VIAJE

Desde que había despertado en mitad de la noche cerrada, alborotado por el timbal insípido de la lluvia en el bosque, Raditz se deslizaba hacia el pasado lleno de culpas que, con un extraño vértigo, lo llamaba a zambullirse en los recuerdos de esa mujer.

Durmió en la cama inferior esa noche, en verdad ya no le importaba en que cama dormir: le había cedido la superior a su hermano. Quizá, pensó, si estaba más cerca del cielo su alma recuperaría la ternura de un ángel. Era bobo, pensar eso era patético y sinsentido. Pero en estos momentos, estando, de algún modo, huérfanos de madre; renovó la promesa de cuidar a Kakarotto, incluso si debía dar su vida por él. Ahora mismo, darle ese capricho de dormir arriba, era lo único que pudo darle.

La eratista bailaba entre sus dedos, contorneó sus esquinas amorfas con sus uñas. Hipnotizado por el ayer, deseando olvidarse para siempre de esos recuerdos. Los ojos de Raditz estaban abiertos, casi brincaban de su rostro; una inerte lagrima resbaló por la cornisa de sus negras pupilas.

Llevó la eratista hasta su pecho, donde la dejo descansar. Finalmente pudo recobrar el sueño, durmió en la inmensidad de la nada, del Otro Mundo que contaba los días para su impredecible final. Las gotas de la lluvia tronaron con más fuerza y el agua se congelo en pequeñas pepas blancas cayendo del cielo. El amanecer lució sus hermosos ojos rojos y amarillos, manchados de un gris insípido; la eratista que reposaba en el pecho de Raditz, reflejo la tenue luz del sol y emano un brillo incandescente.

Rojos, naranjas y amarillos rayos se desprendieron de la piedra, un hermoso espectáculo que desgraciadamente nadie presenció. La habitación de los saiyajin quedo cubierta por un manto rojizo, sus rostros brillaron con un tono naranja y la lagrima fugitiva de los ojos de Raditz, resplandeció como un rayo del sol.

–Raditz, mira…

–¿Te ofrecieron revivirte?

Fue un día extenuante, demasiado agotador. Tuvo una discusión con Bardock, otra vez; su madre regreso pero estando todavía más enfadada que antes. Y, lo que evoco el coraje en su corazón, saber que su hermano había abandonado muchas cosas haya en la tierra.

–Pues… sí, lamento haberlo ocultado. Mis amigos me dijeron que podían revivirme con otras esferas en Namek.

Era un mentiroso, eran una familia de mentirosos, de ingobernables.

–Escucha, –le dijo, tragándose el coraje que le dieron esos vacíos recuerdos– yo no soy un padre como tú, pero si soy su hijo y desde mi experiencia me doy cuenta que estás cometiendo los mismos errores que nuestro padre.

–¿A qué te refieres?

–Hay una razón por la que ya no me gusta que me comparen con Bardock –sus ojos atraparon efímeros gajos de llanto-, la misma razón por la que ya no quiero ser Bardock Jr.

Y Kakarotto se derrumbó, posiblemente igual de confundido que él. Una luz espumosa emanó alrededor suyo, eran las luciérnagas libres del frasco. Danzando en una fiebre melancólica y nostálgica que provocó, en algún momento tardío, que Raditz deseara aplastar a cada uno de esos bichejos.

–Raditz… -dijo su hermano.

–¿Qué? –respondió abstraído en los bichos.

–Quiero conocer a mi hijo.

Que increíbles resultaron esas palabras, tan irreales y fantasiosas.

-¿A qué te refieres?

-Que quiero conocerlo… quiero volver Raditz. Quiero volver a mi vida… debo sonar como un tonto.

-No, te entiendo… pero ¿cómo piensas hacerlo?

-Uranai Baba, iré con ella.

Había escuchado hablar de esa vieja bruja en el inferno. Era alguien que tenía el poder de comunicar a los muertos con los vivos y viceversa.

-¿Cómo piensas llegar con ella?

-KaioSama debe saber.

Ninguno de los dos tenía las más remota idea de que hacer ahora, estaban perdidos, pero juntos como hermanos después de todo. Si es que tenía la oportunidad de que aquello que él y su madre vivieron no se repitiera, iba a rondar por cada tramo del Otro Mundo hasta encontrar a la bruja.

