¿QUIÉN?


Hace ya mucho tiempo algo se le había arrebatado a su corazón, algo precioso, algo enteramente invaluable. Perdida se encontró en mitad del camino, zambullida en un eterno mar de melancolía; de repente, aquellos que ella amó con toda el alma, le habían dado la espalda.

–Pero… ¿dónde están, Bardock? –preguntó, temerosa, tímida como siempre fue.

Cuando Kakarotto le confesó eso que ella temía escuchar, un pedazo de su alma se le fue robado. Su cariño incondicional y su empatía con los demás fueron traicionados aquella noche tormentosa.

Ahora, luego de que Bardock se quedara abrazada a ella hasta caer la noche, buscaban a sus dos niños. Pues ninguno estaba 0cuando había bajado las escaleras con la enamorada luz de las luciérnagas.

–¡¿Cómo quieres que sepa eso?! –lo que le faltaba: que Bardock le grite.

Se quedó callada, callada en sí misma, deseando ante todo olvidar y sonreír hasta que se hayan gastado sus labios.

El olor de la gasolina picaba en su nariz. Cuando no encontraron ni a Raditz ni a Kakarotto, inmediatamente fueron con Kaio Sama. Él tampoco estaba, todos se habían ido, cuando más necesitaba de ellos.

–Escucha, –le dijo él – lamento haberte gritado… –se le acercó y le sujeto por los hombros, como siempre hacía – es solo que… yo también estoy estresado por todo esto.

Ella lo abrazó con fuerza, como siempre hacía. Encontró en su pecho un consuelo profundo y bello, sublime y relajante.

–Tú siempre me haces esto –dijo, entre broma y reproche, como siempre hacía. Siempre. La rutina de esa discusión era tan reconfortante en medio de la tempestad que vivía.

Pronto, los dedos de Bardock comenzaron a acariciar su nuca y enredarse en su pelo. Ella cerró los ojos dejándose llevar por el sereno marchar de un cuarteto. El viento bailaba socarronamente en su espalda y un sonoro eco de este, la espantó aún más de lo que su tierno corazón pudo soportar.

Bardock le dijo "No llores, todo estará bien".

Cuan emocionante llegó a ser aquel día, la velocidad del Volkswagen que conducía mantenía frenéticos a sus ojos, los distraía la pura emoción de encontrarse a sí mismo en otros. El barro había teñido de gris el color amarillo del Volkswagen, los árboles flotaban hacía el celeste ímpetu de un nuevo día.

Como usted diga señor KaioSama –oyó de aquel aparato, casi como las radios que tenía Bulma, con el que Kaio Sama se conectaba con los ogros. Según el dios, de esta manera obtendrían permiso para "acceder por los infinitos mundos del Paraíso".

El espejo del río evocaba cientos de destellos amarillos que ascendían hasta el cielo. Ese rio que los había acompañado desde que salieron de la colina, ahora era un pasajero más, un amigo más del que pronto se despediría.

–Oye, Raditz –dijo.

–¿Qué?

–¿Qué crees que haya detrás de la montaña? –aquella montaña que alguna vez escalaron.

–Me mantengo firme, más árboles.

Luego, manteniendo su vista aun en el camino, le preguntó al copiloto.

–¿Usted qué cree KaioSama?

Una sonrisa socarrona triunfo en el rostro del Kaio.

–Jeje, bueno, yo creo que te va a sorprender lo que encuentres ahí detrás, Goku.

Goku… esa palabra lo atrapo en un letargo suave de completa inanición. Un par de luces titilaron a un ritmo lento entre los aparatos del coche y, cuando la luz rosada del atardecer colisionó con la tierra; la nada fue uno consigo mismo.

De un momento a otro, ya nada existía, salvo del auto, KaioSama, Raditz y él. El cielo habíase tragado las colinas y los bosques, a su amigo el río y dejando en su lugar una celestial luz. Su pecho inhalaba con fuerza un aire abandonado, el cromado del auto brillaba reflejando esa luz desconocida. Apretó con más fuerza el volante y su boca dejo entrar la admiración que nacía en aquel coche.

"Goku" resonó en su cabeza, una palabra, un nombre al cual ya había olvidado y dejado abandonado en el último resplandor de una vida sin culpa.

La noche apareció frente a él como una pintura añeja, como un espeso polvo.

–¡¿Qué demonios fue eso?! –había dicho su hermano con un aliento cansado.

–Jajajaja –reía Kaio Sama – esa es la razón por la que necesitamos el auto. Cruzaremos entre diferentes paraísos hasta llegar con Uranai Baba. ¿Te gusto Goku?

