— Respira. — Dijo un corcel, de pelaje marrón claro y crin amarilla. Detrás de sus lentes había un par de ojos verdes. En su hombro derecho había una banda blanca, con una serpiente enrollándose a lo largo de un bastón y estos dentro de un círculo, todo de color rojo y con un fondo blanco. Usando un estetoscopio, oía la respiración de un minotauro.
Ellos eran alrededor de media docena, sin contar el par que había salido a explorar. Aparte del minotauro y el corcel, los acompañaba un perro diamantero y otros tres equinos; todos y cada uno protegidos contra el frío con ropas abrigadoras y reuniéndose alrededor de una chimenea. Habían cerrado las ventanas, llenándose de escarcha y bruma, y trancado la puerta; solo reuniéndose para preparar el desayuno, una sopa de verduras con más agua que vegetales. Pero, aquel par se había apartado porque, desde el día anterior, el minotauro, un ser de pelaje marrón y hocico rosado, había estado tosiendo, cada vez con más violencia, y quedándose atrás del grupo. La respiración pesada e ininterrumpida del paciente trajo un par de miradas preocupadas.
Quitándose el estetoscopio y caminando para tener al minotauro de frente, el corcel médico miró a su paciente. Su expresión decaída era suficiente.
— Quizás tengamos suerte el día de hoy. Alguna farmacia con un caché oculto, o algún grupo que esté dispuesto a comerciar… — el corcel se calló cuando el minotauro alzó su mano a la altura de su cara.
—Atalus, dime cómo estoy. Y no tan alto.
—L-la cristalización se ha expandido al otro pulmón. Quizás tenga un par de año, un máximo de cinco si tenemos mucha suerte. — El médico arrastró su alforja, levantando la tapa con la misma insignia que su hombro y guardando su instrumento —. Atendí a muchos como usted a lo largo de la guerra. Dígame, ¿Cuándo le diagnosticaron la cristalización?
— Desde Ponyville. — El minotauro habló con lentitud y amargura.
— ¿Ponyville? — el médico apartó la mirada antes de contestarle —. De ahí surgieron los primeros casos de cristalización. Pobres. Dígame, ¿qué edad tenía cuando combatió ahí?
— Apenas había entrado en el servicio.
— Con razón has resistido, a Tres años después de la mayoría de edad. Recuerdo las viejas propagandas, hablando de las virtudes del servicio y todo ese cuento. — El médico rió para sí mismo —. Me faltaba un año para terminar el servicio cuando empezó la guerra. A mi me asignaron al…
— Señor Antígonos, — el perro diamantero se volteó hacia el par —, la sopa está lista.
— En un momento. — el minotauro se levantó de la mesa y se colocó en el semicírculo que estaba alrededor de la chimenea. Aclaró su garganta, y continuó hablando —. Pues, estaba en mis primeros años como estudiante de la Politécnica de Minospolis, estudiando ingeniería. Me faltaría, ¿cuánto? ¿Dos años para terminar la carrera? Se me ocurrió la brillante idea de hacer la estratagema estudiantil.
— Ja, no fuiste el único. — Replicó el perro diamantero. Manejó un cucharón con sus garras y le sirvió, en recipientes de metal, su porción de sopa.
— ¿Qué es la estratagema estudiantil? — El más joven de los corceles, antes de empezar a comer, alzó su voz para preguntar.
— Para nunca quedarse sin efectivos, el gobierno de la República ideó algo junto a Lambda y los consorcios mercantiles. — Empezó a explicar el minotauro —. Si eras un estudiante universitario, con algunos años de la carrera ya cursados, podías graduarte con rapidez si entrabas en el ejército en una rama correspondiente a tu carrera. Yo, que estudiaba ingeniería, tuve que servir en las compañías de pioneros militares y, después de servir un año, se me consideraba graduado. De paso, para hacerlo más atrayente, el senado obligó a los consorcios a que el servicio se contará como experiencia laboral.
— Era eso, o la conscripción normal. — Concluyó el corcel médico.
— Bueno, a lo mejor era una medida popular. — Dijo el joven, sonriendo a medias antes de empezar a comer —. Todo lo que hablan me parece tan raro, tan distante. Como si en vez de veinte años hubieran pasado doscientos. Y por eso, entiendo solo la mitad de lo que dicen los mayores. "Estuve ahí", "luché allá", "combatí en"… Y siempre hablan de esto o aquello. Debió ser doloroso.
— Claro que lo fue, joven. Ahora come, debemos regresar al sótano antes del anochecer. — Le respondió el médico.
Para Antígonos, todavía le era doloroso. Ya por el hecho de que sus pulmones se estaban convirtiendo en cristales a un ritmo lento, debía sentir un miedo irracional ante lo más necesario del nuevo mundo. Mirando el vapor que surgía de su comida, sintió de repente que una de sus manos empezaba a temblar, por suerte no era la que tenía su plato. Y es que al sentir calor, era como si volviese a sentir aquellas magias de aquel fatídico día. Podía volver a sentir el violento fuego colarse por debajo de su uniforme, servir de combustible para que él se convirtiese en una bola de fuego. Pues, fue de los pocos afortunados que no murieron cuando "¡Supernova!" fue invocada; como si esa sola palabra resumiera todo el odio de los ponis sobre sus enemigos.
Es por eso que Antígonos, para no ver las llamas de la fogata, veía su plato o el suelo.
«o»
Al grupo no le faltaba mucho para llegar a su hogar. Los seis debían atravesar de las deigmas del sureste de la ciudad. Vagones de monorrieles yacían en la plaza de mármol, aplastando los viejos restos de tiendas callejeras y los esqueletos de sus antiguos ocupantes. El único carril había sido destruido, y terminaba en el edificio central, que actuaba como estación. De ahí, de seguir funcionando, se dirigiría al norte y se detendría en la siguiente deigma. Era ese edificio al que debían subir, y caminar por los rieles para llegar a casa. Solo cuando se encontraron dentro del edificio, hecho de cristal como si de un invernadero se tratase, pudieron sentirse como en casa y darse el lujo de suspirar aliviados. Antígonos, a la cabeza, ya podía respirar tranquilo.
Estar en un nivel superior les daba un panorama completo de toda la deigma y las calles circundantes. A finales de la Guerra, y con la "Furia" desatada en la ciudad, habían restos de una importante metrópolis. Barricadas cubiertas de nieve, vagones usados para trancar las calles, habían vidrieras de las tiendas con viejos rastros de incendio, y esqueletos. No faltaban los esqueletos en sus viajes para buscar víveres, sea con huesos rotos y posturas que indicaban violencia en su momento, o entumecidos y acostados con tranquilidad en la nieve. En más de una ocasión, el médico o Antígonos les pedían a los jóvenes que no miraran a los muertos.
El sonido a estática los asustó. El mismo se iba aclarando y dejaba de ser un ruido molesto, solo para dejar paso a un silencio estático. Como si esperaran que alguien fuese a hablar. Pero, era la primera vez en veinte años, que los cinco oían a los viejos altavoces funcionar. Se agacharon y miraron al cielo, tratando de ubicar al aparato que estaba, incluso más arriba de las vigas para el ferrocarril. Esperaron en el desnivel, hasta que, por fin, el aparato respondió.
— ¿Ya está emitiendo? — Aún con un poco de interferencia, ellos podían entenderla. De los altavoces surgió una voz femenina, de tono suave. Entre la confusión, incluso pudieron distinguir un leve "si, si lo está" que no la opacara — ¿Listo? De acuerdo. Aquí les habla Nika Sóter, y estoy usando el viejo sistema de altavoces para anunciarles, que el regimiento de ursas está con las puertas abiertas. Gracias a la nueva administración, a todo desolado que nos encontremos, se les dará protección. Solo tienen que acercarse a una de nuestras patrullas con una bandera blanca, o con el dibujo del bastón de Asclepio, o dejar las mismas cerca para que podamos ver sus hogares; o si pueden hacerlo, dirigirse a las deigmas industriales. A la Megas, que es nuestra base. Se les garantizará refugio, comida, atención médica, y seguridad. Debemos permanecer unidos ante la Desolación. ¿Qué? ¿Van a reproducir mi mensaje cada dos horas?
Les era surreal. Les venía a la mente toda clase de ideas locas para interpretar el mensaje: quizás era una trampa que ellos estaban planeando, o que era verdad y el comandante local tenía corazón. A lo mejor a esa dama le obligaron a decir eso a punta de cuchillo, pero se oía tan tranquila, hasta hablaba con un toque de inocencia. Pero, para que el viejo sistema de altavoces funcionase, necesitaban electricidad. Y si ese mensaje se emitía con regularidad…
— Debemos ir al oeste de la ciudad. — Los seis se voltearon para ver al más joven de ellos. Antígonos se acercó, con ambas manos a la altura de su cintura en gesto para tranquilizar al grupo.
— Primero, debemos hablarlo con los demás. — Cuando sintió al joven acercarse hacia él, Antígonos alzó la mano y solo extendió su índice —. Decidiremos en el grupo.
Antes de ponerse a caminar, el corcel médico señaló hacia arriba con la cabeza. Ahí estaba el altavoz, suspendido en el cielo gracias a un cable que atravesaba la calle, a una altura correspondiente al sexto o séptimo piso de un complejo de apartamentos. El grupo continuó caminando por el riel.
