Disclaimer: La historia original de Ranma ½, sus personajes y sus derechos pertenecen a la grandiosa Rumiko Takahashi, quien nunca nos complació con un beso real entre nuestros protagonistas, por lo que todos nos hemos visto obligados a hacer catarsis y canalizar nuestros deseos frustrados a través de estas historias. No pretendo lucrar de esto, simplemente entretener a los lectores y homenajear a la gran —aunque cruel— Rumiko.

Shogatsu
Una continuación de Secret Santa


El shogatsu es la celebración del año nuevo, la más importante de las fiestas en el calendario japonés.

(Ranma)

Me remuevo intentando encontrar una posición más cómoda, hasta que me doy cuenta de que no va a pasar. Mi incapacidad para volver a conciliar el sueño nada tiene que ver con la falta de un colchón mullido y una almohada de plumas, sino con la ansiedad que siento.

Abro los ojos y me fijo en que ya se ha hecho de día. Busco mi móvil y miro la pantalla. Apenas he dormido tres horas, aunque pensándolo bien, son una eternidad para el estado en el que me encuentro. A mi lado, Ukyo continúa leyendo. Si no fuera porque ya ha pasado la mitad del libro, pensaría que se ha quedado suspendida en el tiempo desde el momento en el que cerré los ojos tres horas atrás. Está sentada en la misma posición, cogiendo el libro con las dos manos, como si no fueran las ocho de la mañana y nos hubiéramos pasado prácticamente toda la noche sin dormir. Su expresión es serena, su rostro se ve tranquilo, su pelo está impecable. Guapa, como siempre.

—¿Podrías por favor dejar de moverte? —Me dice sin mirarme—. Me estás empezando a incomodar.

Yo ruedo los ojos y me acomodo en mi asiento, deseando que las pocas horas que nos quedan para llegar a Yoshino, en la prefectura de Nara, pasen rápido. Me quito el abrigo y lo dejo sobre la mesa, agradeciendo que nadie más se haya sentado en los asientos de enfrente.

—Va a nevar —comenta Ukyo sin apartar los ojos de su libro—, de hecho, ya ha nevado. Pero hace unos días paró y la nieve se ha derretido en su mayoría. Pero va a volver a nevar mientras estemos allí.

Como estoy ansioso, decido hacer un chiste para aligerar tensiones.

—Vaya, entonces la nieve hará juego con el frío corazón de Akane.

Solo entonces Ukyo me mira. Primero, alza la mirada del libro y se gira para verme con sorpresa; luego, mira al frente durante algunos segundos, para luego volver sus ojos a mí.

—Guao. —Dice ella y se cruza de brazos—. No me sorprende que Akane te haya dejado. Eres un idiota.

Espero que se ría, o al menos que esboce una sonrisa, pero no lo hace. Permanece seria y mirándome con reprobación. Juzgándome.

—Fue una broma —intento excusarme.

Ella suspira y deja su novela sobre la mesa.

—Ranma, ¿qué estamos haciendo?

—¿A qué te refieres?

Otro suspiro.

—Si piensas que Akane es una mujer fría, ¿por qué estamos yendo a Yoshino un día antes de año nuevo para que hables con ella? —Frunce el ceño—. ¿Qué caso tiene?

—Fue un mal chiste, ¿vale? No pienso eso de verdad, pero… estoy nervioso y la forma más fácil que tengo para lidiar con los nervios es a través del humor.

Ukyo vuelve a suspirar, pero esta vez de forma diferente. Asiente con la cabeza.

—Está bien, lo entiendo. Pero como tu amiga, debo decirte que esas bromas no dan risa y que si Akane te oyera, te aseguro que te cerraría la puerta en las narices. Ahora, ve a comprarme algo de comer. Tengo hambre.

Yo levanto una ceja y la miro.

—¿Disculpa?

—Es lo menos que puedes hacer por mí después de que decidí acompañarte en un viaje en tren de varias horas, so riesgo de no llegar a casa a tiempo para celebrar el nuevo año.

Ahora soy yo quien suspira. Niego con la cabeza y me levanto, tanteando mi bolsillo para asegurarme de llevar mi billetera conmigo.

—¿Qué vas a querer?

Ukyo, que ha vuelto a coger su libro y lo ha abierto en la página en la que está el marcador, no me mira.

—Lo más caro que haya.

Esbozo una sonrisa que ella no puede ver.

—Recuérdame por qué decidiste acompañarme.

Ella me mira de reojo muy rápidamente, para luego volver sus ojos al libro. Puedo notar que está intentando reprimir una sonrisa.

—Porque soy muy buena persona. Vete ya.

Me río y le doy la espalda para emprender la marcha por el pasillo.

Mientras camino, reflexiono acerca de mi relación con Akane y sobre el motivo del viaje a Yoshino.

Akane y yo estuvimos juntos un año y dos meses, hasta que ella decidió dejarlo en febrero, hace ya diez meses. Si bien en los últimos meses de nuestra relación nuestros problemas se intensificaron, debo decir que su decisión me tomó por sorpresa. Pensé que nuestras peleas eran algo habitual y parte de nuestra relación, de quiénes éramos, pero Akane me dejó muy claro que no era lo que ella quería en su vida, y que no estaba dispuesta a tolerarlo más.

Mentiría si dijera que nuestras peleas eran iguales que en la adolescencia, cuando vivíamos con nuestras familias en el dojo. Nuestros conflictos nada tenían que ver con eso, pues yo no me burlaba de ella, ni nos hacíamos bromas ni comentarios pesados. En realidad, nuestra convivencia era bastante sana y agradable… los problemas eran otros.

La ruptura me dejó devastado, por lo que busqué consuelo en los brazos de mi amiga más cercana. Sorprendentemente, Ukyo se mostró a favor de Akane y le dio la razón. No es que Ukyo haya ido directamente a decirle a Akane que la apoyaba, pues ellas no eran especialmente cercanas, pero mi amiga me dejó muy claro que consideraba que mi novia (ahora ex) había hecho bien en dejarme, porque yo la había cagado.

Contrario de lo que muchos puedan pensar, Ukyo se había portado muy civilizada con todo el tema de mi relación con Akane, desde el momento en el que se lo dije. En principio, me pareció un poco raro, pero como no hubo problemas y ella no pareció querer separarme de Akane, no le di mayor importancia ni hice preguntas. Pero tras la ruptura, me surgió la curiosidad. ¿Cómo había hecho para superar todo el tema del compromiso, para estar bien con mi relación con Akane? Su respuesta me dejó atónito.

—Yendo a terapia, Ranma.

Yo, que solía pensar que las únicas personas que iban a terapia eran las que estaban mental o emocionalmente deprimidas, o las que tenían algún trastorno severo, me quedé atónito.

—Allí me di cuenta de que en realidad no estaba enamorada de ti, sino de la idea de tenerte como esposo por culpa de mi padre, pero sobre todo, estaba enamorada de la idea de ganar. —Explicó con tranquilidad—. De ganarle a las demás. De quedarme con el premio, que eras tú.

