LLUVIA
Ni bien la vio correr lejos de la cabaña y, eventualmente, salir volando de la colina; Kakarotto trato de ir tras de ella para rezarle mil perdones. Pero fue detenido por su hermano, quien con un brazo le aprisiono el torso y con la mano contraría le tapó la boca.
El corazón le dolía, el alma le pesaba.
–Ya basta, Kakarotto… ¡No tiene caso! –le gritó su hermano. A él también le dolía, lo notó en su voz.
Sus ojos cayeron en la profunda miseria, ahogados en mares de lejía. De todos los castigos sufridos desde su primera pesadilla hace cinco años, sin duda este día de nubes grises trajo la peor tortura. Cuando supo del poder que tenía para dañar a otros, más allá incluso de los golpes.
Con los puños tiesos por el frío, las lágrimas arribaron en el umbral de sus ojos, calcinando sus parpados con una emanación agria del corazón. Del corazón dulzón que alguna vez tuvo.
Entre la prisión de hierro, que eran los brazos de su hermano mayor, y los regaños constantes que llegaban de él; noto una silueta caminando en pena por la puerta. Su propia silueta con una banda roja en la cabeza. Era su padre.
Finalmente, después de forcejear tanto con su hermano, se rindió, bajo los brazos. Dejo de gimotear y entonces Raditz lo libero. Sobre su cabeza danzaron gotas melancólicas y por su espina dorsal escurrieron los espasmos gélidos e insípidos de la lluvia.
Y entonces su hermano le gritó.
–¡¿Qué acaso te volviste loco?! ¡¿Cómo pudiste decirle?!
–Lo siento, pero no podía ocultarlo más.
–¡Eres un idiota, Kakarotto!
Concernían continuar su discusión hasta que una cruda voz los detuvo.
–¡Ya basta los dos! –dijo su padre.
Y entonces las gotas de la lluvia se volvieron más lánguidas, débiles y pequeñas. Nadie se atrevía a hablar, salvo de la naturaleza y su fúnebre ritmo de bombo desairado. El baile de la lluvia intentó detenerse, congelarse en el tiempo. Un crudo gris se apodero de sus ojos, de su oídos, de su gusto, de su olfato. De su alma. De todo lo que era.
Luego volvió a hablar su padre:
–Esta lluvia… trajo consigo algo raro… algo extraño.
Su hermano, sosteniéndolo todavía de la camisa azul, preguntó.
–¿A qué te refieres, Bardock? –La mirada sobre él tenía una extraña amalgama de furia y temor, de ira y tristeza.
–Miren la cabaña.
Ambos se sorprendieron y hasta se asustaron cuando vieron en la fachada de la cabaña un gran ventanal que no hubo de existir ayer ni el día anterior. Claro, límpido, completamente nuevo. Con un lizo satinado en sus cristales que le daban un aspecto irreal. Simple, como todos los que había visto en su vida; y a la vez confuso.
Un dulce pánico se escurrió igual que la lluvia por sus cabezas.
–¿Qué demonios? –indago, Raditz por el marco robusto de aquella enorme ventana, por el que incluso se podía ver la arcaica mesa en la que solían cenar.
Más de aquello resalto su imagen grabada en el cristal, producida por el reflejo que daba la muerta luz del sol. Ahí estaba él, inconfundible con su traje naranja y sus siete flecos coronándole las sienes; sin embargo su rostro lucia deformado en las gotas que habían inundado el cristal.
–¿De dónde salió esta cosa? –pregunto, bastante enfadado, Raditz.
–Sea lo que sea –dijo su padre– lo trajo…
Kakarotto, no oyó la completa oración que dijo su padre, no vio más allá de su reflejo, que brilló con la luz de las luciérnagas. Convertido, estaba, en una cosa, en un ser abominable, en una efigie sin alma. Deshumanizado y cruel. No era él aquel que sonreía con timidez en la ventada, era un absurdo, una piedra tallada. Pero no él. No era Kakarotto ¿Goku?