— ¿Te acuerdas cuando funcionaba? Te puedo jurar que lo usaba como despertador. — Dijo el médico, entre risas —. Jamás faltaba el "buenos días, conciudadanos. Trabajemos por nuestra gran nación."
— ¡Si! Claro que me acuerdo. O el "cada día que pasa, estamos más cerca de ganar". Si supieran las cosas que pasaban en el frente. Ya llegamos.
Era algo de lo que Antígonos se había enorgullecido. Habían adaptado una pasarela de mantenimiento para actuar como puente colgante. Desde el nivel habitable del apartamento, alguien adentro activaba el mecanismo analógico y, con la ayuda de otro habitante usando una máquina para correr que controlaba el contrapeso, subían la pasarela hasta el nivel de los rieles del tren urbano. Con un salto, ya estaba en camino a entrar, y con el otro ya estarían en casa. Si alguien intentaba asaltarlos, solo bastaba con subir la pasarela o cortar el contrapeso; y no se tenían que preocupar por la entrada principal, porque había otro vagón bloqueando la entrada. Igual reforzaron el bloqueo acercando más el vagón y colocando ladrillos derruidos en el lado interior.
Tras dar el salto que los dejaba en casa, el minotauro se encontró con un ambiente lleno de actividad. Los dos minotauros que manejaban las entradas, pronto se unieron al resto de enosianos, que empezaban a acomodarse. De una pequeña población de casi cincuenta, todos estaban recogiendo sus cosas y metiéndolas en bolsas de lino o de cuero, o los equinos preparaban sus alforjas. Siguiendo a aquellos que habían terminado, Antígonos y el médico se encontraron con una pequeña fila para la cocina. Una minotaura, de piel blanca y manchas negras, abrigada con una chaqueta y pantalones negros, atendía junto a una simia a quienes estaban en la cola, sirviéndoles un cucharón de sopa en recipientes de metal.
— ¿Honoria? — Fue lo único que dijo Antígonos. La minotaura se excuso con la simia y se encaminó hacia él, dándole un beso en la mejilla. Eso no le clarificó nada, aunque le sonrió de vuelta — ¿Qué pasa?
— Oímos los altavoces cuando preparábamos el almuerzo. — Honoria le sonreía —. Fue casi espontáneo, y jamás había visto tanta actividad desde que encontraste una caravana y comerciaste. Hasta Lydia está se apartó de mi lado para hacer, según ella, "algo importante".
— Parece que está decidido, viejo amigo. — El médico sonrió.
— Espera, espera. Piensa por un momento, ¿y si es una trampa? Los ursas jamás han sido buenos. — Ante la respuesta de Antígono, Honoria bajó las orejas pero no la mirada. Se apartó de él.
— ¿Tuviste suerte buscando? — Replicó ella. Ante la falta de respuesta, Honoria se volteó y le hizo un gesto con la cabeza —. Ven conmigo.
Atravesaron un arco que se dirigía al lavadero del apartamento, donde se dirigieron a una puerta dirigida a una habitación contigua. Honoria sacó una llave de su bolsillo. Al abrir, se encontraron con solo un par de latas de sopa.
— Las provisiones que comerciaste se nos acabaron ayer. Y con la mala racha que has tenido, no creo que aguantemos el hambre cuando llegue. Así que, ¿por qué no arriesgarnos?
Antígonos resopló, y con la bruma saliendo de su boca parecía una máquina de vapor silbando. A lo máximo, un día de suministros para cincuenta bocas. O, al arriesgarse, atravesar la ciudad de punta a punta para llegar a las deigmas industriales; posiblemente encontrándose con otros grupos de desolados, puede que surjan bandidos en el camino, o los confundan. Un largo y tortuoso camino podría esperarlos.
— ¿Papí? — Desde el lavadero, una pequeña llamaba a Antígonos. Apenas le llegaba por encima de su rodilla, tenía su pelaje marrón y las manchas negras de su mamá, destacándose una que rodeaba su ojo derecho. De ojos café, la pequeña Lydia le sonrió a su padre, extendiendo de largo a largo sus brazos para desplegar una manta blanca. Ahí, Antígonos pude ver una vara de Asclepio, pintada a mano y con trazos infantiles, que la pequeña mostraba con orgullo.
Valía la pena arriesgarse.
«o»
Al ver la foto, era la viva aspiración de lo que quería con Honoria: una pareja equina, en cuatro fotos, posando para la cámara. Él, con su barba café, traje y corbata negra junto a una camisa blanca, un sombrero que hacía juego con su vestimenta; mientras que ella tenía un hermoso vestido blanco, con un zafiro en el pecho que hacía juego con sus ojos. En la primera de las cuatro, la pareja se mostraba seria, su semblante decidido inspiraba respeto. Pero, en las siguientes fotos, su humor se aligeraba. Pequeñas risas se mostraban, hasta llegar a las carcajadas, y culminaba con él besándola en la mejilla mientras que ella reía. Para Antígonos, era lo que deseaba: la hermosa felicidad nupcial. Y como si le diera calor a su corazón, sacó las fotos de sus marcos y las guardó en su chaqueta. Dio un último vistazo a donde estaba, era una tienda, de eso él estaba seguro; pero los saqueos lo habían vuelto irreconocible. Le dio la espalda a ese antiguo lugar y salió a la calle.
El grupo del minotauro se había establecido en una plaza en frente del mausoleo. Sus tiendas, que no eran más que pedazos de que se alzaban sobre ellos, instaladas frente a las rejas de bronce de la gran estructura. Pequeños, motivados por la curiosidad, se acercaban temerosos a los relieves que flanqueaban la entrada; sobretodo los dos rostros equinos, de un mármol cuya blancura se confundía con la nieve, con semblante serio. Tocaba aquellos rostros de piedra, salían corriendo despavoridos, propinando gritos de temor como de alegría. Cuando del aire surgió el olor a verduras, los pequeños corrieron hacia el pequeño campamento, donde los adultos rostizaron las últimas verduras enlatadas que les quedaban. Podía distinguir a Honoria y al médico entre los cincuenta, hablando, riendo, comentando. Antígonos se sentía bien.
Al lado de la tienda, se encontraba la entrada al apartamento. Las rejas se encontraban abiertas y, tomando la empuñadura de su cuchillo enfundado, entró al pasillo y, en unos pocos pasos, subió. Pasó por el primero, el segundo, el tercero, hasta llegar al cuarto. Cuando se encontró con las escaleras que comunicaban con el quinto piso, había una reja de acero cuya puerta separaba a los estratos más acaudalados de los demás. Antígonos recordaba que, en tiempos más cálidos, las plantas superiores estaban destinadas a los "altos ingresos", y para hacer la separación real, a los propietarios se les proporcionaba una tarjeta perforada que les permitía el paso, tras ser leía en el mecanismo cercano a la puerta. Mientras más distinguida sea la zona, más abajo estará la reja de separación, llegando a estar en la misma entrada. Y, en una mala experiencia que tuvo, todo acceso no autorizado u hostil era respondido con una descarga eléctrica que te dejaba inconsciente. El minotauro no quiso seguir subiendo por el mismo miedo, y no necesitaba mucho, tan solo quería un punto alto para ver el otro lado del edificio.
Tras encontrar una puerta abierta, Antígonos encontró una habitación vacía, solo el viejo sombreado de mugre en el suelo, indicaba que esa sala estaba amueblada. Se dirigió hacia el balcón, mientras frotaba sus manos, y se agachó hasta tener la baranda a la altura de su frente. Suspiró, y alzó su cabeza.
La calle era de las pocas que no había sido afectada por La Furia, la oleada de protestas en contra de la guerra. Si habían vagones o trenes urbanos, sólo estaban cubiertos de nieve e inmóviles sin rastros de violencia. Vitrinas de tiendas con escarcha condensada en su superficie. Y ningún esqueleto, el legado de las manifestaciones, tirados en las calles y cubriéndose en la nieve. Antígonos se volvió a ocultar, suspirando y viendo como su aliento se condensaba en el aire antes de volver a asomarse. Ahí vio que la tranquilidad de la calle fue interrumpida, y provenía de uno de los callejones. La peluca blanca era reconocible, era un símbolo universal, y el simio que la portaba miraba el otro extremo de la calle, donde otra carretera perpendicular, flanqueada por más tiendas y apartamentos, atraía su atención. Luego, vio a los acompañantes asomarse por detrás de él, esperando sus indicaciones. El minotauro vio a uno de sus congéneres y a un equino detrás del simio, ataviados en ropa de combate invernal de color negra, y sosteniendo sus rifles con una emoción que él ya conocía: miedo. El simio alzó su mano a la altura de su cabeza, e hizo un puño. "Alto", pensó Antígonos, y siguió viendo. Luego, movió su mano a la altura de su cadera e hizo dos movimientos leves hacia adelante. El minotauro y el corcel, seguidos por otros dos simios, salieron del callejón y empezaron a moverse con cautela; agazapándose y agachándose hasta tener algo con que cubrirse.
No estaban patrullando, él los había visto de patrulla. Con una tranquilidad envidiable, mirando ocasionalmente hacia arriba, y hablando o silbando. Era como si se burlaran de todo el apocalipsis, y tenían el equipo, los suministros y el entrenamiento para ello. Pero, en esa ocasión, no estaban de patrulla. Estaban precavidos porque pronto entrarían en combate. Y mientras seguían agachados y moviéndose con cautela, Antígonos alzó su vista hacia el otro extremo de la calle, hacia la transversal. Le empezaron a temblar las piernas y el labio, cuando vio un brillo surgir de una de las ventanas.
