Disclaimer: Ninguno de los personajes de Avatar me pertenecen, sólo los utilizo para la creación de este FanFic que espero disfruten :)
¡¿Acaso estás ciega?!
Por Franela
XIV
...
Iroh sabía que ella se había cansado de correr. Mucho antes que la muerte de sus padres, algunos años atrás, se diera; cuando ella no era más que una recién nacida, Toph había empezado a correr por su vida.
Cuando era pequeña no asistió a la escuela con otros niños, se pasaba las mañanas y las tardes en el café que su padre había instalado cerca de su hogar a pesar de que su madre, Poppy, trabajaba de maestra en una escuela. Era un local poco concurrido por hallarse en los suburbios, pero el dinero alcanzaba para poder costear los maestros privados que Lao tanto se empeñaba en tener.
A pesar de todo, parecían felices con la vida que llevaban.
Si bien su padre prácticamente le había ocultado su existencia al mundo, eso no impedía se pasaran todas las tardes juntos, riendo como la familia que tanto se empeñaban en ser. Sin embargo, cuando Toph empezó a dar muestras de que podía controlar la tierra, Lao se aterró, porque llamaría la atención, y porque podrían aprovecharse de la condición de su hija.
Ambos adultos estaban de acuerdo que su retoña no podía ser una maestra tierra, y en la soledad de su cuarto se lamentaban que el destino fuera tan cruel como para darle a su pequeña e indefensa hija aquel poder. Toph, sin embargo, no creía lo mismo, y a escondidas de sus padres intentó aprender a manejar tan complicado poder. Pero el autoaprendizaje tiene sus limitaciones, más todavía si se es una niña de apenas ocho años.
Fue así que en una noche, durante sus tantas escapadas nocturnas, Toph conoció a un chico que se coló en un jardín vecino. El muchacho, asustado de verse descubierto en la misión que le habían encomendado, imploró a todos los dioses existentes por el perdón de aquella que, creía, era una aparición, pues todos en el barrio sabían que ese lugar se encontraba abandonado. Toph se aguantó la risa y le siguió el juego, creyéndose un espíritu cuya paz había sido perturbada, pero mucho no aguantó y se largó a reír.
El niño de diez años, que respondía al nombre de Haru, había ido a aquella vivienda porque corría el rumor de que los fantasmas estaban manifestándose en el lugar, ya que se habían visto cosas moverse por cuenta propia y se habían escuchado extraños ruidos. Habían hecho una apuesta con sus amigos y él había sido sorteado, por lo tanto, le correspondía dar con la verdad.
Toph escuchó todo con atención mientras ambos se encontraban sentados en el jardín, y cuando de chico dejó de hablar, desplazó un montón de tierra bajo las manos de él para hacerlo caer. La extrañeza de él fue repuesta por la risa de ella, quien, arrojándole un terrón de tierra, le explicó que aquel supuesto fantasma no era más que ella practicando su control, y que él era un bobo y un niño por creer en fantasmas.
Haru le miraba extrañado, pues se había dado cuenta de su ceguera y había estado a punto de preguntar qué hacía ella ahí cuando fue arrojado al césped.
—¿De dónde vienes?
Bien podría decirle quién era, donde vivía y quiénes eran sus padres, salir finalmente al mundo que se le mantenía velado. Pero Toph optó por no contestarle, más por no querer que sus padres se preocuparan que por compartir su sentido de mantenerla oculta del mundo. En su lugar, sólo dijo:
—De por ahí, no es importante.
Continuaron charlando como si nada, con la inocencia que sólo dos niños podían tener, y entre risas y unas cuantas anécdotas, el tiempo pasó y ambos debieron marchar a sus respectivos hogares. Haru se iba con la certeza de que los fantasmas no existían —o al menos en esa casa no habitaban— y Toph con la promesa de un nuevo encuentro, pues resultaba que el muchacho también era un maestro tierra y se ofreció a enseñarle un par de cosas que aprendió en una academia de la ciudad a la que asistía algunas veces a la semana.