Procedió a explicarme cuáles eran los orígenes de esos impulsos e instintos, para luego concluir que haber ido al psicólogo era lo mejor que le había pasado en la vida.

—Esa realización lo cambió todo. De pronto, fue como si el compromiso nunca hubiera tenido verdadera importancia, así que no fue difícil dejarlo ir. Dejarte ir a ti, como persona, era otra cosa, porque sí te quería. Te quiero, pero de una forma diferente.

Reflexioné mucho acerca de sus palabras. No, no acerca de que Ukyo me quería de forma distinta, sino de cómo mi amiga había superado algo que tantas veces le pedí dejar atrás. Y llegué a la conclusión de que una persona solo puede cambiar algo de forma verdadera si así lo quiere.

—Deberías intentarlo —me propuso.

—¿El qué?

—La terapia —dijo ella—, es realmente liberadora.

Ukyo me explicó que hay muchos motivos por los que una persona va (y debería ir a terapia), y que, de hecho, el mundo se beneficiaría si todos fuéramos. Descarté la idea de inmediato. No tenía ningunas ganas de sentarme a contarle mi vida a un desconocido, ¡mucho menos aquellas cosas que me hacían sentir vulnerable! No quería que nadie me juzgara, ni me dijera lo que tenía que hacer con mi vida.

Con el pasar del tiempo, al ver que no lograba levantar cabeza tras la ruptura, decidí darle una oportunidad. Al principio, pensé que la terapia era una patraña, pues no me sentía diferente. En realidad, me sentía igual e incluso peor, ya que debía revivir ciertos momentos que no me agradaban. Poco a poco las cosas fueron cambiando, y aunque en principio acudí para intentar sentirme mejor acerca de mi ruptura con Akane, las conversaciones fueron yendo cada vez más a los motivos de mis conflictos con ella, y luego a identificar patrones de pensamiento y conducta, y eventualmente sus orígenes.

No sé si tuve un momento eureka, o una sola realización que me cambió la vida. No me ocurrió como a Ukyo, no sentí el cambio de forma inmediata, ni fue un despertar automático. Pero un día, mientras lavaba los platos en casa, miraba por la ventana de mi apartamento. Presencié un hecho cotidiano en la acera de enfrente, que en otras circunstancias no me hubiera hecho reaccionar de ninguna forma, y me di cuenta de que Akane siempre tuvo razón. Fue ese instante ajeno a mí el que me hizo mirar atrás y darme cuenta del camino que había recorrido, del trabajo que había hecho. Y ese trabajo me hizo aceptar que Akane había tomado la decisión correcta.

Dejarme.

Como el año está a punto de terminar, no quiero dejar pasar la oportunidad de hablar con ella una última vez. Soy consciente, y sé que Akane también lo es, de que ambos soñamos con estar juntos, de que siempre pensamos que nuestro lugar era junto al otro. Pero luego de haber sido pareja, la vida nos demostró que ese no es nuestro destino. Y sé que Akane lo intentó, verdaderamente intentó que las cosas funcionaran. Pero las cosas son como son. La vida es como es.

Y ahora que lo veo con claridad, quiero que los dos podamos cerrar este ciclo y mirar hacia adelante, porque ambos merecemos ser felices. Quizás, si yo hubiera sabido lo que sé hoy, si hubiera entendido las cosas que entiendo hoy, las cosas habrían sido distintas. Pero en esta vida no nos pertenecemos.

Y quiero que ella sepa que ya lo entiendo.

(Akane)

—¡Eh, Akane, aquí!

Johnny estira el brazo y lo mueve a modo de saludo para que lo vea, como si no fuera fácil ubicar a un pelirrojo de un metro ochenta en un mar de japoneses muchos centímetros más bajos que él. Le hago una señal con la mano, para que sepa que le he visto, y camino hacia él con el móvil en la otra mano, pegado a la oreja, mientras me despido de Kasumi y le digo que estaré aquí hasta mañana en la tarde. Cuando llego a la mesa en la que mi compañero está sentado, al fondo del restaurante, noto que ya han traído las bebidas. Incluso la mía, sin haberla pedido. Me conoce bien.

—Aika y Shizuka están en el baño, enseguida vuelven.

Me sonríe y yo le correspondo mientras me siento en la silla vacía frente a él, deseando que nuestras colegas no tarden demasiado. Muero de hambre.

Nos encontramos en Yoshino para la celebración del shogatsu en Kinpusen-ji, el templo principal de una religión llamada shugendō. El shugendō es una filosofía que combina el sintoísmo antiguo, budismo y creencias animistas. Sus creyentes deben vivir en regiones montañosas, por lo que no es extraño que el templo Kinpusen-ji esté ubicado en el Monte Yoshino. Hemos venido para crear algunos contenidos para nuestro programa de turismo nipón en el que trabajamos. No se trata de una edición especial ni de un episodio entero, sino más bien de unas cápsulas para redes sociales que invitan a los jóvenes a conocer la cultura y rincones de su país.

Hemos venido solo nosotros cuatro, ya que somos los únicos que no tenían problema en pasar la fiesta más importante del año lejos de casa. Johnny, porque es extranjero y su familia está en Nueva York; Shizuka, porque siempre le ha gustado viajar para esta fecha; Aika, porque acaba de divorciarse y su exmarido se ha quedado con los niños —a ella le ha tocado Nochebuena y Navidad—; y yo, porque no quiero volver al lugar donde todo empezó. Especialmente no en el aniversario en el que empezó.

Shizuka y Aika vuelven pronto a la mesa y no tardamos en ordenar y en recibir la comida, la cual engullimos con entusiasmo en medio de una cháchara constante.

—Recuérdame otra vez por qué es que no te quedaste en Tokio —inquiere Shizuka, mientras con un palillo coge un trozo de cerdo teriyaki.

Tengo una relación cercana con mis tres compañeros, a quienes ya considero mis amigos, por lo que no busco excusas. Shizuka es la más nueva del equipo, así que es natural que no recuerde todos los detalles de nuestra vida.

—No quería ver a Ranma.

—Su novio el buenorro —Comenta Aika, haciendo que Shizuka asienta con la cabeza.

Sí, los cuatro conocen a Ranma y le llaman el «novio buenorro». También conocen a la novia de Johnny, una rubia despampanante de un metro setenta, a quien se refieren como la «novia buenorra».

—Ex —aclaro.

—Cierto, cierto.

—Ahora recuérdame por qué terminaron —esta vez, es Aika quien tiene problemas de memoria—, con lo bueno que está, no lo dejaría ir ni por todo el oro del mundo.

Porque sus celos absurdos e irracionales me impedían respirar y hacer mi vida con normalidad, y porque su visión limitada de las relaciones a largo plazo me decepcionó profundamente. Por supuesto, aunque es la verdad, no es eso lo que respondo.

—Estábamos en distintos momentos de nuestras vidas —respondo de forma escueta y sin demasiada claridad—, ¿me pasas la salsa, porfa?