Desesperado, el minotauro se arrastró por el suelo hasta llegar al pasillo. Y una vez ahí, empezó a correr. Debido a su enfermedad, sentía una pesadez en su pecho y dificultad para respirar; pero no le importó. Bajó al tercero, al segundo, al primero y llegó a la planta baja, donde corrió por la plaza hasta llegar al campamento. Sus compañeros se acercaron preocupados, y su esposa y su médico se abrieron paso entre la multitud.
— Antígonos, ¿qué pasa? — Preguntó Honoria, colocándole una mano sobre su hombro. A su esposo le costaba respirar —. Denle espacio, por favor.
— Ha-ha-hay que irnos. — Antígonos hablaba en un tono seco, tratando de recuperar el aliento. Sus compañeros desolados empezaron a preocuparse, empezaban a murmurar —. Debemos irnos ahora.
Antes de preguntar, sonó el primer disparo. Los desolados se callaron, y dirigieron sus miradas hacia el sur, al edificio de donde vino Antígonos. La multitud se calló, atenta a otro sonido. El silencio fue reemplazado por un segundo disparo, que fue la antesala de grito, perforando el aire con la agonía de su emisor. Luego, más disparos que eclipsaban al herido. Un segundo, luego un tercero, hasta que era irreconocible; pues había empezado la balacera. Gritos de rabia y de auxilio provenían del otro lado del edificio y, como si fuera un efecto dominó, se produjeron más tiroteos que, para el terror de los desolados, cada vez sonaban más cerca. Desesperados, tomaron sus cosas y corrieron hacia las rejas del mausoleo. Más de cincuenta almas, golpeando y empujando aquella entrada de bronce, gritando y exclamando con desesperación. La entrada no cedía, solo dando una falsa sensación de apertura al doblarse hacia adentro, en su eje, cuando ejercieron presión sobre ella.
Separándose la multitud, y mirando sus alrededores, Antígonos dio un gran silbido y le hizo señas al grupo para que, todos juntos, derribaran la puerta. Con él en el centro, todos dieron el primer gran empujón que empezó a doblar. Con el segundo gran empujón, se había abierto una brecha en el centro de la reja; lo suficientemente grande para que los pequeños entrarán. Una vez dentro del complejo, los hijos de los desolados entraron a la sala de estar del mausoleo. El grupo volvió a dar un gran empujón tras otro, hasta que lo suficientemente grande para que entraran los perros diamanteros. Cuando los disparos desfiguraron a uno de los relieves que flanqueaba la puerta, la desesperación se apoderó de ellos y, en el pánico, una yegua fue aplastada por la multitud mientras entraban. Todos habían perdido el aliento, se recostaban en las paredes, manos o cascos en su cara mientras ahogaban los gritos, o miraban por la puerta, con lágrimas en los ojos, al producto de su desesperación manchar la nieve de rojo. Y los combates alrededor de ellos… solo arreciaba.
«o»
El anochecer había llegado, pero los combates estaban lejos de terminar. Y, para Antígonos, venía la parte que más lo alteraba. Supo que ambos combatientes debían haber pertenecido al ejército, o ser entrenados por los mismos, cuando usaban las tácticas nocturnas de combate activo. Los silbatazos le impedían dormir, pues se sentía rodeado por tantos silbidos en tantos lugares distintos. Llegó el punto en donde los disparos y combates eran menores a aquellos sonidos agudos.
Él reconocía varios de los toques: un silbatazo largo y periódico significaba movimiento por parte del escuadrón; dos cortos era para que se detuvieran; dos largos seguidos era para un enemigo encontrado; uno largo y dos cortos era para solicitar identificación, normalmente respondido por una tonada pre-establecida… La mezcla de todas las tonadas en sus alrededores, haciendo un solo ruido violento que los rodeaban. Incapaces de prender una fogata en el vestíbulo, por temor a ser descubiertos; Antígonos veía a aquellos con los que había sobrevivido, temblar y tiritar. En un movimiento, se puso de pie, llamando la atención de su esposa. Ella, por su parte, abrazaba y acariciaba la cabeza de su hija, quien se había quedado dormida en su regazo.
— ¿Qué haces? — Dijo Honoria en un tono bajo, mientras veía como su esposo revisaba la mochila de su hija. Se detuvo cuando vio la silueta del silbato de madera — Se lo regalaste a Lydia el año pasado.
— Si vuelvo con ayuda, cuenta como su regalo para este año. — Antígonos besó a su hija en la cabeza, luego le colocó su mano en la mejilla de Honoria, quien le besó su palma —. Si no vuelvo, continúen a las deigmas industriales. Te quiero, Honoria.
Ella quería responderle, pero tan solo se limitó a acariciarle la cabeza a su hija y tararearle una canción tranquila. Antígono caminó hasta la puerta, deteniéndose cuando sintía que lo seguía.
— Por favor, te necesitan aquí. — El minotauro se encontró con su médico y su aprendiz, listos para salir. El doctor sonrió ante la súplica, y se encogió de hombros.
— Lo siento, Anti. Pero eres un veterano con traumas, que sufre de pirofobia y de cristalización. — Le respondió su médico —. Al menos uno de nosotros tiene que ir, para cuidarte. El otro se quedará. Y necesitarás a alguien que también sepa los llamados de auxilio.
— Bien, — respondió el minotauro tras un suspiro. El médico se dirigió al corcel y le señaló al resto del grupo, y el aprendiz no tardó en asentir — ¿Lo recuerdas?
— Tres toques largos y seguidos, luego tres cortos.
— Espero no haber perdido el sentido de la orientación. — Antígonos empezaba a hablar en susurros, caminando despacio y agazapándose. Cruzó la puerta del vestíbulo y, con el mismo cuidado, se dirigió a la reja del mausoleo. El pobre cadáver de aquella yegua seguía ahí, cubriéndose lentamente por la nieve. La parte que más temía, y que vivió durante la guerra, volvía a suceder: el silencio tras una orquesta caótica de silbatazos —. Los disparos provinieron del sur de aquí, por detrás de ese edificio.
Agachados, los dos se movieron con rapidez por la plaza, con el muro del mausoleo a su lado. Se detuvieron en la esquina, cuando llegaron al extremo derecho, y esperaron. La luz de la luna no los ayudaba, en una noche sería luna nueva y todo estaba en penumbra. Los claroscuros creaban siluetas que, en la mente, podrían significar cualquier cosa. Por suerte, no hacía tanto frío y su ropa lo mantendría caliente. Solo tenían una ruta: la calle que era paralela al mausoleo.
— Por ahí. — En un susurro casi inaudible, el médico señaló a un vagón volcado en la calle. Cuando llegaron, pasaron por el estrecho entre el compartimiento y una tienda. Cuando llegaron al final, volvieron a escuchar sus alrededores.
Un silbatazo, toque largo y periódico, que provenía de, quizás, una o dos deigmas al sur de donde ellos estaban. Luego, disparos. Un tiroteo que lentamente ascendía, atrayendo a más combatientes que respondían con silbatos. No había peligro por cruzarse en la lucha… Lo habría si se topaban con quienes respondían al combate.
Así que, decidieron andar con cuidado. Luego de salir de su escondite, siguieron por la calle y se ocultaron en una tienda, un bar. Miraron desde adentro del establecimiento. Al menos cinco siluetas negras aparecieron en la calle, adentrándose en uno de los edificios en dirección al tiroteo. Pudieron haber llamado ahí, pero no querían arriesgarse: aún estaban en una zona de escaramuzas.
Esperaron por un rato, viendo la calle mientras sentían que su exhalación se condensaba. Cuando solo se escuchaban el combate a lo lejos, siguieron avanzando. Una larga barricada, hecha de vagones de tren, sacos de arena, ladrillos, y cubierta de nieve, se anteponía en su camino, vestigio de la Furia. Antígonos pudo escalar, a veces encorvandose para usar sus manos en la nieve; pero viendo al médico resbalar en sus intentos, intentó bajar. Su compañero le negó con la cabeza, antes de hablar.
— Rodearé la barricada, espérame al otro lado. — Dijo antes de adentrarse a un apartamento.
Antígonos se deslizó por el otro lado, quedándose agachado cuando aterrizó. Las grandes grúas y estaciones de abastecimiento ferroviario, en el centro de la plaza, le indicaba que estaba en una deigma industrial. Una de las primeras antes de llegar al corazón industrial, donde estaba la acería Megas. Almacenes, residencias temporales, y talleres rodeaban la gran plaza industrial; con rastros de la Furia en forma de esqueletos en la nieve, impactos de bala en las paredes, y vagones volcados. La tranquilidad del mausoleo se había quedado atrás.
Dio un par de pasos, cuando fue recibido por un disparo que impactó a unos centímetros de su hombro. Antígonos se agachó y corrió, con las manos cubriendo su cabeza, por la plaza. Los disparos fallaban por poco, pero él no quería abusar de su buena suerte. Cuando vio el desnivel, dio un salto para ingresar. Estaba en un canal de mantenimiento, usado para hacer trabajos debajos de las locomotoras; por desgracia, estaba destinada para ser manejada por equinos, así que debía mantenerse agachado. Pero sus cuernos lo delataban, y bajaba la cabeza cada vez que una bala impactaba en el borde del canal. El minotauro respiraba con pesadez, poniendo una de sus manos sobre su pecho y tratando de recuperar el aliento. Parecía un radiador liberando vapor.
