombras de los escombros y la carretas derruidas. Pero, no había señal de los bandidos que los seguían. Nikator asumió que, como cualquiera, tomaron refugio en el edificio. Debieron instalarse en los pisos inferiores o dentro de la barbería que, en un breve instante, lograron ver. Los envidiaba, no tenían miedo y nadies les perseguía, podían calentarse con una buena fogata y comer algo caliente.
Su hermana mandó a callar de nuevo, llamando su atención con el casco y colocandolo en su boca. El gemelo depende de su hermana y lo que oía, así que mientras se paraliza por el miedo y veía a Nika reaccionar. Veía como ella se palidecía, él como sus ojos se empequeñecían y el miedo que sentía ella, podía sentirlo con cada fibra de su cuerpo. El se suponía que era el valiente entre los dos, y fácilmente se dejaba llevar por el terror.
No le importaba su propio sufrimiento, pero sentiría el doble por ella.
Solo pudo respirar con normalidad cuando su hermana cerró los ojos y soltó un suspiro. Desde el otro lado de la habitación, ella lo invitaba a acercarse, con cuidado, a su lado. Y así lo hizo.
— Estuvo cerca, Nikator. — DIjo la yegua de color crema,con un tono más bajo y empezando a calmar su respiración así como su hermano. Ella le dio la botella. — Toma, el último trago debe ser tuyo.
— ¿Segura?
— Yo empecé la botella, me parece justo que tu la termines. — Le dijo Nika, sonriéndole. Su hermano se apuró la botella en un sol trago,sintiendo como su garganta se acaloraba. — Creo que es mi turno para preguntar.
— ¿Crees que nací ayer? — Le dijo el corcel, sonriéndole.
— Casi, pero no. Dale hermanito, ¿cual es tu pregunta? De seguro es algo de muerte o batallas, lo que sea. — Dijo Nika.
— No, no. Es algo más personal, ¿como es que siempre estas alegre? — Dijo Nikator, alzó sus casos y apunto a todo lo que había —. Siempre me ha molestado, incluso de pequeño. El mundo estaba en llamas y tú repartes sonrisa por doquier.
— Me niego a responder esa pregunta, Nikator. — Dijo la yegua, parecía contenta, algo alegre. Pero en realidad la yegua se sentía algo molesta. — Soy tu condenada hermana y, ¿ahora te das cuenta que soy alegre? Por eso pienso que naciste ayer ¿Quieres la respuesta a esa pregunta? Entonces debes ser mas perceptivo. Se acabó el juego.
Su hermano iba a protestar, pero una yegua enfurecida seguía siendo algo terrible cuando tu vida no estaba en riesgo. Nikator tuvo que contentarse al ver a su hermana irse con el mentón levantado.
Por suerte, con cuidado y discreción.
Ya había pasado el mediodía, pero el sol no había calentado la tierra ni a sus habitantes. Nika empezaba a temblar, frotándose sus cascos sobre su ropa. Estaba sentada sobre sus cascos, encogida y con sus piernas recogidas. Pero era el cansancio lo que le molestaba: ella y su hermano habían pasado la noche en vela, cuidándose el uno al otro, despertándolos cuando uno empezaba a perder el conocimiento por el frío, siempre en vigilia.
Ella alzó la vista y buscó a su hermano. Decidido a no volver a pasar frío, Nikator buscaba en la habitación. Asomándose por la puerta, su hermano negó con la cabeza.
— Se han llevado todo. No hay cobijas ni mantos, hasta la cama es inservible. — Le dijo Nikator, este volvió a la habitación y le hablaba desde adentro —. Hay un montón de fundas para almohadas. Espero que sirva de algo.
Era protección mediocre, no podía ni cubrir la cabeza. Los años en la Desolación, sin embargo, les dieron experiencia para sobrevivir. Nikator puso las fundas de manera que le cubriera donde saliera más calor, como el cuello. Entre temblores, Nika le agradeció.
Por suerte, el pasillo había estado tranquilo. Pero seguían ahí. En sus vigilancias en la ventana, veía a la misma partida de bandidos entrar y salir del apartamento, ocultándose en los interiores cuando éstos daban vistazos hacia arriba. Siempre venían con algunos sacos.
Pero, en la calle venía otra figura que nunca había visto. Si bien traía los ropajes para sobrevivir a la Desolación, incluso en mejor estado, sobre su lomo y cubriéndolo había una chaqueta antigua de color negro. La capucha de sus ropajes hacían una caverna que cubría su cabeza. Y mientras más cerca se dirigía a la deigma, más cerca se acercaba al edificio.
Más cerca de ser asaltado por los bandidos.
— Nika, despierta Nika. Viene alguien. — Al llamarla, la yegua se levantó, dejando las fundas en el suelo y avanzado con rapidez a la ventana. Nikator sentía el aliento de su hermana en su hombro, mientras que ambos se fijaban en la escena. — Parece un equino, pero no parece del asentamiento.
— Está lejos, pero parecen ropas bien mantén- ¡Santa razón! — Nika se llevo el casco a su boca.
Mientras que el viajero con la chaqueta negra caminaba con lentitud y con la cabeza abajo, los bandidos empezaban a moverse para rodearlo. Eran más, comparados con ayer. Seis bandidos, entre equinos, minotauros y perros, le impidieron el paso al peregrino, mientras que otros cuatro se quedaba más alejados, esperando.
— ¡Tenemos que ayudarlo! ¡Es nuestra única oportunidad! ¡Vamos! — Dijo NIka, quien galopó hasta la barricada y empezaba a quitar los muebles de la puerta, pero al voltear, se encontró con un Nikator pálido, asombrado y con la boca abierta. Eso no la detuvo y continuó apartando escombros —. ¡¿Que esperas?!
— ¡Pasame un armario o una mesita de noche! — dijo Nikator. Su Hermana así lo hizo, arrimandole una mesita de té que obstruía la puerta. Su gemelo, viendo la dificultad que pasaba su hermana, decidió ayudarla.
— ¡Espero que sepas lo que haces!
Ambos se ayudaban con mover muebles de la puerta a la ventana. El peso del armario causaba un rechinido molesto cuando lo arrastraban sobre la cerámica, pero se alegraron al sentir el gran vacio que habia detras de la comoda de madera. Haciendo fuerza desde la base, lanzaron el objeto a través de la ventana. Ambos miraron con interés el resultado.
