Capítulo VI: La dirección del cambio
"Nada de sangre".
Nada de derramamiento de sangre a no ser que opusieran resistencia. E, incluso así, con los disparos accidentales, Pirro reaccionó de manera calmada y abierta. Que haya visto al señor Dionisio como una amenaza, quizás eso si estaba claro. Pero el acto tan repentino de decapitarlo, en medio de la tarima y en vista de todos; causaba miedo. Es más, era la primera vez que los gemelos veían un acto tan macabro de parte del corcel tuerto, en nombre de la "reconstrucción" del mundo, ¿de verdad era así, el mismo equino que compartió sus pertenencias y arriesgó su pellejo por ellos? Hace tiempo, él le había comentado a Nika que, en la guerra, lo apodaban como "el demonio tuerto".
Quizás el demonio salió ante la aparente resistencia. Ante el posible obstáculo.
— Sabía que se me hacía conocido. — Dijo su tío Epidamonias, con un tono amargo. Los estaba acompañando mientras caminaban en la casa, que hace un tiempo, le pertenecía a sus padres — "El demonio tuerto", bastardo.
Las paredes, que empezaban a filtrarse por la humedad, les mostraba un camino deteriorado. Y las lámparas eléctricas, hechas de acero, colgaban a duras penas, con algunas velas encendidas para iluminar. Desde ese pasillo, se iban a las habitaciones principales y al estudio de su difunto padre. Alegre en otros tiempo, ahora era una nostalgia dolorosa.
— Dionisio era un cabrón, tío. — Se atrevió a decir Nikátor, mirándolo de reojo mientras caminaban —. Cuando decía que "iba a dirigir", no hacía mas que mandar e irse a descansar. Un verdadero parásito, si me lo preguntas.
— Oye, eso no justifica que le hayan separado la cabeza de los hombros. — Dijo Nika, encarándolo y a nada de gritarle.
— No, no lo justifica. Pero al menos no evitaba una vida mejor solo para perder privilegios. — Le respondió su hermano.
— Fácilmente podía debatir con él. Pirro era bueno con la lengua, así como con la espada. Ahora, medio asentamiento está aterrado. — Dijo la yegua.
— Eso se le pasará con la primera semana de comida caliente, calefacción y seguridad. Lo que le pasó a Dionisio será cosa del pasado tan, rápido como el canto de los (coocktailes). — La respuesta de Nikátor dejó a su hermana quieta, llena de ira y enrojecida. Solo sus pecas eran visible en un mar rojo que se había formado en su cara. Solo se tranquilizó cuando su tío dejó su garra en su lomo.
— Déjalo, como muchos acá, solo piensa en abandonar la miseria para tener algo mejor. — Dijo el perro diamantero, sonriéndole a la gemela.
— No creo que eso se justifique con decapitaciones, tío. Si es así, van a estar de acuerdo con empalamientos cuando él quiera imponer un sistema legal. — Dijo la yegua, mirándo a su tío con gran desafío. La expresión de Epidamonias pasó de la seriedad, a reír un poco. Nika entrecerró los ojos, se echó hacia atrás y preguntó — ¿Dije algo gracioso?
—Oye, la política en Énosi era un campo de batalla con poca sangre. Solo me imagino lo que hubiera pasado, si esta hubiera escalado como tu dices. — Dijo el perro diamantero, manteniendo la expresión divertida en su rostro —. Sabrás lo divertido cuando tomes un libro de historia o de política.
— Eso, si no lo hemos quemado para calentarnos. — Dijo la yegua, sonriendo cuando vió a su tío hacer lo mismo. Apoyó su broma, que medio entendía, con algo que los dos podían disfrutar.
Una vez llegaron a la puerta del estudio, Nikátor tocó la puerta. Con una sonrisa, ambos dejaron a un lado la pequeña discusión. Al oir el "pasen" al otro lado de la puerta, cruzaron el umbral con mucho cuidado; como si alguien estuviera durmiendo al otro lado de la puerta. En otros tiempos, el estudio de su padre era su sala de juegos cuando afuera había un tiempo terrible. El librero de la derecha ocupaba toda la pared y estaba rebosante de libros, mientras que la pared izquierda había un pequeño bar personal, unos archiveros y un espejo colgado en medio de la pared; y al otro extremo de la puerta, un ventanal que ocupaba la mitad de ese lado. La gran biblioteca había desaparecido, dejando un montón de estantes vacíos; la humedad y el mohó empezaba a consumir la madera de la mueblería; y, más importante, Pirro estaba encima del escritorio, colocado en el extremo cerca del ventanal, caminando de un lado a otro sobre la mesa; mirando fijamente las siluetas nocturnas de la ciudad. Demetrios estaba en la esquina entre el ventanal y el espejo, centrado en los tres que acababan de entrar.
— Es hermosa, ¿no lo creen? — Dijo el corcel tuerto, manteniendo la vista en la ciudad —. A esta hora, se llenaban los cines, los clubes nocturnos y las funciones musicales en el aire libre. Enosianos de toda especie se congregaban en estos centros de entretenimiento, luego de una larga jornada de trabajo. Los más ansiosos por descansar eran quienes trabajaban en las deigmas occidentales, las industriales. Soldados con permiso, trabajadores de oficina, técnicos, obreros de construcción, burócratras, policías; padres, madres e hijos. Todos, dispuestos a pasar un rato de ocio para desconectarse de los rigores del día a día. Incluso en estado de guerra, había un pequeño respiro después de "contribuir" para el esfuerzo de la guerra.
— Tiempo extra. Doble Turno, triple turno, sobrehora. — Dijo Epidamonias, acompañando el tono triste de Pirro. Asentía lentamente su cabeza —. La capital era un caos. Manifestaciones anti-bélicas por doquier. Redadas contra ponifílicos. Supresión. Y el frente, me imagino, era terrible.
— Te puedo causar pesadillas con cuentos y anéctotas del frente. Sobretodo en las etapas finales. — Dijo el corcel negro con algo de miedo, por fin volteándose para ver al grupo. Los gemelos estaban habituados a ver a Pirro sonriente y soltando chistes, pero, ahora, estaba concentrado. El tono animado que le era característico había sido disminuido, y su mirada era fija como un halcón —. Pero, cuando empezaron las grandes nevadas ya todo había acabado. Es ahí donde digo, no, pregunto, ¿qué es lo que ven tras esa ventana? A ver, señor Epidamonias, ¿qué es lo que ve?