-Vamos, no perdamos el tiempo.

Su hermano se paró al instante y mostro una gran sonrisa, una que heredó de su madre. Ambos hermanos se marcharon de la cabaña, marcharon por el barro todavía húmedo; dejando detrás de ellos un pasado al cual ya no pudieron aferrarse. Cada una de las huellas que dejaron en su rumbo enterró cada vez más su pasado.

KaioSama, al recibirlos, no expresó ni preocupación ni admiración, solo una sonrisa empática. Su cabaña esta atiborrada de cachivaches oxidados, Raditz supuso que pertenecieron al auto que estaba reparando la otra vez. El olor nauseabundo del aceite le mareo la cabeza, mientras más rápido acabaran saliendo de aquel lugar mejor para él.

Apenas consiguieron lugar entre el desorden le explicaron a KaioSama porqué necesitaban ir con Uranai Baba, este no objeto y colaboró con su encomienda casi de inmediato.

-Bueno,-dijo KaioSama- necesitamos un vehículo.

-¿Un vehículo? –Preguntó él- pero si fácilmente podemos usar la tele transportación de Kakarotto.

-No es tan fácil Raditz, este lugar tiene estrictamente prohibido usar la tele trasportación. No quieren que algún loco que se sepa esa técnica tenga permiso libre entre el paraíso y el infierno.

Observo a su hermano, lo observo concretado, observo sus ojos fieros, pero sobre todo observo la ternura que tenía su pelo húmedo.

-¿Es cierto eso? –le pregunto.

-No lo sé –le respondió Kakarotto, sin mirarlo- pero explicaría muchas cosas.

Era muy distraído, demasiado quizá.

-Bien, pero de dónde sacamos un coche.

-¡Ya deberías saberlo! ¡Te lo explique la última vez que viniste aquí! –le reprocho KaioSama.

-Eso que importa ¿dónde está el condenado coche?

-Está aquí adentro, vamos les explico todo lo que quieran saber en el camino.

Escurriéndose por un chirriante olor a gasolina. Había algo entre las paredes que le recordaron aquellas palabras que Bardock ¿era acaso posible simplemente desear algo y que al instante apareciera? Aquello sonaba tan soñador, pero la chimenea de hormigón, oculta entre el material corroído, también soñaba.

KaioSama los llevó por un escarbado pasillo dónde, al final de este, habían una larga escalera hacia una habitación oculta debajo de la tierra, del sol y la lluvia. Mientras más bajaron, más alejados estaban de la lógica.

¡Menuda idiotez! Aquella habitación era un lujo en medio del pantanoso caos que había ahí afuera. Apropiadamente iluminada y equipada para cualquier gusto que desease darse el Kaio, paseando por largas mesas grises ornamentadas con diminutos cochecitos y paredes rebalsadas por fotos de autos viejos.

El olor a gasolina era mil veces más fuerte, la cabeza le dio un giro punzón que le mareo el estómago.

-¡Wow! –Dijo su hermano- KaioSama, no sabía que te gustaban tanto los autos.

-Es solo una pequeña colección.

El dios se acercó a una enorme puerta plateada, era poco más alta que él y tan larga como las mesas. KaioSama presiono uno de los botones rojos que estaban incrustados en la pared, la puerta ascendió y detrás de ella se presentó el débil tono mostaza de un Volkswagen recién reparado.

-¡Que genial! –Gritó su hermano- con esto llegaremos con Uranai Baba ¿no es increíble, Raditz?

-Lo que tú digas –estaba enfadado, ese olor era insoportable-. No tiene llantas ¿por qué?

-No es necesario, el auto flota con energía magnética –respondió KaioSama.

Se acercaron al auto y comprobaron la eficiencia con la que KaioSama había reparado el coche. El dios Kaio se acercó hasta la puerta del piloto, chistó su llaves y, a poco de abrirla, le dijo a Kakarotto.

-Bueno, Goku ¿Qué esperas?

Su hermano no le contestó, se distrajo con el reflejo de los retrovisores y en los detalles cromados del capo del auto.

