DE VIAJE

Fue una noche extraña, una que con aprecio habría de recordar. Raditz evocaba los actos de la noche anterior y cómo fue que por primera vez hubo de defender al inocente, cómo fue que por primera vez hizo lo correcto. Observaba al cielo más claro, cercano a un amanecer que se anticipaba hermoso. Recordó esos ojos que lo miraban con ternura, con un brillo de orgullo; los ojos de esos prisioneros a los que rescató de los escombros. Era una forma de gloria diferente al que había sentido en toda su vida de mercenario, esta era una gloria cálida.

Junto con su hermano se habían sentado en las escaleras de frente al portón, estaban frías, pero por esta vez aquello no tenía importancia. Por esta vez sus manos estaban cálidas, por esta vez sentía calor brotar de su pecho luego de una batalla. Por esta vez su cola no le dolía. Giro hacía su hermano y observó cómo le rebotaba la luz de las farolas, Kakarotto esperaba, con ojos de niño impaciente, ver nacer al sol del horizonte, ambos lo esperaban.

"Que extraño" se dijo para sí, Raditz. La sonrisa de su hermano expresaba satisfacción y orgullo, incluso arrogancia. Era esa misma sonrisa que ya tantas veces había visto en Vegeta, tras conquistar planetas y aprovecharse de las mujeres. Esa sonrisa que se portaba como medalla de Honor ante cúreles asesinatos y salvajes encuentros.

Entonces mejor se puso de pie, sacudió sus pensamientos con la misma brusquedad con la que se enderezo. Observo los autos y a los ogros que habían llegado con ellos, los mismos que ahora atendían a esos prisioneros. Con letras rojas y luminosas, "Autocar" se escribía encima de la puerta lateral de un bus. Ahí KaioSama ayudaba a esos esclavos a subir en el coche. Se acercó hacía KaioSama y se reclinó sobre un costado del Autocar. Una última vez miró a su hermano y tembló ligeramente observando la impavidez de sus gestos: era tan semejante a Bardock, ahora más que nunca.

–La hacienda se consumió por el fuego –Dijo de repente KaioSama–, fue hace más de 100 años en un planeta de la galaxia este.

–¿De qué habla? –interrogó Raditz.

–¿No era eso lo que me preguntabas anoche?

Sí, eso lo mantuvo pensativo hace unas horas. El fuego es justiciero, su poder destruye a los buenos y a los malos, a los justos y a los criminales, nada puede interceder contra él. Hace unos momentos, cuando Raditz estaba todavía sentado en los escalones junto a su hermano, noto que en el suelo de las gradas había quedado ceniza como recuerdo de la última noche de aquella Hacienda. Una simple noche el fuego había devorado a ese extraño sujeto, dueño de la hacienda, a su asquerosa mascota y a todos sus esclavos. En efecto, el fuego no hizo distinción de quien merecía la salvación y quién no. La condena final que a todos no espera es arder en llamas, deseando poder resurgir en otra vida.

–¡Quédese quietogro! –gritaba uno fortachón ogro que, junto a su compañero, tomaba de los brazos al sujeto ese y lo subían a una camioneta blindada. El dueño de la Hacienda, de quien nunca le intereso saber el nombre, tenía la mirada perdida, vacía y obscura. Su alto fleco ya no existía, se había caído sobre su cabeza y los mechones de su pelo sedoso ocultaban una sonrisa malformada.

–¿Qué fue lo que ese sujeto hizo para merecer el Paraíso? –le preguntó Raditz a KaioSama.

–Bueno, Raditz. Aunque haya mantenido esclavizadas a tantas personas, lo hizo con un buen fin. En vida, el dueño de la Hacienda había contribuido para que un doctor realizara experimentos en busca de curas para muchas enfermedades. Sus aportes salvaron miles de vidas, el pueblo de los Yadrat, por ejemplo, suelen usar esas medicinas para muchas de sus enfermedades.

KaioSama dejo de explicar y Raditz dejo de escuchar cuando la atención de ambos se enfocó hasta un baúl que cargaban los dos ogros. Un baúl de madera oscura, reforzada por sus bordes con acero. Ahí estaba encerrado ese engendro oscuro y deforme que los puso en problemas, tratando de escapar, golpeándose contra las paredes de madera buscando escapar. Los ogros arrojaron el baúl a la camioneta junto con el dueño de la hacienda, un ogro subió junto a ellos y el otro se dirigió al volante del auto.

–Los esclavos fueron usados para las pruebas del doctor, muchos de ellos murieron de un ataque al corazón antes del incendio –remató KaioSama, antes de salir a buscar su Volkswagen.

Eso atrapo a Raditz en dudas. "¿Qué fue lo que ese sujeto hizo para merecer el Paraíso?" ¿Qué fue lo que hizo para merecer resurgir del fuego?... el fuego te destruye, te aniquila, no le importa ni tu raza, ni tu estatus. No, ese no es el fuego, esa es la muerte. La muerte es la justiciera, la que no hace ninguna distinción, es la condena final. No tiene razón ni sentimiento cuando marcha a buscar presas. A veces incluso, prefiere llevarse al padre que se sacrifica por su hijo que a un ser sin alma, como lo era Cell.