Extrañado, el perro diamanterio se acercó hacia la ventana. Guardaba su distancia del equino negro y del simio de los ursas. Estando cerca del ventanal, dio un suspiro que se condensó en el aire, antes de hablar.
— Ruinas, eso es lo que veo. — Se volteó para ver al equino tuerto mientras, quien había inclinado, levemente, su cabeza hacia su hombro derecho —. Las ruinas de esta gran metrópolis que alguna vez llamamos hogar.
— ¡Bien! Bastante bien, de hecho. Y salir de Hipperlicarnassos solo nos mostraría lo mismo: los restos de civilizaciones prósperas. — Dijo Pirro, quien se acercó al perro diamantero y extendió su casco hacia él. Epidamonias dio un paso hacia atrás, causando que el corcel negro se impactara, pero luego le sonrió — Señor Epidamonias, no pienso hacerle daño. Que haya decapitado al simio obeso, no significa que vaya a hacer lo mismo con su segundo.
— A no ser que le dé una razón. — Demetrios se hizo presente en la penumbra que dominaba la habitación. Su máscara de oso rugiente brillaba, con la poca luz que entraba.
— Pero, tengo la creencia que el segundo es más razonable que su antecesor. Le reitero, mi buen señor, que por las buenas, le daré a los habitantes de este asentamiento un ápice de sus vidas pasadas. Y a los que no la conocieron, bueno — el corcel tuerto se inclinó hacia él —. Haré cumplir sus fantasías más básicas. Comida caliente tres veces al día, calefacción mientras haya carbón, seguridad, pertenencia. No me malinterprete, mi estimado canino superdesarrollado.
— Después de aquella demostración, no tengo ninguna duda de usted, estimado primo de los ponis. — Dijo Epidamonias. Pirro reaccionó riendo, asintiendo con la cabeza y señalándolo con el casco.
— ¡Usted me agrada! Creo que lo mantendré cerca. — Dijo Pirro, luego señaló a los mellizos —. A ver, alguno de ustedes, ¿tendría la amabilidad de acercarse? Sí, así es. Ahora, misma pregunta: ¿qué es lo que ven?
De tener una expresión seria, Pirro pasó a sonreir. En la penumbra, era fácil imaginarse esa expresión alegre, adornada con rastros de sangre. Para evitar tan aterradora imagen, los mellizos se concentraron en la ciudad. El mausoleo se alzaba, dominando el horizonte; era como un anciano gigante que veía a aspirantes modernos tratando de alcanzarlos. Todo lo que contó Pirro parecía tan lejano, que casi parecía utópico. Habían estado en la metrópolis cientos de veces, por casi dos décadas. Y cuando veían rastros de vida, el mejor de los casos eran enosianos como ellos.
— Yo veo un lugar sin dirección. — Dijo Nikátor, después de acercarse al ventanal —. Solo mira a los ojos de quien te encuentras. Siempre con la mirada baja, resoplando y viendo la condensación frente a sus caras. El estómago rugiendo. En esos restos de ciudad, hay seres que, sin la guía necesaria, terminarán muertos antes de que su corazones dejen de latir. Hay decenas de grupos pequeños, asentamientos como el nuestro, grupos de bandidos que se la pasan más temblando del frío que asaltando. Dale a esos desolados algo mejor, y te seguirán a donde vayas.
— ¡Bien! Bastante bien de hecho. — El corcel negro estaba alegre, a veces daba algunos brincos sobre la mesa, y reía para si mismo. Desde el escritorio, apuntó con su casco a quien faltaba: Nika — Venga, mi estimada señorita. Y, misma pregunta, ¿qué es lo que ve?
Ella deseaba tener la misma seguridad que su hermano y su tío. Su paso y respiración eran lentas, y atravesar ese estudio tan conocido por ella era como atravesar un inmenso país. Su hermano, una vez que ella estuvo cerca, le sonrió antes de darle el espacio. Ese pequeño gesto de confianza había, puede que insignificante para algunos, calmó a la melliza. Aún con la amabilidad de Pirro, aún se imaginaba el mismo rostro sonriente manchado de sangre. Ahí estaba él, confundido con la oscuridad de la creciente y temprana noche, observándola desde ahí arriba. Sonriendo. Para evitar recordar la decapitación, se centró en la ciudad.
— Tómate tu tiempo, Nika. — Dijo el tuerto. Aún tenía el tono divertido de cuando lo conocieron, ¿cuánto había sido? Un poco más de una semana, y en ese lapso de tiempo tan corto, notaba la gran diferencia que en veinte años de apocalípsis congelado.
— Cambios. — Dijo por fin. Ella no quería ver al corcel negro, no quería ver para atrás, y mucho menos quería recordar. Siempre le habían dicho que era perceptiva, capaz de ver, oír y sentir cosas cuando otros siempre tardaban. Solo una vez pudieron engañarla, y era porque le prestaba atención a los relatos de aquel veterano. Tras un suspiro, que se condensó frente a ella, continuó —. Ahí vemos el gran mausoleo de la ciudad, rodeado de grandes estructuras modernas. Hace un tiempo atrás, eran las viviendas de enosianos, y de cualquier invitado que viniese. Alojamos el descanso eterno de nuestros muertos, y las glorias del pasado; con el júbilo y deseos de los vivos. Vemos el pasado como algo que nos inspira, para bien o para mal, y con esa exaltación mejoramos tanto nuestro presente como nuestro futuro. Incluso, en tiempos como estos, cambiar a un desolado significa darle esperanza. Cualquier cosa que quiera hacer, necesita dar y demostrar un cambio para que genere alguna ganancia. Y no hay mejor motivación que darle esperanza a quien no la tiene.
— Maldita sea, Nika. Me conmoviste. — Pirro acompañaba lo que dijo, golpeando sus cascos delanteros contra el escritorio. Este gesto provocaba una cadencia alegre y hueca, que celebraba aquella declaración —. Por los suculentos flancos de Celestia, no había escuchado algo que me exaltara tanto desde Ponyville. Cielo, ¡casi puedo bailar por el ritmo de los latidos de mi corazón!
— Gracias. — Dijo la yegua, dando una pequeña reverencia al veterano corcel. Caminó hasta colocarse al lado de su hermano, quien le sonreía. Él la abrazó, rodeándola por un lado, con el casco derecho, y pasándolo por detrás de la nuca.
— ¡Bien! Me encantaría preguntarle a Demetrios, pero no quisiera deprimirme. Así que, ¡me toca a mi! ¿Saben que es lo que veo? ¿Quieren adivinar? — los tres invitados negaban con su cabeza. Pirro sonreía como si fuese un pequeño, con un juguete nuevo. Apuntó su casco hacia la ciudad, y dijo —. Veo a Hipperlicarnassos, y es mía.
