JARDÍN DE CAMELIAS
La entrada a los jardines flotantes del palacio del Gran Kaio se embelesaba por esa excesiva ornamentación de plantas, escudos y velas de diferentes mundos. Kakarotto y su familia entraron secundados por KaioSama. Bardock hablaba con el Gran Kaio, con palabras agobiantes, con historias de antología sobre temas que seguro el Gran Kaio conocía, pero que de todas formas estaba dispuesto a escuchar.
Kakarotto depreció por un largo instante esas rosas, esos escudos y esas velas. Esos colores tan impropios, tan vivos, para un muerto de alma y corazón, era demasiado tarde, ya no pertenecía a esos mundos. Había recibido un golpe tan abrupto, Goku no pudo llegar a reaccionar con astucia. "¿Quién me ha robado estos siete años?" estaban vacíos, ya no tenían sentido, nada había valido la pena hasta el día de hoy. Ese ligero sentir de héroe, guardado en el baúl de su corazón, había sido robado. Y ahora la gente lo abucheaba, lo odiaban por ser saiyajin y no renegar de su linaje, por proteger a su hermano. "¿Cómo pudo sucederme esto a mí?" Y no es que a él le importase la aceptación de la gente por ganar o perder una pelea. Aquello que le dejaba una picazón en su hombro derecho era aceptar que nadie lo aceptaba por quien era. Un saiyajin. Nada cambiaría eso y si debía destruir planetas para probarlo, lo haría.
–Que lindas flores, –escuchó la voz femenina de su madre cuando llegaron todos a los jardines.
Sin embargo, Kakarotto no veía más que un vomito de colores, un pecado del arco iris. Deseaba vomitar, pero no tenía nada en su estómago para soltar. Caminaron más y un grupo de ogros les ofreció toallas y bebidas amarillentas en una copa de cristal traslúcido. Lo bebió sin miedo, sin pudor y lo bebió tan rápido que el brandy pasó de su hígado hasta su cabeza. Ebrio, los colores desaparecieron, la náusea se hizo más soportable.
–Ellos estarán a su disposición cada que lo necesiten –dijo el Gran Kaio extendiendo su brazo hacía un ogro lánguido y pálido –los llevaran a sus habitaciones, por favor ¡siéntanse como en casa! –Y el Gran Kaio se marchó charlando con KaioSama, por un sendero amarillo hecho de piedras donde por el costado crecían camelias de color rojo y blanco.
Miro la copa de brandy vacía que aún tenía en su mano, desearía tener más. Se dio la vuelta con cautela, igual que aquella lejana tarde cuando reconoció aquella voz frente a la cabaña recién construida. Ahí estaba su madre otra vez, confundiendo ternura con lastima en su mirada. Surcados por la inmensa bruma del adiós silencioso.
Su padre y Raditz se habían apartado, del mismo modo que paso una mañana en las colinas donde vivía con KaioSama; esa vez que tuvo la oportunidad de confesar todo. Hoy tenía la oportunidad de soltarse de todo. De calmar ese dolor en la espalda que les da a los arrieros de culpas.
–Mamá… –dijo. Escondió los brazos detrás de sí, meneo el pie derecho y miro al piso "como lo hacía Gohan". Pensó de manera tan fugaz que no recordaría ese momento hasta doce meses después.
–Dime, Kakarotto.
–Lo siento tanto, sé que debes estar enfadada conmigo pero…
–No lo estoy –le interrumpió– no podría enfadarme contigo.
Levanto la mirada, encontró una sonrisa amorfa, diferente a sus demás sonrisas. Como achatada, difusa, donde no podía ver sus dientes. Espinas sin rosa. Esa sonrisa se mantendría pegada en su mirada, aterrándolo con un constante recuerdo de indiferencia y amor.
