Capitulo 17
Mina Aino, la increíble Sailor V, se había presentado ante las chicas y Serena con nueva información sobre el enemigo. Primero, les había informado que las redes del Negaverso se extendían más allá de Tokyo, segundo que era la última del equipo y tercero que lo mejor era cooperar con los dos generales del Negaverso.
—¿De verdad quieres que seamos amigos de esa basura? —Rey preguntó, brazos cruzados y ojos firmes mientras juzgaba a la nueva scout.
—¿Amigos? —Mina devolvió la pregunta sonriendo con nerviosismo, agitando una mano frente de ella —Para nada, es solo que lo más conveniente es detener el despertar de Metallia.
Amy, al lado de Serena, escribía con una mano blanca una serie de ideas en su libreta para asuntos de scouts, pensando en los distintos escenarios que se podían presentar en el futuro. Luna y Artemis observaban todo en silencio cada uno enfrascado en sus propios problemas.
—Ellos son basura —Lita dijo, la agresividad de sus palabras dirigidas tanto a los generales como a la nueva integrante del equipo.
Serena podía sentir la animosía entre las chicas y miraba todo con nerviosismo. Ella no sabía que hacer o qué decisión tomar respecto a nada. La romántica noción de tomarse de las manos e ir a enfrentar a Metallia juntos, pese a su aparente belleza, era infantil y con la vida de miles de personas en juego, parecía no ser la correcta.
—¿Y si es una trampa? —Rey inquirió, alzando una ceja hacia Mina, después continuó hablando—Mejor acabemos con Nephrite y Jadeite ahora mismo antes de que vuelvan a lastimar a alguien mas.
—Esa me parece una buena idea — Lita dijo, accediendo con su cabeza y flexionando sus manos al pensar en la próxima batalla — ¡Hay que atacarlos ya!
—Debemos escucharlos primero —Amy, que había escuchado las explicaciones de Mina sin intervenir, finalmente alzó su voz, pero al ver la serie de pares de ojos sobre ella volvió a su libreta.
Serena respiró profundo, cerrando los ojos como si existieran millones de ideas en su cabeza aparte de su deseo de que le gustaría dejar de ser una scout que tomaba decisiones complicadas que podían lastimar gente.
Una persona en particular saltaba a su mente.
Darién era un patán, por lo que ella sabía, él era capaz de engañar a su alma gemela besando a superhéroinas en minifalda. Aquel beso semanas atrás, robado tras una batalla, la había hecho enamorarse de él con una intensidad menor que de sus dos amores hacia Andrew y Tuxedo Mask, pero eso no lo volvía en automático una mejor opción de sus otros dos amores.
No, todo apuntaba a que Darién era más complicado de lo que valía la pena. Aún así, él era la persona que Nephrite y Jadeite habían tomado como su víctima predilecta, chupando su energía como mosquitos y dejándolo con anemia y enfermedades crónicas.
—Tengo hambre —Serena dijo, levantandose de la mesa. Ignoró la mirada reprobatoria de Rey y salió del cuarto, dejando la plática atrás por el tiempo que le tomara ir por unos panes a la cocina del templo.
Comer, jugar, hacer la tarea. Esas eran cosas normales de la vida de una estudiante de secundaria. Pensar en cosas complicadas como posibles traiciones, muerte o muchachos enfermos que parecían tener los días contados, eso no debía ocurrirle a nadie. Mucho menos a ella.
Se recargó en una pared y dejó su espalda resbalar por la madera, hasta que cayó sentada al suelo frío. Era mucho para ella, tanto que su pequeño cuerpo era incapaz de procesarlo, así que lloró en silencio mientras se abrazaba así misma.
Ella solo quería ser normal.
Pese a sus íntimos deseos de normalidad, el día anterior a su encuentro con los generales demostró ser uno que la llenó de miedos que le eran difíciles de nombrar.
Primero, el día comenzó con la maestra Haruna recordando a todos que los exámenes estaban listos para comenzar el siguiente lunes. Pequeñas hojas cargadas de tinta negra que en una semana más la ahorcarían con preguntas que ella contestaría sin éxito.
Segundo, el joven de lentes de botella llamado Melvin, decidió volver a intentar convencer a Serena de ser novios. Los intentos de él eran tan inocentes que por unos segundos, al verlo extendiendo la carta rosa de un enamorado, ella pensó que Melvin pertenecía a un mundo totalmente distinto al que Serena conocía desde varios meses atrás.
