Capítulo 6

Dos hombres bajaron juntos del elevador. Uno de ellos era un joven de cabello negro quien tenía un brazo enyesado y la otra muñeca vendada; el mayor era un hombre de cabello castaño ondulado que era la perfecta imagen de la salud. Ninguno de los dos entendía por qué motivo estaban caminando uno al lado del otro o por qué la situación les parecía familiar.

Ambos caminaban en silencio hacía su destino, contentos con la falta de conversaciones forzadas, y se detuvieron hasta llegar a la puerta de un departamento que tenía a su lado la placa con el apellido de "Chiba"

Darién abrió la puerta de su departamento con su mano "buena", la que no pertenecía al brazo enyesado y no le causaba dolor capaz de hacerlo ver borroso cuando la movía por accidente.

Pese a haber pasado más de una semana, el dolor se negaba a desaparecer y él rehusaba utilizar medicamentos para el dolor. Lo habían forzado a tomarlos en el hospital, inmovilizado su cuerpo con esposas o con mantas para poder inyectaron medicamentos que disminuían el dolor y sus capacidades mentales.

El departamento parecía no haber cambiado desde que se fue. Los muebles estaban sacudidos, los platos acomodados en su lugar, la cama tendida y el piso impecable. El único cambio era que una planta en la esquina de su cuarto había sido cambiado por un helecho.

Era algo distinto, un cambio más en su vida que parecía ir en espiral. El mundo cambió mucho en una sola noche arruinando su cuerpo, su carrera y lo poco que él sabía de si mismo. La nueva planta era un recuerdo de su descenso y por eso la intentó quemar con su mirada.

—El helecho es de su agrado, ¿alteza? —el otro hombre preguntó con sarcasmo, de alguna forma logrando mantener su habitual compostura de seriedad que lo caracterizaba.

—Sí, por supuesto. Gracias Maxfield —Darién dijo con una sonrisa nerviosa, dejando olvidado su plan de incinerar la planta con la vista al recordar que era un regalo para reemplazar la que se había secado.

—Perfecto —"Maxfield" dijo trás lanzar una mirada juzgadora a su protegido, después, se dirigió al teléfono de la sala y comenzó a marcar por teléfono, sin pedirle permiso al dueño, quien observó la escena confundido. Maxfield ni siquiera lo miro para explicarse — Voy a pedir pizza.

Darién alzó los hombros, incapaz de articular que él quería comer otra cosa. Mientras escuchaba al otro hombre pedir la pizza, de nuevo sin importarle la palabra de Darién,este último decidió sentarse en el sillón y mirar hacía el cielo gris de la tarde.

—Espero que el repartidor se apresuré —comentó tras varios minutos de silencio, su vista aún sobre las nubes —Va a llover pronto.

—A mi tampoco me gustaría que la comida llegará mojada —Maxfield dijo con seriedad y Darién intentó buscar alguna seña de humor en la cara del otro, pero solo pudo ver la misma expresión altanera a la que se había acostumbrado tras una larga semana.

Cuando despertó en el hospital, el extraño hombre había estado ahí, hablando con el doctor de Darién en tonos bajos que le recordaban los días en que él era un niño postrado en una cama del que todos hablaban pero al que nadie le hablaba. Incluso sin ningún recuerdo, Darién sabía que los niños tenían papá y mamá, al nunca verlos, en el silencio de un cuarto blanco, él supo que estaba solo.

—Eras un protegido de mi padre ¿verdad? — Darién preguntó con la mayor firmeza que pudo, intentado una vez más calcular la edad de Maxfield quién simplemente se había presentado en el hospital sin previo aviso contando una historia de una deuda con el difunto señor Chiba —No recuerdo que él hubiera hablado de usted antes.

—Eras un niño cuando el señor Chiba falleció —Maxfield contestó sin humor, después suspiró profundo en lo que acomodaba sus ideas —No te preocupes por ello.

—¿Usted me recuerda de cuando yo era niño?

—Sí.

Las pequeñas gotas de agua comenzaron a caer suavemente, golpeando el vidrio de la ventana y antes de que Darién pudiera preguntar algo más, el repartidor de pizza tocó a la puerta del departamento.

Era lamentable, Darién pensó, que el repartidor fuera a conducir con una lluvia tan fea.