La gravedad hizo lo suyo y la suerte les sonrió: el armario cayó en el grupo que estaba apartado de quienes rodeaban al viajero. Dos de ellos desaparecieron tras la caída del ropero, mientras que otro, cayo y no se levantó del suelo; posiblemente afectado por alguna pieza que se haya fragmentado por la caída violenta. Solo el más alejado, conteniendo la respiración y dando un salto alargado, se salvó de una muerte inminente. Busco con la vista el origen y encontró la cara de los gemelos. Con un gran grito de rabia, el caballo bandido se adentro al apartamento.
La distracción, en cambio, había llamado la atención del grupo que rodeaba al viajero. Este, no perdió el tiempo y con un paso largo sacó su sable, atravesando al saqueador más cercano. Los gemelos no pudieron ver, pero oían gritos de batalla, así como el sonido de carne siendo atravesada o huesos rotos. Ellos tendrían que pelear dentro de un rato.
Nikator le señaló a su hermana que se escondiera en una de las habitaciones, que hizo en un instante. El, mientras, se coloco a un lado de la puerta, desenvainando su sable y apretando sus dientes en el mango, sintiendo el sabor del caucho en su boca. Cerró los ojos, y sentía el sonido a su alrededor. Él percibió la pequeña batalla que se realizaba desde la calle. EL acero chocar contra otra hoja, tratando de alcanzar el cuello del contrario o atravesarlo. Juraría que los bandidos estaban siendo vencidos por el viajero, pues siempre oía las mismas voces insultandolo, amenazándolo y gritando cuando caían abatidos. Podría jurar que…
¡Ahí estaba! ¡Sus pasos entraban al pasillo, tal como los tambores furiosos en las manos de un demonio! Y cuando sintió sus cascos al frente de la puerta, ¡un gran empujón rompio la entrada que les había sido su refugio! Nikator lanzó un tajo directo a su cuello, esperando acabar con el bandido en el primer golpe. Pero este se agacho a tiempo para que el sable del gemelo pasara por encima de su lomo, clavándose en el marco de la puerta.
EL semental de color crema entró en pánico, su arma se había adherido a la madera del marco y costaba sacarlo con su boca. Sintió un ardor en su vientre, producto de una fuerte coz, y el aire empezaba a salir de sus pulmones con un grito seco. Sus piernas perdieron fuerza y sus dientes soltaban su sable al abrir la boca, urgente de aire. Echo un vistazo sobre el bandido, listo para clavarle la hoja de su cuchillo.
Vió los ojos del caballo, quien transmitía una rabia que venía del mismo infierno. Quizás había aplastado a algún pariente, o algún amigo. Y fue eso lo que provocó un leve sentimiento de culpa sobre Nikator; pues, al final del día, todos trataban de sobrevivir. Levantó su casco en dirección a su oponente, tratando de pedir clemencia. AL menos, quería morir con algo de aliento para exhalar.
EL equino levantó su cabeza, a punto de apuñalar al gemelo. Un una entrada rápida y sencilla en el cuello o en sus órganos vitales. Un movimiento de verdugo… ¡Que no se realizó! Nika, tomando la pata de una mesa, golpeó al bandido por detrás de la cabeza. No fue fuerte, no lo dejó inconsciente. Pero fue lo que necesitaba y deseaba el gemelo, pues el bandido soltó el cuchillo y dio un gran quejido de dolor, mientras se llevaba uno de sus cascos a la zona de impacto y retrocedía de la gemela. Fue su momento.
Solo tenía que dar un giro leve, cambiar un ángulo corto, pues el desdichado se había puesto en dirección (con un leve ajuste) de sus cascos traseros. Nikator se movió y le propinó al semental una coz directa a su boca. A través de sus pezuñas, sentía algo quebrándose detrás de la carne. EL bandido, afectado, se tambaleaba. Tenía la vista perdida y su cabeza daba algunas vueltas, tratando de recuperar el equilibro. Con un hilo de sangre saliendo por su boca, y tratando de ofrecer algo de resistencia, el agresor se preparó para el siguiente movimiento del gemelo escupiendo una muela al suelo.
NO tardó en dar su respuesta. Tomando el sable del suelo, Nikator cargo contra el bandido, lanzando otro tajo contra su cuello. Con un movimiento torpe, el bandido pudo escapar de una muerte segura, hasta le dio tiempo para reaccionar y propinarle un golpe con su casco a la cara del gemelo. La pezuña alcanzó su objetivo y la mejilla del caballo armado se enrojeció, pero este no retrocedió. Ante el siguiente golpe del bandido, Nikator lo bloqueo con uno de sus cascos y retomó la iniciativa: le dio un cabezazo al bandido.
Eso le dio la distancia que necesitaba y volvió a atacar al semental. Esta vez, sí pudo acertar, ocasionando un corte en su pecho. EL bandido se llevó su casco a la zona afectada, sintiendo la cálida sangre emanar de su cuerpo. Daba sus últimos alientos, y levantó la cabeza para recibir a NIkator cargar contra el, sable en boca, listo para ensartarlo. La hoja atravesó al agresor quien, con algunos gritos secos y con su labios temblando, se despidió de este mundo. EL gemelo retiró la hoja del pecho y, con algo de sangre sobre el, miro a un lado.
ENcontró a una Nika horrorizada a su hermano y el cuerpo que yacía delante de este. Nunca había presenciado la muerte de alguien de esa manera. Ella había revisado los esqueletos de una familia suburbana, los cuerpos de otros buscadores que no habían tenido éxito, los restos de alguien que se había suicidado… Pero nunca eso, la muerte tan violenta de alguien que solo quería sobrevivir, a pesar de haber tomado la ruta violenta. Y lo peor de todo, su hermano, su compañero, quien había recibido las primeras nieves de la Desolación, fue el perpetrador de tan salvaje acto.
No era el mejor conversador, ni el más indicado para tranquilizar a alguien. Pero, como en el incidente del diario, alguien debía aterrizar a su hermana.
— Era él o nosotros, Nika. — Se limitó a decir Nikator. Se contento al saber que su hermana, después de tragar saliva, asentía lentamente.
Pero, a pesar de la violencia, los dos sentían un aire renovado recorre su cuerpo. CAda respiración que daban, era una bocanada más fresca y pura que la anterior. Y es que, ya no sentían ese temor que causaba el estado de sitio que los bandidos ofrecían. NO, ellos sentían que la libertad, en un momento negada, volvía con ellos.
