Hola a todos, lamento no actualizar muy seguido pero es que después de las pobres aceptaciones que van teniendo mis fics, creo que algo en mí está cayendo y busca desistir, dejar las historias inconclusas. Pero, bueno, espero que no pase, eso ya depende de ustedes.
La historia es algo larga y confusa pero no quiero contar únicamente la historia de un reencuentro familiar, no, cuando termine el fic, muchas historias se habrán contado.
El capítulo es largo, lo sé, pero vale la pena leerlo. ¡Gracias!
MI PADRE
Unos pesados pasos perturban el silencio abrumador del lugar, el viento sopla desde todas direcciones: Norte, sur, este, oeste. Nada tiene sentido…
La pesadilla sempiterna lo acorralaba cada noche tormentosa. Cuando cerraba los ojos y se hundía en mares infinitos de soledad, ahogándose en atosigantes voces acusadoras.
-¡Maestro Karin! –grita una vez más. Siente como algo en su pecho es estrujado. Intenta recobrar fuerzas… antes de usar su última opción…
Era pues el horror rutinario lo que más pavor producía; saber que sus gritos eran inútiles, que eran inaudibles, que ninguno de sus amigos podía escuchar sus gritos de desespero. Pero mantenía viva la esperanza de una respuesta aunque esta solo sea del viento y su desabrido eco.
-¡Goku! –escucha como lo llaman desde el interior del templo… esa voz… esa voz que lo hipnotiza con una sola palabra…
Pero, de pronto, cuando estuvo a poco de caer rendido en las fauces de la desesperación por buscar insaciable consuelo en esa voz; un severo impacto atacó su espalda, empujándolo pasos hacia delante; desconectando sus sentidos de la voz angustiosa que era más débil cada instante.
Giro la cabeza buscando el origen de la ofensiva provocada por, lo que él reconocía como un bota. No encontró nada, solo el desolado pasillo. Otro golpe le llegó en el mismo lugar de las vértebras lumbares.
Las patadas no aparentaban agresión, pues eran solo ligeros roces acolchonados, amortiguados al choque.
Agito sus ojos buscando por la columnas, en el techo, incluso más allá de los jardines. Pero nada, tan solo él y el infinito.
La fantasía de su subconsciente vacilaba con su cordura convirtiendo el sueño en toques de realidad, alterna al fugaz ataque de culpa. Una pesadilla casi común en su vida.
Otra vez el ataque, en el mismo punto, con la misma débil fuerza. Giro su cabeza encontrándose esta vez con una cola de mono oculta entre las paredes.
-¿Bubbles? –preguntó. La cola desapareció y él corrió con ímpetu detrás de ella, enterrándose más en la desesperación al no encontrarla.
-Kakarotto -lo llamaron desde la nada. Desde todos lados y desde ninguno.
-Kakarotto –la voz era familiar, demasiado familiar.
-¡Kakarotto! –despertó cubierto por un manto de sudor.
-Raditz ¿qué sucede? –Miró al catre inferior, percibiendo todavía la aplacada noche- ¿Por qué me despiertas?
-Tenías una pesadilla, por eso.
-Todas las noches las tengo, Raditz. Aunque esta vez fue diferente, supongo que fue porque me despertaste.
-Da igual, levántate, vamos a entrenar.
-Pero si todavía es… -miro por la ventana otra vez, lanzando un bostezo que se tragó al instante cuando vio al astro sol por sobre las montañas- ¡¿en qué momento amaneció?!
-¡Levántate!
La noche era sombría sin rastro de luz, sin estrellas. Bardock reposaba sentado en su cama quemándose las pestañas, impregnado por la visión de una noche sin luna. La ventana, su único pasaje al cielo, con el mentón inclinado sobre su brazo atrapaba la poca luz de esa solitaria estrella.
Sola en un desierto azul oscuro, la estrella misteriosa, que no ha existido ni ayer, ni el día antes, solo hoy apareciendo en el corto instante en que apagó los ojos. A un costado suyo, Gine se mueve entre sueños, indiferente al extraño cuerpo celeste. Deleito su vista con las rosadas mejillas infantiles.