…
Pasó la tarde, pasó la noche. El amanecer rellenaba las ventanas del palacio, con su luz blanca acariciaba paredes pintadas de rojo. A lo lejos se oía la presencia de un tambor gordo que rondaba los pasillos de mármol. Kakarotto dormía en su cama al lado izquierdo de la ventana, roncaba con complacencia, atrapado por las alas de un recuerdo feliz, el primero que tuvo. Ese que todos nosotros enterramos según nos ha devorado el tiempo. Para Kakarotto ya no existía el tiempo, los muertos no envejecen. El sonido del tambor se hizo más fuerte. Los muertos no comprenden algo tan ínfimo, como siete años perdidos a la mar.
El tambor se acercaba más y más.
Raditz, en su condición de hermano mayor se alejó lo más que pudo de la puerta y en cambio se apegó a la pared. Su cabello colgaba por el borde de la cama sobre el piso alfombrado y revoloteaba con cada aire que se escapaba de la ventana. El tambor ya estaba en la puerta.
–¡Vamos, de pie, de pie! Que hoy es un nuevo día –entró el Gran Kaio sosteniendo en su pecho un tambor regordete que hacía resonar sin ningún ápice de ritmo. Raditz y Kakarotto se cayeron de la cama todavía adormilados cubriéndose los oídos con las palmas rasposas de sus manos.
–¡Ay! ¡¿Qué rayos pasa?! –Decía Kakarotto sobándose la nuca – ¿por qué nos despiertas así, Gran Kaio?
–Porque ya es de día y no pueden desperdiciar ni un minuto de sol –dijo con un ritmo de bailarín.
Kakarotto y su hermano se miraron un momento.
–Además, –continuo el Gran Kaio– deberán estrenar la sala de entrenamientos que KaioSama ordenó para ustedes.
–¿Qué? –dijo Kakarotto– ¿KaioSama ordeno una sala de entrenamientos para nosotros?
–Bueno, no. Pero lo insinuó, dijo algo como qué no permitiría que los guerreros del norte volvieran a ser humillados por los del este.
"¡Vaya, mierda!" pensó, Raditz. Miro a su hermano, ambos estaban incómodos.
–Y así… –dijo el Gran Kaio ignorando su incomodidad– su padre ya está levantado, no pierdan tiempo.
Y se marchó tocando su tambor. Los hermanos se pusieron de pie, vieron quien se vestiría más rápido y luego compitieron para ver quien llegaba antes donde su padre. Y aunque Kakarotto salió primero de todas formas perdió. Donde las camelias crecían Kakarotto perdió la carrera y también la cabeza, donde crecen las camelias fue seducido por la piel de sus pétalos.
…
Bardock era de esos guerreros que aún vivían a la antigua, siguiendo un orden y una disciplina en sus entrenamientos, su comida y su sueño. Donde nada le irritaba más que la perturbación de su rutina, de su orden. Gine, en cambio, era su completo opuesto en ese sentido. Distraída, despreocupada, una golondrina que disfrutaba del caos. No habría mejor momento para entender esa relación que ahora, Bardock estaba de pie en mitad de un gimnasio, Gine daba vueltas por el lugar sin detenerse un momento. Cuando ella invitaba a volar sin preocupaciones, él se mantenía estoico.
Anoche, luego de que Gine intentara charlar con él en la cama, terminó absorbido por un sueño agonizante que, de no haber sido por Gine, él hubiera despertado empapado en sudor almidonado esa mañana. Una bestia rosa se anunciaba en sus sueños, con un respirar ácido, con la fuerza de miles de soles. Devoraba a Kakarotto. Con sus colmillos de acero aun lo perseguía esa mañana, en el claro-oscuro del gimnasio, donde no reinaba ni la luz ni la sombra. Desde esa mañana en adelante Bardock cogió ese sueño como un presagio.
–Jejeje ¡rayos! –Oyó decir a Gine, no le hizo caso– Creo que no debimos tocar eso –se dio la vuelta hacía ella, a sus pies Bubbles y Gregory trataban de recoger pedazos de vidrio. Demasiado pronto ella se había hecho amiga de esas mascotas.
