Verdad
Parte 2
Las gotas danzaron al son de funesto compás. Cantando con sus chapoteos sobre el río, de la penosa fábula que narraba a la ultrajada verdad luchando contra sus esposas de acero pútrido. Anhelando libertad. Volando por el cielo desteñido o rondando por los pastos secos y los árboles mullidos, los pájaros muertos silbaban la premonición fatal, como un coro de ángeles funestos, listos a recibir su purga.
…
Kakarotto se sentó en la cama, ahogado en sus lágrimas y sudores, tras despertar de la noche once de doce, del sueño donde otro de sus queridos amigos, convertido fue en efigie. Luego de colocarse las botas, tomo la almohada de su cama, húmeda aun, y se la arrojo a Raditz, gritándole:
–¡Despierta!
–¿Eh?... ¿Qué pasó?... ¿Me dormí? –dijo su hermano, entre confundido y asustado.
–Sí, así fue –le dijo Kakarotto bajándose de la litera superior de la cama.
–¡Rayos!
–Raditz, no entiendo porque es tan importante que me cuides en las noches, no soy un niño.
Raditz no le respondió, algo común de él, como un perro encadenado, inútil en las peleas rabiosas. Se levantó de la silla tan brusco que la dejo tambaleando. Pronto ambos se asomaron frente a la ventana, donde pequeños tamborileos conjuraban a los dioses por el agua maldita.
–Está lloviendo –comentó Kakarotto, observando el cielo gris como el intermitente final de aquella ilusión. El final de un sueño.
…
Bardock inspiró el aire húmedo, las gotas gruesas recorrían por su rostro, marcando húmedos caminos hasta su cicatriz. Sus ojos firmes, sus labios rectos, su solo porte a mitad del bosque, eran más intimidantes que cualquier trueno que cayera en la cima de los cerros.
–¿Alguna novedad? –le preguntó a Raditz cuando lo vio llegar de la colina.
–Kakarotto le teme a las agujas.
–¿En serio?
–Así me lo contó ayer en el río.
Bardock se retiró la venda de su frente y con ella se secó toda la mareada de lluvia en su cara. El dorso de su mano, sin embargo, paso por su chirlo y por su quijada, exprimiéndose de su piel carcomida, la lluvia ardiente sobre su cicatriz. Observó a Raditz patear un poco de lodo hacía un árbol, comprendió que detrás de las cejas caídas de su hijo, había una preocupación tacita.
–Escucha, Bardock, este temor que tiene Kakarotto es solo un miedo infantil –le dijo.
–¿Qué es lo que supones?
–Que oculta algo, algo a lo que tiene miedo, mucho miedo. Pero no sé qué podría ser.
–Lo disimula muy bien, entonces.
Raditz se froto la sien y, también, parte de su larga melena, de la que escurrió grandes cantidades de lluvia. Luego se marchó, algo cansado, algo dormido, taciturno y preocupado.
La lluvia entonces cayó con más fuerza, con más saña. Las gotas querían clavársele en le piel y, especialmente, en la marca de su cara. Su pecho subía y bajaba en completa serenidad, su rostro, inexpresivo como siempre, igualaba la impavidez de los robles junto a él.
Poco tardo Gine en venir por él, asegurando que sería mejor no entrenar hoy, que la lluvia hoy no se calmaría. Ella temblaba por el clima, trataba de calentarse frotándose los brazos. Ahí pensó en el delicado parentesco, de madre con hijo, de Gine con Kakarotto.
"Ambos saben esconder muy bien su miedos" se dijo.
Cuando ambos se marchaban de regreso a la cabaña, le quiso preguntar si tenía frío, mas prefirió acercársele a ella por detrás y abrigarla con sus brazos… Pero aquello no bastó para darle calor, pues ella aún seguía temblando.
No, él era poco para ella.
…
Vivía igual que las aves, revoloteando sobre su canto al sol, muerto de tristeza cuando las nubes grises opacaban al astro.
El segundo hijo de Bardock, a dos pasos de la cabaña, parado se quedó, dejándose mojar. Pensando que, al igual que en su sueño, las gotas del cielo consolarían su corazón. Recordando su empolvada niñez, cuando se solía sentar por horas en las llanuras de Paoz durante la lluvia, a esperar que su abuelito regresara con él.
Pero ese dolor en el pecho, nunca se fue… nunca se iría.
Regreso adentro, frotándose el esternón. La lluvia hoy no dejo entrenar, y no porque la tierra húmeda los ensuciara, sino porque las nubes grises sobre ellos lucieron amenazantes, guardianes de los rayos del sol.
