SONRISA
En aquel momento comprendió que no era ni Goku, ni Kakarotto, tan solo, él.
Pero ¿quién era él? No era ninguno de esos dos sujetos, ni el humano ni el saiyajin. Nada de eso lo definía. Nada. Ni el Gi naranja –que era del Maestro Roshi-, ni sus siete cabellos parados –que eran de su padre. Ni mucho menos su tierna actitud –eso era de su madre, no podía demandarlo como suyo. Nada, igual que el agua del río, que no le pertenecía a nadie. Solo era una nada, un ofuscado ser con un único rumbo: encontrar a aquellos que si le demostraron ser algo, su familia.
-Do widzenia, herr –se despedía el niño. Mein el niño de grandes ojos, mientras su madre se lo llevaba de la plaza.
Ya todos los niños se habían marchado, después de jugado hasta que el sol se aplastó en el horizonte. Ahora mismo, la plaza estaba vacía, las luces encendidas y él se encerraba en la cabina del Volkswagen. Un delicioso vientecito refresco su cabello, le agito los flecos dándole un suave recuerdo, una dulce caricia infantil.
Sonrió, pues aún seguía aferrado a él, la euforia infantil. ¿Hace cuánto que no sonreía? ¿Hace cuánto que no sentía esas chispas brotando en su pecho? Miro el horizonte, un destello amarillo aún luchaba contra la oscuridad, era un fiero guerrero con armadura de oro enfrentando un descorazonado monstruo. ¿A qué le tenía miedo? Sinceramente no tenía ni idea.
El atardecer aun no terminaba y su luz aun podía colorear su rostro con un contento amarillo. Sus hermosos dientes de niño reflejaban el brillo del sol. Así, su sonrisa brillaba más. Más grande, más dulce, más sincera… más real…
Estaba en paz. Su cabeza ya no le dolía. No había más aquel ardor en el hombro, ya no sentía el frío corriendo por sus pies. No, ya no. El asiento del piloto nunca se sintió más cómodo. Era una calma mezquina, asquerosa y depreciable. Bueno, por lo menos dejaba serena su alma por ahora, como el mar bajo la luna, como el cielo al medio día.
KaioSama llegó y subió al auto, no se le veía molesto, pues con una voz muy normal le apresuró para conducir hasta el horizonte.
Y su hermano, cubierto por el tenso choque de los faros y el cielo oscuro, llegó con los brazos cruzados sobre su pecho y unos pasos tan lentos y agobiantes. No le saludo, ni se hablaron, ni se miraron el uno al otro. De entre ellos no brotó empatía, ni discordia; ni afabilidad, ni rencor. Su hermano entró antes que KaioSama, se sentó con peso en los asientos de atrás. Cuando lo busco por el retrovisor y lo miro ya no encontró nada.
Condujo por las únicas calles que coincidían con la despedida del sol. El atardecer cubrió por leves segundos el blanco crudo de las casas. Así, cuando la luz naranja del atardecer escapó de las calles de Marie, la luz celeste de la nada los atrapó.
Ya no le sorprendía, para nada, pasó de ser algo extraordinario al más ordinario de los espectáculos. Es que algo le faltaba, algo había dejado un frio abismo en su desangrada alma, un silencio profundo en su corazón. No sabía que, tal vez ni le importaba. Una ausencia que quemaba en su corazón, que corta, sin piedad alguna, su razón.
¡Qué sensación más horrible!
Entonces los bordes celestiales desaparecieron.
-¡Frena! –grito KaioSama.
Presionó con tal fuerza el pedal del freno y el Volkswagen se detuvo al frente a una la pared de una casa.
Arboles inmensos alrededor de él y el infinito manto oscuro deslucido sobre ellos, los saludaban. Salió del auto primero, sintió el suelo acolchonado debajo de él y un aroma efervescente, suave, irrealmente armonioso. Observó la enorme pared de piedra frente a él y la siguió mirando, tocando ese finos bordes entre cada una de las piedras talladas, irrealmente perfectas.
–¡Hola! –Gritó llevando sus manos a cada lado de su boca. Nadie contestó.
–¿Quién vivirá aquí? –preguntó KaioSama.
–No sé, pero ojala tena comida porque me muero de hambre –dijo Goku, su mano derecha, instintivamente, se fue hasta su nuca.
Recorrieron por aquella muralla buscando puertas o ventanas. Nada. Era tan larga esa pared, tan interminable y monótona. Piedra tras piedra, tablones de madera entre algunas, con cortes perfectos, demasiado, agotadores. Finalmente hallaron una esquina, doblaron en ella y en esa pared seguía esa estructura uniforme.
–Qué raro –balbuceó– esto no me da buena espina.
Aburrida, tediosa e inmensa casa. En algún momento pensó en volar por encima de esos muros, mas no lo hizo, pues esa sensación tan infinita, tan "blanca", le recordaba mucho al cuadrante G-1 donde vivía. Pero su hermano, impaciente y terco, tomó vuelo, sin haber avisado; y flotó por encima de esa pared.
–Vamos Goku –dijo KaioSama– No hay que ser impaciente, pronto llegaremos a la entrada.
-¡Ya voy!
Y luego de haber girado e otra esquina y seguir caminando, algunas luces brillaron en lo alto. Estaba aburrido, su cabeza se apoyaba en sus hombros con pesadez, pero aun así no fue tras de su hermano, prefería hacerle caso a KaioSama. Y la lejanía de aquellas luces fue más corta y pronto, dos enormes portones de madera oscura, con una pequeña puerta en uno de ellos, se mostraron postrados en un sitial de piedra. A cada lado dos faros de velas y junto a ellos dos ventanas de rejas de hierro oscuro.