Esa mujer le había resultado todo un peligro, una travesía constante. El solo hecho de sentir su piel, de escuchar su voz, de ver sus alegrías y arrebatos, desencadenaba mil chispas en su sangre espesa. El hábil juego de esa mujer le había permitido engendrar 2 poderosos hijos que pocas veces conoció en la niñez y de esto estaba arrepentido. Ahora eran mayores, uno tenía ya una familia, la brecha entre ellos media 30 años.
Sentado con la respiración pesada, con la cicatriz ardiéndole, en el torso desnudo absorbiendo la fría noche. Trataba de ver lo que no vio cuando era el momento. Acorralaba el sinfín de penas que pasaron sus hijos vagando solos por el universo. Y ahora estaba su nieto defendiendo con su solitaria frente en alto un planeta desventurado en la galaxia norte.
Algo fallaba ahí.
Kakarotto era ingenuo, eso era obvio, pero egoísta no era o al menos, eso quería creer. Las dudas se sembraron como la mostaza en primavera y por montones brotaron sin orden alguno.
Su hijo menor llevaba escondiendo algo detrás de su aparente sonrisa ingenua.
La cicatriz de su cara ardía en fuego volcánico, sus dedos frotaban sin éxito su mejilla rasposa. Sus ojos enfocaron la ventana nuevamente, y la oscuridad esparcida como un mar en el piso. Se levantó, incomodo por la somnolencia, buscando respuestas en la luz blanca de esa errante estrella. Sus poderosos negros ojos saturaron el ventanal, vigilando los lejanos montes, reluciendo sus pupilas cual gato nocturno.
Quiso convertir el azul en rojo y amarillo, en celeste y blanco, alejarse de ese pavor incoherente que producía la noche eterna en la basta bóveda celestial.
-Bardock –era Gine con una voz todavía dormida, sentada en la cama- ¿qué haces?
-Solo quise ver el cielo mientras amanecía –dijo volteándose.
-Qué lindo, pero ya te lo perdiste.
Giro contrayendo su sien, chocando con el joven naranja del nuevo día, nacido en cortos 5 segundos. Apretó sus labios, asomando completamente su cabeza por la ventana abierta, llevando su mirada por el horizonte donde la noche había desaparecido.
Un viento extraño acompaño al sol en el choque de su pectoral desnudo. Bajo la mirada, encontró a sus dos hijos caminando por el bosque, quizá decididos a entrenar.
Metió la cabeza por la ventana, miro a Gine, también con el torso descubierto, y le dijo.
-Iré a entrenar a los muchachos ¿vienes? –se colocó la pechera de su armadura, lo único que se quitaba antes de dormir por las noches.
-Luego voy, quiero descansar un poco –Gine volvió a recostarse dejando libre sus suaves senos entre las sábanas.
-Te espero.
Sale de la cabaña, mira a su alrededor, a los espesos árboles, al cielo celeste, al verde pasto. Impartió vuelo sobre la maleza del denso bosque. Buscaba sobre los cielos, con las gotas del negado roció todavía chocando su rostro.
Alcanzó dar con la larga cabellera negra del mayor, detuvo su vuelo guardando su intempestivo ki en sus palmas. Los hermanos charlaban amenos, desinteresados.
Cayó su esfera de ki delante de ellos, desbaratando el suelo rocoso, levantando polvoreadas nubes. Raditz y Kakarotto se detuvieron cuando el ataque rozo sus pupilas. El menor levanto la cabeza y se encontraron.
-Papá qué…
-… ustedes dos deberían estar entrenando, no dando un paseo.
-Bardock, nosotros nos dirigíamos a…
-… este lugar está bien para entrenar… así que quiero que hagan treinta mil lagartijas.
-¿30 000? Eso es muy básico –dijo Goku.
-Pero lo harán con los puños.
Raditz, transformando su cabello al rubio, inmediatamente bajo hasta estar pecho tierra, y sobre las piedras ariscas comenzó a contar los sus ejercicios, elevando todo su cuerpo apoyado en los puños.
-¿Qué? ¿Cómo es eso? –dijo Goku, ahí abajo, interrogado por la nueva prueba que le acababa de impartir.
-Son como lagartijas normales, pero en lugar de apoyar tus palmas, debes apoyar tus nudillos –le respondió su hermano.
Bardock los observaba, llevando la cuenta mental, evitando alguna clase de embauque. Goku siguió a su hermano, ejercitándose como reptiles de desierto a la tangente del cráter que había dejado. Pronto terminaron con las treinta mil, apenas cansados de la ambigüedad del entrenamiento. Entonces ordeno que repitieran cincuenta mil veces más y a ese número aumento otros treinta mil.