Si bien los cuatro están informados acerca de mi relación y posterior ruptura con Ranma, no les he dado demasiados detalles. Como no profundizo, Aika pronto aprovecha para decir que algo así ocurrió con ella y su exmarido, y que por eso acabaron divorciándose. Luego Shizuka agrega que a veces la vida te lleva por caminos separados. Segundos después, Johnny nos informa que se ha quemado la lengua con el arroz.

La conversación continúa por otro lado, pero yo no puedo evitar volver a mi primera noche con Ranma, en Navidad, luego de que él se me declarara en la cocina del dojo Tendo. Instintivamente, me llevo la mano a la muñeca izquierda, donde todavía llevo el brazalete que me regaló en el intercambio de aquellas fiestas. Le he quitado los dijes de corazón y la letra R, pero todavía llevo las estrellas y la luna conmigo. Ha pasado algo de tiempo desde que me detuve a pensar largo y tendido sobre él o nuestra relación, pero como la sobremesa es larga y ellos parecen entretenidos con su charla, doy rienda suelta a mis pensamientos.

Los primeros ocho meses fueron fantásticos. Ranma y yo podíamos pasarnos horas hablando de cualquier tema. Confiaba en él como en nadie más, por lo que era la primera persona a la que le contaba las buenas y las malas noticias. Teníamos un vínculo fuerte y especial, lleno de acuerdos tácitos y miradas cómplices. Y pensé que duraría para siempre, pues creía que ambos queríamos lo mismo para la relación y para el otro. Creí que Ranma me apoyaría tanto como yo a él, pero la realidad fue otra.

A partir del noveno mes, las cosas cambiaron. Fue cuando empezamos a vernos menos, tanto por su trabajo como por el mío, que en ocasiones nos obligaba a salir de la ciudad y a viajar para cumplir con nuestras obligaciones. Ranma empezó a mostrarse celoso, posesivo, inseguro. Me reprochaba irme tantos días, no contestarle las llamadas, tardar demasiado tiempo en responder a los mensajes. Y a medida que los meses pasaban, sus reproches eran cada vez más constantes y absurdos. Se quejaba de que yo no quisiera salir un viernes en la noche, incluso aunque le explicara que estaba agotada y que prefería descansar. Me acusaba con estarle mintiendo y me decía que seguramente, si estuviera en uno de mis viajecitos y alguno de mis compañeros me dijera para salir a tomar una copa, yo le diría que sí.

Parecía como si la única forma de estar bien con él en su entorno, en un terreno conocido en el que él se sintiera cómodo. O en la cama, en la que yo le dejaba más que claro lo que sentía por él. Pero eventualmente dejé de acostarme con él porque me di cuenta de que el sexo no arreglaría nuestros problemas, pero también porque se había convertido en la única forma en la que nos vinculábamos, y yo quería algo más.

Me dolía sobre todo su desconfianza, que pensara que yo era capaz de dejarlo por otro o de preferir una vida de glamur y fama a una vida junto a él. Lo miraba y sentía que lo desconocía, que no era el Ranma del que me había enamorado, hasta que un día me di cuenta de que sí era él. De que así era él. Yo jamás había estado en una relación con él, así que conocía al Ranma amigo, al compañero, al rival, pero no al Ranma novio. Y el Ranma novio era inseguro, celoso y posesivo.

Me costó mucho aceptarlo, porque eso implicaba tomar una decisión que terminaría con lo que teníamos. Y luego de todo lo que habíamos vivido, no quería separarme de él. Pero no estaba dispuesta a estar con un hombre así. Así que terminé de convencerme de que con él jamás sería feliz, y que seguramente por eso las relaciones que tuvo antes de mí no duraron demasiado.

Lo dejé un sábado en la mañana luego de quedar para desayunar. Al principio, Ranma pensó que era solo un reproche o una pelea más, pero cuando le envié a su apartamento todas las cosas que había dejado en el mío, y cuando se dio cuenta de que lo había dejado de seguir en las redes sociales (la única cosa peor que no saber qué está haciendo tu ex es saber qué está haciendo tu ex), supo que iba en serio. Que me había hartado de él, que no lo quería en mi vida.

Por orgullo, no intentó hablar conmigo durante el primer mes. Pero al segundo me fue a buscar a mi trabajo y me pidió charlar para arreglar las cosas. Pero yo fui tajante y le recalqué todo lo que le había dicho el día que lo dejé. Aproveché también para agregar unas cuantas cosas más que había preferido ahorrarme para tratar de llevar las cosas en paz, pero si quería que lo entendiera y que no me buscara más, debía dejárselo claro. Me había decepcionado como nadie y no quería estar con él porque me merecía algo mejor. Algo que él nunca sería.

—¿Vamos al templo ahora, para hablar con la gente aprovechando que no está tan lleno hoy?

La pregunta me trae de regreso a la realidad. Mis compañeros están hablando acerca de las entrevistas que queríamos hacerles a los locales y turistas que se preparaban para recibir al año el día de mañana. Aika y Johnny están de acuerdo, mientras que Shizuka prefiere ir a fotografías de los alrededores y luego irse al hotel a editarlas. Yo les comento que iré al hotel para terminar de escribir el artículo para la web, y también para verificar cuáles son los contenidos que tenemos, los que nos faltan, y enviarlos a los editores.

Nos despedimos en la salida del restaurante, acordando encontrarnos en el lobby del hotel a eso de las siete de la tarde para salir a cenar.

Hace mucho frío, así que me acomodo la bufanda. El restaurante que hemos elegido para comer queda cerca del hotel, por lo que solo me toma unas cuantas cuadras llegar. A pesar de que estamos en invierno, hace un día bonito para caminar.

Cuando he llegado y estoy por entrar al hotel, mis ojos reconocen un rostro familiar a pocos metros de mí. Por una fracción de segundo, en la que mi cerebro debe procesar una cara que conozco pero que no asocio de ninguna manera con este sitio, me quedo inmóvil. Cuando ya no queda nada que procesar, nada más que pensar, arrugo tanto el ceño que siento que mis cejas van a tocar mis mejillas. Ella no me ha visto, pues está mirando su móvil. Parece frustrada a la vez que confundida. Decido acercarme.

—¿Ukyo?

Ante la mención de su nombre, ella gira el rostro y me mira. Su expresión cambia al reconocerme, dejando ver lo que parece ser alivio, borrando su anterior expresión.

—¡Hola!

Estando de cerca, el alivio es más que evidente en su rostro. Murmura algo que no entiendo y vuelve a su móvil, en el que teclea algo rápidamente. Luego lo bloquea y lo guarda en su bolso.

—¿Qué… qué tal estás? ¿Qué haces aquí?

—Pues… vine a… ¡pasear! A conocer. —Esboza una sonrisa. Es una de esas radiantes sonrisas que me hacían sentir envidia y celos de ella, pues me parecía que no había hombre en el mundo que pudiera resistirse a ese rostro bonito iluminado por una sonrisa como ésa—. Y a celebrar el año nuevo.