Ese pequeño gramo de luz en la noche los perturbaba. Era tan pacífico y sereno, como esas luces tan poderosas que llegan a agobiarte la vista. La calma que los niños de Marie le habían dado, lo había abandonado; el hambre que tenía, se había esfumado. Esa cosa se los había devorado. Un leve frío acogió su pecho: se lo frotó con sus heladas manos.
–Deberíamos tocar –dijo KaioSama, su voz era temblorosa.
Se acercaron, subieron los imponentes bloques de las gradas y con KaioSama a punto de tocar, la puerta –la que se hallaba en el protón derecho– se abrió. Una densa niebla escapó de la casa y junto a ella se cruzaron dos elegantes botas en punta. Del sonido de los tacones chocando contra el piso, aún quedaba ese eco tartamudo, esas heladas vibras.
Un sofisticado hombre, con la piel pálida y el rostro flaco, portando cursis vestimentas y un alargado jopete; los recibió.
–¡Oh! –Dijo el extraño hombre, su aureola brillaba más– Pasen, los estaba esperando.
Era por la extrañeza de esas palabras la razón para no contestarle. Y entonces el sujeto abrió los grandes portones y los dejo pasar. Ya adentró, cruzaron un pasillo oscuro, apenas iluminado por el reflejo de la luna en la fuente de un patio más adelante. Dos escaleras, en cada pared del pasillo, subían a un segundo piso.
-Un placer conocerlo, señor KaioSama –dijo el hombre que los recibía. Su voz era dulce, tanto que lo molestaba, que le daba una extraña desconfianza, luego aquel extraño lo miro y preguntó:
»¿Y tú eres? –el hombre se le había acercado demasiado, su pecho estaba chocando con su propio brazo. Sin embargo, fingió que no pasaba nada.
–Hola, soy Goku.
Escuchó unos pasos en el patio empedrado, era su hermano, seguramente había llegado antes volando. Raditz lo llamó con la mirada y entonces, Goku se sintió más aliviado. Incomodo se separó de ese sujeto, de esos ojos fijos acosando su espacio.
Cuando estuvo hombro a hombro con su hermano, este le dijo:
–Ese sujeto es muy extraño, Kakarotto; no te juntes demasiado con él.
Y eso no lo podía negar, solo la voz de ese sujeto era inquietante: dulce, demasiado encantadora. Su traje cursi, ese bordado azul, era llamativo en medio de la oscuridad de la noche. Y sus ojos de gato débil, desamparado que hacían recordar a las miradas muertas de sus adversarios. Su alto jopete era amanzánate, simplemente amenazante.
El hombre dio unos pasos hacía la fuente y, al darse la vuelta, les dijo:
–Vengan conmigo.
Pero nadie fue con él, nadie estaba seguro de aquel sujeto. Era tan extraño, tan sofisticado. Sus pasos en el patio dejaban un eco poderoso, contundente y fuerte que al llegar a sus oídos, mareaba su cabeza.
Finalmente fueron con él, Kakarotto dio el primer paso. Al saiyajin no le preocupaban todas esas cosas; era lanzado, impredecible, tan fluido como el agua de los manantiales. Ingenuidad en su mayor y más terrible expresión. Era su sangre, sus genes, las que tomaban sus decisiones, no él.
El extraño hombre los llevo a un segundo patio más grande que el primero, luego a un tercero igual de grande que el segundo. Su hermano veía atento los balcones de cada patio, ciertamente era inquietante esa soledad sombría en cada pasillo. Un velo enmascarando algo, algo que no sabía aun. Pero era perfecto, eso era lo que necesitaba esta noche: la soledad.
–Lo siento –dijo el extraño hombre– el camino a las habitaciones es largo y la hacienda es grande. A veces hasta yo me pierdo ¡Jaja!
Esa risa estrepito el silencio del patio, inundo de un terror incomprensible sus oídos.
Y al cruzar a un cuarto patio, en el pasillo que llevaba a tal, el extraño hombre giro hacía unas escaleras de piedra en la pared derecha. Eran igual que esas del primer pasillo, casi como una calca. Comenzó a subir cargando una antorcha para guiarse. Las escaleras llevaban a los balcones de madera, desde ahí arriba se podía ver el tercer patio cual lago ponzoñoso de aguas negras.
Crujió el piso debajo de ellos, como alertándolos de un mal engendro rondando por el lugar.
KaioSama, quien seguramente estaba igual de inquieto, se acercó al hombre y le preguntó:
–¿Cómo se llama usted?
Y ese sujeto, con una voz calmada y encantadora, contestó:
–Yo no soy alguien especial, nunca fui excepcional. Pero ésta casa, sí. Ésta casa es especial.
Eran desconsoladoras esas palabras, angustiantes. Pues solo alimentaban más ese misterio, esa oscuridad tan tácita.
Oscuridad…
La vio acercarse hacía él desde el fondo del pasillo, de entre esos pilares de madera, lento y firme, devorando la casa, al extraño sujeto y a KaioSama. Sus manos se congelaron, fríos sus dedos se rozaban contra su propia palma. Nadie más veía a aquel monstruo, nadie más sentía esa maldad; pues era suya, era parte de él.
Pero logro salvarse está vez. Sus manos estaban entumidas, sus dedos no podían moverse sin sentir un hormigueo. Goku giro la vista lejos de esa horrenda imagen. Su hermano ya no estaba, se había quedado apoyado en una de las barandas mirando el empedrado del tercer patio.