-Oye, Raditz ¿por qué papá actúa tan… raro? –alcanzó a oír de su hijo menor.
-¿De qué hablas?
-Está más exigente.
-Esto no es nada, comparado con lo que seguirá… supongo que quiere entrenarnos para el torneo ese.
-Ah...
Ya estaban cubiertos por débiles gotas de sudor, inhalando aire por la boca dejando la marca de sus poderosos puños en el légamo mezcla de tierra y transpiración; cuando llegaron a las doscientas mil repeticiones.
Bardock también práctico su propia prueba, marcando el ritmo de las elevaciones de pecho. Desde ahí veía cada gota de secreción liberada entre el sedimento. Encontraba en ellas el arrebato de miles de enfrentamientos, gotas gruesas que narraban peleas transcendentales, signo de determinación sagaz, de la negación a caer rendido frente al adversario.
Sus muchachos resistieron aun en la repetición trecientos cuarenta mil, pero ya había pasado un rato desde que no pudieron llevarle el ritmo, exhaustos se valían de sus temblorosos brazos y de sus nudillos desgastados para continuar.
-…Cuatrocientos mil… –ahogó el mayor terminando su tarea, al caer rendido en el fango, poco tiempo después el menor tampoco soporta el cansancio.
Bardock, decepcionado por el bajo rendimiento, se levanta del suelo, da por terminada la sesión del ejercicio. Miró, a unos cortos pasos de su hijo, los nudillos al rojo vivo, envueltos en cristales insignificantes de la tierra, descargando débiles ríos de sangre entre la piel.
-Mejor vallan a lavarse los puños en el rio, no quiero que su madre los encuentre así.
Obedeciéndolo, se retiraron exhaustos. Corriendo como un par de niños por los árboles. El menor jugaba retando a su hermano, de pelo ya negro, para llegar primero al afluente. En su rostro se dibujó un esbozo semejante a una sonrisa: se lo habían ganado.
Bajó la mirada, miro los mini cráteres dejados por los enérgicos nudillos que escavaron en la tierra, dejando como rastro un líquido coagulante y rojizo. Eternidad guardada por ese oscuro mar sanguíneo, guardián de legados escritos en gotas desparramadas por el fango. Linaje indomable de guerreros: su sangre, su familia.
Inclino su cuerpo, recargo su rodilla en la tierra, levantó sus dedos hacía los rojizos vestigios del entrenamiento. Pero, antes de que siquiera sus yemas tocaran la acuosa sangre, la tierra absorbió cada gota de esta y dejo en su lugar tierra seca y marcada. Un vórtice de preguntas lo atrapó y fue ella la que lo salvó, como siempre lo hacía.
Elevó sus confundidos ojos y conecto sus pupilas con las delicadas pestañas que encerraban orbes de carbón pulido.
-Bardock… -dijo con ese tono graciosos de su voz.
-Vaya, hasta que te levantaste –se levantó del suelo.
-Ja ja, muy gracioso… ¿y lo niños? –dijo buscando por la zona.
-Gine, ya no son niños.
-Pues para mí sí lo son ¿Dónde están? –Gine giró su cabeza contra los árboles.
-Los mande a lavarse, estaban algo sucios.
-Bueno ¿y el cráter? –Señaló con la vista.
-No fue nada, solo una llamada de atención –elevó sus palmas buscando calmarla.
-¡Eres un bruto! –no tuvo efecto por calmarla-. A todo esto ¿qué hacían?
-Nada en especial –pateó algunas piedras contra el cráter- no creo que te interese.
-¡Claro que me interesa! O acaso crees que no podré con tu entrenamiento. Te recuerdo lo que pasó la última vez que me retaste de esa manera.
-Ah ¿con que quieres un reto?
-Puedo con lo que sea –aceptó elevando su mentón.
-Muy bien, hoy, después del mediodía en el rio ¿aceptas? -propuso jactancioso.
-Trato hecho –cerraron el acuerdo en un apretón de manos.
No estimo mucho para que sus hijos llegaran, Raditz con su semblante en alto y Kakarotto, infantil como su madre, hurgaba por sus nudillos con gestos asombrados en sus retinas.
-Madre –saludó, Raditz.