Durante varios segundos, en los que la observo de forma detenida y con algo de desconfianza, no digo nada. Su historia no me cierra.

—A pasear y a celebrar el año nuevo… en Yoshino.

Ukyo no pestañea, pero puedo ver en sus ojos que sabe que no me creo el cuento.

—Sip, en Yoshino. —Vuelve a sonreír, pero esta vez no muestra los dientes—. Tenía ganas de montaña.

—Ya.

Nos quedamos en silencio nuevamente, imagino que cada una esperando que la otra mencione primero lo que las dos sabemos.

—¿Cómo te ha ido con…?

—Viniste con él, ¿cierto?

Ante mi interrupción, Ukyo me mira sin decir nada por un par de segundos, para luego soltar el suspiro más largo de su vida. Asiente lentamente y frunce los labios.

—Y… ¿dónde está?

—Búscandote, que era lo que yo estaba haciendo antes de que me vieras.

Frunzo el ceño.

—¿Cómo supieron que…?

—Nabiki. —Adivinando mi siguiente pregunta, Ukyo se adelanta—. Doscientos euros y entradas VIP para el resto de la temporada. —Parece estar aguantándose la risa.

—¿Euros?

—Tu hermana no se anda con tonterías, pero me imagino que eso debes saberlo bien.

Inevitablemente, me rio y Ukyo hace lo mismo. Solo en ese momento, mientras compartimos una risa traviesa y divertida, me doy cuenta de que la he echado de menos. Mientras estuve con Ranma, Ukyo era parte de nuestra vida, y si en el pasado no era mi persona favorita, con el tiempo me demostró que una vez dejamos de ser rivales y de «competir» por Ranma, podíamos llevarnos realmente bien.

Intercambiamos una que otra frase más, hasta que decido averiguar el verdadero motivo de su visita a Yoshino.

—Dijiste que Ranma estaba buscándome.

—Ajá.

—¿Por qué?

Ukyo me mira, como debatiéndose entre contestar o no hacerlo, hasta que por fin deja salir un suspiro por la nariz.

—Supongo que quiere hablar contigo para disculparse o decirte que tienes razón o algo así —dice rápidamente—, tampoco estoy segura y de todas formas no quiero hacerte spoiler, pero desde que empezó la terapia ha estado hablando acerca de…

Ukyo continúa su cháchara apresurada, pero yo dejo de escuchar desde que escuché la palabra «terapia». ¿Ranma va a terapia? ¿Ranma Saotome? En el ocaso de nuestra relación, recuerdo haberle propuesto ir a terapia de pareja, algo que él descartó de inmediato, alegando que no se sentía cómodo aireando nuestros problemas con un desconocido. Y ahora me entero de que…

—¿Ranma fue a terapia?

Ukyo se detiene. Parpadea un par de veces antes de responder.

—Sí, creo que aún va. El caso es que lo acompañé porque lo conozco y sé que…

—¿Perdió una apuesta? —Pregunto incrédula—. ¿Lo obligaron los de la federación? ¿Es un requisito para un contrato publicitario? ¿Alguien lo demandó?

La mejor amiga de Ranma parece comprender mi estado de estupefacción. Me deja procesar lo que acabo de escuchar antes de responderme.

—Yo se lo recomendé. De forma casual, luego de que terminaras con él. No me hizo caso, pero unos meses después me contó que empezaría. —Se encogió de hombros—. Supongo que se dio cuenta de que no podía salir solo del hueco.

El hueco. ¿Se referirá a nuestra ruptura? ¿Tan mal habría estado?

—¿Por qué se lo recomendaste?

—Porque a mí me funcionó. —Se encogió de hombros—. Supuse que también a él, o a cualquier otra persona.

Abro los ojos con sorpresa.

—¿Tú fuiste a terapia?

Ella asiente con la cabeza y sonríe.

—¿Por qué crees que no te odio? —Me guiña el ojo—. Ayuda psicológica, querida.

Mi sorpresa da paso a una gran sonrisa, pues encuentro divertido que Ukyo pueda bromear con eso, lo que solo demuestra que nuestra rivalidad es agua pasada.

—Vaya, en ese caso sería bueno que Shampoo y Kodachi fueran, también.

Ukyo sonríe.

—Shampoo puede ser. Lo de Kodachi ya es psiquiátrico…

Ambas dejamos salir una carcajada y nos miramos divertidas, muy conscientes de que los hermanos Kuno realmente necesitan un médico que los ayude a estabilizarse.

—Ukyo, dime algo.

Ella me mira y estoy segura de que entiende que con ese «dime algo» estoy pidiéndole que sea sincera. Asiente con la cabeza.

—¿Ranma ha venido a pedirme que vuelva con él?

No se me ocurre ningún otro motivo para que haya hecho un viaje de más de tres horas el día antes de Nochevieja. Y sé que muchas personas, después de ir un par de veces a terapia, creen que ya han cambiado su vida y que merecen una segunda oportunidad.

Ukyo me mira con una expresión que no he visto jamás en su rostro. Por primera vez desde que la conozco, no tengo idea de que podría estar pasando por su cabeza. No dice nada, lo que solo alarga mi impaciencia.

—No —responde escuetamente.

Yo frunzo el ceño.

—No entiendo.

Y ella parece entender por qué.

—Tendrás que hablar con él.

Viendo que no podré sacarle más información, asiento con la cabeza y le pregunto en qué hotel se están hospedando. Me dice que en ninguno, porque en teoría pensaban regresarse ese mismo día. Eso confirma que Ranma de verdad no ha venido a convencerme de volver con él.

Como hace frío, entramos al lobby del hotel y le ofrezco un café. Mientras lo esperamos, veo que está inmersa en su móvil. Sé que está hablando con Ranma, probablemente diciéndole que está conmigo y dándole la dirección del hotel. El café nos dura lo que a Ranma le toma llegar al hotel.

—Ya está aquí —me dice Ukyo sentada frente a mí. Hemos tomado una mesa junto a la ventana.

Yo asiento con la cabeza, como dándole a entender que estoy lista para recibirlo y escuchar lo que tiene para decirme. Ella se pone de pie y se acerca a mí para darme un abrazo, lo cual me sorprende un poco. Pero por la forma en la que me estrecha y me mira al separarse, lo siento como una despedida definitiva.

Y entonces creo entender a qué ha venido Ranma.

(Ranma)

Ukyo tardó poco en localizar a Akane.

Cuando me contacté con Nabiki para pedirle información acerca de dónde pasaría Nochevieja Akane, mi excuñada se negó. Me indicó que si yo no lo sabía, es porque Akane así lo quería. Insistí, hasta que ella cedió, no sin antes cobrarme, naturalmente. No lo suficiente para darme los detalles, pero sí para decirme el lugar en el que estaría y el motivo.

—Estará en Yoshino con algunos compañeros del programa donde trabaja. Van a grabar algunas cosas.

—¿En qué hotel se hospedará? ¿Qué día llega, qué día se va?