Se fue con él, mientras más lejos de aquel sujeto, mejor. Cuando Raditz lo vio, le dijo en voz baja:
–¿Oíste eso?
Apoyó uno de sus brazos en la baranda, el hormigueo se hizo más fuerte; y trató, cerrando los ojos, escuchar atento. Ni el silbido del viento sonaba, ni un eco, ningún sonido. Un silencio tan placentero e irreal. Pero, de repente, colmó de una chispa de miedo, el tétrico sonido metálico al fondo del agujero negro que era el patio vacío. Se oía como piezas de metal chocando una con otra. Era un sonido familiar, lo recordaba de algún modo.
Luego el sonido cambio, se escuchaba semejante a algo arrastrado por la arena. Un sonido rasposo, estrecho… triste…
Su brazo derecho ya estaba completamente dormido por ese hormigueo. Goku poco a poco lo entendió, aquel sonido lo había escuchado ya. Esa sensación de estar prisionero, atrapado. Esos metales que chocaban unos con otros, que eran arrastrados por el piso: cadenas. Cadenas oxidadas, muy pesadas, gruesas. Todo se lo contaba ese sonido.
Un aire apenado brotó quién sabe de dónde, y se enredó sobre su pecho, un amargo dolor. Una presión en el esternón que amenazaba su respirar. Acarició su pecho, quiso calmarse el dolor. No pudo. Otra vez había caído.
El abismo lo había atrapado.
…
Para Raditz aquella hacienda de cinco patios causaba un temor insano en él. Meneando su cabello para evitar mirar la luna llena, aterrizó en el quinto patio, aquel que estaba más iluminado, y desde entonces no ha dejado de sentir preocupación en su pecho. Las esquinas oscuras, las interminables sombras, daban ese contraste aterrador inscrito por toda la casa.
Y aquel sujeto.
Se había topado con tanta gente en toda su vida. Cada uno tan raro, tan especial; que de ellos aprendió a leer gestos. Ese sujeto, esa personalidad, esa manera "encantadora" de hablar y seducir con sus ademanes. Esa personalidad recordaba le recordaba a los lambiscones del Rey Adria, esos pedazos de escoria a los que arranco la cabeza en aquel amanecer.
El Rey Adria y sus seguidores, gobernantes de todo un sistema planetario, habían usado sus influencias sobre el comercio pirata para provocar levantamientos contra Freezer. Era deber suyo y de Vegeta, asegurarse de que esto era real, en caso de que así fuera, debían exterminar al Rey Adria y toda su escolta.
"La luna está igual que aquel día" Observaba esa luna amarilla y roja, reflejada en el pilón del primer patio. Definitivamente hoy no se atrevía a mirar la luna directo, no por el temor al Ozaru, sino por esa debilidad fuera de lo normal en su miembro.
Continuó recordando:
Esa noche, en el castillo construido de arcilla, Adrious se llamaba; el rey trató de persuadirlos con sus más hermosas hembras, con sus más apetitosos manjares y su actitud pedante. Pronto se dieron cuenta que detrás de esos ojos encantadores, de esa tez morena y largas barbas, había veneno en sus bocas lambisconas.
No quería pensar eso, no de alguien que vivía en este paraíso. Sin embrago cada paso en esa casa, cada palabra soltada por aquel sujeto, todo de él; le resultaba tan incrimínate como las enromes "serpientes" mascotas de la esposa e hija del Rey Adria. ¡Exigía tener respuestas y las quería ahora!
Llamo a Kakarotto con tan solo verlo, necesitaba contarle sus preocupaciones.
–Ese sujeto es muy extraño, Kakarotto; no te juntes demasiado con él.
Kakarotto pareció entender, no dijo nada, pero su mirada se tornó más seria, preocupada. Para él, al menos, era fácil entender esas cosas de su hermano. No lo sabía, era el único capaz de hacer eso.
…
Los pasillos oscuros, esos balcones olvidados, tratando de asustarlo. Extraña casa solitaria, sombras espectrales desmoronando su aliento. Raditz, guerrero desdichado, ahora es tu momento, tu redención.
El extraño hombre les ofreció tres habitaciones para que pasaran la noche. Una habitación fría y olvidada, llena de polvo gris, le había tocado. Kakarotto y él entraron casi al mismo tiempo, cada uno a la recamara que les ofreció ese sujeto. Sin embargo, hoy no quería dormir, no sentía esa necesidad. El sueño pesado, que tantas noches lo acoso, ya no estaba. Hoy no llego. Y estaba seguro de que Kakarotto pasaba por lo mismo. Ese sujeto les había arrebatado el sueño.
Se recostó en la cama con los ojos muy abiertos, sinceramente deseaba arrancarle la cabeza a aquel sujeto. No necesitaba una razón, solo a su presentimiento, a su instinto de guerrero.
…
Observó esa humarada gris en la habitación, cual cortina traslúcida; difícilmente podía ver a través de ella. La apartó con los brazos y al hacerlo el humo dibujó graciosas formas frente a él. Sonrisas burlándose de su ingenuidad e inocencia, de su ternura y dulzura, del hombre y del saiyajin. Una broma pintarrajeada en la pared. Dejaba en el la corta impresión de que, detrás de esa cortina gris, hallaría un respuesta.
Camino hasta llegar a la cama, una imagen amorfa y oscura entre esos humos. Apoyo sus brazos sobre ella y las cobijas levantaron todavía más polvo gris. Uno que era aún más espeso, denso y seco. Tocio con fuerza un par de veces. Paso su mano por la suave y tersa tela fucsia –desteñida, claro, entre ese gris–, al levantar su palma vio sus dedos grises.