…
Extraño era caminar en esa oscuridad. Sus brazos intentaron guiarse a esas paredes revoltosas mientras sus pies se mantenían firme al trémulo suelo. Delirando en el miedo pomposo que producía la oscuridad en los hombres, navegó perdido sobre y debajo de un mar oscuro.
Bardock rondó en la ceguera total, caminando por un pasillo interminable hacia la nada. Creyéndose a sí mismo un loco, jurando que sus manos le engañaron, noto que aquel pasillo –cada vez más estrecho– en el que caminaba, era triangular. Tres paredes lo encerraron, lo aprisionaron. No sabía cuál sería el techo y cuáles serían las paredes, confió ciegamente de lo que le enseñaban sus sentidos.
De pronto, en medio de su temor y su angustia, una luz se hizo visible a lo lejos, brillando tan poderosamente que la sangre en su corazón burbujeó.
Un toque de humanidad al borde del abismo.
Corrió hasta llegar con la estrella, en ella un regalo, un aprecio, una moneda de oro.
Gine.
La vio parada sobre esa luz blanca, brillando como la luna. Reflejando debajo de sus pies y entre sus dedos, ese calor que siempre le dio calma y paz a su corazón. La luz emanaba de ella, de sus manos, de su vientre, de sus mejillas: de sus tiernos ojos.
Entonces se puso a caminar hacia la saiyajin. Pero Gine, la dulce mujer de melena larga, se alejó de él. Flotando hacia el infinito.
Con cada paso suyo, ella dio uno hacia atrás. Se alejaba de él, huía de él. Él caminaba, trotaba y corría hacía ella; pero Gine estaba cada vez más lejos de él. Cada acción suya la obligó a correr lejos de si, la lastimó, la dañó; y su siniestro cinismo lo reconocía.
Cuando dejo de verla, perdida en el cosmos; cuando ya no era de él; un poderoso estruendo retuvo la nada y una suerte de faro se cruzó frente a él. Con esfuerzo si pudo mirar ésta vez. Aquella luz era abominable, diferente a lo que había sentido con Gine. Era amarilla y roja como el fuego, y como tal incineraba sus ojos y hastiaba su ego.
Era, pues, un gigantesco guerrero de pelo largo y rubio, brillando cual antorcha.
–¿Raditz?
La larga cabellera flotó frente a él y con cada agitación del viento un poderoso torbellino era despertado. Era un poder nada ordinario, voluminoso y amontonado. Sin reglas de orden o armonía. Explosivo y, a la vez, atrapante, embriagante.
El poderoso guerrero se giró hacia él. Observo su rostro, su mirada fiera, su labio seco. No era Raditz.
Era Kakarotto, portando una cabellera larga y rubia. Mostrando en su aura ese poder inmenso. En un nivel más allá de todo lo imaginable.
Las luces, entonces, brillaron con más fuerza, y cuando todo se pobló de un nauseabundo blanco, su corazón se agito, y pegó un increíble salto en la cama. Se frotó los ojos, se pegó un par de cachetadas tratando de acostumbrarse al gris de su habitación, a las gotas tronando el cristal, al mareo de su estómago.
Respiró con pesadez, devoro el aire a su alrededor hasta que pudo concentrar su razón. ¿Qué había sido eso? ¿Una pesadilla? Miles de dudas molestas rondaron su cabeza. Ya antes había tenido premoniciones de ese tipo, pero nunca se le habían presentado como un sueño.
Su corazón abandono el frenesí, entro en un estado de calma perpetua, desplazado lentamente por su razón. Habiendo concentrado su cabeza en esos pequeños recuerdos que aún le quedaron del sueño, soltó un fuerte y caluroso aliento sobre sus manos, hechas un puño delante de su boca. Se puso de pie como lo haría cualquier mañana, y bajo a la cocina buscando a Kakarotto y Raditz.
…
Ambos estaban sentados en esas maltratadas sillas de la cocina, curioseando sobre aquel ventanal misterioso. Iluminados apenas por las luciérnagas de un frasco que disimulaba ser un faro al borde del mar. La mesa estaba gruesa y en su superficie había emanado una pulpa asquerosa, resultado de la humedad acumulada en estos días.
