Hey, buenas a todos. Finalmente he vuelto, luego de que la universidad me devorara :v... bueno, eso y que ya me llegan pocos reviews y mi fragil autoestima no lo soporta okno... solo broma. Bueno para continuar quiero dejar algo en claro, algo que quiero que entiendad de mis fics y mi modo de consevir las historias. Dicen que exiten dos formas de narrar: una que es decripitva y se dedica solo describir situaciones desde un punto de vista objetivo; otra forma de narrar que es perseptiva y es donde el autor tiene la libertad de decir su punto de vista con respecto a un tema. Es aqui donde me desenvulevo, toda mi historia es una destruccion del cannon oficial (en este capítulo se daran cuenta de ello, lo que vimos en Dragon Ball Z no es lo que yo hoy contare, hoy contare mi punto de vista ante el asunto de Goku como héroe) y recreacion casi total de la historia en pro de lo que me gustaria que fuera. Que a final de cuentas es así como nacieron la mayoria de los fics.
Apartheid
Iban montados en un avión de seda gris por sobre nubes amarillas en el cielo nocturno. Nubes que eran huecas, que estaban hinchadas y extendidas circularmente sobre un mundo que se había vuelto aún más disparatado. Era un avión que lucía endeble, que daba brincos desordenados por entre las estrellas, que se tiraba en picada contra un mar de desconcierto. Ahí donde los lúmenes del sol ya no llegaban.
Observó desde su asiento esas estrellas que saturaban todo el cielo, y que componían formas y pensamientos, melodías e historias. Entonces vino a la mente de Bardock el lejano verano cuando Toma le presentó a la nueva cadete, una tarde de lluvia. ¿Qué sería de él si no hubiera salido de su casa ese día, si simplemente hubiera renegado esa mañana como tantas veces lo hacía? Seguramente esa cadete ahora mismo no le estaría azotando el aire frío de su aliento al cuello, como solo lo hace al dormir en su pecho.
Ella era tan tierna, tan complicadamente afectuosa, pero también era muy fea. Es que Bardock no podía entender como la gente encontraba hermosura en algo sin sustancia, como un pedazo de carne y piel amoldado a un cráneo deforme por los golpes. Cómo podían encontrar seductor un cabello sin lavar, como podían encontrar comodidad en un cuerpo hecho de músculos duros que en lugar de acoplarse a su cuerpo, lo rechazaban.
Bardock dejo de mirarla, y no porque sintiera algo extraño al ver sus largas pestañas, sino más bien por ese ardor que se pronunciaba en su cicatriz. Estaba enamorado, era un loco apasionado, y es que hace falta pasión para amar algo tan feo. Pues si de verdad alguien se ha llegado a enamorar, se ha enamorado de las imperfecciones, de los deslices en su rostro y cuerpo, de la imperfección de su alma.
En efecto, Bardock amaba el modo en que el cabello sucio de Gine se acomodaba a su quijada.
Le acarició el hombro, ella temblaba. Temblaba de frio y de miedo, de angustia y de pena. Ellos no se enamoraron viendo las estrellas. No. Ellos se enamoraron al ver la tierra seca de las noches frías de Black Fada. Al ver los ríos evaporándose en los veranos ardientes que había en el planeta Vegeta. La miró otra vez.
"No…"
Ella le dio demasiado al mundo y el mundo le devolvió tan poco. La luz de la luna se coló por la ventana del avión e iluminó su rostro, sus pecas desfiguradas resultado de una juventud intranquila. Iluminó sus ojeras de años, sus menudos labios. Ilumino ese cacho de alma que este mundo no merecía. No merecía su bondad, no merecía su cariño.
El mundo no merecía ese lado de Gine tan hermoso que solo salía en medio de la tempestad.
–¿Estás bien? –preguntó.
–Sí, estoy bien… eso creo… –le respondieron.
»Duerme ¿sí? –dijo después de un silencio.
La abrazó con más fuerza por la cintura y apoyo su quijada en su cabello, los mechones lo recibieron con cariño.
–Están bien… tus hijos estarán bien… tus nietos también lo están.
Y ella se durmió en poco, todavía temblado de frío. Pensó antes del entarimado, al día siguiente con una erección temprana despertó. Pensó en aquella mujer caprichosa, dueña de un mundo sutil, que lo ató a su cama. Solo esperaba que ella nunca lo supiera. Nunca supiera de su locura por ella.