No era un polvo común y corriente, este era suave, acolchonado. Semejante a un algo perdido en su recuerdos. No sabía bien el nombre, pero en sus memorias marchitas aún quedaba esa sensación tan suave y fresca en sus dedos, a ese polvo gris. Era el mismo que manchaba las praderas cercanas al castillo de Ox-Satan.
–Qué raro –se dijo.
Se tiró en la cama mirando hacía el techo, tan lejano detrás de esas cortinas grises. Paso su mano por su frente y luego por su quijada: que suave se sentía su rostro ahora. Lentamente el humo de la habitación lo cobijo, le dio el abrigo que necesitaba para soñar despierto, para soñar con los ojos abiertos como lo hacen los niños.
Hoy no deseaba dormir, para nada; sin embargo deseaba visitar ese oscuro mundo de sus pesadillas. No entendía bien le porqué, si es que no recordaba nada de lo que hay ahí dentro, esos rostros eran una serie de gestos tan indescifrables. Todo le parecía tan lejano y pasajero, como la lluvia.
Se tomó un momento antes, pare repasar y entender lo que estaba por hacer.
15 años darianos, esa edad tenía. 30 años humanos eran una mentira, de ellos no recordaba nada.
–Ah… -suspiro. Pero no era un suspiro normal, estaba cansado, exhausto… melancólico… partido en dos.
No recordaba ni nombres: Yo… me llamo… Bulma. Ni cosas: ¡Ven aquí, Nube Dorada! Solo lugares y paisajes descoloridos.
Intentó cerrar los ojos pero, de algún modo, el polvo gris se había vuelto más entretenido, hasta un punto casi hipnótico. Vibraba, su piel vibraba, como la mancha de miles de hormigas sobre su piel. Y ya no podía moverse por más que lo intentara. El humo gris pesaba, pesaba como todas sus culpas condensadas.
Los parpados no pudo cerrarlos, estaban crudos, casi encantados. Y las sonrisas en el humo volvieron, se formaban alrededor del vaho de su aliento. Se burlaban de él, lo veían tan indefenso, tan desconcertado que no podían evitar mofarse del guerrero desamparado en que se había convertido. Pero no podía hacer nada, sus músculos ya no le respondían, aun atormentados por ese hormigueo en su piel. La espera era insoportable.
Goku no lo comprendía ahora, ni él, ni nadie; aquello que sucedía alrededor suyo. Este espectáculo era sólo para los más valientes, para aquellos que no tenían miedo de enfrentarse a sí mismos. A su inseguridades y anhelos, a sus virtudes y defectos, a sus miedos e, incluso, deseos.
Parpadeo una vez, ya no estaba en esa suave cama ni cubierto por ese espeso humo. Una oscuridad casi total, eso veía con horror; y en su espalda, el frío rasposo de las rocas.
Volvió a parpadear y ahora sí pudo mover sus brazos, sus piernas, su cuerpo entero. El cielo rosado se estiraba sobre él. Sus labios formaron una sonrisa dulce, suave y propia, tan genuina de él que era inconfundible incluso en el paraíso más lejano de la vida. Brincó hacia adelante para ponerse de pie. Extendió sus brazos hacia el cielo y gritó, gritó y rio hasta quedarse sin voz, hasta gastar su garganta y secar el último aliento de su alma.
Pues estaba feliz, simplemente feliz: lo había logrado, había entrado por su propia voluntad a su subconsciente.
Bajo la cabeza, dejo de contemplar el cielo para darse cuenta que estaba en el templo de KamiSama. Las mismas galerías de altos pilares y el mismo piso de baldosas. Los jardines verdes y vivarachos, en contraste al atardecer; lucían más hermosos que en aquellas noches llenas de pesadillas.
Y luego de haberse deleitado con esos dispares contornos naranja y verde: corrió, quería encontrar a sus "amigos" lo más antes posible. Su propia risa derivaba en un eco tan profundo por las habitaciones del templo, que parecía intentar acoplarse a la puesta del atardecer. Pues esos colores naranja eran, para él, una muestra de la euforia que el Universo le brindaba.
Los pilares lentamente aparecieron y junto a cada uno de ellos, como guardianes de piedra, las insípidas efigies de aquellos a los que había olvidado. Sus "amigos", su "escuadrón". Todos estaban ahí, los contó cuando marchaba por la galería que conducía a la Habitación del Tiempo. Desde Yamcha hasta Chaoz, Piccolo y Upa; divididos en dos filas de seis, viéndose cara a cara con ojos tan petrificados, pero hermosos. Pulidos en la serpentina, esos iris que no tenían ni un viento de vida en ellos.
Los observó a todos, quiso ver sus rostros por última vez. Esos rostros tan trágicos, llenos de pavor insano, tallados en un mármol frío e insípido. En Launch y Bulma –a quienes buscó primero–, habían lágrimas petrificadas esculpidas en sus carrillos. Y en los demás un semblante tan desconsolador, tan profundamente nostálgico que desviaba las mirada a los pocos segundos de mirarlos.
Se detuvo justo en medio de todos, levemente pudo percibir sus presencias brillando en el corazón de cada uno de ellos. Estaban en sus pechos de mármol; luciéndose igual que las luciérnagas o… ¿las estrellas?
El silencio, a cada instante, se volvía más insoportable, era tan total, tan inmenso e indescriptible. El temor a la soledad de todos los hombres le había llegado al saiyajin. Una presión en el pecho le rogaba no hacerlo, se lo imploraba con la misma voz partida de aquel niño que lloraba por su abuelo. Pero estaba totalmente decidido, nunca jamás había estado tan seguro de algo en su vida.