NO tardaron mucho, tomaron las pocas cosas que tenían y se abrigaron bien para el frio. Luego de ello, empezaron a galopar por el pasillo. Sus pasos hacían eco en la gran vivienda abandonada y las paredes y puertas eran testigos de que, con cada metro que avanzaban, la sonrisa de los gemelos se hacían más grandes.
La luz del exterior los había encandilado por un momento, viéndose obligados a poner uno de sus cascos frente a sus caras. SI, aún era la Desolación, el blanco y abandonado yermo en la ciudad que alguna vez llamaron hogar. Solo había una cosa distinta. Varias cosas. Los cuerpos inertes de cinco equinos yacían en la calle, con su sangre siendo leves flores rojas ante un gran campo blanco. Cuatro de ellos habian muerto por tajos, atravesamientos. UNo de los bandidos había intentado huir, tenía la lanza del peregrino clavada en su cuello. Pero, si su arma seguía ahí, ¿donde estaba el viajero?
No tardaron de encontrar la respuesta. EL viajero, con sus ropas invernales de color negro, estaba encima del mismo bandido que casi los alcanza en la reja. Su cara se encontraba azul, para tener una piel de color crema, y sus ojos estaban saltones mientras que lo último que veía era al peregrino presionar sobre su cuello. Su fuerza se desvanecía, sus cascos se caían, intentando dar un desesperada y débil resistencia ante su contrincante. EN cuestión de segundos, aquel saqueador exhaló su último aliento.
Los gemelos volvieron a sentir el miedo recorrer su cuerpo. Quien tienen al frente, que ya los estaba viendo, había matado a seis bandidos de la Desolación, a seis de ellos. Y a uno, con sus propios cascos. ¿Que eran dos más? El viajero camino hacia ellos, con un paso lento y decidido, se quitó el pasamontañas que cubría su cara, revelando una gran y blanca sonrisa tras una cara negra antes de hablar.
— ¿Ustedes son los que tiraron aquel ropero? — Dijo el viajero, tenía una voz aguda, alegre, no dejaba de sonreír. Al quitarse la capucha un equino de crin negra, melena blanca y un único ojo verde mantenía una cálida sonrisa para los gemelos. Estos asintieron —. Les debo una, muchachos. ¿Que tal si lo conversamos frente a una fogata? ¿Tienen hambre? ¿Necesitan algo?
— ¿Quien eres? — Se limitó a decir Nikator, manteniendo su sable cerca y guardando su distancia del equino negro. Este, se limitó a sonreír con la mitad de su boca y levantar su casco hacia el, señal de que no les haría daño.
— Perdona mis modales. El fin del mundo y el frío hace que los olvide. Mi nombre es Pirro, y soy recolector como ustedes. — Dijo el semental negro, manteniendo una sonrisa a los gemelos y respetando la distancia. Miro a los lados, y sacó de sus alforjas los que parecía una lata. — Deben tener hambre. Y parece que pasaron una noche con frío. Sentémonos a hablar cómodamente frente a una fogata. Tenemos que refugiarnos.
Las llamas bailaban al ritmo de deslizar una piedra de afilar sobre el acero. Era un ruido nada armonioso, nada suave, y así era como están el acero. El sable alayí que consiguieron los gemelos necesitaba más filo para poder ser totalmente mortal. No es que ambos iban a dar su única arma para defenderse ante un extraño, aunque fueron amenazados por los mismos bandidos. Para estar seguros, el gemelo pidió el sable del extraño mientras afilaba el suyo.
Era una fina pieza echa en la antigua Lambda, ciudad-fortaleza y capital del ejército de la Antigua República. Veía el fino grabado sobre la hoja, y el mango cilíndrico hecho con el mismo metal y recubierto de caucho para utilizarlo con la boca. Al pasar el casco sobre el filo, sintió un ardor.
Los tres habían tomado refugio a una calles de donde se conocieron. En un barrio elegante entre los grandes edificios. Era un recinto cerrado, lleno de antiguos parques que ahora son esqueletos de troncos congelados y juegos para potrillos blancos por la escarcha, así como carrozas volcadas. Lo único que les importaba entre los antiguos lujos, era las amplias chimeneas que se encontraban adentro. Recluido, elegante, abandonado…
— Extraño, mis tíos vivían en este mismo barrio. Corruptos, y no sentían pena en su posición de burócratas. — Dijo Pirro, mientras seguía afilando el sable. A veces, levantaba el arma frente a sus ojos y miraba la hoja a ambos lados, o pasaba el casco sobre el filo. De todas formas, seguía afilando. — Yo vivía en los suburbios, bueno, cuando este existía. Justo pasé por donde estaba la casa de mi familia, y casi me da un infarto al verlo convertido en un complejo de apartamentos. ¿Dónde vivían ustedes?
Nika estaba ajena a la conversación, mientras cortaba los muebles para tener leña. Pirro le proporcionó una olla de cobre donde cocinar. Primero, avivaba las llamas con trozos de madera y mantenía los leños cerca para que no le cortara el oxígeno. Su hermano empezaba a abrir una de las latas del equino negro: sopa de verduras.
— No me acuerdo, éramos jóvenes cuando sucedió la crisis. — Dijo Nikator, manteniendo la mirada sobre Pirro. Una clara mentira, no era momento para una conversación detallada. — Nos mudamos con nuestro tío antes de las primeras nevadas. Vivimos en las montañas, y cuando regresamos, nos encontramos con esto.
— Pero nos quedamos a ayudar a nuestro tío. — Dijo Nika, mientras movía el cucharón en la sopa. — Tendríamos como doce o trece años cuando vimos la Desolación. Nos cuidamos y aprendimos a sobrevivir hasta entrada la mayoría de edad, donde nos pedían buscar en las ruinas
— Que afortunados, yo estaba muy lejos de casa cuando sucedió. — Dijo el equino negro, quien habló en un tono nostálgico y había parado de afilar el sable —. Ni siquiera pude decirle adiós a la ciudad propiamente. Fue entrenar en Lambda, embarcarse en Ágora y luchar. Un frente tras otro a lo largo de casi treinta años de mi vida.
— Suena a una vida muy movida. — Se limitó a responderle la yegua. Ya había servido la lata en el caldero, era cuestión de esperar. Pirro rió ante el comentario de la yegua.