…
Se agarró de los cabellos, los tiró con fuerza hasta arrancarse algunos mechones. Kakarotto tomo las hebras que se arrancó y los observó. Rememoró que alguna vez una muchacha, a quien recordaba linda de ojos color azul celeste le enseñó que los cabellos iban pereciendo con el paso del tiempo. De tal modo que este ya no es el mismo de cuando eras niño que cuando eras mayor. ¡Que ridículo sonaba! No es posible que una persona cambie tanto en tan poco tiempo cuando en su interior aun es todavía el mismo. Si dentro de su ser carcomido por el tiempo, aun el fondo, es el mismo.
Los hermanos y KaioSama finalmente estaban en los solados que conducían a la majestuosa eminencia de piedra, un camino de ladrillitos rojizos, que levantaban polvos ásperos contra los ojos. Delante de ellos se alzaba hacía las nubes amarillas, con tanto ímpetu que los achataba la solemnidad de un palacio. El templo del planeta del Gran Kaio era descomunal, se presentaba ante los reducidos guerreros así como un sueño inasequible, un paraíso obcecado por su propia vanidad. En efecto: el paraíso de los peleadores.
Kakarotto caminó despacio, su hermano igualó su ritmo. Caminaba encorvado, frente de él una presencia intolerante de su mundo. Ante miradas que rondaban contra él, contra su espalda, miradas lacerantes, que vomitaban veneno sobre su nuca. En efecto, casi todos los peleadores instalados frente al templo en carpas improvisadas no dejaban de verlos ¿Qué veían? ¿Su traje naranja? ¿Su pisadas asincrónicas? ¿Esa inerte mirada de confusión en su rostro? ¿Su cabellera? ¿Qué había de malo con ella?
Y llegaron a la entrada, en un punto en que las miradas solo se hacían más desgarradoras, más denigrantes. Raditz hace una mueca, seguramente su cola le empezó a doler, miró frente suyo, la puerta del templo, de madera color chocolate. Con cada paso, las maderas de esa puerta se estiraban, se tiraban contra el cielo y contra el suelo, Kakarotto se sintió aterrado en ese momento. Aterrado de sí mismo, de su cabellera. KaioSama jaló de una cuerda y campanillas sonaron por todo el templo. Pronto alguien abrió, las miradas desaparecieron.
–¡Goku! –gritaron poco antes de que pudieran entrar.
»¿No recuerdas a tu viejo amigo, Oly? –dijo el fortachón al darle un abrazo, que resulto más incómodo que agradable.
–Je, je, je hola –respondió Goku– vaya que ha pasado tiempo…
–¡Sí! Bastante… Veo que has mejorado ¿Quién es él? –dijo con los ojos obvios en Raditz.
–Es mi hermano, él también quiere participar.
–Tu hermano ¿otro saiyajin?
–Así es.
Silencio, silencio profano. Que horrible, que horrible es la calma para los saiyajin.
–Lamento decirlo pero dudo mucho que puedas participar –continuó Oly, acercándosele con la cabeza aun mirando a su hermano.
–¿Por qué? –dijeron con rudeza ambos hermanos.
–Bueno porque eres un saiyajin, –respondió frio y firme– Y esa raza no es muy bien vista en este luchar.
Eso explicaba las miradas.
–Pero si a mí me aceptaron –defendió Kakarotto, al demonio con el apacible Goku, esto no lo toleraba.
–¿En serio? – lo miro con las cejas cruzadas, que desagradable– Acaso no recuerdas las trancas que te puso Kaiosama del este. Tal vez para el Gran Kaio este bien, pero dudo que los Kaiosama acepten. Solo aquí ya has levantado muchas sospechas entre los peleadores.
…
Y desde el interior de una enorme sala, la voz de KaioSama los llamo. Se callaron, prefirieron no responderle a Oly quien se quedó afuera del templo, analizándoles los cabellos de la nuca a ambos hermanos. La puerta se cerró para no abrirse hasta el final del Torneo.
Las cerraduras lanzaron su estruendo, cual sepultura. Y entonces soltó un bufido y pego golpes al aire diáfano. "Ni al caso, perdí el tiempo al venir aquí" se dijo Raditz. Bajo la cabeza, el dolor en su cola se intensificó. Volvió a pegar otro golpe al aire y luego otro más y otro más. Y en el último, su puño rompió el silencio y la solemnidad del templo, con rabia soltó un amargo alarido de pena. Ahí se dio la vuelta y miró el perfil de su hermano, también enfadado, incluso más que él.
Al fin y al cabo, valía la pena venir si podía ver a su hermano ganar. Y él estaría con él, cruzó su brazo sobre el hombro de Kakarotto y le despeino el greñudo cabello que tenía. Eran familia y nadie cambiaría eso.
