¿FAMILIA?


Tormento de su alma, aquel fastidioso sueño atascándole la felicidad. Desmoronando su consciencia con aquellos ventarrones que traían consigo la culpa y a la desdicha.

Una vez más, caminando solitario cual espectro errante, rondando por ese Templo desabrido y perdido de magia. Azotando el eco de sus pisadas por los pilares, pudiendo escuchar el tétrico ritmo de su corazón.

Anaranjado y azul, colores llamativos para el amarillo rojizo coronándole la cabeza, ese fue el primer cambio que noto al abordarse al sueño. El siguiente llegó tras buscar con ansias algún conocido. Ahí cuando debió oír su nombre entre sollozos atracándole al corazón; lo único que sintió fue el vacío en su alma cuando esa voz, nunca llegó.

Corrió perdiendo su cordura, buscando el pedazo de su alma al que dejo ir, anhelando escuchar el sonido más bello que encontró en el universo. Al sonido de su nombre en su boca. Pero las bellas frecuencias del cantico se alteraron, cuando cayeron sobre su cabeza miles de diminutas gotas del olvidado rocío.

Elevó su sonrisa al cielo ámbar, recibiendo un consuelo por las mil injurias de los cinco años vividos en pesadillas. Satisfaciéndose recibiendo las caricias del agua en su pelo. Sorprendido quedó cuando el agua del cielo le quito los pesares. Extendió sus manos alegremente y lanzó un carcajeo oxidado.

Dejándose empapar, dejándose curar.

Escudando su alegría sobre la perenne oscuridad de la culpa. Llenándole los ojos de estrellitas, saboreando con el corazón el amor al que tanto extraño, salvando del desgraciado pozo, su nobleza.

Si ella fue quien lo salvo, el roció fue su milagro consolador.

Ya, ya mi niño, yo estoy aquí y te cuidare –escucho que le decía la lluvia.

Se quedó disfrutando de las caricias sobre su mejilla, de los dulces roces en su piel y de aquel sabor a caramelo en su paladar. Y la luz se le filtraba por los ojos, ese sol rosado y azul que le sacudió el sueño y despego a sus pestañas de la fantasía. Despertando de la calma nunca sentida en tantas noches.

–Hasta que despiertas– la imagen de su hermano, sentado en la silla de la ventana, observándolo había sobrevivido al filtro borrón que recibieron sus ojos al amanecer. La nitidez alcanzó los largos cabellos de su hermano y el resonar en sus balbuceos se disipó al aire.

–¿Raditz? ¿Ya es de día? –Se sentó con el bostezar invadiendo su pecho y garganta.

–Lo es desde hace unos segundos ¡Levántate!

Raditz se puso de pie, marcando su rostro con el reflejo de la ventana manchada de pequeños espejos recochos y alargados. Se acercó por detrás de él sin perderse los detalles del mañanero solsticio rescatados en aquella ventana. Le miraba sonriente, sintiendo esa empatía y compañerismo escarbándole recuerdos de la niñez, de una que se perdió sin su hermano. De una a la que deseaba volver, sin pesadillas, sin culpa.

–Oye ¿Cuánto llevas despierto?

–No mucho, vamos a entrenar.

Su hermano salió de la habitación, sin embargo a Goku todavía le quedaban preguntas.

–¿Acaso estabas observándome mientras dormía?

–¿Por qué lo haría?

Y bajaron por las gradas, discutiendo.

–Porque eres mi hermano y me cuidas, además te interesas mucho con lo de mis pesadillas.

–No digas babosadas. Tus pesadillas son lo que me preocupa, no tú.

Salieron de la cabaña y continuaron la discusión de camino al bosque, adhiriéndoseles el frio viento contra la piel y retorciéndoles los músculos.

–¡Oye, eso ofende!

–¿Qué esperabas? ¿Qué te trate como uno de tus amigos de la tierra? No bromees.

Y se internaron entre los árboles, Kakarotto arrancó una rama de entre tantas y le desmontó las hojas, cuando menos se dio cuenta, la rama termino entre sus dientes.

–No, pero esperaba que…

Y ahí se quedó quieto Kakarotto, sosteniéndole la mirada al cielo azul grisáceo.

–¿Qué?

–Raditz… ¿a dónde vamos?

Su hermano pegó un brinco y los hombros le bajaron solo para permitirle a su cabeza observar alrededor.

–Este, pues… ¡demonios! Se supone que debíamos esperar a Bardock –frustrado atacó contra la maleza.

–Tranquilo, volvamos a la cabaña debe seguir ahí.

–Sí… –y Raditz le grito al cielo– ¡Rayos! ¡Debo seguir algo dormido!

Goku tomó la ramita en sus dedos y relajo los dientes. Regresó a la cabaña y antes de llegar a la puerta de la cabaña, su hermano le tocó el brazo y detuvo su marcha diciéndole.

–Quizás debamos esperar a que él salga.

–¿Por qué?,

–Anoche dijiste que los escuchaste haciendo… ya sabes –Goku afirmo, colorado como caramelo de inocencias–… pues, por eso, creo que tardaran un rato en despertar.

–Uh... ¿Y qué hacemos?

–No lo sé. Quizás sea mejor ir por algún lado y luego volver.

–¿Seguro? Es que está haciendo algo de frío.

–¡Camina! –Le gritó directo.

Sin más que hacer, aún aturdido por el grito al tímpano socavo el dato y prefirió acompañar a su hermano mayor por donde él le guiara. Perdiéndose sin rumbo al más profundo bosquecillo amargado en neblina sobre las flores rojas y su roció detallado al diamante.

–¿Cómo está tu cola? –preguntó Kakarotto, llevándose un nuevo pedazo de rama sobre los labios– ¿ya no te duele?

–No, ya no, pero mejor voy al río, tampoco quiero que mamá haga un escándalo por esto.

–Te advertí que iba a empeorar si usabas esa técnica en tu cola ¿por qué no me hiciste caso? –y de Goku broto su voz sería combinada al ligero rastro de la preocupación.