Tercero, Amy y Rey se pusieron de acuerdo para buscar a Greg y hacerle preguntas entre las dos. Serena ignoraba que ellas dos habían sacado a Serena del plan para protegerla, así que por lo que sabía la joven heroína, sus aliadas Scouts la detestaban por ser incapaz de ser una buena líder.
O quizá, ella pensó tomando su mejor mentalidad dramática, ese era el fin de su amistad. Rey había conseguido hacer el golpe de estado y tirarla del trono metafórico de líder.
Estaba en medio de sus fantasías cuando sintió un familiar escalofrío recorrer su espalda. La indicación inequívoca de que Darién estaba cerca y que algo estaba mal. Ella observó por todos los lados de la calle, buscando con enormes ojos azules el familiar corte de cabello negro del muchacho. Normalmente debería estar a poco pasos de ella pero no fue asi, Darién ni siquiera estaba por su misma acera.
Estaba caminando junto a un hombre de largo cabello plateado. El extraño color o la longitud hubieran merecido por si solos que Serena investigará, pero fue el traje gris lo que causó que Serena tomara la decisión de usar un disfraz en su misión de reconocimiento.
Serena corrió a una calle vacía y tras cerciorarse que nadie estaba cerca, sacó su pluma mágica de transformación y la alzó al cielo, como si el poder del objeto viniera de el espacio exterior.
—¡Transformame en un guapo estudiante de preparatoria! — Serena grito con convicción, dejando que la luz transformará su falda azul en un pantalón gris y su blusa blanca en una camiseta de hombre. Su largo cabello rubio se volvió corto y partido al medio. Ella esperaba que nadie pudiera ver rastros de la cara de Serena en la imagen mágica del muchacho.
En cuanto la luz se desvaneció, fue en dirección hacia donde había visto por última vez a los dos hombres, buscando alguna señal de Darién entre la multitud de personas en la calle, esperando que sus poderes de scout de verdad le dieran alguna habilidad de explorador que le permitiría allarlo a tiempo.
Respondiendo a su plegaria silenciosa, su magia, como mano invisible del destino, , hizo que los encontrara tras diez minutos de larga búsqueda. Las personas se alejaban de ellos de los dos hombres, siguiendo una suerte de instinto en el que jamás reparaban. Serena, sin embargo, los siguió sin titubear, inmune a la magia que ellos epxedian.
Finalmente, ellos desaparecieron en la esquina de un edificio, yendo directo a un callejón sin salida que servía más de basurero que de lugar de descanso. Serena sujetó brevemente su broche, seguro en el pantalón del uniforme, pensando en si debía o no transformarse.
—Al tomar a Metallia dentro de ti, serás uno con ella.
Las palabras llegaron a los oídos de Serena como si hubieran sido dichos frente a ella y no a varios metros de distancia en un lugar que ella no podía ver. La sensación de peligro hizo que todos sus sentidos saltarán al máximo y sin pensarlo, dejó su escondite para ponerse en la salida del callejón.
Darién estaba ahí, arrodillado frente al suejto vestido de gris quien le daba la espalda a Serena y tenía toda su atención en el muchacho mientras recitaba algunas palabras en un lenguaje más antiguo que Japón.
Algo en la imagen de ellos dos enfureció a Serena, haciendo su sangre hervir en cada centímetro de su cuerpo y la hizo ver rojo por un instante fugaz.
El general misterioso ni siquiera pudo esquivar el maletín que golpeó con fuerza su cabeza, la hebilla de metal rasgando su cachete y rasgando su piel morena. Serena trato lanzar otro golpe pero esta vez, él ya la había visto y con un movimiento de manos una bola de energías impacto al objeto y lo hizo volar de las manos de Serena al suelo.
—¿Quién eres tú? —el hombre preguntó, su expresión neutral mientras observaba a lo que él creía era un muchacho de preparatoria que se había puesto entre él y Darién.
—¿Quién eres tú? —Serena increpó, logrando tranquilizarse un poco tras perder su arma, como si hubiera podido recobrar un poco de racionalidad al dejar atrás su agresividad. Pelear contra un general sin estar tranformada en Sailor Scout y con un civil de por medio no había sido su mejor plan.
La paciencia y mantener una cabeza fría eran necesarios para cualquier batalla contra el Negaverso.