Nabiki suspiró al otro lado del teléfono.

—Confórmate con lo que te dije, y con saber que irán al templo Kinpusen-ji.

Y luego de haberme sacado dinero y boletos de temporada, cerró la llamada. Así que Ukyo y yo nos aventuramos a un pueblo que no conocemos en lo más mínimo a buscar a una mujer a la que nadie conoce allí, por lo que no podr¿emos preguntar por ella. Tarea fácil.

Por fortuna para mí, Ukyo es una mujer inteligente. Fue idea suya la de ir a los hoteles y preguntar por Akane (o por su equipo). En el peor de los casos, me había dicho, no nos darán la información y simplemente tendremos que esperar allí a ver si aparecen. Y en el peorsísimo de los escenarios, añadió, tendrás que ir al templo ese y ver si la encuentras entre la multitud.

No hizo falta. Mi mejor amiga la localizó luego de algunas horas en Yoshino. Me escribió un mensaje de texto para indicarme el nombre del hotel, por lo que me dirigí allí lo más rápido que pude. Ukyo me alcanzó en la entrada del hotel y me indicó que Akane estaba sentada en el bar, terminándose un café.

—Voy a dar una vuelta. Me escribes cuando estés listo.

Asiento con la cabeza, mi amiga me da un beso en la mejilla y se marcha calle abajo, ajustándose el gorro de invierno. Yo tomo una bocanada de aire y cierro los ojos unos segundos, preparándome para ver a Akane después de diez meses. Atravieso el lobby y camino hacia el bar del hotel, que a su vez hace las de restaurante. Ella está sentada en una mesa pegada a la ventana, mirando en la dirección por la que entro, como si estuviera esperándome. No aparta la mirada mientras yo camino hacia ella, mirándola también, ni se pone de pie cuando llego a la mesa y la saludo.

—Hola.

No parece molesta de verme, ni tampoco demasiado sorprendida. Su expresión es más bien la de una curiosidad sana, tal vez incluso nerviosa, como cuando eres nuevo en un lugar y estás a la expectativa de descubrir cómo se desenvuelve todo.

—Hola.

—¿Qué tal? —Me pregunta y señala la silla a modo de invitación.

—Pues… bien. Encantado de las vistas montañosas. —Me quito el abrigo y lo dejo en el respaldar de la silla, como ella—. Este sitio es increíble.

—¿Nunca viniste con tu padre? —Me pregunta ella con genuina curiosidad.

—Nunca.

Tras sentarme, la observo unos segundos y absorbo su imagen de cerca. Tiene el pelo suelto y no lleva maquillaje, pero sí unos bonitos pendientes que no he visto antes. Se ha quitado el abrigo y lo ha colgado en el respaldar de la silla. Está tan bonita que casi duele verla.

—¿Y tú? ¿Cómo has estado?

Ella no responde de inmediato, como si necesitara de unos segundos para pensar su respuesta. Mira por la ventana y una sonrisa casi imperceptible se dibuja en sus preciosos labios.

—La verdad, muy bien. —Me mira—. Ha sido un buen año.

No hay reproche en sus palabras, ni tampoco ganas de presumir que ha sido feliz o que le ha ido mejor sin mí. Recibo sus palabras con tranquilidad, sin rencores ni frustración por ver que ha sabido seguir adelante y que seguramente es más feliz ahora. No me sienta mal que a Akane le vaya bien, sino todo lo contrario.

—Me dijo Ukyo que viniste a Yoshino por mí. A decirme algo.

Veo que Akane, a pesar de que parece receptiva y de buen humor, no quiere andarse con rodeos. Sonrío. Siempre me ha gustado su forma de vivir la vida, sin prisa pero sin pausa. Honro aquella filosofía con la respuesta más directa que encuentro:

—Siempre tuviste razón.

Ella parpadea un par de veces.

—Nos conocemos desde los dieciséis años, vivimos juntos por dos con nuestras familias, luego fuimos pareja por más de un año. —Me mira con una mezcla de confusión y buen humor—. Comprenderás que hubo muchos momentos en los que pude haber tenido la razón, así que tendrás que ser más específico.

Yo sonrío y ella me imita.

—¿Siempre desde los dieciséis o siempre desde los veintitantos?

Me rio y esta vez es mi turno de mirar por la ventana. Me alegra saber que nuestro reencuentro está resultando distendido, sin resentimientos.

—Desde los veintitantos. —Vuelvo a mirarla—. Pero más específicamente, me refiero a que tenías razón con todo lo que me decías acerca de mí, acerca de nosotros. —Hago una pausa para intentar encontrar las palabras adecuadas—. Mis celos eran irracionales, no solo porque tú jamás me diste razones para tenerlos, sino porque además venían de un lugar imaginario en el que tú elegías a otro, en el que preferías pasar tiempo con tus compañeros de trabajo porque te parecían mejores que yo. Y supongo que todo eso ya lo supones o lo has pensado —esbozo una pequeña sonrisa—, pero yo no. O bueno, no lo pensé mientras estuvimos juntos, pero después comprendí por qué me sentía así. Pensé que solo las mujeres podían tener daddy issues, y resulta que no, que los hombres también pueden.

Akane se limita a mirarme sin decir nada. Parece estar intentando disimular la sorpresa. Yo decido continuar, al ver que ella parece querer seguir escuchando.

—Sabes que siempre tuve dificultad para reírme de mí mismo, o sentirme cómodo haciendo tonterías, y todo tiene que ver con eso. Con la forma en la que fui criado. Es una mezcla de no querer hacer el ridículo ni parecer débil o vulnerable, con haber crecido teniendo que ser la persona sensata y el adulto de los dos, porque ya sabes que sensatez y adultez no son palabras que describan a Genma Saotome, necesariamente.

Akane deja salir una pequeña risa nasal y asiente con la cabeza. Me mira sonriendo sin mostrar los dientes y vuelvo a sentir esa complicidad que siempre tuve con ella, incluso cuando éramos unos adolescentes que se peleaban por todo.

—Cuando vi que tu vida había cambiado, que tenías otras prioridades, me sentí amenazado. Cuando cada uno se fue a la universidad, nos veíamos ocasionalmente, pero era siempre en el mismo contexto: el dojo, con toda la familia. Yo sabía que tú tenías una vida aparte de la que yo conocía, pero no me detenía a pensarlo demasiado porque no quería imaginarte teniendo novios y esas cosas.

—Estoy segura de que tú también tenías tu vida y tus novias.

Lo dice sin perder el buen humor.

—Ese no es el punto.

—Lo sé, solo quería decirlo. Para no perder la costumbre.

Me rio y continúo.

—El caso es que yo nunca vi de cerca esa vida y esa independencia que te fuiste labrando con el pasar de los años. Cada uno estaba en lo suyo. Pero cuando hace dos años nos hicimos novios, tuve un asiento en primera fila en tu vida.