–¡No molestes con esas cosas! Ya estoy muerto, no creo que pueda hacerme más daño, no debería.

–Oye, no hace falta que me grites, solo me preocupo por ti, me asusté mucho cuando te desmayaste.

–¡Más te vale no comentar eso frente a nuestros padres! –le apuntaba con el índice, empleando a los gritos como amedrante acusador.

–No lo haré, sabes que…

–… ¡Kakarotto! ¡Raditz! –Era la voz de su madre sonando más allá de los árboles. Se cruzaron al mirarse y sin contar las palabras para decirlo, regresó su camino.

Mas nunca llegaron, la niebla espesa los confundía y los arboles enredaban cada vez más un sendero sin fin. Mientras cada paso daba la impresión de perderse en la nada y el dispar sonido del fango disperso a sus pies dislocaba al tiempo.

Y el espeso manto nebuloso ocupo algo más que el espacio, a ellos. Los absorbió.

En segundos, convertidos en minutos, cruzaron el amanecer de la niebla soplándole los pies por todo el bosque, llegando al claro donde estaba la cabaña y su madre, todavía llamándolos.

–¡Mamá! –Dijo Raditz.

–Aquí están, su padre los está buscando para que entrenen. Raditz –su madre se cruzó de brazos–, sabes que a tu padre no le gusta esperar con estas cosas.

–Sí, sí ya vamos con él ¿tú iras?

–No, no creo, mejor me quedo aquí. Kakarotto –le llamo– quítate eso de la boca –dijo apuntando a la rama en sus dientes.

–Pero mamá… –se quejó.

–¡Hazlo! Podrías hacerte daño.

–Bueno, ya… – frustrado, en su berrinche, aventó la rama a lo lejos.

–Así está mejor. Ah… y, Kakarotto, cuida a tu hermano y padre, no quiero que se terminen peleando –le sonrió divertida.

–Así lo hare mamá –su madre se despidió al rato con la sonrisa empática en sus mejillas. Y cuando los hermanos quedaron solos, apagados al sofrió de la mañana, rompió la afonía del bosque diciendo

»Oye, fue algo raro cruzar el bosque, tardamos más saliendo que entrando –su optimismo chocó de seco con la amurallada seriedad de su hermano. Raditz se frotaba la sien agitando la cabeza de vez en cuando.

–Olvida eso, mejor vamos con Bardock.

–¿Estás bien?

–Claro que estoy bien ¡Camina!

Acompaño a su hermano arrimándose los brazos, protegiéndose del oscuro vibrar surcando la niebla del bosque. Ambos se dirigieron hasta donde la colina y el bosque colindaban, donde una valla de rocas y plantas abordaba el umbral hacia un mundo desconocido.

Seis meses desde que vivía entre esas colinas, sin darse el tiempo a explorar el bosque. Seis meses encerrado en entrenamientos, rondando ese cielo sinfín del desasosiego, aspirando el aroma áspero de las montañas nostálgicas. Aroma que le quemaba los pulmones, aroma que recibió una dosis sabor chocolate cuando escuchó la voz de su madre endulzando sus oídos. "¿Kakarotto? ¿Hijo?" recordaba.

Pronto se encontraron con su padre, flotando por sobre los arboles sacudiéndole el cabello al viento.

La orden que les dio fue directa y agravante. Cuando Bardock volvió a tener los pies en la tierra, con esa voz de general indicó los trabajos para el día a venir y también para las semanas por llegar. Primero harían una viaje a pie hasta la montaña, nada extraordinario, se supondría que el camino buscarían lugar con condiciones para entrenar.

A partir de hoy, cada mañana, previendo al alba, temprano como el rosado sol, con la niebla hasta las rodillas saldrían a entrenar hasta que el horizonte devorase al astro.

–Bardock… –dijo su hermano– ¿qué demonios…?

–Sé que suena extraño –Su padre y su actitud demandante, cual coronel al pelotón decía–, pero quiero que ustedes dos mejoren su coordinación, son hermanos la necesitan.

–¿Y desde cuándo te importa eso?

–Desde que tu madre me dio una charla de paternidad anoche.

Del camino triunfo el silencio y poco a poco se perdió la tenue niebla al convertirse en ese brillo parpadeante de los pétalos. Y, cuando la mañana hubo de tornarse a vientos cálidos, Kakarotto atacó contra la terquedad del silencio.

–Oye Raditz, papá sigue actuando extraño y me da algo de miedo.

–¿Qué te sorprende? Él siempre es así.

–Recuerda que yo no lo conozco, estuve toda mi vida sin padre… –"¡Papá!"– y… y… ¿Por qué hace esto? Eso de querer que seamos más coordinados.

–Mira, te contare algo, los saiyajin por separado solemos ser arrogantes, prepotentes y esas cosas…

–… Mamá no es así.

–¡Déjame terminar! Pero cuando los saiyajin nos juntamos y nos proponemos algo, lo hacemos hasta terminar y muy bien por cierto.

–¿Esto que tiene que ver?

–Cuando el abuelo de Vegeta y posteriormente su padre iniciaron la campaña contra los Tsufur, se creó una especie de estrategia que reunía a diferentes saiyajin en un equipo para atacar diferentes bases de los Tsufur… ¿entiendes? Porque tu cara de tonto me dice lo opuesto.

–Sí, entiendo algo.

–¿Qué es lo que no entiendes?

–Que nunca he visto a los saiyajin actuando en equipo, me parece extraño. Al único saiyajin que conocí, además de ustedes, fue a Vegeta y él…

–¡Vegeta es un caso especial! Es bastante solitario y orgulloso, pero créeme que si de una situación desesperada se trata no durara en hacer equipo.

–Mmm… No lo creo, quisiera, pero Vegeta no actuaba así ni con Cell y me hubiera gustado que lo hiciera porque me habría ahorrado muchos problemas.

–Así es Vegeta y por eso me sorprende que haya tenido un hijo.