Él alzó una ceja y avanzó un paso hacia ella, listo para pelear una vez que sus intentos de conseguir información fueron frustrados por la actitud de Serena. Ella mantuvo su posición firme, pies plantados en la tierra, lista para proteger a Darién con su vida y mostrar su método de transformación al enemigo.
Malakite, ella reconoció al fin aquella cara alargada y ojos grises que le eran familiares de algún sueño olvidado. Él titubeó por unos segundos al ver la mirada dura de ella, también reconociendo algo que una vez él había perdido.
Fuera lo que fuera que vio, lo detuvo en seco y palideció de repente. Serena se tensó al ver aquella máscara de estoicismo derrumbarse y mostrar desde tristeza a furia en un par de segundos. En menos de lo que le tomo pestañear, el había recobrado su porte.
Malakite volvió a observar a Serena, después levantó el mentón y se fue en una teletransportación que parecía necesitar mover su capa blanca con elegancia digna de un truco de magia.
Ella espero unos segundos antes de bajar su guardia y en cuanto la adrenalina la dejo, calló sobre sus rodillas y respiró profundo para recuperar el aire que no había sido capaz de respirar durante toda la confrontación.
En cuanto recupero suficiente energía, se arrastró hacia Darién, quién tenía la vista perdida y su boca abierta levemente. En las comisuras de sus labios había manchas rojas rastro de lo que sea que estuviera en la copa tirada en el suelo, la mayoría del contenido regado en la tierra la ensuciaba con un violento color magenta que casi la mareaba.
Serena lanzó una mirada a la copa, revisando brevemente el contenido esparcido, antes de volver a sacudir los hombros de Darién.
—¡Darién! ¡Despierta! —le suplicó, las lágrimas en sus ojos cayendo sobre su pantalón gris —¡Vamos! ¡Soy yo, Serena!
En cuanto dijo su nombre, la figura de él tembló, como si estuviera dormido con los ojos abiertos y su voz fuera un ruido capaz de despertarlo.
—¡Sí! ¡Soy yo! —Serena dijo con fuerza, dejando la imagen de estudiante de preparatoria desaparecer y retomando la apariencia de niña de secundaria que él sí conocía.
—¿Cabeza de Chorlito?
El apodo cruel fue dicho en una voz amodorrada y de no haber estado temiendo por la vida de él, Serena le hubiera sacado la lengua, en lugar de ello lo abrazó con fuerza, empujando la frente caliente de él a reposar sobre su hombro.
—¡Oh, Darién! —ella lloró en el cabello de él, preguntándose qué tenía el Negaverso en contra de él, atacandolo constantemente como si fuera una deliciosa presa en medio de la faminia.
Él se dejo mimar por ella unos segundos, aún medio drogado y con un mundo que parecía temblar incluso cuando mantenía los ojos cerrados. Dudando un poco, colocó un puño medio cerrado en la espalda de Serena, incapaz de abrir su palma por completo por temor a maldecirla con su mala suerte.
—¿Qué pasó? — él preguntó con una voz quebrada.
—Un monstruo del Negaverso te atacó — ella lo sujetó con más fuerza, la mano sobre aquel cabello negro volviéndose un ancla que no le permitía a él alejarse de ella —Sailor Moon te salvó.
—¿Lo hizo? — él preguntó, más despierto, y delicadamente se separó de Serena, sus ojos buscando por los aires a la heroína. Al no verla, negó una idea dentro de su cabeza, se puso de pie y tras ayudar a Serena a levantarse, le sonrió —¿Por qué lloras?
Serena tragó saliva y un sollozo, sus ojos rojizos miraron la cara enfermiza de Darién en búsqueda de algún alivio, pero al verlo, únicamente se sintió peor. Unos meses atrás, cuando recién se conocieron ambos se contrastaban a la perfección: ella era rubia de piel blanca, con malas calificaciones y peleaba sola contra monstruos que él desconocía; el tenía cabello negro y piel morena, era un estudiante perfecto y vivía seguro sin ser víctima de monstruos. Ahora, ella era incapaz de recordar la última vez que la piel de él no estaba pálida por la enfermedad o que él caminara feliz rumbo a la escuela.
—De verdad eres una llorona — Darién bromeó como si no hubiera sido atacado minutos atrás o ella estuviera llorando porque se le cayó el helado.