Esa aclaración, por muy jovial que estuviera el anfitrión, no calmaba a ninguno de los tres. Todo lo contrario, los aterraba de alguna forma.
— Como comandante del regimiento de ursas locales, y con la adición de este asentamiento, el más grande y poblado de toda la metrópolis; tengo el control mayoritario. — Pirro no dejaba de estar jovial, señalando, de un lado a otro, todo el horizonte — Mi antecesor, un bastardo estático y carente de iniciativa, no le dio a la ciudad ni un ápice de mejora. Es más, le aseguro que aterrorizaba a sus habitantes, ¿no es así?
— Si, así es. — Dijo Nikátor —. Patrulla que encontrase a un desolado, era una patrulla que mataba a ese desdichado, o lo traía esclavizado.
— ¿Puedo preguntar qué le paso a su antecesor? — Dijo el perro diamantero.
— Tuvo un accidente con la bebida, no quiero entrar en detalles. Pero, a pesar del júbilo de que esta metrópolis sea mía, es una alegría pasajera. — Pirro empezaba a hablar más lento, y la sonrisa iba desapareciendo de su rostro —. Honda Philodemos, quien fue mi superior y un gran amigo mío, dijo que la parte más fácil de un político; es la carrera para que lo elijan. Una vez en ese tren, verás que el liderazgo no es hacer cumplir alguna línea de pensamiento; se trata de ser prágmatico, y buscar un equilibrio entre todas las partes que son afectandas por tus decisiones. Y déjenme decirles que estoy en una posición desequilibrada.
» Tanto en el regimiento de ursas, como los pobladores libres, como este asentamiento, ven mi ascenso como: o un peligro mortal, o que un inepto desquiciado ha conseguido el poder. Tengo una población hambrienta y enferma que alimentar, curar y guiar; y lo tengo que hacer con recursos de reaccionarios supremacistas. Y eso es solo el ambiente interno. Mi superior directo, aquel que usa piel de osa mayor como capa, espera grandes resultados de mi parte. Si no las cumplo, vendrán por mi cabeza. Todavía hay bandas de bandidos harapientos que fastidian las calles. Y, la cereza del pastel, algunos exploradores han visto actividad en el fuerte Megas.
— ¿Ese fuerte no lo ocupaba el séptimo batallón de guarnición? — Preguntó el perro diamantero, dando una mueca de asco cuando Pirro le asintió.
— Son bandidos con uniforme. — Dijo Nikátor.
— Estas insultando a los bandidos al compararlos. Ese fuerte es importante, porque es el punto de entrada hacia Equestria. Y el reino mágico poni es la joya de la corona de toda mi estrategia. — Pirro habló de manera sombría, provocando un escalofrío a la yegua —. Pero debo lidiar con los problemas internos de este lugar, antes de pensar avanzar hacia allá. Así que, señor Epidamonias, ¿aceptaría el cargo de comandante de mi milicia?
— Disculpe, ¿Yo? — El perro diamantero lanzó una mirada molesta a los mellizos —. Hace años que no dirijo formaciones complejas.
— Y, sin embargo, dirige al pequeño grupo de vigilantes de este asentamiento. También me contaron que usted fue un capitán de la guardia metropolitana, ¡y antes de eso soldado durante las guerras coloniales! Usted es más que adecuado para el cargo. Y, si pierde la cabeza con su nuevo cargo, bueno, puedo echarle un casco con ello. Puede que literalmente, si no cumple con las expectativas. — Pirro le guiñó con su único ojo. Intimidado, el perro diamantero dio un paso hacia atrás. Por fin veían a Demetrios actuar, avanzando hacia el corcel negro luego de un gran descanso —. Se lo que vas a decir, que a tus colegas no les encantará este asunto de la milicia. Pero estoy a una frase, dicha en el momento equivocado, de que esos bastardos me acuchillen mientras duermo. La fuerza que creará mi estimado amigo de garras largas, debe ser un deterrente efectivo contra los ursas. Y confio de que así lo hará, pues su vida, la vida de sus sobrinos, y de este asentamiento, que sera recolocado, depende de ello.
— ¿Y usted qué va a hacer? — Dijo el simio, deteniéndose. El corcel negro se volteó para verlo.
— Todo lo equinamente posible. Si sobrevivo como nuevo líder local, los pobladores de la región no reconocerán este lugar. Dame de tres meses, a un año, y, como le dije a la audiencia, les daré lo más cercano a Énosi; que han visto en todos estos congelados años. — Concluyó Pirro, quien soltó un suspiro antes de mirar a la ciudad. Había una noche despejada, una bella rareza en la Desolación. Y la luz de la media luna iluminaba todo, fungía como un reflector astral que iluminaba al trágico escenario de una gran obra. Antes de que se fueran, la Nika preguntó.
— ¿Y dónde estaremos nosotros?
— A dos metros y medio de mi, y eso no es negociable. Ofrecí que les enseñaría bastantes cosas, que los ayudaría con los acontecimientos que definirán a la Desolación. Y la introducción del curso les dice lo siguiente: quiero que vean todo lo que hago, que presten atención a lo que digo, traten de adaptar mis acciones, y aprendan a tomar decisiones correctas y útiles para el momento adecuado. La moral y el juicio por tus acciones, vendrán después. — Dijo el corcel negro, sin quitarle la vista a la ciudad.
— Pero, — Nikátor dio un paso al frente y se dirigía al escritorio —. Me encantaría unirme a la milicia, con mi tío.
— Estarás a dos metros de mí, y no es negociable. — Dijo el corcel negro, su tono se volvía más duro.
— Pero…
— ¿Qué parte de "no es negociable", no has entendido? — Pirro solo se volteó para mirar de reojo al corcel de color crema. Si bien su tono anterior era duro, era más bien una advertencia, o una afirmación a lo que había dicho. La severidad de su tono provocó que el joven, bajando la mirada y las orejas, empezara a retroceder hacia la puerta. Su hermana lo esperaba, dándole unos golpecitos en el lomo para tranquilizarlo. Se volteó y habló.
— Usted mencionó a Ponyville. Y antes de la guerra, muchas historias buenas sobre la amistad venían de ahí. También, si mal no recuerdo, eran donde se encontraba el palacio de la princesa Twilight Sparkle.
— Así es. — se limitó a decir el corcel negro.
— ¿Qué pasó en Ponyville?
