Disclaimer: Ninguno de los personajes de Inuyasha me pertenecen, sólo los utilizo para la creación de este Fic.

Este Fic participó del Mini-reto estacional del foro ¡Siéntate!, aunque este capítulo no lo hace

• Ya que este capítulo y los siguientes son una continuación que le he querido dar a la historia y no participan del reto, no tengo variables xD


•Esta historia como un todo forma parte de una serie de Fics que planeo subir en torno a ciertas palabras. De ahí su nombre, cuya definición es cuando las nubes adquieren un color rojo al ser iluminados por los rayos del Sol


Arrebol
Por Franela

VI

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La princesa del palacio inspiró profundo.

Era agradable la soledad y tranquilidad que se respiraba en el castillo de su padre cuando éste no se encontraba presente. Lo amaba por sobre todas las cosas, pero a veces solía ser demasiado estricto. Sabía que volvería en verano, a tiempo para celebrar su cumpleaños número quince. Quizás, algún compromiso para ella vendría con él y sus caballos. Tal vez fuera un joven agradable y prometedor; tal vez, no.

El aire que había inhalado se escapó de sus pulmones con la misma facilidad.

—¿Sucede algo, Hime-sama? —Izayoi se volteó sorprendida, aún no se acostumbraba a aquellas intervenciones—. Lo siento, ¿la he asustado?

—Para nada. —La muchacha bajó la mano que sin querer se había llevado al pecho, en un vano intento de calmar su corazón—. Ha pasado mucho tiempo, Yokai-sama. «Creí que ya se había aburrido de mi compañía —pensó. No se atrevía a exteriorizar su miedo. La amistad que había trabado con aquel demonio superaba a la que tuviera con cualquier humano, incluso con el capitán de su guardia».

El yōkai frunció el ceño. ¿Cuándo había sido la última vez que se habían visto? No lo recordaba exactamente. El tiempo transcurría diferente para ambos, últimamente había pensado mucho en ello, sobre todo desde que ella se lo hiciera notar con tanto ahínco.

«Luces diferente, Taisho —le había dicho—. Si no te conociera, diría que estás pensando demasiado. Cuéntame, por favor, tengo curiosidad».

—Sí —fue todo lo fue capaz de decir—. Myōga no ha podido venir esta vez, lo siento.

Ella negó con el rostro, dándole una ligera sonrisa.

—Está bien, tengo el placer de contar con la compañía de Myōga-jiji muy a menudo.

Él lo sabía, por supuesto. Myōga era un cobarde, pero podía confiar en él.

Ambos guardaron silencio, sin saber qué más decir. Usualmente el trío lo conformaban con la pulga, y era ésta junto con la princesa quienes llevaban la mayoría de la conversación. El daiyōkai se conformaba con oírlos platicar; aparentemente la joven humana se llevaba de maravilla con su sirviente. El demonio había pensado en más de una ocasión en delegar al pequeño yōkai a la muchacha, así estaría más tranquilo sobre su integridad, aunque su guardián fuera de un tamaño tan reducido.

—¿Interrumpí algo con mi llegada? —preguntó él.

—Sólo iba a practicar, no es nada importante.

—Por favor, no se detenga por mí. —El yōkai se sentó rápidamente en el suelo con sus piernas cruzadas, justo en el límite de su habitación y el pasillo del jardín interior. En su rostro se dibujaba el entusiasmo de un niño pequeño, y es que nunca había presenciado tan directamente la música de los humanos.

En el rostro de la chica, por el contrario, parecía haber sorpresa e incredulidad a partes iguales. De su garganta se escapó una pequeña risa antes de sentarse en el centro de la habitación donde la aguardaba el instrumento. El demonio observó cada paso que dio hasta que sus ropas tocaron el piso; a su negro cabello le faltaba poco para llegar también a él, seguramente aquellas hebras no habían conocido el filo de una navaja en toda su existencia.

Las cuerdas comenzaron a emitir sus sonidos mientras la muchacha armaba una melodía simple que a ratos se tornaba más compleja. Desde hacía años que no disfrutaba tanto de tocar el koto: el silencio (y la atención) de su oyente era más valioso que todos los aplausos que recibía de los invitados de su padre cada cierto tiempo, prefería a aquel único espectador por sobre un cuarto lleno de asistentes.

Ambos se dieron cuenta de que, mientras el viento soplaba cálido y los pétalos se adentraban también en la habitación, envidiosos de que sólo el yōkai fuera oyente de aquella dulce melodía, la intimidad que los embargaba en ese momento era muy diferente a la que tenían cuando la pulga Myōga estaba presente.

El demonio vio cómo algunos pétalos se acercaban demasiado a ella, incluso que algunos se aventuraban a quedar sobre su ropa y cabello sin que ella lo notara. Se dijo que apenas ella terminara su interpretación se encargaría de que aquellas hojillas rosadas abandonaran su persona, incluso si debía ser él quien los retirara.

Detrás de la puerta, sin saber que su princesa se encontraba en compañía de alguien más, el joven capitán escuchaba la melodía de aquel instrumento creyendo ser su único oyente. Se sintió afortunado, por supuesto, y aquellos sentimientos que abrigaba en su pecho fueron resguardados con más recelo a contar de ese momento.

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¡Hola, he vuelto, y en forma de fichas! Ok no xD

Desde que comencé esta historia que tenía este capítulo en mente, pero no pude armarlo en torno a las variables que me daban, así que sólo lo he hecho ahora que el reto está cerrado y soy libre(?)

Me quedan un par de ideas más, así que aún hay vida para esta historia :)

Espero saber qué les parece c:

Saludos~

P.D: ¿Recuerdan aquel momento de intimidad que mencioné en un capítulo? Pues era éste, no lo que sus mentes impuras pensaban(?)