Había llovido todo el fin de semana y seguía lloviendo cuando Serena despertó de su tercera noche de dormir a la hora que ella quería sin preocuparse de que un youma fuera a aparecer en el hospital. Darién había sido dado de alta y ninguna scout sabía dónde vivía por lo cual la vigilancia nocturna era innecesaria.

En lugar de sentirse aliviada, despues de varias horas de vigila observando a Darién, tras días sin verlo, existía un peso sobre su pecho. Nephrite y su constante amenaza era algo que no podía olvidar fácilmente y más porque sus motivos la seguían eludiendo.

La única opción era la ofrecida por Amy.

—¡NO! —Serena se levantó de un salto de su cama con los ojos abiertos. La idea de Amy escandalizando incluso más de lo que había sido al principio. Después, tras inhalar varias bocanadas de aire, consiguió calmar sus nervios —¡Jaja! ¡Él ya tiene a Saori!

En cuanto terminó de decir esas palabras, sintió una estocada en el corazón y sus ojos comenzaron a arder. Seguía siendo injusto que él tuviera un alma gemela perfecta. Recordó, con pesar, los labios de Liar sobre los suyos, la mano en su cuello y cabeza mientras la abrazaba contra él. Se preguntó sobre los besos de la amable Saori con Darién, si eran perfectos. La idea le revolvió el estómago.

Un relámpago iluminó la habitación mientras ella caía sobre sus rodillas derrotada, estaba demasiado confundida para poner atención a su presente, por eso cuando un trueno resonó en la paredes de la habitación, ella lanzó un grito agudo de terror.

Desde que tenía memoria, el sonido de los truenos la había aterrorizado. Una vez,cuando tenía ocho, sufrió un ataque de pánico que la hizo llorar desconsolada por horas, gritando a gritos por su mamá. Ikuko la intentó abrazar, pero era tanto su terror, que no reconoció a aquella mujer de cabello oscuro ondulado que había sido su madre toda su vida.

Serena ya había olvidado los detalles de su ataque de pánico, pero sus padres no, por lo que ambos corrieron al cuarto de su hija con caras llenas de preocupación.

—¿Esta todo bien, Serena? —su madre se sentó en la cama y acarició la cabeza de Serena para tranquilizarla.

—Sí...—Serena dejo de hablar y miró por la ventana, puso sus mejores ojos de niña pequeña y en una voz muy aguda continuó hablando—Parece que va a llover todo el día, ¿tengo que ir a la escuela?

Ambos padres se miraron uno a otro antes de contestar con un fuerte sí. Su padre ofreció llevarla a la escuela, pero ella debía volver sola.

En la tarde, despues de la escuela, Serena caminaba bajo un paraguas, la lluvia se había calmado y caía ligera sobre el material, haciendo un pequeño sonido que acompañaba cada uno de sus pasos. Su casa aún quedaba lejos y la amenaza de que volviera a llover con fuerza era una amenaza constante para ella.

Había un huracán cercas y se esperaban lluvias al menos dos días más, pero las clases no habían sido canceladas por lo que en su futuro ella veía una próxima humillación pública cuando un trueno sonará y ella gritara como si la estuvieran matando.

La lluvia comenzó a caer más fuerte, con tal intensidad, que no podía ver más allá de una cuadra y el viento optó también por hacerse presente, soplando justo en dirección contraria a Serena, logrando que las gotas golpearan contra su grueso impermeable amarillo.

Eso no la inmutó, pero cuando un trueno retumbó en el cielo, ella lanzó un chillido y soltó su paraguas, dejando que la lluvia finalmente cayera sobre ella sin piedad. Torpemente, amarró su impermeable hasta el punto que lo único no cubierto fueran sus ojos y tras revisar la calle, decidió que su paraguas era un asunto perdido y que lo más importante era llegar a casa.

Un nuevo trueno la hizo correr y dar un nuevo gemido. Estaba tan asustada, que no se dio cuenta que estaba corriendo justo contra otra persona.

Serena cayó al suelo, salpicando con su caída el uniforme escolar de la otra persona. Algo irrelevante porque dicha persona no tenía ningún paraguas y estaba empapada de pies a cabeza.

Gotas de agua recorrían una cara morena enmarcada por cabello negro, su camisa blanca se pegaba contra músculos masculinos y sus zapatos negros estaban sucios por el lodo. Si Serena no conociera muy bien la cara de Darién, pudo haber creído que el joven frente a ella era un atractivo joven de preparatoria dispuesto a salvarla de la lluvia.