— Si lo fue, y aún lo sigue siendo. — Dijo Pirro. Continuó afilando, pero se detuvo y probó el filo con su casco. Ahora si era una espada decente. Le sonrió a los gemelos antes de pasarles el sable —. Listo, como nuevo. Capaz de cortar pelos en el aire.
— Gracias. — Dijo Nikator, ambos se devolvieron los sables. El tuerto le sonrió al gemelo mientras intercambiaban las armas. — Ahora si es un allayí de verdad. Mi hermana y yo te vimos desde arriba, en el apartamento. Ambos nos preguntamos, — preguntó el gemelo. Ambos intercambiaron una mirada antes de que él continuase. Al volver su vista, encontró a un Pirro con una sonrisa paternal y con su único ojo fijos en ellos con la ternura de un pariente. Por fin notaban las facciones arrugadas del corcel negro, quien, al alzar una ceja cuando Nikator no soltaba la pregunta, se le notaban por el gesto.
— Sacala, hijo. No me voy a molestar por una pregunta.
— ¿Que hacía un anciano como tu solo por la ciudad? — Pregunto Nyka. Sentándose al lado de su hermano. El corcel negro rió mientras negaba con la cabeza
—No creemos que hayas pasado por la Desolación solo para complacer la nostalgia. — Dijo Nikator. EL equino de color negro río antes de contestar.
— Los dos son tan curiosos como directos. Primero que nada, no soy tan viejo. Y segundo, como cualquiera en este páramo, busco comida y algo para quemar. Tengo algunos compañeros que hacen lo mismo. Son un, — Pirro se detuvo, mirando a un lado —, tanto violentos con los que no traen nada.
— Suena a nuestro jefe. Si algún tiempo no has traído nada, te expulsa. — Dijo Nika, sonriéndole —. Nosotros tratamos de que no nos echen, después de un error que hicimos.
— ¿Puedo preguntarles qué les pasó? No me parece justo que les cuente la historia de mi vida, o algo así, si no me cuentan algo de ustedes ¡Es más! Cuentenme eso a detalle y no les preguntaré otra cosa, y responderé las preguntas que me parezcan adecuadas, ¿trato? — Pirro se sobresaltó de manera jovial, sonriéndole a ambos corceles con todos sus dientes. Tenía su encanto, a pesar de la edad.
— No tengo problemas con ello, ¿y tu, hermana? — Preguntó Nikator, quien prosiguió cuando su hermana le negó con la cabeza —. Pues, no hace mucho, mi hermana y yo estábamos explorando las ruinas, como cualquier día decente. Entre la Deigma suroeste y nuestro asentamiento, había una tienda general.
— Uno de los primeros sitios en ser saqueados. — Interrumpió el corcel negro, riendo entre sus dientes y llevándose un casco a la boca —. Disculpa por la interrupción, continua.
— Pues, — continuó Nika —, entramos a esa tienda cuando cayó la noche. Teníamos los cascos vacíos después de dos días de búsqueda, tan solo encontramos sobras y restos de periódicos para quemar. Fue cuando encontramos el alijo. Me caí detrás del mostrador, y llegué a un sótano.
— Caíste como un saco de papas, Nika. — Dijo Nikator, sonriéndole a su hermana. Pirro, desde donde estaba, empezaba a reírse.
— Pués tú gritaste como potranca asustada cuando me viste caer. — Le respondió Nika. El equino de color negro le costaba respirar por las carcajadas. Los gemelos se dejaron contagiar por la alegría del momento. Cuando los aires se tranquilizaron, ella continuó — En el accidente, encontramos un alijo secreto que poseía todo lo que necesitábamos: comida enlatada, vendas, alcohol, piezas de metal, bolsas de cuero llenas de pólvora y mucho material para quemar. Era como descubrir el tesoro del pirata.
Los gemelos se rieron, y el corcel negro los acompañó en su alegría. Pero, pasado un rato, el fuego iluminaba caras que se entristecían a con los segundos, borrando las grandes sonrisas. El equino negro prestaba atención.
— Nos recibieron como héroes cuando regresamos. Comida para el hambriento, vendas para los heridos, armas para los vigilantes y una fuente de calor. — Dijo Nikator, haciendo una mueca de asco antes de escupir al suelo — A los tres días, el asentamiento fue rodeado por una banda armada de un vecino.
— Se suponía que ese caché era para la ruta que va de Minospolis a Hipperlicarnassos de un asentamiento vecino, pero no teniamos la culpa de habernos topado con eso. — Dijo Nika, bajando las orejas —. Si hay que agradecerle algo a Dionisio, el líder de nuestra comunidad, es que haya convencido a la banda de dejarnos. No pasó mucho antes de que nos mandaran a buscar para pagar "lo que robamos".
Después de contar su historia, solo el crepitar de las llamas fue el único ruido que emanó de la habitación. Era descorazonador que ese par, para la perspectiva de Pirro, solo haya conocido a La Desolación como su único hogar, y que tengan que trabajar a cuestas por ayudar a su pequeña comunidad. Eran pocos los que tenían bondad en el nuevo mundo, y él sabía de lo que hablaba… Después de conocerla a ella.
Trató de animar a los gemelos cuando dijo:
— ¿Siempre complementan lo que dicen?
Eso agarró a los hermanos Soter con la guardia baja. Ella se sonrojó y rió mientras cubría su boca con su casco, mientras que él pasaba a estar pensativo y con las orejas abajo, a estar en alerta y serio. Fue el primero en hablar.
— Pensé que las preguntas las hacíamos nosotros. — Se limitó a decir Nikator.
— Oye, solo quiero conocerlos. — Dijo el corcel negro, sonríendoles —. Y si veo una oportunidad para animar la ocasión, lo haré con gusto. Recuerden, tengo más años que ustedes y he aprendido bastante.
— Señor Pirro. — Empezó Nika, asomando su pregunta con delicadeza. Como un pequeñín curioso.
— Diga.
— ¿Dónde vive usted?
— ¡Oh! ¡Claro, claro! Verán, estoy con un gran grupo asentado en el Sector Industrial. Tenemos protección, comida de sobra y, lo mejor de todo, agua caliente, ¡divina fortuna, agua caliente para bañarse! Por eso quiero que vengan conmigo. Me imagino que la han pasado horrible y han estado lejos de casa por mucho tiempo, ¿me equivoco?