…
No es apropiado que el buen narrador cuente y repita todo lo que el lector ya sabe. Es redundante y poco práctico y al final termina por cansar al lector. Mejor es, de hecho, recordarles ligeramente lo que paso en el Torneo de Artes Marciales del Otro Mundo. Kakarotto humilló a Caterpy, y este en su desesperación buscó transformarse, razón por la cual fue descalificado. Un Kamekameha a la plataforma del agua dejo a su rival Arqua fuera de la misma, dando como ganador a Kakarotto.
Pero algo diferente se presentó esta vez. Sencillo, aquella que vimos en la serie fue Goku quien peleó cada batalla, no Kakarotto. Y este gran cambio evocó en los miles de espectadores un abucheo ensordecedor cada que Kakarotto ganaba. No lo despreciaban tanto al él como al hombre alto y de pelo largo que siempre lo acompañaba a cada pelea. "Es su inmundo hermano" decían en las graderías.
…
Gine había reaccionado con efusividad a cada una de las victorias de su hijo en el torneo. Llegaron poco antes de su comienzo y tuvieron que recluirse a los más lejanos asientos del anfiteatro. Pero eso a Gine no le importó, no le importó ni la distancia, ni el ruido, ni los constates abucheos, estaba feliz. Curiosamente, estaba más feliz por ella, que por su hijo.
Y entonces "algo" sucedió. Bardock se estremeció en la silla que estaba junto a ella. De pronto, el silencio, la necedad del fin que anuncia un nuevo comienzo. "Algo ha sucedido" se dice a ella misma. "Algo" mantiene la vista de todos los espectadores clavado sobre la plataforma. Ese "algo" la asusta.
Más allá de la terrible presencia del Gran Kaio en el borde del cuadrilátero. Un hombrecillo verde con turbante se posó con aire pomposo en la plataforma y miró con inquisición a sus dos hijos. Dijo cosas, cosas que ella no escuchó. El "algo" se había detenido un momento eterno, como deseando suceder y a la vez no. Dos sujetos más se subieron a la plataforma: un enano súper veloz que había perdido por culpa de su propio ego, y una enorme lagartija a quien su hijo acababa de vencer.
Y esos tres tipos los miraron, a ella y a Bardock. Y todo el mundo se volvió sobre Gine, como si ese "algo" la estuviera empujando a la muerte una vez más. Sus ojos se encontraron con los de Raditz, tan tiernos e impasibles como lo eran al nacer. Bardock se puso de pie, ella se quedó inmóvil.
–¡Veo que tu sanguinario hermano no es el único aquí! –gritó el hombre verde con turbante.
Bardock entonces levanto su ki con tal estruendo que todo el coliseo lo alcanzo a escuchar. Ojos puntiagudos, de miles de almas se posaron sobre él. Un alivio para Gine quien aún seguía petrificada. A quien aun poseía ese "algo". Bardock se elevó en el aire, con los brazos tensos y los puños cargados de ira. En solo cuestión de segundos se apareció frente a todos, en medio de la plataforma, en medio de Kakarotto y Raditz, en el justo centro de todo el universo.
Se miraron entre ellos, en completo silencio, ahí estaba otra vez, se "algo". Todos lo sentían, incluso el Gran Kaio. Se anticipaba un gran combate, estaba ahí en el aire. Y ninguno de los espectadores podía evitarla o incitarla, o tan siquiera tocarla. El poder estaba en ellos. Gine se clavó las uñas en la piel, el sudor se cruzó por todo su cuerpo, irradiando de ella ese hedor que todo ser humando ha emanado ante el miedo.
Los miembros del lado oeste del universo se colocaron hombro a hombro. Los saiyajin también. El Gran Kaio se retiró. Tapkar, Paikuhan y Maraikoh –aclamaban su nombre algunos en el público- miraban los ojos negros y vacíos de los saiyajin. Seguro miraban al pasado, hasta aquella vez que el Imperio Saiyajin destruyo miles de planetas de la región oeste.
Algo debía pasar, sí o sí, y Gine no hará nada para evitarlo. Así debe ser, así debe pasar. Y el tiempo avanzó lento, Raditz la miró una vez más, esos ojos de soldado, esas pupilas de niño. Y entonces lanzo un fiero puñetazo contra ese de rostro verde. La pelea había comenzado.
–… increíble señores –grito el narrador desde su plataforma. ¿Qué demonios hacía?
»Ahora que el Gran KaioSama ha hecho oficial este combate, los participantes no tardan en saltar a los golpes.