Antígonos tomó su silbato y dio tres toques, largos y fuertes, desde donde estaban. Repitió, luego otra vez. Cuando se detuvo, solo había silencio. Se volteó, con algo de dificultad por el estrecho canal, hacia la dirección de las balas; con las manos en alto y alzándose lentamente. Podía ver el resto de la deigma, habló:
— ¡No disparen! ¡Estoy buscando ayuda! ¡Vengo con un grupo de desolados!
Silencio, solo oía su pesada respiración. Temía haberse entregado a los bandidos. Los disparos continuaban en otras zonas, pero parecía que lo único que oía era su aliento.
— ¡Somos el décimo tercer regimiento de ursas! ¡Quédate donde estás! — Cuando le respondieron, el minotauro sintió como si le hubiesen quitado una carga pesada. Se apoyó en el muro y se sentó, suspirando aliviado. Cuando oyó que se acercaban, se levantó y alzó su mano. Tenía en frente a tres equinos, en ropas de combate abrigadas y de color negro; con el rifle, aún soltando el humo de sus cañones, colgándoles del cuello. Más cortos que los rifles de servicio que él había usado, los rifles equinos eran de cañón corto, cercanos a una carabina, con una culata alargada para que fuera apoyada entre el casco y el cuerpo. Se tiraba de una palanca hacia adentro del rifle para disparar, hacia afuera para expulsar el casquillo y se volvía a poner en su lugar cuando se recargaba. Complicado para quienes tenían manos, pero le servían a los equinos. — Soy Bobby Trap. Pensaba que estabas con los bandidos. — El equino estiró su casco hacia el minotauro. Este no tardó en tomarlo y en salir del canal.
— Antígonos. Mi grupo quedó atrapado en el fuego cruzado. Seguíamos lo que dijo los altavoces. — El minotauro respiraba aliviado. Cuando terminó de hablar, pudo apoyar sus manos en las rodillas. Vio como el equino le ofrecía su cantimplora, la tomó y quitó la tapa. — Gracias. — Dijo con voz cansada antes de empezar a beber.
— De nada. — Bobby le sonrió levemente, luego se dirigió a sus acompañantes. — Avisen a Demetrios que tenemos desolados en…— El poni se volteó para ver al minotauro.
— El vestíbulo sur del mausoleo.
—…en el vestíbulo sur del mausoleo, que envíen un escuadrón… O lo que tenga. — Otro equino saludó a Bobby, golpeando su casco contra su pecho y galopando hacia el oeste. El poni se dirigió al minotauro, con voz calmada y tranquila — ¿Estás mejor? ¿Venías solo?
— Si, si lo estoy. Venía con un médico, Atalus. No pudo subir por la barricada. — Tanto Antígonos como aquellos equinos bajaron sus cabezas o se cubrieron, pues, desde la calle en dirección sur, provinieron disparos. Atalus venía corriendo, tanto como lo permitiera una pierna herida; escapando. Los fogonazos los iluminaron, y un par de simios, usando los viejos cascos y uniformes azulados del ejército, atacaron al equino. — ¡Atalus! ¡Aquí! — el minotauro tuvo que agacharse, uno de los simios disparo y, gracias a su propio reflejo, la bala quedó incrustada en la pared del canal.
Bobby disparó, antes de lanzarse al canal. Con gestos violentos, le indicaba a sus dos compañeros que se separaran y se cubrieran. Antígonos veía como el pequeño corcel se alzaba sobre sus cuartos traseros, colocaba la culata debajo de su axila delantera derecha y, con su cascos, disparaba. Una. Luego otra vez, obligado a cubrirse por una pronta respuesta.
— ¡En la esquina! ¡En la esquina! — Gritaba Bobby, señalando con violencia el refugio de los bandidos — ¡Manténgalos atrapados!
— ¡¿Tienes algo para mi?! — Antígonos alternaba su vista entre Atalus, quien se cubría a duras penas con los escombros de un vagón, y Bobby. Cuando este le negó con la cabeza, gruñó furioso. Levantó su cabeza y le indicó al corcel atrapado a que viniera — ¡Te están cubriendo, Atalus! ¡Ven! ¡Corre!
El médico miró nervioso a la esquina, tomó aire, y se lanzó al galope hacia la calle. Antígonos no dejaba de indicarle que viniera, dando vistazos nerviosos a la esquina. Fue a medio camino del canal, cuando los vio. El primer bandido salió con rapidez, aprovechando que sus tres enemigos recargaban, para disparar dos veces a ciegas. Luego se agachó e hizo "un minuto bala", disparar sin parar sobre un blanco, dedicado a la supresión y no a la precisión. Su compañero, en cambio, aprovechó la iniciativa: Antígonos identificó una honda en su mano, le dio una media vuelta y la arrojó hacia ellos. El arco, se quedaba corto, y la esfera negra que lanzó cayó a unos pocos metros del canal.
La deigma se iluminó por un instante, como en las actividades nocturnas de antaño. La bola de fuego incluso derritió la nieve que estaba en su zona de aterrizaje. Aturdido por el sonido, Antígonos alzó de nuevo su cabeza. Los bandidos se retiraron, aunque no sabía porqué. En lo que estaba fijo, eran en Atalus, con la quijada destrozada por una bala y parte de su vientre penetrado por los fragmentos de aquella granada. Le costaba respirar, y al hacerlo movía lo que quedaba de su boca. Lentamente, dejaba de luchar por su vida; exhalando su último aliento.
Supernova, se repetía en su cabeza. Fijo en su amigo muerto, Antígonos salió del canal, gateando por la nieve hasta tenerlo cerca. Colocó su mano en el inerte rostro del mé ía a mas, vestidos como Bobby Trap, empezando a perseguir a aquellos asesinos.
— ¡Médico! — Reconoció la voz de Bobby detrás de él — ¡Necesitamos un médico! Kýrie Demetrios, ¡Necesitamos ayuda con un desolado!
Antígonos sintió los pasos lentos que venían. Cuando se volteó, el minotauro se encontró con un simio, con su máscara metálica de oso rugiente y la gran peluca escarlata, viéndolo por encima de su hombro.
— Ya está muerto, — dijo el simio, con un tono frío. Hizo un gesto con su cabeza para indicar la calle por donde se fueron los asesinos —. Persíguelos, sargento poni. Señor minotauro. — el ursa simio se dirigió a él con el mismo tono frío —, ya enviamos a un escuadrón por su grupo. Acompáñeme.
— N-n-no puedo dejarlo ahí. — Antígonos ni se oía a sí mismo. Cayó derrumbado, y se llevó las manos a la cara antes de sollozar. El simio caminó hasta tenerlo delante, y desde arriba le habló.
— No haces nada llorando. — dijo, con la misma frialdad.
«o»
— Que alguien me recuerde pedirle a Lambda radio-telégrafos, odio el papeleo. — el fastidio se asomaba en el tono de Pirro, mientras no le quitaba la vista al mapa de la ciudad.
Flanqueado por informes que llegaban y se iban, el mapa de la ciudad, detallando las sesenta y cuatro deigmas que la conforman y los barrios suburbanos en la periferia; estaba marcado por equis y círculos de color rojo. A su alrededor, enosianos pertenecientes a los ursas, todos pelucas escarlatas, marcaban, ficharon o leían mas informes que venían. Cada nueva lectura, era un reporte sobre los combates que ameritaba su lugar en el mapa. Una pronta respuesta era escrita y enviada a un ávido pero cansado recluta, que fungía como mensajero.
Por suerte, las deigmas orientales, de donde provenían el nuevo grupo de desolados, había sido pasado por alto por ambos bandos. Los bandidos habían intentado atacar con rapidez en el occidente de la ciudad. Ellos habían intentado flanquearlos por el centro de la ciudad; todo había generado un estancamiento, donde traer el conflicto al tercio restante significa sobre extenderse. Y lo último que quería era eso. Pirro maldijo en su interior: todos los conflictos internos y la reorganización le había dado tiempo, a los bandidos del fuerte Megas, para atacar primero.
Bien organizados, con equipamiento que databa de la Guerra… sería una lucha dura y larga por el control de la ciudad.
— Tiene alrededor de una compañía de reclutas, coronel. — Sugirió un perro diamantero. Su larga garra golpeaba el centro de la ciudad —. Puede ayudar con el empujón en el centro.
— Los reclutas son mi reserva, solo los moveré cuando tenga el golpe decisivo. — El fastidio no se alejaba de su tono de voz.
— Pues, úsanos. — Sugirió otro ursa, un simio en esta ocasión. La burla se asomaba en lo que dijo —. Estamos… ardiendo por dentro para servir en la lucha.
— Sería un desperdicio de recursos. — Respondió con rapidez el corcel tuerto. Su paisano en el cuerpo rió.
— Pues, no tanto como arder en la intentona, ¿no lo cree? — Dijo el equino, de piel blanca, apenas visible por culpa de la máscara, de la capa escarlata y la ropa abrigada. Pirro resopló antes de hablar.