Por primera vez desde que la conversación inició, Akane arruga el rostro y se mueve incómoda en su asiento. Luego se acomoda y vuelve a adoptar su expresión neutral, como si no quisiera que yo notara que se ha puesto incómoda. Pero sé por qué lo ha hecho. Finalmente lo sé. Sin embargo, no es el momento de abordar ese tema, así que continúo.

—Y me di cuenta de que tu vida era más que el dojo, que la familia, que yo. Que tenías un grupo de amigos aparte del del instituto, que tu trabajo te encanta y te apasiona, pero también puede llegar a absorberte porque así es ese mundo.

—Como a ti las artes marciales.

Asiento con la cabeza.

—Claro, solo que yo no lo sentía así, porque de alguna manera tú también eras parte de ese mundo. —Nos miramos sin decir nada, hasta que yo decido continuar—. Mis inseguridades empezaron a pasarme factura, no me permitían apoyarte de la forma en la que lo necesitabas. Y como yo también tenía que alejarme de ti por mi propio trabajo, eso me volvía loco… el saber que pasaríamos algo de tiempo separados, ya fuera por tu trabajo o por el mío. Mi mente daba mil vueltas y me imaginaba que ibas a dejarme, que te aburrirías de mí, que conocerías a otro que te endulzara el oído, que al tenerme lejos en tus viajes de trabajo, o en los míos, te aburrirías y querrías estar con otro hombre. Pensaba que a lo mejor es lo que hacías cuando estabas soltera, y eso me volvía loco.

—Estaba contigo. —Dijo ella firme—. No importaba si estando soltera tenía mil amantes o si no los tenía. Lo que importaba era que te había elegido a ti y que estaba contigo porque te quería.

Yo asiento con la cabeza. No voy a justificar mis acciones del pasado, ni a mi yo del pasado, porque no es necesario. Akane tiene razón.

—Sí, así es. Y lamento no haberlo visto así en ese momento.

Un trabajador del hotel se nos acerca y nos pregunta si queremos beber algo más, ya que el bar está por cerrar. Yo le digo que quiero una botella de agua y Akane parece darse cuenta de que tiene sed, así que pide lo mismo. El hombre se marcha, pero no retomo la conversación porque no quiero que nos interrumpa cuando vuelva por el agua. En cambio, es ella quien habla.

—Te cortaste el pelo.

Instintivamente, me llevo la mano a la nuca, en la que ya no cuelga una trenza. Todavía lo llevo algo largo a la altura del cuello, pero ahora está atado en un pequeño moño en mi nuca.

—Hacía calor.

Akane cierra los ojos y se lleva la mano a la boca para reprimir una risa.

—¿Te cambiaste el look que has llevado prácticamente toda tu vida porque hacía calor?

Asiento la cabeza, sonrío y me encojo de hombros.

Hablamos del tema y el trabajador del hotel vuelve con nuestras botellas de agua. Le damos las gracias y las abrimos para beber. Luego retomo la conversación.

—La razón por la que te celaba, por la que buscaba conflictos y por la que no me mostraba solidario u orgulloso de tus logros al cien por ciento es porque estaba proyectando mis inseguridades en ti. —Explico—. Yo no elegí las artes marciales, es lo que hago porque es lo que mi padre eligió por mí, y es lo único que sé hacer. Siempre fue un terreno conocido para mí. Pero tú elegiste otra cosa y te fue bien. Y me aterraba pensar en qué sería de mi vida si alguna vez me lesionaba, ¿podría empezar algo de cero como tú? ¿Tendría el mismo éxito? Estaba seguro de que no, que jamás sería bueno en nada, si ni siquiera en las artes marciales no me sentía lo suficientemente bueno.

Akane parece sorprenderse ante eso.

—La persona más presumida del planeta no se siente lo suficientemente bueno…. eso sí que es una sorpresa.

Sonrío.

—Eso era arrogancia, no seguridad. Alardeaba porque necesitaba validación exterior, que la gente me viera como un tipo seguro. Pero la realidad es que nunca me sentí lo suficientemente bueno porque mi padre siempre me presionaba a más, y al final eso se reflejó en toda mi vida, y no solo en las artes marciales. Y nuestra relación no fue la excepción.

Tengo ganas de extender mi mano y coger la de Akane para apretarla, para decirle que lamento haberle roto el corazón y haberla hecho sufrir, pero sé que no es adecuado.

—Tú, que siempre me apoyaste y creíste en mí, que incluso en mis peores momentos me empujaste hacia adelante, que cuando estábamos tocando fondo aún quisiste arreglar las cosas y buscar ayuda profesional, te topaste contra un muro. —Frunzo el ceño—. Tú, que te merecías a un hombre que te amara de forma incondicional y que pusiera una alfombra roja para que caminaras sobre ella, porque eres una mujer increíble, exitosa, inteligente… estuviste meses con alguien que no te merecía porque no estaba a la altura.

Akane frunce los labios y luego se lleva una mano al cuello, después al pelo, al rostro. Está asimilando todo lo que le estoy diciendo, que es demasiado, y probablemente reviviendo todo lo que la hice pasar con mis escenas, mis reclamos, mis palabras.

—Debí haber hecho todo este trabajo cuando estaba contigo. —Dejo salir una risa irónica—. Joder, debí haberlo hecho hace años, incluso antes de declararme. —Miro al techo y niego con la cabeza—. De haberlo hecho, me habría dado cuenta de que yo no era un simple espectador en la primera fila de tu vida. —La miro—. Yo era el otro protagonista.

Akane me mira como quien mira a alguien que finalmente ha entendido algo que has tratado de decirle y de hacerle entender durante mucho tiempo. Es por eso por lo que odiaba que yo dijera que era solo un espectador en su vida. Lo era, porque así lo elegí, cuando debí haber sido su coprotagonista. El hombre que ella merecía.

—Debí haber estado a la altura de la relación que esperabas. Debí haber sido el hombre que te merecías, porque así yo habría sido consciente de que tú puedes ser y hacer todas esas cosas y seguir siendo tú, seguir siendo la Akane que conozco y que amo.

Akane sube su mano al rabillo de su ojo y se seca un par de lágrimas que parecen querer escaparse. La miro con ternura, queriendo abrazarla, pensando en que tal vez no me va a alcanzar la vida para arrepentirme por no haberla hecho feliz, pero sé que debo seguir adelante.

—Finalmente hoy lo veo con claridad. Tengo claro que tú puedes hacer todo eso que haces y que quieres hacer, y eso no significa que has cambiado, o que vas a irte, o que yo no soy suficiente para ti. —Comento con resolución—. Y aunque el mundo y nuestras vidas se muevan a un ritmo frenético, siempre vamos a tenernos el uno al otro para anclarnos en el presente. Porque todo lo demás son solo momentos, pero tú y yo somos para siempre.

(Akane)

Y así, tan rápido como empezó a hablar, se queda callado. Pero no por mucho tiempo, porque pronto arruga la nariz y sonríe, como si se hubiera dado cuenta de algo.