Bardock se acercó a la pared sin decir nada, se inclinó en el marco del ventanal y observó el canto helado de la lluvia. Por ya dos días enteros que el terror abordaba las nubes grises, sin jamás calmarse. La precipitación pretendía aumentar cada noche y desembocar en granizos por el amanecer y el atardecer.
La lluvia, en tres días y dos noches, no había terminado ni daba señales de querer hacerlo.
Al agua afuera de la cabaña rozaba con las rodillas y el bosque había surgido como un pantano fangoso.
–También en el infierno llueve sobre mojado –murmuró.
Giro su cabeza, desviando su mirada de la formación grumosa del cielo hacia sus hijos. Kakarotto tenía la mirada perdida, manifestando su preocupación hurgueteando el frasco de las luciérnagas. Raditz, por su lado, jugando entres su dedos con la eratista, impaciente agitaba sus pies.
–¡Deja de golpear ese frasco! –grito Raditz, rompiendo aquel acosador silencio.
–Lo lamento, yo… lo siento –le respondió Kakarotto, impávido como notó en sus ojos cansados.
–¡¿Lo sientes?! –Continuó Raditz– ¡debiste haberlo sentido antes de contarle eso a nuestra madre!
–¡Cállate Raditz! –Finalmente decidió intervenir y detener tal alboroto –Antes de criticar a tu hermano date cuenta que fue culpa de ambos. Porque si mal no recuerdo te dije a ti que lo cuidaras.
–¿Qué me cuide? –Preguntó Kakarotto, levantando su rostro del suelo– o sea que todo fue tu idea.
Bardock recorrió una silla en la que luego se sentó. Y, mirándolo a los ojos, le dijo a su hijo menor.
–Kakarotto, desde que supe de tus pesadillas pensé que sería mejor protegerte hasta que tengamos una idea de lo que significaba.
Kakarotto ciñó su gesto, tallando en sus ojos el vacío de aquellos balcones custodiando las enormes entradas de Black Fada.
–¿Protegerme de qué? No soy un niño.
–Sé que no eres un niño, pero necesitaba…
Y Raditz lo interrumpió, como siempre hacia cada vez que iba a reprocharle algo.
–… ¿Necesitabas qué? ¿Necesitabas saciar tu ego?
»Porque ¿sabes, Bardock? ¡Cada maldita decisión que has tomado, provocaron que mamá huyera de este lugar!
–¡Basta, Raditz! –Gritó, ya hartado de su actitud– parece que has olvidado en donde estamos.
»Vivimos en el paraíso, en el otro mundo, recuérdenlo ambos. En este lugar las cosas no funcionan como si estuviéramos aún con vida. La prueba es ese ventanal. Basto con que alguno de nosotros lo deseara y apareció.
Raditz, más calmado, alcanzo a preguntarle.
–¿Solo basta con desear algo y aparecerá?
–Aun no estoy seguro de eso.
…
Se había roto algo dentro de su cabeza, ni el naranja ni el azul manifestaron en su corazón cariño o nostalgia. El cuello lo tenía rígido frente a la ventana, los colores de chocolate teñidos en el bosque devoraron sus ojos. Lo llamaron, los arboles; lo llamaron al pasado olvidado y nostálgico, donde dos niños jugaban en el reflejo de un lago.
Cuando observó la lluvia tronar los árboles del bosque, sus ojos traicionaron a la belleza del mundo; que ni el dulce encanto de la naturaleza lleno sus ojos con alegría. Frente a él, sólo veía una pintura chamuscada de color gris. Círculos, rectángulos, formas sin vida creando una mancha oscura en su pupila. Las luciérnagas atraparon su consciencia, manipularon sus sentidos. No fue hasta que su hermano le reprocho por jugar con los indeseables bichos, que dejo de pensar al ritmo del frasco.
Sus pies estaban congelados; pues había pasado todo el día sentado en esa silla de respaldar roto, observando por ese extraño ventanal la mugre forma de un bosque. Escuchó de su padre, balbuceos turbios, completamente inentendibles que para Kakarotto no importaron. A él solo le caían sermones entrecortados, sin sentido igual que las gotas de la lluvia, caían.