Observó a su hermano, este seguía explorando todo el cielo celeste, esperaba en el horizonte alguna señal del sol. Su aureola lo delataba como un perdedor, alguien que, pese a todo su poder, no pudo escapar de la muerte y su velo escarlata. ¿Había valido la pena? ¿Había valido la pena sacrificarse para que Cell regresara de todas formas?

Raditz metió su mano dentro de su traje y sacó el pedazo de eratista que siempre llevaba consigo. Jugar con ella en sus dedos lo distraía de ese mal hábito de divagar su cabeza y perder noción del mundo a su alrededor.

¿Había valido la pena que el fuego devorase toda esa Hacienda si, de todas formas, en la muerte los esclavos seguirían en su miseria?

¡No, maldita sea! Eso no era justo, Enma Daioh estaba equivocado en dejarlo acceder al Paraíso a ese sujeto. Pero qué sabía Raditz de justicia, solo era un saiyajin. Observó otra vez a su hermano, bailo la piedra en su palma. Bueno, no era un saiyajin cualquiera, era hijo de Gine, era el hermano de Kakarotto, del sujeto que destruyo a Freezer ¿Acaso el merecía estar aquí, en el Paraíso, aun si fuera por su hermano?

–Oye –escuchó detrás de sí una voz mecanizada, sin personalidad.

Se dio la vuelta y se encontró con esa esclava a la que había rescatado y a la que había servido el agua. Estaba temblando y no podía levantar su cabeza, tenía en su mano un aparato semejante a una grabadora. La muchacha levanto un poco la mirada y al verse los dos, volvió a bajarla. Tomo ese aparato de su mano derecha y habló hacía ella en un susurró. Al callarse presiono un botón rojo del aparato y este dijo, con su voz sin personalidad.

–Solo, solo… quería agradecerte por lo que hiciste por mi… y, y mis hermanos, claro.

Ese aparato parecido a una grabadora era un traductor, ya lo había usado antes el mismo Raditz.

–Agradecer no es una obligación –dijo él. ¿De dónde sacó eso?: su madre se lo había enseñado.

Era otra vez esa gloria cálida, la que le recordó las cosas que alguna vez aprendió de Gine –de ella también aprendió a ocultar su sentimientos, su debilidad.

La chica finalmente levanto su delicado rostro y se miraron un momento a los ojos, ojos rojos y ojos negros, dos pares de ojos perdidos.

Accidentalmente la eratista se resbaló de sus dedos calientes. Cayó sobre el suelo de coníferas y se mantuvo entre las hojas brillando en tenue resplandor rojizo, encantador y seductor. La muchacha inmediatamente se reclinó para levantarla, esta era su forma de agradecer, esta modesta atención que tuvo ella con él. Era como si la gloria cálida hubiera cobrado vida solo para recoger la eratista.

Ella le extendió la palma, con la piedra preciosa en ella. Pero Raditz negó aceptarla, con su mano hizo que la muchacha cerrara su puño y con ese gesto dejo claro que quería que ella se quedara con su eratista.

La gloria se hizo más reconfortante.

–¡Vámonos! –grito uno de los ogros, Raditz miro detrás de él: el amanecer ya estaba cerca.

Junto con su hermano subieron al Autocar y se sentaron juntos, Raditz iba a la ventana, por donde la tercera fila. Su hermano iba con él, por el lado del pasillo, su sonrisa era imborrable. La muchacha se sentó sola casi al final del pasillo, jugando con la eratista que le había regalado. Pero ella no la usaba para entrar en contacto con la realidad, como Raditz trataba de hacer; ella se perdía en su propio mundo al hacer girar la eratista.

KaioSama iría en un Remolque detrás de ellos, un coche blanco con una franja azul que Raditz podía ver desde su ventana, transportaba con un gancho el Volkswagen del Kaio. El Ogro conductor del Autocar encendió el motor, mientras la luz de un amanecer cercano resplandecía en las ventanas de la Hacienda. El bus se puso a andar, detrás del Bobcat y delante del Remolque. Raditz, observó a su hermano, pensó un momento y le dijo.

–Por fin veras a tu familia –su voz sonaba cansada.

–Sí –respondió Kakarotto–, pronto serán seis años… –inmediatamente después soltó un largo bostezo.

Se durmieron antes de haber cruzado al próximo cuadrante, rendidos cayeron por la esencia de los sueños, nuestros protectores. Kakarotto durmió sobre el hombro de su hermano y la cabeza de Raditz se apoyada en el asiento.

Un sueño es donde nuestra alma expresa con libertad sus amores, sus desánimos, sus alegrías, sus temores. Es el patio de juegos para nuestro subconsciente, es el parque en donde solíamos jugar de niños, es ese lugar especial donde somos quienes somos, quienes deseamos ser.

