SANGRE
Aquel día fue, para Raditz, un paseo por un sendero de espinas clavadas en sus profundos y escondidos afectos familiares. Ese cariño en el que su corazón creció, siempre esperanzado por aquel recuerdo dulce de su madre, profanado por la crueldad de la sangre.
Llevaba sentado poco tiempo, mientras fingía escuchar el parloteo de Kaio Sama. Indiscretamente fijo la vista en su cola enroscada y en aquel anillo carnoso que le había dejado la cicatriz. Se frotó las manos con los dedos fríos y en la muñeca, ese tétrico latir de su sangre helada. Sangre inexistente, sangre perdida, sangre de vivos, mas no de muertos.
Kaio Sama seguía balbuceando insignificancias, cargando cosas arrinconadas sobre una enorme mesa de hierro macizo. Tan grande era que los había arrinconado a no moverse en una esquina –no era la primera vez que Kaio Sama le pisaba los pies–.
Ensambladas dos piezas de carrocería reposaban sobre la mesa, los dos ejes diferenciales y cuatro ruedas acomodadas por la habitación, él se sentaba en una. Kaio Sama había dedicado tres días -según le contó él- para reparar un viejo Volkswagen que alegaba su destrucción a las torpes manos de su hermano.
Y desde que llegó hace una hora, Kaio Sama estrictamente dedicaba su tiempo al funcionamiento del diferencial, explicándole cada paso mientras Raditz solo miraba sin observar. Sin sentir, sin pensar, sin que le importarse el pedazo de chatarra sobre la mesa. Pues la única razón para estar ahí era huir del frio, del miedo y de la impotencia.
Cuando despertó no encontró a su hermano en el pasto donde habían dormido, su piel se congelo igual que aquella vez en ese planeta distante del que Nappa lo rescató. En ese momento elevó su cabeza sobre la niebla y el pasto, extrañamente más alto que anoche. Buscó a su hermano y el frío viento de la mañana fue más desalentador cuando le susurró que él se había ido.
Que una vez más estaba solo.
Y lo buscó por el bosque, por la colina y por el río. Y en el bosque solo encontró el perdido vació de la soledad; en la colina escuchó el eco de su corazón y el rio atrapo su mirada en lo infinito. En lo eterno.
–Estas dos ruedas están montadas sobre ejes independientes…
Ese tipo de cosas escuchaba alternadas a su loquera. Kaio Sama levantó de la caja roja unas tuercas y al hacerlo salió rodando un oxidado clavo. Rodó cayendo de la mesa y siguió rodando hasta chocar con la bota de Raditz.
Y los ojos del saiyajin no olvidaron la trayectoria del clavo. Preso en el delirio, con el pensamiento tan congelado como su sangre; con sus pálidos dedos levanto la gruesa tachuela e inmediatamente la oculto en su puño. Se levantó tan presuroso que dejo tambaleando la rueda.
Se despidió apresurado y así salió de la cabaña de Kaio Sama, escondiendo el clavo en su puño derecho. Y en la colina camino tan lento que fácilmente la noche pudo haber llegado antes que él llegara al bosque. Era un medio día nublado, contrapuesto al imperioso calor que hubo ayer.
Camino hasta el río como un ente vagabundo sin futuro ni pasado. Porque en verdad deseaba deshacerse de su pasado. Fundirse en las cenizas y renacer como un guerrero tan insondable como lo es su hermano. Su hermano, al que tanto aprecia.
Y en la ribera su bota se hundió sobre el pantanoso lodo, ahí observó su reflejo en las diminutas olas del río. Su sonrisa bruta, sus enromes cejas y su mandíbula cuadrada. ¿Qué podría expresar de todo eso?... nada, absolutamente nada.
La cicatriz de su padre expresaba la fiereza en sus batallas y la inquebrantable sonrisa de su hermano, mil injurias. Pero él… él no tenía hazañas por contar ni tampoco un legado que rescatar. Él, Raditz, no era más que una sombra, el hermano olvidado, el hijo negado.
Y echando atrás esos pensamientos, tomó el corroído clavo entre sus dedos y lentamente lo acercó hasta la palma de su mano izquierda. El miedo saturó sus pensamientos y bajo los brazos por un momento. Esa idea recorrió su cabeza por todo el día, por el cielo estrellado en la noche y por entre el roció en la mañana.