Esas palabras rebotaron en su cabeza, carcomiendo un doloroso eco por sus tímpanos. La bulla de las gotas y de las voces de su padre y hermano formaron un ruido ilegible que le alborotó la cabeza.
"¡Cállense! ¡Cállense!" gritaba dentro de sí.
Entonces, en el umbral de la nostalgia, algo que dijo su padre, tomó su atención.
–… date cuenta que fue culpa de todos. Si mal no recuerdo te dije que debías cuidarlo –había dicho.
–¿Qué me cuide? O sea que todo fue tu idea.
No se molestó en darle atención a las excusas que daba su padre. Si llego a responder fue una simple inercia del coraje. ¿Coraje? ¿Ira? ¿Enojo? ¿Eso era propio en él? No, definitivamente Goku nunca actuó de esa manera. Siempre fue tranquilo, sereno y tierno; eso expresó su consciencia de hombre libre. Sus recuerdos vagos de interminables batallas daban contradicción, pero él estaba completamente seguro que eso no era.
"Controlar tu temperamento, Goku, es la mayor virtud, de ello nace el carácter y la voluntad" recordaba en su corazón. Jamás en su vida dio crédito a tales comportamientos, así lo habían educado al cargar pesados troncos en las montañas. Pero aquel sujeto en la ventana, ese que también aparecía en el río y los espejos, Kakarotto, pudo vivirlos y haber guiado su mano con furia en busca de venganza. Después de todo, ese sujeto era él mismo.
–No estoy seguro de eso –dijo su padre. Esas cortas palabras cortaron su pena, observó la ventana y ya no había ningún rostro desfigurado con siete flecos en la cabeza. Bardock regreso a inclinarse en el marco de la ventana, detrás de él un paisaje sombrío y culposo embotaba su sereno pensar.
Entonces, de las nubes llorosas brotó una mágica estela. Volando por las nubes grises llegó cortando en dos el firmamento como un pez dejando su rastro espectral en el agua se aproximó más y más.
Se puso de pie y desde la ventana sus ojos se concentraron en esa hermosa estrella que montaba las nubes.
Su corazón dio un solitario y huérfano latido.
Era su madre.
Junto a él aparecieron dos siluetas, su hermano y su padre, mirando también por la ventana. Seguramente ambos pensaron igual que él. Y al igual que él ninguno tenía corazón para ir con ella. Su hermano se acercó a su oído derecho y le dijo.
–Kakarotto, sé lo que estás pensando. No vayas. Debe estar muy enfadada.
Si estaba enfadada ¿por qué volvió?
–Mamá… –susurró él. Su voz era áspera, rasposa.
La estela se detuvo en la colina, una silueta de melena larga cayo flotando sobre el fango, dejando su luz blanca impregnada en las gotas que caigan sin ningún apuro. Su padre y hermano lo empujaron hacía la mesa; muy confundido se dejó llevar, no tenías fuerzas para impedirlo; ambos, luego, se acercaron hacía la puerta de la cabaña.
Las paredes teñidas de naranja por las luciérnagas dieron vueltas alrededor de una nada. El techo ilusionó ser más distante y el suelo se hizo más pequeño. Las luces titilaron a un ritmo cardiaco, lento y rápido; el ventanal se oscureció aún más y sus botas azules sobre el suelo decoloraron hasta un absurdo castaño.
Su realidad deformada engendro su ser nauseabundo.
De pronto unos ligeros pasos se escucharon en la puerta, junto al sonido del agua rebalsando por el piso. Todo volvió a una relativa normalidad, a un estado de relajación condenada a morir.
Luego la vio, estaba empapada y su piel emergía pálida del pintoresco muro. Destaco de ella su sonrisa: sus labios, aunque serenos, traían una manera de sonreír nada reconfortante, nada tranquilizador. Sus ojos estaban caídos e hinchados. Sus mejillas le recordaron a los papeles cuajados.
El aura cálida alrededor de ella emanó un gusto a chocolate amargo.
Ella lo miro a los ojos, sus pupilas se conectaron por primera vez en tres días. Afuera había dejado de llover.
