VERDAD
PARTE UNO
Que el sol fuera testigo omnisciente, que en su luz maldita y tonos anaranjados lustrando el cielo, fuera presente de su martirio. Mientras sus botas resonaron el eco en las paredes sagradas. El hijo de Bardock caminaba errante en su sueño, con la garganta rota de tanto gritar y los pies tan lentos, que apenas si los levantaba de las baldosas.
¿Quién? ¿Quién, ¡maldita sea!, Iba a responder al clamor de su corazón herido?
Nadie. Pues él mismo, en su ambiciosa aventura, terminó aislándose de aquello que tantas veces lo hizo feliz. Tenía hambre, tenía sed; pero ninguno de los más amplios banquetes de vino y carne blanca lo hartarían. Su alma exigía algo más que la banalidad del gusto.
Pero, sin importar aquellos años perdidos en las mareas del "Otro Mundo", existía alguien que estaría con él, apoyándolo sin condición aparente. Su amiga de cabello azul, a la que solo podía verle el largo cabello oscilándose. En la galería que llevaban al templo, usando un vestido rojo que destacó de la gama marrón del cielo, la vio parada, curioseando sobre los jardines de laurel.
Su corazón, entonces, danzó entre la hoguera de la bienaventuranza. Kakarotto, portando esa euforia de niño en su sonrisa, se apresuró hasta encontrarse cara a cara con su querida amiga. Sin embargo, el vació en los inertes ojos de Bulma, embistió contra los sinceros afectos que aún quedaban en Kakarotto.
Ella lloraba, lloraba como pocas veces lo hizo.
Inmóvil junto a las columnas, sus ojos celestes rebalsaron mil mares por sus mejillas. Kakarotto, no supo que responder, trató de consolarla, diciendo, con una voz tan calma que no era la suya.
-No… Bulma, no llores, por favor –Tan calmo, tan pacifico, tan profundo como su padre.
Quieta, desgarrándose los ojos a llantos, Bulma había destruido sus luceros convirtiéndolos en aterradoras cicatrices. Ya su iris celeste no pertenecía a este mundo. Vacía de espíritu, Bulma, a quien estimó igual que a una hermana, se desmoronaba frente a él.
Pronto la tenue lluvia meona cayó sobre su cabeza. Pequeñas gotas chocaron su nariz y su mentón, contento estaba que Bulma no se mojaría –"galería", ella misma le había enseñado esa palabra- ya suficiente tenían sus carrillos empapados en llanto. Observó un instante sobre sí mismo, al cielo color ámbar, despejado de nubes grises.
Y entonces pensó en lo extraño que eran sus sueños.
De a poco su cabello se humedeció, estropeando su forma de siete flecos; y las gotas gruesas de la lluvia –confundidas con lágrimas- resbalaron por su cuello. No le importaba, ni tampoco le preocupaba mojarse; solo quedaba seguir suplicándole a su "hermana" que deje de llorar.
Aquella amenazante zozobra abarrotó su cordura entre barrotes gruesos. Suficiente ya tuvo escapando de las voces, aterrado por las tinieblas, exclamando por su mujer amada. Pero, ahora, ver a su fiel amiga, llorar sinsentido, terminó por aniquilar incluso el más franco latir de su corazón, ahora muerto. Una gota súbita se deslizó por las maquilladas pestañas de Bulma y cayó en su bota.
"Estrellitas" pensó entonces.
Bajo su cabeza, agotado por la impotencia, la que le había despojado de todas sus gracias. Desde ahí vio las baldosas salpicando el agua y los elegantes botines que usaba Bulma. Lentamente el cuero amarillo y los botones rojos se tornaron blanco mármol, tan finos y pulcros como las estatuas en el templo. Luego sus piernas y su cadera, su busto y sus hombros, también convertidos en piedra.