Pirro se dignó en voltearse para verla a la cara. En un leve instante, bajó la mirada. Ella solo podía notar tristeza, causada por acciones pasadas, y al hablar; arrastraba las palabras. Solo unas palabras hicieron que la yegua temblase, una simple frase que se caló en sus huesos como el frío constante.
— Fue arrasada.
«°°°»
Era mejor hacer guardia.
La habitación, ubicada en un segundo piso, en un apartamento cerca de las deigmas industriales; apenas lo protegía del frío. El sofa, consumido por las polillas, estaba en el centro de la habitación; de frente a una radio que no servía. La mesa de concreto, cerca de la cocina, tenía marcas de palanca en los extremos. De seguro sufrió el mismo destino que los gabinetes encima de la estufa: sacaron las piezas de madera para usarlas como combustible. Ni siquiera la puerta del baño fue respetada, y la plomería fue sacada de las paredes y el suelo. Faltaba todo, menos el silencio. Y este era alterado por un constante tarareo.
Después de mirar a la calle, desde el balcón, Bobby Trap entró a la casa. Se sacudía la nieve de su pelajo amarillento, y de su melena verde oscura. Caminaba hacia el sofá, mientras seguía cantando para si mismo.
— Envolviendo el invierno. — Fue lo único que cantó en voz alta, antes de volver a tararear. Se quitó el casco negro y lo colocó en la mesa de concreto, y se aseguró de poner la capa protectora en el sofá; para protegerse del frío cuando se sentase sobre el mueble.
Debido a la poca luz, y al negro de su uniforme, estaba entre las sombras. Se rió, pues se le vino a la mente que era un "fantasma en la oscuridad". Luego volvió a tararear. La protección de los reclutas era un uniforme negro, que le cubría todo el cuerpo. Tenía un peto para su pecho y hombreras pequeñas, ambas hechas de cuero endurecido. Botas, alforjas, y casco de acero cubierto de tela, que hacían juego con el resto del traje. Y dependiendo de la campaña, según su nuevo superior, podían incluir más accesorios para la supervivencia en el invierno; como pasamontañas y más juegos de ropa limpia y caliente. Pirro, según su parecer, debían cambiar el trato que recibían los reclutas y darle algo de dignidad, pues los ursas más tradicionales eran crueles con los nuevos. Booby Trap, luego de suspirar, sacó su arma de servicio y empezó a limpiarla.
No sabía mucho de cómo los ponis lucharon en la guerra, y no quería ver a uno, en pie de guerra, si tenía ese uniforme. Pero tenía mucho tiempo trabajando para saber el cómo los enosianos, y el resto de la coalición, luchó. Trasladaron un invento, que son los fusiles, hecho para seres con manos; para los equinos. Lo que era la culata, era un largo palo recubierto de cuero o tela, que se pasaba por debajo de la axila de un equino. El gatillo era una palanca por debajo del arma, que se debía jalar hacia afuera para disparar. Y para sacar el casquillo, había que empujar la palanca del cerrojo hacia adelante y luego hacia atrás. Era un poco engorroso manipularla, algo incómodo si no tienes una superficie de apoyo, o estas tirado en el suelo (poco factible en el invierno eterno). Pero, era mejor que las armas improvisadas.
Luego de limpiar su rifle, Bobby soltó un suspiro. Dejó su arma a un lado, de entre sus alforjas sacó un cuaderno y un lápiz. En la portada, estaba su cutie mark: una caja que levantada, por un extremo, por un palo. Sonrió, buscó una página vacía, y tomó el lapiz con la boca antes de escribir.
Trece de Harvest, año 21 de la Segunda Era de los Windigos.
Decidí hacer patrullajes y rondas por mi cuenta. Desde que me dí a conocer ante el comandante Pirro, quien es ahora el que dirige el retimiento, he sentido un desprecio a donde quiera que voy. Ya de por sí, quienes poseen las grandes pelucas son crueles. Pero tengo que soportar ahora a otros reclutas, sus miradas acusadoras, y el murmullo de cuando me ven pasar. Son capaces de decirme, abiertamente, que yo y los míos fueron responsables de esta calamidad, ¿Y yo tengo la culpa de todo esto? Tenía un año de nacido cuando empezó a nevar. Lo único que me preocupaba, era cuando mamá me cargaría de nuevo. Cuanto la extraño, solía contarme de la princesa de la amistad y sus amigas, el gran lazo mágico que unía a los ponis, la gran protección ante sus amenazas. Me atrevería a decir que fueron el espíritu de la ponidad. Y mi amada madre, siempre avivaba esa alma, dormida a mi parecer.
¿Y qué espíritu veo ahora? Antes de "reclutarme", era un simple caravanero como mis padres. Iba en mi trineo tirado por perros, andando por toda Northmarch mientras vendía ropajes, pieles y piezas de metal. Fue en las proximidades de Glascolt en donde oí sobre Énosi, interesados en comprar todo lo que tenía, a cambio de provisiones para el invierno. Pensé que estaba hecho, dominando una pequeña pero lucrativa ruta entre ponis y enosianos. Minospolis, selló mi destino. Había llegado en medio de una incursión de estos… Radicales. Forzaron a todos aun reclutamiento, y quienes se negaban eran asesinados sin vacilación. Yo logré ocultarme por un par de días, pero el hambre me traicionó y, me tuve que unir; si se le llama unión tener un cuchillo en tu garganta, mientras te llevan arrastrándote. "¡Resiste a la nieve! Bien, tenemos a un pequeñín duro", fueron las primeras palabras como recluta: el inicio de una vida de humillación y tormento.
Siempre había mentido sobre mi nombre, escuchaba posibles opciones por doquier, y las tomaba como mía. Eso, y que gracias a Celestia no me haya enfermado, o me hayan herido. Al menos los radicales respetan de que tenemos que abrigarnos. Pero, no sé que pasó ante él. Siempre jovial, trataba a todos como se merecían, carismático sin duda, y premiaba (o eso he oido) el mérito. Cuando me preguntó su nombre, y lo hizo como amigo en vez de ser mi superior; bajé mi guardia.
A unos pocos días de revelarme como un poni, hasta los reclutas, que pasan las mismas penuras que yo, están más distantes. Evitan hablarme, y se alejan de mi como si tuviera la peste… Como si fuera el responsable de la muerte de un padre, o un hermano. También buscan excusas para castigarme: hoy, en la práctica de tiro, fui azotado a pesar de ser el segundo mejor tirador. "El segundo es el mejor de los perdedores", decían, pero no vi que maltrataran a los demás. Mi madre siempre me decía, que los chismes se expanden como el fuego en el campo seco.