-Goku, Goku…-insistió KaioSama- ¡Goku! –jamás lograra sacar a su hermano de aquel trance de ese modo.

Finalmente, el propio Raditz fue quien reconectó a Kakarotto con el presente. Con el ahora.

-¡Kakarotto!

Su hermano dejo suelta su boba sonrisa, sus flecos se menearon con esa ternura que Raditz aún no comprendía. KaioSama jaló del brazo al distraído y, a costa de varios empujones, lo metió al asiento piloto del Volkswagen.

-Tu conducirás –dijo el Kaio- sabes hacerlo ¿no?

-Claro pero… ¿no recuerda la última vez? Cuando destrocé este mismo au…

-¡No me lo recuerdes! Solo conduce, eres tú quien quiere ir, por eso necesitas ir al volante.

Algunas señas de su hermano y el Kaio lo invitaron. "¿No vienes?" le habían preguntado antes que él, encorvando su espalda y aliñando su largo cabello, entrara a los estrechos asientos traseros del Volkswagen. No tenía espacio para recostarse en los espaldares almidonados, por lo que tuvo que apoyar sus brazos en los asientos de adelante, dejándolo cerca del tierno cabello azabache de su hermano.

Le acarició y le meneo el cabello y este se dejó cual niño pequeño. Una extraña suavidad había quedado en su palma, ahí, justo en la cicatriz que se había causado él con esos clavos. Y la otra mano se entrelazo en su propia melena, rasposa, árida, escamosa, le punzaba los dedos tan solo con rozarla.

Cuando entró KaioSama, Kakarotto encendió el motor y, magistralmente, condenando la lógica al absurdo absoluto. El auto se elevó trastabillando, las paredes traseras del garaje se tironearon entre sí, dejando libre un pequeño resplandor de luz. Raditz entendió que esa era, de algún irreal modo, la puerta trasera del garaje.

Corrió tras de ella hasta finalmente encontrarla en la habitación. Se había sentado en la cama mirando el sol que acababa de deslumbrar a las nubes. Coronó tras de ella la novicia luz del cielo, su melena caía cubriéndole los ojos y aquellas espinada guirnalda de miedo. Se acercó, su cola estaba apretándose contra su cintura.

-Vete de aquí –dijo ella, no se dio la vuelta, ambos habían pasado por esto ya tanto.

–Gine…

–Déjame en paz.

No la dejaría así, él había jurado protegerla.

–Lamento todo lo que paso, pero esta era la razón por la que no quería contártelo, no quería que te decepcionaras de Kakarotto.

–Yo… creí que él era diferente –dijo, arqueando más su espalda-, más… más… no sé.

–¿Más como tú?

La cola de Gine se desenroscó de su pequeña cadera, el manto amarillo del viento rozó con alguno de sus pelos castaños.

–No es malo querer eso, después de todo Raditz es casi un clon tuyo –su cola finalmente reposo en el colchón.

–Yo… Gine… creí que me habías perdonado por…

–… Si te perdone, pero hay heridas que no sanan, Bardock.

Tenían una dulzura pasteurizada, sus palabras, eran tan dulces que le hirieron. Le lastimaron la cicatriz.

–¿Sabes? El muchacho también se siente muy mal.

–Debió pensar en eso antes. Además no creo que sufra tanto como su esposa en esas montañas.

–No Gine, es mucho más complejo que eso. Hay algo, una oscuridad… tiene pesadillas con eso… no sé muy bien que pueda ser.

–Tal vez sea la culpa.

–No, no es eso… es algo más.

El viaje para los hermanos había empezado, el rumbo tomó forma y admiró contemplar el cariñoso de encuentro de un hombre perdido con su familia. El camino de fango era cercado por un Volkswagen mostaza, los árboles honraron al valiente corazón que se enfrentaría a su pasado y el río, con su calurosa sonrisa celeste, los despedía.


Bueno, damas y caballeros, esto es todo por ahora, espero no haberlos aburrido demasiado. Estoy completamente hype con esta historia, pues cada vez toma forma y me siento orgulloso de lo que he creado.

Millones de gracias por las lecturas (y las nulas reviews :"v), gracias querido lectores, son mi razón de seguir con esto.

Te ha hablado tu amigo y vecino.