Asombrado, Kakarotto levantó la cabeza y, al quedar de frente con aquellas pupilas de piedra, su mente deliró hostigada por el pavor de perder lo poco que le quedaba. Turbado quedó su helado aliento, cuando vio el mármol ocupando los ojos de Bulma, dejando su iris cual serpentina. Y, poco a poco, su suave tez se convirtió en un alabastro traslucido.
Cuando la última lágrima cayó, su amistad inmortal también. Bulma acabó consumida por la piedra pulimentada, que la dejó como una singular efigie en el templo. Mientras que la lluvia caló en su piel, él solo alcanzó a susurrar.
-Por favor…
Y al terminar con su locura. Lo ultimó que vio fue a la oscuridad devorando a su petrificada amiga y lo último que escuchó fueron esas voces recordándole, con aullidos gruesos, aquello que en verdad era.
Un "cobarde", un "engreído" y un jodido "egoísta".
…
Raditz perdió la noche, soñando sin dormir, parado al borde de un foso repletó de cabezas mutiladas. Recordando el disgusto de esa derrota –de sus jóvenes años- con el titilar de las estrellas. En esa maldita silla, habiendo dormido apenas, contados diez minutos, con los parpados duros y un gusto amargo en la boca; vigilo a su hermano.
Nunca dormiría, al sereno de la noche, valiente como lo es un heraldo en tierra de nadie.
Con los músculos mullidos rellenando aquella silla, Raditz apenas pudo balbucear absurdos intentos de despertar a su hermano. Kakarotto llevaba ya mucho tiempo asfixiándose en su llanto, agitándose en la almohada empapada de sudor, sufriendo a causas de algún mal engendro.
Hace menos de una semana que había llegado ahí y jamás esperó que su hermano pagara tan inhumana condena, aquí mismo, en el Otro mundo ¿Quién iba a esperar tal crueldad del presunto paraíso?
¡Maldita sea! ¡Sueño de mierda! No podía continuar observando esto, no toleraba que alguien tan auténticamente afable como su hermano, sufriera de esa forma. Atormentado, como no lo merecen los tiernos corazones… Aunque por momentos, dudaba de su razón al decir aquello, al decir con tal certeza que su hermano era "bueno".
Pues Kakarotto, al nacer, bebió de esa pócima en la sangre ponzoñosa. Poción que arrastraba guerras en trincheras y a la soberbia muerte por la venas de su familia.
A su padre, probablemente, lo recordarían como un héroe. Como aquel que arremetió contra Freezer por un intento desesperado de vengar a su raza; pero él, su primogénito, podía asegurar de la sombra gris detrás del ideal. En su mente paso, cual película vieja en tono sepia –rojizo claro como los tintes del Rey Adria-, ese guerrero marchándose sin despedirse de una mujer y un niño. Quienes vivieron y murieron anhelando su regreso.
Tal vez su hermano, ese que hipaba en la litera con la respiración gruesa y húmeda. Tal vez ese saiyajin de 15 años dacianos, tenía mucho más en común con Bardock que aquellos siete flequillos en su cabello.
Mucho más… y eso le daba una jodida pena y compasión hacía quien menos lo esperaría.
…
Noche sin luna, coronada por cinco estrellas danzando sobre los cerros. De frente al ventano de la cabaña, Bardock se había sentado, apoyándose en la pared para tener vista de la noche cerrada. Tan oscura como lo eran sus ojos vacíos, reflejados en ellos, la fría luz de los astros.
Con el torso al descubierto, sus secos ojos y su cinta roja reluciendo en la eterna oscuridad. Dejar ir la noche en vela, contado estrellas cambió su rutina las últimas noches, limitándole a sentarse en ese rincón cada que el sol se ocultaba.
Cinco, cinco miserables centellaron en el cielo oscuro.
Discretamente conto con los dedos, cinco volvieron a ser. Hacia eso por lo menos veinte veces en la noche y otras siete con la alborada. Pensando que en cualquier momento habría seis, siete u ocho. Porque de algo estaba convencido, estas iban aumentando cada día: ayer fueron tres y hace dos días, solo una.