Donde nuestra vida se condensa en una pintura surreal.

Black Fada alguna vez fue la ciudad donde los Saiyajin establecieron su sede, donde el Rey Vegeta erigió su imperio. Pereció junto con todos sus habitantes el día que Freezer condeno a todo Plant a desaparecer. Sin embargo, Raditz aun recordaba esa ciudad, él creció en ella; rodeado de diferentes razas más que los saiyajin, en una sociedad tosca y deforme.

Ahora había regresado, esta noche, en esta pesadilla. Un Raditz ya mayor se encontraba sí mismo en el baldío arenoso que alguna vez estuvo cerca de su casa. La cabeza la daba vueltas, sus manos se sentían entumecidas, era una nostalgia maligna, había regresado a un recuerdo del que siempre quiso huir.

El viento se metió por entre su largo cabello, el sol quemaba sobre su cabeza. Las casas se presentaban más destrozadas que antes, miserables fueron sus destinos así como el de todos los que alguna vez vivieron en ellas. Pero Raditz, petrificado se quedó cuando encontró, en medio del baldío, atrapado por cortinas de vapor, el cuerpo de un guerrero atravesado por una lanza en medio del pecho.

Apoyado sobre una piedra gris, ese sujeto observaba los ojos de Raditz en una profunda llamada de auxilio. Era un sujeto joven, con una frondosa barba y un largo cabello, la piel era tan pálida que podía resplandecer en ella la luz de sol. Su armadura de saiyajin estaba perforada por la lanza en su pecho, sobre ella se extendía un denso río de sangre. Un rio que se habría paso por la arena y llegaba a rozarse en la bota de Raditz.

El saiyajin no pudo hacer nada, no sabía cómo, estaba prisionero de su propia incertidumbre. Balanceándose entre un pasado que lo atormentaba, que había endurecido sus facciones y cicatrizado su corazón; y un presente que le brindaba el poder para resurgir de las cenizas. Un presente que le había brindado una nueva forma de gloria.

Se acercó con el sujeto y este, al notarlo cerca, susurro agonizantes palabras: "sin límites". Le dijo y Raditz escuchó atento, debía de recordar todo lo que fuera importante de este sueño. Tomo la lanza del asta de la empuñadura y tiro con fuerza, tiro una y otra vez, provocando gritos de dolor en el sujeto cada que Raditz fallaba. Esos gritos se escapaban por toda la ciudad y provocaba un eco espantoso por entre las calles.

Eran inútiles sus intentos, era demasiado débil, eso se lo repitieron su padre, Nappa y Vegeta. Así se sentía en este momento: desmerecido. No podía socorreré a aquel sujeto, no podía ayudarlo aunque este se lo suplicara con voz moribunda. Pero tampoco iba a dejarlo morir, no iba a dejar escapar la gloria que tanto anhelaba. Tiro un par de veces más del asta, peor aun así, apenas si pudo levantar la hoja curva, tiro otras tres veces más, luego de eso ya no pudo continuar.

Su cola le empezó a doler, su punto más débil.

Y así, como la aurora rompe con la oscuridad y suelta un espectáculo de luces, del cielo cayó una delicada lluvia que rompía con el caluroso recuerdo de tiempos malditos. Las gotas de lluvia delgadas caían en el espeso cabello de Raditz, gotas que morían al desplomarse en su nuca y le serenaban la tensión acumulada en sus músculos.

Era una lluvia melancólica, pero con un sabor dulce y esperanzador. Raditz elevó el rostro hacía el cielo, dejándose empapar por la lluvia, dejándose sanar.

Ya, ya mi niño, yo estoy aquí y te cuidare –escucho que le decía la lluvia.

–Muchachos –ambos hermanos, fueron despertados por KaioSama cuando el Autocar se había detenido en medio de un inmenso llano a prima noche.

–¿Qué? –Dijo Kakarotto– ¿Qué día es hoy?

–Ya paso medio día –respondió el Kaio– Tienen el sueño pesado.

El Kaio se alejó por el pasillo y los dos hermanos dispusieron de pocos segundos para reanimarse y seguirlo. ¿Sera este el lugar para el cuál viajaron? ¿Será este el destino el que superaría cualquier trayecto? Raditz se agito el cabello sobre sus hombros y luego se restregó los ojos con el dorso de sus manos. Kakarotto estiró sus brazos al tiempo de liberar un rugido trasnochador. Bajaron del bus e inflaron con profundidad sus crudos pulmones de un aire que no existía.

–Gracias por el aventón –agradecía KaioSama al remolcador de su coche, mientras este acomodaba su Volkswagen a un costado de un camino hecho de piedras.

La boca de Raditz le sabía amarga, estaba seca y sus labios estaban crudos. Observó el cielo por encima de él y contemplo el cielo más estrellado y lleno de vida que hubo de conocer todo este tiempo. Un cielo decorado de constelaciones magníficas y una luna en cuarto menguante que era simplemente esplendida. Su hermano camino de frente a él y le preguntó a KaioSama.