Se acercó hasta Piccolo, lo tomo de los hombros de la capa, sus manos estaban llenas de sudor –por un momento casi se le resbaló. Luego un último suspiro, en donde todavía reconsidero sus acciones, estrelló brutalmente a Piccolo contra el suelo: rompiéndolo en mil pedazos. Pedazos que se arrastraron por fuera del pasillo, que chocaban contra sus botas, acusándolo como un desleal.
Pero eso es lo que era: un saiyajin. Nunca fue un humano.
Y eso era lo que quería Kakarotto, quería destruirlos, destrozar a todas esas personas que ahora representaban una nada en su vida.
A Yamcha lo arrojó contra los pilares, provocando un sonido estridente que se mezcló con una voz opaca, una voz desdichada, sin gloria ni encanto. Esa fue la última vez pudo escuchar a su viejo amigo: "Adiós, amigo" le había dicho Yamcha, antes de que el último pedazo de su efigie cayera en los jardines. A Chaoz lo estrelló contra Oolong, los pedacitos de mármol sonaban cual la arena sobre los techos en noches de tormenta.
De un golpe destrozo al Maestro Roshi, partiendo primero su caparazón de tortuga. Pisó, sin compasión, la cabeza de Tien Shin Han, asegurándose siempre de haber destruido las serpentinas en sus ojos.
A Yajirobe lo arrojó lejos del Templo. Las dos mitades de Launch se destrozaron bajo dos ondas de Ki, una lloraba, la del cabello azul; la otra reía, la del cabello rubio. Y a Upa, a quien miró a los ojos antes de destrozarlo, lo arrojó contra el techo.
Y, al final, solo quedaban Bulma y Krilin.
Pero a ellos no podía tocarlos, no podía hacerles nada, no debía. No tenía el coraje ni el poder. Porque de ambos aun sobraba algo en su muerto corazón. Ya sean las risas o las enseñanzas, las lágrimas o los cuentos, las confesiones o los anhelos que alguna vez compartieron. O sólo una simple conversación. Aún quedaba algo en sus recuerdos.
Mientras observaba a Bulma, le preguntó quién era. Sin tener un lazo de sangre podía llamarla su hermana, pero no, no lo era. Solo era una amiga más, una conocida extraviada en algún momento de sus recuerdos. Deseaba poder devolverle el color azul a su cabello, deseaba charlar con ella, pero no debía. Y así estaba bien.
Apoyo su cabeza sobre el frío hombro de la estatua de Bulma, buscaba algo de consuelo, no halló nada ¿cómo hallarlo? Sólo era una efigie, la verdadera Bulma estaba haciendo su vida lejos de él, en la tierra, con un hijo al que cuidar y un marido al que atender. Tal vez ya se había olvidado de él. Y lo mismo con Krilin, tal vez había logrado algo con la rubia, tal vez ya tenía familia, tal vez ya recorrió las grandes ciudades del Mundo, como siempre quiso. Seguramente, él también lo había olvidado.
De pronto, los pedazos de cada estatua destrozada en el lugar, temblaron; se elevaron majestuosamente del suelo y danzaron en círculos alrededor del templo. Soltaban un alarido alegre, vivaz, lleno de dulcera, tan encantador que parecía ser real. Era un patraña, sin embrago, lo hacía feliz. Y en una expresión pura de cariño se volvieron a unir los pedazos en tres efigies diferentes.
Una tenía el cabello, inconfundiblemente, largo, parecía haber sido tallado por finas manos, cada fibra de su pelo era tan perfecta, tan pulcra. Con los brazos cruzados y una mirada serena, que le tranquilizaban, que le daban una sensación de seguridad tan fiable y pura.
-Raditz…
Otro, casi al final del pasillo, parecía adoptar su propia forma, su mismo cabello y rostro. Pero una cinta y una cicatriz lo diferenciaron y su genuino porte arrogante le confió el corazón.
-Pápa…
Y, más cerca de él, la última estatua era tan hermosa, tan preciosa –sus ojos brillaban al verla. Pues era simplemente… linda…
-Mamá…
Porque de ellos sí tenían algo en su corazón, porque eran su familia, porque ahí pertenecía, porque con ellos sintió la felicidad que extrañaba. Ellos sí valían la pena.
Miro a Bulma, a sus ojos de serpentina, se disculpó con ella, lo propio con Krilin y los dejó abandonados en la oscuridad. Lo había logrado. Si alguna vez hubo un atisbo de héroe en él, este había muerto. El otro sujeto ahora reinaba sobre sus acciones, sobre sus pensamientos y sueños.
…
Sostenía la fría y oxidada manija: el ruido lo había levantado de la almohada cuando su largo cabello apenas la había rozado. Y desde ese momento se quedó abrumado en la indecisión, de si abrir la puerta o no.
Porque aquellos extraños ruidos, tan serenos como agobiantes, estaban más cerca, las cadenas parecían arrastrarse afuera de su habitación. Apenadas y desconsoladas, ensimismadas con la taciturna noche. Raditz, curioso, apoyaba su cabeza en la puerta, cerrando con fuerza sus párpados y, cual desgraciado, trató de concentrarse en las presencias, igual que lo hacía su hermano, sin lograr nada.
Pero su miseria lo perseguía más aun en las noches de la luna llena, cuando su corazón rebalsaba de incertidumbre. Su brazo tembló sosteniendo la manija, ya caliente por el sudor de su palma; su cola se aferró con más fuerza sobre él. Dolorosos espasmos recorrían su columna y se alargaban por sus costillas y cabeza. Quizá demasiado para alguien tan inexperto, tan inseguro; incapaz de abrir una puerta. ¡Una maldita puerta!