Le vacilaron tantas veces que el reloj pareció perder la cordura. Para su experiencia de capitán, medir el tiempo desde que se oculta y sale el sol fue sencillo por cada planeta visitado, devastado y conquistado. Pero sobre esa caballa el cielo era tan impredecible como lo son las rabietas del mar o la ira de los huracanes.
De modo que las mañanas era eternas y las noches, fugaces.
Entonces elevó la cabeza cuando, regresándolo a la cabaña, alcanzo escuchar los ligeros balbuceos que decía Gine desde la cama:
-Bardock… -dijo ella, pero él no le respondió, sería mejor así.
Sin embargo, ella insistió
-¡Bardock!
Prefirió contestar antes de que ella se saliera de las sábanas.
-¿Qué sucede?
-No iras a entrenar tan temprano ¿cierto?
-No, descuida.
Ella –aparentemente- entendió su intención, pues no despertó hasta que fuera él mismo quien le malograra el sueño.
Desde ahí donde estaba sentado, obtuvo, bajo los luceros del cielo, una bella imagen delineada con las sábanas, del pequeño cuerpo de Gine recostada en la cama. A ella, a esa mujer que le había entregado todo, él le debía una inmensidad, una que no estaba seguro, pudiera pagar. Una deuda que Raditz, no paraba de reclamarle.
Se puso de pie y se acercó hasta donde el brazo derecho de Gine colgaba. Se inclinó y apoyo sus brazos en el colchón, todo por ver a Gine. Por verla descansar en paz y saber que estaría bien. Y así la observó, observó el tiempo pasar en sus largas pestañas, en sus mejillas sonrosadas y en sus labios delgados, aquellos que siempre le mostraron una sonrisa.
Desdichado sería al saber que esa sonrisa solo era una farsa
Bardock sonrió altivo, jactándose de la suerte que tiene porque aquella mujer era suya, la mujer más fuerte que jamás haya conocido. La indestructible e incondicional guerrera todavía rígida en la peor de las tormentas, sin bajar los brazos aunque el frío ya le estuviera quemando los huesos.
Quizás ella pudo sentirlo apoyando sus brazos en la cama o, quizás, sintió su aliento frío rondando por su cuello. Quizás… pues ella, sin abrir los ojos, dijo sonámbula.
-¿Bardock?
-Tranquila, estoy aquí.
Hado poético el de aquel día, de aquel en que Toma la presentó para el escuadrón. Cuando para él no fue más que un estorbo asustadizo.
Toma… ¡maldito bastardo! Compañero infranqueable de épicas batallas y de las más gloriosas victorias.
Y así, en su mente se hilo cada momento en que la sangre rival fue, para él y sus compañeros, el extracto líquido de la desdichada gloria. Desde que adquirió la capitanía hasta la semana sin tregua que paso en ese planeta de Tundra, la mejor de sus misiones, reconocía.
Regresó a su rincón, desde donde podía observar al amanecer cercano. Ya sentado, contó por última vez en la noche, cuando el cielo se tornaba rosa.
-Uno… -susurró- dos… tres, cuatro, cinco… seis…
Seis estrellas al amanecer, sinsentido y sin conexión alguna. Seis estrellas que se estaban burlando de su ignorancia. Seis estrellas premonitorias del caos a desatarse, de las lágrimas por derramarse y la sangre por destruirse.
…
"Hermoso día" pensó al disfrute de ese aroma leve, del vaho de los estambres. Pronto, Gine soltó una risita emocionada, el naranja del sol, imito su dicha. Tan contenta sonreía, que sus labios practicaron un "hechizo" mudo, aniquilando así a los más amargos males del pasado. Son pocas las veces que aquel amañado truco, le había servido.