…
Cuando entrenaba con su familia, Kakarotto era más feliz de lo que jamás esperó ser luego de quedar atrapado en este limbo que era su sonrisa. En aquel gimnasio que les había dispuesto el Gran Kaio, fue feliz, más de lo que pudo haber sido allá en su vida pasada. Con su madre que le besaba muy despacio las mejillas antes de cada entrenamiento, y con su hermano que le despeinaba el cabello como un acto de orgullo cada que iba mejorando. Olvido que alguna vez tuvo todo eso en la tierra, pues ahora frente a él aún quedaba un mejor camino por continuar. Kakarotto una última vez fue feliz, esa última vez que se dejó querer. Una última vez, por favor, se lo merecía su corazón.
–¡Vamos, Kakarotto, concéntrate! –el cariño de su padre era diferente. Él le demandaba, le exigía romper sus límites con tanto fervor como si aquel fuera el último día que se verían.
¿Y si de verdad este era el último día que los vería? Se preguntó antes de esquivar una patada de su padre. Porque nadie jamás le prometió que esta felicidad iba a ser eterna, por el contrario, le auguraron que en algún momento se marcharían. Esquivó un puño cargado de ki, lo revirtió con un débil codazo. Sí, el Gran Kaio de algún modo los indultó de sus crímenes, pero ¿eso duraría para siempre? Pues Goku siempre estuvo acostumbrado a perder a aquellos que lo hicieron feliz.
Las esferas del dragón no pudieron cumplir todos sus deseos.
Su padre lo golpeó en la cara, pero él ni lo sintió. Se dejó caer sobre el piso. El abismo celestial lo había atrapado, el mundo le daba vueltas. Los conocía tan poco, menos de un año, pero estuvieron con él toda una vida. Perderlos le daba pavor. Escuchó gritos a su alrededor, chirridos que se extendía frente a él con colores ondulados, que danzaban sumidos por su propia locura. Detrás de eso, muy a lo lejos, más allá de la existencia, su abismo se abría paso en la eterna espera de su alma.
–¡Basta, Raditz! –era la vos de madre, se levantó. Miro a las tres personas que lo hacían felices discutiendo entre ellos. Él lo provocó, cuando le falló a su padre en el entrenamiento, Raditz lo defendió y su madre tuvo que detenerlos antes de que saltaran a los golpes.
De algún modo, siempre estaba condenado a arruinar su propia felicidad. Y la observó un momento, a su madre, buscando que llenara eso que se fue. Pero encontró en su rostro el recuerdo traumático de aquella sonrisa deforme. Esa sonrisa que le hacía perder el futuro, viviendo en el pasado temprano, de una aventura condenada a terminar.
Cuando cayó la noche, las tensiones se habían disipado. El enorme festín fue devorado ante los ojos asombrados de los ogros que no pudieron apartarse –por órdenes del gran Kaio– hasta que los saiyajin se sintieran satisfechos. Pasó más de una hora hasta que ese mandato se cumplió. Kakarotto se sobaba la panza, se recostó sobre el césped, junto a la tela del picnic que se acababan de servir. Su hermano estaba sentado junto a él, limpiándose los dientes con un hueso de pollo.
Su padre, estoico como siempre, se cruzó de brazos, cerró los ojos, dejo que su madre apoyara su cabeza en su hombro. La paz se encarnó como pequeñas gotas de llovizna, todos rieron, ya no recordaba cual fue la broma, se abstrajo en reír y rio como si fuera la última vez que pudiera hacerlo.
El tiempo pasó, su padre y su hermano se retiraron como una rutina mecanizada de las noches en la cabaña. Solo quedaron él y su madre. Silencio. Las hojas secas crujían ante el viento. Kakarotto observó las estrellas, las millones de estrellas que no eran comparables con sus siete estrellas. Siete… era un número cuanto menos curioso, atosigado a una suerte de destino que se unía a su propia vida. Siete flecos, siete esferas, siete estrellas, siete samuráis… siete años.
–Es un lindo lugar –dijo su madre, el viento sopló con fuerza sobre su espalda. Fría aura del este, manto de hielo que les abrazaba los lumbagos.