Con encuentros furtivos durante las noches, se desarrolló entre ellos una camaradería propia de quienes compartieron el vientre materno. Si bien Toph parecía tener un talento y movimientos naturales que sobrepasaban a la habilidad de Haru, las enseñanzas del muchacho también fueron un aporte para su desarrollo como maestra tierra. A su vez, Toph pudo darle cierta guía en su forma de dominar el elemento que sólo alguien como ella —ciega y autodidacta— podía enseñarle. Todo, siempre, a escondidas de los padres de la chica, pues Toph sabía que los padres del muchacho conocían su existencia a pesar de jamás haberla visto, ya que sabía que él mentía cuando le aseguraba que se había escapado de su hogar para practicar tierra control. Pero esto es algo que jamás le informó.
Algunos años después, Toph presentía que las cosas en su hogar no estaban siguiendo su rumbo normal. Su padre estaba más alerta que de costumbre, y su sobreprotección cruzó los límites de lo normal cuando ya apenas la dejaba salir de la casa. Incluso acompañarlo al trabajo estaba prohibido, y de pronto los maestros privados, tan necesarios en antaño, dejaron de venir.
Un día, aquel fatídico día, su padre le había pedido que se quedara sola en casa, con todo absolutamente cerrado, pues él y su madre debían ir a la ciudad y no podían llevarla con ellos. Toph se enojó pero cuando llegada la noche nadie apareció, comenzó a asustarse como jamás en su vida lo había estado.
Tocaron el timbre en medio de la oscuridad y no reconocía al hombre que se hallaba tras la puerta. Pudo sentir el sonido de su propio palpitar en sus oídos, sólo segura de que no lo dejaría entrar y que, de ser necesario, haría todo lo posible para sobrevivir.
—¡Toph, necesito que abras la puerta! ¡Soy amigo de tus padres, necesito decirte algo, abre la puerta!
¿Acaso creían que ella era estúpida? Sus padres apenas tenían conocidos —en especial su padre, pues su madre debía relacionarse con más personas a causa de su trabajo—, mucho menos iban a tener amigos.
—¡Sé que es difícil de creer, pero debes hacerlo! ¡Toph!, sé que estás adentro, debes creerme.
Toph se detuvo en seco. El sujeto decía la verdad, de alguna forma, pues su corazón latía acelerado sólo por la premura de su voz, pero no parecía estar mintiendo. Se acercó con cuidado, era un hombre corpulento, su voz sonaba adulta. De pronto, alguien más se aproximó con velocidad.
—Fuera del camino, Iroh, vamos a entrar.
La chica pudo percibir cómo el maestro tierra que había entrado en la escena realizada unos movimientos para desarmar el suelo bajo la puerta, por lo que realizó lo pertinente para detener su movimiento y mantener la estructura en su lugar.
—Vaya, no sabía que la chica era una maestro tierra también. Lao no te dijo muchas cosas al parecer. Pero aún es una niña. —Y con un rápido movimiento la puerta principal fue abierta y Toph fue inmovilizada de manos y pies—. Buena, pero sigue siendo una niña.
—Suéltala ya, Bumi, la vas a asustar.
—Ella casi me derriba, ¡yo debería estar asustado!
—Toph, sé que esto es difícil de creer, pero debes confiar en nosotros —dijo el primero—. Algo pasó.
Esa noche Toph se marchó con ellos en medio de la oscuridad, con apenas unas cuantas pertenencias y la incertidumbre de qué pasaría a continuación.
Cuidando de ella desde la distancia, Iroh y sus más íntimos amigos velaron de su educación y su desarrollo como maestra. Bumi era, por supuesto, el más fascinado con ella, y una vez cada mes se ausentaba de su trabajo para batirse a duelo. Así fue, al menos, por los siguientes cuatro años, momento en la que le perdieron el rastro a la muchacha.