–Oiga, KaioSama ¿dónde estamos?

–Pues a donde queríamos llegar, este cuadrante es exclusivo para Uranai Baba.

Su hermano, pese a lo que todos pensaríamos, no contesto, no expreso ninguna señal de euforia, solo se quedó callado, posiblemente asimilando el mensaje. Kakarotto soltó un suspiro extraño y fue junto a KaioSama por el camino de piedras que llevaba hasta un templo circular, que majestuoso se imponía sobre el llano.

Si Raditz miraba arriba, encontraba estrellas. Si miraba al horizonte, en lugar de algunas cordilleras, solo había más estrellas todavía. Cuando miro detrás de él, sin embargo, encontró otro tipo de estrella, esta era roja, era hermosa como solo podía serlo su eratista. Desde la ventana se despedía la esclava a la que había liberado, a la que había regalado su preciosa piedra.

Se despidieron agitando la mano y ese momento fue la última vez que sus vidas se cruzaron. Ya jamás volvió a ver esos ojos rojos, pero tenía la certeza de que la muchacha lo recordaría cada que hiciera danzar la eratista. Raditz se dio la vuelta y siguió el camino empedrado.

Una noche calurosa, una noche que se escribiría en su recuerdo como un tallado sobre un pedazo de mármol. Lejos de ellos, una construcción circular de piedra, con un enorme techo que lucía como los tambores de los soldados que marchan a su muerte. A su muerte misericordiosa.

¿Es inocente un hombre que lastimo a muchas personas por salvar a otras? Se preguntaba Raditz, atraído por los pensamientos, por el recuerdo de la pesadilla que tuvo durante el viaje ¿Un idiota en el trono es inocente sólo por ser un idiota? El jamás fue un santo, no tenía moral para juzgar a otros. Pero desde haberse reencontrado con su madre en las aguas ponzoñosas del infierno revivió todo lo que alguna vez aprendió de ella. Ella si tenía la moral para juzgar.

¡No! ¡Un hombre es culpable por todo el daño que provoco directa o indirectamente! Aunque, pensando de esa forma tan ajetreada, pensó que así nadie merecería el Paraíso. De pronto la cuestión fundamental no era si él merecía estar en el Paraíso por la gloria de su hermano. Era si su hermano tenía la gloria suficiente para merecerse el Paraíso.

Buscó a su hermano por los costados y cerca de KaioSama. No estaba. Lo había perdido de vista mientras se despedía de la muchacha. Y al sentirse atraído por una fuerza, giro detrás y halló a su hermano parado con la frente hacía abajo, rendido, indigno de pasearse por estos lares.

–Kakarotto ¿Qué es lo que te sucede? –preguntó entonces.

–No puedo hacerlo, Radiz. –Respondió Kakarotto con vos débil– No puedo verlos… Perdón si piensas que soy un cobarde.

Raditz bajo las armas, no reprocharía nada. Hay veces en que unos ojos confundidos necesitan guía más que reproches.

–¿Por qué? ¿No era esa la razón de llegar hasta aquí? ¿Qué veas como está tu familia luego de seis años?

–No… o en realidad no lo sé. ¡No sé qué me pasa! Solo no puedo.

–A ver… Kakarotto, cruzamos por no sé cuántos cuadrantes, pasaste noches sin dormir conduciendo ese remedo de auto.

»Nos enfrentamos a ese monstruo por llegar hasta aquí, solo para que ahora me digas que no puedes ver a tu familia… –lo mira con compasión, con lastima, tal vez en verdad su hermano no pertenecía a este lugar, a este Paraíso.

»Y no me creo eso de que no sabes el porqué.

El silencio se pobló de estrellas ese momento, nada se escuchaba en el aire. Eran solo dos respiraciones arrítmicas, encerradas en un tren que viajaba entre ellos, un tren fantasma que los atravesaba en intentaba cambiar los papeles. Kakarotto, ya no era un héroe y como el mundo necesita equilibrio, esa idea de héroe buscaba aferrarse al primer corazón que hallase. Incluso si era el de Raditz.

Raditz miraba a su hermano con furia, ya no toleraba más esa actitud suya. Se la soporto por más de diez años dacianos a Bardock. Esto era el colmo en su hermano. Tenía tantas cosas en común con su padre.

–Raditz yo no sé porque me pasa todo esto, –dijo Kakarotto– mi familia me importa, lo digo en serio per…

–… ¡Si te interesaba tanto tu familia! ¿Por qué los dejaste en primer lugar?

–No lo sé ¡por tonto!

–Me ocultas algo. –chistó y giro a ver a otro lado.

–¡Raditz, esto es todavía peor de lo que parece! Yo solo trataba de protegerlos de las amenazas ¿entiendes?... de cualquier tipo de amenaza.

Muchas veces un héroe, es mucho más complejo de lo que pensamos.