— Y, aún así, los perpetradores me sirvieron como carbón. Vivos o muertos, me son útiles. — Dijo Pirro, con sencilleza. Alzando la mirada para ver a los oficiales y encogiéndose de los hombros —. Ahora, señores, hay más gloria en ganar la ciudad que volverse chicharrón. — Pirro miró el mapa, con la cabeza inclinada levemente a la derecha. Pero, luego miró al fondo de la habitación, al arco que lo comunicaba con un pasillo., antes de volver al mapa.
Dos frentes, de paso urbanos, donde había combates pesados. Uno desatendido, porque ninguno de los dos bandos quería sobre extenderse. Pirro tenía pavor de abrir la ventana y escuchar los gritos de algún herido. Miraba las sesenta y cuatro deigmas, reposando su cabeza sobre un casco mientras que, con el otro, golpeaba con un aburrimiento rítmico la mesa. Cuatro oficiales escarlata esperaban una respuesta, tan quietos que parecían estatuas. Y los informes se acumulaban a su alrededor. El corcel negro inclinó su cabeza, con el mismo aburrimiento, y miró el mapa. Sus alrededores para ser preciso.
Del fuerte Megas a la ciudad, habría menos de una hora de caminata hasta llegar a los suburbios, diez minutos si había retraso en las líneas férreas… Pero, por aire… Si los Colibríes podían conectarlo con Lambda, recargando el carbón que necesitan, y sorteando las montañas Argos… en apenas un día.
Sonriendo, Pirro sacó un marcador rojo. Desde las acerías, empezó a dibujar una línea curva y segmentada, que atravesaba los suburbios del este de la ciudad y, rodeándolo de un círculo rojo, apuntaba una flecha hacia el fuerte. Sonriendo, se dirigió al simio.
— Que los Colibríes no vuelen a Lambda, tomaremos el fuerte para esta tarde. — Dijo Pirro —. Sólo ursas escarlatas, Demetrios estará al mando. — El corcel tuerto se acercó a la mesa, como si les fuera a confiar un secreto —. Qué uno se encargue de que él no mate al jefe, lo quiero vivo. Tienen sus órdenes, vayan.
Pirro volvió a mirar el pasillo, donde un recluta escoltaba a una yegua y a una perra diamantera. Los ursas miraron a las féminas y se marcharon indiferentes. El recluta se apartó y dejó que ambas pasaran a la austera sala de conferencia. El tuerto sonrió cuando las reconoció: la equina era de un rojo claro, recordándole la tonalidad de un ladrillo, con un mechón rubio en su frente, el resto de su melena estaba debajo de una capucha vinotinto, y ojos castaños; mientras que su compañera, de orejas largas y caídas, más pequeña y de facciones más suaves que los machos de su especie. Ambas compartían el vinotinto en sus vestimentas, y una banda en blanca con un símbolo vinotinto: una parodia del sol, convertido en un engranaje.
— Agotador, me imagino — Pirro habló con cordialidad, e invitó a las féminas a que se acercaran a la mesa. Ellas no rechazaron el acto, y lo acompañaron; dando un suspiro aliviado cuando pudieron descansar — ¿Les puedo ofrecer algo? Quizás que alguien les prepare unas habitaciones. Son oficinas rediseñadas, pero serán suficientes.
— Gracias, coronel Pirro, — La yegua agitaba su casco de un lado a otro levemente, rechazando —. Medea y yo queremos terminar nuestro informe, para nuestros superiores.
— ¿Usó la viuda roja? ¿Y el fuego enosiano? — La canina tenía un tono suave, nada como la aspereza común en los machos de su especie. De su mochila, sacó una tabla de apoyo, una hoja, y un bolígrafo.
— Sí, ¡me encantó este nuevo material! Es sintético, ¿no? — Ambas invitadas asintieron, provocando una mueca de dolor a Pirro — La viuda roja tiene cierto retraso. En las guerras coloniales, el sangrado empezaba de inmediato
— Bueno, es el primer bache que hacemos que es incoloro, inodoro, y fuera del trópico. — dijo la yegua. Cuando Pirro se inclinó levemente hacia ella, girando un poco la cabeza sin quitarle la vista; ella respondió con rapidez —. Hera, señor.
— Hera, muchas gracias. — Pirro sonrió, y empezó a asentir con lentitud. Paró y miró a ambas —. En nuestra reunión, dos meses atrás creo, había más de ustedes. Cinco, creo. — Tanto la diamantera como la yegua miraron a su compañera, balbuceaba sin coordinación. Luego, Medea alzó su garra y le indicó a Hera que ella hablaría. Suspiró antes de hacerlo.
— Perdimos a uno tratando de cruzar la cordillera de Atlas Celestial, en nuestro camino a Simiocusa. Simón… Cayó al vacío. Eleuterio murió en una emboscada en la ciudad. Y, sin que nos diéramos cuenta, estábamos caminando sobre la bahía congelada. Aurora, cayó al agua congelada. — La diamantera habló con sencillez, pero con la cabeza baja. El corcel tuerto se relamió, chasqueó con su boca y habló.
— ¿Toda la bahía de Énosi está congelada? — Ambas le asintieron —. Diablos, supongo que navegar está fuera como opción. — Pirro se quedó callado por un momento. Luego, miró a Medea y le habló —. Oye, no te lo tomes a mal, pero me asusta la indiferencia con la que contaste la muerte de tus compañeros, — Pirro se inclinó a ella desde su lado de la mesa, la diamantera estaba impactada —, casi con frialdad.
— N-no me malinterprete. Eramos amigos, compañeros. — Medea trataba de evitar el contacto visual con Pirro, pero él se movía para que lo viera —. Pero, todos en Los Ingenieros debemos hacer sacrificios. Todo para que el protocolo se cumpla y restauremos a Énosi.
— ¿Protocolo? ¿Qué protocolo? — Pirro alternaba la vista entre la diamantera y la equina. Hera se inclinó hacia la mesa y luego habló.
— Lykoi. Protocolo Lykoi. Lo diseñó el mismísimo Honda Phylodemos. — Interesado, Pirro se relajó y miró a la yegua, quedándose callado—. Lykoi, en su fase dormida, desviará recursos, efectivos, y material militar a organizaciones subterráneas y escondites; a lo largo y ancho del Énosi continental y el territorio ocupado. Luego, en su fase activa, iniciaría una guerra de guerrillas, incitación al desorden público y, finalmente, un levantamiento general para restaurar a la república y, a la larga, a la Coalición. Lykoi, sería la última mano a jugar ante la dominación equestriana y la armonía.
— Hay un detallito chiquitico que quiero recalcar, junto a una serie de preguntas. — Con violencia, Pirro apuntó hacia sus espaldas sin quitarle la vista a las viajeras. Su tono, que había empezado de forma cómica, ahora tomaba tintes violentos —. No perdimos la guerra, ocurrió el apocalipsis. Carajo. Me estoy imaginando que tienen armas de sobra. Pero, lo que yo estoy buscando es la reconstrucción de nuestro país. Lykoi me parece insensato. Digo, ¿contra quién vamos a "levantarnos en armas"?
— No levantarnos. — Hera mantuvo la tranquilidad. Pirro arqueó una ceja mientras veía a la yegua desenrollar un mapa del continente —. Es muy noble de su parte, coronel. Aunque los altos mandos de Los Ingenieros están usando Lykoi para otro propósito: evitar que Equestria se levante.
— Es un chiste, ¿verdad? — Consternado, Pirro se echó para atrás cuando le respondieron. Tanto la diamantera como la yegua, negaban con la cabeza — ¿Cómo me afecta? Yo estoy aquí, en los territorios metropolitanos.
— Coronel, no tome a los Ingenieros como unos tontos. Para que su pequeña caja de arena con propósito funcione, necesita recursos. Cosa, que solo puede proporcionar las montañas vírgenes de Northmarch. — Le respondió Hera.
— Los Ingenieros están dispuestos a trabajar por la reconstrucción de Énosi, — empezó a hablar Medea en un tono formal, como un vendedor ofreciendo un producto —, incluso a una posible integración cuando se reúna ambos liderazgos. A cambio, su grupo, coronel Pirro, debe unirse al esfuerzo del Protocolo Lykoi para evitar un posible resurgimiento de Equestria. Así que, ¿acepta estas condiciones?
Considerando sus opciones, el corcel tuerto miraba a ambas. Tocaba la madera en un ritmo lento, casi como las manecillas de un reloj. Tras un gruñido amargo, les respondió.
— Al final, terminas debiéndole algo a alguien. De acuerdo, me uniré a este embrollo peludo.
— Fue un placer hablar con usted, coronel. Oiga, antes de que vayamos a descansar, queríamos preguntarle sobre algo que le pedimos. Ya sabe, sobre los mellizos. El director le estará agradecido por cualquier información que tenga. — Pirro se limitó a negar con la cabeza y decir.
— No, lo siento. No sé nada, aún. Oigan, ya que van de salida, ¿pueden ir al generador y echarle un ojo? No quiero que explote por alimentar a los megáfonos.
Las damas acompañaron su asentir con una sonrisa. Dieron las gracias y se marcharon de la sala. Estando solo, Pirro resopló. Miró el mapa, y marcó un círculo rojo alrededor de un nombre; uno que conoció bien hace más de veinte años.
Equestria.