Hundirse el clavo en la mano izquierda, justo en ese espacio carnoso entre el índice y le pulgar. Quitar de una vez esa duda y en su sangre corriente encontrar la respuesta. Que el agujero en su palma le guiase y le jurase su muerte.
Un muerto no sangra ¿o sí?
Eso quiso comprobarlo cuando, con gestos dientudos, clavo la tachuela en su palma hasta que la punta se pudo ver del otro lado. Lo dejo ahí sin sentir dolor, sin angustia, sin miedo, pero sí con curiosidad. Luego lo retiro sintiendo los descarriados dientes del clavo rozar su desgreñada piel. Y ya fuera acercó su mano hasta sus ojos y la respiración se le paro pues pudo observar claramente a través de ese orificio en su palma.
Una ráfaga de luz trasverso la llaga en su extremidad, luz intensa, luz que fue acompañada de un espeso hilo rojo. Coagulante escurrió por su palma, su muñeca y su antebrazo, dejando marcado un sendero de sangre en su mano.
Entonces, acrecentándose el pánico en su pecho; sumerge inmediatamente su herida sangrante en el río. La mano entera quedo debajo del agua y después, todo el antebrazo hasta la donde el codo pudo sentir el agua. Y al paso llegó el ardor rozando su cicatrizante piel, igual que los nudillos, igual que su cola.
La palma salió del rio completamente intacta, sin heridas, sin cicatrices. Solo un molesto ardor que le recordaba a la botellita azul que su madre usaba para curarlo tras cada batalla.
Prefirió no hacer más nada, además de llegar corriendo hasta aquella cabaña donde esperaba y rogaba encontrar a su madre.
Y así lo hizo, cuando estuvo de pie frente a la puerta libero la presión en su pulmones y entró sintiendo un frío tétrico asolando sus huesos. Fue un niño por unos minutos, recordando la pulcra casa donde creció, la mesa donde cenaba con su madre y las escaleras tenues que conducían a su habitación.
Así encontró la cabaña y como un niño esperanzado quiso correr por las gradas, pero se detuvo cuando el llanto llegó a sus oídos. Llanto inconfundible, llanto desalentador, nada más repugnante que oír a tu propia madre en ese estado. Sin saber si era el recuerdo o la realidad en sí, no se acercó más y en lugar de eso fue hasta la cocina. Levantó la sartén y sacó un pedazo de carne de un pequeño congelador escondido detrás de los tablones.
Estaba por prender el fuego cuando escuchó la puerta abrirse, para su fortuna, solo era su hermano.
–¡Raditz! –Dijo Kakarotto– ¡Al fin te encuentro!
–¿Dónde estabas? –le preguntó mientras acomodaba las cosas.
–Es que me desperté temprano y luego papá me llevó a entrenar, no te enfades.
Sin siquiera verlo supo -o al menos intuyo- que su hermano había llevado su mano derecha hasta su nuca y sonreído como un tonto.
–No me enfada, solo preguntó.
–¿Qué haces? ¿Vas a cocinar?
–Sí –se encogió en hombros.
–¿Y mamá? ¿Está bien?
–Está bien, es solo que…
–¿Qué? No entiendo
–Luego te lo explico ¿sí?
–¡¿Por qué todo es para luego?! ¡Nadie me quiere decir nada! Parece como si me escondieran algo.
Finalmente regresó para encontrarse con los desilusionados ojos de su hermano.
–Escucha… –trató de consolarlo– no sé de Bardock, no sé qué te oculta… pero te prometo que todo lo que sé te lo contare algún día, es solo que… necesito… pensar como decírtelo.
Su hermano hizo un puchero graciosos con su labio inferior. Le puso una mano al hombro y entonces, Kakarotto sonrió.
Esa tarde ambos cocinaron entre bromas y chistes improvisados. Su hermano siempre sonreía con cualquier babosada que se le ocurriera, él, más serio, solo lo molestaba como lo haría cualquier hermano mayor. Molestándolo con su esposa, con su hijo, con su pubertad e incluso con su ausente cola.
Y así llegaron a la cena, la que acabaron tan rápido como sus risas. Ese asado quemado por dentro y blando por fuera que tan raro les había salido.
Entonces subieron a su habitación para dormir, discutieron un rato por quien tomaría la cama -claro, intentando no despertar a nadie igual que en la primera noche-. Al final fue Raditz el ganador, gracias a que su "papel" pudo contra la "piedra" de su hermano.