La única mujer en aquellas colinas, permitió que ese bello paisaje acariciara sus pupilas. Que el delineado de las colinas y los precipitados cortes de los cerros, el alfombrado marrón de la mata y los esbeltos árboles, dieran seguridad a sus sentimientos.
Tan precioso momento, tan tranquilo y tan hermoso que a su vez era tan delicado, frágil como los son las rosas. Puesto que estando colgados por un cordón, que era ella, su familia se balanceaba sobre el descorazonado abismo de la locura.
Fuertemente débil o débilmente fuerte, así era ella, un caso formado por lo estrafalario de un ser supremo. Alegre como lo es el sol, tímida como lo son las sombras, lúgubre como la lluvia y fuerte como los rayos de luna llena. Amalgama impura, diferente en su ser, única en su alma.
Esa era Gine.
Quien en su escaso poder, sería el sostén de los suyos. Una madre genuina, brindando de su única copa para el bien de sus hijos, entregando pedazos de su corazón a cambio de simples sonrisas.
Fue caminando hasta el río tropezándose con la raíces, arrancando hojas de los árboles. Al observar su reflejo en el río, detrás de ella aparecieron Bubbles y Gregory. Hoy sería su cuarto día de entrenamiento. El hecho de que Bardock haya logrado una fase superior al saiyajin normal, no la iba a limitar. Superarse a sí misma, como siempre la ha hecho, ese era el plan.
Por ello persiguió a Bubbles en la ribera, hundiendo sus botas en el cieno; y por el bosque, enredando sus pasos en las raíces gruesas. El astuto mono la engaño por toda la mañana, obligándola a subirse en los árboles o incluso, a meterse en las aguas heladas. Cansada, exhalo un suspiro.
Había una zona de la costa, cubierta enteramente de piedras planas y delgadas. Fue aquí donde más cerca estuvo de atrapar al mono, cuando pegó un salto y casi pudo tomarlo de la cola. Ella termino arrastrándose por los guijarros y levantando el polvo con sus rodillas.
Sucia, se inclinó en su pierna derecha, entonces una mano se tendió frente a ella. Kaio Sama la ayudó a levantarse, diciéndole:
-Has mejorado bastante.
Pero ella, defraudada consigo misma, respondió:
-¡Uy! Seguramente Bardock o Raditz lo harían mejor.
Sin embargo Kaio Sama le respondió, mientras calmado, se iba por las costas:
-Seguramente tu hijo mayor sí, es de Bardock de quien dudo.
-¿Qué? ¡¿Por qué?!
Kaio Sama siguió caminando sin responderle.
-Muy pronto lograras hacer el Kaio-Ken –comentó la deidad.
-¿En serio? ¿Pero no dijo que necesitaba entrenar en su planeta?
-Ya no es necesario, toda tu preparación en el planeta Vegeta, basta. Sera suficiente con mejorar tu astucia y precisión.
-Ya entiendo, pero…
Kaio Sama la miro por sobre su hombro:
-¿Pero qué?
-¿Por qué cree que Bardock no podría hacer el Kaio-Ken?
-Cuando le enseñe el Kaio-Ken a tu hijo, lo hice porque él necesitaba vencer a Vegeta. Fue un acto noble y a la vez arrogante, no tenía problema con eso… En cambio, en Bardock solo encuentro prepotencia.
Quiso quejarse y rectificarle su error, decirle que era chocante juzgar así a Bardock. Pero su lengua se trabó en el entendimiento, donde su mente supo asistir por la razón de Kaio Sama. Mas sus tiernos sentimientos no pudieron.
…
Los amaneceres llegaron a tiempos contados por el fraguarte sol. Los días fueron un susurro, las noches un canto y doce jornadas, una bella oda a la alegría. Tiempos de flores y ludes, de alegría y fulgor encantado.
…
La increíble certeza de Kakarotto palideció frente a la precisión de la defensa de Bardock, la que hizo estragos de su confundido hijo. Los puñetazos de Kakarotto desfallecieron y, entonces, Bardock capturó las sobras de una eminente ventaja sobre su hijo.