Volvió a resoplar, esta vez con más pesadez. Pasó su casco sobre sus cara, estrujándose su ojo bueno. Luego de mirar el mapa por una última vez, sacó de sus alforjas una caja de madera amarilla; con un grabado tan desgastado que le era irreconocible. Al abrirlo, vio un solitario cigarro, el encendedor y una tarjeta perforada. Pirro caminó al extremo opuesto de la sala, donde una mesa tenía un reproductor y papeles amontonados. Él colocó la tarjeta perforada en el aparato, presionó un par de botones y, en espera de la máquina, volvió a abrir la caja. Puso el aditivo en sus labios, y trato de encenderlo.
Iba a maldecir, el mechero apenas soltaba la chispa pero nada de la llama. Iba a insultar a la nada y golpear el molesto aparato contra la pared. Pero la música empezó. Una delicada y suave tonada de piano que, por unos instantes, lo tranquilizó. Conocía la canción, y, al principio, acompañaba a la cantante. Luego, una pequeña orquesta animaba la tonada y fluía, con belleza, junto a la angelical voz.
He mirado las estrellas, buscando un milagro
Algo que ilumine mi camino largo.
Sola nunca he estado
Pero ahora que apareciste, la siento a mi lado.
Por fortuna, una manera de combatirla he encontrado.
¡Baila!
Hasta el amanecer,
Pues así, la tensión va a desaparecer.
Baila, comingo
Con los pinos como testigos
De que podemos vencer al destino.
Vivamos, venzamos.
Y que aprendan, que soy tuya por siempre.
Ven cariño, y tómame a tu lado
Pues hoy danzamos.
En estos tiempos de angustia
Alivio mi alma cansada,
Pensando en el mañana
Y en las cosas del pasado.
El otoño está terminando
Y en este invierno mío
¿qué mejor manera de combatir este frío?
¡Baila!
Hasta el amanecer,
Pues así, la tensión va a desaparecer.
Baila, comingo
Con los pinos como testigos
De que podemos vencer al destino.
Vivamos, venzamos.
Y que aprendan, que soy tuya por siempre.
Ven cariño, y tómame a tu lado
Pues hoy danzamos.
Pienso en los días de mi juventud,
Y en aquella tonta ímpetu.
Ahora he de recomenzar,
Alegrar a todo este lugar.
Pues no todo perdido está.
¡Baila!
Hasta el amanecer,
Pues así, la tensión va a desaparecer.
Baila, comingo
Con los pinos como testigos
De que podemos vencer al destino.
Vivamos, venzamos.
Y que aprendan, que soy tuya por siempre.
Ven cariño, y tómame a tu lado
Pues hoy danzamos.
Ya tranquilo, Pirro pudo encender su cigarro y disfrutarlo
«o»
El viento frío movía los hilos escarlatas y frondosos de su peluca, junto al manto escarlata que bajaba sobre sus hombros y lo cubría del frío. Tenía la vista alzada, viendo como los Colibríes empezaban a despegarse del suelo. Tanto él, como sus hermanos de armas, estaban abrigados para el clima y protegidos para el combate. Y, una vez que los autogiros desaparecieron entre la bruma, fijaron su atención en la silueta del fuerte que aparecía entre la niebla.
Veinte escarlatas, veintiuno con él; dejando de ser enosianos para convertirse ursas hambrientos y sedientos de sangre, cubriendo su latente y fría furia detrás de máscaras de acero. Pero, obligados por la disciplina, a seguir sus órdenes. El simio se agachó, y sus compañeros estuvieron atentos de su puño. Luego, vino su orden: extendió los dedos, bajó la muñeca y movió su mano hacia adelante. Los siete perros diamanteros que estaban bajo su mando, empezaron a cavar un solo hoyo. Mientras ellos trabajaban, Demetrios, con una frialdad que rivalizaba con el ambiente, sacó su revólver y dijo:
— Prepárense.
Mientras entraban por el túnel, los ursas revisaban sus armas. Sus pistolas o rifles de cerrojo estuvieran listos, y que sus sables alayí estuvieran afilados. Prendían sus lámparas de mano mientras entraban por el túnel. Y caminaron, confiando en las habilidades de sus caninos compañeros.
La espera los molestaba. Durante la guerra, las partidas de guerra de ursas, agregadas a los ejércitos, solo necesitaban que el oficial al mando les señalase un lugar. Ellos lo limpiarán de enemigos, o morirían en el intento. Pirro le indicó a Demetrios un objetivo a eliminar, un lugar donde lucharán. Pero, como en cualquier operación que involucrarse el "tuneleo", los impacientaba. Ni se dignaron en hablar, considerándolo una trivialidad que los desconcentraba.
Eran perros de presa. Solo necesitaban que alguien les apuntarse algo, solo para arrancarles la garganta.
Los cinco perros diamanteros se detuvieron, parando el resto de la formación. Uno de ellos rascaba la superficie, miraba el material en la palma de su garra. Demetrios se acercó y, sin preguntar, el gran canino le dio la respuesta.
— Concreto.
— ¿Estamos cerca del fuerte? — Tras la pregunta, el diamantero golpeó con su puño la pared. En un instante, le negó con la cabeza al simio.
— No, es un túnel. Hará el camino más corto. — Dijo el perro diamantero. Tras un gruñido, él y sus otro cuatro compañeros empezaron a perforar el muro. Demetrios se volteo hacia el resto de sus compañeros.
— Armas listas.
Tanto él como sus colegas ursas empezaron a revisar sus armas. Los tambores de sus revólveres, ajustaban las cámaras de sus rifles, sus lámparas de carga universal, y los mecanismos de expansión de sus allayís. Cuando los diamanteros abrieron un boquete en la pared, empezaron a entrar en parejas y con pasos cuidadosos. Demetrios, una vez adentro, dio unos pasos hasta tener su espalda contra una pared y, una vez agachado, apuntaba con su pistola. Cubría la entrada del resto del grupo. En silencio, pudo observar.
Había dos "aceras" con barandillas de protección, donde los ursas empezaban a ocupar una. No era más que un conjunto de láminas de acero con soportes, en un nivel superior comparado con los canales del centro. La vía central, era dos vías férreas que recorrían a lo largo el túnel. Todo cabía en una bóveda semicircular de concreto, iluminada por lámparas que acompañaban, desde arriba, las aceras. Cuando todos los ursas entraron, la mitad cruzó el canal ferroviario y ocuparon extremo. Esperaron por Demetrios y la siguiente instrucción.
Tras dos chasquidos de dedos, llamó la atención del perro diamantero. Su compañero canino apuntó a una dirección.
Siguieron avanzando, sus pasos hacían resonar las láminas de acero en un paso lento y unísono. Teniendo tanto cuidado que respiraban tratando de no hacer ruido. Habían perdido la noción del tiempo, en aquel túnel, hasta que encontraron una rampa iluminada.
Demetrio alzó su puño, y con la misma mano indicó al grupo que se agachaba. Agudizó el oído y espero, solo recibiendo silencio del otro lado de la rampa. Señaló a dos ursas, un equipo y un minotauro, y les indicó que avanzan. Con el mismo cuidado, ellos subieron al otro lado.
Otra espera impaciente, por suerte, no duró mucho. El minotauro se asomó por la rampa y les indicó que avanzan. El grupo se encontró con una estación de tren subterránea. Donde en las estaciones superficiales había un techo de vidrio, recordándoles a un invernadero; había una superficie de concreto, con rejillas de ventilación y grúas. Una solitaria locomotora yacía colgada de tres grúas, a un nivel que permitía el mantenimiento por debajo.
Fuertes como el Megas, a lo largo y ancho de la República y los territorios que ocupaba, se acordó Demetrios, conectaba a las bases de suministro con las tropas en el frente. El Megas, era el encargado de suministrar a las tropas que luchaban en Equestria.
Incluso en esta lucha contra bandidos, Pirro usaba todo para sus planes. "Bastardo", pensó Demetrios.
Un chasquido de dedos llamó su atención. Un simio estaba al lado de una puerta y escuchaba con atención. Volvió a llamar la atención de sus compañeros y pasó, con rapidez y violencia, la mano por encima de su cabeza. Demetrios y el resto de los ursas se pusieron a cubierto.
Lentamente, aquel simio desenfundó su sable. Espero al lado de la gran puerta corrediza y empezó a abrirlas. Las ruedas de la entrada empezaron a chillar. El simio de los ursas se asomó. Metió la mitad de su cuerpo y se trajo a un equino. Con una mano le cubrió la boca y lo arrastró, y con la otra manejó su sable; clavándole en la nuca al bandido. El ursa dejó el cuerpo inerte y cruzó la puerta.
Demetrios indicó al grupo que avanzaran, entrando a lo que era un almacén. Cajas de madera, de diversos tamaños, ocupaban estanterías de metal hasta donde alcanza la vista. Su compañero les indicó que se detuvieran, y señaló hacia adelante.
Dos bandidos, un minotauro y un simio, con los ropajes azul grisáceo del antiguo ejército, estaban al lado de un carrito lleno de cajas. Tranquilos, bebiendo de una lata.
— Lucas, el té se está enfriando. — Dijo aquel minotauro, antes de darle otro sorbo a la lata. Demetrios indicó al techo, y sintió como dos simios subían por los estantes. Tanto el minotauro como el simio miraron a donde estaban ellos, sosteniendo sus armas con nerviosismo — ¿Lucas? E-espero que no sea otra de tus bromas.
Los simios se colgaron, usando sus colas, y cortan los cuellos del par de bandidos. Los ursas pasaron a su lado y aún seguían ahogándose en sangre. No tenían que caminar mucho, ya que se encontraron con otra rampa. La luz del tenue sol era visible, y el frío entraba por ahí.