-Hola mamá –dijo Kakarotto sin desprender su vista de sus sanos puños.
-¿Vienes a entrenar? –cuestionó Raditz.
-No, bueno sí, -dijo Gine- pero no seguiré la rutina de su padre –Giró hacía él- ¡porque es muy tosca! Prefiero entrenar por mi cuenta, ustedes siguán.
-Bueno muchachos –Alertó a sus hijos- continuemos con el entrenamiento. Raditz, acércate.
Gine se apartó un poco y se sentó en un tronco caído entre las arboles de roble. Su hijo mayor obedeció con fastidio, agitano su largo cabello contra la ventisca ausente. Kakarotto todavía seguía enigmático con sus nudillos, recorriendo cada célula de piel, donde antes hubo de correr hilos rojos.
-Bien, Raditz, hoy continuaremos entrenado tu cola –Su hijo gesticulo asombrado por la iniciativa. Kakarotto todavía con sus nudillos.
-¿En serio Bardock? ¿Otra vez? –Molestia reflejaban los 2 pares de ojos. Kakarotto todavía con sus nudillos.
-No dejare de insistir hasta que arregles tu punto débil… -aseguró mientras Raditz desenroscaba su cola- Kakarotto… Kakarotto –Este seguía todavía con sus nudillos- … ¡Kakarotto!
-¿Qué? ¿Eh? –Su hijo pareció salir del trance- ¿Qué pasa papá? ¿Ya continuamos?
-Así es, -se apartó unos pasos, más hacía donde estaba Gine- comencemos: Kakarotto, sostén de la cola a tu hermano.
-¿Qué? ¿Cómo? –los hermanos intercambiaron dudas a través de rieles entre sus retinas.
-Lo que oíste, aprieta con fuerza la cola de tu hermano.
-Ya entendí papá… pero es que… me siento incomodo… -Kakarotto llevo sus dedos con su nuca- recuerdas cuando te hablamos del… -Miró a través de él contra los arboles de roble.
-Ya sabes… –concluyó Raditz en balbuceos cortados por los dientes- la pelea, que tuve con Kakarotto hace como once años.
Bardock miro detrás de él. Gine tenía el gesto encerrado en duda. Con suerte solo escucho tartajeos de su hijo mayor. Volvió con sus muchachos y les dijo.
-Muy bien, entiendo –camino hasta dar por detrás de su hijo mayor- Yo te sostendré la cola, Kakarotto, tú pelearas con él.
-Me parece algo injusto –dijo Kakarotto.
-¡Solo obedece! –agarró con pujanza la extremidad cerdosa de su hijo mayor. Este apretó los dientes, casi desmayándose.
-¿Cómo te sientes? ¿Qué tal tú vista? –le preguntó.
-Aún… veo algo borroso… -contestó tragándose el pavor, asimilando con la garganta la cruda saliva, sosegando un poco el mareo.
-Kakarotto –llamó al muchacho- acércate a tu hermano y dime si notas algo.
Su hijo acató la orden y se paró contra los ojos debilitados de su hermano, examinando su aturdido cuerpo.
-Pues… -dijo el menor- veo que te tiemblan mucho las manos Raditz… las tienes algo tiesas… además –miro a su hijo menor y en sus ojos encontró gotas de pavor como a veces encontraba en Gine.
»Estás sangrando por la boca, hermano.
-Ah… no… me di cuenta que… me mordí la lengua –Mientras Raditz mantenía la estabilidad en su cuerpo bamboleante; se limpió la saliva roja con el brazo.
-Muy bien Kakarotto, atácalo –dijo afianzando más la cola
-Papá esto me sigue pareciendo algo excesivo.
-No es momento para ser suaves, solo usa tus brazos, Raditz tiene que mejorar sus reflejos.
Bardock demando como coronel de un navío en naufragio, amenazó con su turbia mirada y sus ademanes de líder experimentado. Sus hijos cumplieron como subordinados en un pelotón. Kakarotto atacaba con puños incomodos, disgustados por la desventaja señalada. Mientras Raditz llegaba más allá de sus facultades para mantenerse de pie y, en esfuerzos sobrenaturales, esquivar las ofensivas.
Cada puño y patada denotaba, con mucho resueno, la poca preparación que tenía la cola de Raditz. Espasmos sacudían sus brazos y lo hacía más torpe con cada movimiento defensivo.