Desde que se reencontró con sus padres y su hermano, los pensamientos de Kakarotto se vieron ofuscados por una imperecedera duda. De repente había brotado en él una pregunta singular ¿Quién soy? ¿A qué mundo pertenezco? Fueron alguna vez preguntas vacías de las que Goku creyó tener las respuestas. Mentira. Nunca las tuvo. Y cuando se dio cuenta de eso se halló a mitad de un abismo.

Buscando definirse, despreció toda su vida en la tierra, despreció que lo compararan con los terrícolas inferiores y desprecio alguna vez haberse juntado con ellos. Los destruyó de su vida, los olvido. No podía extrañar lo que no recordaba. Para él le resultaba sencillo aparentar que jamás había conocido a Yamcha o a Puar. Que jamás había estado en un lugar llamado "Isla Papaya". Que jamás hubo de recorrer todo ese decrepito mundo.

Porque bien sabía Kakarotto que había algo que jamás podría ocultar: su herencia saiyajin. Los amigos se olvidan, la familia es eterna. A donde fuera que marchara, todos reconocerían su cabello en siete puntas y lo llamarían un "hijo de Bardock". Si alguna vez hubo de llevarse bien con los terrícolas, fue por su madre, por su actitud bondadosa que se le heredo. Todo eso era real, todo lo que estaba inscrito en su sangre era de verdad.

Goku jamás fue su nombre real, Kakarotto sí. Esa era su respuesta.

Mas sin embargo había un pedazo en la tierra del que no podía separarse, uno que no podía ocultar con facilidad. Un lugar hermoso que se había aferrado a su corazón, permitiéndole latir con la ferocidad de un héroe: Paoz. Y tenía miedo, mucho ya le había costado alcanzar esa respuesta y esa pequeña casita en medio de unas montañas podía desmoronarlo todo.

Habían viajado hasta estar de frente a ese templo circular, ahora, Kakarotto ya no podía continuar. Todo el trayecto le hizo dudar del destino, acaso este destino era tan falso, que incluso el camino le parecía más auténtico. ¿Valió la pena cruzar el camino amarillo para que el Mago fuera una farsa? (sí, así es, Goku alguna vez vio el Mago de Oz en la casa del Maestro Roshi)

Uranai Baba salió apresurada del templo, mientras Kakarotto y Raditz aun discutían. Su necedad finalmente doblegó a Kakarotto, quien, sin más reparo, accedió a entrar en el templo. Accedió a dar por fin un cierre a toda su duda, esperaba ver que en Paoz, no hallara algo que sacara lo poco de Goku que quedaba en él.

–Vamos, vamos –gritaba Uranai Baba– no tenemos todo el día.

El enorme vestíbulo a la entrada era iluminado por la tenue luz de la luna, una inscripción en la pared, por encima del dintel de la puerta, escribía: "sinceri animi puritatem" Una palabra encima de la otra, cinceladas sobre una piedra perfecta y pulida. Era un sensación de solemnidad extraña para el saiyajin y, obviamente, también para su hermano. Desconocido era ese silencio, tan curioso y enigmático, que generaba una inercia que obligaba a Kakarotto a estar más cerca de su hermano. Uranai Baba repasaba el lugar corriendo buscando libros ¿dónde estará su bola de cristal?

Entraron a un pasillo enorme que daba una vuelta a un Altar mayor resguardado de doce columnas. KaioSama tomo asiento en una enorme silla de madera oscura. Uranai Baba pasó frente a ellos cargando libros. Kakarotto continúo junto a su hermano. Uranai Baba volvió a pasar frente a ellos sin los libros. La vieja bruja había dejado sus libros sobre una gran mesa a un costado del pasillo.

–Vengan, vengan –llamó la bruja desde ese altar, donde la luz de la luna coronaba el final de un camino –su madre vino aquí hace unos días en una motocicleta –su voz producía eco– Tuve que contarle todo, es muy terca.

Kakarotto miró por donde sus botas azules: en el azulejo del piso, aprecia pintados rayos de sol naranjas, amarillos y rojos. Todos nacían desde el altar, el que con la luz lunar se magnifico cual sol. Pero para Kakarotto eran brazos naranjas, amarillos y rojos que lo jalaban hasta una respuesta que ahora mismo no quería saber. Era un cobarde, ahora mismo, ser cobarde valía la pena.

–Su madre lo vio todo desde mi esfera de cristal –culminó Uranai Baba. Pues sí, en el centro del altar, en un podio de hierro de brazos rubios, se encontraba su esfera de cristal, cual espejo de la luna– Raditz, muchacho. Ayúdame con esto,

Raditz le ayudo a la vieja bruja cargando algunos libros que luego dejo en la gran mesa a un costado del pasillo, casi como un acto contrario a un saiyajin.