Toph se encontraba viviendo en el otro extremo del país, pues Iroh siempre había sospechado que el accidente de sus padres no había sido un simple incidente de tránsito. Su más grande remordimiento era no haber estado para su amigo cuando éste lo necesitó, pero a su hija se prometía no fallarle. Fue ella la que decidió, sin embargo, cuando contaba con dieciséis años, que ya no lo necesitaba.
Un accidente en las dependencias de la compañía de su familia fue el comienzo.
Unas semanas después, el incendio de un laboratorio concluyó con una serie de eventos que, a pesar de ser graves, no fueron informados por la prensa, y se manejaron en el más absoluto silencio. Iroh ya poco podía hacer dado su retiro de las empresas familiares, pero sus sospechas fueron aclaradas cuando la misma muchacha se presentó ante su puerta una noche, algunas semanas atrás, cubierta de tierra, sudor, y más de una quemadura en su menudo cuerpo.
La chiquilla estaba furiosa con él por ocultarle todo lo relativo a su padre y el trabajo en las empresas de su familia, pero estaba necesitada de un techo y, lo quisiera admitir o no, agotada. Discutieron largamente esa noche, Iroh fue víctima de todas las recriminaciones posibles pero las aceptó en silencio, sabiendo que eran parte de su condena por ignorar los llamados de auxilio de quien fuera uno de sus más grandes compañeros.
Era peligroso que se quedara mucho tiempo, pero podía ofrecerle un nuevo comienzo, podía volver a empezar en otra ciudad, en otra parte del país. Pero ella se negó a cada opción que el hombre le brindó salvo una: quedarse en la ciudad, encontrar a quienes la buscaban y librarse de la sombra de la muerte que la perseguía desde antes de nacer.
Iroh nunca estuvo de acuerdo, pero si no le brindaba un techo bajo el cual ella pudiera protegerse, ¿qué más podía hacer? Veía sus ojos grises y compartía el dolor por la pérdida de sus padres, pero sabía que jamás sería el mismo con el que cargaba ella. Quería salvarla, ayudarle a sanar, mas no sabía cómo.
Iroh se repitió toda la historia en su cabeza una y otra vez durante la noche anterior en la que Toph abandonó su hogar.
Ahora, que tenía a su sobrino en frente, seguía sin saber qué hacer.
Se sentía extremadamente cansado.
—Dime que lo que acabas de decir no es cierto —pidió Zuko, casi suplicante. Se había adentrado en la sala y había cerrado la puerta tras de sí—. Toph no puede haber hecho esa locura, ¿verdad?
—Bumi —le llamó Iroh—. Déjanos solos, por favor.
El maestro tierra hizo lo pedido y se marchó en silencio, no sin antes dedicarle una última y significativa mirada a su viejo amigo: él no se quedaría esperando, era una advertencia.
—Tío...
—Siéntate, sobrino, por favor. —Zuko se sentó presuroso a su lado. ¿Por qué de pronto sus manos temblaban?—. Es más complicado de lo que parece. No conoces toda la historia, así que...
—Pues cuéntamela de una vez —demandó el joven, alzando la voz. Dándose cuenta de su actuar, carraspeó, tratando de aclararse—. Tenemos tiempo, así que puedes decirme.
—No —le dijo Iroh, viéndolo por primera vez—. No tenemos tiempo. Bumi es impaciente, y ellos se mueven rápidos, así que te diré algunas cosas en el camino. Ven conmigo.
Zuko estuvo a punto de preguntar quiénes eran ellos, pero dada la premura de su tío al caminar y al hecho de que todavía continuaban en la academia, prefirió guardar silencio. Lo siguió hasta la salida trasera donde les aguardaba el maestro tierra, quien no ocultó su asombro por verlo allí junto a su tío.
—¿Qué tanto sabe tu sobrino?
—Lo suficiente para ayudar sin involucrarse demasiado.