-¡Vamos Raditz! ¡¿Es acaso tan poca tu voluntad?! –reclamo con arrogancia Bardock.
Sus hijos mantenían los mecanizados movimientos y los coordinados ataques. Raditz soportaba la agonía a más apretaba la cola, mantenía su frente en alto todavía contra el peso de su cuerpo que sus piernas ya no pudieron aguantar.
La aureola coronando los largos cabellos de Raditz brilló con una intensidad palpitante.
Ora estaba apoyado en sus brazos recobrando aliento muerto, resistiendo ataques, digna caída para cualquier mediocre saiyajin. Bardock, decepcionado, soltó el agarre del peludo miembro y dijo.
-¡Suficiente! Es todo por hoy, pueden hacer lo que quieran por el resto del día.
Indiferente se alejó sin retroceder su mirada. Raditz y Kakarotto se quedaron en los bordes del cráter sin espabilar ruido alguno. Él, mientras tanto, se fue con Gine quien colgaba como primate de las copas de un árbol contando sus abdominales apoyando sus piernas en una rama, dejando caer su cabeza en sentido opuesto al cielo.
-Novecientos cuarentainueve –contaba la mujer antes que su rostro invertido chocara con la cicatriz en la cara de Bardock.
-Gine… creo que tienes un reto que cumplir.
-Vaya… -dijo cruzada de brazos- hasta que dejaste de humillar a Raditz.
-No me digas que ya te enfadaste.
-Sabes que yo no me enfado, yo me molesto –ella arrugó su delicada nariz, él sonrió con sus duros labios.
-Entonces ¿estás molesta?
-Tú qué crees –dijo altanera.
-Creo que es hora de que cumplas con lo pactado.
-Está bien… –bajó del árbol- en el rio ¿cierto?
-Sí, adelántate, tengo que hacer algo.
-Te espero –Gine se le acerco y enfundando su puño lo golpeo en la brazos derecho- Eso fue por ser tan tosco con Raditz.
Se fue con sus hijos poco después de que Gine se alejara entre los árboles. Kakarotto trataba de ayudar a su hermano a rehabilitarse de la intempestiva de hace unos momentos. Ambos sentados en los bancos de tierra del boquete.
-Kakarotto… -dijo- pásame tus muñequeras azules.
-¿Y eso? ¿Por qué?
-Solo hazme caso.
Kakarotto desnudo sus articulaciones musculosas del Radio y al rato le alcanzo las muñequeras de entrenamiento. Lanzó los azules cargados con cientos de kilos a las manos de su padre. Raditz no le dirigió la mirada en ningún momento.
Cuando se dirigía al rio, rodeado por la mata de hoja perenne, reflexionó entre recuerdos que nunca fueron, de ilusiones perdidas que un día Gine le contagió. Enfermo en recuerdos inverosímiles, caminaba por el espeso bosque. Raditz y Kakarotto, sus hijos, ya no eran niños, tal vez para Gine sí, ella siempre había sido cursi; pero para él no, en realidad, no tenía muchos recuerdos de sus hijos cuando eran críos.
Guiado por el instinto que lo conectaba con Gine, sus pies, cargados con energía cinética caminaron por la maleza hasta el afluente cristalino circundado por pesadas piedras. La mujer de traje de batalla coloreado en rosa esperaba sentada entre la grava.
Ambos eran competitivos entre sí, así era desde que se conocieron en el enlistado de pelotones que formó el rey en su momento. Su relación inicio siendo algo semejante a un juego. Diversión y astucia, inocencia y arrogancia, alegría y serenidad; combinación de retos que evolucionaron hasta algo más.
Bardock no era muy frecuente de lanzar pruebas, era generalmente él quien las cumplía. Hoy se diferenció al resto. Hoy se le acercó a Gine con un par de muñequeras azules. Hoy quería ver cuanta distancia nadaría cargando 150 kilos en cada brazo.
-¡¿Qué?! –dijo Gine sobresaltada.
-Lo que oíste: te podrás estas muñequeras y nadaras todo el rio –respondió Bardock, jactando su media sonrisa en sus labios- ¿Acaso no puedes?
-¡Oh! No me subestimes –tomó con presura la insinuación, se colocó ambas muñequeras perdiendo el equilibrio y terminando a nada de estamparse contra el suelo.