–Lo es… –dijo creyendo que era lo que debía responder.
–Las estrellas brillan mucho –estiró sus brazos adelante. A partir de esta noche ya no existirían las noches desiertas, le abrieron los brazos fuertes y le dejaron entrar.
»¿Quién era Milk? –habían estado conversando todo el tiempo que duraron los vientos gélidos sobre sus nucas, cuando el aire se hizo tibio y los árboles dejaban de tirarse contra las paredes, de pronto surgió esa pregunta. No se miraron entre ellos en el resto de la noche, Kakarotto disimuló distraerse con hojas secas, Gine balbuceaba sin decir nada.
–Ella era… –dijo finalmente– una niña que conocí en Paoz.
Cerró los ojos, acarreando cadáveres de sus recuerdos hacía el jardín de camelias.
–Ese día que nos conocimos yo le prometí… le prometí mi vida y… mi alma –balbuceos, tonterías que desesperadamente Kakarotto trataba de unir para dar sentido a su vida– siete años después nos casamos, ella vestía blanco, yo también, sus ojos estaban rojos aquel día… ya no recuerdo porque… fuimos por la autopista hacia el final de la noche… el final, final de la noche… fue como si empezara un viaje con los faroles del camino sobre nuestras cabezas… era el fin de la noche, lo recuerdo bien.
Y abrió los ojos, y su madre le sonreía. Esa maldita sonrisa que lo persiguió incluso en sus pesadillas. Se dijeron buenas noches con tanta amargura que hasta la mañana siguiente el sabor aun persistía en sus bocas. Kakarotto regresó casi corriendo a su habitación, con la sensación de que su corazón había sido abierto de un tajo, que ahora chorreaba sangre negra desde el pecho. Era medía noche cuando trato de despertar a su hermano para charlar, él jamás despertó hasta que el sol se escabulló por la ventana.
Kakarotto tardaría algunos días hasta descubrir la magia de aquella media noche. Pues en la ensoñación del recuerdo, su cabello de siete flecos, en rubio se convirtió, con tal dulzura que cuando Gine lo vio no sintió el odio antes vivido. Los saiyajin ingobernables de la casa a dos cuadras de la plaza de los barrios bajos de Black Fada eran diferentes al resto, que incluso el rubio de su transformación era diferente.
…
El día siguiente las cosas empeoraron en los entrenamientos con su padre. Con cada golpe o patada, su mente lo torturaba con la muerta sonrisa de su madre, con las cascadas de sangre negra que chorreaban de sus ojos, con las siete estrellas moribundas apenas brillando. Las pesadillas habían regresado y esta vez ya no lo atacaban en su estado de sueño, cuando se es débil, sino en la fortaleza, en su rabia de saiyajin.
Entrenaba desorientado, zambullido entre sabores amargos de antaño. Los golpes que tiraba su padre y el esquivaba sin concentración, abrumaban las paredes de ese gimnasio. Su padre dio una patada a lo alto, Kakarotto se inclinó y al hacerlo vio a su madre cargando un gigantesco maso en sus pequeñas manos. Esa imagen tierna y ruda condensada en un timbre de amor y afabilidad, fue un frío golpe en su pecho. Fue lo que lo tiro al piso a tanta velocidad que el mismo fue capaz de ver al mundo estirarse hasta el infinito.
Su cabeza rebotó en el cemento, un eco se levantó desde su nuca hasta sus oídos; su cuerpo fue absuelto de toda sensación. Un envase vació de saiyajin, machacado y abollado. Y se levantó por inercia, con fragura se arrastró entre el viento acaecido de veneno humano y contrataco a su padre con un gancho a centímetros de su ombligo. Bardock le revirtió golpeando con su rodilla el rostro de su hijo.
Kakarotto no sintió nada pese a que un hilo de sangre chorreó por sobre su tabique. Fue ahí cuando su hermano fiablemente se interpuso entre él y Bardock sin decir nada, tan solo manteniendo su intrínseca mirada sobre la de su padre. Chocando entre ellos un rencor eléctrico, una traición al futuro mientras ellos aun cernían sus peleas en el pasado.