–¿Te digo una cosa?... a mí igual me sorprende, je.

–A mí me sorprende más de ti.

Y ambos echaron a reír, Raditz con los labios partidos, Goku con los dientes blancos.

–Volviendo al tema ¿cómo fue la guerra contra los Tsufur en el planeta Vegeta?

–No lo sé, yo no había nacido.

–Pero ¿papá si estaba?

–Obviamente, espera ¿qué? –No oyó a su hermano ni a sus advertencias.

Kakarotto se acercó a su padre y tocándole el hombro, le dijo:

–Oye, papá.

–Mmm… ¿qué sucede?

–Nada, es solo que Raditz me estaba hablando del planeta Vegeta. Y quería que tú me contaras de tus experiencias ahí, yo ya te hable de mi vida en la tierra.

Bardock giró la vista hasta detrás de él, donde le lanzó una mirada seria a su hermano y, aunque el semblante permaneció crudo, le relato:

–Yo no viví los primeros años de la guerra, mi padre sí, él participo en los primeros levantamientos. Debí tener ocho años cuando entrar en mi primer escuadrón, un año después había nacido Raditz.

–¿A tus nueve? –luego giro a Raditz con el gesto curioso.

–Eso en años dacianos –dijo su hermano–, en terrestres serian dieciocho años.

–Ah, ah… hablan de calendario dariano.

–¡Daciano! –le gritaron ambos.

–¡Ay! Bueno, no me griten. Y… papá, sígueme contando de tu escuadrón.

–¿Por qué te interesa?

–No sé, porque el viaje será largo y no dejaste fuéramos volando, ya que estamos aquí hablemos de algo.

–Bueno. Recuerdo que era cuando tenía dos años y medio. Los saiyajin solíamos vivir en tribus creadas por un patriarca desde que llegamos a Plant.

–¿Plant?

–El antiguo nombre de Vegeta. Por ese tiempo, ninguna tribu se llevaba bien con ninguna otra, los Tsufur acaparaban casi todo el planeta, dicen que los saiyajin llegaban a morir de hambre en ocasiones. La guerra inicio diez años antes de que yo naciera, solo eran ataques rápidos y sorpresivos o captura de armas y provisiones. Una táctica mediocre que no funciono hasta que llegó el padre del Rey Vegeta.

–¿El abuelo de Vegeta? ¿Cómo se llamaba?

–También se llamaba Vegeta –le contesto su padre. A Kakarotto le broto una carcajada irónica.

–¿Qué? ¿En serio?

–Se dice –comentó su hermano– que se cambió el nombre cuando era perseguido por robo en su propia tribu.

–¡Vaya!

–Pero eran solo rumores –dijo su padre–, otros decían que fue por violación o asesinato, nadie sabe la verdad, pero es seguro que se cambió el nombre.

–Wow –dijo Kakarotto pensando más allá del nombre, de su significado– ¿y qué paso luego?

–Recuerdo que mientras era un crio, tus abuelos fueron a pelear a las ciudades de Karpuz, Yer fıstı y Muz.

–Espera –interrumpido Kakarotto– ¿te quedaste solo?

–Continuando –Bardock, con esa actitud extraña, siguió con su relato–, luego de haber tomado la mitad del planeta en doce años, comenzaron a avanzar al noreste. Les tomo dos años y muchas bajas esa campaña, entre ellas a Vegeta-Sai. Su hijo comando una serie de tropas hasta tomar la última gran ciudad de los Tsufur, Javi… Yo estuve ahí, también vuestra madre y casi todo mi escu...

–¡¿Qué?! ¿Mamá también peleo? –preguntó sorprendido.

–Sí. Aunque en los primeros días no hacía mucho, era más una carga. Se reducía a golpear cuando fuera necesario defenderse, nunca para atacar y cuando lo hacía no terminaba el trabajo. Nunca le gusto matar o ser agresiva.

–Je. A mí tampoco –se llevó la mano tras la nuca y sonrió bobalicón–, pero si es necesario lo hago. Si es muy necesario.

–Un año después nació Raditz.

–Supongo que no solo fueron a pelear.

–Ja, ja, ja –rio Raditz–, esa fue buena Kakarotto, muy buena, Jajaja…

–¡Esperen! –Detuvo su padre levantando su zurda. Kakarotto expresó lo extraño levantando un ceja.

Bardock se aparato un tanto y metió la cabeza por el matorral.

–¿Vieron eso? –preguntó desde las ramas.

–¿Ver qué? –dijo Raditz.

–Acérquense –ordenó Bardock, metiéndose entre los arbustos del camino lodoso.

Y cuando sospechó que su padre cometió un desliz al perseguir una visión, emanó una potente luz del suelo sobre las ramas del húmedo escaramujo. Su padre apartó algunas ramas y hojas de su vista y cuando se hubiese perdido el vaporoso telón blanco, asomo el brillo de una piedra amontonada entre los pastos.

–¿Qué es esto? –Pregunta Bardock tomando la piedra en sus manos– ¿alguno sabe qué es?

–No –le respondió Kakarotto –, nunca antes había visto algo así.

La piedra flameante de color rojo, translucía el contraste de uno acristalado amarillo en su centro. Cual centella rasgaba la piedra rojo y procreaba al poderoso rayo de luz que saturaba las retinas. Se la pidió a su padre y cuando se la entregó, acarició el cristal pulido y con el pulgar recorrió las esquinas de corte perfecto.

–¿Tú sabes qué es? –le preguntó a su hermano.

–Sí… –le respondió. Traía la boca abierta y los ojos brillando el rojo al que tanto miraba–… es, es… una eratista.

–¿Eratista?

–Sí… es una piedra preciosa que encontré una vez en una misión que tuve hace tiempo… hace mucho tiempo ¡Dámela! –le ordeno.

–¿Qué…? –Ladeo la cabeza.

–¡Que me la des!

–Pero… –No había problema con dársela, no hasta que cambiara su actitud.

–Hazle caso a tu hermano, Kakarotto –le dijo su padre.