Estoy a una frase degradante de arriesgarme a la deserción.
— Nada mal, hacía tres años que no escribía en mi diario. Y casi todo eran añoranzas de potro. — Bobby Trap cerró su diario, y luego lo guardó en sus alforjas. Se levantó del sofá, con un pequeño escalofrío recorriendo su cuello. Caminó lentamente hacia el balcón, y empezaba a oir algo.
Una gran marcha. Pasos lentos entre la nieve. No tardó en ver la gran congregación que iba por la calle, hacia su dirección. Era como las fotos de animales de un libro que, hace mucho, quemó: una hueste junta. Apretada lo suficiente para mantener el calor. Arrastraban carromatos, una colección de basura que rodaba o se deslizaba por la nieve, cubiertos. El poni suponía que ahí estaban los enfermos y heridos. Perros diamanteros, equinos, minotauros, simios… Todos avanzando a la misma dirección. Bobby podía contar, a plena vista, decenas; puede que llegase a los cien. Pero…
A donde iban, era directo a la base del regimiento.
Puede que, cuando lo descubriesen, el castigo sería tan severo que lo regresarían del Hades, solo para volverlo a mandar a ese infierno. Pero, era lo más correcto. Salió galopando de la habitación, atravesando la puerta de un empujón. Cuando empezó a bajar las escaleras, no sabía que era más rápido: si su paso, o los latidos de su corazón. Y cuando salió del vestíbulo, y la multitud se detuvo al verlo hacer una entrada tan violenta. El poni jadeaba, y se acercaba a aquella multitud. Lo veían como un lobo que se acercaba a un rebaño.
Cuando parecía que iban a correr, un equino negro se adelantó para verlo. Su comandante se acercaba con un paso alegre, y una sonrisa contagiosa.
— Señor Trap, ¡Qué grata sorpresa! Estaba pensando en usted. — Pirro se acercó al poni, dándole un abrazo cuando lo tenía al frente. Golpeó amistosamente su hombro izquierdo, y continuó hablando —. Parece ser que, desde que habló sobre usted, en aquel lugar, las cosas le han golpeado parejo. Sé lo que es la discriminación.
— ¿Lo sabe, señor? — dijo el poni, inclinando la cabeza a un lado.
— ¡Claro, muchacho! No viaje a Equestria para aprender sobre la magia de la amistad. — Pirro propinó una broma que solo a él le causó gracia. A Booby, en cambio, le hizo que bajara sus orejas y diera un paso hacia atrás. Interrumpiendo su risa, en un tono triste, habló —. Oye, lo lamento. Antigua jerga de la soldadesca. Ven acompañanos, nos dirigimos a nuestra base.
— Pero, vengo exactamente a evitar lo contrario, señor. — Dijo el poni, mientras caminaban. Su oyente reía cuando el terminó de hablar.
— Oye, estos desolados están bajo mi protección. Y, por si no lo sabías, soy el comandante del regimiento… desde hace un par de días. Eso puede abrir un montón de oportunidades. — Dijo el corcel negro, sonriendo levemente. Le hizo una seña para que caminase a su lado. Luego de escupir hacia la acera, continuo —. No he puesto en marcha mis ambiciones en la administración, pero, ten en cuenta muchacho, que siempre recuerdo a quienes me apoyan.
— Esos que lo apoyan, ¿qué reciben a cambio? — Booby tenía ambas orejas levantadas, mirando de reojo a su superior mientras caminaban por la calle.
— Muchas consideraciones en la nueva administración… Como, no sé, una reubicación en el servicio. Sobretodo a aquellos que puede, ser discriminados. — Dijo Pirro, mirando de reojo al interesado. Cuando sus miradas se encontraron, el corcel negro le sonrió —. Quizás a un escuadrón más receptivo, o siendo uno de mis agentes.
— Y si algún interesado quiere favorecer a la nueva administración, ¿qué debería hacer? — Bobby Trap volvió a mirar hacia adelante, una sonrisa empezaba a aparecer en su cara.
— Ofrecer sus cualidades.
«°°°»
La primera vez que vieron la gran badera de los Ursas, en puerta de la gran acería, les costó un mundo a los mellizos para no temblar de miedo; como mínimo. Pero, ahora que Pirro era el comandante, y todo el asentamiendo había tomado el riesgo, los gemelos sentían seguridad. Nadie, en su sano juicio, atacaría el regimiento por el mismo temor que, por ahora, se había formado alrededor. La Megas, la gran acería, esperaba con paciencia a los recien llegados.
Un crujido metálico se hizo presente, a medida que los habitantes del asentamiento atravesaban los vagones caidos, luego otro seguido por el rechinar de las puertas. El gran portón se abría ante ellos cuando empezaba a acercarse.
Los recibió uno de los colibríes que fueron al asentamiento, uno de esas tres máquinas que trajeron suministros. Varios reclutas cargaban camillas, ocupadas por los más heridos o enfermos del asentamiento. Tenía a Demetrios, quien se adelantó con los Colibríes a la factoría, para forzar a los médicos del regimiento para atenderlos. Él, en cambio, se quedaría con la gran mayoría; caminando entre las calles congeladas hasta llegar. Algo tosco de su parte, pero él quería demostrar su compromiso con su "nueva adquisición".
— Por aquí. — Dijo, señalando una gran puerta doble en el límite izquierdo del patio. Hacia señas para que la multitud se moviera, sonriendo cuando alguien le dirigía la mirada. De pronto, sentía que el vello de la nuca se le erizaba. Volteándose, los vió, como buitres rondando un cadáver. Ursas, pelucas blancas, negras o escarlatas; mirando con interés a los desolados, por detrás de sus máscaras de metal. Haciendo comentarios para ellos mismos, o negando con la cabeza. Se susurró a si mismo —. Estas en una posición que requiere el equilibrio, entre todas las partes involucradas. Consigue eso, y tendrás a todos en tus cascos.
Solo cuando el último de los asentados entró, él se atrevió a hacer lo mismo. Dio un suspiro, antes de atravesar las puertas dobles. Lo que vio le agradaba, no solo porque los desolados se encontraban admirando lo que tenían: hileras camas de hierro forjado, cuyos colchones estaban forrados con sábanas gruesas y limpias; una mesa llena de raciones militares, agua limpia, y algo de sopa caliente; enosianos, que por curiosidad atravesaron las puertas marcadas con una flor roja, admirando las enfermerías. En ese almacen abarrotado, modificado para actuar como refugio, no solo ver a esa gente contenta le llenaba el corazón de alegría y orgullo…
Sino que, también, tenía a la población de reclutas de su lado. Ya sea porque él era popular con ellos, o porque Demetrios hizo cumplir su voluntad; él había encargado a los reclutas a acomodar los almacenes. Si había salido bien, en un día tendría dos instalaciones listas para los desolados, y una tercera en construcción. Solo pensar, le sacaba una sonrisa a Pirro.