Por su lado Kakarotto se observó reflejado en la esfera de cristal, analizo cada una de sus facciones: su cabello, su rostro, sus ojos y su sonrisa. Su sonrisa tan deformada y destrozada, ya no existía esa sonrisa de niño, se había perdido por ahí entre sus pensamientos. Y entonces, vio una ilusión, un recuerdo encerrado en la esfera. Era ella, Milk, era su sonrisa.

–No eres de todo un mal muchacho –le decía Uranai Baba a Raditz.

Ella se acercó hasta Kakarotto y le dijo:

–Si quieres, puedes verlos solo desde la esfera o convertiste en un fantasma.

–¿Un fantasma?

Uranai Baba suspiró y entonces dijo algo que término por convencer a Goku de volver con su familia.

–Mira, muchacho. Cuando tu abuelo, Son Gohan, quería verte y cuidarte pero sin usar su único día para estar en la tierra se convertía en un fantasma. Tú no lo podías ver ni oír, pero él siempre estuvo contigo.

–Lo hare –dijo Goku de inmediato, se lo debía a su abuelo.

–Toma los mangos del podio que están a los costados de la esfera –Goku así lo hizo –Mantén tu vista sobre la esfera y pronto podrás verlos, suerte –Goku miro fijamente su reflejo en la esfera– Pero recuerda, muchacho, si decides interactuar con ellos, si decides que ellos te vean, eso te revivirá por un día y ya no podrás volver a ser resucitado por mi magia.

Un frío le recorrió el pecho y la garganta antes de comenzar, antes de que un viento turquesa inunde sus pupilas. No supo cómo había llegado ahí, pero estaba agradecido de ello. Goku había vuelto por una noche, un regreso anticipado y entusiasta: una aventura a la que iba a dar fin. Sus brazos pudieron sentir la hierba raspándole la piel, su cabellera, los poderosos vientos de las altas montañas; sus ojos, la grata imagen que se prendía frente a él. Su hogar lejos de casa, Paoz.

Entonces tomo vuelo y busco una de las ventanas de las que alguna vez fue su casa. ¡Estaba perdido! Ya no se movía con la misma facilidad que en su juventud por esas tierras, no, ya no más. Los árboles habían crecido y estirado sus ramas entre ellos cual abrazo fraternal. Y la encontró, era curioso, ella siempre llegaba cuando él estaba perdido, ella siempre le daba una guía entre las ruinas de sus sueños y el inmenso desierto del olvido.

Ella fue la que le dio fe, cuando ya no le quedaba algo en que creer. Milk.

Ahora más que nunca deseaba abrazarla, ahora que Uranai Baba le había permitido verla. Ahora que recordaba lo dulce que era cuando cocinaba. Ahí estaba ella, con un moño alto en su cabeza, preparando la cena para sus hijos. La vio embobado, distraído de los grandes silbidos que soltaba el viento. Ella se movía con la destreza de antaño, con el mismo ímpetu, con la misma vitalidad.

Y la puerta fue abierta, y de ella entraron dos muchachos con tanta energía que calentaron un ambiente atrapado por los vientos gélidos. ¿Ese era Gohan? Ese al que Milk le recibía con un abrazo ¿Tanto había crecido? Ya estaba más alto que Milk. Y ese niño, ese que llego tan envuelto en abrigos, chalinas y gorros. Se hablaron entre ellos y Goku no pudo escucharlos, la olla de presión sonaba demasiado alto. ¿Acaso se niño era su segundo hijo? Pues se parecía a él, sí.

Que alegría sentía, cuanta euforia brotaba de su pecho ahora mismo. Milk estaba llena de vida, Gohan había crecido mucho y su segundo hijo estaba bien. Ese niño que jugaba con un cisne de papel mientras Milk servía la cena. Ellos compartieron una felicidad que Goku extrañaba mientras cenaban.

Lastimosamente aquel momento duro tan poco, paso demasiado rápido por frente a los ojos de Goku, quien embelesado añoraba sus mejores momentos viviendo en Paoz. "Gohan está tan grande y fuerte" Se dijo, que emocionante sería poder decírselo. Soltar todo el peso que se acumulaba en su espalda.

Cuando terminaron la cena y los niños subieron a acostarse. Luego de que Milk lavara los platos y recogiera los juguetes que estaban tirados por todo el piso de la sala. Goku se acercó hasta la ventana de la que alguna vez fue su habitación. Hacía un frío increíble, que era arrastrado por los grandes vientos que llegaban del sur; y en cambio, la habitación se sentía tan cálida, tan cómoda.

Milk llegó a la habitación y Goku la observaba desde fuera de la ventana. Era ella el final de este viaje, eran ellos lo que buscaba. Este era el final del camino. Y aun sí no lo fuera, este camino lo quería continuar con Milk a su lado. Tal vez ella era la guía que necesitaba, era la pieza que le hacía falta en su búsqueda.

O no.

Porque aunque era la misma mujer con la misma sonrisa y el mismo cabello, ese cuerpo desnudo que se colocaba el camisón no lo recordaba. ¡Maldición! De tanto haber olvidado término por sepultar el recuerdo de cómo se sentía su piel rozando con la suya. O quizás, ese recuerdo nunca existió.