Sin embargo, a la larga, el joven saiyajin cobró un nuevo ánimo, tras exprimir ese último chasquido de energía en su alma. En su alma a punto de romperse.
Sus puñetazos, entonces, recibieron tal fuerza que, al impactar contra los antebrazos de Bardock, levantaban paredes de polvo a más de diez metros debajo de ellos. Kakarotto, con continuos golpes, consiguió hacer retroceder a su padre y cuando su insistente defensa se amortiguó: Raditz apareció buscando lanzarle, cual rayo, una patada fulminante por la espalda.
Su hermano mayor atacó con la bota derecha la espalda indefensa de su padre. No obstante, ni la velocidad de Kakarotto o la fuerza de Raditz, pudieron crecerse más que la experiencia de Bardock. Tan astuto era su padre, que Kakarotto embrolló sus ojos cuando este desapareció y su hermano terminó lazando al aire con su patada.
Su padre reapareció frente a ellos, portando su columna recta y su barbilla alta. Kakarotto se admiró entonces de un ideal vacío, cuando Bardock, tan imponente como el más robusto roble y una voz poderosa cual estampido; exigió de ellos, su mejor ataque:
-¡Vamos! ¡Denme su mejor lucha! -Una calma asombrosa, contempló el bosque, donde las hojas se congelaron al viento y ni el susurró de las ramas al rozarse fue oído.
Fue Raditz, después de que lo mirara a los ojos, quien embistió primero con una combinación de ataques a puño. Bardock lució tan hábil cuando evadió cada golpe y cuando lanzó un precisó puñetazo a la quijada de Raditz.
Al ver a su hermano derribado en el piso, Kakarotto atacó sin pensar. Su puño derecho falló, el izquierdo también; en ese enredo, su padre aprovechó a lanzarse contra su costado. Así dejándolo abatido junto a Raditz.
Tardes enteras entrenando habían dejado su cuerpo exánime y su aliento sofocado.
Su padre apoyo ambas botas frente a ellos y les dijo, así como hacía todas las tardes:
-Hemos perdido muchas horas para mejorar su coordinación… y aun no lo logran –Decepción, eso escuchó.
Ahí Kakarotto dejo de ser el guerrero experimentado y volvió a ser aquel niño entrenado en alguna ínsula olvidada… Ínsula… Las horas peleando contra Freezer y los días preparándose para enfrentar a Cell, se perdieron cuando Kakarotto vio en su padre la valentía de un soldado descorazonado y la astucia de un lobo cebado.
Así idealizó a su padre: en la cima de los nevados, levantando su puño en victoria.
-¡Raditz, mírame cuando te hablo! –Su hermano se marchaba por el bosque, ocultándose por los árboles por no mirar a su padre.
Jamás comprendería la terquedad de su hermano, que en los últimos días alimentó más la tensión con los demás. Solo bastaba con despertar la arrogancia de su padre o la altanería de su hermano para que una riña –probablemente, peor que las anteriores- se desate en sus corazones.
Vaya problema.
…
La cena ya estaba lista sobre la mesa, Gine acomodaba las –ya contadas- doce luciérnagas. Iba encantada, dando brincos y vueltas: vivaracha su sangre, irradiando luz en aquellos pasillos de madera. Mientras las sillas se acomodaban, una de estas le dio un espasmo punzón en su canilla, cuando chocó accidentalmente con una de ellas.
Pues, iba herida en la pierna derecha, de un raspón que entrenar con Gregory, le había dejado. Soltó un quejido, acariciándose su herida con sus delicadas manos, reprendiéndose por no ser precavida brincado sobre aquellas raíces.
Entonces, algunos pasos cerca a la puerta tomaron su atención. Llegaron sus hijos, Kakarotto sonriente y cansado, Raditz serio y tosco. Así, repartidos como dos estrellas intermitentes danzando entre sí: a veces brillaba una, a veces la otra; y solo en delicados momentos, ambas.