Sacó las luciérnagas de aquel extraño cajón, se sentó en esa silla con el respaldar roto. Inclino su cabeza sobre sus manos a observar las "estrellas" en el frasco por tanto tiempo, que su padre y hermano habían regresado y él, ni cuenta se dio.
Las doce luciérnagas, poco a poco, formaron una suerte de círculo dentro del jarrón. Y sorprendió a su corazón sin latir, desabrido y sin emociones, impávido del dulce baile de las luciérnagas. Ya no había los sentimientos de niño en su alma. Lo que antes le causaba gracia, dicha y alegrías desmesúrales; hoy, no le causaron más que una indiferencia fría.
Algo cambió dentro de él, eso pensó. Pues los insectos frente a él lo aburrieron de sobremanera, lo aturdieron en un profundo penar sin nostalgia. Hace muchos años, cuando niño fue, se perdió en el bosque jugando por horas con las candelas y con la luna. Y hoy, esos mismos bichejos, le vaciaron el alma.
Igual que las cascadas, las que con su ruido y hermosura, llenan de vida los bosques de Paoz. Pero llegado el invierno, al congelarse, asesinan a la naturaleza que los rodea, sin piedad, sin cariño.
Con temor escarbó, a pinza, recuerdos de su vida, deseado ser alguien, no un algo. Se odio más que nunca cuando ya ni los recuerdos de Bulma le daban nostalgia, ni los de Krilin, felicidad. Solo un friolento carcajeo, que se reía de sí mismo.
Una nausea de emociones que, por más poco que durara, le rebalso la mente de dudas.
Y los bichos le comenzaron a preguntar.
"¿Quién eres?"
"¿Qué haces aquí?" preguntó otra.
"¿A dónde vas viajero?"
–¿Kakarotto? –esa fue la más luminosa de todas, su madre.
–Mamá…
-¿Qué sucede? –le preguntó ella.
-Nada nuevo.
…
Miraba por la ventana, a las gotas perforando el cristal. Delineando un espejismo en la inclemencia de los vientos, ahí hechizado, quedo Bardock, pensando en las idiosincrasias de los cielos grises, del olvidado sol.
Tratando de tragarse el crudo sabor del futuro, al que sus premoniciones con gusto a hiel, habían anunciado. Cerró los ojos para ver mejor la lluvia, que aquel extraño poder le trajera una vez más, las visiones de un gélido bosque sin vida,
Como estrellas fugaces pasaba por su cabeza, esa imagen de su propio cuerpo disecado a la orilla de un río de bajas mareas, rodeado de árboles putrefactos.
Abrió los ojos otra vez, su cicatriz comenzó a arderle como jamás lo había sentido. Tras tantos años marchando sobre los campos de batalla, por primera vez pudo sentir el ligero palpitar de la empatía en su muerto corazón, del cariño a los demás calentando su alma.
…
Recostado en la cama, Raditz trataba de contar todo lo extraño que había pasado en estos días. Desde los delirantes sueños de su hermano, hasta lo irracional del clima en estos días. Hacía crujir sus nudillos presionándolos contra sus pulgares. Con ello trataba de mantener su vista lo más fija posible en el cielo mientras escuchaba el tamborileo sin ritmo de las gotas chocando con el cristal.
La eratista en su mano derecha, un recuerdo intachable de si mismo.
Sus párpados se comenzaron a cerrar, sus ojos se sintieron tan cansados como anoche. A pesar del temor que tenía a caer nuevamente en una pesadilla, como la que tuvo anoche. Raditz cerró los ojos y por la habitación solo se escuchó su aliento pausado acompañado del repiqueteo sin ritmo del cristal.
…
–Entonces choque con un auto y… fue Tien Shin Han el que ganó el torneo –narraba Kakarotto, ella lo escuchaba con paciencia infinita, de esas que solo tienen las madres.
–¡Mal! Tú debiste haber ganado.
–Sí, puede ser, pero Tien es un luchador muy técnico, también merecía la victoria.
Lo que para otros, ajenos a la sociedad saiyajin, representaría un acto puro de humildad, de un rival a otro. Para Gine significo un acto de mero respeto, un pacto entre dos guerreros, Tien y su hijo Kakarotto, que reconocía al otro como un rival admirable y apreciaba el honor de haber tenido tan digno combate.
–Supuse que aquel muchacho te dio una gran lucha –le confesó a su hijo–, lo note en tu manera de narrar. Eres tan bueno como tu padre.
