Disclaimer: Ninguno de los personajes de Inuyasha me pertenecen, sólo los utilizo para la creación de este Fic.
Este Fic participó del Mini-reto estacional del foro ¡Siéntate! (hace como dos años ya, ups), aunque este capítulo no lo hace
• Ya que este capítulo y los siguientes son una continuación que le he querido dar a la historia y no participan del reto, no tengo variables, pero trato de usarlas también.
•Esta historia como un todo forma parte de una serie de Fics que planeo subir en torno a ciertas palabras. De ahí su nombre, cuya definición es cuando las nubes adquieren un color rojo al ser iluminados por los rayos del Sol
Arrebol
Por Franela
VIII
Lástima
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Todavía guardaba aquel retrato de su madre. Tan joven, tan bella.
Izayoi no era más que una cría cuando su madre había sido asesinada por un demonio, un yôkai. Ahora, más de diez años después, su padre la había encontrado platicando con un demonio, y su reacción, por supuesto, no había sido una buena.
En primera instancia el hombre había sucumbido ante la ira ciega; sólo el joven samurái que lo acompañaba había sido capaz de hacerlo entrar en razón, pero para cuando lo había hecho en sus brazos ya había quedado grabado el firme agarre de su padre. En la soledad de su habitación, mientras la princesa se preparaba para dormir, pudo ver las marcas violáceas que emergían en su blanquecina piel.
Algunos minutos después alguien llamó a la habitación, y una vez que terminaron de ayudarla con su cabello y sus ropajes, Nadeshiko le permitió el pasó a Takemaru, el joven samurái que acompañaba a su padre aquella mañana. Su guardiana los dejó a solas, e Izayoi miró largamente al muchacho frente a ella.
Mirada baja, finos ojos oscuros. Para la princesa siempre había sido un joven samurái del castillo, un joven con nada más que devoción hacia su señor padre, y sin embargo había sido él quien detuvo a su padre y logró que éste fuera consiente del daño físico que le estaba generando a su propia y única hija. No era, por lo demás, alguien falto de experiencia: mientras la muchacha no llegaba todavía a la quincena de edad, el joven samurái bordeaba las dos décadas, aunque a sus propios ojos no parecía más que un muchacho.
Luego de que la ira abandonara la mirada de su padre, éste cayó rendido a sus pies y comenzó a sollozar, aferrándose a sus ropajes con las manos temblorosas y la voz desgastada, rogándole que volviera en sí. Sólo entonces Izayoi comprendió: la ira de su padre provenía del miedo por lo ocurrido con su madre muchos años atrás, y era el miedo lo que ahora se expresaba a través de su llanto y sus lamentos.
Fue así como se dictaminó que la princesa del castillo estaba bajo un hechizo, y que el responsable, aquel yôkai de cabello platinado, quería sólo la destrucción de la familia.
—¿Cómo se encuentra, princesa? ¿Cómo están sus brazos? —preguntó el muchacho, venciendo finalmente el silencio por el que había optado la muchacha ante su presencia. Izayoi veía que su preocupación era sincera, y sólo por esto decidió responder.
—No es algo por lo que preocuparse —dijo ella, sonriendo, y preguntó:—. ¿Cómo está mi padre?
—El Daimyō se ha mantenido en sus aposentos desde el incidente de esta mañana, princesa. —El joven volvió a bajar la mirada, y el pecho de la muchacha se encogió de angustia. El viento sopló y las campañillas de la entrada hicieron un leve ruido para denotar su presencia. Izayoi se perdió entonces en el exterior—. Era sólo un niño cuando pasó, ¿sabe? Lo de su señora madre. Todavía no entraba al servicio del castillo.
Ambos estaban mirando entonces el retrato de su madre, en un costado de la habitación.
—Tiempo después, mi aldea fue atacada también por unos demonios. —Aquello Izayoi no lo sabía—. La mayoría de los aldeanos migramos hacia acá, donde fuimos recibidos y donde pudimos trabajar.
—¿Hay algo más que quiere decirme, verdad, joven Takemaru? —El muchacho la miró sorprendido, pero para Izayoi era muy evidente su nerviosismo y, por sobre todo, su intento por simpatizar con ella. Él sonrió, nervioso, y carraspeó para volver a su temple serio. Sus ojos oscuros reflejaron algo similar a la pena.
—Desde hoy seré el capitán de su guardia personal, princesa.
«¿Guardia personal?» Estuvo a punto de preguntar cuando comprendió que, a contar de ese día, tendría a diferentes hombres tras sus pasos, dentro del mismo castillo, probablemente.
Sólo un suspiro se escapó de sus labios, y para cuando se dio cuenta que este pequeño sonido había significado para el joven una alta decepción, trató de remediarlo poniendo la mejor de sus sonrisas, de aquellas que le dedicaba a su padre y a todos en el castillo, aquélla que parecía decir que todo estaba bien.
El muchacho se marchó entonces, e Izayoi, aun sabiendo que se encontraba al otro lado de la puerta, mantuvo las luces de las velas encendidas todo el tiempo que su agotado cuerpo le permitió mantenerse despierta: el diario de su madre era fascinante, y más de una página se la dedicaba a los escasos demonios que había conocido y frecuentado a espaldas de su padre.
No tengo excusas, lo sé :(
Agradezco a los que continúan aquí, a los que han llegado y (ojalá) a los que vendrán. Tengo muchos capítulos planeados, pero escribir se me hace cada vez más difícil, y eso que esta es una serie de capítulos cortos. Pedir paciencia sería abusar, por lo que sólo espero que les guste este pequeño capítulo, que si bien no trata sobre los dos personajes principales, es parte de la historia que he creado para Izayoi; el siguiente, espero, sea algo más personal de ellos dos.
Muchas gracias por leer, espero saber de ustedes :)
Franela.-