—Bueno, lo éramos. O mejor dicho, lo habríamos sido, si yo no la hubiera cagado —amplía su sonrisa, que pronto se convierte en una pequeña risa, divertida y casi tímida, como si la realización de que ha hablado en presente a pesar de que ya no estamos juntos se le hiciera simpática.

Yo esbozo una sonrisa que no es sincera, porque en ese momento lo último que quiero es reírme. Él, que no ha perdido el buen humor desde que empezó a hablar (lo cual verdaderamente habla de cuánto ha cambiado y trabajado en sí mismo), tamborilea en la mesa con sus dedos.

—Pero, en resumidas cuentas, lo que he venido a decirte es que siempre tuviste razón, que no estabas loca, que sí te mereces a alguien mejor, y… que agradezco que hayas sido honesta contigo y conmigo. Sé que tal vez no fue fácil tomar la decisión que tomaste, pero haberte puesto primero fue lo correcto. —Esta vez, su sonrisa es algo triste—. Y lamento que hayamos tenido que vivir eso, pero al mismo tiempo lo agradezco, porque tal vez nunca habría aprendido todas las cosas que ahora sé. Así que también te doy las gracias por eso, Akane. Porque gracias a ti hoy soy una mejor persona.

Ahora es mejor persona. Ahora me entiende, ahora lo ve todo. Ahora que no estamos juntos.

Siento que hay una cámara oculta en algún lugar. Que en cualquier momento una despampanante mujer se acercará a Ranma y él me la presentará como su futura esposa, para luego levantarse e irse con ella. Y entonces todo esto que acaba de ocurrir será emitido en algún episodio de un programa llamado «Cómo hacer que tu ex sea un mejor novio para la siguiente» o «Cuando tu ex le da su mejor versión a otra».

Tengo ganas de llorar, pero también quiero abrazarlo. Y al mismo tiempo, quiero decirle que se vaya y que le deseo lo mejor. Estoy tan abrumada y confundida, que simplemente digo:

—No hacía falta que vinieras hasta aquí para decirme todo esto. —Intento sonar pacífica, pues no quiero que piense que me ha molestado lo que me ha dicho—. Podrías haber llamado, o esperado que regresara a Tokio.

Él asiente con la cabeza.

—Lo sé, pero… quería cerrar el año bien. Por mí, pero también por ti. Creo que era justo que ambos tuviéramos el cierre que nos merecemos, para empezar el nuevo año con bien pie y en paz, sin mirar atrás. Sin cabos sueltos.

Alexa, reproduce Closure de Taylor Swift.

Lo único que falta es que esta nueva y mejorada versión de Ranma me ofrezca una amistad.

—Entiendo.

—Y bueno, también… quería decirte otra cosa.

Yo dejo de respirar en ese momento.

—El último día que nos vimos, en la cafetería esa, me dijiste algo. Me pediste que te dejara ir. —Sonríe—. Me diste que por favor te dejara ir. Así que de manera irónica, he venido hasta aquí para decirte —asiente con la cabeza—, que puedes tener la seguridad de que ya he empezado a hacerlo.

Siento que mi corazón deja de latir rápidamente, para dar paso a una extraña paz. Por un momento, estoy en paz con Ranma y con nuestra conversación. Me siento bien al ver que él ha trabajado en sí mismo y que finalmente ve todas esas cosas que yo nunca pude hacerle ver y entender.

—Ranma… realmente aprecio y valoro que hayas tenido la humildad para venir a decirme todo esto. Gracias.

Tras decir eso, otra sensación me invade.

Como si el universo supiera que necesito una interrupción, Shizuka entra aparece en el bar y se acerca a nosotros intentando disimular la sorpresa de ver allí a Ranma. Él la conoce, así que la saluda y se ponen a hablar acerca de trivialidades. Yo aprovecho para ir al baño.

Me acuerdo de respirar cuando estoy sola en el lavabo, a punto de tener un ataque de ansiedad. Respiro profundo y empiezo a calmarme, no sin antes maldecir a Ranma Saotome por haberse aparecido así y haberme soltado todas esas cosas como si se tratara del clima.

—¿Cómo vas a decirme todo eso, de un trancazo, y esperar que esté tan tranquila como tú?

Aparentemente, en terapia no le enseñaron que la gente necesita procesar y asimilar.

Sabiendo que no puedo permanecer el resto de mi vida en el baño, me mojo el rostro con agua, lo cual es un gravísimo error, pues está helada. Pero el frío me ayuda a serenarme y a recomponerme. Me acomodo la bufanda y el pelo y salgo del baño más tranquila, para encontrarme con que Shizuka se ha marchado y Ranma está de pie esperándome.

No queriendo volver a la conversación anterior, que además supongo que se ha acabado porque ya no hay nada más que decir, me apresuro a hablar.

—¿Van a quedarse hasta mañana? Ukyo y tú.

Sé que ella me ha dicho que no, que pensaban regresar hoy mismo (razón por la cual sospeché que Ranma venía a despedirse de mí), pero necesito buscar un tema ligero para transicionar hacia una despedida suave.

—Pues… no lo creo. Ukyo y yo tenemos pasaje para volver hoy, aunque ya que estamos aquí… tal vez valga la pena quedarse.

Yo asiento con la cabeza.

—¿Por qué? ¿Tienes algo en mente?

No hay flirteo en su pregunta, ni seducción, ni segundas intenciones. Ni siquiera diría que hay picardía o juego. Es solo una pregunta casual de alguien que ya no es parte de tu vida. Y como estoy al borde de perder la razón porque mi exnovio, a quien consideraba el amor y el hombre de mi vida, de quien estuve enamorada por años y a quien no he visto en casi un año entero, acaba de decirme que fue a terapia y que ahora es exactamente el hombre que soñé y que supe que podía llegar a hacer, le suelto la primera estupidez que me viene a la cabeza.

Entiéndame, por favor.

—Pues… lo único que se me ocurre es decirte que, si todavía me quieres y no has terminado de dejarme ir, nos encontremos mañana en el templo antes de que sean las doce. Y que si no vas, yo sabré que finalmente esto se ha terminado y ya está.

No hay palabras para describir la expresión en el rostro de Ranma, principalmente porque no hay una expresión clara. Parece estar en shock.

Yo suelto una carcajada sonora que hace que la gente a nuestro alrededor nos mire. Poso mi mano en el antebrazo de Ranma y me apoyo de él, sin dejar de reír ante mi ocurrencia, como si fuera lo más gracioso del mundo. Como si yo no fuera una completa desquiciada.

—Oh, debiste haber visto tu cara.

Me llevo una mano a la comisura de los ojos para secar unas lágrimas invisibles.

—Bueno, creo que si vas a regresar hoy, ya deberías ir a la estación. —Lo miro un poco más repuesta de mi patético ataque de risa—. Gracias por tus palabras, realmente valoro todo lo que me has dicho. Espero que te vaya muy bien y que llegues bien. Saludos a tus padres.

Me acerco a él y me pongo de puntillas para abrazarlo. Él tarda en abrazarme, tanto, que ya estoy separándome cuando sus brazos apenas empiezan a rodearme.