La plaza de armas del fuerte. Ocultos entre cajas de suministros, los ursas observaban. Bandidos enosianos, con los mismos uniformes azul grisáceo, arrastraban trineos llenos de cajas, heridos o cadáveres. Llevaban a los capturados al extremo derecho, o formaban antes de irse del fuerte. Por lo menos, para los ojos de Demetrios, habían tres decenas en la plaza, y varios en los muros y torres del fuerte.
Demetrios no perdió el tiempo. Separó a su grupo en cuatro les indicó con señas lo que deberían hacer. Resopló.
— Soy un ursa, — empezaba a recitar en murmullos —, honro a este gran país cazando. Donde antaño buscábamos a osas astrales, — Demetrios, moviéndose agachado hacia un diamantero, colocaba su sable a la altura del hombro, — ahora la honro cazando a sus enemigos.
El perro, que solo se tomó un rato para atarse los zapatos, sintió como una mano arrastraba su cabeza hacia atrás. Intento gritar, pero luego sintió algo perfora te por detrás de su cabeza. En sus últimos momentos de consciencia, vio como un sable salía de su boca.
Oler sangre lo volvió más violento. Con rapidez y cautela, se acercó a un par de equinos que arrastraba un trineo vacío. Corrió cuando tuvo a uno a unos pasos, y cuando el corcel se volteó, se encontró a Demetrios atravesándolo con su sable. Lo sacó con rapidez y esquivó el casco del otro. Con un tajo, le cortó el cuello. Cuando él se volteó, se encontró con un minotauro sacando su rifle, pero un colega diamantero surgió de la tierra y lo tomó de las piernas, lo tumbó y empezó a clavarle sus garras.
Tras un chillido, los ursas entraron en acción. Uno de los grupos, de solo simios, escalaron los muros. Subían por los andamios de las torres y lanzaban a sus ocupantes. Luego disparaban desde lo alto. O el de la izquierda, que disparaban contra las ventanas del edificio administrativo. Los rifles, con munición anticuada, soltaban grandes humaredas que, por culpa del viento, iba a la plaza de armas. Habían siluetas delgadas huyendo hacia el edificio de la comandancia, con otras figuras de cabezas más gruesas persiguiendolos.
Cuando el humo se disipó, Demetrios observó la comandancia. Un destello vino de una de las ventanas en el primer piso. La bala le dió en el pómulo derecho de su máscara, cayendo de espalda. La máscara lo protegió, pero sentía un dolor endemoniado en aquel lugar. Escuchó un segundo disparo, provenía de uno de los suyos, y vió como un minotauro se agachaba junto a él. El simio gruñó y apartó, con violencia, la mano de su compañero.
— ¡Malnacido suertudo! — Demetrios se quitó la máscara abollada, tirándola al suelo. Su cara y su mirada sólo expresaba una cosa: ira. — ¡Tomen la planta baja! ¡Los veo arriba!
Tras un chillido violento, el simio se arrojó contra el edificio. Dio un salto, apoyándose de un alféizar para subir. Usó una mano para impulsarse a la base de la otra ventana, y con la otra, una vez impulsado, tomó a equino por el abrigo. Lo arrojó y, con gracia, entró a una pequeña oficina. Otro simio fue quien recibió a Demetrios, quedando paralizado de miedo. Intentó defenderse, tratando de golpear con la culata al ursa.
Demetrios esquivó el golpe, derribando a su adversario al golpearlo con su puño. Tomó al bandido por una pierna, usando su cola, y se agachó para tenerlo más cerca. Lo golpeó, una y otra vez. Luego, puso una mano en la sien y otra en la mandíbula de su enemigo, empezando a empujarlas en direcciones contrarias. Él le mostraba los colmillos, y no dejó de respirar con violencia hasta que escuchó el tronido. Apenas sintió los golpes de resistencia que él provocó.
Tomó el rifle que él había tomado cuando escuchó movimiento en la puerta. Demetrios apuntó y disparó. Un perro diamantero, que traía una caja de municiones, llevó sus garras a su cuello y empezó a caer. El simio escuchó más pasos por el pasillo.
— ¡Hay un ursa en este piso! ¡Mataron a Decius! — Dijo alguien desde el pasillo, empezando a disparar a través de las paredes. Demetrios se agachó, levantándose con rapidez. Un minotauro entró a la oficina. — ¡Tu!
El minotauro cargó de cabeza contra Demetrios, quien dio un paso hacia la izquierda. Esquivó el cuerno, intentó golpearlo con la culata pero el simio recibió la cornada. Sintió como lo llevaban hacia arriba, mientras que él empezaba a correr mientras bramaba con furia. Luego, un dolor intenso por la espalda, mientras veía como quebraban una pared con él. Luego otra. El minotauro lo arrojó al suelo. El simio tuvo que girar a la derecha, esquivando por poco la gran pezuña del cornudo. Cuando intentó aplastarlo de nuevo, Demetrios no solo volvió a esquivar, sino que se deslizó, dio un salto que lo puso de pie, y giró para luego saltar a la espalda del minotauro.
Aferrándose en su pecho con sus patas, Demetrios sacó un cuchillo de su cinto y, mientras chillaba, empezó a clavarlo en el minotauro. En su hombro derecho, en la parte baja del cuello, una y otra vez; mientras que él, con un paso que se volvía más torpe y errático, se dirigía al pasillo. No había notado la balacera que se producía afuera, en el vestíbulo de la comandancia. Los bandidos habían sacado los muebles que les quedaban y disparaban a la sala. No sospechaban de él
El simio a quien le habían roto la mandíbula salió de la oficina. Respiraba con pesadez, daba pasos torpes, miraba a todos lados con terror e intentaba mantener la lengua dentro. Cuando vio a Demetrios, avanzando hacia él, intentó correr en dirección contraria. Cayéndose con el cuerpo del perro diamantero, se puso en posición fetal, cubriendo su cabeza y empezaba a balbucear una súplica. El ursa lo ignoró, concentrándose en el equino más cercano. Recargaba su mosquete, y mordía el cartucho de papel. Saboreó la grasa que recubre el proyectil por última vez, cuando sintió que lo agarraban de la melena y lo tiraban al vestíbulo.
En el caos que había, cuatro ursas empezaron a subir por las escaleras. Aprovecharon que Demetrios ocupaba a sus enemigos en combate cuerpo a cuerpo, donde algunos terminaban siendo lanzados o asesinados por Demetrios. Al ver que los cinco los rodeaban, los bandidos bajaron sus armas y se pusieron a merced de ellos. Temblaban.
— ¡Nada arriba! — Gritó un equino, después de revisar el resto del piso.
— ¡Nada abajo! — Una voz le respondió desde el vestíbulo. Un perro diamantero apareció en el mismo y, con un pulgar arriba, se dirigió a ellos
— ¡Hey, Demetrios! Ven a ver esto. — Un equino apareció junto al diamantero, haciéndole señas al simio para que bajara. Cuando Demetrios estuvo a su lado, lo guió a través de la plaza de armas hasta el calabozo del fuerte. — Estos negligentes dejaron morir a sus prisioneros.
Un pequeño vistazo fue suficiente para que él arrugó la cara, cosa que no había pasado ni con la pólvora quemada, ni con el humo o la sangre. Pero, del calabozo le llegaba un olor que no recordaba desde hacía años. Como un hospital de campaña en mal estado.
— Pobres bandidos, no saben lo que les espera.
«o»
Las luchas se empezaron a menguar, una vez que los bandidos perdieron el fuerte. Sin él, y los suministros que poseía, empezaron a quedarse sin pertrechos. Lentamente, empezaban a salir de las ruinas de la ciudad a rendirse. La pequeña milicia que Pirro empezaba a formar, los trataba mejor que los ursas que, sin la supervisión adecuada, empezaban a matarlos sin contemplación.
A mediados de la tercera semana de lucha, los altavoces, manejados por el regimiento, empezaron a declarar la ciudad como suya. Y animaba a cualquier superviviente a acercarse a la megafábrica Megas.
La plaza principal del complejo, solo vacía cuando no era día de manejo de suministros, rebosaba de espectadores. Un cadalso hecho de piezas de metal prefabricadas estaba en el centro, donde un micrófono, apoyado en su base metálica, compartía el elevado con diez de aquellos que había atormentado la ciudad, amarrados, golpeados y llenos de cortes, con un letrero de madera con letras blancas que decía "bandidos" sobre sus andrajosos abrigos, temblando de frío. La multitud, cuando no eran la combinación de milicianos y ursas que protegía el cadalso, estaba a la expectativa. Algunas contemplaban en silencio, pero la gran mayoría agitaba sus cascos o puños con furia, gritando una y otra vez "¡muerte!".
— Mírenlos. — Pirro miraba a través de una de las ventanas, con una sonrisa leve. — Cualquiera diría que la venganza les da calor. No les importa la intemperie, con tal de ver a esos malnacidos muertos. Les apuesto mis raciones de una semana a que llega la noche y siguen ahí.
Pirro se dirigió a los mellizos, quienes se acercaron a la ventana a observar la multitud. Seguía enardecida.
— Ojalá yo hubiera estado ahí. — Nikátor habló con amargura, pero provocó una risa de parte del coronel.