Bardock atacó primero sobre ese ser verde con la turbante, se le abalanzo con una serie de puñetazos sobre su rostro. Y lo mismo hacía el menor, pero él se enfocaba más en el vientre de la lagartija panzona. Se había servido el caos, el mundo simplemente se había consumido por la mecha de su propia locura.
–Parece que las cosas se ponen rudas entre el pequeño Tapkar y el hermano del participante Kakarotto.
Raditz se enfrentaba a ese tal Tapkar por el borde la plataforma, la bota de Raditz rozaba la orilla de la baldosa, el enano era demasiado rápido para al menos acertarle un golpe. Y a Bardock no le iba mejor, el hombrecillo verde le había conseguido revertir cada movimiento. Ahora estaba acorralado en medio de la plataforma y de las miradas. Bardock es empujado pero se detiene a tiempo, da un giro. Y acierta una patada en el turbante de su rival. Bardock se quedó flotando unos momentos después de eso, casi reclamando su poder sobre su rival ¡Eso!
El sol incendiaba el campo.
Raditz reaccionó de sorpresa y pateó la cabeza del enano con la suela de sus botas. Las patadas continúan contra ese indefenso, Raditz estaba furioso, el mismo niño que jugaba a aplastar gusanos. Y Kakarotto. Kakarotto luchaba como un experimentado capitán, en pocos minutos ya había dejado aturdido a la lagartija con un golpe en la nuca. Gine no decía nada, no gritaba, no hacía más que mirar, con el corazón atorado en la garganta.
–Paikuhan revierte la situación y acierta un golpe a su rival –grita con ímpetu el narrador y Gine vuelve su mirada hacia ellos. Bardock se distrajo y el hombre verde le había golpeado en el estómago. Pero esto era un despiste, bien lo sabía Gine que había pelado a su lado tantos años.
Cuando el hombre del turbante estuvo lo suficientemente cerca, Bardock lo sorprendió con un cabezazo feroz. Era un buen mentiroso, engañaría incluso al más hábil duelista. Pero solía ser demasiado confiado, a veces no contaba con que alguien lo atacara por la espalda. Tapkar aprovechó el momento y, en un rápido movimiento, derribo a Bardock y a Raditz. Y a la par, como una idiosincrasia premeditada, Kakarotto recibió una poderosa envestida de aquella lagartija.
Gine ni se inmutó. Los tres estaban tendidos en el piso, fingiendo estar lastimados. Como buenos mentirosos. Y a partir de ese momento, Bardock tomo el liderazgo de sus hijos y comando el ataque. Bardock engañó a Tapkar para que se acercara lo suficiente a él y lo cogiera por una de las botas, así inhabilitando su mayor ventaja contra ellos. Le mando órdenes a su hijo mayor con la mirada, Raditz reaccionó dándole una patada al casco de Tapkar, dejándolo semi-inconsciente.
–La familia del participante Goku comienza a dominar el combate.
Y el público abucheo.
Kakarotto comenzó a acorralar a la lagartija contra el suelo, lo dominaba pese al gran tamaño de aquella bestia.
Y el público abucheo.
Kakarotto lazó un puñetazo contra el cuerno que se pronunciaba del hocico de su rival, pero este, en un azar de suerte e instinto: lo detuvo.
Y el público aclamo.
Paikuhan, el tipo del turbante apareció entonces, alejo a Kakarotto de la lagartija y entre ambos se miraron a los ojos un largo momento.
Y el público aclamó a Paikuhan y abucheó a Kakarotto.
Kakarotto se convirtió en supersaiyajin con una ira tal, que Gine pudo sentir ese odio desde su butaca. Se movió, asustada se reclino contra su asiento. Se repartieron a golpes luego de un largo momento de espera, Kakarotto pronto atrapo a su rival en una llave, su cabeza y su turbante debajo de su antebrazo derecho. Los abucheos eran masivos. Entonces lo soltó y como un veloz rayo, Raditz embistió contra el hombre verde, contra ese tal Paikuhan.
–Que increíble, acaban de partir en dos a Paikuhan –exageró el narrador.
Su hijo mayor se levantó dando un gran rugido al convertirse en supersaiyajin, en él no había odio, había una suerte ferocidad y coraje. El corazón de Gine palpito. Había una suerte de mezcla entre odio y pasión en la plataforma. El oído aprisiono de los brazos al tipo de la turbante y la pasión lo golpeo para intentar debilitarlo.
–¡El participante Goku sostiene los brazos de Paikuhan mientras que su hermano lo golpea…! Esto es inhumano.