—¡Eres un desconsiderado! — ella gritó en medio de su llanto, enojada porque él se negaba a entender su dolor y se burlaba de su compasión.
Serena salió corriendo del lugar, tapando su cara entre sus manos para que el resto del mundo no viera sus lágrimas. Atrás, Darién quedó en el callejón, incapaz de entender que es lo que había pasado.
Tras verla desaparecer y después de contar hasta veinte en su cabeza, él escupio el sabor metálico en sus labios, sacudió su cabeza y caminó de vuelta a su departamento, sintiendo el deseo de dormir en cada músculo de su cuerpo. Incluso sus párpados amenazaban con cerrarse a cada nuevo paso como si llevará días sin dormir.
De acuerdo a su entendimiento, en el lapso que regresaba de comprar sopa del mercado a su abrupto despertar en un callejón varias cuadras adelante, un youma lo había atacado y Sailor Moon los rescató a Serena y él. Eso tenía sentido en su cabeza.
Quizá, pensó mientras precionaba el botón del elevador, eso era lo que había pasado las muchas otras veces en que despertaba con horas perdidas. Rápidamente se amonestó, la excusa era bonita y desde cierto punto de vista romantica, pero seguía siendo una excusa para no afrontar su realidad.
Él no estaba seguro de que realidad, pero tenía la certeza de que estaba escapando de algo con sus teorías de ser rescatado por una bella heroína motivada por algún lazo de amor milenario. Ella tenía otro. Titubeó unos segundos antes de salir del elevador, más agotado tras pensar en Sailor Moon y lo inalcanzable que fue desde el principio.
Dentro de su departamento, Jed y Maxfield estaban viendo unos mapas hechos a mano, intercambiando planes que Darién no tenía energía de escuchar. Les lanzó un saludo antes de refugiarse en su cuarto y ponerse las sábanas encima. Lo mejor de tener aire acondicionado era sin lugar a dudas siempre poder dormir acobijado.
Los sueños llegaron pronto, como si lo hubieran estado esperando desde que se despertó.
La princesa estaba llorando en el balcón, sus brazos ocultando su hermosa cara y su largo cabello dorado cayendo como agua por la pared de mármol.
Él la había visto llorar muchas veces. Algunas por el Cristal de Plata, otras por su reino destrozado, y algunas pocas, cuando ocultaba su dolor en las sombras, por él.
Darién recordaba la primera vez que ella lloró por él. Siendo solo un niño al que amarraban las manos a las camas y le llamaban mentiroso, su princesa había derramado lágrimas al verlo incapaz de moverse. Se había ocultado de él hasta que recobró suficiente fuerza para ir a su lado. Ella lo amaba tanto como para llorar por él. Ella lo amaba tanto como para olvidar sus emociones y hacer lo necesario para hacerlo sentir mejor.
—¿Esta llorando por tu culpa? —su sombra susurró.
—Yo no hice nada.
—¿Entonces porque llora? La causa eres tú.
Darién negó con la cabeza aquella verdad, temiendo que de aceptarla sería incapaz de continuar. Sin un pasado, con futuro incierto y un presente líquido, lo único real era su princesa. Toda su vida era ella y sin ella, él no era nada.
—Sí ella es todo y tú nada...entonces tú simple presencia la daña...le quita... la mata
La voz era distinta, aguda al punto que lastimaba sus oidos y con un eco cavernosos que lo hacía pensar en un animal muerto. Esa voz retumbó en los cimientos de sus sueños, manchando las baldosas blancas de colores rojos y verdes. Algo estaba mal. Su sombra, antes algo negro pero suyo, tenía la forma de un monstruo que amenazaba con destruirlo todo.
¿Dónde estaba? ¿Dónde estaban los demás? ¿Quién era él? ¿Existía alguien o algo en el mundo aparte de él? No sabía ya nada. En medio del asqueroso mundo que quería consumirlo, pudo escuchar una melodía que devolvió todo a la luz con su triste cantar.
La música triste, cargada de melancolía guardada por milenios, erradicó las sombras que querían comer sus sueños y Daríen despertó. Estaba acostado sobre su cama, sudando por todos los poros de su piel y temblando por las pesadillas que ya había olvidado.
Su mano encontró, justo arriba de su estómago, los bordes de un objeto metálico que le era tan familiar como su propio rostro.