— No, para nada. — Respondieron ambos gemelos, al mismo tiempo.
— Entonces, vengan conmigo, total, si van a pasar un día mas en la Desolación, ¿por qué no hacerlo con la comodidad de antaño? Me haré responsable de ustedes, y puede que les guste tanto quieran quedarse.
— Quiero hacerle una pregunta, — dijo Nikator, quien levantó su casco —, ¿qué hizo durante la guerra?
— Bueno muchacho, puedo responder que me rascaba la nariz y es una respuesta válida. Pero quiero serles lo más honesto posible. — Dijo Pirro, llevando uno de sus cascos al pecho, apuntando al corazón — ¿Reconoces estes símbolo?
Apenas era visible por la oscuridad, añadiéndole que era negro en su totalidad. Pero una inspección mas cercana y al acercarlo al fuego, Pirro enfocó parte de su capa en una sección en particular. Estaba bordado en el mismo, y curtido por la suciedad, el deterioro y el uso constante, le había quitado parte de lo que, en el pasado, era un símbolo que inspiraba tanto temor como admiración. Una calavera en medio de dos huesos cruzados. Nikator quedó sorprendido, Nika, por su parte, solo parecía obstinada mientras murmuraba "sementales".
— ¡Húsares de la muerte!
— En efecto. — Le respondió Pirro al sorprendido corcel —. Me costó mucho llegar ahí, pero lo logré. Y aunque Énosi y el resto del mundo se haya ido al demonio, puedo decir en mi lecho de muerte puedo decir, "fui un húsar de la muerte".
— A la carga. — Dijo Nikator, con una sonrisa que su hermana nunca había visto.
— ¡A la carga! — Contestó el corcel negro, con la fiereza digna como si estuviera en un campo de batalla. Ambos se sorprendieron, empujando sus cuerpos hacia atrás. El corcel reía, pero su alegría se iba desvaneciendo lentamente —. A finales de la guerra, con la llegada de nuevas tácticas y, mas importante, equipamiento, los métodos de carga gloriosa se iban desechando. Ya saben, mejores armas a distancia, telecomunicaciones, dirigibles avanzados… Todo eso. Casi al final de la guerra, fui herido de gravedad y me trasladaron a nuestra ciudad. Presencie las protestas… Una, por, una. Y antes de que me pregunten, solo les diré que eran aterradoras. Equinos peleando en las calles, mientras que los antimotines formaban una línea y avanzaban con cuidado, rompiéndole todo a quien al estúpido que se les parara al frente; minotauros lanzando lo que sea, producto del vandalismo, a la policia o a las tiendas; incluso simios, armados con fusiles antiguos, disparaban a matar cuando las cosas se volvieron insostenibles. Con el tronido de las armas, vino un silencio de cripta que fue la antesala a algo que lo llamo "la furia". Y si quieren ver el resultado de eso, solo echen un vistazo por la ventana.
Hubo un respetuoso silencio en la habitación. Uno muy largo, que acalló los nuevos intentos de conversación y las sesiones de preguntas. Lentamente, cada quien iba a acostarse o a vigilar, con un mundo de interrogantes sin responder o con lo que podían recordar.
—… debieron ver cuando llegamos a Equestria. Esto es nada comparado con la fiesta de bienvenida que nos dieron.
Pirro se agachaba para evitar una viga que había caido. Un extremo del mismo estaba unido al techo, mientras que el otro había caído y quebrado una mesa de billar. El crujido del roble antiguo, carcomido por el tiempo, acompañaba a los tres en su travesía, que se aventuraba por un antiguo bar. Las sillas estaban vacías, y la nada ocupaba todas las mesas accesibles.
Ya era casi de mediodía, con una tenue luz asomándose en un día nevado. Costaba mucho moverse por las calles, pués no había visibilidad y levantar tus cascos en la nieve te cansaba. Las ruinas, sin embargo, eran una ruta segura cuando la interperie te impedía el paso. Los dos gemelos pasaban por debajo de la misma viga mientras escuchaban a Pirro.
— Un día después de cruzar la frontera, empezó a caer un chaparrón del cielo. Era lluvia tras lluvia, peor que los monzones en la selva, que impedía nuestro avance por las tierras ponis. Al principio, pensabamos que era normal, pues muchos eramos veteranos contra los ahuizotles y estabamos acostumbrados a la lluvia. Pero el barro. — Pirro hizo una mueca de asco —. El barro era insoportable. Se te pegaba en las botas, en los cascos, en el cinturon, en tus armas, en las carretas de suministros, y siempre viviamos con temor a que la pólvora se mojase; mas que quedarnos atrapados en la mugre. Dabas un paso, y te hundías. Sacabas una pierna, y te costaba un mundo sacar la otra.
— Suena como una temporada llena de alegría. — Dijo Nika, hastíada de las historias de guerra.
— Y lo era. Pero, un buen día, nuestro gran estratega vió lo que pasaba. Veía las nubes moverse con rapidez, y una pequeña estela de cualquier color imaginable volar como demonio a las líneas ponis. Verde, azul, rojo, blanco… Desde ese momento supimos que los desgraciados pegasos cambiaban el clima para retrasar nuestro avance. Una buena jugada, sin duda; pero, para el momento, pensabamos que era la jugada mas sucia que podían hacernos.
— ¿Qué hicieron después? — Se limitó a decir Nikator. Esas historias, para él, eran como contarle a un potrillo lo que hay en una dulcería.
— Todo perro a nuestro servicio, enosiano o no, empezó a cavar. Empezamos a movernos por debajo de tierra, donde no sufriamos las molestias de los pegasos y podíamos sobornar a los perros diamanteros que nos encontrasemos. Luego, nuestra primera batalla. Pero, primero, quiero que vean esto.
Los gemelos se detuvieron detrás del tuerto y alzaron la vista.
Habían oído de esa monstruosidad, pero el Mausoleo lo ocultaba. De pequeños, su memoria los conducía a un borroso pero inolvidable momento cuando pensaron que la ciudad se incendiaba. Pero su madre los tranquilizó y les contó de tal bestia que escupía humo. La Megas, la gran acería de Hipperlicarnassos, era un monstruo cuyo apetito voraz de hierro y carbón nunca era saciado pero, para los dirigentes de la República, satisfacía a sus amos con acero. Dos grandes ventanales amarillos asemejaban los ojos de la bestia, con una gran hilera de vagones industriales, hormigas comparados con el tamaño del complejo, entrando y saliendo de un gran orificio semicircular. Por un momento, aquellas chimeneas industriales se alzaban al cielo con una actitud desafiante, con el grosor de un apartamento pequeño. Y se decía que esa acería tenía otras dos hermanas en Énosi.