Le entregó la piedra a Raditz y este la guardo inmediatamente. Dentro de la armadura de su hermano resplandeció el fuego artificial de aquella piedra. Aquella piedra que le recordó al rubí del collar de Bulma mezclado con el pedazo de ámbar que un día encontró Son Gohan.

–… ámbar… –susurró y observó al cielo cálido de la mañana, con el poderoso rojo anaranjado coronándole a las montañas. No era más el cielo al que se acostumbró, no era el azul cielo que siempre le recordaba a los días de su niñez en Paoz.

Ya no más…

Aquel indómito cielo sobre él que decoloraba el cielo azul a un amarillo rojo le sacudió las pupilas y le atiborro la vista. Pronto bajo la cabeza y con el pulgar y el índice masajeo sus ojos para luego abrirlos y encontrarse de regreso al cielo azul.

¿Acaso lo imagine? Se preguntó viendo aun de soslayo a su hermano pasar junto a él. Sacudió su cabeza, agitando sus siete flecos al aire.

–Vamos, continúen– llamó su padre y Kakarotto obedeció echando de última una mirada al cielo que, si ya era extraño con ese color ámbar, lo era más cuando volvió al azul.

Y así el tiempo devoró el camino, sucumbió ante la soledad de los pensamientos individuales. Goku mirando al cielo de vez en cuando. Raditz, hurgueteando aquella piedra.

Y su padre, bueno, su padre. La figura misteriosa sobre la que nadie le quiso hablar, quien con la espalda recta y los hombros rigurosos, caminaba abriéndose paso por los gruesos troncos.

En aquel saiyajin encontraba parentesco, más allá del lazo fraterno. Lo encontraba en la forma del pelo que compartían en su mirada de fuego, en las incontables batallas que podía rescatar de esa cicatriz en su rostro. No pudo más y corriendo se le acercó para preguntarle todo lo que pudieran sus pasos hasta la montaña.

–Oye papá ¿cómo fue que conociste a mamá?

–Tienes muchas preguntas guardadas ¿verdad? –le dio serio caminando aun con la mirada por delante.

–Je, je… es que nadie me quería contar esas cosas, –llevo su mano a su nuca vacilando sus sonrisa inocente– decían que debía preguntártelas a ti.

–Mmm… está bien. Como te dije, a tu madre la enlistaron junto conmigo y otros de mis compañeros en un escuadrón.

–¿Por qué un escuadrón? ¿Por qué no antes? ¿Por qué a ella? –pregunto sin siquiera haber guardado aire a sus pulmones.

–Vamos por partes –le dijo tranquilo–, la idea del escuadrón la tuvo el recién proclamado Rey Vegeta, era una táctica de asedio más efectiva que ir en solitario. Nos organizó en grupos competitivos, fue lo más inteligente que hizo. Recuerdo que cuando nos agrupaban nos asignaban dos localidades cercanas por cada escuadrón y evaluaban quien lo hacía más rápido.

–Vaya.

–Según algo que me comentó Toma, durante esa época 1 de cada 5 saiyajin morían antes de los 15 años dacianos. Los Tsufur eran muy resistentes, eran sofisticados y habidos en tácticas de guerra. Fue en la primera mitad del 1708 que supuestamente se extermino hasta el último rastro.

–¿Supuestamente?

–Se decía que varios de los saiyajin se habían juntado con los Tsufur y procreado crías hibridas. Esto lo uso el rey Vegeta para consolidar su poder sobre los saiyajin.

–¿Cómo?

–Dijo que la clase baja había salido resultado de esos cruces. Yo no le creí en ese instante, me sonaba estúpido… –se quedó en silencio por largos segundos, caminando por encima de las gruesas raíces.

»A tu madre la conocí durante un enlistado que mando el rey cuando se agravaron los problemas en la campaña. También a Toma y a Fasha, como te dije, no aportaba mucho al equipo pero luego se acostumbró y…

–Y luego nació Raditz –completo socarronamente.

Su padre lo miro fijo y regañón un largo instante y luego continúo.

–Y luego nació tu hermano, sí. Unos 8 años después naciste tú, Kakarotto. Solo meses antes de que Freezer traicionara a los saiyajin.

–¿En serio? ¿Cómo era yo de pequeño?

–Bueno hijo lo que pasa es que…

–… ¡Eras muy chillón! –Interrumpió Raditz– No parabas de llorar hasta que alguno de nosotros te cargara. ¿No es cierto, Bardock? –y sonrió con burla.

–Sí.

Cuando estaba por seguir mandándole preguntas a su padre o a su hermano, hundió su bota azul de lleno en un ligero lodazal. Al levantar la bota miro al suelo y se dio cuenta del pequeño riachuelo que corría abriéndose paso por los árboles. Con su cristalina agua tornaba las pequeñas piedras circundantes y al fango pantanoso del bosque. Cruzo al otro lado y se giró hacia su hermano.

–Oye Raditz… ¿crees que esta agua… llegue al rio?

–Mmm… –su hermano, al otro lado del canal– tal vez ¿por qué?

–Quizás –volteo un momento a ver a su padre y cerciorarse de que no los escuchara–… podrías aprovechar y… curar tu cola.

Su hermano hizo de su boca un mohín manteniendo la vista en el pequeño tramo de rio. Se inclinó un poco y toco el agua con sus dedos, levanto la mirada y le dijo.

–Asegúrate de que papá no de la vuelta.

Le obedeció y regreso una vez más hacia su padre, él ya se había ido, ya no se le podía encontrar entre los gruesos árboles. Regreso con su hermano cuando sintió un ácido sonido llegándole a los oídos. Su hermano había sumergido su cola en las aguas.

Sus brazos estaban cruzados en su pecho, una de sus manos sostenía el pedazo de tela azul y su pose era firme como uno de los tantos robles a su alrededor. Su cola dibujaba una "ese" antes de entrarse al agua y de ahí, de la cicatriz todavía al rojo flameante, ascendió un vapor verdoso con aroma metálico.