No respondió, el impacto del momento aún quedaba grabado en sus ojos, sus manos pegadas al volante ni tan siquiera se movieron. El miedo y la perdida lo asustaban, lo llenaban de un desconcierto que aún no lograba entender.

–Goku… Goku… –insistía el Kaio, pero él no contestó ¿cómo hacerlo? Si ese nombre le resultaba tan ajeno ahora mismo.

–¡Kakaroto! –le grito su hermano y una corriente, un aire nuevo y avivador emanó de su pecho. Inmediatamente se puso a conducir por lo que lucía como un desierto interminable y melancólico.

–¡Mira todas estas cosas! –le decía, Bardock, cuando recién habían entrado al sótano del cabaña de Kaio Sama.

Aun recordaba lo raro que se era entrar aquí por primera vez, ese olor embriagante de la gasolina y ese ambiente lleno de nostalgia. Era un lugar peculiarmente atrapante, endulzado de un cariño que el propio KaioSama le había impregnado.

–Muy bien ¿qué vinimos a buscar? –decía Bardock hurgando, cual niño, en las réplicas pequeñas de auto que tenía KaioSama.

–Debe estar por aquí.

De entre tantos días que Bardock y sus hijos habían entrenado en las colinas; ella había sido invitada varias veces a este sótano por KaioSama –bajo la obligatoria condición de contárselo a nadie hasta una emergencia.

Entre tanto había aprendido a usar todos los aparatos que ocultaba Kaio Sama, la radio por ejemplo. Esa que buscaba ahora mismo entre las altas gavetas de una esquina.

–Gine, no creo que eso sea seguro.

–Tú déjame – sus botas chocaban con las latas de aceite, sus manos pegajosas quedaban por tanto derrame y aquel olor fuerte de la gasolina invadió su nariz. De repente una amalgama de la gasolina y su arrogancia, negándose a dar la razón a Bardock, se tornaron contra ella. Lo mareos le inundaron la cabeza y esa sensación se juntó a una suave caída.

Las latas resonaron contra el piso y desparramaron un charco amarillento en el piso. De un momento a otro se había visto debajo de un anaquel metálico barnizada con aceite para motor.

–¿Es esto, Gine? –oyó de Bardock, con el dorso de su manos se limpió los parados y con la fuerza de sus piernas levanto el estante.

–¡Sí! –le respondió. Bardock llevaba en su mano el aparato gris y azul, de él colgaba un largo cable ondulado –¡Bien hecho!

Dejaron el aparato desocupando una de las mesas, y ella, con los dedos aceitosos trato de dar a funcionar la radio. Bardock terminó ayudándola y hasta sosteniéndole el micrófono. Vaya golpe a su ego y a la competencia que siempre tuvieron ambos.

–Este… bueno, soy Gine, vivo en el cuadrante… G –1 y hace tiempo mi dos hijos y KaioSama parecen haberse ido del cuadrante ¿pude decirme algo de eso?

Un momentogro –Bardock, parado frente a ella con la mano derecha en su oreja, hizo una infantil mueca de disgusto. "¡Niño caprichoso!"

Señorita Gine –dijeron por el aparato –, aquí lo tenemos: hace unas horas el señor KaioSama solicitó un permiso para poder viajar hasta el templogro de Uranai Baba con dos acompañantes.

–Muy bien, gracias –eso era todo. Nada más pedía saber – será que… podría mandar un coche hasta aquí para que vayamos con ellos.

Este pues… señorita, eso lo tiene que autorizar Emma Daio.

Unas voces entre cortadas se escucharon de fondo y un poderoso grito que alentaba su nombre.

Si… como usted diga, señor –decía el ogro, aún más distante – Emma Daio va mandar un autogro para ustedes mañana.

–Muy bien, gracias.

Con el dedo, levemente manchado de aceite, apagó el intercomunicador. Se retiró un mechón tieso de la cara. Bardock seguía frente a ella.

–¡No me mires así! Nuca pedí tu ayuda –le dijo.

–Pero es obvio que la necesitas –dijo, retándola, como siempre pasaba entre ambos –. Mira –presentó su mano cubierta de aceite –, ensuciaste todo con el aceite. Qué asco.

Ese niño grande, ese mocoso con la cicatriz en el rostro, iba a pagar. Sigilosamente torpe, como solo ella era en sus travesuras, se le acercó al pecho con los brazos extendidos y en un suspiro desganado, termino atrapándolo en un pegajoso abrazo.

–¿Qué haces, Gine?