El corcel negro pedía permiso para atravesar la jovial multitud. Enosianos haciendo fila para comer bien, los pequeños saltando sobre las camas, varios desolados cargando o ayudando a otros a llegar a las enfermerías. Solo cuando se paró sobre una cama desocupada, pudo empezar a dirigirse a ellos. Aclaró su garganta, y luego alzó su voz.
— ¡Por favor! ¡Damas y caballeros, por favor! ¡Denme unos momentos de su tiempo! — La multitud empezaba a reducir su tono, casi hasta el silencio, al mismo tiempo que se volteaban para ver a Pirro. Solo cuando la multitud le prestaba atención, el continuó hablando —. El Noveno Regimiento de Ursas, estacionado en la ciudad de Hipperlicarnassos, se place en recibirlos. Soy su comandante, el coronel Pirro, y les puedo asegurar que están bajo mi protección. Recibirán comida, refugio, un lugar cálido en donde vivir, y seguridad.
» Este no es el único refugio para ustedes. Detrás de aquella puerta, hemos acomodado el otro almacen para que sea tan habitable, como este. Y estamos trabajando en un tercer complejo para los desolados. Pero este no es un hotel, ni un balneario; esperen la temporada alta para visitar alguno de esos. Su estancia aquí debe ser pagada con servicios hacia el regimiento, ya que ahora son parte del mismo. Si alguien sabe sobre mantenimiento, que venga. Fue ingeniero o técnico antes de la Desolación, que venga. Tiene alguna experiencia como médico o enfermero, necesitamos algunos. Y los que no, los necesito como recolectores, manufacturadores, o como exploradores o reclutadores. Incluso sus pequeños tendrán que trabajar.
Solo con mencionar eso, la multitud se quedó atónita. Quienes aún digerían la noticia, miraban a sus alrededores desconcertados mientras agarraban con fuerza a sus hijos. Pero los que pensaron con rapidez, no tardaron en alzar su voz. Unas simples quejas aisladas, empezaban a convertirse en una sola voz de protesta; siendo detenida cuando Pirro alzó su casco para pedir un momento.
— ¡Cálmense! ¡Por favor, mantengan la compostura! Les aseguro que esta será una medida temporal, y que sus hijos nunca estarán en trabajos pesados, o donde manejen maquinaria peligrosa. Solo trabajarán cuatro horas al día, y el resto lo tendrán para educarse. Pero necesito a cada casco, mano, y garra disponible para salir hacia adelante. — La multitud se calmó — Ahora, mis hermanos, quisiera que descansen bien. Mañana hay trabajo que hacer. Recuerden, la prioridad es el carbón. Y más importante, vivan para ver otro día. Muchas gracias por su atención.
Al bajar de la cama, el silencio dominó todo el almacén. Uno cuyo efecto era bastante tranquilizador, en vez de incómodo. Y mientras iba a la salida, donde sus nuevos invitados le abrían el paso, Pirro empezaba a escuchar la alegría incipiente. Primero, unos débiles y tímidos aplausos o golpes contra el suelo. Luego, el clamor iba aumentando, con silbidos alegres y una gran ovación mientras iba de salida. Cascos o manos alegres palmeaban su lomo, y veía caras sonrientes junto a gestos que consentían lo que estaba haciendo.
Antaño, según los libros de historia, los grandes vencedores recibían un triunfo. Iban en grandes carros alegóricos, con sus banderas triunfales y el botín de la guerra, en una procesión tan suntuosa como pomposa. Para Pirro, este humilde acto de aclamación entre pobres desolados, era como un triunfo antiguo. Su corazón se sentía hinchado de orgullo y alegría. Tuvo que recobrar el aliento, una vez afuera.
Pero, la alegría le duró poco. Su único ojo captó una vista inusual. Demetrios, junto a otros ursas de peluca escarlata, estaban hablando en el otro extremo del patio. Conversaciones cercanas, y según su imaginación, a susurros, le causaban un miedo imaginario. Y, al verlo, los otros oficiales devolvieron la vista antes de ingresar a las instalaciones. Su socio fue a su encuentro.
— Conseguí la lealtad de la mitad de los oficiales. El resto está pensando qué hacer. — Dijo el simio, en su típico tono austero. Pirro, miró a los lados, apretó los labios, y en un tono tan agresivo como discreto, le dijo.
— ¡La puta que te parió! Por un momento, pensé que estabas planeando algo contra mí.
— La imaginación es tan peligrosa como útil, kýrie. — Se limitó a decirle el simio.
— Supongo. — Dijo Pirro, después de soltar un suspiro aliviado. Sonrió a medias, y se centró en Demetrios —. Mitad de la oficialdad, ¿eh? Puedo vivir con eso. Ahora, necesito un gesto que unifique a los dubitativos y, al mismo tiempo, elimine a los radicales a mi ascenso.
— ¿Tiene que ver con su repentino interés con ese poni? — Dijo el simio, mencionando a esa raza con asco. El equino veterano se rió de su comentario, golpeó amistosamente el hombro de su socio y dijo.
— Lo bello de los ponis, amigo mío, es que sabes a que se dedican solo con saber su nombre. — Pirro se tomó un momento, soltó una sonrisa y continuó —. O de un par dibujitos en su trasero.
«°°°»
«Un posible conflicto contra Equestria, se convertirá en un conflicto de grandes proporciones que redefinirá el curso del mundo. No hay cabida para una tregua o un armisticio, solo puede surgir un bando vencedor; y por las estrellas y la razón, debemos estar en ese bando sin sacrificar nuestra soberanía; ni nuestro poder.»