Su brazo derecho seguía enyesado, colgando de una banda sujetada a su cuello, pero su mano izquierda estaba bien, y fue esa mano la que él le extendió resignado hacía ella. Pese al gesto, él no la estaba mirando y era la viva imagen de la arrogancia mientras miraba hacía el cielo en lugar de a ella.

Antes de que Serena pudiera golpear la mano, un trueno volvió a sonar en el cielo, y sus dos manos blancas sujetaron la morena de él con fuerza, temblando del miedo y no por el frío. Su cerebro registro que los dedos de él estaban arrugados ya, como si llevará horas bajo la lluvia.

—¿No te gustan los truenos? —Darién preguntó mientras la ayudaba a pararse, pese a solo estar usando una mano logro levantarla y por primera vez desde que chocaron la miró a los ojos. Finalmente, pareció reconocerla —Tú eres...

Los ojos de Darién brillaban con tanto cariño que Serena sintió su corazón perder un latido. Lambió sus labios ocultos detrás de la gabardina y dió un paso hacía él. Antes de poder pensar que estaba haciendo, el rayo que iluminó la cara de él en ese instante la obligó a prepararse para el próximo trueno y por ello cuando el trueno sonó se refugió en el pecho de él, olvidando su brazo herido por completo. Darién soltó un pequeño gruñido pero este se perdió en el sonido de la lluvia.

—Todo estará bien —Darién dijo con cuidado, intentado usar un tono reconfortante para calmarla.

Ella se separó de él con un salto, avergonzada por toda la situación, incapaz de formular palabra alguna para negar su miedo o recriminar su presencia. Había muchas cosas que Darién sabía de ella, muchas de las cuales uso en un momento u otro para burlarse de Serena. Una parte de ella esperaba que él comenzara a reírse de ella y su miedo a los truenos, pero eso no pasó, en lugar de ello, él la observaba con seriedad.

—¿Quiere ir a otro lugar?

Darién preguntó en un tono de voz amable, formal, y sus ojos estaban clavados en los de ella, como si esperará algo. Serena negó con la cabeza, sintiendo toda la sangre concentrarse en sus cachetes y el calor en su cuerpo era tal que el frío de la lluvia se le olvidó por completo.

—Gracias por haberme visitado en el hospital —Darién comentó en voz baja, sus labios temblando un poco y ella pudo ver un bufo de aire formarse cuando pronunció las palabras. La situación la tenía confundida, pues entre todas las cosas que ella esperaba que el dijera, un agradecimiento era lo último en su lista.

—¡Darién!

Cualquier palabra que Serena estuviera a punto de decir, fue detenida en su garganta cuando una voz agradable gritó desde pocos metros de distancia, tan reconocible bajo el sonido de la lluvia como en la claridad de un cuarto de hospital que los hombros de Serena de tensaron y el peso de su broche era reconfortante en su pecho.

Corriendo hacía ellos, usando un paraguas rojo y cargando uno azul, Nephrite se acercaba. Y parecía, para la confusión de Serena, preocupado.

—¿Estas bien? —Nephrite ignoró la presencia de Serena y comenzó a cubrir a Darién con su paraguas, protegiéndolo de la lluvia sin dejarse así mismo vulnerable.

En Japón, compartir paraguas era un símbolo de noviazgo, un dato que no se le hubiera cruzado por la cabeza a Serena si no fuera por las palabras de Amy. La idea la avergonzó tanto que sin despedirse comenzó a correr para alejarse de la situación. Poniendo la mayor distancia que pudo entre ellos.

Darién gritó algo pero ella no lo escuchó. En sus oidos solamente había un abrumador silencio.


Fuera cuál fuera la relación de los dos archienemigos de Serena, no detuvo los intentos de Nephrite para conseguir energía de una pobre persona: un vendedor de tapetes que estaba inconsciente en el suelo de su tienda.

El lugar era relativamente grande, pero había mucho polvo en el aire cortesía de varios estantes tirados que contenían pesados tapetes que, pese a los intentos del vendedor, habían acumulado una cantidad considerable de polvo.

El youma que las sailors tenían que destruir era una tapete con una cabeza desfigurada hecha de pliegos de tela y cuatro extremidades largas que se asemejaban a ramas de los árboles.