Lo sostuvo por la cintura moviéndose en medio de sus propias risas, tirando de sus ropas y bailando con su torso alrededor del de Bardock. Gine trataba –cual traviesa e infantil niña – molestar a su compañero.

–Gine, Gine, ya basta.

Le soltó el abrazo y se dejó admirar su obra, su juego terminado en una mancha amorfa sobre la armadura de Bardock. Se echó a reír sin consideración, animada en el ambiente templado del sótano. Su estómago se dobló a las risas mezcladas con llanto y su cabello colgaba de su nuca.

Entre la diversión, sin haberlo esperado, recibió una lata de aceite sobre la cabeza.

–¡Bardock! –Gritó al culpable, quien aún sostenía la lata y dibujaba una burla en sus labios – mira lo que me hiciste.

–Tú empezaste.

–Sí, pero yo ya estaba manchada con aceite. ¡Ay, no! ¡Mira como dejaste mi cabello!

Más, en esa pequeña saiyajin de cabello largo se escondía un hermoso "monstruo", una bestia tentada siempre por la simpatía de la diversión amena y de las emociones desprolijas. Tomó un balde e inmediatamente se lo arrojo a Bardock, despreocupada y despejada de algo que no fueran los juegos.

De un momento a otro, Bardock había quedado teñido de un color amarillo.

–¡Demonios, Gine! Eso no fue aceite, me arrojaste pintura.

–Jaja, lo siento: me emocione.

Bardock le arrojo una lata de pintura roja, ella una de pintura azul; los dos saiyajin quedaron reducidos a un par de niños revolcados en su inocencia. Quizás las risas mientras destrozaban el sótano de KaioSama, fueran a calmar algo en ella, quizás… Quizás el mundo se detuvo tan solo un instante por ella y danzó al ritmo de su corazón dulce.

El "monstruo", ese que con insistencia deseaba salir, había jugado con Bardock aquel día. Había jugado su cansado corazón. Tan tranquila como loca, tan seria como infantil, tan fría como sensible. Ella no era nada, y a la vez, en una poética venganza, lo era todo

La noche estaba ceñida sobre ellos, según KaioSama debían esperar al menos hasta el amanecer para que el auto tenga energía para ir a otro "cuadrante". El parabrisas estaba cubierto por débiles capas de arena, un frío se había escurrido dentro de ellos y ahora intentaba devorarlos en el sueño. No quería dormir, no podía, no ahora.

Raditz se había dormido en el asiento de atrás, KaioSama daba cabezazos junto a él. Kakarotto, muy a su parte, seguía conduciendo por la bruma de la arena y cursaba las inmensas dunas de un bosque de champiñones. Ese paisaje le recordaba tanto a su infancia, tanto que deseaba simplemente vomitar.

La idea había nacido en su nunca y alargado por todo el viaje. ¿Quién era ese tal Goku? ¿Qué relación tenía con él? ¿Qué diferencia había entre Kakarotto y Goku? Evidentemente, Kakarotto era un nombre saiyajin dado por su madre –como le había contado Raditz –; por otro lado, Goku era el nombre que le había dado su abuelo Gohan. No solo eso. Era el nombre con el que paso toda su vida en la tierra. El nombre con que sus amigos lo llamaban, el nombre con que desposo a Milk.

El nombre que defendió –lleno de arrogancia, ahora lo reconocía – contra Vegeta en tan extenuante batalla.

Ese nombre era la esencia de sí mismo, lo que más lo caracterizaba, el estandarte que portaba su alma.

O no…

Pues Kakarotto era todo de donde él venía, su madre y su padre, su hermano, su abuelo –del que tanto le contaba, Raditz –, su ascendencia. No podía evitar pensar que el peinado de siete flecos que siempre llevo: nunca le perteneció a Goku sino a Kakarotto.

Freno de golpe, se abstrajo tanto en sí que no notó aquella luz en el horizonte que cada vez se hacía más grande. Lejos de ellos, una construcción pequeña se levantaba de la arena.

–KaioSama, KaioSama –decía sin alejarse de ese espectro.

–¿Qué sucede? ¿Qué sucede?

–Mire allá.

Algunas siluetan caminaban a contra luz, un aroma nostálgico le lleno el sentir.

–Bien hecho, encontraste a los habitantes de este cuadrante, Goku –KaioSama salió el auto – vamos con ellos. Quién sabe, tal vez nos den asilo por esta noche.

El Kaio se comenzó a alejar con rumbo hacia esas personas, sus siluetas se saludaron y de pronto el aroma nostálgico se convirtió en uno más bien, melancólico. Despertó a su hermano y juntos fueron hasta ese campamento de tiendas hechas con pieles.