Ya había pasado una semana desde que Pirro integró al asentamiento con el regimiento de Ursas. Y le parecía increíble que todo se integrase bien. O bueno, al menos como él lo veía. Nikátor siempre le dejaba la percetibilidad a su hermana. Pero, no tenía que ser un detective privado o buscar debajo de las rocas, para empezar a notar el cambio. Y el primero es que, por primera vez, había un ambiente en el cual podía sudar. Estando a la sombra de Pirro, veía como los técnicos e ingenieros militares empezaban a restaurar el sistema de calderas que, al ser alimentados por vapor, empezaban a calentar las instalaciones de la Megas. Por fin, en casi toda su vida, podía andar sin la ropa abrigadora; tan solo prendas ligeras. Luego, se las dieron a las líneas de ensamblaje para que sean remendadas y reparadas, para que aguantasen el frío mejor. En la última inspección que hizo Pirro, teniéndolo a él y a su hermana cerca, el equipo empezaba a trabajar en el sistema eléctrico.
El nuevo comandante, era bastante ambicioso. Tenía un plan, aunque no se lo había dicho a nadie. Veía a jóvenes enosianos siendo educados para ser ingenieros, o para adquirir un nuevo oficio, o para convertirlos en soldados. Pirro siempre le decía a los ursas que "los integraré al Cuerpo, cuando llegue el momento". Tampoco se necesitaba ser alguien de control de calidad para notar el escepticismo y la desconfianza de quienes recibían esa frase.
También extendió la educación a todos, ya que él quería que el los desolados fueran más utiles. Evitó la quema de libros útiles, como tomos de medicina, de ingeniería, revistas técnicas, incluso salvando algunos libros infantiles y comics de aventura que encontraba. Pero, ¿filosofía? El comandante era el primero en quemarlos, argumentando cosas cómo: "¿Para qué necesito el libro de alguien, cuyo único oficio, si es que se le puede llamar así, era pensar? Yo también pienso, y jamás publicaron un libro mío". A veces, esos argumentos le sacaban un mal gesto a su hermana.
Pero, el impacto de los libros era tal, que tanto él como su hermana tenían que leerlos por obligación. Siempre que Pirro recibía un nuevo cargamento, gracias a los Colibríes, entregaba libros, mapas, tomos, y revistas a los mellizos. A Nika le había dado un ejemplar de "cómo mentir a nivel senatorial", un texto bastante cínico pero útil sobre oratoria, retórica, y manipulación. La piedra angular, según algunos, de los antiguos senadores. Mientras que a él, bueno, algo que el equino veterano le había dado, "doctrina de guerra contra Equestria."
Todo el primer capítulo era como poner las piezas en un tablero de ajedrez. Habla de la historia de Equestria, de su proeficiencia mágica, del carácter de su pueblo, y su resolución. Ahora, Nikátor tenía que comenzar el segundo capítulo: Doctrina de guerra de choque.
«A todo el personal militar de la Coalición, sean enosianos, griffonianos, changelings de la Reina, o colaboradores y voluntarios; no les voy a mentir. Luchar contra Equestria no es sencillo, y vengo a exponerle las razones. En primer lugar, la gran vastidad de su territorio supera, por un largo margen, la totalidad de los nuestros (siendo uno de nuestros miembros un gobierno en el exilio). Solo el territorio de Equestria Central y Northmarch es el equivalente al de Énosi y Griffonia juntos, sin mencionar a otras regiones y a sus posibles aliados. Incluso con la concentración de fuerzas, nos quedariamos cortos para ocupar el reino poni en su totalidad.
Segundo, y esta emparentado con el primero, es la facilidad de obtención y procesamiento de recursos para un estado de guerra. No es raro saber que los ponis, por la inherente magia de sus miembros integrantes, son capaces de alterar climas, terrenos, y estaciones; a un grado tan aterrador que puede considerarse terraformacion. Y no solo con eso, Equestria es rica en recursos. Informes de inteligencia mencionan que el pueblo de Ponyville, ubicado en Equestria Central, es tan rico en gemas que solo necesitas cavar con tu casco para obtener un quintal de estos minerales. Por el contrario, nuestras naciones han necesitado de un desarrollo colonial, tecnologico, e industrial a lo largo de los años. Mientras que necesitamos un proceso normal de extraccion y produccion, los ponis, facilmente, pueden tener recursos casi ilimitados.
Tercero, es la capacidad magica de sus habitantes. La fuerza y capacidad de moldear el terreno de los ponis terrestres, y la rapidez con que los pegasos manejan el clima y habitan en nubes; son habilidades que ya de por si son envidiables. Y si es cierto lo que cuentan sobre los unicornios, el control magico que ejerce Equestria sobre los astros nos haria cuestionarnos nuestra gran mision. Ahora, imaginen todas estas habilidades unidas en unos pocos, pero poderosos seres que son comparables a una deidad.
Cuarto, y es la ultima razon, es la posibilidad de vernos rodeados de enemigos. La diplomacia poni ha sido efectiva, por el hecho de que tienen una postura bastante radical: o adaptas nuestro estilo de vida armonioso, o simplemente arruinamos tu vida. Y, contrario a nosotros que usamos la fuerza para hacer cumplir nuestros caprichos; la combinacion efectiva de la magia de la amistad, la armonia, y el gran musculo magico que poseen, (si todo lo demás falla) les ha facilitado una gran cantidad de aliados. Changelings coloridos, grifos de Griffinstone, hipogrifos, dragones, y todo reino equino son capaces de responder el llamado de ayuda poni.
Entonces, ¿Que ventaja tenemos sobre ellos? ¿Como podemos enfrentarnos a los ponis, en una inevitable guerra por el destino del mundo?
Contrario a mis colegas que proponen una "Guerra Larga", yo les propongo un metodo distinto que aprovecha nuestros puntos fuertes, mientras nos aprovechamos de las debilidades de Equestria. Nuestras naciones poseen unas nutridas fuerzas armadas, con veteranos de distintos conflictos. Nos hemos forjado bajo los fuegos de guerras entre nosotros. Hemos luchado contra horrores inimaginables en nuestra expansion colonial. Nuestras maquinarias de guerra ya estan engrasadas y listas para una gran conflagracion. Contrario a los ponis, sabemos el amargo sabor de los conflictos belicos.
Por ello, y es algo que nombraré como la doctrina de "Guerra de Choque", se basa en la concentracion de fuerzas, que actuaran como punta de lanza, para destruir ejercitos, centros de mando, y complejos industriales. Se basa en la explotacion de nuestras fuerzas veteranas, atacando a los ponis con tanta rapidez y violencia; que no sabran quien los golpeó. Debemos explotar el hecho de que ellos son una raza pacifica, para atacar rapido y cortar la cabeza de la serpiente antes de que pueda responder. O de recibir ayuda.
