Podríamos ser leyendas después de todo.

Vio a la muchacha dejar unos girasoles sobre la tumba, para luego observar con nostalgia el pequeño marco de plata que contenía una foto de su equipo. Los recuerdos eran lejanos, muy lejanos, pero la sensación no parecía irse aún después de tantos años: orgullo.

Gai no podía dejar de pensar que su equipo había sido maravilloso, tan unido, tan fuerte.

Lee se había convertido en un gran maestro, y padre, por supuesto. Tan lleno de alegría cómo siempre, a veces llegaba a ver a aquel niño que se dedicaba a llorar cada vez que le decían que no lo lograría, que el no llegaría lejos. Tras la muerte de Neji no dejó que su alma se quebrara, pese al dolor, se mantuvo fuerte.

Tenten por otro lado, fue quién más pareció afectada, negada a aceptar que el resto la viera romperse, se encerró en su hogar, sin permitir que la vieran sufrir. Fue su duelo, Gai entendió que la chica necesitaba asumirlo de a poco, lo amaba y era lógico que sintiera su mundo caerse. Pero ella lo supero, renació desde las cenizas aún más fuerte. Ahora se encontraba junto a la lider de un escuadrón anbu.

Ellos eran su orgullo. Neji arriesgó su vida para que el mundo ninja encontrara la paz; Tenten luchó contra el dolor, se volvió más fuerte por él; y Lee, su querido Lee, era cómo un hijo para él, vio sus tropiezos más grandes, lo vio levantarse y aferrarse a sus sueños, él era su mayor orgullo.

Pensó en el momento que los vió, que ellos moverían montañas si éstas no los dejaran avanzar, que romperían paredes, que volarían alto sin miedo caer; y se prometió que estaría ahí para verlos triunfar, que los guiaría hacia la grandeza, porque merecían tener el cielo entre sus manos.

Pese a que las cosas no eran como quería, Gai sabía que habían llegado lejos, mucho más de lo que creían.