Había como cincuenta personas en ese paraíso de arena. Niños, muy pequeños; adultos y ancianos que ronroneaban cantos alegres a la luz de la luna llena. Hombres perdidos en ese confín oscuro, con las aureolas en las cabezas; los viejos sumidos en la tempestad de una tierra desolada. Yagas se estrechaban en los rostros de los pequeños niños, dándoles un aspecto de pena, de desconsuelo.

Les dieron la bienvenida una pareja esbelta, un hombre barbón con el torso cuadrado y una mujer de grades ojos y cabello rizado. Los invitaron alrededor de una fogata en el centro de las tiendas. Ahí, donde los ancianos contaban historias, y los niños oían atentos. Kakarotto se acercó discreto a KaioSama.

–KaioSama.

–¿Qué pasa, Goku? No has hablado con nadie desde que llegamos.

–Ya lo sé, es que… no entiendo.

–¿Qué es lo que no entiendes?

–¿Por qué hay tanta gente en este lugar? ¿Por qué los niños tienes esas marcas en sus rostros?

–Este… pues…

Y sin escuchar a KaioSama, el barbón del torso cuadrado, sentado junto a su pareja; le replicó la duda.

–Fue por un ataque –dijo el barbón y Kakarotto escucho esa vos familiar, añeja.

–¿Eh?

–Nuestra aldea fue atacada hace mucho tiempo –decía indiferente, con esa voz tibia –, la incendiaron y se robaron todo lo que teníamos; Enma Daio nos dejó entrar al paraíso por nuestros aportes en la alquimia.

–Aluqi… ¿qué?

–Es una mezcla entre filosofía y ciencia, Goku –dijo KaioSama.

–Filo… ¿Qué?

–¡Olvídalo, cabeza de chorlito!

–Ese día –continuo el barbón – morimos casi todos.

–¿Casi?

Y la mujer, de hermosos y grandes ojos; le dijo, tan lúgubre como contenta.

–Nuestro hijo… él… sobrevivió.

De repente un silencio pobló las luces del fuego, de ese extraño fuego que chispeaba imaginadas luciérnagas. Una de las jóvenes mujeres, una morena, le trajo a Kakarotto y a su hermano una ración de vegetales, zanahorias y rábanos, cocidos. Esa misma mujer se sentó a charlar con su hermano.

–Vivías en el planeta tierra ¿verdad?

Él traía comida en su boca, pedazos grandes de rábanos que no pudo evitar tragarse con ímpetu de inmediato. Entonces asintió con la cabeza y tragó la comida, levemente mascada.

–Nosotros también vivíamos ahí –dijo la mujer de ojos grandes –, tal vez conociste a nuestro hijo, tendría tu misma edad.

–¿Cómo se llama? –preguntó sosteniendo una zanahoria amarillenta.

–Yo me llamó Genna, él es Harley.

–No, no, su hijo ¿cómo se llamaba su hijo?

Algo pasaba en su cabeza, algo lo devoraba desde sus más profundos recuerdos y dejaba de él, un ser sin culpa ni memoria. Por eso no pudo responderle a Genna cuando ella dijo el nombre de su único hijo.

–Yamcha ¿lo conociste?

Mordió la blanda zanahoria y al masticarla negó con la cabeza. ¿En verdad no concia ese nombre?

Algo en él no lo reconocía, empero, acompañado de un incómodo escozor en el hombro derecho, un recuerdo muy profundo de sus pesadillas le recordaba ese nombre. Ese tétrico nombre que retumbaba en sus recuerdos. Negado a pasar por su corazón; miedo cobarde, eso le provocaba ese nombre.

Se levantó, dejo el plato entre la arena y, en silencio marchito, se fue caminando lejos de aquellas tiendas de piel, de aquella fogata, de todo. Buscando en la arena ese recuerdo.

"¡Yamcha! ¡Yamcha! ¡NO!"

Eso decían sus pesadillas, eso sucedió hace incontables noches.

–Oye, Kakarotto –era su hermano, llevaba un vaso metálico en cada una de sus manos – ¿Qué sucede?

–Nada… creo que ya lo arregle.

–Ah… pues, te traje esto –le alcanzo uno de los vasos. Era una bebida con un aroma hechizado, muy seductor.

–¿Qué es? –el tono rojizo de la escasa bebida desprendía esos aromas en su nariz que lo atrapaban. Encendidos al fondo del vaso, endulzaba su cordura.