Era una caja musical en forma de estrella, cabía en sus manos y tenía un compartimento que lo había hecho pensar que alguna vez fue el guardapelo de alguien. El pequeño juguete había llegado a él una mañana diez años atrás, apareciendo al lado de su almohada como un regalo enviado por un hada.
Se lo habían confiscado en el hospital, pues al principio creyeron que era algún objeto de oro olvidado por alguien. En el horfanatorio, justo después de una pelea con los demás niños, Darién había escuchado la música provenir desde su bolsillo. Esa vez, los adultos lo habían reconocido como la joyería de fantasía que era, pero se lo habían quitado para dárselo a una niña. Un mes después, apareció de nuevo en las pertenencias de Darién y él lo ocultó.
En esos años, Darién había creído que esa era la prueba de su princesa. Algo tangible para poder sostener porque ella era incapaz de tomar su mano. De adolescente, siempre que escuchaba aquella triste melodía, él había cerrado el objeto, paranoico de su locura e incapaz de discernir lo real de lo ficticio terminó por olvidarlo.
Su princesa, su sueño, era algo creado por su mente deseosa de amor. Eso era lo que todos los adultos habían dicho toda su vida y él quería que todos lo dejarán de mirar de esa forma. Como si el no no fuera humano.
Pero finalmente había descubierto que ella era real pocos meses atrás y también, semanas atrás ella rechazó amarlo. Y él aún era incapaz de decidir si hubiera preferido que ella hubiera sido siempre un sueño que lo amaba o una realidad que jamás lo hizo.
La música se parecía burlar de él con cada nuevo ciclo. En lugar de cerrar la tapa, como lo hubiera hecho una persona inteligente, llevó la caja musical más cerca de su corazón y la apretó con dedos enfermizos.
Estuvo así por casi una hora, contemplando todo y nada, hasta que dos personas arruinaron su melancolía.
—¿Es eso un juguete? —Maxfield preguntó en cuanto cruzó el umbral de la puerta. Con ojeras marcadas y cabello menos lustroso que de costumbre, Darién sospechaba que estaba sufriendo por haber pasado otra noche en vela.
—Es algo demasiado femenino para ti, ¿no crees? —Jed, quién también decidió entrar al cuarto, dijo sin perder una sonrisa de mercader.
Darién estaba demasiado enfermo como para escuchar sus críticas, así que como un niño, con las energías que tenía lanzó la almohada contra la cara de Jed y, tras ver que su ataque no lastimo al hombre, agarró el despertador listo para sacarle un ojo.
"Matalo. Lo merece. Hazlo" algo susurró en su oído y la furia de Darién incremento, alimentada por la presencia.
—¿Qué estás haciendo? —Nephrite preguntó alarmado, sacando una mano de su bolsillo para hacer la señal de alto.
Darién párpado una vez y vio su mano, sujetando el despertador, y lo dejó caer a la cama, su propia acción le parecía ajena así mismo. Por unos segundos, de verdad había querido lastimar a Jadeite. Sujetó con más fuerza la caja musical como si con ella pudiera desvanecer el mal en su corazón y guardó silencio.
Maxfield y Jed intercambiaron miradas que indicaban conocimientos desconocidos para Darién, ambos estaban tensos y sus ojos tenite la furia de alguien cuyo honor había sido lastimado.
Los dos querían platicar de algo, pero al estar Darién ahí, se contenían tales soldados evitando pelear enfrente de sus superiores.
—No hablen de mi a mis espaldas — Daríen se atrevió a decir, su voz filosa con los remanentes de su enojo — Ustedes saben, se que saben qué acaba de pasar...merezco saber.
—No necesitas saber nada —Maxfield respondió con altanería, negando las demandas de Darién inmediatamente, Jadeite parecía tener otros planes.
—La Reina Metallia te está afectando.
Darién sintió miles de espinas sobre su piel al escuchar el nombre y su agarre sobre el juguete se volvió más fuerte, aunque la sensación del metal dejó de registrarse en su cabeza junto al sonido melancólico que nunca había dejado de tocar en sus palmas.
—¿Cómo? ¿Metallia...ella...ella..
—Esta durmiendo —Jadeite terminó la idea de Darién con su propia conclusión. Después se dirigió frente a la cama y tras pensarlo mucho, se sentó al lado de los pies del muchacho, incapaz de dejarse así mismo ver a Darién hacia abajo pero indispuesto a incarse frente a lo que él veía como un simple humano.