Sailor Moon y Sailor Mercury eran las únicas presentes y aunque Nephrite observaba la escena desde arriba de un barandal dentro de la tienda, su mente parecía estar concentrada en algo completamente distinto a la batalla.

Mercury esquivó el brazo del monstruo dando una media marometa por el suelo. El movimiento hubiera sido más efectiva si no hubiera chocado contra un escritorio que le prohibió levantarse rápido. Eso poco importó al youma que tras lanzar su ataque descubrió a un mejor objetivo que a la joven scout de Mercurio.

El monstruo lanzó un tapete por su boca hacía Sailor Moon, quién en un ataque anterior había terminado con un pie bajo varias piezas pesadas de tela y de las que se logró liberar quitándose la bota roja de su pie.

Estaba maravillada con el hecho de que podía quitarse partes de su uniforme y por eso no se percató de la pieza de tela que se dirigía hacía su cabeza. Un brazo la sujetó por sus axilas y ella cayó hacia atrás sobre la persona que la sacó del peligro.

El olor a rosas y tierra mojada le era más familiar que su voz, por eso incluso si no había hablado, ella supo que quién la sostenía era su amado Tuxedo Mask. Él no era la única persona que llegó a la escena.

—¡Fuego de Marte! ¡Enciendete! —Mars gritó desde el otro extremo de la tienda y el monstruo soltó un aullido de dolor antes de volverse polvo por el fuego de la scout.

Nephrite, al ver su desventaja numérica, se fue del lugar por medio de una teletransportación, dejando a sus enemigos atrás. Cuando Sailor Jupiter llegó lo único que pudo ver fue el último rastro de una bota negra que se desvanecía en el aire.

—¿Estas bien Sailor Moon? —Mercury preguntó en automático en un tono de voz que no traicionaba nada. Podía ver qué que su líder estaba más que bien, con una enorme sonrisa dibujada en sus labios mientras yacía sobre el cuerpo de Tuxedo Mask.

—Tuxedo Mask, ¡estas herido! —Mars empujo a Sailor Moon hacía el suelo y acercó su cara a la del héroe enmascarado. Las palabras de ella despertaron a la heroína de la luna de su sueño como un balde de agua y ella también colocó su cara frente a la de él. Ambas, con sus cachetes pegados contra la otra, lo observaban en espera de su respuesta.

—No es nada —Tuxedo Mask alejó su cabeza de la de ellas y después limpió el sudor de su frente con su mano izquierda, en lo que era claro nerviosismo, incluso sus cachetes se habían puesto coloridos y sus orejas estaban rojas—Estoy bien. No se preocupen por mi Sailors Scouts...¡Adiós!

El hombre se levantó como pudo, su cara de vuelta a su habitual color café, y salió corriendo por la puerta del negocio con brincos largos, dejando a cuatro mujeres muy confundidas viendo el lugar donde vieron su capa negra por última vez.

Sailor Jupiter fue la primera en romper el silencio, su cara complacida y sus ojos verdes mirando a Sailor Moon de una forma conspiradora.

—¿Así que ese era Tuxedo Mask? El famoso novio de Sailor Moon. Luce mejor en persona que en fotos. Buen trabajo en conseguirte a alguien tan sexy Sailor Moon.

—¡Júpiter! —Mercury amonestó escandalizada, considerando las palabras dichas muy directas. Mars frunció el ceño y Sailor Moon mordió su labio inferior para contener una sonrisa triunfal. Después de una horrible semana, la presencia de su muy amado Tuxedo Mask era un nuevo aire de vida.

—¿Por qué te ves tan complacida? —Mars casi le grito a su líder —¡Tuxedo Mask no es tu novio!

—¿No lo es? Pero las notas dicen que siempre se les ve juntos. Yo siempre supuse que eso significaba algo.

—Solo porque dos personas peleen juntas no significa que sean pareja —Mars dijo con brazos cruzados —Son solo amigos.

— Deberíamos hablar de esto en otro lugar —Mercury dijo sin traicionar ninguna emoción.

Las otras tres accedieron a regañadientes,sabiendo que el el tema no volvería a surgir en un buen tiempo.

Unos minutos después, cada joven fue en la dirección de sus destinos antes de que él youma atacará. En el caso de Serena, era rumbo al arcade, que gracias a haberse tenido que desviar, le quedaba a dos paradas de autobús de distancia.