–Me dijeron que se llama Brandy. Anda, bébelo.

Se metió el trago de un golpe, con un sabor dulce que arrasaba con su garganta y retorcía su lengua. Al separar el vaso de sus labios, mareado percibió al mundo; los colores eran más vivos y danzarines. Ya la culpa se había esfumado, el fugaz recuerdo de sus amigos se perdió en el Brady y, así, nunca más volvió.

–¿Te sientes bien? –preguntó su hermano.

–¡Claro que sí! Oye, hermano, vamos a entrenar ¿te parece?

–Bueno.

Se alejaron bastante de las tiendas y de las luces, del Brady y demás licores; y al quedar en la soledad, ambos se transformaron en dos estelas brillantes. Sus cabellos rubios pelearon el uno contra del otro, Raditz se empeñaba en lanzar golpes y codazos, mientras el los recibía y esperaba el momento para derribarlo con una patada.

Ese momento finalmente llegó, finalmente detonó en un certero golpe a las costillas de su hermano. Pero este no trastabillo. Raditz entonces lo tomo del traje naranja, le clavo un golpe en el pecho que lo obligó a retroceder.

El licor opacó su consciencia, su vista era nubosa e inconsistente. Aventajado, su hermano repartió una andanada de golpes en su estómago y, de un golpe en la quijada, Kakarotto había caído en la ofuscada trampa del Brandy.

Y así pelearon bajo las estrellas, hermano contra hermano se dieron a la gran batalla. El mareo lo hechizaba en los interminables golpes y técnicas. Una prosa tras otra, cada vez más bella bajo la ceguera del licor.

El suelo húmedo del rio relajaba la tensión en su cuerpo, la desprendía de él para expandirse por el todo. Luego de haberse manchado el cuerpo y el pelo con pintura –y de hacerlo lo mismo a Gine – descansaba en las playas del rio, desnudo y relajado con la mitad del cuerpo sumergido en el agua.

Escuchó unas ramas retorcidas y quebradas por el bosque. Gine se había ido a vestir hace rato, ya estando limpia, ella prefería estar lista para cuando el ogro llegara.

–Levántate y vístete, Bardock. El ogro llegara pronto.

–Deja de preocuparte, Gine. Te pones muy ansiosa.

–¡Claro que estoy preocupada! Me acabo de enterar que mi hijo está casado y con dos hijos. No puedo dejar de pensar en eso. ¿Cómo están mis nietos? ¿Cómo se llama? ¿Cómo se llama esa mujer? ¿Cómo se conoció con Goku? ¿Acaso…

–… ¡Gine! –La calma – ya… tranquila. Además, no te veías tan preocupada cuando me arrojaste ese bote de pintura.

–¡Ja! Deja de bromear ¿acaso tú no estás preocupado por TUS nietos?

De hecho no tenía ni idea de que responder, nunca se sabía que era lo que quería escuchar de él. Era un juego de azar, no podías equivocarte, no tenías una segunda oportunidad para recomponerlo. Porque ella estaba frágil, se rompería en el instante menos pensado aunque no lo mostrara y su falsa sonrisa dijera que está bien.

Y ante la duda de él y el rostro angustiado de ella, un auto aparco cerca al rio donde estaban.

–¡Ves! –Le dijo, Gine – vamos, vístete y vámonos. No quiero pensar en nada más.

El amanecer marco su despedida de aquellos nómadas errantes del desierto. El auto amarillo marchó hacía el sol, marchó en un paso tenue, adormilado, soñando todavía en insípidos recuerdos. Majestuoso espectáculo cruzaron los 3 viajantes. La cornisa celeste y el cielo blanco ilumino sus pupilas que vieron mil historias vagar en un fugaz recuerdo.

Y luego, nada… nada a su alrededor, nada en su cabeza, nada en su alma.

Al terminar el festejo de luces, se vio conduciendo por un sendero desprolijo en medio de un bosque de arbustos inmensos. Bajo un cielo gris que dejaba apenas ver un triste celeste pálido. Respiro hondo, una y otra vez, inhalo ese aroma de antaño; sus manos soltaron el volante del auto y descansaron a cada lado de su cuerpo.

–Bueno –decía su hermano – ¿y dónde estamos?

–En el siguiente cuadrante –replicó KaioSama.

–No… –decía su hermano con ironía –. Yo me refiero a que lugar es este ¿Quiénes viven aquí?

Ya no le importo oír más de esa conversación.

