Disclaimer: Ninguno de los personajes de Inuyasha me pertenecen, sólo los utilizo para la creación de este Fic.
Este Fic participa del Mini-reto estacional del foro ¡Siéntate!
• Mis variables son otoño y sorpresa
• Además, forma parte de una serie de Fics que planeo subir en torno a ciertas palabras. De ahí su nombre, cuya definición es cuando las nubes adquieren un color rojo al ser iluminados por los rayos del Sol
Arrebol
Por Franela
V
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Desde que los cerezos del jardín florecieran hasta ese día había pasado medio año. Ahora, en lugar de aquel color rosa que se lleva el viento, su jardín estaba teñido de dorado y tonos anaranjados. Seguía sin comprender mucho del mundo yōkai, por muchos pergaminos antiguos que leyera y mucho que preguntara a su alrededor.
De sirvientes del palacio sólo obtenía las mismas respuestas: los yōkais eran seres malignos, se debía evitar todo contacto con ellos. Para eso estaban hōshis y mikos, para ayudarlos. Nadie pensaba diferente, y con lo sucedido con su madre muchos años atrás, no le sorprendía.
Pero Izayoi pensaba distinto. No mucho tiempo después de que se aventurara a conocer de aquellos misteriosos seres, uno muy especial la había visitado durante una noche. El cielo estaba cubierto de nubes y la luz de la luna era escasa, ella no podía conciliar el sueño y se revolvía incómoda entre las telas en vanos intentos por dormir un poco antes del amanecer.
De pronto le pareció ver una sombra.
Se levantó y trató de mirar a su alrededor, sin embargo no tenía alguna vela (o algo para prenderla) a mano para ayudarse. Sabía el palacio vigilado día y noche por los guardias de su señor padre, nada peligroso entraría. Abrió la puerta corrediza hacia el jardín, tampoco quería hacerles saber a su padre que se encontraba asustada cuando él no estaba presente. Respiró hondo y se atrevió a mirar hacia el exterior.
Entonces sintió un pinchazo en el cuello.
Su mano viajó rauda a aquel lugar y el sonido de piel contra piel tenía un aditivo extraño. Se miró la palma con curiosidad, y sorpresa fue la suya de encontrar a un extraño insecto en ella. Izayoi frunció la mirada. No era un insecto, era algo así como... ¿una pulga?
—Hime-sama, lo siento, no ha sido cortés de mi parte aparecer así, por favor, disculpe a esta humilde pulga —sollozaba el bicho raro.
—¿Puede hablar? —La joven acercaba su palma a su rostro, tratando de ver mejor, ¡si esa pulga hasta traía ropa y un sombrero!—. ¿Quién es usted y... qué es?
—Myōga, a su servicio, hime-sama. Podré no ser tan grande como otros yōkais, pero le aseguro que...
—¿Es un yōkai? —Era desconcierto tras desconcierto—. Creía que los yōkais eran seres gigantes que tenía un gran poder...
Más no pude decir la muchacha, pues la pulga se había echado a llorar amargamente al ser agraviada de tal forma, sólo por su aspecto.
Pero las cosas habían mejorado entre ellos.
Luego de que pudiera detener el llanto del pequeño yōkai, Izayoi y él pudieron tener un diálogo cercano a una conversación. Con su aspecto sabio, Myōga, la pulga, se jactó de sus muchos conocimientos sobre el mundo yōkai, y rápidamente captó la atención de la princesa humana. Desde ese día había pasado ya medio año, y ahora, con una hoja dorada entre los dedos, Izayoi volvió a sentir el mismo pinchazo en su cuello que sentía cuando Myōga iba a verle.
—Myōga-jiji, ¿cuántas veces le he pedido que no haga eso? —preguntó la joven, con la pequeña criatura en su mano.
—Un agrado verla nuevamente, Izayoi-hime. —La pulga se acomodó en la mano de la humana, abanicándose con su sombrero—. Hace mucho calor estos días, ¿no cree?
—Bastante, sí —le concedió—. ¿Qué lo trae por aquí?
—Nada en particular, sólo pasaba por aquí.
—¿Está escapando de alguien? —Izayoi le dio una mirada desafiante, aunque suave por sus facciones—. No trate de engañarme, Myōga-jiji, sé lo cobarde que es y sé que viene a visitarme porque escapa del peligro en el que dice siempre estar.
—Bueno, sabe que no puedo mentirle a usted. —La pulga limpiaba su frente con un pequeño pañuelo—. Oyakata-sama está por los alrededores y no me quiere ver.
—¿Oyakata-sama? ¿Es su amo, Myōga-jiji? —preguntó la princesa.
—¡Oh!, ¿no se lo había mencionado? ¡El yōkai más grande de todos los tiempos! —exclamó la pulga, levantando sus cuatro brazos.
Izayoi le miró divertida.
—¿Cree que podríamos conocernos alguna vez?
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