Subió el segundo camión con la cabeza en las nubes, fantaseando sobre su querido Tuxedo Mask, quien finalmente después de varias batallas, había vuelto a ella. Una indudable señal de su amor por ella y una promesa de verse muchas veces más.

—Jeje...está loco por mí —dijo tapando su sonrisa con un puño medio cerrado, sus ojos corazones al pensar en su héroe vestido de negro.

—¿Quién está loco por ti? —una voz altanera preguntó desde el asiento de atrás. Ella lo ignoró y cruzó sus brazos, sin el riesgo de lluvias, no había necesidad de encararlo, y más porque ya podía imaginarlo burlarse de sus miedos. Él se ofendió con su silencio y pateó el respaldo del asiento de Serena como un niño berrinchudo.

—Y dices que soy yo la que actúa como una niña —Serena dijo sin voltear. Estaba molesta con Darién por haberla visto de la forma que lo había hecho cuando tenía a Saori y, en cuanto lo pensó, su sangre se helo, a Nephrite.

Por varias paradas ninguno de los dos habló, cada uno sumergido en su propia mente. Él se canso de su silencio y sacó un libro de su mochila, dispuesto a ignorar también a Serena.. Estaba comenzado a oscurecer y Serena vió las luces de las casas comenzar a prenderse. Al ver las pequeñas casas no podía evitar sentir que algo estaba mal.

Sintió un sudor frio recorrer su espalda al darse cuenta que no reconocía el lugar que estaba pasando, despues se asomó por la ventana para ver que estaba sobre una carretera que se alejaba del distrito Juban.

El curso de acción era obvio, tenía que bajar en la próxima parada y esperar al camión que circulará en sentido contrario. Atrás de ella, podía sentir la mirada de Darién juzgando. Ella lo intentó ignorar, su mente recordando todos los insultos y su horrible relación con Nephrite.

Era el general oscuro el culpable de que Darién casi muriera, pero este último, se ponía a entablar amistad con el malvado general. A veces, cuando recordaba la amistad entre los dos hombres, sentía un increíble odio hacia Darién por su desvergüenza.

En cuanto el camión hizo su siguiente parada, Serena bajo, cuidando de ignorar por completo a Darién, aunque una de sus coletas golpeó la cara de él cuando ella se levantó enojada. Esto lo sacó de su libro, pero ella no se dio cuenta, demasiado ocupada en poner la mayor distancia entre los dos que fuera humanamente posible.

La parada de camión era un simple letrero en la mitad de la carretera. El aire húmedo de la tarde acarició su cabello y Serena lanzó una mirada melancólica al cielo. Los colores de la tarde eran familiares y ella podía de nuevo sentir su corazón latir con normalidad.

El autobús anduvo unos metro más y se detuvo a distancia de Serena. El sonido de los frenos llamó la atención de Serena, quién pudo ver a una persona bajar de un brinco del último escalón del camión hacía la terracería sin importarle ensuciar sus zapatos con el lodo.

El viento sopló con más fuerza agitando su flequillo y estorbando su visión un poco, pero ella mantuvo sus brazos a los costados. La tela de su uniforme escolar golpeaba contra su piel y las hebras de su cabello se movían salvajes por el aire, más aún así, ella mantuvo su misma posición, parada erguida con su cabeza mirando hacia él.

Él caminó hacia ella, vestido en un pantalón de un azul casi negro, una camisa blanca y una corbata negra que revoloteaba con el viento y amenazaba con golpear su atractiva cara con su danzar. El brazo derecho seguía vendado y debajo de su brazo izquierdo cargaba un maletín café y en su mano había uno negro.

Darién se detuvo a un metro de ella, confundido. Ninguno de los dos sabía porque al estar uno frente al otro, eran invadidos por un sentimiento nostálgico. Ecos de un recuerdo de milenios atrás que resonaba en sus almas. Serena dió un paso al frente y extendió su mano.

Él le devolvió su maletín.


Notas.

Bueno, en vista del éxito no obtenido... decidí publicar este capítulo de...no sé... ¿más romance y menos drama? (Si ha esto se le puede llamar romance).

En cualquier caso, este parece un buen lugar para dejar la historia en un descanso.

Gracias por leer.