Mas no pudo dormir cuando sintió a su hermano pateándole las costillas por debajo del colchón. Se levantó para regañarle y detenerlo, pero no pudo, no lo haría.
Aunque su congelado corazón no supo sentir, la expresión pintada en su rostro burbujeó una lejana niñez en sus orbes lóbregos. Su hermano, envuelto entre las sabanas, daba patadas ficticias contra el aire, sudando gotas gruesas por toda la cara. Asustado ronroneaba entre sus pesadillas, sacudiendo su cabeza entre espasmos y lágrimas confundidas con sudor.
Recorrió la silla que daba a la ventana, la acomodó tal que el espaldar quedó frente a la litera. Paso su pierna derecha por encima del asiento quedando sentado a la inversa, con el pecho pegado al respaldar y los brazos apoyados en este, donde pudo descansar su cabeza.
Y la noche pasó, hasta el alba lo cuidaría de ese cruel sueño, lo protegería de la oscuridad eterna y lo defendería de cualquier mal que vague por ese recóndito abismo.
Así se lo prometió a su madre.
Despertó esa mañana con la espalda encorvada y los músculos lumbares crudos. Kakarotto lo había despertado agitándole el hombro y, aunque este tenía varias preguntas por hacerle, prefirieron entrenar en el más lejano llano del bosque.
Y en el camino, entre las tantas preguntas de su hermano, a Raditz le brotó una:
–¿Qué fue lo que soñaste anoche?
–… Fue diferente, no demasiado. Yo… estaba de nuevo en el Templo de Kaio Sama… esta vez comenzó a llover, fue me muy relajante, hasta que cayó un rayo y se convirtió en una tormenta.
–¿Qué más? Tiene que haber algo más.
–Raditz… –lo miró a los ojos tan fijamente que pudo leer por detrás de su retina– ¿sabes qué son esas "estrellitas"?
Y sus ojos se convirtieron en piedra.
–"Estrellitas"… –¿debía contárselo? ¿Su hermano lo entendería?– es algo… algo que mamá me decía cuando yo lloraba.
–¡¿Llorabas?! No te creo.
Quizá para Kakarotto fue solo una broma más y quizá eso era lo mejor, río como el niño que aún era y aquello calmo el peso en su pecho. Aunque aquello no borró el hecho de que nunca había sido completamente sincero con su hermano.
Y así se quedó, caminando sin avanzar, atorado en ese cruel pasado. Marcada tormenta vivió en su cabeza, que el miedo al ayer devorando su alma incinerara sus pútridos recuerdos.
En el interminable sendero del bosque, la espina de una justiciera flor de pétalos rojos y harem amarillo, se clavó en su pantorrilla derecha. Cuando se inclinó a retirarse la espina, pudo ver los colores de la planta y, frunciendo su entrecejo, arranco la flor de un tirón y la destrozó en su puño.
Fueron horas las que el entrenamiento ocupo. Horas en que las nuevas técnicas se dieron lugar.
–Primero extiende el brazo y la palma izquierda, así –Raditz estiro su brazo contra el suelo y extendió sus dedos, Kakarotto lo imitó.
–¿Así está bien? –preguntó Kakarotto.
–No lo hagas tan brusco, pero está bien. Luego concentra tu energía en ambos puños.
–¿Ambos?
–Sí. Después arrójala haciendo una curva con tu brazo. Así, presta atención –el Saturday Crush fue y será su técnica favorita, ante aquel hecho su hermano le había pedido de favor que le enseñara a usarla. E inmediatamente elevó su puño contra el cielo, dibujando una parábola en el aire. Y al abrir su palma en lo más alto un destello de luz irradió al claro y su poderoso Saturday Crush impactó contra las nubes.
Kakarotto trato de imitarlo, mas al lanzar el ataque su intempestiva no paso de ser un apagado rayo apenas brotando de su palma.
Al fallar en esta deciden pasar con la siguiente.
–Coloca tus manos a uno de tus costados –le indicó su hermano.
–¿Cómo? Explícate –Raditz colocó su pierna derecha delante de la izquierda.
–Debes colocar tus palma una sobre la otra a tu costado derecho, inclinas la pierna y comienzas a acumular Ki en tus manos.
Raditz se irguió y se cruzó de brazos al notar las incoherencias del hablar de su hermano.