Mientras su pecho bajaba y subía sin ritmo, cerró los ojos, calmado y admirado por ese paisaje gris, ese paisaje que no temía ser como es. Que se pegaba a las ventanas como una pintura. Un escozor punzante incomodaba en su hombro derecho y un leve dolor abarrotaba su cabeza. La humedad se coló por su espalda. Ese choque, esa amalgama le dio una suerte de calma –acompasada por un leve dolor en su cabeza – a la que no pudo negar.

Con los ojos cerrados su consciencia al fin descanso, al fin recobró fuerza y coherencia en un viaje de ida, despojado de gracias.

–Goku, vamos, hay que buscar a los que viven aquí –decía KaioSama.

–Vamos, Kakarotto.

Entonces se encontró con ese reflejo. Sus ojos abiertos cruzaron un hilo rojo con lo serios ojos de su hermano a través del retrovisor. Esa seriedad protectora, esa sensación de apoyo, esa fiereza tan empática; todo en esos ojos. Metió a fondo el acelerador y levantaron polvo por el sendero.

Los helechos anhelaban rozar el cielo gris. Inmensos e imponentes, de un tono vede oscuro que le recordaba a los bambúes de Paoz. Detrás de esos helechos, detrás de esas nubes, detrás del sol ¿Qué habría ahí? ¿Con quiénes se encontraría en este viaje? ¿Qué tipo de aventuras le contarían? De esas preguntas improvisadas se alimentaba una pobre ilusión. "Cobarde".

Las dudas se derramaron en su cabeza como un caldo, que quemaba su seguridad bajo el miedo a lo desconocido; la eterna angustia de un ser noble. A la marcha del auto, acompañado del silencio, pensó y la preocupación germinaba en su cabeza. Esas personas, en este cuadrante ¿serían de la tierra? ¿Lo recibirían con gentileza? ¿Si quiera hablarían el mismo idioma? ¿Les agradaría? ¿Serán más fuertes? ¿Más simpáticos? ¿Cómo se presentaría? ¿Cómo Goku o cómo Kakarotto?

Peguntas que jamás habrían de cruzado su mente, ahora lo hacían y esa sensación de abandono, de inconformidad; lo aterraban. De repente la calma se había esfumado.

Y conduciendo encontró una abatido pueblo arrinconado tras el desorden de los bosques. Los techos de aluminio se notaron desde el camino, reluciendo el espeso gris. Las casas blancas desteñían los matorrales y, agotados, se arrastraban por un polvoriento aire amarillo.

Avanzó lo que le restaba del camino, apenas prestando atención a las persistentes discusiones de Raditz con KaioSama. El llegar al arco que señalaba la entrada de ese pueblo de casas blancas y techos de plata, leyó lo que entendía como "Mary". "Localidad Mary" estaba escrito con un marchito rojo, descascarado y viejo, olvidado.

Las fachadas blancas sobrevivían marchitas debajo de una sombra dispar en el cielo, y sus portones de madera corroída los saludaban en luto. Nunca la sensación de soledad fue tan tácita.

Las calles eran una bofetada a la simetría que había allá en la tierra. No eran los clásicos rectángulos, no era el insípido diseño de tablero; tenían esa forma triangular, que se ensanchaba mientras más avanzaban por ellas.

Nadie hablaba, nadie se arriesgaba a decir lo obvio: estaban solos en ese pueblo decrépito.

Los extraños callejones finalmente se concentraron en una plaza con árboles marchitos. Dos autos, con las cabinas cuadradas y un capó larguirucho, frenaron cuando los vieron cruzar la esquina de la plaza. Una sombra apenas se notaba entre las ventanas de aquellos autos. Nadie decía nada.

Se arrincono junto a uno de los viejos árboles, Raditz y KaioSama bajaron casi de inmediato. Entonces apagó el motor y dejo que el silencio inundara el auto. Al cerrar los ojos degustaba de esa tranquilidad tan propia de la nada, del vacío total en su cabeza.

Un miedo olvidado se ensancho en su pecho, rondo por su subconsciente y devoraba el coche con una densa oscuridad. Se alimentaba de su inocencia, de su falta de atención. De todo aquello que alguna vez lo reconoció. Ya no era el de antes, ya no más, la oscuridad se había devorado todo eso.

–Besitzer…

Abrió los ojos algo asustado. Miro la ventana junto a él donde la melancólica silueta de un pequeño de piel azul pálida, con ojos negros e inmensos –ocupando todo su rostro –, lo veía. Bajó la ventana y le contestó a ese raro dialecto:

–Hola, soy Goku ¿y tú?

–Mein pilka… –contestó el niño señalando con el brazo lleno de moretones hacía el capó del auto. Débilmente brillaba su aureola.