Pero entonces, sumido en su propia desgracia tomo un halo de coraje y, sin lloviznar una sola gota áspera de su frente: abrió la puerta de un estrepitoso golpe.
No había nadie allí, pero el sonido persistía en la intemperie de la noche. Asomo la cabeza por fuera, por ese pasillo oscuro: nada. Camino despacio tratando de acercarse más a ellos, a esos espectros que rondaban por la Hacienda. Cerró sus ojos y entregó su mundo enteramente a sus oídos. Ahora el sonido del acero arrastrado en la arena estaba ahí junto, como si rondara alrededor de él.
–¡Raditz! –le gritaron y él prontamente abrió los ojos. Se encontró con Kakarotto, abrazándolo con fuerza y ternura. La misma ternura y fuerza de su madre.
Lo alejó con un empujón y, aun preocupado por esos ruidos, le dijo:
–¿Escuchas eso?
–Pero… oye…
-¡¿Escuchas eso?!
Su hermano cerró los ojos, se enfocó en los sonidos.
–Concéntrate en las presencias, Kakarotto.
Y, luego de un fugaz segundo, su hermano abrió asombrado los ojos.
–Hay alguien más aquí –dijo.
–¿En serio?
-Sí… y están debajo de nosotros.
Inclinaron el cuerpo por encima de los balcones, mirando la profundidad de un abismo creado por su imaginación embriagada en sus propios pensamientos. Los hermanos brincaron al empedrado suelo de la hacienda, donde la luna ilustraba su luz en las diminutas piedras. Flotaron al caer, ninguno intentaba levantar ruidos que los delataran.
Raditz observó todo el patio con sus fieros ojos, en ellos se reflejaban miles de augurios. Augurios que le gritaban que saliera de aquella hacienda, que el peligro rondaba por esos pasillos cargando grilletes en su espalda. Y luego, flotando en sus propias dudas, encontró a Kakarotto –concentrado, quizá preocupado– pegando su sonrisa infantil contra una puerta de madera.
Corroída, destruida por la humedad de los tiempos añejos, esos que no responden a la empatía de los niños.
–Están aquí –dijo Kakarotto, angustiado– están encerrados ahí.
Había algo, una tensión estrepitosa que deseaba terminase ahora; un algo tan abstracto difuminado en el ambiente. Su hermano apoyo su palma derecha en la puerta, su pecho inhalaba con más fuerza el aire. Recién ahí noto que su aureola no brillaba con tanta fuerza como antes.
La puerta fue abierta, chirriaba su contrachapado, cual ave agonizando en su nido. Una densa oscuridad se escapó desde el fondo de aquella habitación, tan espectral y tácita que se confundía fácil con algún monstruo vagando por los cuartos de la hacienda.
Pero no, no era así. Esos ojos tan asustados al final de la pieza se lo negaban, eran ojos llenos de razón y humanidad, pero faltos de sentimiento. Fríos como la noche. Los veían, a él y a Kakarotto, los veían con miedo y curiosidad, esos ojos rojos resplandeciendo en la oscuridad.
Y ninguno dijo nada, asustados tal vez; se miraron entre ellos, entre prisioneros y salvadores, dejándose devorar por el miedo y la tensión. Un globo que lentamente se fue inflando y, a costa de su propio peso, terminaría explotando en la voz decaída de Kakarotto.
–¿Qué…? ¿Qué les sucedió? ¿Por qué…? –estaba a un paso de lo desconocido, tan cerca y tan lejos de esos orbes rojos envueltos en un manto oscuro. Lo aterraba, era lógico, los niños le temen a la oscuridad.
De pronto, un grito rompió el terror; KaioSama corría desesperado por los pasillos del tercer patio. Espantado gritaba sus nombres, clamaba, lleno de terror, por una abominable monstruo que aparentemente había brotado del suelo, de entre las piedras y los matorrales secos.
-¡Muchachos! ¡Ma… Majin…! –gritaba el Kaio.
-¡Basta! –Detuvo Raditz– ¡Cállate, maldito cobarde! ¿Qué no se supone que eres el jodido KaioSama? Haz tu trabajo y deja de correr como una niña.
La tensión acabo con el saiyajin, con su remedo de hombre bueno y calmado; máscara que finalmente explotó ante la cobardía de una ser superior incluso a él.
–Oye, Raditz…
–No me digas que me calme Kakarotto, toda esta maldita casa es un manicomio y lo último que necesitamos es que la señorita se asuste.
Ante la terquedad de su actitud, de su impulsivo ego roto, nadie dijo nada, nadie le respondió el agravio ni le discutió, solo lo observaron en vaivén desde la pena a la decepción. Estúpidas miradas fijas en él, horripilantes pupilas llenas de dudas. Ninguna respuesta. Que desagradable eran los ojos de su hermano y las gafas confidentes de KaioSama.
-KaioSama –dijo su hermano– ¿qué fue lo que vio? ¿Algún villano?
¡Bah! ¡Que mierda! ¿Acaso él era el único con sentido común? ¡Qué importa! No les afectaría en nada un enemigo –incluso podía pulir sus músculos con este–, estaban muertos, no se podían hacer más daño. ¿O sí?... esa pregunta se apretaba sobre su cola, ardía como una cicatriz abierta… porque lo era.