–Gracias.
Porque así lo sabía Gine, porque siempre supo que Raditz y Kakarotto heredarían esa habilidad para correr la boca en los campos de batalla y relatar con prosa épica sus increíbles contiendas.
Kakarotto bostezó, tal vez cansado por el ambiente opaco y húmedo.
–Deberías subir a dormir –le dijo.
–No, no quiero.
Sus parpados cansados apenas dejaron ver una débil línea de su pupila. Kakarotto, reaccionó de un cabezazo, levantando el cuello y la cara con los ojos casi dormidos, dijo:
–Mejor voy afuera.
Aunque, en principio ella renegó de aquello, Kakarotto advirtió que no se mojaría, que no llegaría a mojarse, que tan sólo se quedaría en la puerta, que sólo quería sentirse freso. Nunca sabría Gine del sabor añejo y de nostalgia que intentaba Kakarotto, regresar a su corazón.
Ella lo acompañó desde la cocina, la que quedaba a ciertos pasos de la puerta, recorriendo una silla sobre la que luego se sentó, también a observar la lluvia. Pensó en lo útil que sería una larga ventana al frente, por la que pudieran sentarse a contar la infinidad de gotas sobre el cristal.
Sin saberlo Gine, el "Paraíso" ya había hecho cuenta de sus deseos.
Kakarotto apoyó la cabeza en la pared y desde entonces había dejado de contestar a sus preguntas. A pesar de tener la puerta abierta, el frío jamás entro, algo dentro de ella pensó en las luciérnagas como protectoras, como un manto cálido en el cual refugiarse.
Ella estuvo por partirse en el sueño, siguiendo a Kakarotto y a todos en la casa hasta las grosas nubes del descanso afable y el sueño bondadoso. Pero se detuvo de improviso cuando se percató de los ligeros balbuceos de su hijo en la puerta.
Se frotó los ojos y se sacudió la melena, pensando que aquello que escucho fue solo fantasía. Pero no, Kakarotto volvió a repetir ese nombre. Se le acerco con discreción de no despertarlo, tan cautelosa que sus pies ni siquiera tocaron el suelo.
–Gohan… –susurró él una vez más.
¿De qué hablaba? ¿De aquel anciano que lo cuido de niño? Sí, eso debía ser ¿Qué más podía ser?... Confiada de sus afirmaciones, segura que se trataba de aquel canoso guerrero, se animó para dar un paso más.
–Gohan –volvió a decir Kakarotto–… hijo…
¿Hijo? ¿A qué se refería ahora? ¿De él mismo? O… ¿Acaso él…? ¿Él pudo…? ¡No! ¡Él le había dicho que no! ¡Él seguía siendo un niño! ¡Su niño, maldita sea!
No pudo comprender más, su duda se disolvió como las sales en el mar.
Inclinó su cabeza hacia Kakarotto, hacia sus 7 flecos heredados de Bardock. "Mentiras" pensó. Eso era lo más común que habría entre padre e hijo, esa habilidad de ocultar, de engañar y de… traicionar…
Entonces Kakarotto abrió sus ojos bordeados de gotas caprichosas, pintadas en un telón oscuro; se puso de pie despacio, sacudiendo sus botas mojadas. Cuando se dio la vuelta, Gine lo interceptó en ese mismo momento, con una duda atada a su garganta.
–Mamá –dijo Kakarotto.
–Kakarotto, tú… –necesitaba decirlo, preguntarlo; no importando la desgracia de la respuesta, no soportaba más aquella ignorancia. Por más que la hiciera feliz.
–Yo… –bromeó su hijo.
–¿Quién es Gohan?
…
El miedo a la verdad la atrapó entre un par de fauces sofocantes. Como una cuchilla clavada en su costado, como doce espinas en su sien, agonizo su alma dulce, su corazón acaramelado.
Gine ambicionaba saber, aunque aquello la destruyera, necesitaba huir de su ignorancia. Pero, desdichado seria aquel que recibió de las nubes llorosas sobre su cabeza, recuerdos alegres a la memoria del corazón. Kakarotto, por hoy, no presencio terror en sus sueños, si no la alegría, a la que tanto extrañaba.
Pero Kakarotto, jamás pudo gozar de lo que era la paz eterna. Hoy, bajo la tutela de la desdicha, su pesadilla, habiendo escapado por entre las gotas del cielo, cobró realidad propia y se decidió a pudrir los débiles lazos familiares.