Milk se recostó en la cama haciendo de su vida un ritual enigmático y pulcro. Una cotidianidad atrapada por seis años de completa rutina tan normalizada que se había vuelto invisible. Era la misma habitación que compartieron, era el mismo cielo que surcaron alguna vez. Era esa misma sensación. Goku podía olvidar muchas cosas, a veces más de las que quería. Solía olvidar muchos momentos, pero sin duda jamás habría de olvidar como se sentía en esos momentos. Sencillamente, Goku no podía olvidar el amor.

Para qué seguir buscando si este era el lugar en donde amo, esa era la voz que extrañaba, la que en sus pesadillas lo llamaba. La voz que ahora, partida por el llanto, susurraba: "¿Por qué lo hiciste?".

Milk había apagado la lamparita que daba luz a su habitación y, protegida por el manto de la noche y la luz de la luna, lloraba miles de plegarias. Le lloraba a él. Lloraba por su regreso: "¿Por qué te fuiste?"

Que desdicha, esto era lo que Kakarotto necesitaba para saber que tenía razón. Él no la merecía y punto. "¿Qué te hice?" Seguía llorando Milk y mientras más gruesas se hacían sus lágrimas, más grande se hacía el miedo de Goku. Y con el poco valor que le quedaba, levanto la palma hasta casi rozarla con el cristal de la ventana, asustado mientras veía llorar a su amor. Tan asustado como lo estuvo cuando escucho a sus padres discutiendo.

Era un niño y los niños aman con torpeza.

Entonces le dijo, rezando que pudiera escucharlo aunque bien sabía que ella estaba mejor sin él.

No sé si puedas verme u oírme, pero estoy aquí, siempre estaré aquí– ¿Por qué de repente ser valiente costaba tan caro?

Y finalmente se marchó. Porque al haberla visto llorar, al haberse dado cuenta de todo lo que causo. Se dio cuenta de que todo lo que había dentro de esa casa, sus hijos y su esposa, su vida como humano; era una farsa. Era tan irreal como el resto de las cosas que había dejado en la tierra. Le costaba decirlo, pero ese amor, no era de él. Ese amor era de Milk, se lo había dado ella. Por eso estaba llorando.

Y era mejor dejarlo así, ya no más. Kakarotto estaba mejor así. Y aunque Goku recorrería todo el viaje, los seguiría amando, en lo más profundo de su averno.

Y su cuerpo recupero el calor y el turquesa se alejó de sus ojos. Ya no era más un fantasma, ya había vuelto con su hermano y Uranai Baba.

–¿Por qué no lo hiciste? ¿Por qué no le hablaste? ¿No era eso lo que querías? –le interrogó de inmediato, Uranai Baba.

Pero Kakarotto no podía responder, estaba hastiado de todo lo visto y necesitaba recuperar su aire. Se acercó a la mesa donde la bruja y su hermano habían dejado los libros, cuyas inscripciones en idiomas extraños le causaban un increíble dolor de cabeza.

–Es que ellos… –dijo Kakarotto –están mejor sin mí –Uranai Baba se acercó a él.

–¿Cómo puedes decir eso muchacho? Ellos no están bien si ti, ellos te necesitan.

–¡No es cierto! –Se dio la vuelta abruptamente y miró a Uranai Baba a los ojos, inmediatamente luego de eso ella se fue a hablar con KaioSama con un claro gesto de reproche.

Gine y Bardock tuvieron un viaje aburrido para llegar al templo del que ahora salían. Y tuvieron que esperar por horas todavía más aburridas para que Enma Daioh pudiera atenderlo, horas que, claro, pasaron entrenando de vez en cuando a las afueras del templo.

–Que porquería –dijo Bardock, obviamente estaba muy enfadado, hace poco que discutió, con toda la terquedad de un saiyajin, contra Enma Daioh.

–Bueno, Bardock –respondió Gine, optimista –. Al menos ya sabemos dónde están los niños, alégrate.

–Eso lo hubiéramos sabido sin haber venido a este lugar a perder el tiempo.

–Ya basta, Bardock –de vez en cuando, la única manera de afrontar el ego de Bardock era actuar como si fuera su madre –. Si no te hubieras detenido, el Daioh nos habría arrojado y tal vez no hubiéramos vuelto a ver ni a Kakarotto, ni a Raditz; tal vez no hubiera podido ver a mis nietos, tal vez…

–… está bien, lo siento –interrumpió, Bardock. Tampoco es que a él le gustara escuchar regaños.

Y era el silencio lo que le continuaba a esos regaños. Un silencio tan perenne e irrompible hasta que alguno provocara una risa en el otro. Está vez nadie lo hizo y tal vez se debiera al cansancio o la tozudez propia de los saiyajin ¿Por qué eran así? ¿Por qué los saiyajin imponen su ego antes que cualquier cosa? Eso le desagradaba a Gine. Pero ella también lo hacía, era una manera de ser caprichosa que, más que desagradable, resultaba tierna.