Y era el turno de Bardock, este había acabado con Tapkar y Maraikoh; ahora se disponía a atacar al desvalido Paikuhan. Kakarotto lo agarro con más fuerza, el público grito con más fuerza. Estaba colérico, hastiado. Y se sentía en el aire un flujo de rencor. Gine conocía bien esa sensación, fijo sus ojos en Bardock, cruzó sus piernas del miedo.
Cuando Bardock está humillando a su rival, inicia el ataque estrellando su puño derecho en la palma de su mano izquierda y envuelve el puño en una ola de fuego. Observa su puño, observa al rival, lo disfruta. Finalmente ofrece un gancho para su oponente causando gran daño.
Paikuhan cayó de rodillas, el público y el narrador callaron. Bardock levantó el dedo índice contra el turbante mientras veía a Raditz, la señal quedo colgada en el aire. "Acabalo" imaginó que decía, Gine. Pero pronto, el ánimo de los espectadores se recobró: Maraikoh Y Tapkar reaccionaron y atacaron a Bardock y a Kakarotto.
–¡Sí! ¡sí! –grito el narrador y el mundo lo coreo– nuestro equipo logra reaccionar.
Pero para Gine, para su equipo, se acometería una serie de contraataques que los debilitarían hasta casi rozar la derrota.
Los miembros de la galaxia oeste se repusieron, atacaron a Raditz antes de que este pudiera eliminar a Paikuhan. El cabello rubio en su hijo mayor, desapareció. La lagartija enorme, arremetió con patadas indiscriminadas a cada uno de sus saiyajin. Gine se encogió en su pequeño cuerpo. Paikuhan se limpió el rostro, levantó los brazos como un campeón y dio inicio a su venganza.
Primero atacó junto a Maraikoh a Bardock, quien ya dejaba de fingir dolor y ahora se retorcía con el estómago hecho un nudo, el cráneo chorreante y las palmas desgastadas. Luego continuó su ataque contra Kakarotto, quien, aunque mantenía su cabello rubio intacto, se había desconectado del mundo.
Todo el coliseo chiflaba, eufórico. Gine, no sabiendo que hacer, se escondió aún más en su asiento.
Paikuhan se acercó a su hijo mayor, ella cerró los ojos, pero aun alcanzó a escuchar al narrador.
–Paikuhan levanta a su rival y… ¡conecta un rodillazo en su estómago! ¡Bravo! ¡Bravo, campeón! Llego a romperle la armadura…
La voz del narrador se vio acallada por un grito unísono "¡Eh!" que se extendía por todo el estadio, que le devoraba la cabeza desde las orejas. Un par de veces más corearon ese grito, ese maldito grito, pero en el tercero su "¡Eh!" se había callado. Abrió con calma sus pestañas y en medio de la plataforma, encontró a su hijo de pie, retando con los ojos al tipo del turbante. De pie firme y propio de su estado, digno, sin haber perdido un atisbo de su honor.
–A-acaba –dice el narrador–… él… acaba de abofetearlo.
Con qué eso era. Su hijo había conseguido lanzar de sorpresa la palma de su mano, había increpado no solo contra el honor de Paikuhan, sino de toda la galaxia oeste. Raditz siempre había sido descarado, irreverente. Ese muchacho que ahora defendía su dignidad y la de su familia, era el mismo que la desobedecía y se escapaba en las noches. Intentó golpear a su rival, pero Paikuhan interpuso su antebrazo.
Le repitió el golpe con la rodilla, un gran pedazo de su armadura cayó. Paikuhan se puso firme y gozo de los halagos de sus compañeros.
Es interesante el valor de los saiyajin, incluso Gine, la más mansa de la raza, era capaz de sonreírle con burla a la derrota. Raditz levantó con fuerza la cabeza, sonrió socarronamente a la derrota y abofeteó una vez más a Paikuhan. Un gancho derecho después, el hombre del turbante cayó contra los baldosas de la plataforma
–¡Vamos! –gritó Gine. Raditz corrió y con un par de golpes certeros detrás de la oreja, Maraikoh y Tapkar cayeron junto a su líder. El hermano mayor se inclinó de cuclillas contra su hermano y su padre. Los tres reaccionaron, un alivió que duraría poco.
Los de la galaxia oeste se pusieron de pie, con Tapkar al centro, los saiyajin se pusieron de pie, con Kakarotto al centro. Se miraron entre ellos, tentaron la pelea una vez más. El aliento se les había escapado. Las cabelleras se habían tornado rubias. Antes de que el narrador comprendiera lo que estaba pasando, Kakarotto ya había atacado a todos sus contrincantes. Paulatinamente los combates individuales se fueron formando, Tapkar intentaba levantarse y era atacado por Raditz. Paikuhan era aplastado contra el suelo por Bardock.