Les saludó alegre, le respondieron una sonrisa de dientes y otra de labios. Luego se sentaron a esperar a Bardock, ojala llegara pronto, Raditz no toleraría por mucho a su hermano y su insistente deseo de comer.
-¡Vamos! Solo un poco –insistió Kakarotto.
Pero Raditz se mantuvo firme al negarle comer sin antes estar todos en la mesa.
-¡No y punto!
-Por favor…
-Mira, hemos tenido esta discusión ¡cada noche! Y te juro que si esta vez no me haces caso ¡te quito el plato y te vas a dormir sin cenar!
-¡Está bien! No tienes porqué gritarme –Kakarotto terminó haciendo un puchero, renegando con su hermano. Así hasta que llegó Bardock, portando el cabello mojado, igual que siempre.
Ella comió rápido, su plato sonó vacío en pocos minutos, igual hizo Kakarotto, efusivamente impaciente como las fieras al pasar el invierno. Inmediatamente quedaron los platos vacíos, su hijo no perdió tiempo en hablar:
-Mamá ¿te conté alguna vez de Upa?
No había día, de tantos que pasaron, en que Kakarotto no trajera el recuerdo de algunos de sus amigos para charlar en la cena. El día de hoy fue Upa, un muchacho rústico que había conocido Kakarotto viajando por aquel planeta.
Demostraba dotes cercanas a su padre al hablar. Enganchándote a la historia solo con su voz calmada. Suave como el serpentear de un río, conto aquellas hazañas en aquel aislado Palacio.
Interesantes lucían sus palabras, elegantes vestidas a la misma voz de Bardock. Así la historia sonó a un ritmo épico, propio de aquellos enfrentamientos, como aquel lejano que tuvo Kakarotto contra el bigotudo Tao Pai Pai.
Más sin embargo nunca tendría esa serenidad en el placer que daba la voz de Bardock. Es que el guerrero y compañero de la cicatriz dominaba hasta la más amplia arena de combate con solo tres palabras.
-Muy bien, escuchen – Hace poco Kakarotto, le había preguntado por la cicatriz en el rostro de su padre, Bardock, como buen narrador. Así le permitió recordar a ella, ese lejano pasaje de árboles, esa ferocidad de un campo naranja, donde una hoz perdida mancho con sangre las hojas nacientes.
-Debió ser una gran pelea, papá –dijo Kakarotto reluciendo la luz de las luciérnagas en sus luceros de carbón.
Le respondió Bardock, sobando con afán su cicatriz en la mejilla. Desde ahí fue cuando sospecho de un mal errante por sobre el cielo.
-Pues… recuerdo que tu madre… -dejaba pausas al narrar, nunca le había pasado- vuestra madre… Gine, se había metido en problemas con… -al cruzarse sus miradas, supo que algo andaba mal en Bardock.
Raditz y Kakarotto se extrañaron y sus miradas desorbitadas se posaron en ella.
-¿En qué problema, mamá? –dijo Kakarotto.
-Supongo que los hice enfadar a quien no debía, con unos comentarios que hice…
-Tuve que salir a defenderla porque ella no podía sola –comentó Bardock, arrogante y socarrón. Más ella no se dejaría.
-Tú tampoco pudiste, Bardock… -dijo y todos rieron- creí que hablarías de la cicatriz de detrás de tu oreja.
-¿Qué? ¿Otra cicatriz? –Preguntó Kakarotto- ¿cómo?
-Solo digamos –comentó Gine-, que tu padre no es bueno en la cocina ni con las cuchillas.
-Eran dos –continuó Bardock- yo acababa de volver de una misión… cuando los encontré, sacaron sus armas y… uno de ellos clavo su… ¿hoz?... en mi cara, dejándome está herida.
Rápido, apagado, aburrido, así narró Bardock. Cortando su voz por incesante frotar su cicatriz.