— Creo que tenemos algo con los edificios gigantes. — Se limitó a decir Nika, mientras sentía su insignificancia ante tal edificio. Su hermano asentía con la cabeza.
— No estoy seguro, pero le dicen complejo de inferioridad, y que sufrimos de ello. Se dice que los ciervos protestaron como demonios cuando se fundaron las tres acerías. El Hegemon de la época los tranquilizó plantando nuevos bosques y limitando el humo que exhalaba eso. Aún así, emanaba tanto como cien trenes de leña juntos. — Se limitó a decir el equino tuerto. Señaló con su casco la dirección que debía seguir —. Por aquí.
— Solo las acerías grifas y Los Fuegos sagrados de Camasco superaban lo que los complejos hacían. — Dijo Nikator —. Lo leí en un artículo del periódico de papá.
Su camino los había conducido por las ruinas irreconocibles de una entrada a una fabrica, apenas era reconocible el tarjetero y la máquina antes de internarse en el centro cascofacturero. Pero, al cruzar el gran boquete, por fin vieron una calle principal. Antaño, debido a la gran demanda de materias para procesar, se ponía una vía férrea de ambos sentidos en el centro de la calle, así, con la ayuda de una grúa particular para los otros complejos, entraba las materias primas sin obstruir el tráfico. Pero hoy en día, solo encontraban vagones y pequeñas máquinas volcadas a lo largo de la carreta, así como brazos hidráulicos caídos, añadiéndose a la gran cantidad de obstaculos que habían en la vía. Aún así…
Un momento.
Nika no se lo perdonaría en su vida. Debía estar mas atenta a toda la conversación que tuvieron con Pirro. Todo eso, su evasión junto a la falta de interés de ambos, con buenos temas para conversar junto al fuego y la necesidad de la confianza mutua, dejaron a un lado un detalle importante. Solo al estar en un sector de la avenida, con amplia vista, y verlos alrededor de una fogata dentro de un barril, con sus máscaras de oso rugiendo, sus mantos, sus buenos rifles y esas pelucas blancas que los confundían con el resto del ambiente, se dieron cuenta del gran error que cometieron, uno que se selló cuando un equino dijo.
— Coronelcito, por fin regresas. Empezabamos a preocuparnos por ti. Pero te las arreglaste, ¡incluso traíste un par de invitados!
Los ursas estaban asentados en el Sector Industrial.
Los gemelos se quedaron tiesos. Como una presa que se encuentra cara a cara con su depredador. Pero, a diferencia de estas que, de seguro, empezarían a correr, ambos se quedaron congelados por el miedo. A distancia de tiro seguro, un equino y un minotauro de los infames Ursas posaban sus ojos sobre ellos. Al verlos, su guía reaccionó con rapidez.
No era lo que esperaban. Pensaban que el corcel negro echaría una risa malvada y diría una mala frase, digna de mala película o un mal libro. "Ya los tengo" o algo similar. En vez de eso, el tuerto se acercó a ambos para intentar tranquilizarlos, acercándose lentamente como si tratase con un peligro inminente. Aún con sus ojos nerviosos, sacó una sonrisa paternal antes de hablar.
— Chicos, chicos. Perdonen por todo esto, pero les juro que no les pasará nada. Manténganse a mi lado y no llamen la atención. — Dijo Pirro, manteniendo la sonrisa y haciéndoles un gesto con su casco para que se acercasen. Como un par de potrillos asustados que buscan la protección de su padre, los gemelos lo hicieron —. ¡Ah! El buen Yannis, haciendo sus patrullas matutinas. Dime, ¿has visto algo interesante?
— ¿Y por qué debería decirte? — Le contestó el corcel, detrás de su máscara, visible por la boca, sonreía —. No usas peluca y solo estas con nosotros por respeto. Insultanos y seré el primero en buscarte para rebanarte el cuello.
El minotauro rió por el comentario.
— Vaya, ni en la Desolación pueden mostrar un poco de buenos modales. Deshonras el uniforme, potro. — Dijo Pirro —. Solo te diré que, aunque lleves esa mascarita y la peluca de loca, no te hace un buen guerrero. Yo ya mataba cuando estabas en los testículos de tu padre. Y lástima que no fuiste un pajazo.
El minotauro volvió a alegrarse, esta vez su carcajada fue mas sonora que la ocasión anterior. El corcel intentó desenvainar su sable, pero se encontró con que Pirro ya tenía su espada apuntando a su cuello. Con una sonrisa, el caballo negro apartó su arma del Ursa.
— No perderé mi tiempo contigo. Vamos chicos. — Culminó Pirro, quien se adentró en la calles del sector, seguido por los gemelos. A pocos metros, se volteó para verlos, encontrándose con una Nika asustada, respirando con dificultad; y con un Nikator a punto de abalanzarse sobre él. Sin embargo, el corcel negro bajó las orejas —. Oigan, lamento haber sido tan evasivo. Pero si les digo que estaba con los Ursas, no hubiésemos durado mucho, ¿no creen? Les prometo que los protegeré, y seré responsable de lo que hagan. S-solo… Manténganse cerca, ¿si?
Los gemelos asintieron, total, no había mucha opción. Correr a esta altura, sería declararse una presa de esos sádicos con uniforme, quienes jugarían con ellos hasta que, una vez aburridos, los mataran. Aparte de decepcionar al señor Pirro, que se estaba tomando las molestias de protegerlos de ellos. Tras un suspiro, continuaron.
Los tres pasaron por debajo de una grua industrial, flanqueados por vagones cuyo interior estaba ennegrecido, de seguro la carga era carbón que ya fue gastado. Tras atravesar el obstáculo y alzar sus caras al cielo, se encontraron con un gran portón de metal, flanqueados por banderas: el oso azulado, rugiendo, detrás de la letra enosiana "lambda". Al alzar su casco y saludar a un centinela de peluca blanca, una pequeña porción de la puerta se abrió. El crujido del metal fue el heraldo de su llegada.