–No te entiendo.
–Es que es mi primera vez enseñando. Con Gohan fue más fácil, él lo aprendió con solo verlo.
–También es mi primera vez enseñando.
Su hermano también se enderezó e imitó su pose.
–Sí, pero tampoco me enseñaste bien.
–Al menos sé explicarme.
–Si supiera explicarte ya podría hacer el Saturday Crush.
–¡Dejen de pelear!
Bardock llegó de improviso, sin ser avisado, sin esperarlo, sin tolerarlo.
–¡Papá! –dijo Kakarotto, él solo se quedó callado.
–Escuchen –dijo Bardock–, vine a decirles algo. Lamento lo que sucedió anteayer, en serio, no quiero que vuelva a pasar.
"Su clásico discurso" pensó Raditz.
Kakarotto disculpo a Bardock completamente relajado, ignorante de todo el trasfondo que reflejaban esas palabras vacías.
Bardock le dijo a su hermano que regresara a la cabaña, que ya se hacía tarde y que su madre lo esperaba para la comida. En cambio a él le dijo, cuando Kakarotto ya se había ido, lo siguiente:
–¿Averiguaste algo sobre Kakarotto o de la fase 2 del supersaiyajin?
Al momento Raditz le dio la espalda y sacó de su armadura la pieza de eratista.
–¿Solo eso te importa? –le pregunto, tragándose la ira en sus palabras– ¿Hacerte más fuerte es más importante para ti?
–Raditz, no quiero volver a pelear contigo.
–¡Esa estúpida visión que tuviste te está volviendo loco!
–Raditz, es mejor estar preparado en caso de que se cumpla.
No respondió y no por ser terco, sino por no saber cómo continuar esa platica.
–¿Le preguntaste a tu hermano algo sobre sus pesadillas?
–¿Por qué no lo haces tú? Yo ya estoy harto de verlo así –dijo con la voz apagada.
–¿No crees que tengo suficientes problemas con tu madre?
–Bien, tú ganas.
El sendero se volvió corto, tano así que Raditz creyó haberse perdido al tomar un camino diferente. Pero no, ya estaba junto a su Bardock en la puerta de la cabaña, sosteniendo la eratista en su palma derecha antes de guardarla.
En la cena su hermano y su madre se veían muy contentos, sonrientes y ansiosos, infantiles y optimistas. Él, en cambio, se limitó a sonreír cuando fuera necesario y comer tranquilo, sin señas, sin vida.
–A Bulma la conocí en las montañas Paoz, ella estaba buscando las esferas del dragón –como ya se había hecho costumbre, su familia, sentados en la mesa charlaban sobre esos recónditos momentos que debieron, mas no pudieron, pasar juntos.
–Dijiste que tú tenías la esfera de cuatro estrellas –su madre había terminado con su comida rápidamente solo con la intención de tener más tiempo charlando con Kakarotto.
–Sí, por eso Bulma llegó Paoz. Yo no quiera darle la esfera, pero me convenció para que la acompañara a buscar las demás. Tú la conociste, Raditz.
Antes de contestarle, miró un momento a su madre, a esos ojos que siempre lo cuidaban. Por suerte ella no sabía completamente de los hechos pasados hace más de doce años.
–Sí ¿la de cabello azul?
–Ajam.
–Sí… pensé que era tu novia –era divertido ver a su hermano enfadado con ese tipo de cometarios, más aun con su madre cerca.
–Deja de molestar con eso –le respondió enfadado. Su madre reía disimulada ¿qué sería de ella si supiera de la pelea que tuvo con su hermano?
Ella pensaba que Raditz había desertado del escuadrón y huido con su hermano, y que su muerte había sido culpa de Vegeta. ¿Quién sabe? A lo mejor en otra realidad.
-Esa mujer… es la que dijiste tuvo una relación con Vegeta –Bardock, al menos para Raditz, había sido un punto inexpresivo en la mesa, un adorno extra en la morada sin intervención durante la charla. Hasta hora.
-Sí papá, llegaron a tener un hijo, Trunks.
-Un viajero del futuro ¿eh? Muy interesante.
-La verdad nunca entendí todo el asunto de los viajes en el tiempo… me parece de otro mundo –su hermano bostezó al terminar su plato. Su madre insitió en que vayan a dormir, así como también molesto a Bardock para que él lave los platos.