—Estás siendo injusto.
¿Por qué hablaban como si él no estuviera allí?
—Tío —les interrumpió Zuko mientras ellos seguían discutiendo qué tanto debía saber o no—. Esto tiene que ver con el tipo que buscaba a Toph en el hospital, ¿verdad?
—Cuando Toph comenzó a hacer averiguaciones sobre la muerte de sus padres algunos meses atrás —contestó Bumi—, empezó a causar ciertos problemas en las instalaciones de la compañía, buscando la investigación que Lao no había querido seguir. Los problemas no fueron divulgados en la presa porque las investigaciones eran en parte... Ilegales —añadió viendo a su viejo amigo.
—En el último de esas... intervenciones —continuó Iroh—, Toph se encontró con un grupo externo. Escucha, sobrino. A pesar de todo, Toph jamás quiso causar grandes daños, mucho menos otro tipo de daños —añadió, viendo cómo se estaba complicando en su explicación—. Ella no planeó el incendio del laboratorio de la compañía, sólo se vio involucrada a causa de las circunstancias.
—¿Cuándo pasó todo esto?
—Hace algunas semanas.
—¿Cómo es eso de que se vio involucrada, y por qué ese tipo la busca? —preguntó el joven, cuando una idea cruzó por su mente—. ¿Tiene mi padre algo que ver en esto? ¿Él envió a ese sujeto?
—No, no —se apresuró a contar el hombre—. Tu padre no tiene nada que ver en todo esto, de hecho, la compañía sólo quiere que estos episodios queden en el olvido.
—Para seguir con sus experimentos ilegales, ¿verdad? —El silencio de ambos hombres fue suficiente respuesta—. ¿Y de dónde salió entonces?
—Del grupo que se encontró Toph en los laboratorios. Son un grupo que lleva tiempo tras la compañía, y que veían la investigación de Lao con malos ojos y querían destruir todo.
—¿Ellos fueron los responsables de la muerte de los padres de Toph?
—No tenemos pruebas —respondió Bumi, interviniendo nuevamente—. Pero es lo que creemos, y aparentemente, Toph está segura.
—El incidente pudo haber sido mayor de no haber sido por ella —añadió su tío—. Hubo algunos investigadores heridos, pero muchas vidas se salvaron.
—Pero nunca pasó por su mente que el incidente no ocurriera. —Nuevamente, el silencio de los adultos fue su respuesta—. ¿Recuerdas la primera vez que vi a Toph en la academia? En realidad, la vi por primera vez la noche anterior. Ella corría desesperada por la calle, escapaba de alguien. —Se detuvo un segundo y sospesó las palabras, dándose cuenta de que, una vez dichas, se convertirían en una realidad y no sólo en un pensamiento—. Estaba asustada. Alguien iba tras ella. ¿Eran estos sujetos, verdad? Fue esa la noche del incendio del laboratorio, la estaban persiguiendo. ¿Por qué? El laboratorio estaba destruido, ¿qué ganaban de ella?
—Ella sabe mucho de ellos. —Fue Bumi quien contestó, otra vez—. Al darse cuenta de que ellos habían estado involucrados en la muerte de sus padres, hubo una pelea, y el incendio del laboratorio fue consecuencia de esa pelea. A pesar de no verlos, Toph sabe quiénes son, puede reconocerlos fácilmente.
A Zuko se le revolvió el estómago de sólo pensar en lo que aquello significaba.
Con todo aparentemente claro, Bumi se dio la vuelta para emprender una de sus últimas marchas nocturnas. Iroh le siguió igual, con el pensamiento de que definitivamente todo acabaría esa noche, pero su sobrino le detuvo una última vez.
—Tío —le llamó Zuko—. Tengo una pregunta más. —¿Por qué las cosas parecía más posibles, más reales, cuando se pronunciaban en voz alta?—. El accidente de hace años, cuando volvíamos de Ember... ¿Fue también un accidente?