El gran patio abierto, con contenedores usados como refugios provisionales para los trabajadores y cajas de suministros por doquier, estaba habitado por tres "clases", siempre bajo la vigilancia de las banderas con osos. Los primeros, y principales habitantes, eran los efectivos de los ursas. Gruñendo ordenes o insultando; practicando con sus armas y espadas contra maniquies irreconocibles por los disparos, tajos o estocadas; marchando sobre la nieve; en campos de obstaculos; o simplemente estaban alrededor de un barril con una fogata, mirándose las caras detrás de sus facetas de acero. Pero los gemelos vieron otros dos tipos que nunca habían visto, y que ojalá no lo hubieran hecho.
El segundo, infundados en trajes de combate negros en su totalidad, como la pintura de sus caras llenas de miedo o incertidumbre, si no era de queja por el constante trabajo físico que sobrellevaban. Incluso algunos de estos, sobretodo los más grandes como los minotauros o los perros enosianos, tenían una diana pintada en el pecho. De no ser por una palabra resaltante en letras amarillas, los hubieran tomado como esclavos o trabajadores forzados. Aquella palabra decía, en su idioma, "RECLUTA" y explicaba muy bien el porqué un equino de peluca negra le caía a palos a un minotauro, hecho novillo y cubriéndose la cabeza con ambos brazos.
El tercero, y era una vista que ambos querían olvidar de inmediato, era de enosianos, sin discriminación alguna, encerrados en jaulas o carretas cubiertas. Caballos, perros diamanteros, minotauros o monos. De cualquier sexo o edad, cuyas caras podían ser la descripción de la palabra terror o incertidumbre, mirando el cómo los ursas los guiaban al interior del complejo. Los dos gemelos pudieron superar el miedo que los embargó, solo para imaginarse dentro de alguna de esas jaulas.
Tras un suspiro, el equino tuerto desvió la atención de los ya horrorizados hermanos con una sencilla frase:
— Falta poco…
— ¿Disculpa? — Dijo Nikator, que para tener una voz algo grave, tenía el tono de un chiquillo timido. El corcel negro vió como le temblaba el labio, así que le mostró su mejor sonrisa antes de hablar.
— Que falta poco para que nos den la comida. Normalmente es una masa irreconocible de carne o vegetales, pero veré si puedo convencer al cocinero para que les dé algo mejor. Solo siganme, chicos, ¿no quieren tomar un baño caliente?
Los gemelos abrieron los ojos en sorpresa, hasta la yegua esbozó una débil sonrisa contagiosa. Los tres caminaron hacia las instalaciones principales, bajo la mirada celosa de soldados ursas. En ocasiones, los disparos de práctica sobresaltaban a los hermanos, mirando como ciervos asustados el origen del tronido, y no tardaron en ubicarlo, al ver el cómo un perro diamantero, de peluca negra, le gritaba a un recluta que había fallado por poco. Aunque, para ellos, todos los habitantes que estaban trabajando, parecía que lo hacían para despejar gran parte del patio.
— Es por aquí, por favor, pónganse cómodos. — Dijo Pirro, abriéndole la puerta a los gemelos con la gracia y educación de un portero de hotel lujoso. Estos les respondieron con un sencillo y tímido "gracias", correspondiéndoles con una sonrisa.
Los gemelos había oído rumores, provenientes de viajeros errantes o comerciantes que pasaban con sus trineos, de que los ursas no llevaban mucho tiempo y habían tomado un complejo como base local. Y descubrieron que no era mentira. Lo que había sido una gran complejo textilero, había sido convertido a una instalación militar con las necesidades cubiertas. Habían visto la entrada principal, custodiada por ursas con rifles que nunca habían visto, llena de cajas metálicas o barriles, siendo cargados por reclutas. El centro de trabajo, adaptado para el mantenimiento y fabricación de armamento o suministros. Enosianos, de cualquier tipo, trabajando detrás de mesas en diversos labores, bajo la luz proporcionada por un tragaluz y la cautelosa mirada de los ursas; pulgar o lengua listo en el gatillo. Pelucas negras gritando ordenes que los reclutas y los pelucas blancas cumplían sin rechistar. Lo único que les causo un leve placer, fue el comedor de la fábrica, rebosante de comida, alimentando a cualquiera que se acercase. El olor a estofado de vegetales invocó una queja para los gemelos.
Pero, fuera de ese monótono e intimidante complejo industrial-militar, la habitación de Pirro era lo más cercano a un palacio de la realeza, o de un comerciante exitoso. Lo habían pintado hace poco, donde el color blanco apoyaba la tenue iluminación que proporcionaba el sol, gracias a unas ventanas de marco negro. Había un catre, en la esquina superior derecha, con la cobija roja mas cálida que los gemelos habían visto. Estanterías con pocos libros, algunos adornos, vasijas o pequeñas esculturas en estos. Un guardaropa, un baul, una puerta y al lado de esta un sillón, el más cómodo que hubieran visto, bancos con almohadillas de tercipelo. Y hubiera sido una vista agradable, de no ser por el ocupante, quien se encontraba en un escritorio en el centro del cuarto.
Era vista aterradora. Los ursas con pelucas blancas no eran mejor que un grupo de abusivos con formación militar y un placer por matar. Los de peluca negra mostraban tanto profesionalismo como bestialidad a la hora de combatir, aparte de tener voces potentes y un buenos dotes de mando. Pero este, en donde la gran peluca roja como la sangre caía sobre sus hombros, eran los que nunca debías tener cerca si los tenías como enemigos. La élite, los que comandaron compañías de esta tropa, incluso algunos se convirtieron en strategós de la antigua Énosi, veteranos marcados por casi todas las campañas que luchó la República en sus vidas…
Y los gemelos tenía a un Ursa rojo, un simio con un traje de campaña para invierno blanco con líneas decorativas, chaleco de utilidades y tirantes de color azul. Había dejado la máscara a un lado, dejando ver una cara marrón claro, unas grandes patillas, así como el resto de su pelo (que no era escaso), de una variante mas oscura. Ojos verdes, entrecerrados y fijos en un papel en su larga mano. Junto a la otra, descansando en el escritorio, se encontraba un revolver Fobos, así como una bandeja con una olla, con el divino olor del estofado.