Raditz reventó a golpes y patadas a Tapkar. Se elevó al cielo ondulando su cabello por todo lo alto, el público abucheaba, a Gine el corazón le brincaba desde el pecho. Bardock hizo lo mismo, ambos estaban flotando en un letargo eterno, alzados en la cima del coliseo. Descendieron a toda velocidad, en esos momentos cuando se te enfriaban las manos, al ataque contra sus oponentes. Tapkar y Paikuhan esquivaron el ataque, Raditz y Bardock se dieron de bruces estrepitosamente contra el suelo.
–No, maldición –dijo avergonzada.
La ligera ventaja de los saiyajin se había esfumado. Los miembros de la galaxia de oeste, ahora tenían el control, por más poderoso que fuera Kakarotto, estaba cegado por la ira, ya no peleaba con racionalidad sino por instinto. Eso lo condenó. Con rabia, su hijo menor lanzaba golpes ciegos, sordos. Pronto fue derribado por el sujeto del turbante. Paikuhan poso su bota sobre la nuca de su hijo, se mofaba de ella, se burlaba; denigraba todo lo que le había costado recuperar a la pobre de Gine. ¡Desdichada muchacha! Ni siquiera en el paraíso podía ser feliz.
Un bulto grisáceo se empezó a retorcer entre algunos escombros de la plataforma. Paikuhan ordenó con la mirada a uno de sus subordinados que se encargase de ese bulto, Tapkar obedeció. Se acomodó en la esquina opuesta al bulto, inclinó el cuerpo hacía adelante y comenzó a correr entre risas. Esto había dejado de ser una pelea y se convirtió en un circo. Impactó el costado de Raditz con su casco, se oyó por toda la gradería el crujir de sus costillas, el rubio desaparecía de su larga cabellera.
Paikuhan se acercó a Bardock, carga energía y rodea su cuerpo en una esfera azul, entonces:
–¡No te muevas! –gritó.
Bardock apoyaba sus brazos y sus rodillas en las baldosas, escupió sangre. Sangre saiyajin. Paikuhan recibió el impulso adecuado de su compañero Maraikoh, y así, a toda velocidad usando la esfera de energía como escudo, se lanzó hacía el saiyajin. Bardock fue expulsado hasta la otra esquina de la plataforma. Sangre chorreaba por su nariz y una hendidura en su cabeza pronunciaba un jugo rojizo y espeso.
–¡Bien por los campeones! –gritó el narrador.
El público se enardeció, con gritos de aliento y ovación. ¿Gine?... la pobre niña sentía al corazón romperse en miles de esquirlas que le cortaron las venas y las arterias. Gine vomito sangre debajo de su asiento.
Al volver a levantar la cabeza, con un sabor metálico en la boca y la nariz, vio al enorme Maraikoh arrastrar del brazo derecho a Kakarotto. Obligó a su pequeño hijo a levantar la cabeza estando de rodillas. Tapkar lo sujetó del antebrazo izquierdo, Maraikoh del hombre derecho. Los ojos de su hijo, pequeños y tibios, miraron a su rival, al sujeto del turbante. El público lo incitaba a golpearlo, estaban ansiosos de venganza, han perdido su humanidad. A su alrededor solo hay rostros pálidos, que han perdido la sangre y la linfa, todo lo que les daba vida a su cuerpo. Gine vomitaba sangre.
–Ahora no correrás –dijo Paikuhan.
Le dio una fuerte cachetada. Paikuhan se envolvió de fuego, el rojo de su flama cubriéndole todo el cuerpo llegó a ocupar todo el anfiteatro, los ojos del Gran Kaio reflejaban la incandescencia de su Ki. Y le dio una patada a Kakarotto, sangre, sangre es su boca. La misma sangre de su padre, su propia sangre. Sangre saiyajin. Finalmente, Paikuhan golpeó de revés a Kakarotto. Su hijo cayó contra el suelo, su sangre mancho las baldosas, el fuego desapareció del cuerpo de Paikuhan.
El tipo del turbante levantó los brazos con superioridad, el público estalló de alegría. Maraikoh levantó el rostro de Kakarotto y le murmuro balbuceos, su nariz estaba destrozada. Su rostro estaba achatado y cubierto de sangre. La lagartija dejo caer su cabeza sobre el suelo. Y en ese momento a Gine le recorrió una sensación mágica. Una suerte de vida cuya sensación se concentraba en su vientre. Observó atenta lo que pasaba en la plataforma. Tapkar intentó hacer lo mismo que su compañero Maraikoh, pero, sin que nadie –salvo Gine– lo esperara, una onda de Ki partió el cielo.