Ni su padre ni su hermano dijeron algo, cuando ella le reprochó a gritos, solo se colocaron a cada lado de su madre, era un gesto precario, según supo luego.
–¡Eres un inconsciente, Kakarotto! –vocifero ella abalanzándose contra él antes de que Bardock y Raditz la tomaran de cada brazo y la detuvieran.
Ella lanzo un hábil patada que derribo la mesa, dejando un sonido chirriante cuando el frasco de las luciérnagas impacto el piso. Los bichos quedaron libres, en completa armonía rondaron la habitación. Kakarotto aún no lo sabía, ni él, ni nadie; pero en la danza de las luciérnagas se escondía la esencia y la magia del ser, de su ser.
–Gine, relájate –decía Bardock.
–¡No me digas que me relaje! –Gritó ella– ¡tu hijo es tan mal padre como tú!
–Mamá, por favor –dijo Raditz.
–¡Te ofrecieron volver y tú… tú te negaste!
Su hermano y su padre, entonces, la soltaron. Gine llego corriendo con él y le enterró un par de golpes en el pecho. No los sintió ¿cómo hacerlo?
–Mamá, yo… –balbuceo– yo lo hice para protegerlos.
–¡La dejaste embarazada, idiota! –le gritó ella. Un sonido sordo inundo su cabeza, nada cruzó por su mente salvo el inerte recuerdo de su última noche en las montañas Paoz.
–Lo sabía –escapo de sus labios.
Su madre se relajó, su aliento cansado y grueso era cada vez más lento. Se dio la vuelta, llena de rabia, y, mirando a su padre, dijo.
–Bardock, acaso tú… lo sabias ¡¿verdad?! …. Entre los tres quedaron en no decirme nada ¡¿no es cierto?!
Empujo a Bardock y subió las escaleras, su padre fue detrás de ella, no sin antes mirarle a los ojos con un gesto indescifrable para él.
La habitación se llenó de un blanco amarillento, uno que disgustó la vista. Afuera, las nubes grises se habían alejado, el sol gritó su presencia con ferocidad. De pronto el silencio se rompe. Goku buscó, asustado y preocupado, consuelo en su hermano.
–Raditz, mira…
–¿Te ofrecieron revivirte?
–Pues… sí, lamento haberlo ocultado. Mis amigos me dijeron que podían revivirme con otras esferas en Namek.
–Escucha, –dijo su hermano algo seco, tosco– yo no soy un padre como tú, pero si soy su hijo y desde mi experiencia me doy cuenta que estás cometiendo los mismos errores que nuestro padre.
–¿A qué te refieres?
–Hay una razón por la que ya no me gusta que me comparen con Bardock, la misma razón por la que ya no quiero ser Bardock Jr.
Esa declaración lo congelo, petrifico el ligero vaho que salía de su boca. Una marea de luces amarillentas escupió en su cordura. Los kilos de culpa que doblegaron su espalda lo obligaron a retroceder, chocar con la pared y sentarse abrazando sus rodillas.
Se perdió en la marejada de miedos y angustias que jamás tuvo, recordando, como lo hacen los idiotas en tiempos de pánico, aquel momento en que lo perdió todo. Cuando perdió a sus amigos, a su familia, a sí mismo. Cuando perdió un pedazo de su alma.
Pero de algo tenia certeza, una idea que se había presentado como el sol naciendo en la alborada. Se lo comentó a su hermano, en estos lacerantes momentos él era el único en quien podía confiar ahora.
–Raditz…
–¿Qué?
–Quiero conocer a mi hijo.
Vaya que me encanta generar dramas y crisis. En verdad, son en estos capítulos cuando mejor me siento escribiendo. Ya va por la mitad de la trama y condensar toda esta serie de problemas en un solo episodio me encanto, considero que es este uno de los capítulos más importantes para seguir con el hilo a partir de ahora.
Bueno, DanGar, Ashley, gracias por el apoyo, a todos de hecho. Mil gracias por leer y mil perdones por tardar tanto.
Te ha hablado tu amigo y vecino.