— Nika, Nikator, quiero presentarles al más austero, leal, letal e inexpresivo compañero y socio que uno pueda tener: Demetrios Sción. Mi querido amigo con pulgares, ¡mira lo que conseguí en la Desolación! — Pirro actuó como el anfitrión de la fiesta del año, con la sonrisa más agradable que los gemelos pudieron ver. Pero el gesto de alegría del corcel negro, fue eclipsado por el del simio, cuyo levantamiento de ceja, al verlos, fue tan lento
que recordaba el movimiento mecánico de la recarga de una ballesta. Casi que podían oir el quejido metálico de dicho mecanismo. El simio volvió con su lectura. Pasmados, los gemelos se voltearon para ver al corcel tuerto, quien les respondió con una risa —. El único momento en el que Demetrios sonrie, es en un buen combate.
El único sonido que el simio produjo, fue un quejido lento. Como el de un perro de presa cuando siente peligro. Los gemelos fueron, de inmediato, a sentarse en alguno de los banquillos. Pirro, con toda la amabilidad del mundo, les pasó la olla con el estofado. Ellos, al dar su primer bocado, sintieron el calor bajar por su cuello, con un efecto casi milagroso para ellos. Una gran ambrosía que podían decirles que, después de todo, aún hay un poco de esperanza. Era casi como un efecto rejuvenecedor, una alegría que los cautivaba después de años de supervivencia.
Por supuesto, eso no justificó que, después del bocado, comieran como ratas devorando una presa. Ante las risas del corcel negro, divertido por la situación, recogió la olla y la dejó en el escritorio.
— Chicos, les prometí una ducha caliente y reconfortante. Tras esa puerta, está mi baño. Tiene todo lo que necesitan para lavarse. — Dijo Pirro, señalándoles la puerta. Asintiendo con la cabeza, los gemelos le sonrieron antes de entrar al baño.
Tras un suspiro, el corcel negro caminó con pesadez hacia la puerta. Se sentía bien, bastante para su gusto. Y no se sentía así desde que era joven. La alegría invadió su cuerpo cuando oyó a los hermanos celebrar dentro del baño. Claro, el agua caliente para bañarse era un lujo que ellos no había conocido, y al saber eso; Pirro sonrió mientras miraba la ventana.
El patio estaba parcialmente vacío, comparado como lo encontraron cuando llegaron. En una escena muda, similar a las primeras películas que vió de joven, el corcel tuerto observaba como la nieve empezaba a agitarse y alzarse, dándole la primera bienvenida a una máquina que no había visto desde hace mucho. Era grande, alargada, con tres helices ubicadas en la parte frontal, posterior e inferior del mismo, mientras que estaba flanqueado por un par de alas. Hecho de madera y refuerzado de metal, pintado de azul con blanco, vio como un comité de ursas de peluca negra recibian una delegación de otros pelucas rojas, que caminaban hacia el complejo con un paso rápido, y una furia que parecía irradiar de sus cuerpos.
Pirro sonreía, pero no era el gesto amable o el buen sentimiento que había compartido. No. Esta era un gesto de desafío. Uno que estaba jugando desde hace un buen rato.
— Acaba de llegar un AMR-Colibrí a las instalaciones, Demetrios. — Dijo el Pirro —. Una de las primeras maravillas voladoras que desarrolló la República, el que se convirtió en la primera piedra para la experimentación y fabricación de la Aeronáutica Militar de la República ¿Quién diría que tan honorable e ilustre máquina cargaría seres tan retrógrados y sádicos?
— Kýrie, — dijo Demetrios, quien tenía una suave voz comparado con su fiero aspecto —, si hubiera sido un perro callejero, no mostraría decepción alguna. Pero estos desolados, señor, solo le van a traer problemas con el resto de la unidad.
— ¡Tonterías, Demetrios! Esos gemelos son la herramienta perfecta para lo que quiero hacer! ¿Sabes de dónde son este par? Ni nada más, ni nada menos que el asentamiento Sur. Ya sabes, el que está en una masión derruida. Mis observaciones han llevado a esa conclusión. Y ese lugar es casi que la joya de la corona ese cuarto de la ciudad. Carajo, ¡puede que de toda esta pequeña región!
— ¿Un montón de Desolados tratando de sobrevivir?
— ¿Qué hay de malo con eso? Hasta donde yo sé, el problema que tenemos el Colectivo Ursa, es el de personal. Todo nuestro entrenamiento, todo nuestro equipamiento, formación, tradiciones y objetivos no valen nada, a no ser que tengamos las suficientes cabezas para cometerlos… Y no ayuda mucho que nuestros líderes pinten dianas en los pechos de los reclutas.
— Se llama supervivencia del más apto, del más fuerte. Los reclutas, si quieren llevar la máscara y la peluca blanca, deben sobrevivir. De poder combatir ante cualquier circunstancia. El Colectivo no necesita un montón de llorones sin preparación, necesita guerreros, necesita soldados.
— Demetrios, una civilización no se mantiene con alguien que quiera romperle el cráneo a otro. Los necesita para defenderse, ¿y después? Quizás, entre los reclutas se encuentre un gran médico que puede salvar tu vida. O un gran escritor o poeta que, con un buen discurso, puede inspirarnos a mejor. No todo son matazones sin sentido, hay que apuntar a la reconstrucción, no solo a la supervivencia.
El simio hizo una mueca de disgusto, haciendo que el corcel tuerto riera.
— Algún día lo entenderás, amigo mío. Si todo sale como quiero, tendremos nuevos reclutas una moral alta.
— ¿Qué pasó en la Deigma Norte, kýrie?
— ¡Un suceso maravilloso, mi amigo con pulgares! La sola lectura de este documento, que no debe salir de este cuarto, me ha dado una ventaja que mi rival no tiene. Y ese retrógrada no tendrá oportunidad cuando me abalance contra él. Fue gracias a a esos gemelos que pude regresar, ¡era yo contra otros diez! No tenía chance.
— Si Lambda le confio algo semejante, entonces estará de acuerdo con lo que usted aha, ¿y quién soy yo para oponerme? Después de todo, aún le debo una.
— Perfecto, Demetrios. Ahora solo queda un asunto de suma importancia.
Solo en esa ocasión, los dos se voltearon para mirarse a los ojos. Mientras que el simio tenía una expresión seria, casi tallada en piedra, el corcel tenía una media sonrisa.
— ¿No te duele la cara de tanto sonreír? — Dijo Demetrios.
— Una conocida me dijo, que un día sin reír es un día perdido. El asunto es, ¿quién recogerá la cena para los cuatro?