Kakarotto se incorporó con el tempo necesario para que su madre intentara apaciguar las riñas. Kakarotto separo a su hermano de su padre pero aun así ellos no dejaban de verse como perros en pugna por sobre sus greñas.
–¡La comida esta lista! –dijo su madre, cuando llegaron dos ogros gordos y bonachones tirando de un enorme carro de comida. Con bandejas plateadas repletas de comidas endulzadas o cocidas, con jugosas carnes de animales extraños aceitadas con castañas sabor chocolate.
»¡A comer! –gritó su madre y todos se abalanzaron contra los platos hasta atragantarse con los grandes retazos de carne sacados de la olla con tanta velocidad que los ogros tuvieron que ser todavía más veloces para traer otra olla está vez con sopa. Raditz no tardó en reprocharle a Kakarotto que comiera con más calma.
Gine se había sentado entre Raditz y Bardock con la astucia suficiente para servir en lo que quisiera a Bardock y para comentar distracciones con Raditz. "Te estás poniendo fuerte, Raditz" decía, mientras el mayor tragaba los pedazos de carne con arroz.
Kakarotto comía con más fuerza todavía el plato de sopa de fideos. Con la cabeza afirmó lo que su madre dijo: su hermano se estaba volviendo más fuerte. Raditz entrenaba primero, le ataban la cola con una cinta y durante ese tiempo siempre hubo un ogro médico en el lugar. Para Raditz era una frustración saber que lo tomaban por débil, Kakarotto en cambio, veía en su hermano un guerrero poderoso.
–Quizás… –dijo su madre– si Kakarotto cuanta como llegó a cada fase, tal vez podamos… no sé… superar este nivel.
Kakarotto ya lo había contado varias veces a su hermano y padre, pero nunca se lo había contado a su madre. De algún modo u otro cada anécdota terminaba por conectarse con su familia humana, en una época de cólera cuando le estaba prohibido hablar de eso. Llegar al supersaiyajin estando en Namek luego de que Raditz y él se hayan asesinado el uno al otro –su madre aun pensaba que ambos habían muerto peleando como un equipo contra Piccolo. Y romper los límites de esta transformación en la fase dos cuando metió la cabeza en un agujero lleno de odio por haber abandonado a su familia.
Porque la fase uno del supersaiyajin llegaba durante la impotencia, la frustración de saber que lo que más amas desaparece y tú no puedes hacer nada. Y en cambio, la fase dos llegaba en medio de la ira contra uno mismo, cuando odias tú propia sangre maldita.
Y en sus pesadillas de aquella noche, el grito desgarrador de Gohan lo persiguió hasta el amanecer.
Quizás aquel lejano día de mayo, cuando Gohan escuchó los cantos de un pájaro mezclado entre el ruido del cráneo de 16 siendo aplastado. Quizás aquel día Gohan se odio tanto a sí mismo por haber fallado, por ser tan débil. "Papá ¿ya no vamos a pelear más?"
…
Desde aquel día El Gran Kaio brindó a los saiyajin de muñequeras y tobilleras hechas de un material extremadamente pesado. Eran rojas y dejaban marcas purpuras en los brazos de los hermanos, al pasar de varias noches de luna, el entrenamiento bruto dio su resultado cuando notaron que las marcas en sus brazos desaparecían. Entrenaban desde que el Gran Kaio los despertaba con el gordo tambor marchando por los pasillos, hasta la hora de la cena que se había acostumbrado celebrarse en el jardín de las camelias.
Raditz notó por aquellos días, las marcas verdes que su hermano trataba de esconder con vendas mal amarradas. Las pesas se le habían vuelto más pesadas provocando que las marcas violetas transfiguraran en un verde amaranto. Cuando lo miro a los ojos la noche de ese mismo día fatídico, al ver la palidez de su alma y la deformación de sus pupilas, se hinco sobre su cabellera frotándose los cabellos que le colgaban de la nuca.