Se acercó a la habitación que habían dejado olvidada, quizá con ella se distraería; con esas personas asustadas en medio de la oscuridad. Se detuvo con sus botas al borde de la sombra eterna; desde ahí, desde la seguridad de la luna, se quedó asombrado por ese rostro tan femenino frente a él. Su cara era larguirucha, su quijada triangular temblaba de frio y de miedo. Los ojos estaban casi a la misma altura, su espalda encorvada apenas podía resistir estar de pie. En el rojo de sus pupilas encontró ese mismo testimonio de horror con el que gritaba KaioSama.
–No, Goku– grito KaioSama– ¡No es genial! esa cosa es exactamente igual que aquel monstruo, creo que es razón suficiente para asustarnos.
Y en un momento Kakarotto corría hacía el cuarto patio, entusiasmo, eso liberaba su aura tenue, brillando con vaga simpleza y burda inocencia. ¿A qué iba? ¿Por qué sintió ese impulso de acompañarlo y protegerlo? Tal vez fuese la sangre, tal vez esa empatía guardada desde el cobijo de su madre.
Tal vez… solo una promesa, una que quizá no podrá cumplir.
De eso solo saben los amos del destino con sus tan impredecibles giros, como ordena que sean, la vida, que no respeta ni tan siquiera a la solemne muerte. ¿Por qué lo siguió? Aun no tenía claro eso, no le importaba algún tipo de respuesta mientras cruzaba por el largo pasillo, ni cuando entró al tercer patio.
–Lamento todos los inconvenientes que mi mascota les pudo haber causado –el extraño dueño de la Hacienda, usando un tono de voz crudo, hablaba con Kakarotto– pero no puedo permitir que traten así al pobrecito… lo... lo siento
Una ser extraño, semejante a una manta negra espesa, sacudió el trémulo espacio, atacó con todo su peso sobre su hermano, asfixiándolo entre sus gelatinosas extremidades que eran incontables. Unas largas,- otras cortas, se enredaban, por el cuello de Kakarotto. El de cabellos largo, aun mareado por la brusquedad del momento, arribó con un golpe cargado sobre el monstruo deforme.
Jamás pudo tocarlo, ninguno de los dos pudo hacerle algún daño, por los reflejos increíbles que poseía aquella criatura amorfa. De fondo una risa estrambótica hacía eco por los despejados pasillos, tan burlesca que dañaba en su ego, en su sangre saiyajin.
Era una risa tan extraña, tan fría; criminal. Como esas risas de los condenados a muerte, quienes sentados observan acercarse a la muerte, esa dama hermosa de velo carmesí. Nerviosos ríen, así como reía el dueño de la Hacienda al ver a Raditz golpeado contra los muros. Esa risa, esa risa pertenece a los criminales que en su lecho de muerte no son capaces de reconocer sus crímenes, sus confesiones se quedan grabadas en sus negras almas. Pues esa felicidad es su último recuerdo de una vida atroz.
Kakarotto acababa de atravesar uno de los muros, atrapado por ese largo brazo de brea que se extendía desde el cuerpo de aquel ser. Raditz intenta atacarlo, pero el demonio oscuro vuelve a evitarlo; ya lo tenía frustrado, era una sensación superior al cansancio que sentiría estando vivo. Ya el monstruo cogía una forma, aun amorfa, pero distinguible: sus cuatro alargadas extremidades y esa cabeza triangular, enjoyado con esos blancos bálsamos de cal, que simulaban una sonrisa deforme.
Finalmente, ya harto de esa sonrisa, lanzó una onda de ki que, en lugar de dar con el brazo que tenía atrapado a su hermano, dio con uno de los balcones de la hacienda. Derribó tres muros con ese ataque imprudente, pero sin embargo continuo su embestida. Las risas maliciosas se volvieron inaudibles y de sus palmas brotaban docenas de esferas de Ki que terminaban dando con cada muro en la hacienda.
El monstruo había soltado a su hermano, huyendo de sus ataques. Pero Kakarotto sin embargo, entre los escombros que dejó su ataque, quedó atrapado apenas estirando su brazo por entre unos maderos.
–¡Detente! –Escuchó de pronto, era su hermano, poniéndose de pie sobre esos maderos rotos –Los estás lastimando.
Y con esa llamada de atención, finalmente detuvo su ataque. Es que allá en el otro patio, aquellos seres extraños de estado deplorable que habían encontrado hace rato, apenas podían huir de los restos de piedra pulverizada que cayó sobre ellos.
Kakarotto continuo tratando de golpear al inestable ser, su cabello amarillo se había vuelto, ya desesperado, ya hartado. Pero ¿acaso eso serviría? No había nada que pudieran hacer, la velocidad y reflejos de ese ser eran demasiado para ellos, sin importar su poder, este parecía tener un paso delante de ambos.
Miro la luna: una idea, un recuerdo cruzó por su mente.
Se convirtió a supersaiyajin iluminando la noche, junto a su hermano, como dos estrellas en el manto nocturno. Corrió hasta donde estaba el contrincante, aprovechando la concentración que tenía en su hermano; y tacleo al -extraño ser, lo abrazó por la cintura y, acumulando el ki en sus manos, lo mantuvo prisionero todo lo que pudo.
–¡¿Qué esperas?! –Le gritó a su hermano– ¡Atácalo!
Y sin más, Kakarotto acumulo su Ki entre sus palmas y liberó un poderoso ataque que impactó en la bestia de brea.
–¡HAAAA! –gritaba Kakarotto.
De la bestia brotaba un humo denso y gris, pronto dejo de luchar por liberarse de Raditz y cayó, derritiéndose, sobre el piso. Ahora ya no poseía forma, parecía un charco de aguas negras que pronto se esfumo arrastrándose por el suelo empedrado.