—Akane, espera. Eso que dijiste antes…

Pero yo ni siquiera lo miro a los ojos al separarme.

—Nos vemos.

Mientras camino rumbo a los elevadores sin mirar atrás, la canción de Taylor Swift que tengo en mente ya no es Closure, sino otra

Porque ahora soy yo quien no sabe si quiere que esto termine.


Faltan pocas horas para el año nuevo.

Estoy pasándola bien, inmersa en el misticismo que ofrece la celebración del shogatsu en Kinpusen-ji. Ni siquiera tengo frío, pues además de estar bien abrigada, la adrenalina y el calor del momento me mantiene a una temperatura adecuada. Esbozo una sonrisa, cuando me ocurre lo que tantas otras veces. Ranma aparece y me hace recordar que ya no estamos juntos, y que la historia de amor que siempre deseé tener con él, no se hizo realidad. Pero esta vez, no es su recuerdo el que aparece para apartarme del ahora, sino su presencia corpórea.

A lo lejos, entre una multitud de gente con vestidos de geisha y máscaras de onis, un intenta abrirse paso. Dejo de prestar atención a todo lo demás para fijarme en él, que parece urgido por llegar a algún punto, moviéndose con agilidad y apartando a la gente sin ser brusco con los mismos hombros anchos que me gustaba morder y apretar cuando estábamos en la cama. Lo observo hasta que se detiene, y creo comprender que ha elegido precisamente ese lugar entre la multitud porque hay un montón de niños a su alrededor. Es más fácil ver el espectáculo de fuegos artificiales cuando quienes te rodean no pasan del metro cuarenta. Eso, o encontrar a alguien en una multitud.

Desde que hablamos ayer en la tarde, retazos de la conversación han invadido mi mente una y otra vez. Pero de todo lo que me dijo, hay algo en particular que no me deja en paz.

Tú puedes ser y hacer todas esas cosas y seguir siendo tú, seguir siendo la Akane que conozco y que amo.

Me fue imposible pasar por alto que Ranma habló en presente y no en pasado. Y la razón por la que no puedo dejar de pensar en ello es porque, si habló en presente, significa que todavía siente algo por mí. Y si todavía siente algo por mí…

Continúo mirándolo con el corazón cabalgándome en el pecho, pensando en la estúpida bromita con la que terminé nuestra conversación ayer. Parece entretenido contemplando a los infantes, hasta que alza la mirada y como si no hubiera nadie más allí, sus ojos me han encuentran entre la multitud. Su expresión cambia. La sonrisa tierna con la que antes había mirado a los niños desaparece para dar paso a la expresión creo conocer: la de unos ojos que en cada multitud buscan a otros, sabiendo que no va a verlos allí. Pero hoy los ha encontrado.

Puedo sentir su energía entre todas las personas, y es como si el tiempo se hubiera detenido hace meses, en su habitación, entre sábanas blancas y una persiana que permite que la luz del sol nos caliente la piel. Mientras la gente sigue celebrando la inminente llegada del año nuevo, y las voces y cantos impiden escuchar cualquier sonido menor, recuerdo la sensación de sus dedos en mis labios, la forma de su cuerpo detrás del mío, la firmeza de sus caderas contra mi piel trémula. Y también recuerdo las palabras que me dijo ayer. Alguien enciende lo que parece ser una bengala, y Ranma y yo continuamos mirándonos en la distancia, sin decir nada, sin intentar acercarnos, como si quisiéramos prolongar aquel momento.

Siento una vibración en el bolsillo, acaso una llamada entrante de algún miembro del equipo intentando ubicarme, pero no lo ignoro. Aparto a un par de personas e intento acortar la distancia que me separa de Ranma, sin mucho éxito. Él hace lo mismo y, ahora que lo veo más cerca, sé por qué ha venido.

Alexa, reproduce This Love de Taylor Swift.

Estamos solo un par de metros de distancia, cuando empiezan los vítores, los gritos y los fuegos artificiales. Oficialmente es medianoche, las doce, y estamos en el nuevo año.

Sé que lo que siento ya no es un impulso, porque han pasado más de veinticuatro horas desde la primera vez que lo sentí, desde que Ranma y yo nos despedimos en el lobby del hotel. Sin embargo, no puedo evitar que dos dudas me frenen y me hagan cuestionarme mi decisión. ¿Estaré equivocándome? Lo medito. Es posible, pero improbable, porque sé reconocer un farol cuando lo veo, y también sé leer a Ranma como la palma de mi mano; que está diciendo la verdad. La otra pregunta me asalta. ¿Estaré lanzándome al vacío sin tener la certeza de que hay un fondo suave en el que aterrizaré sin lastimarme? La respuesta es tan clara como definitiva: sí, pero no tengo miedo. Porque sé que si no salto, incluso sabiendo el riesgo, me quedaré toda la vida mirando desde la ventana y preguntándome si al final de la caída hubieran estado sus brazos para sujetarme.

Esta vez soy yo quien abro paso entre la gente para llegar a él, que ha dejado de mirarme porque un grupo de niños corretea a su alrededor con pequeñas bengalas en la mano, más felices por los brillos que llevan en la mano que por el cambio en el calendario. Como tengo que esquivar a varias personas, cambio ligeramente la dirección, por lo que cuando Ranma alza la mirada y no me ve, parece preocupado. Está a punto de alejarse de mí, cuando lo alcanzo. Mi mano apenas roza la suya, que está a punto de moverse hacia adelante por la inercia. Y es como si él supiera que soy yo. Como si a pesar de estar rodeados por una multitud en movimiento, con el cuerpo y la mente ya acostumbrada a los roces y tropiezos, Ranma supiera que aquellos dedos que acariciaron el dorso de su mano intentando cogerla son los míos. Se detiene y no tarda en girarse, despacio, como si temiera decepcionarse al no verme. Y cuando sus ojos se encuentran con los míos, me invaden el sosiego y la felicidad.

Porque ya tengo la respuesta a mi segunda pregunta.

La caída libre ha terminado y estoy a punto de aterrizar.

Y los brazos de Ranma me esperan.


¡Hola!

Espero que todos estén pasando unas felices fiestas junto a sus seres queridos, dondequiera que estén. Aquí estoy yo, deseándoles un próspero año nuevo con una historia, o mejor dicho, con la continuación de una historia: Secret Santa, la cual pueden encontrar en mi perfil. Shogatsu es parte del reto/dinámica #12EventosDecembrinos del grupo de Facebook Mundo Fanfics Inuyasha y Ranma.

¿Dato curioso? Secret Santa empieza con una escena en una estación de tren y termina durante la mañana; y Shogatsu inicia en un tren, pero termina durante la noche. El círculo se ha completado.

This Love es una canción muy adecuada para este par en esta historia, pues habla de un amor que llegó, se fue, y finalmente volvió para quedarse. De un amor al que tienes que soltar y dejar ir, pero que regresó.

Mis mejores deseos para este 2023.

Miss SF