"¿Acaso sabes algo que no has contado, Bardock?" recordaba que había interrogado Enma Daioh. Sera que es así, será que pese a todo él le siga ocultando cosas. Algo en ella le decía que aquello no debía sorprenderla, que Bardock tenía derecho a ocultar secretos, no es como que ella nunca le haya ocultado secretos.

Y es que escondemos secretos por el miedo ¿Miedo de qué? ¿De los otros? ¿A qué le temía Bardock?

Ahora, todavía consumidos por el silencio, tanto Gine como Bardock tomaron el avión que los llevaría al planeta del Gran Kaio, a donde sus hijos se dirijan. Ese dichoso torneo al que Bardock quería entrar.

Kakarotto se asomaba por una ventana de la docena que se extendía por las paredes del tambor en la parte superior del templo. Desde ese pequeño cristal se admiraban las constelaciones fosforescentes de leones y pirámides, de guerreros y sus espadas empuñadas contra esa sonrisa que era la luna.

Si darse la vuelta, sin tener que dejar de imaginarse miles de historias con los astros, escuchó la voz de su hermano, tan serena y diferente, tan única y real.

–La razón por la que no quieres verlos, tiene que ver con tus pesadillas ¿no es cierto? –Raditz lo tomo del hombro.

Kakarotto apenas si lo vio por la rabadilla del ojo, de algún modo eso le confeso lo que Raditz temía.

–¿Cómo no me di cuenta? Debe ser por la culpa que sientes –dijo su hermano acercándose junto a él por la ventana.

–No, Raditz, no es la culpa. Me aleje de ellos para que pudieran estar a salvo y lo están, no tengo de que sentirme culpable si ellos están bien.

Los corazones rotos son el resultado de malos momentos, nuestro corazón se hace pedazos cuando alguien nos daña hasta en lo más profundo de nuestro ser. Pero ¿qué pasa cuando eres tú quien se rompe el corazón? ¿Cuándo eres tú quien se daña? Este es el resultado que encuentras cuando has vagado sin rumbo en tu oscuridad. Los niños rompen sus cosas para saber cómo funcionan, para saber cómo son. Goku rompió su corazón para ver que hallaba adentro. Lástima que no halló nada.

–Sé que dije que me fui por proteger a mi familia de las amenazas, pero no solo se trata de eso, Raditz… es mucho más.

–Explícate –Raditz era su hermano, y ahora su amigo, su más cercano amigo y quizás el único que le quedaba.

Tomo aire y soltó, sin titubar.

–Raditz yo no atraigo las amenazas, yo soy la amenaza.

–Sigo sin entender.

–Pues… haber… –en aquel momento, Kakarotto entregó un pedazo de su corazón a Raditz– recuerdas que hace mucho tiempo me preguntaste qué como era Milk en la cama.

–¡Je! Claro que lo recuerdo, pero eso que tiene que…

–… No lo sé –Interrumpió– No sé cómo es hacer el amor con ella.

–¿Cómo que no lo sabes?

–No lo sé, no tengo ningún recuerdo de esos momentos.

–Pero claro que lo hicieron, tienen dos hijos…

–¡Si! Lo hicimos, y varias veces… tengo recuerdos de los momentos antes de todo eso, pero luego… todo está oscuro, y no recuerdo nada de eso hasta la mañana siguiente.

Y Raditz guardó silencio, como tomando ese pedazo de corazón de su hermano y diciéndole que lo guardaría hasta saber cómo repararlo.

–Eso es lo que me aterra, Raditz… pensar que podría hacerle algo en esos momentos que no soy yo. Y eso me ocurre otras muchas veces, como cuando entrenó a Gohan y tengo miedo de pasarme de la raya. No sé qué hacer para solucionarlo.

Raditz le sobo la espalda y le agito el cabello.

–Hace tiempo –dijo su hermano– dijiste que realizarían un torneo en este mundo por la muerte de KaioSama.

–¿Quieres ir?

–Quiero partirle el trasero a algunos competidores.

–Jejeje. Bien, habrá que avisarle a KaioSama que iremos con él.

Salieron del templo, uno llevaba el corazón roto, el otro lo llevaba más blando. Mucho que aquella vez que se rencontraron por primera vez, ese día en Kame House, ese día hace ocho años dacianos. Raditz era tan diferente al que conoció aquella vez, como si hubiera otra persona, más tierna, debajo de un falso disfraz de mercenario.

–Gracias Raditz.

–Ni lo menciones, ambos somos hijos de la misma madre ¿o no?


Y bueno, gente. Esto es todo por hoy. Espero a partir de ahora entregar un nuevo capitulo con un poco más de regularidad. Sinceramente me encanta como es que está quedando está historia y los giros argumentales que están por venir. Y bueno, gracias por las reviews, en verdad, son las mejores.

Te ha hablado tu amigo y vecino.

NightMare.