Estaban exhaustos, frustrados por la superioridad de ese ser. Los hermanos dejaron de lado su transformación, rieron con ganas al verse entre ellos, contentos en medio del polvo que aún se levantaba por los escombros. Dos hermanos, dos amigos, un equipo, esa idea alegraba a Raditz.
–¡No! –gritaba desesperado el dueño de la hacienda y amo de aquel ser –¡¿Qué demonios han…?! –gritaba antes de ser impactado por una onda de Ki que lo arrojo contra las paredes.
Raditz fue quien lo calló, ya no toleraba su voz, ya no toleraba nada de esa hacienda.
Ambos hermanos se pusieron de pie, Kakarotto aún seguía riendo, como un niño luego de su travesura. Porque aún era un niño, en muchos sentidos todavía lo era.
…
A Kakarotto le termino alegrando todo lo sucedido dentro de la haciendo, sus ojos estaban despiertos, muy dilatados, esa sensación tan viva, tan llena de adrenalina, corría por su cuerpo mientras peleaba hombro a hombro con su hermano, con su sangre.
Era algo puro, algo tan energético y vivaz, algo que jamás sintió peleando junto a sus amigos de la tierra. No, esto era diferente, ya no necesitaba más de ellos. Con su hermano tenía suficiente, una amigo, un compañero. Y con esa idea en mente lo miraba mientras reía tras haber derrotado esa bestia viscosa y negra.
–¡Jajaja! –reía con más fuerza, era una sensación embriagante y seductora: el poder. El máximo anhelo de los saiyajin –¡Jajajajaja! –deseaba encontrar a ese monstruo que los había atacado y destrozarlo.
»¡Wow! –Gritó finalmente– ¡Eso fue geeenial! –le dijo a su hermano, quien correspondió con una leve sonrisa.
Juntos se acercaron hasta los escombros y escucharon los quejidos de las almas en pena que se había quedado atrapadas debajo de los muros de la hacienda. Sin tardar retiro las piedras, buscando salvar alguno de los prisioneros que estaban encerrados en la hacienda. Su hermano lo siguió, desanimado pues no era común ese acto en el… No… eso no es común de un saiyajin.
Y entonces dejo de buscar, al menos ya no con el mismo ímpetu. Desganado, de algún modo, ya no le interesaba rescatar alguno de esos prisioneros. Su frente sudaba, su cabeza le dolía… eso no era común de un saiyajin.
Raditz rescató a un trio de personas, entre ellas una joven mujer que no paraba de admirar el perfil de su hermano; y Kaio-Sama rescató a los dos últimos. Todos se sentaron alrededor de la fuente del primer patio, Kaio-Sama, con un vaso de madera servía el agua de la fuente a los prisioneros que habían rescatado de los escombros. Eran seres de un tono de piel oscuro, de un marrón oscuro, como el barro; sus ropas eran andrajosas y penosas y sus cabellos sucios eran completamente oscuros. A Kakarotto no le importaba, nada le importaba, solo veía un punto fijo en el piso sin pensar algo que le fuera a dar consuelo. Pues estaba feliz con su respuesta: era un saiyajin, a él no le importaban esas personas.
Estaba sentado en el piso, apoyando su espalda en la fuente, desde ahí escuchó una platico entre su hermano y Kaio-Sama.
–¿Qué demonios tiene esa agua? –preguntaba Raditz a Kaio-Sama mientras este recogía un poco de agua de la fuente.
–Raditz, creo que ya sabes esa respuesta.
Raditz no respondió, entonces Kaio-Sama explicó su punto.
–Supongo que te habrás dado cuenta de los poderes que tenía el agua en nuestro cuadrante para sanar. Así funciona el agua en el Otro Mundo: es curativa.
"¡Vaya!". Pensó Kakarotto.
Su hermano se acercó junto con Kaio-Sama a darle el vaso con el agua de la fuente a una de las mujeres de piel de barro. Era esa mujer que veía a Raditz cada instante, con la ilusión con la que ven los soñadores a las nubes. Raditz fue quien le dio de beber de aquel vaso, sosteniendo su quijada: la mujer estaba herida, muy débil, bastante flaca, incluso para estar muerta.
Eso de algún modo irritó a Kakarotto, se enfadó de ver a su hermano ayudando a esa miserable mujer. No dijo nada, no se quejó, pues eso no era común en él.
–… lo ayuda ¿esta agua los sanara? –su hermano seguía hablando con Kaio-Sama.
–Sí, Raditz, esto los recompondrá.
–¿Cómo es posible que ese sujeto haya tenido encerradas a estas personas?
–No lo sé, Raditz… probablemente ya eran sus esclavos antes de su muerte.
La mujer ya había acabado con todo el vaso de agua, y ahora Kaio-Sama y Raditz se sentaron junto a esos seres de piel de barro –para Kakarotto esas cosas, no le parecían personas, eran muy débiles para que los considerase así.
–¿Alguien como él no debería estar en el infierno? –preguntó Raditz.
–Mira, –Dijo KaioSama– desde hace tiempo se han escuchado de parte de algunos ogros que EnmaDaioh acepta dejar pasar al Paraíso a aquellos que en vida fueron muy poderosos.
Los parpados ya le pesaban a Kakarotto.
-¿Por qué?
Apenas Kakarotto pudo oírlos, ya estaba muy cansado y termino durmiéndose ahí, junto a la fuente. Raditz y KaioSama siguieron charlando de un tema que, en realidad, a Kakarotto, no le importaba. Durmió sonriendo, sonriendo con una risa tan deforme que no era de él.
Bueno, damas y caballeros, con esto concluye otro episodio.
Eso es todo por mi parte.
Te ha hablado tu amigo y vecino.