La prioridad en esta doctrina es todo elemento de valor estrategico y moral para los ponis. Canterlot, como la capital; Ponyville, como principal centro de comunicaciones en el centro de Equestria; Fillydelphia, Manehathan, Stalliongrad, como principales centros industriales; Sleepy Hollow, como centro de reunion de reclutas para la guardia nocturna; Cloudsdale, como punto de origen de todo pegaso… Estos son los principales objetivos que nos dará una victoria a largo plazo. Pero, ¿a que me refiero a objetivos de valor moral? Sus alicornios. Será dificil neutralizarlos, pero de hacerlo les demostraremos a nuestros enemigos, y puede que al mundo entero, que un dios poni puede ser derrotado por un grupo de mortales.
Obviamente, esta doctrina es una bastante ofensiva. Si en algún momento dejamos de atacar y perdemos la iniciativa; estaremos dando el primer paso a nuestra derrota. Debemos proporcionarles tanto choque, tanto miedo y pavor a los ponis; que deben quedarse en el suelo temblando de miedo. Los preparativos deben hacerse con el mas alto secretismo. Y cuando se de la orden de "ataquen", no debemos perder el tiempo.
Con cada frase, con cada linea que leía, Nikator se maravillaba. Y apenas era el preámbulo del libro. ¿Qué "maravillas" le esperaría cuando se internase en él?
El corcel levantó la vista, buscaba a su hermana. Antes de meter la nariz en las páginas de la obra del strátegos, la tenía en frente suyo. Nervioso, empezó a mirar por sus alrededores; y se quedó sorprendido cuando la vió, con mucho cuidado y por una pequeña línea, espiando por la puerta que iba al pasillo. Iba hacia allá, pero se encontró con su hermana moviéndose, con tanto apuro y cuidado, hacia la ventana. La abrió, se quedó impactado cuando atravesó el ventanal que se dirigía hacia el patio.
Casi pega un grito, pero verla caminar por la cornisa era tan sorpresivo como la ráfaga de viento que entró, acostumbrado a la calidez de las instalaciones, el frío le parecía tan raro. Se acercó a la ventana, y trataba de alcanzar la cola de su hermana, quien, luego de escucharlo acercarse, le hizo un gesto para que entrase; con un duro ceño fruncido.
Un día de estos, Nika le iba a provocar un infarto o su muerte. Esperó, y no tardó mucho para interrogar a su hermana. Ella cerró la puerta con delicadeza y empezaba a frotar los cascos. Vio su hermano antes de hablar.
— Será hoy. — Fue lo único que dijo ella.
— Como si eso explicara que salieras por la ventana, boba. — Su hermano le reprochó, haciendo gestos violentos hacia la ventana. Mas que contestarle, Nika hacía enfasis en que bajara el tono —. A ver si te resbalas y te haces daño.
— Eso no es lo peor, sino que los ursas que están en contra de Pirro van a atentar esta noche. — Su hermano se quedó quito, consternado. Como si hubiera pasado unas horas en la interperie sin protección —. Fui a asomarme, y vi a algunos de ellos revisando la puerta. Miraban con atención todo, y anotaban. Pude verlos antes de que me vieran. Y salí por la ventana porque los muy desgraciados están al lado.
«°°°»
Las noches siempre llegan temprano en el nuevo mundo. La oscuridad los sigue, acompañados por la tenue luz de la luna llena. Y su brillo de plata iluminaba lo suficiente para ver en la penumbra. El acero de los sables brillaba tanto como la ambición de su misión.
Un simio de pelaje café miraba por la cerradura. Las siluetas abultadas sobre los camastros y muebles eran suficiente para despegarse del cerrojo. Miró a sus compañeros, un perro diamantero y un minotauro, e hizo gestos con la mano. No podía darse el lujo de suspirar, hasta sentía que exhalar lo delataría. Solo había una cosa que hacer para calmarse, y empezaba con dar varios pasos hacia atrás.
No supo que sonó más, si la ruptura de la puerta al ser golpeada por el minotauro; el rugido de los tres cuando entraron a la habitación. Ninguno perdió el tiempo, y empezaron a avanzar con furia hacia los lugares de descanso. Sus armas estaban levantadas y, acompañadas de gritos de guerra, el acero empezaba a descender.
Esperaba sangre. Pinceladas rojas que emergieran de las sábanas. Esperaba gritos, pedidos de auxilio o suplicas. Esperaba alguna respuesta, pues al menos estaba un antiguo coronel y un peluca roja de los ursas. Pero, en vez de eso, solo había plumas y relleno de almohadas. Abatido, el simio se dejó caer. Les habían visto la cara. Pudo darse el lujo de recuperar el aliento, de llevarse la mano a la frente, y de poder pensar.
Fue cuando alguien tuvo la buena idea de prender una lámpara, las que cargaban por ordenes regimentales. El aceite de brandtrae solía conservarse bien en climas fríos, y era abundante en las cercanías de Lambda. Pero emitía bastante calor, suficiente para mantenerte cálido hasta que encontrases refugio. Lo que no esperaban, era un silbido. Como una pequeña fuga de vapor proveniente del centro. El minotauro estaba más cerca, así que se acercó a investigar. Y levantando parte del desastre que habían hecho, descubrió la fuente del silbido. Era un envoltorio de grígora, hecha especialmente de papel. Según había entendido, el grígora era un compuesto químico que, por su fácilidad de ignición, era usado para los proyectiles de artillería, descongelamiento de combustible, o para la producción de fuego enosiano. Poner grígora en un ambiente rodeado de oxígeno, luego de ser apropiadamente aislado, lo hacía un explosivo cuando entraba en contacto con el calor. Era por eso que, como norma, una capsula fulminante de grígora no era mayor al dedo de un simio bebé. Y ahí, cerca del minotauro, había un envoltorio más grande.
En un segundo, la habitación fue consumida por una explosión, abriéndole camino al fuego para que empezara a devorarlo todo. La madera y la tela ya eran brasas para este demonio, y el calor empezaba a fundir el metal barato y a quebrar el vidrio. Pero aquel simio sentía como las llamas se le metían por el traje y la armadura, era una bola de fuego andante y corría por doquier. Los gritos que antes eran de coraje, ahora eran suplicas inentendibles. Los tres corrieron hacia la ventana, atravesándola y quebrándola. Empezaron a caer, y el simio, con sus últimos momentos de vida, vió a un par de corceles, a un simio, y al comandante del regimiento en la cornisa. Bien abrigados y, en el caso de los mellizos, aterrados.
Pero el comandante del regimiento estaba ahí, con su media sonrisa y despidiéndose con el casco. Se hacía más pequeño a medida que los perpetradores se acercaban al suelo.
