Shaman King no me pertenece.
3. Fantasmas.
Nunca me he detenido a pensar qué hay después de la muerte. Si los fantasmas existen o no, poco me importa; solo tengo claro que si alguna vez muero y mi alma tiene que permanecer aún este mundo, no sé cómo, pero buscaría la forma de suicidarme.
Oh, el drama.
Volviendo a mi taxi, son casi las 2 de la mañana. Es hora de ir a esa estúpida discoteca y esperar. Sí, así de aburrida es mi vida. Igual y como ya les dije, prefiero a esto que volver a las corbatas y reuniones. Ustedes no imaginan la libertad que adquirí cuando salí de casa, y esa no la cambio ni por todos los millones que tenía en mi antigua cuenta bancaria.
Aunque, pensándolo mejor, unos cuantos miles no me caerían para nada mal.
Estúpida pobreza.
Estacioné el vehículo en la zona permitida. Prendí la radio y saqué un libro de crucigramas. Era el cuarto del mes; incluso puedo jurar que ya había comprado esta edición, pero da igual, lo que sea para entretenerme.
No pasó mucho tiempo cuando un hombre alto, con gabardina blanca y un sombrero con una flor amarilla de lo más ridícula tocó una de las ventanas de los asientos de atrás. En medio de mi adormecimiento, le quité los seguros y él abrió la puerta. Mala idea, Pésima idea. Mátate, Manta.
Se quitó el sombrero y una horrible bufanda amarilla de la que nunca me percaté. Ese sujeto me daba miedo. Mucho miedo.
—Hola.
Hola tu madre, tipo raro.
—¿A dónde lo llevo?
—A las afueras. Allá está mi casa.
Díganle a mi madre que siempre odié sus pastas; a mi papá que ese bigote se le ve horrible y a mi hermana que deje de operarse las tetas. Ir a las afueras de la ciudad, era en pocas palabras un camino hacia la muerte. Desde la discoteca sería un poco más de una hora para llegar a esos límites imposibles de recorrer por cualquier mortal, pero ya el rubio —Sí, rubio, para completar— estaba sentado y sonriéndome y así, era prácticamente imposible que se bajara y que lo llevara otro taxi.
Hermosa madrugada de viernes.
¿Por qué odias mis trenes, Señor?
Puse música porque ese maldito silencio me estaba desesperando, y por alguna razón, hacía un frío de puta madre. Valga aclarar que mi auto no tiene calefacción ni mucho menos aire acondicionado, por lo que me toca adecuarme a lo que la madre naturaleza me imponga.
Pasamos por el parque principal y sentí un escalofrío en mi espalda.
—En este parque adopté a mi perro —Dijo el tipo que estaba a mis espaldas— un gran amigo.
—¿Qué ocurrió con él? —qué más daba, me aburría y la música de la emisora estaba del asco, además, si me hacía amigo del sujeto raro, tal vez, me asesinaría de una forma menos dolorosa.
—Lo asesinaron. Aún conservo sus huesos y su piel en uno de los cuartos de mi casa.
Historia perfecta para contarle a los niños antes de dormir.
—JAJAJAJAJA —Hijo de puta— es una broma —Suspiré— solo tengo sus huesos.
Que alguien me baje, por favor.
Avanzamos unos cuantos kilómetros más. Solo faltaba cruzar el puente que atravesaba el río, luego otros 15 minutos y llegaríamos al destino.
En la mitad del puente el muy cabrón retomó la palabra.
—Aquí me suicidé hace cinco años.
Respira, Oyamada. ¿Recuerdas cómo se respira, verdad? Anda, di que sí.
Empecé a transpirar por partes de mi cuerpo que no sabía que transpiraban. Me puse pálido y el frío era insoportable.
—Es otra broma, ¿verdad?
Sonrió.
Y yo sentí que en cualquier momento iba a morir.
—Por supuesto. Son bromas inocentes que les hago a mis amigos.
Amigos mis testículos.
Cuando salí del puente, suspiró.
—Fue hace dos años. Aún no encuentran mi cuerpo.
Gracias a dios ya casi se acaba esta pesadilla.
Un par de calles más, unas cuantas curvas por aquí, otras por allá y ya mi destino estaba escrito.
—¿Puede esperarme aquí? Tengo dinero adentro.
Ya qué, al menos no tenía intenciones de matarme. Lo vi entrar a su casa y saqué mi libro de crucigramas mientras esperaba.
Lo malo es que llevaba 10 minutos esperando y… no aparecía.
15 minutos.
Y la paciencia no es mi mejor amiga. Me bajé del taxi y tomé dirección hacia la puerta. Toqué un par de veces hasta que una mujer abrió. Otra rubia; tenía su traje de enfermera y el cabello recogido.
—Buenas noches —me saludó— ¿Necesita algo?
Necesito mi dinero, familia de locos.
—Un señor de blanco entró hace unos quince minutos, me debe una carrera de taxi.
—Yo vivo sola desde hace muchos meses.
Palidecí. ¿Hablaba en serio esa mujer?
—Mire, usted no entiende. Recogí a un sujeto y lo traje hasta acá; manejé por más de una hora.
La muy maldita ni se inmutaba.
—Le repito, vivo sola. Mi esposo murió hace años.
La p…
—¿¡Está jugando conmigo, verdad?! ¿¡Verdad?!
La rubia comenzó a llorar.
—Siga, le comprobaré que no miento.
Creo que a estas alturas ya todos saben que mi vida no la valoro mucho. Entré a esa casa desconocida. No era para nada moderna. Aún conservaba cosas muy del siglo pasado y de paso, la decoración era muy… rara.
—Fausto. Ese era el nombre de mi esposo —me señaló una foto en la pared, que, por mi baja estatura no alcanzaba a apreciar— se tiró del puente hace dos años. Aún su cuerpo está vagando por el río.
Empecé a sudar frío. Esto tenía que ser una broma.
El sujeto de la foto coincidía con el hombre del taxi. Tenía que huir. Ahora.
—¿Se le ofrece un té?
—No —Corrí hacia la puerta y juré nunca volver a este lugar.
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Al otro día en la cafetería con mi mejor cara de sueño llevaba dos cafés a la mesa 8. Yo nunca tomaba los pedidos, solo me encargaba de llevarlos al lugar correspondiente. Y cuando a la dichosa mesa… ¡oh sorpresa! El sujeto y la mujer hablaban animosamente mientras comían las galletas de cortesía. Apenas me vieron quedaron sin habla, recogieron sus chaquetas y salieron de allí.
En la noche fui a esa maldita casa y como lo suponía, estaba en venta.
Malditos timadores.
¿Continuará?
N/A: ¿hola? :D
Sí, vivo, ¡aunque usted no lo crea! No sé si volveré, pero este es un regalillo y espero les guste. Cualquier insulto y/u ofensa es cariño.
QUE LOS ILUMINE LA ETERNA LUZ.