Nephrite acompañó a Jadeite hacia la cama pero se mantuvo firme sobre sus pies, lo que le daba una figura imponente sobre los otros dos hombres.
—¿Cómo puede ella influirme si está dormida? —Darién preguntó, relajando su agarre sobre el objeto en su mano y con un pequeño movimiento de su pulgar cerrando la tapa.
—Nephrite sabe mejor como funcionan esas cosas.
El mayor de los tres, al ver los ojos suplicantes de Darién, implorando en silencio una explicación, respiró profundo antes de hablar.
—Todo en este mundo está conectado. Las personas tienen lazos con otras personas; el pasado, el presente y el futuro a veces parecen uno solo; la tierra está unida los que habitan en ella y si escuchas con suficiente atención escucharás a las estrellas por esta conección. Mientras más uses esos vínculos más fuertes se vuelven.
—Eso...no suena mal —Darién dijo, sobando su sien con un par de dedos para mitigar el dolor.
—Normalmente parece ser así —Maxfield cerró sus ojos para tomar fuerzas antes de continuar —. El lazo también puede ser hecho con personas que odiamos o nos desean el mal, hechas incluso contra nuestra voluntad. Admito mi culpa en ello, al robar energía tuya para Metallia ella te ha encontrado entre las millones de otras criaturas en la tierra y, tu especialmente eres vulnerable a ser poseído.
Darién alzó una ceja, cruzó sus brazos y miró a Jed en búsqueda de su apoyo. El hombre rubio alzó los hombros y se colocó de pie ya que Darién también se había levantado de la cama al escuchar las explicaciones de Maxfield.
—No soy "vulnerable a ser poseído" —Darién sentenció, seguro de esas palabras como estaba seguro de que el cielo era azul.
—Eres un empata, es parte de tus debilidades naturales.
—Tampoco soy un "empata"
Él era normal, y si no lo era, entonces haría todo lo posible por aparentarlo. Ya no existía ningún motivo para aferrarse a los sueños de su infancia o historias de amor creadas con palabras efímeras.
Todos esos pensamientos recorrían su mente cuando empujó a los dos generales fuera de su departamento, casi sin decirles ninguna palabra. En cuanto estuvo solo, se recargó sobre la puerta de madera y respiró cansado mientras miraba al vacío con los ojos tristes de quién se sabe solo.
Él era normal y no necesitaba ni a Maxfield o Jed..o a su princesa. Él podía cuidarse solo.
Este glorioso primero de julio, se hizo historia y por eso publique este fic para conmemorar..¡.viva México!
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Extra: Zoicite.
Zoicite no estaba celoso del niño rubio de ojos grises que practicaba las espadas con Malakite. No había razón alguna para temer que el nuevo hermano adoptado en la familia Kunzite fuera capaz de quitarle el amor que se le había jurado.
Finalmente, ambos hombres terminaron de practicar y en cuanto el más joven de los dos se fue, Zoicite saltó al brazo fuerte de Malakite, tocando los músculos fuertes con sus blandos dedos de rey.
—Escuche que irás de nuevo al norte del Reino Dorado—Zoicite dijo y se mordió el labio para no soltar un sollozo —¿De verdad dejarás la seguridad de mi reino para ir alla?
—Es mi deber —Malakite respondió con fuerza, pero su mano enrojecida por el sol se posó delicada en la mano blanca de su amado —Ademas, ¿no quieres saber si él está bien?
Zoicite negó con la cabeza. Ya no le importaba ningún miembro de la familia dorada desde que le entregó su amor a Kunzite, la vida de esas personas del reino Dorado que pese a vestir armaduras eran más que nada débiles artesanos y monjes de una religión casi pagana, ellos valián nada frente a Malakite.
—Crei que era tu amigo. Él nos presento y nos dió su bendición...sin su ayuda no hubiéramos podido convencer a tu honorable madre de que soy tu alma gemela.
—Él tambien se niega a la solución pacífica ofrecida por la reina Beryl.
—Invadir el reino de la Luna es suicidio.
—Lo es —Zoicite admitió —Yo pensaba sobre la alianza marital. Es algo simple y acabará la guerra sin ceder el reino dorado a la bruja Beryl —Zoicite dijo, jugando con la punta de su cabello color paja —Así acabaremos está guerra.
—¿Lo haría?
—Mis asesores creen que sí.
Ambos se miraron en silencio, cada uno de ellos sumido en sus propios pensamientos.