Salpicó el agua cuando se lanzó avispada contra el rio, garantizó su movilidad, examinó el tramo a recorrer y cuando estuvo por lanzarse a la carrera, Bardock le dijo, entre carcajadas:
-Gine… ajaja… te metiste al agua con el traje puesto…
Ella notó por primera vez su error de sumergirse vestida.
-¡No te burles! Además, no me importa nadar así.
Entones se arrojó a gran velocidad, lista para recorrer desde aquel punto hasta donde el rio prevalezca entre la tierra, hasta un delta o una catarata, hasta donde sea el origen del riachuelo.
Bardock solo vio saltar choradas de agua en hilera, al rio partido en dos grandes murallas que intentaban tocar al sol. Gine hábilmente se desenvolvía sobre la marejada soportando incluso el peso extra de las muñequeras.
Valiéndose de la técnica de volar alcanzó a su mujer, viendo debajo de él, el ímpetu que esta tenía para cumplir con su desafío.
-Veo que eres terca, mujer –le dijo por encima de ella.
-No me distraigas.
Obstinada nadó kilómetros, su corazón sagaz no le permitiría desistir. Bardock la vigilaba desde arriba, desviando de vez en cuando su atención para con el horizonte, esperando encontrar el final del fluvial. No encontró nada.
Millas adelante tampoco cambio su percepción, los arboles disipaban el relieve verdoso, las montañas se hacían más lejanas, coloreándose de indómito morado. El verde y el amarronado magenta cambiaban en contrastes pero solo el azul del rio no era alterado. Él espejo acuático debajo de él dejaba un rastro lineal cada vez más lento.
-Te estás cansando, Gine creo que será mejor que te rindas.
-¡Cállate! No dirás lo mismo cuando seas tú quien cocine esta noche.
-Y tú no dirás lo mismo cuando… cuando… ¡Ya se me ocurrirá un buen castigo!
Otra vez viro hacia la rivera, hacia sus interminables torrentes donde solo una abrupta réplica resonaba en su cabeza.
El maldito rio no tenía fin.
Miró hacia abajo, Gine ya no se movía.
-¿Qué tienes? –le dijo.
-El río es muy largo… -su tono de voz era bajo- es demasiado largo…
-Sí… -aunque no estaba seguro que esa fuera la respuesta.
-¡Me rindo! El río es exageradamente largo, hay que cocinar la cena y tengo que secar mi ropa. Creo que ganaste esta vez, Bardock.
Torció su sonrisa, sus labios remarcaron sus facciones, orgulloso de salir triunfante, pero en respuesta a la lógica, su altanera preponderancia decaía. ¿Acaso él podría haber nadado todo el río?
Gine se secaba la armadura mientras él pensaba en una respuesta. Solo ir volando ya le había exasperado, nadar con peso extra sería aún más desesperante. Ahogó el ímpetu que le recorría el cabello azabache de raíces doradas. Miro al horizonte, tensando su quijada.
-Oye Raditz ¿estás seguro que no necesitas ayuda? –Cuando llegaron a casa, nada tardó Gine en regañarle el estado en que dejó a su hijo mayor.
Raditz, mareado por los espasmos, secuelas del entrenamiento, apoyaba su brazo contra el frontal de la cabaña. Kakarotto estaba cerca, con las manos preparadas para cualquier recaída.
-Bebé –se le acercó Gine- ¿estás bien? ¿Cómo está tu cola?
-Estoy bien… mamá… -su hijo se quejaba constante mientras nivelaba su respiración. Bardock observaba a lo lejos, quieto, sin soltar palabra o reproche.
Analizaba con fría indiferencia que, adyacente al sentimentalismo de su mujer, indagaba por el fino hilo rojo que resbalaba por la cola de Raditz. Sangre seca entre los pelos castaños. Eso no lo provocó él, de eso estaba seguro.
De hecho, esa herida no parecía ser un mero accidente.
En eso, paso lo indeseado, cuando sus vagantes ojos chocaron con los de Raditz y entre ambos cruzó un rayo azul que conectó las miradas secas y oscuras. No se dijeron nada, no desfiló entre ellos la empatía propia de un padre y un hijo. Sus retinas rectas y planas, cubiertas de ceniza, se encontraron pero nunca hablaron.