–No entiendo cómo es que estás perdiendo energía –fueron las últimas palabras que los hermanos intercambiaron hasta el día del vigésimo quinto Torneo de las Artes Marciales cuando solo se susurraron entre ellos un estoico adiós. Y mientras ese tiempo transcurría Raditz alcanzaba nuevos niveles de poder, pero jamás fue capaz de alcanzar aquella nueva transformación anhelada.
Oly llegaba a visitar a la familia de vez en cuando, era un encuentro que cambiaba la dinámica de la familia y cuanto menos hacía entretenidas tardes que se habían vuelto monótonas. Bardock trataba de mantener charlas extensas con el nuevo conocido de cabelleras doradas, recuerdos de grandes peleas y debatían estrategias exageradamente ornamentadas.
–Creo que tu padre está celoso –le había confesado su madre una noche antes de marcharse a dormir.
El día se hacía cada vez más corto, no había tiempo para casi nada, las charlas secundaron las comidas y los entrenamientos y la tensión en la familia se había vuelto algo tan normal que nadie reparo en ello. Kakarotto usó en su favor para seguir escondiendo la debilidad que se iba haciendo más fuerte en él cada noche. Hasta incluso un día había aprendido a amarrarse bien las vendas. Comía con más calma, entrenaba fuera de sí y cada vez era reprochado por su padre, oyendo sin escuchar, viendo sin mirar.
…
El sueño se le había despedazado a solo unos días de que las camelias habían sido plantadas. Gine se acercaba cada vez más a la muerte afable del futuro, mientras aun un pedazo de ella vivía en el pasado. Caminaba por los pasillos del palacio retumbando sus ligeras pisadas en las paredes de piedra. Se llevaba los dedos a los labios y masticaba sus uñas hasta dejarse heridas. Camino y la luz de la luna le golpeo la cara, giro una esquina y cambio de mano y de uña.
"No lo entiendo… no lo entiendo…"
Hace ya varios días, desde la primera visita del fortachón de cabello rubio, Oly; que ella y Bardock no habían vuelto a tener intimidad pese a los roses que sus cuerpos tenían cada noche. Simplemente Bardock se encerraba en su mundo hueco con olor a laureles quemados que usaba para reparar sus heridas. Esta noche lo había dejado haciendo sus niñerías pues ya estaba hasta el hartazgo de la situación.
Esta noche se dirigía a la habitación de sus hijos, precisaba solucionar algo pronto. Las camelias se marchitaban.
Giro la perilla, lento, despacio, agonizando ella misma de la situación. Raditz no estaba, el único que la recibió fue el menor. Perfecto. Era con él con quien prefería hablar. Era el menor justamente quien se había consumido en aires taciturnos de melancolía. Lo notaba en sus ojos, en la palidez de sus pupilas, cada vez más muertas.
–Hola, hijo…
–Mamá –respondió con una débil sonrisa sincera.
–Este… creo… que –le dio vergüenza justo ese instante, jamás fue capaz de hablarles así a sus hijos, ni siquiera a Bardock.
–¿Qué pasa, mamá? –sonaba asustado, ingenuo niño.
–Solo quería hablarte –hasta el momento no había cruzado el umbral. Se abstrajo de ser impertinente con un muchacho que, sea su hijo o no, aún era un desconocido en muchos sentidos.
Kakarotto recorrió la silla para ella mientras él se sentaba en su propia cama, rechinando el mueble al zambullirse de lleno en el colchón. Al estar sus miradas tan cerca que casi podían escarbar por detrás de sus pestañas, Gine se asustó y sonrió con impotencia, sin mostrar su delicada dentadura.
–Hace tiempo que no hablábamos de estas cosas.
–¿De qué, mamá? –preguntó su niño, con la mirada tan vacía que deseaba cargarlo como aquella primera vez que abrazo la ilusión de un mundo nuevo con toda el alma.
–De tu vida en la tierra…
–…¡eso! –interrumpió al tiempo de llevarse la mano a su nuca– jeje… bueno ¿y de qué quieres hablar?