Pero dormir no era algo conveniente, no en estos momentos. Kakarotto habría de soñar entre los temores más recónditos de su ser y él se desvelaría protegiéndolo por todo el sueño. Porque la desoladora noche en su devastadora oscuridad destruía el alma de su hermano y su propia cabeza en martillazos delirantes del pasado.
Esta fría noche sin luna, volvió a atacar, a mitad de las escaleras un dolor punzante atravesó el pecho de su hermano y casi lo tiró por las escaleras. Rogó para que su madre no hubiera escuchado nada. Ayudo a su hermano, débil apoyado contra la pared con la respiración tan pesada que el ambiente pareció consumirse en una hoguera infernal.
Lo cargó en su hombro, Kakarotto, alucinando por sobre sus respiración cortada, susurraba palabras inconcretas donde el de nombre de Vegeta robó la atención y el aire de su hermano. Su hombro se estremeció con el palpitar agresivo del corazón de su hermano y, aunque eso lo lleno de dudas, prefirió primero llevar a su hermano hasta la habitación. Siempre vigilando que sus padres no se acerquen.
Lo recostó en la cama y ahí notó el esfuerzo que Kakarotto hacía para respirar, la presión en su pecho apretado por su mano derecha. Ya antes le había hablado de su enfermedad del corazón -hasta la usaron esa excusa con su madre en lugar de mencionar a Cell- pero esto, esto parecía rozar con lo absurdo.
Recorrió la silla para sentarse y, al hacerlo, soltó un largo suspiro. Se sentó a observar a su hermano por horas, a cuidarlo y vigilarlo mientras este se retorcía entre sudores y sacudidas desbocadas.
Poco a poco se fue calmando, frente a los cansados ojos de Raditz, despertó y tomando aire, mucho aire, dijo.
–¿Qué paso?
–¿Cómo voy a saber? Fue bastante extraño.
Un silencio los pobló por un corto instante, cansados y exhaustos no dijeron nada ante el frío de la medianoche.
–Raditz…
–¿Qué?
–Mmm… no puedo mover mi cuerpo…
–¿De qué hablas? –eso lo despertó, más por la intriga que por el miedo. Se inclinó hacía la litera aun sentado en la silla.
–Lo siento algo cansado… como después de la pelea que tuve con Vegeta –débilmente su hermano trataba de mover sus dedos.
–… Mejor ponte a dormir, recupera energía, veras que mañana estarás bien.
Su hermano, con algo de esfuerzo, giró la cabeza hacía él y le sonrió con la misma ternura de su madre. Pronto se durmió y Raditz estuvo ahí hasta el amanecer, cuidándolo, recordando la primera vez que lo vio, cuando era solo un crío.
-¿Quieres cargarlo? –le había preguntado su madre en ese blanco consultorio, cargando a su recién nació hermano.
-Este… ¡Claro! –Raditz había heredado de su madre un carácter afectivo con los suyos y, aunque muchas veces trato de ocultarlo, siempre quiso mucho a Kakarotto. Desde esa vez que pudo cargarlo y mirar sus siete flecos hasta el día antes de llegar a la tierra.
-Jejeje, -le dijo mientras lo cargaba- Kakarotto yo soy nada menos que tu hermano mayor: ¡Soy Raditz!
Bueno, otro capítulo más, a partir de ahora tratare de actualizar cada mes, un poco antes, un poco después, da lo mismo.
Este capítulo estuvo completamente centrado en Raditz, así como el capítulo siete para Bardock. Estos son capítulos que deben tomar atención ya que va incentivando el misterio alrededor del antagonista.
Un detallito a mencionar que viene a ser como una respuesta a una de las review. Acerca del problema con la personificación de Cell. Bueno, primero debo mencionar que no es un error, por ese momento supuse que Goku pensaría en Cell como un asunto y no como un sujeto. Un asunto que recorriera los hechos desde la llegada de Trunks hasta su propia muerte. Lo siento si esto llevo a una confusión, pero bueno, ya está arreglado.
A ver si pueden con este acertijo: Existe una relación de voz de Goku con un superhéroe del universo de Marvel
¿A qué superhéroe me refiero?
Esto es todo por mi parte, tu amigo y vecino, Nightmare.
No olvides seguirme en mis redes sociales y pasar a ver mi contenido, sé que vas a encontrar algo de tu gusto.
Hasta otra.