–¡… hameHa! –gritó Kakarotto. Tapkar salió despedido por la poderosa onda de Ki hasta dejar su cabeza colgando de la plataforma.
Paikuhan y Maraikoh reaccionaron casi de inmediato. Kakarotto no pudo, estaba cansado, gasto toda su energía para darle a su hermano unos momentos más para recuperarse. Pues Raditz se había recuperado lo suficiente para salvar a su hermano antes de que Maraikoh pisara su pecho. Convertido en supersaiyajin le clavó un puñetazo en el estómago de la gran lagartija.
–¡Eso! – gritó Gine, escupiendo la sangre que le había quedado en su boca –¡destrózalo Raditz! – se puso de pie, aplaudió y brinco en total euforia.
Raditz le dio dura pelea a Paikuhan, no buscaba derrotarlo, en cambio buscaba tiempo, tiempo necesario para que Bardock prepare su ataque. Era obvio que fue él quien planeó esta revancha, solo él tenía la astucia para atacar a su rival cuando más confiado se sentía. Raditz se apartó de Paikuhan dando dos pasos hacia atrás, y Bardock arrojó una gran esfera de Ki sobre su rival de piel verde. La tribuna se quedó callada, observando el gran cráter que había quedado del ataque, donde las ropas de Paikuhan se tendían sobre su cuerpo verdoso soltando un humo infausto.
Un sonido desagradable se escuchó por todo el anfiteatro: el narrador dejó caer el micrófono.
–¡Sí! ¡Es mi esposo! ¡Es mi hijo!
Maraikoh trató de recuperar el control, sin embargo, Bardock y Raditz no se dejaron sorprender. Contraatacaron a la gran lagartija con facilidad, le dejaron servido, débil y cansado, para que Kakarotto lo eliminara. Ahora los tres estaban de pie, los tres convertidos en supersaiyajin.
–¡Wow! –gritaba Kakarotto, con ese grito de guerra se burlaba de todos los que lo abuchearon durante el torneo.
Maraikoh cayó fuera de la plataforma levantando una gran humareda de polvo que todos se tragaron incrédulos. Los saiyajin iban ganando. De pronto, un fuerte choque se escuchó en todo el coliseo, Tapkar corría más rápido que el sonido de sus propias risas de una esquina a la otra. Generaba confusión, un estado de incertidumbre. Gine parpadeo un instante, y Tapkar ya había dado un par de patadas en el pecho de Bardock que lo dejo al borde de la plataforma. Kakarotto evitó que fuera eliminado.
Raditz, por otro lado ya estaba colmado del bufón ese. Por lo que, ni bien Tapkar se detuvo cansado, lo cogió de la cabeza con su larga mano. Apuntó hasta donde el KaioSama del oeste veía el espectáculo, arrojó al pequeño contrincante y este cayó al suelo al mismo tiempo que el monóculo del KaioSama.
–¡Wow! –gritó Raditz y chocó las palmas con su hermano menor. Y los hermanos se unieron para acabar con su último rival. Paikuhan era admirable, eso había que reconocerlo, pues aun trataba de ponerse de pie luego del ataque a quemarropa de Bardock. Se colocaron uno a cada lado del cráter, Paikuhan se retorcía en medio de él. La gente no decía nada, una leve sonrisa se esbozó en la cara del Gran Kaio, sonrisa que luego desapareció.
Pues Maraikoh intervino ilegalmente en el combate y atacó por la espalda a Raditz y Kakarotto. Les golpeó en la nuca y pisoteo sus costillas con la gran pata carnuda que tenía. El KaioSama del este actuó y expulso a la lagartija, secundado por el KaioSama del sur. Pero en esa situación de completo caos, Paikuhan se había retirado de la cabeza su turbante. Era pues la anunciación de su ataque. Balanceó sus brazos detrás de su cuerpo, produjo una llama azul. Miró a Raditz con furia. Luego la miró a ella. Sacó las manos a los lados y cerró los puños mientras cruzaba los brazos sobre el pecho.
Raditz se levantó con ambas manos tras su cabeza. Paikuhan dibujó sus puños delante de él y disparó una enorme tormenta de llamas donde Raditz quedó atrapado por los más dolorosos veinticinco segundos de toda la pelea. Qué horror. "Raditz" gritaba desde su pecho una voz muerta que ya no era la de Gine. Y el fuego desapareció, Raditz estaba tumbado el suelo con la carne pronunciándose fuera de la piel en sus codos y rodillas.