Su hermano sacó su cola del agua, soltado un alarido con los dientes, observando su cola mojada y totalmente curada.

–Igual que ayer –comentó Kakarotto.

–¡Rayos! Arde igual que la botellita azul de mamá.

–¿Qué botellita azul?

–Olvídalo… toma –le devolvió el pedazo azul de tela que alguna vez hubiese pertenecido a su polera.

–Tira esa cosa, ya de nada sirve –se encogió de hombros y continuaron con su camino corriendo hasta alcanzar a su padre.

No lo encontraron.

Nació, a mitad del bosque, una espesa humedad materializada en serpenteantes columnas de vapor. El sol había de posarse ya sobre sus cabezas, coronando al cielo azul con sus poderosos rayos. Rayos que escabullían por las hojas y, al caer en el suelo lodoso, endurecían la tierra.

El medio día había llegado, ligeros mareos pasaban por la cabeza de Goku mientras cubría sus ojos con una mano. El calor llegó a atiborrarles los sentidos a ambos hermanos, mientras Bardock no estuviera ahí, su única guía fue el lejano cerro escondido entre las hojas.

Se escondieron tras la sobra de un gran árbol. Sus lenguas se secaron, sus cabezas ardieron y sus piernas se cansaron. Bardock aún no aprecia. Llegaron a pesar que se había perdido, aunque ese pensar pronto se mezcló con el hecho de que ellos estaban perdidos.

No sabían cómo volver ni hacia donde avanzar, no sabían dónde estaba Bardock ni en dónde estaban ellos. Y por un momento la sensación de que nunca terminaría su viaje les entró por el más repudiable instinto de macho.

Cuando encontraron a Bardock, no muy lejos del último árbol donde descansaron, este traía el pelo mojado y la banda roja en su mano izquierda. Al preguntarle sobre en donde estaba, no respondió y en cambio soltó un comentario extraño y coherente a la vez.

–Este bosque… parece no tener fin.

Kakarotto revolvió esa frase una y otra vez en su cabeza, discutió consigo mismo y con el infante crecido entre montañas y bosques. Y es que aquel muchacho que vivió más de dos décadas en Paoz fácilmente encontraría el camino, pero… acaso… ¿Kakarotto podría?

Camino con la duda como tercer acompañante, tumbando árboles haciéndose paso entre la mata, rodeado de cortezas partidas que no daban luz de algún llano en mitad del bosque.

–Papá ¿puedo preguntarte algo? –le dijo a su padre, acercándose por detrás.

–Llevas haciéndolo todo el camino ¿por qué habría de decirte que no?

–Je, je… sí, tienes razón, pero no quisiera que te molestara.

–Eres igual que tu madre. Continua preguntando, tú lo dijiste, el viaje será largo, esperaba llegar a la montaña al medio día, pero bueno.

Pronto comenzó una subida: ya estaban cerca.

–Es sobre el supersaiyajin, tú… ¿cómo fue que…?

–Paso un tiempo después de que el planeta Vegeta había sido destruido, me mandaron al infierno por… bueno, ya sabes…

–Espera, espera ¿estabas muerto cuando te convertiste por primera vez?

–Sí, había sido alcanzado por la honda y… lo último que escuche fue la risotada que soltaba Freezer. En el infierno estuve mucho tiempo vagando solo, conociendo a los exiliados, recorriendo el lugar. No recuerdo cuando fue, no había manera de medir el tiempo ahí. Un día, metiéndome en lo más recóndito cuando me junte con unos mercenarios, me topé con un antepasado del mismo Freezer. Chilled.

–Continua, supongo que te enfrentaste a él.

–Sí, tienes razón. Él dirigía una suerte de navío en una especie de mar ponzoñoso. El infierno es bastante vasto, hay muchas cosas ahí y supongo que aquí también. Volviendo al tema, no tardó mucho antes de que comenzara una terrible pelea contra Chilled, nos venció fácilmente, pero nosotros logramos derrotar a sus soldados… Caí inconsciente unos instantes y, no sé cómo, pero empecé a sentir un increíble fuerza acompañada de… la voz de mis compañeros de escuadrón, de tu madre y…

–Y te transformaste ¿no es cierto?

–No del todo. Me levante totalmente enfurecido y a cada paso que daba acercándome a Chilled, sentía un increíble poder recorrer por todo mi cuerpo. Los mercenarios que venían conmigo dijeron que fue algo increíble… Cuando me puse frente a Chilled sentí un fuego inmenso por todo mi cuerpo y luego… nada.

–¿Nada?

–Caí inconsciente luego de derrotar a Chilled, o eso dijeron todos, la verdad no recuerdo mucho de eso… Espero que haya sido una gran pelea.

–Seguro lo fue, papá.

El tiempo no olvida ni perdona. Hilarante delirio, aniquilador de males, malvado reloj que no tuvo compasión de los saiyajin. Los olvido así como ellos lo olvidaron a él, dejándolos caer en el perverso vórtice de confusión.

Un pliegue se formo del medio día al atardecer, ahí donde hubiesen de pasar horas, pasaron charlas y cuentos narrados de la fascinante voz de Bardock. El tiempo se esfumo y así de rápido ya estaban parados a las faldas del cerro.

Y el cielo mutando al naranja: el atardecer se acercaba. Su padre ascendió solo hasta las laderas más altas del cerro. Desde ahí se detuvo a observar al bosque.

El cerro impuso su enorme tamaño, escribiendo con su sombra un frío que estrepito los huesos de los saiyajin, más insoportable aún que el calor al medio día.

–¿Qué crees que hay detrás de estos cerros? –preguntó Kakarotto, agitándose los brazos con las palmas.

–No lo sé, más árboles -le respondió su hermano.

–¿Qué estará haciendo papá? Deberíamos ir con él

–Debe estar analizando en terreno, siempre hace eso. Mejor no lo molestamos.