Hasta la hora de la cena ninguno resbalo los labios. Raditz se sentó en la mesa a esperar que tuvieran lista la comida, con los brazos colgantes a su torso, con la mirada gacha, con la cola envuelta con una gaza improvisada, retazo de la polera azul que pertenecía al menor.
La luz de las luciérnagas enfrascadas evocaba sombras en los pómulos de Raditz que cubrían a sus ojos ¿Abiertos o cerrados? No pudo saberlo. Oscura máscara que le ocultaba a su hijo. Un sombrío desconsuelo rondo por la habitación, nacía de la serene respiración de los tres hombres que tranquilos renegaban en esperar su alimento.
Gine fue el único gramo de sonrisas en esa reunión de labios partidos, secos y austeros.
Comieron con tranquilidad, en silencio devorador que anochecía entre los saiyajin. Gine, como estrella afable, buscó recorrer por esas noches en sus cabezas, tristemente, no consiguió nada.
-Mañana iremos a las montañas. Quiero verlos temprano, antes del alba – Bardock alzó la batuta e instruyó sus órdenes. Nadie le refutó.
-Papá -llamó Kakarotto-. Este… quería preguntarte algo desde hace tiempo.
Y esas pocas palabras bastaron, bastaron con irradiar luz donde antes solo había melancolía.
-Bueno, -sus ojos en algún momento se cruzaron con los de su mujer- ¿qué es?
-Quería saber sobre tu cinta roja. Esa que siempre usas en la cabeza.
Se la retiró de la cabeza, mascando todavía su porción de carne.
-¿Qué tiene?
-¿Por qué la usas? Digo, es que…
-… es simbólica, así me enseño mi padre, tu abuelo.
-¿Eh?
-Tarico esa vuestro abuelo –dijo Gine- murió en batalla cuando Raditz tenía tres.
-¿Lo conociste Raditz?
-Algo –dijo su hijo mayor.
-Y papá ¿qué significa que la uses?
-Es algo así como el luto, se usa una cinta roja cada vez que perdiste a alguien muy cercano – observaba la cinta en sus manos, el rojo teñido y ese nudo ciego que lo coronaba.
-Y lo usas por mi abue…
-… Es por mi escuadrón, murieron en batalla. Toteppo, Fasha, Panppukin… Toma, de hecho esta cinta le pertenecía a él.
Sus ojos negros se vaciaron de imágenes presentes y se revolcaron en el pasado inhóspito. Bajo la cabeza, la cicatriz de su mejilla se incineró otra vez y los parados declinaron, guardando cristales de un ayer olvidado.
-¿Saben? –Dijo Kakarotto- yo también tenía algo así como un escuadrón.
-¿Como? –Bardock abrió los ojos y se percató que Gine mantenía los suyos contra él mismo.
-Bueno, no era del todo un escuadrón, era un equipo. Estaban Chaoz, Oolong, Yamcha, je, Tien Shin Han… Bulma y Krilin.
-Eran buenos amigos ¿no? –Gine sonrió, con esa frescura en el aliento y esa ternura en los labios de madre.
-Los mejores.
Y al mirar fijamente en los cabellos de su hijo, aunque fuesen exactamente los mismos que los suyos, supo que tenían ese mismo brillo de ingenuidad heredado de su madre.
-Y tú, Raditz –Kakarotto habló con su hermano-. No me contaste nada de tu escuadrón, solo mencionaste que estabas con Vegeta.
-En realidad solo éramos Vegeta y yo, nunca tolero tener compañeros y en cuanto a Nappa, él era algo así como la niñera real.
-Pero ¿y tú? Acaso a ti si te admitía.
-Raditz y el principito eran amigos cuando eran todavía críos –Gine le recordó con esa sonrisa nostálgica en sus dientes blancos.
-No es cierto –Raditz se ofendió por el descaro de la afirmación.
-Claro que sí.
-No es verdad
-Iban juntos a todas las misiones.
-¡No me juntes con ese patán!
Los cabellos opacos de Raditz eran, en rasgos cortos, semejante a su madre, pero el carácter lo había perdido, se había olvidado de lo que fue y así nunca encontró lo que sería.
-Pero en algún momento algo falló –continuó su mujer- y ya no son los mismos.
Un ambiente seco se adhirió contra los muros acompañado por el silencio oscuro de los mantos de la taciturna noche. La conversación se quebró por un rayo de amargura. Quizá, solo quizá si él hubiera intervenido, si al menos supiera algo de su hijo mayor, si al menos esa herida en su cola no fuera tan amenazante, si al menos conociera más allá de esos miserables tres años dacianos.