Ni ella, ni –así como decían sus ojos- sus hijos habían de intuir aquello. Kakarotto dejo de hacer preguntas y Raditz miro a otro lado que no sea su padre; solo ella pudo ver los ojos caídos de Bardock, así como nunca los había visto. Rescatando la angustia –tan propia de ella como su melena- escondida detrás de su sonrisa de mujer.
Fue el turno de Raditz para lavar los platos, varias veces ya lo habría hecho antes, y en esas veces, siempre necesito la ayuda de su hermano. Esta vez tardaron más, Kakarotto parecía mucho más despistado, jugando con esa pequeñita piedra que se trajo de la ribera.
Pasó observándolos y se distrajo tanto que no notó cuando Bardock se había ido.
…
Raditz se alistaba para otra noche en vela, cuidando de aquella litera de la cual ya no sentía la comodidad del sueño.
Cuando entro a su habitación, Kakarotto, cual niño pequeño, asomaba su cabeza por la ventana. Sentado en el borde, con la boca hacia arriba y en sus ojos el reflejo de las estrellas.
-¡Mira Raditz! –Dijo Kakarotto, emocionado- ¡Otra estrella!
La respuesta de Raditz, no fue más que una sonrisa blanda. Kakarotto, continúo observando el firmamento inundado de estrellas, del que siempre destacó, lo impredecible del matiz azul.
-¡Te dije que si le contaba a mamá de Upa, aparecería! –dijo Kakarotto.
-Je, je… deja de jugar, además de tonto, eso es imposible.
Raditz recorrió la silla y se sentó en ella. Mientras Kakarotto bajo de la ventana y la cerró.
-Mira Raditz, siempre que no le hable a mamá en la cena de alguno de mis amigos, no aparece, pero cuando lo hago ¡sí!
Kakarotto se recostó en la litera superior quitándose las botas y las manillas, mientras Raditz le decía.
-Como tú digas…
Poco sabía que esa respuesta era la que Bardock tanto buscaba para saciar con sus noches en vela.
Y entonces sintió solo el silencio apretado contra sus parpados, acariciando el dulce sueño que lo llamaba, que lo magnetizaba. Con cabezazos era rendido a caer sobre su pecho, y dormía pleno alejado de la realidad, donde el temor no pasaría de ser fantasía.
-Oye, Raditz –escucho de la cama.
-¿Qué quieres Kakarotto?
-¿No te iras a dormir?
-Luego lo hago…
-Eso dices siempre, pero siempre duermes en esa silla ¿no te molesta?
-Tú solo duerme, no te preocupes.
-Pero…
-¡Ya duérmete!
Con ese grito, no estaba seguro de si Kakarotto se habría dormido o no, pero no hablaron por toda la noche y Raditz, ni siquiera pudo cuidar a su hermano como tantas noches lo hizo. La pesadumbre fue demasiada en sus agotados ojos. Que no pudieron luchar más, contra el peso asfixiante del somnífero ilusorio. Que le arrebato, incluso la cordura a sus neuronas.
…
-¿Piensas recostarte o seguirás con ese jueguito del astrónomo? –preguntó, en su tono socarrón, Gine.
Bardock, suspiro cansado al quitarse la pechera y la arrojó al pie de la cama.
-Está bien… hazme un espacio.
Gine estaba acostada en la cama, cubriéndose con ligereza en las sábanas. Se acomodó a la izquierda del colchón delgado y lo palmeo, como llamándolo a jamás alejarse de ella. Bardock se recostó junto a ella.
Inmediatamente recostado, ella se aferró a su cuello como lo hacen los felinos en invierno. Al sentirla Bardock soltó un gélido suspiro, un pálido vaho flotando sobre él. Porque ella estaba fría, su tacto estaba helado: cuando sus delgadas manos rozaron su cuello y la suya toco su cadera, sintió el eléctrico choque del pavor y la culpa.