Sin embargo ascendió contrariando a su hermano. Y mientras más subía la imagen de su padre contrasto con las rocas a su alrededor. La imponente firmes de su calma, esa integridad en su actitud, el viento ondeando su cabello y la luz del sol trasnochado hicieron de su padre una figura intangible. Alguien inspirador a quien su larga lista de victorias lo precedía.

Su hermano lo siguió insistiéndole con no molestar a su padre. Pero no le importo todas las alertas. Solo quería estar cerca de su padre, de su familia y poder encontrar en ellos la calma perdida.

–Miren ahí –comentó su padre cuando lo vio llegar–: ese pequeño punto marrón oscuro –señaló–, esa es la cabaña.

Goku se pasó al lado derecho de su padre, Raditz al izquierdo y desde ahí enterneció su mirada con el paisaje nostálgico a sus pies. No pudo más e inflo de aire sus pulmones y lanzo un grito fiero al cielo.

–¡Hola!

No se lamentó de aquello, hasta lanzo una sonrisa al ver el bamboleo de sus árboles con su grito.

–Por lo que alcanzo a ver –dijo su padre- hay como dos llanos grandes, el más cercano es el del cráter, pero hay uno más grande por ahí.

–Miren allá, –comentó Goku señalando una línea de humo– ahí está la casa de Kaio Sama.

Inherentemente no pudo evitar ver al rio, con todo lo amplio de la vista el torrente predominaba sobre el paisaje, sin dar fin.

Ahí se quedaron hasta que se el horizonte devoro al sol. El cielo resplandeció en su máximo y a Goku le maravillo ese festín rosado bordeando al sol. Y con su inmensa sonrisa reflejo ese infame cielo.

Cuando cayó la noche sobre sus cabezas, su padre les dijo.

–Mejor nos apuramos, su madre debe tener todo listo. Vamos volando.

Despegó del suelo, Kakarotto lo siguió, pero antes de arrancar giró de regreso a su hermano, este se quedó observando al cielo oscuro.

–¿Qué estás viendo? ¡Apresúrate, Bardock junior!

Su padre se detuvo, su hermano se tensó. Y de pronto sintió de un filo la punta sobre su pecho, sobre esa pose firme de su padre, sobre esa mirada irritada de su hermano.

–No me llames así –le respondió su hermano, expresando su enfado con los dientes.

–Mmm… ¿Qué tiene? –preguntó Kakarotto.

–Solo no me llames así ¡¿entiendes?! –levanto su mano con fuerza pidiéndole que se aleje.

–Tranquilo, yo solo creí… -mas no le hizo caso.

–¿Qué creíste? Que me gusta que me comparen con alguien como él… -con lo ojos en furia señalo a Bardock.

–… ¡Raditz! ¡Controla tu temperamento!

Bardock había descendido para detener al pleito, se cruzó de brazos, mas aquello no fue suficiente contra el coraje sin fundamentos de su hermano. Sin avisar se marchó empujando con el hombro a su padre, se alejó entre los árboles y cuando su silueta aún era visible.

–¿Qué tiene?

–Tu hermano siempre fue muy impulsivo.

–¡¿Qué?! –Se oyó desde el fondo del bosque, desde el enmarañado pelo de Raditz– ¿Qué fue lo que dijiste? –Regresó totalmente enfurecido– ¡Repítelo!

–Raditz… cálmate –intentó detener Goku.

–No me digas que me calme Kakarotto… es más, ya que estás muy preguntón ¿por qué no le preguntas a Bardock cuando yo cumplí tres y regrese de mi primera misión?... o de la vez que se enteró que naciste, o cuando mamá estaba en cinta esperándote. A ver si puede responder eso.

Y Raditz emprendió vuelo a gran velocidad. Kakarotto solo observó callado, sin mucho que decir por lo impresionante del dilema. Se acercó a su padre, que mantenía la fiereza en su mirada

–Ve con él –dijo su padre.

–Papá…

–Solo ve con él. Ya iré a la cabaña.

Obedeció sin chistar, tomó vuelo y persiguió a su hermano por encima de los arboles mientras su padre tomaba otro camino para llegar hasta la cabaña. Enfriándosele el corazón atascado en su garganta, acorralado por el pánico; recorrió el bosque ansioso por encontrar a su hermano.

Y el bosque se revolvió entre verdes y marrones, la colina era cada vez más cerca y sus ojos negaban despegarse del suelo. Aun así, Raditz nunca apareció. No hasta que ya estuvo cerca de la cabaña.

Ahí vio su pelo largo entre los árboles, sentado observando esa piedra roja… ¿eratista?

–Raditz… -le dijo acercándosele caminando- ¿qué sucedió? ¿Por qué te enfadaste?

–No lo sé –le respondió sin mirarlo.

–No te creo.

–Está bien –levantó la cabeza-, no soy quien no sabe, eres tú quien no debe saberlo.

–¿Eh?

–Da igual. Mejor entra, ya es tarde.

–¿Tú no entraras?

No le respondió. Solo volvió a bajar la cabeza y seguir contemplando su pieza de eratista.

Observó un momento la cabaña, de ahí brotaba, por sobre la oscuridad completa de la noche, la ráfaga de luz de las luciérnagas. Fue hasta ahí, cargando ese penoso peso en los pensamientos, persuadiéndose a no regresar con su hermano.

Se frotó el pecho antes de entrar, tragando el miedo fantasioso. Su madre era la única esperándolo, su padre aún no había llegado. Y la falsedad de su sonrisa no pudo más al encontrarse con los decaídos ojos de su madre.

–Kakarotto ¿dónde está tu hermano? –le preguntó inmediatamente.

–Está… pues.

Y su mirada triste le choco al temor en los ojos de Gine.

–Está afuera.

–¿Por qué? ¿Qué tiene? ¿Está mal?

–Está bien… creo que solo necesita estar solo.

–… Bueno… -aquello solo fue un susurro que con precisión alcanzó a escuchar.

Se sentaron a comer en el silencio oscuro. Las luciérnagas brillaban pero un manto de acongoja escondía su luz y ella vagaban por el frasco sin orden, sin empatía. Su madre le sirvió el plato de asado y se sentó en la silla de enfrente.