…
Inhalo hondo cuando vio a su madre –bajo ese gesto tan preocupado– frente a él. Jamás en su curiosa vida, se habría de sentir tan miserable y eso que su corazón tierno y dulce se podría con cada "latido".
–Kakarotto ¿Quién es Gohan? –volvió a preguntar su madre.
–¿Qué?
–Soñabas con alguien y lo mencionaste.
–Ah… Gohan era mu abuelo, un hombre que me cuido cuando era niño, ya te conté de él.
Pero el rostro de su madre se entristeció todavía más. Tal vez ya era demasiado tarde para tratar de huir cual cobarde.
–No, tú… ¿tú tenías hijos? –su voz se tornó cruda y demandante al preguntarle:
–Kakarotto ¿Quién es Gohan?
Sus pies estaban temblando de frío, sintiendo la lluvia calar por su tibia, igual que siempre ocurría en sus pesadillas. Sospechó que así, se vengaban a través de la cobardía, las luciérnagas de él. Intentó recuperar fuerzas de aquellas voces en su cabeza. Las de sus amigos, alentándolo con insistencia.
Pero… ¿cuáles amigos? Ellos no estaban ahí, ni él con ellos; solo eran retazos de su memoria partida.
La miro a los ojos e inmediatamente desvió la mirada, como un niño atrapado en la peor de sus travesuras, confesó:
–Mamá… Gohan es… es mi hijo –reconoció de plano y el corazón se le hizo añicos, por primera vez en su vida no tuvo el valor de mirar a alguien a la cara– Lo… lo lamento.
–¿Tuviste un hijo? ¿Cuándo? ¿Por qué no lo dijiste antes?
–Sí, tuve un hijo. Fue hace como siete años, siete años darianos.
–¿Con quién fue? ¿Con esa muchacha Bulma?
–No, claro que no. Fue con... Milk… a ella la conocí cerca de Paoz, cuando buscaba las esferas del dragón.
Con el ácido trago de las verdades devoraba la boca de su estómago, su garganta sofocada por cadenas impiadosas. Acompañaron aquel ardor en su hombro derecho, que hacia crujir su alma, como si deseara huir de su cuerpo.
…
El rostro se le enfrió y sus manos se le petrificaron. Su lengua se congelo y las débiles palabras que pronunció eran tan frías como las mañanas tempranas del planeta Vegeta.
–Pero… ¿Por qué no…?
–… No te lo dije porque mi papa y mi hermano pensaron que sería mejor dejarlo así.
"¿Cómo pudo, Bardock, pensar tal idiotez?"
Porque era obvio que la idea siempre fue de él, y que aquella idea termino por arrastrar a sus hijos, abusando de la autoridad que, como padre, siempre tuvo sobre ellos.
–Kakarotto… Kakaro…
¿Cómo decirle? ¿Cómo decirle que jamás lo esperaría de él? ¿Cómo podría volver a mirar a su hijo?
No sabía cómo hacer para defenderse de tal indignación, de la pena y de la traición retumbando en su cabeza; del dolor y de la agonía en su alma; del terror en sus ojos, del miedo pavoroso, de la daga en su corazón, de la soledad interminable ¡de la mentira!
Su desgastado animo no soporto más el peso desgraciado. Salió corriendo de la cabaña, no importándole dejar a Kakarotto atado a una duda contra la pared, no importándole la lluvia agría, ni las nubes consumadas en el cielo impío.
Corrió manchándose las botas con fango, voló por las nubes grises, tentando a que la lluvia arrastrase sus lágrimas.
Bueno familia, un gustazo escribir este episodio, me encanto, creo es mi favorito hasta la fecha. Espero que les haya encantado leerlo, como a mi escribirlo. Como en todas las oportunidades, gracias por las reviews y las visitas, son los mejores.
De paso y dejo pistas medio raras que llevan al final de este… este… ¡Fanfic!
Bueno, estrella DanGar, primero que nada, gracias por la review, que llego justo el día de mi cumpleaños. Bueno, supongo que habrás investigado oportunamente, si no es así recuerda que la pista seguirá ahí para que la LEAS las veces que sea necesario.
También noto lo oportuno de tus dudas, como la noche, la oscuridad y las estrellas. Pero ¿no olvidáis algo Shoshana? No creo que sea prudente olvidarnos del querido Coronel Hans Landa.
Iré al grano, la pista de hoy es:
"¿Qué hace a un hombre, hombre?"
Eso es todo por mi parte. Te ha hablado tu amigo y vecino.
NightMare.