Kakarotto salió del auto y se acercó a donde el niño señalaba con su débil brazo. Era pues que, debajo de una de las ruedas del auto había quedado atrapado un balón rosado de un extraño material.

–Ah… –dijo – lo siento, descuida, yo lo sacó.

Con su fuerza levantó el coche y esperó a que aquel niño –"Mein", había dicho– recogiera su balón. Mas no fue así, el niño se le quedo observando muy fijamente y con un brillo en sus enormes ojos.

–Vamos, recógelo.

El niño azul pálido pareció haber escapado de aquella suerte de asombro, pues rápidamente se acercó a recoger su balón. Entonces, cuando el niño lo había recuperado, Goku dejó caer suavemente el auto en el suelo.

–Jestes bardzo silna, herr –le dijo el niño, todavía con ese extraño brillo en sus ojos al verlo –. Danke sehr!

Lugo el niño corrió hacia una de las esquinas, donde otros pequeños, con la misma piel azul y enromes ojos, lo esperaban. Le notó que, debajo de la nuca, tenía varios moretones tiñendo su piel con temibles colores purpura.

–¡Adiós! –Dijo – este… ¡Mein!

–Oye, Kakarotto –era su hermano, lo llamaba desde la plaza.

–Ya voy, Raditz ¿dónde está KaioSama?

–Está hablando con unos lugareños.

–¿Qué? ¿Los entiende?

–Aparentemente.

Pues era así, KaioSama platicaba con una mujer, vieja y canosa con la piel pálida igual que la del niño. Con lo moretones ocupándole el cuello y unos enormes ojos surcando su rostro. Salomea era la alcaldesa de la ciudad, la primera instaurada hace 83 años cuando Mary, una minera de la localidad, había encontrado una mina de uranio.

Cruel desgracia la que trajo ese mineral. Acompañado de grandes riquezas al coste de la uraninita, llegó la pena hasta esas tierras. La felicidad se vio opacada cuando esa niebla amarilla los cubrió e infecto a los más jóvenes y ancianos. Llenándolos de moretones en la piel y dejando su cuerpo con una extraña fatiga.

–To bardzo smutne – dijo KaioSama –, Enma Daioh Glück diesen Quadranten verlassen Sie alle.

Hace poco habían entrado en esta cafetería, KaioSama y Salomea continuaban su plática bebiendo esos extraños jugos. Levantó la mirada cuando escuchó que Enma Daioh había sido nombrado, en eso observó a su hermano charlando con una de las meseras, una que llevaba una pañoleta en la cabeza y una enorme marca morada en la cintura.

Estaba sentado una mesa detrás de KaioSama, de las pocas que tenían una ventana junto a los asientos. Inclinó su cabeza en el cristal, colocó sus manos sobre la mesa, donde la sombra las cubría y se detuvo a pensar, a recordar y extrañar.

Observó su reflejo pegado en el cristal, ese sujeto no lo conocía, era un anónimo, un vagabundo. Esos ojos cansados, ese sombrío mirar, esos labios partidos que ya no sonreían. Con gestos preocupados manchándole la piel. Ni valiente, ni amable, ni fuerte ¿alguien querría a ese sujeto?

Levanto la mirada. El cielo le gris le fascinaba, era tan real, tan placentero; entonces miro su traje, ese azul y naranja tan despreciables, tan incompletos.

Extrañaba las noches de lluvia en Paoz, aun no sabía por qué, pero la lluvia era dulce en Paoz.

–Kakarotto… –llegó su hermano, cargando un plato que luego dejo sobre la mesa – ¿quieres entrenar?

–No, no tengo ánimo.

–Yo tampoco.

Se sentó y comenzó a comer, ninguno dio plática hasta que KaioSama los invitó, acompañado de la vieja Salomea, a visitar las minas al cielo abierto de uraninita. Aceptaron ¿qué más podían hacer hasta el anochecer?

La vieja Salomea los llevó en uno de esos autos cuadrados y largos. Con asientos de cuero y un aterciopelado fúnebre dentro de él. Se sentó justo frente a la ventana, su hermano al lado opuesto y KaioSama adelante con Salomea.

Desde ahí atiborro su vista con el blanco espectro de casas desbaratadas, abandonadas. Marrón con negro marchando por las calles irregulares, marcando su sombrío paso por detrás de los helechos.

Más allá de las casas y de los helechos, donde un olor pegajoso y expansivo se colaba en el auto. Donde los helechos habían desaparecido y dejado pequeñas plantas opacas apenas levantadas hacia el cielo. Un lago azul se presentaba a la derecha del coche, donde iba su hermano. No importaba.