–¿Qué hicieron hoy? –preguntó ella.

–Pues… -¿Qué debía responderle? ¿Qué decirle?-… no mucho. Caminamos hasta el cerro y… vimos todo el paisaje desde ahí arriba.

–Debió ser lindo ¿Qué más hicieron?

–Bueno, Raditz encontró una piedra, una… eratista o algo así ¿conocer algo de esa piedra?

Su madre meneó la cabeza.

–También hable con papá de algunas cosas. Nada más, fue un día aburrido si lo pongo así –río un poco, lo suficiente para que las luciérnagas brillaran aun más.

–No lo es, tu padre tiene un don hipnotizarte para narrar historias.

–Es pude notarlo.

Acabaron de comer tras su risa, sin decir nada, sin comentar nada. Las luciérnagas volvieron a atenuarse. Su madre se puso de pie y dijo que lavaría los platos el día de hoy, a pesar de que Kakarotto quiso hacerlo y objeto por aquello, ella se negó.

Pero luego le alcanzó un plato de comida y le dijo:

–Llévalo con tu hermano, debe tener hambre.

Salió de la cabaña y se encamino hasta Raditz. Se le acercó por la espalda y suspiro el pesado aire, tomando valor y coraje.

–Toma, come. A mamá no le gustara que te quedes sin comer.

–Gracias –su hermano tomó el plato y Kakarotto se sentó junto a él.

–Fue un lindo atardecer él de hoy ¿no?

–Escucha Kakarotto, si quieres saber por lo que paso con Bardock, yo…

–… tranquilo, debiste tener tus razones. Los conozco hace 3 días, no soy quien para juzgarlos.

–Eres igual a mamá –le dijo, sonriendo, sin mostrar los dientes, pero esa una sonrisa-. Oye, háblame sobre tus pesadillas ¿cómo son? ¿Qué es lo que sueñas?

–Bueno, las tengo desde el primer día que estuve aquí –observó al cielo, esperando que la solitaria estrella le de recuerdos-. No sé por qué pero sentía un gran deseo de dormir siempre a la misma hora. Me recostaba y sin más me alcanzaba el sueño, ese espantoso sueño.

–¿De qué trata?

–Bueno, aparezco en el templo de Kami Sama, está todo solitario, intento llamar a mis amigos: a Dende, al Maestro Karin o a Piccolo. Nadie me responde, pero luego escucho una voz que me está llamando, la busco pero no la encuentro. Luego otras voces me atacan y… ¡puf! Todo termina.

–Mmm… ¿de quiénes son las voces?

–No lo sé, nunca las había escuchado en mi vida.

–¿Y la que te está llamando?

–Bueno, ella, ella es… es…

–Tu esposa ¿cómo se llamaba? –le preguntó su hermano.

–Milk –bajó la vista, no pudo más.

–¿Es ella?

–Sí –suspiro-, escucho su voz llamándome y… ella está…

–Olvídalo, no hace falta que lo expliques. Mejor… mejor háblame de ese "Templo de Kami Sama"

–Ahí vive Kami Sama Dende, también Mr. Popo y Piccolo.

–¿Piccolo? Me suena ese nombre.

–Sí… él fue… quien te trajo aquí.

–¡¿Qué?! ¿Hablas de ese estúpido Namek?

–Sí, pero no es estúpido, de hecho es muy listo.

–Eso no lo dudo, tiene pinta de buen estratega. ¿Qué paso con él?

–Se fusionó con el anterior Kami Sama y ahora es más fuerte.

–¿Qué tan fuerte?

–Más que un Supersaiyajin, eso es seguro.

–¡Rangas! Tenía pensado buscar una revancha.

–Je, je, je… tampoco estás en condiciones de buscarla ¿o no?

–Algún día, Kakarotto, algún día.

–Je, je… lo bueno es que al menos está ahí para cuidar a Gohan.

–Acerca de tu hijo, háblame de él, me dijiste que era fuerte y eso no lo dudo –se llevó una mano al pecho–, pero ¿qué más?

–Mmm… a ver, recuerdo que Gohan tenía un amigo dragón… Gran Dragón, sí. Cuando Gohan tenía 7 años, luego de que regrese de Yadrat, vino a casa con un pequeño huevo. Lo escondimos de su madre hasta el día siguiente y fuimos a buscar su nido… Yo lo encontré primero –se detuvo con el recuerdo, un terrible recuerdo-… un montón no de cascaras destruidas y mucha sangre, no podía contarle eso.

–¿Y qué hiciste?

–Le dije que lo cuidaríamos entre nosotros.

–¿Y tu esposa?

–Le explique lo que paso y acepto que cuidáramos al huevo hasta que nazca. Era un huevo pequeño, cabía en mi puño sin dificultad, nunca creímos que se trata de un dragón, era tan pequeño…

–¿Qué hicieron con él?

–Milk lo cuidaba mientras nosotros salíamos a entrenar. Por la noche nos turnábamos Piccolo y yo para cuidarlo.

–¿Piccolo? ¿En serio?

–Sí. Recuerdo que una vez después de entrenar en las montañas, Gohan se había quedado dormido. Piccolo se me acerca y me dice que había encontrado un par de cadáveres de dragón en el bosque, me dijo que era posible que el huevo fuera de ellos… si era así pues ya me había metido en un gran problema.

–Supongo que lo solucionaste.

–Mmm… no del todo. Al huevo no podía dejarlo en casa porque si Milk veía un dragón nacer se iba a espantar en serio y si lo dejaba afuera Gohan se resentiría. Mi solución fue dejárselo a Piccolo. Je, je,je… recuerdo que unas semanas después regresó con un pequeño dragón mordiéndole el pulgar.

–Vaya ¿por qué lo llamaron Gran Dragón?