— ¡No lo hubieran permitido, muchacho impaciente! Son ursas de primera clase, pelucas escarlatas. Tratan a cualquiera como basura. — Pirro se calló por un momento, y volvió a ver a la multitud —. Miren esto, decenas de desolados, esperando por mi. He dado el primer paso para la reconstrucción de esta gran nación. Pero debo hacerles saber eso.
Pirro empezó a silbar, caminando para alejarse de la ventana. Luego se volvió hacia los mellizos, y con una sonrisa amable les habló.
—Hace unos meses, Hipperlicarnassos era una ciudad llena de grupos separados, tratando de sobrevivir otro día más de su mísera existencia, ¿quién diría que en ese pequeño intervalo restauraría la unión? ¿O volviera la producción de acero de la Megas? ¿O volvería a unir a los ursas con la sociedad civil? Pero, todo tiene un precio. Y tuve que pagarlo. — Pirro respiró y suspiró aliviado — ¿Recuerdan lo de "no van a estar más de dos metros y medio de mi"? Fue una pequeña exageración, pero considero que están listos.
— ¿Lo estamos? — Preguntó Nikátor.
— ¿Para qué? — Nika siguió la pregunta.
— Tuve que hacer un trato con una organización sombría, "los ingenieros". No se preocupen, creo que podemos llegar a un consenso. El asunto es, quieren que luchemos contra Equestria. Contra su posible resurgimiento. No se asusten, — Pirro notó que los mellizos se ponían pálidos —, estarán bajo el mando de su tío. Con Demetrios descansando, tengo que mantener a los ursas leales.
— ¿Cómo está él? — Se apresuró a preguntar Nika.
— Tan apurada como siempre, ¿eh? — Pirro rió levemente —. Mi querido colega está en la enfermería, recuperándose de lesiones en la espalda. Sanará, no es la primera vez que le pasa. En cuanto ustedes, bueno, Nikátor será ascendido a sargento y te daré el mando de un pelotón de milicianos. En cuanto a ti, Nika, crearé una unidad experimental de contacto y diplomacia. Tan pronto como mis socias reparen el tren que está en el fuerte, partirán a donde ellas digan. Cuando estabilice esta incipiente sociedad, iré con ustedes con el resto del regimiento. Ahora, si me disculpan, tengo un pequeño discurso que dar.
— ¿Y estas ingenierias? ¿Por qué muestran interés en nosotros? — La pregunta de Nika detuvo al coronel. Lentamente, Pirro se dirigió a ella con la mirada. Suspiró antes de contestarle.
— No lo sé. Traten de averiguar sus intenciones. Aunque, lo más probable es que las retenga aquí. Necesito su experiencia para reconstruir. Hay un largo camino por delante.
Pirro salió de la oficina, bajó las escaleras y se dirigió hacia la salida. En ese patio, cuando apareció, la multitud lo recibió con aplausos y le abrían camino. Con un paso recto, llegó al perímetro de milicianos, que lo dejaron pasar, y luego subió al cadalso. Miraba a los ojos a los bandidos, quienes apartaba la vista. Eso le sacó una sonrisa al tuerto. Caminó hacia el micrófono y con dos golpecitos hizo un sonido que empezó a calmar a la multitud.
Esperó. No solo la plaza lo escuchaban, las ingenieras habían conectado el micrófono con el sistema de parlantes de la ciudad. Cualquier cosa que diría, se escucharía a lo largo de la metrópolis. Luego, las vió a ellas. De frente, desde una ventana, atentas como el resto. Le habían restaurado el sistema de calderas, habían puesto en marcha el generador eléctrico que funcionaba a base de carbón, y, muy pronto, repararon el tren para que ambas partes cumplieran con su trato.
— Mis hermanos. — Hasta él tuvo que callarse, porque el volumen de los altavoces era muy alto. Se lamió los labios, y miró a su derecha. Desde una ventana, un perro delantero le alzó su pulgar. Pirro continuó —. Queridos enosianos, hace más de mil años, en la mágica tierra de Equestria, hubo un pequeño condado pobre y abandonado. Su dirigente, quien no podía pagarle a un orfebre, encargó un símbolo que todos conocemos bien: una corona de olivos hecha de latón. Díganme, ¿cómo pudo haber sabido, después de la "Noche Larga", que después de su independencia llegaría a crear una sociedad fuerte, innovadora y unida? Una nación que tuvo el valor de enfrentar a unas tiranas inmortales por el bien de la libertad. Su nieto tuvo que abdicar, lamentablemente, cuando no tuvo un heredero aparente; pero sus ideales de unión llegaron a perdurar por cerca de un milenio. Maldición, ¡se necesitó un apocalipsis congelado y magia macabra para destruir esa unidad!
» Hicimos lo que tuvimos que hacer para mantenernos juntos. Incluso los desgraciados que están detrás de mí. Pero, díganme, ¡¿Nuestra unión necesita a aquellos egoístas que promulgaron "lo que es tuyo, ahora es mío?!
— ¡NO! — Gritó la multitud. Pirro sacó un revólver de su abrigo, colocó un mango adaptado en su boca y lo manejó con los dientes. Disparó contra dos simios que había. Volvió a enfundar su arma.
— En nuestra época de gran gloria, nuestra flota mercante llegó a surcar todos los mares. No había esquina en este mundo que no hubiéramos alcanzado. Ni pueblo en cualquier continente que no supera de nosotros. Cualquier profundidad, era un nuevo reto. Cualquier contacto, una nueva oportunidad. Solo había que hablar y tratar con ellos. Díganme, ¡¿nuestra unión necesita a aquellos que matan, cuando podemos resolver nuestras necesidades hablando?!
— ¡NO! — Volvió a gritar la multitud. Pirro volvió a sacar su pistola. Mató a tres diamanteros.
— Demostramos a un mundo mágico, que altera al mismo mundo para su capricho y comodidad, que a través de la fuerza, el ingenio, y el respeto al orden natural podías surgir como un actor mundial. Solo se necesitaba el sudor de nuestra frente, el esfuerzo colectivo y el buen liderazgo para formar un imperio. Un imperio republicano. Díganme, ¡¿Acaso necesitamos a aquellos que prefieren robar, amenazar y matar que producir el bien común?!
— ¡NO! — Volvió a rugir la multitud. Y como en las otras veces, Pirro mató los cuatro minotauros que lo acompañaban.
— Desde los ardientes desiertos de Camelú, a las extrañas tierras de Manechuria. Desde las sabanas de Zébrica, hasta las tierras altas de Griffonia. Desde las profundidades de Seaquestria, hasta las tierras alteradas de los ponis, donde se viola el orden natural a excepción de Everfree; hicimos que una nación unida. Demonios, la propia "Énosi" significa "Unión" en lengua antigua. Y estamos aquí, unidos como un solo pueblo. Una sola nación. Una simple idea que retumbó por mil años. Díganme, ¡¿Acaso necesitamos a unos bandidos, que dejaron morir a sus propia gente de enfermedades?!
— ¡No! — La multitud volvió a gritar enardecida. Pirro se acercó al último bandido, un equino que estaba cabeza abajo, llorando. Miró al ojo del tuerto, antes de morir.
— Mis hermanos, este infierno congelado no se deshará de nosotros. Resurgiremos. No sabremos cuánto nos tomará, quizás no veamos nuestra amada nación volver a la vida. Pero, cuando estemos en nuestros años finales, con nuestros nietos volviendo de los liceos y jueguen en paz en los patios de nuestras casas; dirán, con orgullo y lágrimas de alegría, "gracias a mi esfuerzo, ellos viven mejor". — Tras un gesto suyo con un casco, algunas ventanas empezaron a deslizar un trozo de tela de un color azul grisáceo. Frente a ese fondo, había una corona de olivos blanca, atravesado por una espada que apunta hacia arriba. — ¡Por Énosi!
La multitud estaba exaltada, gritando una y otra vez "¡Énosi!".
«o»
Supervivientes de Hipperlicarnassos se ha transformado en Nueva Énosi.
1056 almas.
Diplomacia:
Socio menor de una unión personal con Colectivo Ursa.
Alianza con Los Ingenieros.
Tradiciones enosianas: +5% en disciplina, +5% en velocidad de investigación.
¡Nueva idea nacional desbloqueada!
Legado enosiano: somos enosianos. Incluso en el apocalipsis, debemos mantenernos unidos, para restaurar nuestra nación, debemos ser ingeniosos, valientes y sagaces. Con la guía del pasado, en este terrible presente construiremos un futuro mejor. Efectos: +20% en estabilidad, +10% en producción, +10% de rapidez en generación de justificaciones bélicas, -15 en relaciones con la raza poni.
«Nota de Autor:
Quiero darle las gracias por ser pacientes. No sé si podré continuar con regularidad el fanfic, debido a que estoy en finales. Y, repetidas veces, he tratado de escribir en vacaciones, solo para terminar distraido o bloqueado. Por fin pude saltarme ese bloqueo, solo espero no trancarme pronto.
La canción es una adaptación de "dance your troubles away", del soundtrack de Hearts of Iron 4. Solo la adapté para el fanfic.
La parte final, lo que parece un status, proviene de dos ideas: la base es del juego Europa Universalis 4, mientras que la aplicación es adaptada de Fallout Equestria.
Por favor, dejen sus comentarios y opiniones. Las responderé con gusto, y tal como son merecidas.
Muchas gracias
Lverá»