Pero no, no fue así y no podía arreglarlo.
-Bueno, creo que ya terminaron –pero tal vez Gine si podía-. Raditz.
-¿Si?
-Lava los platos.
Como bomba cayó y como bomba explotó.
-¿Qué? Pero… no sé cómo hacerlo.
-Tu hermano sabe.
Kakarotto se irguió sonriendo, Raditz tomó todo los trastos y, en improvisaciones manuales con el agua, los lavó en ese fregadero improvisado. Esas piezas de madera menguantemente colocadas, solo dejando reposar un "balde" donde caer el agua. Una pobre extensión de la cabaña, que ya de por sí dejaba mucho que desear, donde Gine hacia malabares para conseguir preparar la comida.
Necesitaban un nuevo fregadero.
Raditz deterioro por lo menos un plato es sus bruscos intentos por lavar, primera vez que lo hacía y dejaba aun pedazos de carne en ellos.
-Listo, creo que termine –dijo y todos giraron a verlo, Gine y Kakarotto saltaron en risas en ese momento, cuando Raditz se presentó con la armadura mojada y las manos, irónicamente, más limpias que los trastos.
-Vuelve a lavarlos –le dijo su hermano tragándose las risas- no están bien lavados.
-¡Rangas! –Raditz reinicio con su laburo.
-Bueno, ya se hizo tarde –dijo Gine poniéndose de pie-, creo que será mejor ir a dormir.
Bardock la observaba, la finura en sus curvas de pantera. Sagaz forma de melanoma en sus cabellos salvajes. Y cuando pasó frente a él, no evitó el impulso de sus manos por sentirla. La tomó por la cintura y la sentó en sus faldas.
-Bardock ¿qué haces? –dijo con tonos de rubor carmesí.
-Raditz y Kakarotto podrán estar grandes para sentarse en mis piernas –y su voz tomo aspecto seductor-, pero tú aun no lo estás.
Gine se tiño en colores robados al arcoíris, abriendo los ojos y los labios, aguardando por algo más que meras palabrerías.
-Mejor voy arriba –se levantó de sus piernas y rozó su mano con su pecho-. Te espero –le dijo.
Ella subió hasta el cuarto compartido y era seguro que hoy tendría acción. Diseñó una sonrisa socarrona en su rostro moreno. Luego giro y la realidad lo aferró, conectándose contra un sorprendido hijo suyo.
-No me mires así, Kakarotto.
-Lo siento, es que todavía no me acostumbro… creo que ahora se cómo se sentía Gohan.
Entonces, luego de que Raditz sacara de sí, dotes codificados para lavar los platos y, claro, la necesaria ayuda de su hermano. Todos se encontraban en sus habitaciones, a momentos de caer tendidos sobre los colchones de paja.
-Trata de recordar cuanto te sea posible… mañana discutiremos de eso.
-¿Por qué te interesa tanto?
-Porque cuando era niño, alguien me contó que las pesadillas… son el reflejo de nuestro más profundo yo… son quienes somos sin los tapujos de un sueño. Nuestros miedos y temores.
-¿Quién te lo dijo?
-Nuestro abuelo.
-Ah.
Ambos se recostaron, Raditz en la cama superior, Kakarotto en la inferior y cuando casi cerraron los ojos para descansar del pesado entrenamiento que tuvieron y acomodar sus músculos para los entrenamientos que vendrían mañana. Kakarotto reaccionó, despertado por algunos incomodos sonidos.
-Oye Raditz.
-Ugh ¿qué? –dijo Raditz con la cara apoyada en la almohada.
-Creo que puedo oírlos.
-¿Qué dices?
-Ya sabes, a papá y ma…
-¡Duérmete!
Y bueno, eso es todo por ahora, el capítulo es algo tierno, pero el siguiente va a sacar de sus cabales a muchos lectores. Gracias por leer y como última llamada digo que a partir de hoy iré dejando pistas sobre el futuro del fic (algo así como acertijos), la de hoy es:
Yo no me enfado, yo me molesto
¿Cuántas/os se identifican con esta ruin frase?
No olvides buscarme en Facebook como DBNightMare410
Les ha hablado su amigo y vecino, DBNightMare410.