-Oye… -comentó ella, su aliento también estaba frío-, hace mucho que no me molestas con la apuesta.
-¿De qué estás hablando? –No lo sabía, mas ella sí, con su mirada lo leyó.
-De lo del rio ¡Dah!
-Ah… eso, ya se me había olvidado.
-Qué raro, conociéndote me lo habrías recordado y pedido que te pague con…
Se puso roja, de sus mejillas irradió calor dulce, acometiendo contra el desolado frío. Más Bardock, quiso seguir sintiendo su calor.
-¿Tan predecible soy?
-No, no ¡No!… pero, tampoco es que no me guste hacer… ya sabes.
-Mmm… no, no sé.
Entonces, ella se "enfado", cruzada de brazos se sentó y dijo.
-¡Bardock! ¡No molestes!
Ahí supo que era el momento para calmar aquel electrizante frío… estar en paz contra la pesada culpa, que ardía en su cicatriz. La tomo de la cintura y la arrojó a la cama otra vez, se puso sobre ella, con un brazo a cada lado de sus mejillas prendidas.
Ya deteniéndola así, acorralada quedo, con la boca de ella formado un tierno circulo, le dijo, casi en un susurró.
-Perdóname…
-¿Qué? –Ella inclinó su cabeza sobre la almohada.
-Eso es lo que quiero que hagas, que me perdones… Lo siento.
-Pero… ¿por qué?
-Por todo lo que hice y… te hare…
Lo había dicho, pero el ardor en su mejilla no se fue.
-Bardock, actúas extraño.
-Solo di que sí, solo eso quiero.
Y el fuego en su cicatriz pasó, al sentir los labios de Gine rozando la sangre costrada y la piel carcomida. Esa suavidad fue necesario para calmarlo y apaciguar su ser.
-Claro que te perdonó, tonto.
Y el amanecer los encontró desnudos bajo la sombría palpitación de una estrella vagabunda.
…
Que el cielo los ampare, el sol hoy no llegó por detrás de los cerros. Hoy fue un aberrante gris que tiño al cielo y dejo lagrimear al rio.
Terror profundo invadió a Kakarotto al despertar, encontrar a su hermano dormido en la silla, pintado delante de la ventana en matices de gris nebuloso.
Ahí fue cuando, pensó: su pesadilla logro escapar de su cabeza.
La verdad hoy sería libre como lo son el viento y como lo son los rayos del sol.
Y esto es todo por ahora lectores, agradezco la paciencia y las reviews que me mandasteis en estos capítulos. En verdad muy cariñosos.
Y creo yo que ahora es el momento de contestar a algunos seguidores que he notado se han interesado bastante por la historia, cada uno de ustedes con sus reviews y visitas me habéis dado una razón para continuar escribiendo en la soledad.
En particular quiero mandar un presente para Garu0212.
"Estrella DanGar –te llamare así, si no hay molestia-, veo tu ímpetu en buscar respuestas sobre preguntas que, quizá, nadie se ha hecho, por aquello te admiro, por aquello te felicito. Más me doy cuenta que surcas un río en una balsa sin remos, tenéis el modo de llegar al otro lado –de la playa oscura que son mis tierras-, pero no sabes que rumbo seguir sin chocar con las rocas.
Te daré una guía, igual que el poderoso Eros guiando las velas de los barcos: «La pista olvidada en mi nombre»
Supongo que entenderás que no seré tan directo, te dije dónde buscar, si eres lista –que yo presiento, lo eres, DanGar- sabrás que es lo que debes buscar.
Apresúrate, que el joven saiyajin de pelo largo no esperara por mucho y el LIBRO se quema."
Ya dejando a un lado mis juegos, solo basta con invitarte a seguirme en mis redes sociales. Búscame como DBNightMare en Facebook. Además te invito a leer mis demás historias, tal vez hay algo que te agrade.
Te ha hablado tu amigo y vecino.