Paikuhan ahora se dirigió al menor, ´produjo la llama azul y la volvió a mirar. Dibujó sus puños delante de él y… Bardock lo cogió desprevenido con un gran rodillazo que se imprimió en el rostro verde y desagradable de Paikuhan.
–¡Vamos, Kakarotto, termínalo!
El muchacho se levantó por los aires, e un ángulo preciso para que, cuando su ataque impactara en Paikuhan, este saliera despedido de la plataforma. Sostuvo su mano derecha en alto en el aire y formó una esfera de energía rosa, que atrajo a sí todas las miradas y halitos de sorpresa de las graderías. La disparó hacía Paikuhan y los saiyajin habían ganado la pelea.
–¡Saturday Crush! –gritaba.
Y su familia se levantó con honor de la plataforma, pese a tener la cara llena de sangre, pese a tener la piel corroída. Gine brincó dese su asiento, aplaudiendo con ganar, era el único sonido que se escuchaba por todo el lugar. Sus risas y sus aplausos de niña. Bardock y Kakarotto tuvieron que levantar sobre sus hombros a Raditz y así marcharse en silencio, sin festejar de su victoria ante un público estoico.
–¡Son unos asesinos! –gritó alguien desde el auditorio, todos los presentas abuchearon a los saiyajin, llenos de odio, de desprecio y de rencor hacía su raza. El miedo se le pegó a la piel de Gine, pues fue su raza la que había desparramado el terror en el mundo terrenal, ahora en el paraíso eran ellos los que serían apartados. Entonces la pequeña saiyajin flotó sobre el aire, sobre las cabezas de aquellos que los abucheaban y, con las lágrimas escapando de sus ojos, fue a abrazar a su hijo.
–¡Raditz, me alegra que estén bien y que haya ganado! –Luego abrazo a su hijo menor– ¡Pelearon como todo un escuadrón!
Y había una felicidad mágica que emanaba de ella, que de algún modo curaba las heridas de sus hijos. El mundo se redujo a solamente ellos, no importaba más. Eran familia y nada cambiaria eso. Se sostuvo del brazo de Bardock, apoyo su cabeza en su hombro y marcharon hacía la salida. Donde un gran grupo de guerreros impedía su paso.
Sus rostros llenos de rencor, sus ojos llenos de ira.
Se metieron entre la muchedumbre y Gine presintió que faltaría una simple provocación para que todos los atacaras. Un sujeto de cabellos rubio, vestido con una túnica blanca vino a ayudarlos sin decir nada. Intentando abrirles paso entre el tumulto de rostros áridos y callosos donde distinguió a los tres guerreros del oeste.
–Me sorprende mucho… –escuchó detrás de ella, todos voltearon. Era el Gran Kaio–lo mal que han tratado a nuestros invitados solo por los prejuicios hacía los saiyajin –dijo el Gran Kaio en su función de armonía.
»Pero quisieras recordarles cuantos de ustedes fueron antes ladrones… traficantes, estafadores… homicidas y no quisiera recordar todas las atrocidades que hiciste antes de enderezarte, Paikuhan. –Todos voltearon a verlo con sorpresa.
Y el Gran Kaio se le acercó a ella y a su familia con una sonrisa consoladora en medio de sus barbas blancas y canosas.
»Estos cuatro saiyajin merecen estar en este lugar, mucho más que todos ustedes juntos. Pues la mayor virtud de un héroe no es la valentía… no es la fuerza… no es la perseverancia… ni siquiera lo es la nobleza… La mayor virtud que puede tener un héroe es la redención. Reconocer nuestros errores y luchar por enmendarlos, para darle a tu familia un lugar donde ser feliz.
Todos los peleadores inclinan la cabeza. Los rostros de coraje se reemplazaron por rostros de pena.
»Es por eso ,–continuó el Gran Kaio, mirándola a ella y también a Bardock– por el gran coraje y fraternidad que nos presentaron este día, yo los invitó a ustedes cuatro a que vivan en mi palacio como invitados el tiempo que deseen.
Y Gine sonrió como no Lo había hecho en tanto tiempo, el Gran Kaio le devolvió la sonrisa.
Bueno, eso es todo por mi parte, disculpen mi prolongada tardanza, la verdad me desanime por un momento pero aqui estoy continuando con esta gran historia.
Te ha hablado tu amigo y vecino.