–Cuando nació, Piccolo dijo que el dragón era una especie de Icarus. Tardaría mucho en desarrollarse, pero ya de grande sería un Gran Dragón. A Milk no le agradó que le escondiéramos que era una Dragón salvaje, por eso no le gusta que sea una especie de mascota para Gohan. Pero yo creo que también lo aprecia.

–Ya entiendo –su hermano llevaba comiendo su palto todo el tiempo, mas nunca le había hablado con la boca llena. Dejo el palto vació en el suelo y miro a la cabaña con las luces apagadas, las luciérnagas guardadas.

–Ya deberíamos volver –dijo.

–Vamos.

Entraron a la cabaña y encontraron en la mesa los platos todavía sin lavar que su madre se comprometió en hacerlo. Sintió algo punzante rozar con su pecho y no mejoro su sentir cuando su hermano hablo.

–¡Demonios! –dijo Raditz.

Dejaron los platos lavados y subieron a su habitación, entraron en silencio, Kakarotto subió a la cama superior y Raditz se quedó sentado en una silla viendo la noche coronada por dos preciosas estrellas… Dos…

Cerró los ojos para dormir, acomodo su cabeza en la almohada y estuvo por decirle a su hermano que se acueste, cuando:

–… ¡No lo creo! –escucho de la habitación de sus padres– ¡No puedo creerlo Bardock! –Era su madre– ¡¿Cómo no puedes pasar ni una semana sin pelear con tu propio hijo, Bardock?!

Luego escucho a su padre.

–¡Gine tranquilízate!

–¡No me pidas que me calme!...

No pudo seguir oyendo, giro a su hermano y le dijo.

–Oye, Raditz ¿escuchas eso?

–Cómo no hacerlo.

Levanto su cabeza de la almohada y aun pudo escuchar otro grito de su madre.

–¡Ni siquiera porque está Kakarotto aquí pudiste evitar tener otro de tus pleitos con tu hijo! ¡Bardock eres… eres… ahg!

–¡Pues no es mi culpa que Raditz sea tan…!

Pero su hermano no pudo más, se levantó rápidamente de la silla, haciendo tambalear y le dijo.

–Vámonos.

Le obedeció sin refutarle nada, llevando sus manos a sus oídos intentando huir de aquella presión en el pecho y ese ardor en los ojos.

Salieron hasta afuera y caminaron un rato en increíble silencio, regresaron hasta el mismo lugar de antes y se recostaron a observar el cielo.

–No es la primera vez que pasa ¿cierto? –se atrevió a preguntarle a su hermano.

–No, no lo es– le respondió.

Acostó su cabeza sobre sus brazos y observó las tres estrellas sobre el manto azul… tres…

–Le falle –le dijo a su hermano–, yo le falle.

–¿A quién?

–A mamá, esta mañana me dijo que evitara que ustedes dos se pelearan y…

–… no fue tu culpa.

–Claro que lo fue, si no hubiera mencionado a Bardock Junior, nada de esto hubiera pasado ¿por qué te molesto eso?

–No es que me haya molestado. Es que me enfada y me irrita que me comparen con Bardock.

–¿Por qué?

–Ya te iras dando cuenta.

Observo un instante a su hermano, sus labios serios, su parpados cerrados, la completa serenidad en su ser pacifico.

–Raditz.

–¿Qué?

–Yo ya te hable de mí ¿por qué no me hablas de ti?

–No molestes.

–¡Vamos!

–Está bien… a ver, te hablare de una misión que tuve con Vegeta hace tiempo.

–Bueno.

–Fue en un plantea de cuyo nombre no me acuerdo, habían pasado 3 años dacianos desde que nuestro planeta fue destruido y llegábamos a un plantea árido y rocoso.

–¿Árido?

–Como un desierto. Bueno, yo tenía 8 años y Vegeta 4, en años dacianos claro. Lo primero que vimos al llegar fue un montón de gusanos pequeños que no nos hicieron ni cosquillas, fue relativamente fácil hasta que…

–¿Hasta que qué?

–Hasta que la reina devoro a Vegeta.

–¿Qué?

–La reina media el doble de nosotros y de un tajo se comió al disque príncipe. Tuve que salvarlo y desde ese día detesta los gusanos o cualquier cosa que se le parezca… je, nunca me dio las gracias.

–Sigo sin creerte, me parece que te lo inventaste.

–¿Por qué habría de inventarlo?

–No lo sé para darme miedo.

Y reventaron en risas hasta que el sueño poco a poco los iba alcanzando. Bostezo, mas no quiso volver a caer en el sueño.

–Deja de preocuparte –le dijo su hermano entre sueños.

–¿De qué hablas? –le respondió ronco.

–Papá y mamá siempre pelean, lo arreglaran.

Siempre esa palabra lo persiguió hasta el más abismal y oscuro pozo de su subconsciente, de sus pesadillas.


Y al volver al sueño, al Templo de Kami Sama, cuando la lluvia cayó sobre su cabeza y le consoló la pena. Un estrepitoso relámpago devoró al mundo entero en solo segundos donde no pudo reaccionar. Cuando por un momento fue feliz, la delicada empatía de la familia se convirtió en un caos a partir de una tormenta.

Pues el trueno no vino solo, llegó acompañado de un llanto que no pudo comparar con ningún otro y fue más doloroso que cualquiera.

"Estrellitas" escuchó entre los penares que hicieron de la lluvia, un torrente y del relámpago, un tormenta.


Hasta aquí todo amigos, espero que hayas pasado felices fiestas de fin de año y vengáis con más emoción para este 2017.

Agradecimientos para todos los que dejaron una review y espero lo siguientes que siempre me alegráis el día. Si esperan una respuesta (y sé que alguien las busca), pues no las daré directamente, sino indirectamente según desarrolla la trama. Como el antagonista, al que presente en el capítulo... ¡ups! Se me resbalo.

Como pequeño favor quisiera que apoyéis mi nuevo fic:

The Book of Genesis (que podrán encontrar en mi perfil)

Se los agradezco de mucho corazón, hasta otra.

Te ha hablado tu amigo y vecino.