Y la mina a cielo abierto apareció como un enorme cráter de diferentes niveles. Levanto ligeramente la mirada cuando el coche descendió por el precipitado camino en espiral de la mina. Salomea y KaioSama seguían hablando en ese extraño dialecto. Las capas del cráter emanaban un denso aroma ácido y un color amarillento poderoso, crudo.

Llegaron hasta el fondo, donde un charco de agua azul desprendía vapores rubios, como un velo cubriendo un hermoso ojo azul. "¿Lunch?"

Salieron del auto y aspiraron ese potente aroma, ese que se pegaba a su nariz y picaba dentro de su garganta. Se acercó hasta el borde del charco azul y contemplo el bamboleo débil del vapor rubio. Como hilos dorados danzándole al sol muerto.

Esa niebla se volvió más densa, su hermano lucia como una silueta pintada en el manto rubio.

–Co oni nazywa? –dijo la vieja señora.

Las paredes negras del cráter reflejaban un tenue resplandor rosado. Se acercó a ellas callado, atrapado por ese somnoliento aire amarillo. "¿Lunch? ¿De quién era ese nombre?" Toco una de las piedras y sintió lo fácil que estás se destruían en sus dedos.

–Kakarotto ¿qué es lo que haces?

Su hermano, otra vez. Ya estaba harto, ya no podía escucharlo más.

–No me llames así.

–¿Cómo?

–¡Que no llames así! ¡No quiero escucharlo más! –entonces bajo la cabeza y volvió a concentrarse en las piedras rosadas.

–Que no quieres que te llame cómo ¿eh?

No quiso contestarle. KaioSama y la vieja esa le habían escuchado.

–Anda dímelo –continuo retando su hermano – ¡Dímelo! ¿Acaso no quieres usar el nombre que nuestra madre te dio? ¿Eh? ¿Es eso?

No lo aguantó más y en un acto desquiciado, rebelde y genuinamente explosivo. Lanzó un puñetazo a su hermano, cargado de frustraciones y dudas que finalmente no le llegó a Raditz. Pues su austero hermano rápidamente se deslizo a la derecha y dejó que le golpe quedara incrustado en la oscura pared del cráter.

Y lentamente se fragmentó la pared, dejo detrás una enrome grieta de la cual de desprendían, como largos tentáculos, un aire rubio. Un ligero temblor dejo escapar diminutas olas en ese charco azul. Un sonido seco, crudo y vibrante retumbo por el cráter.

Su aliento cansado alegó por el miedo en su corazón.

–Yo… –dijo – lo siento.

Uso su técnica y desapareció al instante de ese cráter, huyo cual cobarde, tele transportándose hasta la plaza de la ciudad.

Ahí, con el miedo inundando su garganta y sus ojos, corrió hasta llegar al Volkswagen, se metió en él y se aferró lo más que pudo al volante de goma. Agachó la cabeza y se dejó llevar por el mareo, por la oscuridad, quedo abandonado en la intemperie de su propio subconsciente.

Y entonces, cuando la lejanía de los recuerdos lo llenaba de tristeza, un balón rosado se estrelló contra la ventana del auto. Al levantar la mirada se encontró otra vez con aquel niño de ojos grandes, era quien sostenía el balón, mirándolo con unos ojos inocentes, tiernos.

Bajo la ventana del auto.

–Mein ¿Qué pasa? –le preguntó.

–Sie wollen, Herr spielen? –dijo el niño y le alcanzó el balón.

Podrá ser que era solo un turista en esta ciudad, pero esas señas, esa manera de mirarlo lo entendería aquí y en la tierra: el niño lo invitaba a jugar. Se frotó los ojos y salió de auto, en el centro de plaza muchos niños los esperaban, entusiasmados de verlo, como si ya lo conocieran.

La oscuridad quedó atrás.

Fue agradable sentir eso, mientras dominaba el balón con sus pies, mientras reía y se emocionaba con ellos, mientras sus labios alegres lucían, después de tanto. Jugar, eso era fascinante, emocionante. Fue durante esas horas, hasta que hubiese caído el sol, cuando se sintió aceptado en el mundo.

En aquel momento comprendió que no era ni Goku, ni Kakarotto, tan solo, él.


Bueno, damas y caballeros, con esto concluye otro episodio. Completamente disparatado, fuera de lo ordinario, pero espero que lo hayan disfrutado tanto como yo disfrute escribiéndolo.

Eso es todo por mi parte.

Te ha hablado tu amigo y vecino.