–De tu último día allá.
Y sus mejillas saturadas de rosa evidenciaron el deterioro de su alma. Kakarotto rio con culpa mientras sus pómulos chupaban toda la sangre de su cuerpo.
–La verdad… es que ya no recuerdo mucho de ese día –mentía, ella se acostumbró a reconocer sus mentiras y las de Raditz– Cell era un villano que ninguno de nosotros podía detener… ni Vegeta, ni Piccolo, ni yo…
–Excepto…
–Excepto Gohan, claro. Desde que lo vi superar todos sus límites en la Habitación del tiempo, vi en él al único que podía acabar con ese monstruo. Y cuando el peligro se acercaba, toda esa semana trate de disfrutarla lo mejor que pude, con mi familia… y con el metiche de Krilin.
Rieron un fugaz momento, en la eterna complicidad de una madre con su hijo, donde no solo se admitían jugar sino también llorar. Pues las lágrimas de Kakarotto no tardaron en manchar el suelo.
–No es tiempo para llorar –le consoló ella, acariciándole la cabellera, raspando con su palma pequeños espasmos eléctricos.
–La adrenalina se me subió tanto ese día… –dijo entre gota y gota de lágrima– Gohan sufría tanto y yo no me daba cuenta… tenía la esperanza de que ganara, pero era solo un niño.
Las lágrimas no eran saldas, eran ácidas, robustas, aberrantes. Toda una amalgama de sueños rotos y frustraciones aterciopeladas por el lento paso de siete años. Gine levanto la mirada mientras aun acariciaba sus cabellos de oro. Rio entre su boca, nerviosa y sorprendida, de una transformación tan delicada y, a la vez, violenta. Kakarotto lentamente se había arrastrado hasta esa técnica, inconsciente, como los ríos calmados de caudales funestos. Un supersaiyajin inconsciente –Kakarotto se convirtió en supersaiyajin sin ser él quien lo quisiera.
–Eres un héroe, hijo. Tú y Gohan lo son.
–Un héroe no haría lo que yo hice – le dijo mirándola sin verla, con esos ojos azules de supersaiyajin pálido.
–¿Y quién sabe lo que es un héroe?
Y el pequeño niño al que siempre soñó abrazar a sus tres, seis, doce, catorce años; ahora la abrazaba con treinta años terrestres encima y un corazón joven roto. En el fondo aún era un niño y le faltaba por aprender, torpe y despistado, en un gran guerrero se convertirá. Gine le devolvió el abrazo y se acercó discretamente a su oído, abriéndose paso entre espinas doradas de cabellos; y le dijo con los labios partidos.
–Feliz cumpleaños, hijo.
–¿Qué? –le dijo levantando su mirada y separándose de su transformación despistada.
–Me lo recordó el Gran Kaio está mañana, hoy es dieciséis Getai… ¡hoy es tu cumpleaños! Si no hubieras muerto ese día contra Cell… este hubiera sido tu cumpleaños diecinueve.
–Hoy es ocho de abril –dijo en algo tan cercano a un balbuceo.
–¿Quién te enseño todo eso? –ella nunca pudo enseñarle, hubo tanto que no le enseño.
–Raditz, me dijo que solo tenía quince años darianos…
–… dacianos, hijo.
–Y si hubiera aceptado que me revivieran ¿hoy tendría diecinueve?
–Lo siento hijo, tal vez te hubiera gustado estar con tus amigos este día.
Y él no respondió. Se apoyó en su hombro y balbuceó oraciones lánguidas llenas de fiebre. Así hasta quedarse dormido con las lágrimas secas sobre sus mejillas. Pocas veces había llorado, era obvio, aun no sabía cómo hacerlo, como desahogarse por completo. Porque un sabio guerrero es el que odia a su enemigo y llora por su amigo. Dulce y terco a la vez, corazón y cuerpo entonados al mismo ritmo.
Y esto todo por mi parte, colegas. Hasta la próxima.
Te ha hablado tu amigo y vecino.
